Una novela arquitectónica

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Originalmente publicado en Esquire no. 74 (PDF aquí)

Además de ser crítico literario y editor de la revista La Tempestad, Nicolás Cabral acaba de publicar su primera novela: Catálogo de formas, la historia de un arquitecto a través de miradas múltiples.

     Nicolás Cabral estuvo a punto de construir edificios en lugar de textos. Antes de convertirse en editor fue arquitecto, e incluso completó el proyecto de una casa en Celaya. El escritor David Miklos —con quien Cabral colaboró en 2006 en Cuaderno Salmón, revista de creación y crítica literaria— dice que Catálogo de formas es un ajuste de cuentas que su amigo y colega hace con la arquitectura.

     Es un placer toparse con una novela como ésta, que el autor terminó en 2010 y apenas se publica. Nada le sobra, y no lo digo porque sólo tiene 96 páginas y se lee de una sentada, sino por la precisión del lenguaje, despojado de los vicios a veces característicos del género.

     Todo en Catálogo de formas remite a la arquitectura. Cabral comenzó a escribirla cuando llegó a su mente la imagen de un anciano suicida. ¿Por qué un hombre querría matarse a los 80 años? Entonces recordó a Juan O’Gorman, el pintor y arquitecto mexicano que se suicidó a los 77 creyendo que se habían arruinado sus obras (la más importante es quizás el conjunto de murales que cubren la Biblioteca Central de la UNAM). Y así, pensando en él, empezó a trabajar su novela.

     Más allá de la influencia que la figura histórica tuvo en su texto, Cabral construye a su personaje principal —el Arquitecto— a través de distintas voces narrativas: su mujer, su hijo, su hermano, un tipo que toca la pianola, un estudiante universitario que conoce su obra en una de sus clases y su amante. El Arquitecto cubre un edificio con piedras pequeñas y Cabral edifica su novela con ladrillos que definen la imagen que el lector se lleva de su protagonista, un genio, loco y pervertido. Observarlo trabajar es hipnótico porque esa sensación transmiten las voces que lo retratan. La novela remite a una pintura cubista: rompe la estructura convencional para ampliar la perspectiva. La obra de Cabral, como un lienzo de Picasso, representa distintas vistas de un objeto en un mismo plano.

     El escritor y poeta parisino Philippe Ollé-Laprune —actual director de Casa Refugio Citlaltépetl— piensa que la arquitectura es el arte autoritario por excelencia. Se planta ahí frente a uno. Es imponente, y en consecuencia se pregunta si lo que Cabral hace con su novela no es también una analogía entre este arte y la escritura. Dice que las voces que describen al Arquitecto —que lo rodean— no son meros personajes, sino arquetipos.

     El suicidio del Arquitecto permea todas las voces de la novela. A la vista —desde sus ojos— está el precipicio. A la vista de los otros —quienes lo miran— está él con el vacío frente a sí. Cabral erige y derrumba a su personaje como un maestro constructor y uno lo sigue con la fascinación de quien admira a su arquitecto acomodando piedra por piedra en un mural.

Este Soy Yo: Francisco Hinojosa

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Originalmente publicado en Esquire no. 73 (PDF aquí)

Escritor, 60 años, Ciudad de México

  • Aunque mi trabajo suele relacionarse con literatura infantil, tengo muchos libros para adultos: poesía, crónica, ensayo y una especie de novela en verso, que se llama Poesía eras tú. Tengo hasta el guión de una ópera.
  • El humor negro, que es algo que me atrae, está mucho más presente en la literatura para adultos que en la infantil. Por eso lo que escribo para niños es un humor mucho más sencillo y plano, pero que depende de la exageración. Es algo que funciona muy bien.
  • El humor negro funciona muy bien en nuestro país a pesar de que tenemos una literatura bastante solemne. André Breton vio a México como el país del humor negro y sin embargo en su antología de ese tema no incluyó a ningún mexicano. Él lo veía como el ámbito en el que nos podemos burlar de la muerte con calaveritas de azúcar y hacer calaveras, esos versos dedicados a personajes vivos pensando que ya murieron.
  • Aunque este humor es muy particular de los mexicanos, el que aparece en mi novela [Emma] no tiene que ver con ese humor negro. Ésta parte de un principio distinto: imaginar una escuela de sexo y prostitución —algo que no es común— y de una cantidad de referencias y guiños que hace a diversos autores y novelas. Eso creo que sí puede provocar cierta risa.
  • El desarrollo de Emma fue un proceso de nueve años, desde que la inicié y hasta que se imprimió. Tuvo distintas versiones. La primera fue una novela más tradicional, que no me gustó. La dejé reposar un buen rato y después la volví a leer, pero dije: «No, esto es lo que hace un novelista, y yo no soy un novelista».
  • Yo soy un cuentista al que le gusta mucho experimentar con otros géneros. Entonces, aunque de alguna manera tenemos que clasificar a Emma como novela porque no nos queda de otra, creo que como novela es muy atípica.
  • El hecho mismo de que yo exhiba el trabajo que hay detrás de ella [en la novela aparecen frases y párrafos enteros tachados] implica que muestro ese desarrollo creativo. Es un proceso creativo que puedo compartir con muchos autores, pero que ellos no exhiben. Por ejemplo, de pronto mato a un personaje y me pregunto: ¿Cómo es eso posible?». Entonces a la mera hora me arrepiento y digo: «Me va a servir de otra manera». Así que lo tacho, para mostrar que en ese momento tuve la duda de acabar con él y al final lo dejé vivo. Esa experimentación me gusta y provoca que no sea una novela tradicional.
  • Emma no es pornográfica ni erótica, sino una novela que toma el lenguaje de la pornografía y lo utiliza para un momento de sexo explícito, pero como un acto desangelado que no tiene ninguna trascendencia dentro de la novela. Es decir, no sirve para crear una descripción a fondo, sino una mera referencia. Lo que me interesaba era rescatar el mundo de la pornografía como el negocio que es. El punto era que existen profesionales de la pornografía —desde las que administran un burdel hasta las que hacen table dance—, pero ¿de dónde se graduaron? No hay una escuela. Bueno, yo la inventé.
  • Poesía era tú fue novela que escribí en verso. Un novelista diría que no es novela, que quién sabe qué sea. Incluso alguna vez fue criticada como poesía. Alguien dijo que cómo era posible que Francisco Hinojosa hubiera escrito eso pensando que era poesía. Yo pienso que no lo entendió.
  • Creo que todos los que son héroes para los niños pueden ser héroes para los adultos. En cambio los héroes de los adultos no son siempre son los héroes de los niños.
  • Un buen superhéroe es aquel con el que compartes otros mundos.
  • Me han invitado un par de veces a la Facultad de Filosofía y Letras para hablar con los alumnos. Leen algún libro mío y luego lo comentamos con el maestro, pero al final se acercan a mí con su libro de La peor señora del mundo para que se los firme, y me dicen: «Oye, yo empecé leyendo contigo y ahora estoy en Letras». Ése fue un libro que se escapó de mis manos. Tiene vida propia.
  • La peor señora del mundo tiene 22 años de haberse publicado. Cuando lo terminé fue un momento de escritura muy grato para mí. Me tardé cinco horas en escribirla, y creo que han sido las más gratas que he pasado. Al finalizarla, pensé: «Nadie lo va a querer publicar». Y en efecto, la presenté en el Fondo de Cultura Económica y los tres dictámenes fueron negativos. Dijeron: «El tipo que escribió eso está enfermo, ¿cómo puede pensar que una señora que golpea a sus hijos, incluso cuando se portan bien, puede ser la protagonista de un cuento infantil?». Pues al final lo publicó el editor. Al principio tuvo una cantidad de reacciones en contra por parte de padres de familia y escuelas, pero con el paso del tiempo se transformó en uno de los libros más vendidos del FCE y se reedita todo el tiempo.
  • Soy un mal lector de novela. Tiene mucha paja. No toda, por supuesto, pero eso es algo que me pasa con cierta novelística bastante actual. En cambio la poesía siempre está en busca de la palabra correcta. Y eso es lo que me atrapa. Para sacar un libro tardo años, porque siempre estoy buscando cuál es la palabra correcta, la estructura correcta y la frase correcta para lo que quiero decir.
  • Releo a muchos mexicanos y otros consentidos míos. De Octavio Paz hasta Borges. Él me gusta mucho como poeta y como prosista. Creo que junto con Paz es lo más cuidado que hay en cuanto al lenguaje. Por eso son poetas, porque cuando escriben prosa, tienen ese mismo cuidado. También leo mucho a los jóvenes, cuando cae en mis manos una revista o un suplemento, leo lo que están haciendo y me interesa.

