La grieta que Morales dejó en Bolivia

Semanas antes de las últimas elecciones presidenciales de Bolivia, planeé un viaje al país andino sin imaginar que la visita ocurriría a menos de una semana de la renuncia de Evo Morales, quien después de casi 14 años en el poder dejó a los bolivianos convulsionados tras su exilio a México. Éstas fueron mis impresiones y algunas anécdotas del viaje. 

     Le llaman “Evo” en los periódicos y “el Evo” en las calles. ¿Qué más da?, dirían algunos. Parece lo mismo, pero no lo es: esta nada inocente travesura del lenguaje es lo que mantiene al hombre más poderoso de Bolivia arrasando las calles como un viento enardecido aunque lleve varios días sin pisar esta tierra.

     La tarde previa al 14 de noviembre, cuando un avión me llevaría a La Paz, el gobierno de Estados Unidos emitió una alerta de viaje. Visitar el país era riesgoso, decía, porque las protestas escalaban y con ellas la violencia. No obstante, desde Bolivia, los guías y hoteles aseguraban operar con normalidad, así que me armé de valor y seguí con mi plan de recorrer unos seis mil kilómetros desde México hasta una de las ciudades más altas del mundo.

    Quizá el efecto más contundente de las elecciones del 20 de octubre no fue sólo la renuncia “del Evo” –que se vio acorralado por opositores, policías y sus propias Fuerzas Armadas–, sino la grieta que su salida dejó en el corazón de Bolivia. Una mitad –la que le anhela– sale a gritar su nombre a las calles y la otra se siente liberada con su ausencia.

     En medio, sin embargo, se siente un vacío. Es el hombre del que todos hablan –para muchos, el único presidente que han conocido– y ahora ya no está.

     Tres días antes de mi llegada a la pista de aterrizaje de El Alto –que se eleva a unos 4,100 metros sobre el nivel del mar– la senadora Jeanine Áñez dijo que asumía el poder para amansar el caos y convocar a elecciones, pero para miles de bolivianos ella no era más que una usurpadora. Su presidente –el único– era “el Evo”, y a ella la percibían como una de las traidoras que lo quebraron hasta obligarlo a renunciar.

     Hablar nos ayuda a sobrellevar las crisis y en la más reciente turba boliviana hay un tema que todos cargan en los labios. “El Evo” se desayuna, se almuerza y se merienda. Es el protagonista de los noticieros, recorre los cuerpos curvilíneos de las montañas de La Paz en las conversaciones de los taxistas y cobra fuerza en los piedrazos que sus seguidores lanzan a las casas de quien no apoya la causa de presionar al gobierno interino para el regreso de su líder.

     Mientras su país se calienta como una olla exprés que guarda vapor, “el Evo” está en México. Se dice triste, pero en la lucha. Si se lo piden, él vuelve a Bolivia, le gusta repetir. El presidente Andrés Manuel López Obrador, uno de los pocos aliados ideológicos que le quedan en una América Latina que en años recientes se ha pandeado a la derecha, le garantizó asilo político y por eso “el Evo” se animó a viajar.

     “Se fue llorando”, me dijo un taxista de mediana edad. “Él no quería, pero dicen que pensaba que aquí lo iban a matar”.

     Desde su exilio –como los bolivianos se refieren a su situación actual– “el Evo” ya no recorre Bolivia a bordo de su polémico helicóptero, sino como un fantasma que se escabulle por las puertas entreabiertas y protagoniza discusiones que alteran los ánimos.
Otro taxista –de unos setenta años– me dijo que no entendía por qué “la juventud rebelde” había forzado su salida si Bolivia “estaba bien” y él había hecho mucho por los pobres. En cambio, en un puesto de mercado que prepara un plato caldoso con papas y llama en Uyuni –una ciudad turística ubicada en el departamento de Potosí, en el suroeste– una mujer de unos cuarenta me dijo con cierto coraje que “el Evo” siempre estuvo metido en el narcotráfico y por eso siempre apoyó a los cocaleros. Su marido, un empleado de gobierno en Potosí, agregó con cierto desánimo que Bolivia le aguantó todo, pero el fraude electoral, no.