Foto: Alessandro Bo para Esquire

La memoria prodigiosa de Margo Glantz

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Originalmente publicado en Esquire no. 73 (PDF aquí)

La escritora mexicana tiene 84 años y más de cinco décadas dedicada a los viajes, la docencia y la literatura. Yo también me acuerdo reúne sus más preciadas memorias con una estructura magistral: leerlo es una experiencia circular, en la que la autora siembra una tema (un recuerdo), para luego retomarlo y relacionarlo a otros tantos como si fuera un árbol con ramificaciones sin fin.

ESQUIRE: En esta etapa, tras tantos años de haber escrito, ahora se pueden encontrar compilaciones como las del FCE, que reúnen un trabajo de muchos años, ¿qué representa para usted estar en ese momento donde se puede voltear hacia atrás y ver todo eso?

MARGO GLANTZ: Por un lado es ambivalente, porque es muy fascinante ver cómo en tomos donde se reúne la obra que se ha escrito a lo largo de toda una vida, hay ciertas líneas muy bien trazadas en donde hay vasos comunicantes y se ve cómo hay una concatenación de temas, de organización de esos mismos temas y empieza a visualizarse a una persona que ha tenido ciertas preocupaciones y que están muy bien plasmadas en ese tipo de libros. Por otro lado, el hecho mismo de que sean libros tan gordos, tan monumentales, le da a uno grima porque le da la impresión de que ya se volvió uno muy institucional, y a mí ese tipo de cosas siempre me preocupan, a pesar de que estoy en instituciones muy institucionales, valga el pleonasmo, como la Academia de la Lengua. Por un lado hay una gran satisfacción de ver que las cosas que uno ha escrito de manera dispersa se reúnen en cuatro volúmenes que son fáciles de consultar. Por otro lado, son difíciles de leer, porque son libros muy gruesos. A mí me gusta leer en la cama y es imposible llevarse esos libros a la cama. A veces siento que es necesario traer un atril como en la época medieval. Pareciera que obligan a uno a quedarse ya definido en una especie de hecho consumado, y yo quisiera tener siempre una movilidad hacia adelante. Creo que la sigo teniendo, afortunadamente.

ESQ: Se reconoce siempre en sus primero textos, o al releerse hay algo quela lleve a pensar: «Ésta no soy yo»?

MG: Cuando acabo de escribir un libro, releerme me da nauseas. He trabajado tanto el texto y me ha costado tanto trabajo hacerlo, que cuando lo termino no lo quiero volver a leer. Me da horror. Sin embargo, cuando releo las cosas de hace mucho tiempo, me da gusto. A veces digo: Caray cómo escribí yo esto. Qué padre. Me admiro de mí misma, lo cual es un narcisismo maravilloso y engañoso. Una cosa que me pasó particularmente con este libro de Yo también me acuerdo es que es un libro que me da mucho placer releer. Ya ahorita no, pero cuando me lo entregaron hace como diez días, me emocionó tanto que lo releí dos veces seguidas, así como lo escribí. Y me gustó. Me gustó releerlo. Fue un cambio, porque generalmente nunca quiero releer lo que acabo de escribir. Me parece reiterativo y estoy fatigada del trabajo que me costó hacerlo, pero este libro sí me dio gusto releerlo. No sé qué quiere decir eso.

ESQ: ¿Cómo ha vivido la transformación en la relación que tiene con sus lectores? Hay gente que la han seguido mucho tiempo y hay otros que hoy apenas la están descubriendo, incluso por Twitter.

MG: Twitter me ha ayudado mucho a tener más lectores. Como es un medio divertido, uno tiene que ser ingenioso. A la gente le divierte leerlo y gracias a eso buscan los libros que uno ha escrito. Me ha ayudado mucho el Twitter y me gusta esa retroalimentación. En Yo también me acuerdo he utilizado varios tuits que escribí, reformándolos, mejorándolos, quitándoles cosas, lo que es un poco difícil porque son 140 caracteres. De cualquier manera, Twitter ha sido un ejercicio muy provechoso para mí en muchos sentidos: en la relación con los lectores, con la realidad, con los nuevos medios de comunicación y con mi propia escritura por la exigencia que la síntesis de los 140 caracteres imponen. Es una cosa bien interesante. Un ejercicio de constricción que termina volviéndose casi automático, porque el cerebro se adapta. Así como se adapta cuando escribo artículos para La Jornada que ya sé que son 4,000 caracteres y que tengo que regirme por los 4,000 caracteres con espacios, ya casi me salen automático 3,960, ó 4,001. Sé que tengo que pulir un poquito pero ya se conformó mentalmente el tipo de escritura. Para eso, Twitter es muy útil.

ESQ: La relación del escritor con los lectores antes era más reservada y ahorita se permite más la interacción. ¿Cómo percibe ese cambio? ¿Cómo ha ayudado —o no— al acceso a la literatura?

MG: Como todo, tiene sus pros y sus contras. Sí favorece la comunicación de una manera masiva, más instantáneas y evidente. Por otro lado favorece la frivolidad, el elogio fácil, la falta de respeto por la actividad del escritor, y puede ser muy perverso. Pero así son todas las cosas, tienen siempre aspectos contradictorios. Yo creo que es una nueva forma importante de comunicación, a la que nos estamos adaptando, que está transformando completamente, no solamente nuestra forma de escribir sino nuestra forma de pensar. Y responde mucho a nuestro mundo actual, que ha cambiado totalmente, de una manera vertiginosa, muchas de las estructuras tradicionales de pensamiento, de organización y de comunicación.

ESQ: Usted ha leído toda su vida. ¿Tiene algún «arrepentimiento literario»? Y, por otro lado, ¿qué autores o textos aún sigue?

MG: De mi infancia releo de vez en cuando a Dumas, Julio Verne y [Joseph] Conrad, que lo leí muy joven. También a [Leon] Tolstoi, muchos norteamericanos como John Dos Passos, John Steinbeck y los escritores de la primera mitad del siglo XX que fueron muy importantes. Muchos escritores del siglo XIX, por ejemplo, Jane Austen, las Brontë o Charles Dickens, Wilkie Collins que me gusta mucho, porque es una especie de primer gran novelista policiaco, y a mí me interesa mucho la novela policiaca. Leí toda mi vida a [Jorge Luis] Borges, porque era importantísimo para mí. A veces no podía escribir si no tenía un libro suyo al lado. Roland Barthes fue muy importante también. Son autores a los que vuelvo constantemente. O [Marcel] Proust, que era mi autor de cabecera: cuando tenía yo un problema, era como mi Biblia. [Georges] Simenon es otro de los escritores que me fascina, no sólo por su escritura, sino por su vida y porque me encanta ver los programas en donde se reproducen las cosas de Simenon y que, además, vuelven a manejar, un mundo en el que yo viví cuando era estudiante, como el París de los años 50. Es decir, la reproducción tan perfecta de ese mundo, las calles, la comida, los restaurantes, la forma de vestir de la gente, cómo caminaban los niños, los autobuses y automóviles de entonces. Todo eso se vuelve parte de mi pasado. Es como ver la exposición de Robert Doisneau, que fotografía el París que yo viví: un Paris muy oscuro, precario, ennegrecido por la mugre y por el tiempo, donde la gente era pobre, y viajaba en el Citroën que era un carrito que parecía lata de sardinas. Entonces la gente se vestía de negro y había una consciencia política interesantísima. Entonces veía yo a [Jean-Paul] Sartre y a Simone de Beauvoir en el Deux Magots, eran gente común y corriente. Me paseaba, iba al College de France y oía a gente tan extraordinaria como [Martín] Buber, o veía teatro nacional popular. Todo ese periodo de mi vida que fue muy importante, y lo recreo leyendo a Simenon.

ESQ: ¿Por qué el primer género en el que comenzó a escribir fue el ensayo? ¿Qué fue lo qué más le atrajo de eso?

MG: Yo soy profesora. Tengo casi 60 años de enseñar, o quizá un poco menos: 55. El ensayo es una de las cosas fundamentales para un investigador. Creo que es tan productivo, tan interesante y tan creativo como la escritura de ficción. Ahorita estoy más interesada en la escritura de ficción porque normalmente me surge más que el ensayo. Hoy me está costando más trabajo el ensayo porque exige otro tipo de organización mental, un rigor muy importante con el texto y con la tradición de las fuentes. A veces siento que ya pasó esa época para mí y que ya no me voy a dedicar más a eso, pero siempre tengo invitaciones para congresos y me interesa volver a trabajar en géneros que no he retomado o en los que podría profundizar. En muchos de mis libros de ficción, el ensayo está muy presente, como en El Rastro (2002), en donde están mis ensayos sobre Sor Juana y en Saña (2007).

ESQ: Hay cierta resistencia en la escritura por traspasar varios limites, pero no es su caso. Simplemente experimenta ¿Dónde está ese límite de decir «voy a dar un paso más»?

MG: Estoy más vieja, tengo más experiencia y muy poco que perder. Así que me lanzo. Soy muy espontánea. En mi vida he hecho muchas cosas sin darme cuenta de que las hice. Y cuando las rememoro siento que algunas fueron bastante osadas. Yo no creo que transgreda, pero probablemente lo haga. Quizá he tratado temas que pocas mujeres en mi época trataban. Cuando escribí un libro como Apariciones (1996), donde hablaba de las monjas trabajando, tomé personajes de mi novela, pero también había una historia de unos amantes en donde la vida sexual de ambos es muy carnalizada en el texto. Mucha gente me decía: «Margo ¿Cómo escribes eso? Yo no puedo dar una clase con tu libro». Y yo decía: «¿Por qué un varón puede escribir ese tipo de cosas y nadie se asombra demasiado?». También puede haber problemas con esa escritura, pero es mucho más complicado con la mujer. Siempre cuento esta anécdota: un amigo mío, muy querido, cuando hice la traducción de George Bataille de los libros que fueron considerados pornográficos en su tiempo, me dijo: «Te felicito porque hiciste una traducción pierniabierta», y eso no se lo hubiera dicho a un hombre. Que plantea que de repente yo estoy incidiendo en temas, que se supone que son lógicos en un hombre, pero no en una mujer. Trabajar a Bataille, traducirlo, escribir cosas de erotismo. Luego hay gente que ha trabajado el erotismo, pero siento que no como yo. No me quiero hacer tampoco muy original, pero creo que lo vulgarizan, lo minimizan, porque hay una concesión con el lector. Cuando escribo, escribo como yo creo que debo de escribir y si lo van a leer bien o no lo van a leer bien, también, no me importa. A la larga tengo dificultades para que me lean porque soy una word seller. Cada vez tengo más lectores y más jóvenes, lo cual me gusta mucho. Acaba de hacerme una entrevista un joven de la facultad de filosofía y letras que leyó muy bien mis cosas, o este señor que acaba de irse, me ha realizado entrevistas desde hace veinte años, sobre temas de tipo erudito de mis trabajo sobre Cristóbal Colón, Hernán Cortés o La Malinche, y que sigue paso a paso lo que yo he escrito, tanto en ficción como en ensayo. Lo cual me da un gusto enorme.

ESQ: De primera impresión, pareciera que Yo también me acuerdo es un flujo de ideas, pero cuando uno continúa leyendo, hay una conexión muy clara entre todo. ¿Cómo armó la estructura?

MG: Hay un trabajo consciente e inconsciente a la vez. Uno va escribiendo recuerdos, los recuerdos se van acumulando, se van procesando unos a otros, pero es imposible dejarlos así. No tiene sentido si no hay una coherencia en el libro y continuidad del recuerdo. Utilicé varias frases de Twitter para mi libro, pero también tuve que reconfigurar y reestructurar las frases para todo tuviera densidad y consistencia. Ése es el trabajo del escritor. Cualquiera puede escribir Yo también me acuerdo. Todo el mundo ha hecho algo así alguna vez. Sin embargo, un texto así exige un trabajo muy importante de organización. Hay muchas cosas que se van trabajando, desde los temas filológicos —¿qué es un apotema?—, los significados de las palabras —¿qué significa chorlito? ¿qué significa mula? ¿qué significa arroba?— ese tipo de cosas que también es un trabajo académico, que se maneja en el texto de una manera más ficcional pero exige un trabajo de estructuración, aunque la primera parte sea completamente espontánea.

ESQ: Sus crónicas de viaje son muy particulares. ¿Cómo cambia el momento en el que usted lo vive y cuando lo pasa al papel?

MG: Cuando viajo hago diarios y regresando a México inmediatamente escribo textos para La Jornada. Eso para mí es muy importante, porque implica organizar material —que está muy disperso en los diarios— en algo mucho más coherente. El diario me dispara recuerdos y a veces me basta una frase para armar todo un texto. Eso me permite que, de manera fragmentaria, vaya yo organizando los viajes. Muchos de los textos que están aquí son fragmentos de viajes que ya había escrito. Este libro es también la historia de mi escritura. Me he autoplagiado muchas veces en el texto. Como lo digo en el libro: el orden de los factores, en literatura, altera definitivamente el producto. Por eso son textos ya nuevos, porque se han renovado al escribirlos en este contexto. Eso es importante y espero muy pronto dedicarme a dos libros que estoy escribiendo ahorita y se han quedado varados: el de los viajes, que tengo que organizarlo bien —del cual ya publiqué una parte en Coronada de Moscas de Sexto Piso— y otro libro que escribí hace quince años —no le digo cómo se llama porque eso es de mala suerte— y habla de qué son los dientes. A todos les parece un tema absolutamente absurdo y me preguntan por qué voy a escribir un libro sobre cómo me cura el dentista, pero todos hemos pasado por eso, que es horrible, y al mismo tiempo, sin los dientes no podemos hacer nada. Para mí es fundamental ese tema. Lo estoy escribiendo y está a empezando a salir algo interesante, pero tengo que dedicarme al cien por ciento a ese texto para que funcione como creo que está funcionando Yo también me acuerdo.

 

En primera persona

Publicado en la revista Esquire no. 69 (PDF aquí)

Los escritores Etgar Keret, Mauricio Montiel Figueiras y Élmer Mendoza hablan sobre su filosofía creativa y sus libros más recientes.

Etgar Keret Pizzería Kamikaze

Etgar Keret

Cuentista y guionista/46 años/Ramat Gan, Israel

  • Uno escribe sobre sus miedos, enseñanzas y pasiones, pero si fuera un esquimal, no creo que escribiría sobre el frío. Lo mismo pasa con el conflicto de mi país. Cuando alguien se va a dormir, no reza por la paz en Medio Oriente, sino porque el chico o la chica que le gusta le corresponda. Al final, las cosas que pasan en el país donde vives son tu contexto, pero nuestra forma de vida es la misma en todos lados.
  • Cuando era joven, la única cosa en la que era bueno era en matemáticas. Se suponía que iba a ser ingeniero, pero lo que cambió mi vida fue el servicio militar. Cuando lo hice, mi mejor amigo se suicidó. Eso desencadenó que escribiera por primera vez. Nunca había escrito nada antes.
  • Todos los hombres de mi familia fueron soldados muy malos. Mi padre fue a la guerra de 1950 y estaba de guardia en el campamento. Descubrió que venían unos egipcios, se sorprendió y lo único que se le ocurrió hacer fue café y huevos para invitarlos a comer. Los egipcios, al ver aquella recepción, no supieron qué hacer y se sentaron con él. Después, los egipcios atacaron. Hubo algunos muertos pero a mi papá no le pasó nada. Le preguntaron: “¿No te pareció raro que te hablaran en árabe?”. Y mi padre dijo: “Sí, un poco, pero ¿qué puedo hacer? La vida es extraña”.
  • Camino y hablo chistoso. En todos lados me meto en problemas. En el ejército pretendía ser normal, pero en mis historias podía ser diferente, por eso eran tan importantes para mí. Escribiendo no tenía que fingir, así conservé mi cordura.
  • Creo que la vida y el mundo me afectan. En cualquier cosa que hago trato de ser auténtico. Trato de decir la verdad y hacer que crean que soy inteligente y sexy. Si compras mis libros, eso es lo que vas a encontrar.
  • En la ficción puedo ser yo mismo. Me da seguridad. Es el lugar más sencillo para habitar.
  • Todo es complicado. Una vez mi esposa leyó uno de mis libros y tocó a mi puerta para decirme: “Tienes muchas historias donde el marido no quiere a su mujer y le es infiel”. Le contesté: “Lo escribí y ya. ¿Prefieres que escriba eso o que hable acerca de otro tema, pero en la vida real lo haga?”. El único lugar en el que puedo escribir y dejar mi pasión es en la ficción.
  • Escribo en computadora porque soy muy malo redactando a mano. Lo único que necesito es un lugar donde la gente no me vea. Cuando escribo necesito desconectarme del mundo y hablar conmigo mismo. Muchas veces escribo desnudo o en calzoncillos. Si mi hijo está en casa, me pregunta: “¿Qué haces?”. Si él o quien sea me ve, no puedo escribir más. Necesito estar solo.
  • Antes sólo escribía para mis amigos y mi hermano. Cuando empecé a publicar y me volví famoso, ellos dejaron de leerme. Me decían que era una puta: “Antes hacías historias para nosotros, ahora tengo que darte dinero para tener el libro”.
  • El cuento es un género hermoso. Escribirlo es como nadar desnudo en un río. No hay nada más natural y sencillo. Todo en la vida es difícil. Siento que estoy estresado todo el tiempo. Sólo cuando escribo tengo una especie de libertad.

Mauricio Montiel CIUDAD TOMADA

Mauricio Montiel Figueiras

Narrador, ensayista y poeta/46 años/Guadalajara, México

  • Las experiencias personales que se traducen a un libro siempre tienen un ingrediente universal. Las que me interesa traducir a la ficción deben tener ese elemento que puede interesar al lector, como es el caso de Ciudad tomada. La historia de “La niña y la suicida” es real hasta cierto punto. Contemplar cómo una muchacha se arroja por una ventana y la madre la recoge en la calle es algo que cualquiera podría ver. No soy un cazador de ese tipo de anécdotas, pero me ha tocado presenciarlas y entiendo que tienen un ingrediente interesante para el lector.
  • Mi hogar natural es el cuento. En ese género siempre me he sentido en casa, aunque también he experimentado con otros. He escrito ensayos, crónicas, críticas literarias y de cine, y relatos de viaje, pero finalmente con Ciudad tomada me sentí como si regresara a casa porque pasaron 12 años entre éste y mi anterior libro de cuentos.
  • La visión canónica del cuento dice que la estructura de éste es “principio, nudo y desenlace”, pero las reglas en la literatura están hechas para destruirlas. Sin embargo, primero tienes que conocerlas y luego pasar por encima de ellas.
  • No me interesan los relatos canónicos pese a que hay autores clásicos de cuento, como Edgar Allan Poe, que sí cumplen esa función. También me interesan los autores que han revertido esas reglas. Cuando escribo, yo mismo trato de subvertirlas y de buscar maneras de abordar el cuento.
  • Cada cuento responde a sus propias reglas internas. Es abstracto hablar del laboratorio de la escritura porque, aunque uno como escritor lo puede entender perfectamente, al lector se le dificulta. En mi caso, para elaborar cuentos, siempre debo tener una imagen. Yo lo relaciono con el cine: necesito un still —una toma fija— y a partir de ahí desarrollo una historia.
  • Mi libro de ficción anterior a Ciudad tomada se llama La penumbra inconveniente y fue un ejercicio que no tuvo que ver con el cine, sino con las artes visuales, con esta estrategia fílmica de la que hablo. Fue un libro que trabajé a partir de los cuadros del pintor estadounidense Edward Hopper, quien para mí es el gran retratista de la soledad del siglo XX. Sus cuadros son muy cinematográficos, como recortes de una película.
  • Me cuesta mucho trabajar a partir de conceptos. Si voy a escribir sobre la melancolía, necesito una imagen de la que pueda desprender el tema. Es muy difícil lidiar con conceptos tan amplios. Para una antología que voy a publicar el próximo año me pidieron cuentos eróticos-pornográficos, pero ahí el ambiente me facilita más crear una atmósfera.
  • Hay una especie de hilo conductor a lo largo de todo lo que escribo. Tiene que ver con una idea de Blaise Pascal, quien decía que todos los problemas de la humanidad parten de que el hombre no puede quedarse quieto en un solo sitio. Me gusta pensar que el ser humano tiene que salir y que de ahí surgen los conflictos. La mayoría de mis personajes viven con la idea de que no están en el lugar donde deberían, entonces salen para buscar el sitio que les corresponde y ahí es donde empiezan los problemas.

Elmer Mendoza Trancapalanca

Élmer Mendoza

Novelista, dramaturgo y cuentista/64 años/Culiacán, México

  • Reencontrarme con mis propios cuentos para la reedición de Trancapalanca fue casi traumático. Me provocaba mucha incertidumbre y vértigo, porque fue como estar en el agua después de lanzarme de un puente de veinte metros y seguir vivo. Implicó preguntarme: “¿Cómo escribí estos cuentos? ¿En qué estado me encontraba?”.
  • Ahora soy un autor maduro y un lector que conoce más. Sigo siendo arriesgado y creo que la literatura lo requiere. Es un arte que debe evolucionar constantemente. No debe detenerse. A veces me entristece mucho ver a autores jóvenes que repiten fórmulas.
  • El lector actual es más mediático: le gusta ver a su autor como un rockstar y quiere conocerlo. Quiere su firma. Quiere tomarse fotos con él. Quiere hacerle preguntas. Hace 30 años, los lectores no éramos así. Llegaban los libros, conversábamos con nuestros amigos acerca de ellos y ya. Antes los autores no estaban tan a la mano, no daban tantas entrevistas ni salían en Esquire ni nada. La convivencia era otra.
  • Hay lectores que piensan que soy un escritor realista. No puedo explicarles que lo que escribo es ficción y que conseguir que un texto se parezca a la realidad implica que detrás tiene mucho trabajo. Es como pintar un cuadro.
  • Creo que todos los novelistas cometemos errores de muchos tipos. Hay lectores que lo detectan y lo dicen. Me ha pasado. Mis lectores lo saben y me corrigen. Somos una comunidad que va creciendo.
  • He abordado el narcotráfico en mis obras, pero no quiero que parezcan reportajes de Truman Capote, sino que obedezcan a las reglas de la ficción y que siempre partan de una invención.
  • Soy un autor que convive mucho con sus libros y con sus obras. No padezco de ultracorrección y, como no tengo presiones de nadie, sé que puede pasar un año o dos y que no tengo que entregar un libro a un editor sino hasta que yo lo decida. Eso me ayuda ante mis inseguridades y mis búsquedas.
  • Sufro con los cuentos. Pocas veces los disfruto tanto como la novela. Como es más larga, tienes que crear un mundo y hacer que éste sea visible, que se perciba un universo donde hay personajes que se mueven, comen y sufren.
  • En el cuento necesariamente hay que simbolizar, sobre todo porque yo no puedo escribir cuentos de 20 páginas. Los míos son bastante breves y en ellos no me permito ciertos juegos que sí utilizo en la narrativa larga.
  • No tengo una definición de “novela policiaca”. Los autores estadounidenses son muy poderosos. Edgar Allan Poe inventó el género y los ingleses han sido muy buenos —como Arthur Conan Doyle— pero después los gringos se reinventaron. Ahora los mexicanos tienen sus autores y son poderosos. Ya somos referente en el mundo. Hay un grupo donde estamos trabajando con el estilo, no sólo para contar una aventura, sino para hacer mezclas que tienen que ver con otras formas no tradicionales. Hay chicos muy fuertes como Bef, Haghenbeck y Almazán. Este género nos permite mostrar el perfil de los mexicanos de esta época. Hay mucho que contar acerca de cómo nos está yendo, sobre todo en el universo de los delitos.

Sarcasmo cotidiano

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Publicado en la revista Esquire no. 68 (PDF aquí)

Ingenioso, burlón, tuitstar, diseñador, creador del sitio Cinismo ilustrado… hay muchas formas de designar a Eduardo Salles, quien presenta su libro La ciencia de los cínicos (y quien también creó, sólo para Esquire, esta ilustración del Día de las Madres).

ESQUIRE: ¿Qué planteas en La ciencia de los cínicos?

EDUARDO SALLES: Que la vida cotidiana es tan importante que necesita una ciencia que la estudie. El libro es un compendio de teorías ilustradas que explican con cierto humor negro (involuntario) la lógica detrás de las tonterías que cometemos a diario.

ESQ: ¿Por qué a veces nos resistimos a reírnos de nosotros mismos?

ES: El mexicano en particular tiene un sentido del humor bastante atrofiado, aunque presumamos lo contrario. Nuestra incapacidad de reírnos de nosotros mismos y detectar el sarcasmo nos ha vuelto demasiado sensibles con lo que no estamos de acuerdo, e intolerantes con lo que no entendemos.

ESQ: ¿Existe algún límite para el humor y la crítica social?

ES: Cada sociedad tiene sus “cordones de seguridad”, lo políticamente correcto, límites que en teoría ni el humor tiene permitido cruzar. Estos cordones son síntomas de lo que nos incomoda, heridas profundas de conflictos no resueltos. Creo que el humor tiene que cuestionar estos cordones y, en lo posible, ampliar su periferia.

ESQ: ¿Cuándo comenzaste a burlarte de la cotidianidad?

ES: Siempre he sido un científico del oprobio, aunque empecé a ejercer de manera formal cuando abrí mi sitio. En un principio me interesaban los temas clásicamente “polémicos”, como la religión o la política; sin embargo, en los últimos años he descubierto que los temas que generan más tensión son los que se cuestionan poco.

ESQ: Cinismo ilustrado ha sido un éxito no sólo en México, sino en el continente. Cuando iniciaste el sitio, ¿imaginaste la aceptación que tendría?

ES: Lo inicié en mayo de 2009. Como todas las cosas que suelen ir bien al final, no empecé desde el día uno pensando en el alcance que llegaría a tener, ni tuve una estrategia para lograrlo.

ESQ: ¿Qué papel juega internet en tu trabajo?

ES: Sin internet no estaría respondiendo esta entrevista, y mucho menos para Esquire. Internet es el «boca en boca» con esteroides, el laboratorio social más grande del mundo, la vitrina en la que todos podemos anunciarnos.

ESQ: ¿Cómo influye tu trabajo en una agencia de publicidad en tus ilustraciones?

ES: Soy director general creativo de una agencia y mi trabajo “profesional” y personal viven una saludable simbiosis. La publicidad en la que creo no es la que intenta venderte algo con un mensaje “ingenioso”, sino la que aporta algo a la gente para generarle valor a una marca. Si lo ves de esa manera, analizar los problemas de las personas se vuelve parte de mi trabajo.

Ilustración: Eduardo Salles, para Esquire

Valeria Luiselli: una voz entre la multitud

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Artículo publicado en la revista Esquire no. 68 (PDF aquí)

Su primera novela se ha traducido a siete idiomas y la crítica se ha rendido a sus pies. Aunque apenas tiene 30 años, con la publicación de La historia de mis dientes Valeria Luiselli confirmó que su estilo y versatilidad son únicos, y que es una de las escritoras más prometedoras de México.

     Valeria Luiselli dice que la única crisis de identidad nacional que ha sufrido fue culpa de una palmera. Todo inició cuando su padre decidió realizar un curioso homenaje: darle a un trío de árboles los nombres de sus hijas. Un domingo de verano, el exembajador de México en Sudáfrica convenció a Valeria y a sus hermanas de visitar los cocoteros que —a modo de donación— consiguió para adornar una plazoleta rodeada de autos en la frontera de las avenidas Altavista y Periférico, en el sur de la ciudad de México. La anécdota hubiera concluido como un gesto enternecedor, si no hubiera sido porque sobre el triángulo de pasto que Valeria tenía ante sus ojos no había tres, sino dos palmeras. La suya ya no estaba y eso, pensó ella, sólo podía significar una cosa: que compartiría el destino de su pequeño árbol y tampoco lograría echar raíces en México.

     Valeria se equivocó. No creció en el DF y su estancia ha sido intermitente, pero en los tres libros que ha publicado está la esencia del país que extravió a su palmera. La historia de mis dientes —su segunda novela— es una especie de México descompuesto en elementos dentro de una gran vitrina. Hay un cuaderno Scribe de raya ancha. Están José Vasconcelos y Salvador Novo. El Hospital General La Raza. El metro Balderas. La colonia Portales. Un boleto ciudad de México-Acapulco a bordo de un camión Estrella de Oro. Un párroco que promete recompensas espirituales a quien salve a su iglesia de la catástrofe económica. Las calles de Ecatepec.

     La escritora nació en 1983, pero un año después dejó el país con su familia. En menos de dos décadas vivió en Estados Unidos, Costa Rica, Corea del Sur y Sudáfrica. Sin embargo, nunca se olvidó de México. En Papeles falsos —su primer libro, una antología de ensayos— dice que desde niña aceptó su mexicanidad “como muchos aceptan el cristianismo, el islam o la papilla”. Quizá por eso a los seis años, cuando residía en Centroamérica, quiso regresar cavando un túnel desde el jardín de su casa. Y luego a los doce, durante un concierto que Luciano Pavarotti ofreció en Pretoria, se plantó frente a Nelson Mandela para preguntarle si se acordaba de ella, la mexicana que unos meses antes había estado en su casa, y también si ya había leído Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco. Madiba la miró con esos ojos grises “que se parecían un poco a los de los recién nacidos” y le respondió que no, que todavía no.

 *

    Antes de sentarse a escribir su nueva obra, La historia de mis dientes, Valeria empezó a redactar una novela que bautizó con el nombre de la ciudad donde su padre trabajó como embajador y donde un chofer llamado Sam Bomba le enseñó a entonar el himno nacional sudafricano. Sin embargo, al cabo de un tiempo abandonó el proyecto. Algo faltaba en los primeros borradores de Pretoria. Lo descubrió cuando una traductora trasladó una primera versión del texto al inglés: la novela se sentía ajena al mundo que retrataba —su infancia en el sur de África— porque la había escrito en español.

     La mexicana recibió su primera educación en colegios militares donde se hablaba inglés. Durante la etapa más temprana de su vida, el castellano fue un asunto privado: sólo lo hablaba en casa, con sus padres y sus dos hermanas. Ni siquiera con su primer novio —un afrikáner llamado Clarence Coetzee— se comunicaba en español. Cuando volvió a México, a los 14, Valeria comenzó a sentirse atormentada por su voz. En aquella época se volvió consciente del acento que permea su español —“un poco raro y extraterritorial”— y se sintió incapaz de lidiar con los albures con que sus compañeros la torturaban en el patio de la escuela. “Empecé a hablar español en mi vida intelectual y pública cuando me fui a vivir a India, a los 16, y conocí a un grupo de estudiantes latinoamericanos. Comencé a utilizarlo para pensar, para hablar de libros y temas políticos, de cosas que iban más allá de las sobremesas de mi familia”. En ese país Valeria no sólo se reconcilió con la oralidad, sino con la palabra escrita. Ahí leyó a Juan Rulfo, a Julio Cortázar y a Gabriel García Márquez, y volvió a preocuparle su relación con México, a donde regresó para estudiar Filosofía en la UNAM. Hoy dice que es muy Puma y muy chilanga gracias a esos años, aunque decidió reescribir Pretoria en inglés sudafricano, la lengua de los recuerdos de su niñez.

*

    En la voz de Valeria Luiselli no existe la prisa. Cuando uno está frente a su delgadísima figura, se siente como si ella le estuviera confesando un secreto. Su conversación está al borde del susurro y resulta casi imposible imaginarla gritar. Al platicar, desvía la mirada —ojerosa, sin una gota de maquillaje— como buscando anécdotas en su memoria. Mueve las manos como si quisiera dibujar en el aire. Sonríe como si acabara de recordar una travesura.

      La voz de Valeria se filtra en sus publicaciones: leerla es como escucharla hablar porque en sus textos siempre hay lugar para las pausas y los silencios. En cada oración se advierte la musicalidad tan peculiar de su habla y se adivina su obsesión por la perfección. Hasta el momento, la mexicana ha escrito un libro de ensayos (Papeles falsos, 2010), dos novelas (Los ingrávidos, 2011, y La historia de mis dientes, 2013), críticas literarias para revistas como Letras Libres y un perfil donde cuenta que las aficiones que no comparte con su marido, el escritor mexicano Álvaro Enrigue, son la ópera y el béisbol.

     Valeria dice que la autocrítica siempre aplasta su autoestima: ella es su más severa juez. Sus primeros escritos fueron “poemitas adolescentes que por suerte se han perdido para siempre”. Hoy detesta dar entrevistas y hablar en público porque en ambos casos se clausura la posibilidad de autoeditarse, de pulir y reformular sus frases. Cuando escribe su manía es “apretar cada tuerca, llenar todos los vacíos”. Por eso sus libros no pasan de 200 páginas, nunca ha tenido un blog y rara vez tuitea. También por eso escribir su última novela le resultó aterrador: por primera vez en su vida tuvo que mostrar un libro a medio terminar.

     Valeria ríe mientras platica que los primeros lectores de La historia de mis dientes pensaron que era hombre. Durante cinco meses, los trabajadores de una fábrica de jugos del Estado de México revisaron los manuscritos de su libro, donde un tal Carretera se identificaba como subastador, dueño de la dentadura de Marilyn Monroe y padre de un niño llamado Ratzinger.

      Esto ocurrió cuando la Fundación Jumex le pidió que redactara el texto central de un catálogo cuyo fin sería conectar tres elementos: la colección de arte de la institución, la fábrica de jugos y la esencia de Ecatepec. Sin embargo, el encargo se transformó en una novela por entregas: una noche a la semana, los obreros leían las ocurrencias de Carretera en voz alta. Al final intercambiaban comentarios y todo quedaba registrado en una pista de audio que viajaba hasta el estudio de una casa en Harlem, Nueva York, donde Valeria vive y pasó meses incorporando correcciones. Cuando la mexicana terminó de escribir, casi un año después, envió un último paquete a la fábrica: un mp3 que grabó para agradecer la paciencia de quienes leyeron sus primeros borradores.

“¡No mames!”, gritaron algunos.

     Era inconcebible que la voz que emanaba de la grabadora —y que escuchaban por primera vez— no fuera la de un hombre, sino la de una escritora de 29 años.

*

     En el mundo de las letras, encontrar una fórmula narrativa es como hacerse de la espada en la piedra: un estilo de escritura legible y fácilmente identificable se traduce en best sellers. Sin embargo, Valeria abomina la idea de repetirse. Aunque Margo Glantz —novelista, cuentista y crítica mordaz desde los sesenta— dijo que su primer libro era casi perfecto, Luiselli se prohibió reproducir la receta en sus siguientes publicaciones. Su voz está en todo lo que escribe, pero la estructura —los pequeños ladrillos que como un juego de Lego construyen una figura— varía en cada caso: “Cada libro exige un mecanismo, un ritmo y un procedimiento muy distintos”.

      Valeria Luiselli tiene algo de Georges Perec, el escritor que con su complejísima obra maestra orientó la mirada internacional hacia la literatura francesa contemporánea. Como el autor de La vida, instrucciones de uso (1978), la mexicana es docta en la manufactura de rompecabezas. Sus libros no pueden valorarse como ideas o párrafos aislados, sino como un todo. Cuando se sienta a escribir en el estudio que —“menos por amor que por falta de espacio”— comparte con su marido, descompone sus ideas. Se vuelca en su librero de nueve de la noche a tres de la mañana para buscar información que sostenga el andamiaje de sus historias. Toma prestados los recursos narrativos de los autores que admira para resolver un problema. Leerla es también un acto de espera: sólo hasta que se llega al punto final de sus libros, se acomoda la última pieza del puzzle.

     Papeles falsos, el tomo que Margo Glantz elogió, parece un ornitorrinco. Tiene un poco de ensayo —su género predilecto— y un poco de crónica, porque nos presta sus ojos para recorrer con ella un panteón de Venecia y la Mapoteca de la ciudad de México. Si se lee de corrido, también tiene un poco de novela: es la travesía de Valeria por cementerios, ciudades y mapas en lo que inicia como una indagación en la vida del poeta ruso Joseph Brodsky (otra de sus obsesiones), y termina como la denuncia de todo lo que está a la vista y no vemos: buscar una tumba es como querer hallar un rostro conocido entre la multitud; la bicicleta es el único medio de transporte que, a diferencia de un coche o un avión, puede reproducir el ritmo del andar humano; un libro sobre el buró es un amante de paso, pero uno sobre el sillón es una almohada para la siesta.

     Desde su aparición, su primera novela también fue insólita: Los ingrávidos se presentó en la Feria del Libro de Frankfurt —una de las más importantes del mundo— cuando apenas era un manuscrito y en pocas horas varias editoriales la adquirieron para traducirla al inglés, portugués, alemán, francés, italiano, holandés y hebreo. Eduardo Rabasa, editor de Sexto Piso —firma que ha publicado su obra en español— cuenta que nunca había visto un fenómeno parecido. Una vez que la novela llegó a México, la voz narrativa de Valeria volvió a intrigar a sus lectores: dado que inicia con los relatos de una escritora que vive en Nueva York, tiene un “niño mediano”, una bebé y un marido que cree que ya perdió la vitalidad para crear poemas, algunos pensaron que se trataba de una obra autobiográfica. Sin embargo, Valeria aclaró una y otra vez que no, que se le ocurrió un día que se subió al Metro y observó dos trenes que aparecían al mismo tiempo, pero transitaban por diferentes vías. Esta obra, como su libro de ensayos, es un mosaico de escenas que entrelaza la narración de la mamá del “niño mediano” con las narraciones del otro protagonista, el poeta sinaloense Gilberto Owen. Además, parece una cebolla: hay que quitar una y otra capa para comprender por qué las voces de ambos se funden a pesar de que pertenecen a épocas y ciudades distintas.

*

     Valeria asegura que Papeles falsos le debe mucho a El arte de la fuga, de Sergio Pitol, pero La historia de mis dientes está en deuda con el anecdotario familiar: todos los días, a las ocho de la mañana, su hija de cuatro años le pide que ponga “Highwayman”, interpretada por Johnny Cash, para ponerse a bailar. Por eso el protagonista de su segunda novela se llama Carretera.

      La mexicana vive en una casa de libros. Su marido es el escritor que ganó el Premio Herralde de Novela en 2013 por Muerte súbita. Su hijastro de 17 años pasa sus días tirado en el piso devorando lecturas de sol a sol. Su hija, Maia, no se va a dormir a menos que ella o Álvaro le lean una historia.

      Valeria dedica la mañana al cumplimiento de compromisos editoriales y académicos, pero consagra sus noches a la literatura en el espacio que comparte con su esposo: un desván que la pareja utiliza como estudio, cuarto de huéspedes y rincón de lectura para sus hijos. Ella cuenta que no le molesta trabajar en el mismo lugar que él. “Somos muy respetuosos del espacio y el silencio del otro. Cuando Álvaro no está, siento que falta algo. Es como si faltara música. El estudio es un espacio de soledad que compartimos.” Álvaro cierra los ojos y sonríe cuando habla de Valeria. Dice que le angustia estar casado con una mente tan brillante, que se siente una persona poco sofisticada porque ella, además de ser filósofa, escribe novelas.

      En esa casa de libros, los escritorios de Valeria Luiselli y Álvaro Enrigue están en extremos opuestos. Él piensa que su estudio se parece a una cancha de tenis. Ella tiene un escritorio impecable; él, un caos. Ella le muestra borradores de sus textos conforme evolucionan. Él no la deja leer lo que escribe sino hasta que teclea el punto final. Ella le confía sus borradores leyendo en voz alta. Él le entrega manuscritos en papel. Ella escribe de noche; él, de día. A las ocho de la mañana, él ya está bañado, rasurado y leyendo el periódico y sus correos electrónicos. A las ocho de la noche, ella acuesta a Maia y empieza a trabajar. Cuando no están en la cancha de tenis, Valeria y Álvaro comparten pequeñas pasiones: un cigarro antes de subirse a un avión, recorrer Nueva York en bicicleta, quedarse en casa cuando el invierno golpea con furia. Es una vida inmejorable, dice él.

     Hace años que Valeria vive lejos de la ciudad que no vio crecer a su palmera, pero con su voz —sus libros— logró enraizarse en México. En el perfil que escribió de su marido dice que hoy siente la ciudad más familiar, más suya, por el palimpsesto de historias que Álvaro le cuenta cuando vienen de visita y manejan juntos por el Distrito Federal. Quien lee a Valeria Luiselli experimenta un efecto similar: se zambulle en un mundo de ficción que no le es propio, pero que es posible visualizar y comprender cuando su voz calla y se acomoda la última pieza del rompecabezas.

El legado de Nacho

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Originalmente publicado en Esquire no. 67 (PDF aquí)

     A los 19 años, Ignacio Padilla abordó un avión de dos motores —como Don Quijote sobre el lomo de su caballo, Rocinante— para volar hacia Mbabane, la capital de un reino donde las familias entregaban a sus hijos a hechiceros para realizar rituales y los soldados del rey no conocían la guerra. Eran mediados de los años 80 y el joven escritor dejó México para estudiar el último año de preparatoria en Suazilandia, un país del sur de África que ni las monografías de National Geographic describían con precisión. Para sus padres —como para el consulado que tramitó su visa— no quedaba claro por qué quería viajar a la nación más pequeña del África continental.

     Ésa parece ser una constante: donde algunos ven una excentricidad (y otros no ven nada), él advierte un misterio y se obsesiona como un naturalista con el eslabón perdido. En La vida íntima de los encendedores (2009), dedicó casi 200 páginas a reflexionar sobre el simbolismo de un objeto cuya función no pareciera ser más que la de encender un vil cigarro. Falso. “Mudan constantemente de formato, fallan cuando menos lo esperamos, se reproducen con un entusiasmo digno de mejores causas. Diríase incluso que se desplazan: apenas ayer yacían impasibles sobre el buró y hoy se encuentran en un abrigo que no recordamos haber usado desde que Napoleón era artillero”, escribe tras detenerse a mirar la cotidianidad con lupa. El legado de los monstruos, su libro más reciente, es un tratado sobre el miedo. Padilla empezó a escribirlo tras reflexionar sobre las similitudes entre los monstruos del imaginario humano. En todas las culturas hay un temor a la madre secuestradora —de ahí La Llorona y sus equivalentes— y a la posibilidad de ser devorados por hombres lobo o zombies. ¿Cómo explicar, entonces, que las adolescentes de hoy se vuelvan locas con los vampiros de Twilight (2008)? “Todo miedo es un deseo”, dice el autor, y por eso nuestros miedos son el motor de la historia. De las páginas de Drácula (1897) a las secuencias de acción de World War Z (2013), queda demostrado que —al menos en la ficción— disfrutamos confrontarnos con los rostros de la muerte.

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     Nacho se inició en la transgresión desde la infancia. Al igual que el ingenioso hidalgo de La Mancha, encontró la semilla de sus inquietudes en la lectura. Sus padres le contaban cuentos antes de dormir y él escuchaba con asombro. Todo niño posee un súperpoder que se pierde en la vida adulta: creer que un personaje no es la invención de un autor, sino un individuo autónomo. Cuando Padilla descubrió que detrás de El Conde de Montecristo estaba la pluma de Alejandro Dumas, decidió convertirse en escritor. A partir de entonces, trabajaría para despertar en otros los horrores y pasiones que los textos que sus padres le leían por las noches produjeron en él.

     Sus primeros escritos fueron fábulas sui géneris: como no le gustaban los finales tradicionales —“porque son lo que los adultos quieren, no lo que un niño espera”—, los reinterpretaba. Luego incursionó en el oficio de copista: “Uno empieza imitando. Como el estudiante de pintura que lleva su caballete al Museo del Prado para copiar Las Meninas, de Velázquez, un escritor debe copiar a los autores entrañables. Es la única manera de entenderlos plenamente”. Las primeras novelas de Nacho fueron volúmenes de tres o cuatro capítulos inspirados en Julio Verne, el autor de La vuelta al mundo en ochenta días. A casi cuatro décadas de haber redactado esos textos, Padilla imparte talleres de lo que llama “plagio y confección de estilo”. En ellos invita a sus alumnos a escribir a la manera de Juan Rulfo o Jorge Luis Borges, para después enseñarlos a detectar dónde están sus vicios y a leer mejor a esos autores.

     Tras su retorno de Suazilandia, a Nacho siguieron inquietándole los extremos. Estudió Comunicación en la Ibero (no Letras en la UNAM), aceptó ser director editorial de Playboy México (porque no considera que el periodismo se oponga a la literatura) y con cinco de sus cómplices —Jorge Volpi entre ellos— publicó el Manifiesto del Crack, que provocó molestia en ciertos ámbitos literarios mexicanos de los noventa. “Surgió a partir de las inquietudes de un grupo de amigos cuyas novelas no respondían a lo que el mercado pedía. No hacíamos Realismo Mágico. Fueron obras influidas por Víctor Hugo y James Joyce en un mundo en el que se vendían libros del tipo de Como agua para chocolate”, recuerda. El manifiesto fue cuestionado en México, pero cuando en otros países lo aplaudieron, a sus críticos no les quedó más que aceptar que Laura Esquivel no era el modelo literario por excelencia ni todas las obras debían situarse en Comala o Macondo.

     Las obsesiones de Padilla han sobrevivido al paso del tiempo: se convirtió en cervantista poco después de abrir El Quijote por primera vez, hace casi dos décadas, y hoy ríe al confesar que seguro lo ha leído cien veces. Las huellas de sus pasiones cuelgan en las paredes de los espacios donde trabaja. En su oficina de la Ibero, donde da clases, hay rastros del maestro de Sancho Panza y se manifiesta uno de sus mayores miedos: el Infierno. Ahí, junto a su Enciclopedia cervantina, ballets, teleseries y tesis inspiradas en El Quijote, se despliega uno de los cantos que Dante Alighieri redactó en el siglo XIII. A nadie le gusta pensar en la muerte, en los demonios o en el castigo eterno, pero Nacho dice que siempre ha escrito sobre sus miedos. Los observa, aunque le despierten inconformidad o asombro, y reflexiona sobre ellos. Como el caballero andante que tanto le apasiona, se ha convertido en un experto en explorar territorios que —como Suazilandia— no todos se detienen a mirar.

Fotos: EFE/Paco Campos/Cortesía

Originalmente publicado en Esquite LationaBasLetrasNachoPadillamérica.

Un triste olor a muerte

 Zusak

Originalmente publicado en Esquire no. 65 (PDF aquí)

Se escapa la tranquilidad al leer una novela narrada por la muerte. Se escapa la ansiedad de saber que una novela narrada por la muerte sólo puede terminar en muerte. Se escapa la pena de pasar 550 páginas hundiendo las narices en la vida de personajes encantadores pero que, con todo y su encanto, sabemos que podrían morir.

The Book Thief se publicó en 2005 y ha ganado al menos 10 premios importantes, como el Publishers Weekly Best Children’s Book of the Year en 2006. Desde que salió a la venta fue un fenómeno y estuvo 375 semanas en la lista de best sellers de The New York Times. Ha recobrado importancia tras el éxito que tuvo hace unas semanas la cinta del mismo nombre.

Aunque una adaptación para cine sea muy buena y aprehenda la esencia de la novela, es muy complicado que logre reproducir todos los detalles, todas las descripciones. Por eso vale la pena leer The Book Thief aun tras haber visto la película, porque la minuciosidad de la prosa de Markus Zusak permite generar una experiencia distinta a la cinematográfica. Nos sentamos con el australiano para que nos hablara de esta enternecedora novela.

ESQUIRE: Cuando empezaste a escribir, ¿imaginaste que The Book Thief sería tan exitosa?

MARKUS ZUSAK: Al contrario, pensé que sería el menos exitoso de mis libros. Imaginaba que si a alguien le gustaba, lo recomendaría a sus amigos, pero ¿qué les diría?: “Trata de la Alemania nazi, está narrado por la muerte y al final casi todos mueren. Tiene casi 600 páginas, pero te encantará” [ríe]. No puedes imaginar que a alguien le interese leer eso, pero su éxito comprobó que no sé nada de la industria editorial. Sin embargo, creo que el hecho de que pensara que fracasaría fue lo que me liberó y me permitió tomar los riesgos que tomé. Fue como escribir para mí mismo, y creo que la gente lo percibió.

ESQ: Tus padres vivieron la Segunda Guerra Mundial en carne propia. ¿Qué influencia tuvo eso en la novela?

MZ: Crecí en Sídney y jugaba cricket bajo el sol, pero mis padres me hablaban acerca de su origen. Jamás me dijeron “este es el lugar del que provienes”, sino que me contaban historias. Mi madre, por ejemplo, decía que el cielo estaba cubierto de fuego y que tenía que colgar la bandera nazi en su ventana cuando Hitler cumplía años mientras escuchaba a sus padres discutir al respecto. Mi padre debía unirse a las juventudes hitlerianas, pero como no quería, se iba a un río a lanzar piedras al agua y cuando regresaba a casa sus padres le preguntaban “¿cómo te fue?”. Él mentía y decía que bien. Las historias que escuché no son las que observas en cualquier documental de la Alemania nazi. Así nació The Book Thief.

ESQ: ¿Qué tanto te preocupó que la gente que vio la película se fuera con una idea similar a la que buscaste transmitir con el libro?

MZ: Es curioso, pero no pienso mucho en eso. Lo que me llevo de esta experiencia es una película que celebra los libros y la idea de que estamos hechos de muchas cosas, pero sobre todo de historias. Los relatos que leemos, que escribimos y que nos gustan realmente tienen que estar inspirados en nuestras vidas. Lo que más me gustó de la adaptación es que recoge esta idea de manera central.

Una novela para conversar

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Originalmente publicado en Esquire no. 65 (PDF aquí)

En Los gatos pardos se relata tres veces una misma noche de verano, pero se mira con tres pares de ojos distintos, los de Jacinto, María y Ginés. Las vidas de este trío —un guardaespaldas, una quinceañera y un tipo retraído— se entretejen en Murcia, España, y se revelan a través del habla: en la nueva novela de Ginés Sánchez, los personajes conversan sin descanso —entre ellos o con el lector— y empapan la trama de un ambiente vertiginoso y amenazante. Sea durante una fiesta o una escena de seducción a puerta cerrada, se respira tensión. Con esta obra —apenas la segunda de su trayectoria— el murciano obtuvo el 9º premio Tusquets de Novela, que antes fue ganado por escritores como Evelio Rosero, Élmer Mendoza, Sergio Olguín, Rafael Reig y Fernando Aramburu. En la siguiente conversación, Sánchez revela cómo concibió este libro, su técnica de escritura y su opinión sobre el estado actual de la literatura española.

ESQUIRE: En la novela hay tres historias entrelazadas. ¿Nacieron así o las concebiste por separado?

GINÉS SÁNCHEZ: Por separado. Eran tres narraciones independientes que fueron pensadas como una especie de divertimento. Todo inició cuando me puse a pensar en los personajes. Después se fue armando la historia de cada uno, y posteriormente llegó el momento en que decidí escribir una novela para relacionarlos y conectarlos. En general, los personajes siempre estuvieron delimitados, pero cuando me senté a escribirla no sabía dónde iba a terminar.

ESQ: Pareciera que se lee un mosaico de conversaciones, ¿por qué elegiste esta manera de narrar?

GS: Me interesaba que los personajes se explicasen a sí mismos, que yo no tuviera que intervenir para nada, sino sólo ser una especie de cámara que los va siguiendo. Quise usar el recurso de la reflexión lo menos posible. Pienso que hay que hacerlo así porque, de lo contrario, la novela decae.

ESQ: ¿Qué tan difícil es crear diálogos que se sientan naturales sin perder la formalidad literaria?

GS: Es algo con lo que he experimentado desde hace algún tiempo. También entiendo que cuando en la novela se reproducen conversaciones tal cual son, pueden perder sentido y no aportar nada. Sobre todo, se trata de involucrar la acción en el diálogo. Cuando me siento a escribir, después suelo darme cuenta de que hay cosas que no sirven. Entonces hay que condensar todas las frases y así, poco a poco, armar toda la obra.

ESQ: ¿Por qué importa la descripción física de un personaje?

GS: Porque revela algo de su personalidad. Es decir, como escritor eliges darle determinadas cualidades porque ya tienes previsto cómo será su carácter. En el físico hay mucho más que ver. Está, por ejemplo, la manera de mirar, la posición de los ojos y el tono de voz al hablar.

ESQ: Los novelistas cada vez intentan incorporar nuevas técnicas de narración. ¿Cómo describirías el panorama de las letras en general?

GS: Pienso que se están abriendo nuevas puertas. Percibo que hay gente que está empezando a soltarse —sobre todo en España— de esa especie de corsé que te limitaba a hacer las cosas siempre de la misma manera, con una estructura hecha y una manera de escribir oficial. Todo el mundo, al final, estaba formando parte del mismo patrón. Pero últimamente he visto gente que está empezando a hacer cosas distintas y pienso que eso a la novela le viene muy bien. Creo que durante un tiempo ha habido un cierto miedo y comodidad, pero poco a poco eso se va sacudiendo y es una muy buena noticia. 

Este soy yo: Luigi Amara

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  • El principal reto del escritor contemporáneo es encontrar un lugar creíble en la sociedad. De algún modo, éste se ha descentrado y ya no tiene un sitio preponderante a menos que coquetee con el mercado y, en cierta medida, se vuelva una figura del espectáculo.
  • El escritor tiene que buscarse una rebanada del día para poder hacer lo que le gusta. Hoy está un poco asediado no sólo por la cuestión laboral, sino también por todo lo que significa ser escritor. Dar entrevistas y demás confunde la importancia que pueda tener el autor –como individuo– con lo que está escribiendo.
  • Vivimos tiempos en los que los escritores están demasiado ocupados y eso redunda negativamente en la escritura. Para evitarlo, organizo mis días de manera que todas las mañanas tenga espacio para escribir. No soy maniaco –porque puedo escribir en medio del ruido– pero sí necesito crear una cápsula de tiempo donde sepa que puedo dedicarme sólo a eso.
  • La explicación es la rebaba de la obra. Si necesitas explicar tu texto, quiere decir que cojea. En muchas ocasiones, los ritos que rodean a la escritura –entrevistas, presentaciones y demás– parecen ser una muleta para la escritura. Sin embargo, pienso que cualquier escritor desearía que su libro se bastara a sí mismo y que no hubiera necesidad de dar mayor explicación.
  • Como escritor no se persigue nada. Se escribe por el efecto que la escritura produce en uno. Hay muchos que negarían sentir placer. Algunos dirían que es una tortura infinita, pero yo no estoy del lado de los masoquistas de la escritura, sino que me estimula, me entusiasma y me atrae.
  • Es difícil saber por qué se escribe. Escribir es algo que no puedes dejar pero, al mismo tiempo, no puedes explicar. Hay quien podría decir que es porque quieres ser celébre, pero escribir no es la mejor manera de llegar a la celebridad. Hay diez mil estrategias anteriores y más efectivas para eso.
  • Lo interesante de la escritura es que la sientas como un desafío. En un proyecto de ensayo largo o de una novela, la continuidad del proyecto hace que no te plantees dudas cada mañana, pero en la poesía –que no escribes de manera contínua, con un horario– sí hay lugar para estas pequeñas vacilaciones.
  • Escribir es difícil en general. Tienes que lidiar con el lenguaje y lograr que éste, que es de todos, se vuelva característicamente tuyo visitando los lugares comunes pero de un modo sencillo y acrítico.
  • Cada proyecto debe implicar una dificultad. Cuando yo empiezo a sentir cierta facilidad y me parece pan comido, empiezo a sospechar de lo que estoy escribiendo, porque quiere decir que estoy bajando la guardia y dejándome llevar por la inercia.
  • Escribir un poema de tres líneas es tan difícil como un ensayo largo porque para llegar a ese poema se requiere todo un proceso de pensamiento, lecturas y sensibilidades.
  • Los disidentes del universo no es una antología de ensayos. Tampoco es una compilación. La idea era hacer un mosaico de personajes que son nuestro reverso porque se comportan de un modo excéntrico, inusitado y a contracorriente de cómo nos movemos. Quería cuestionar dónde está la anormalidad; pensar si está en los actos excéntricos de esas personas o en nosotros, que creemos que son el reverso de lo normal porque hacemos las cosas en manada.
  • En este libro no sólo me interesaba retratar personajes excéntricos, sino crear un ancla en nuestra vida cotidiana, en la manera que tenemos para movernos en la vida común.
  • En esta obra está la narración conjetural, ficticia, de lo que pude reconstruir de los personajes –donde obviamente hay muchas cosas imaginarias– para hacer un perfil más o menos seductor del personaje, pero al mismo tiempo trayéndolo al terreno de reflexión. Me interesaba que después de leer sobre alguien que siente deleite por hacer cola, nos preguntáramos sobre el acto –para nosotros automático– de hacer cola. ¿Qué estamos haciendo de esa práctica sobre la que ya ni siquiera volteamos la mirada?

Foto: Alessandro Bo, para Esquire