    Uyuni es la joya turística boliviana y tiene el salar más grande del mundo. Hacía años que ansiaba conocerlo y había leído que se puede observar desde el espacio, aunque mi guía no lo confirmó. La gente lo visita en la temporada de lluvias porque el agua en la superficie forma un espejo con el cielo. Ahora, en noviembre, el suelo está seco y parece un desierto blanco sin principio ni fin.

     En La Paz los taxistas y minibuses preguntan a dónde vas antes de decidir si te llevan para evadir a los manifestantes. Los teleféricos frenan operaciones para evitar agresiones. Hay escasez de alimentos y combustible. En Uyuni hay calma, pero también pesa la falta “del Evo”. En un solo día, dijo mi guía, la compañía para la que trabaja tuvo 19 cancelaciones de viajeros con miedo a visitar Bolivia. En el pueblo las calles se ven medio vacías, los hoteles sirven buffets gigantescos que sólo probará un puñado de turistas y el salar está tan desolado que se ve más inmenso que nunca.

    El 20 de noviembre, dos días después de mi regreso a México, la presidenta interina dejó en manos del Congreso un proyecto de ley para llamar a nuevas elecciones. Todos los bolivianos con los que hablé durante el viaje ansiaban este momento; incluso quienes simpatizaban con “el Evo” esperaban la fecha pensando que la calma volvería a las calles y su vida podría normalizarse.

     Sin embargo, quedaba un asunto por definir: si “el Evo” volvería a postularse o no.
La necedad del mandatario por buscar un cuarto mandato consecutivo –acción que fue rechazada por la mitad de su pueblo en un referendo en 2016– le cierra la garganta a muchos, incluso a quienes en el pasado votaron por él.

    “Se hubiera ido bien. Hubiera dejado pasar un periodo y luego hubiera regresado. Todos habrían votado por él”, me dijo el conductor que me llevó a lo largo y ancho del salar.

     En la ciudad de El Alto, vecina de La Paz y bastión político del hombre que cumplió 60 años en octubre y casi 14 en el poder, la cara “del Evo” sigue impresa en algunas propagandas de su última campaña y su nombre aparece a colores en diferentes grafitis. En uno de ellos, el que por alguna razón se quedó conmigo durante todo el viaje, flota la pregunta que persigue a todos aquellos que no bajan la guardia esperando su regreso: “Si no es Evo, ¿quién?”.

Historia de un puente

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Originalmente publicado en A – The Style Guide by Andares, julio 2018 (link aquí)

De puntillas sobre el filo del puente, un hombre descalzo y con el torso desnudo estira los brazos y los eleva por encima de su cuerpo delgado. El clavadista parece una flecha que tiembla. Sabe que bajo sus pies el agua es un demonio gélido y a sus espaldas hay turistas que lo enmarcan en las pantallas de sus móviles mientras esperan con nervios el salto de un héroe.

El sol de mediodía clarea las aguas del Neretva esta mañana de abril, pero ni la primavera eleva la temperatura del río por encima de los seis grados. Su corriente caudalosa nace en los Alpes Dináricos al sur de Europa y atraviesa el corazón de Mostar como un torrente de sangre helada.

Cinco, diez, quince minutos. Nada. El hombre columpia los brazos, sacude los talones y como no queriendo que lo noten echa un vistazo a sus espaldas.

Un bosnio tiene miedo. Decenas de extranjeros miran.

Desde hace más de 400 años la escena se repite. Hoy estamos ante un saltarín solitario, pero en esta ciudad cada verano se lleva a cabo un concurso de clavadistas que trepan hasta el Stari Most —el puente que conecta un lado y otro de Mostar— con el único deseo de ganarse un aplauso y mostrar su valor.

“Aquí no puedes decir que eres valiente a menos que te hayas tirado del puente”, dice mi guía entre risas.

De pronto, un grito se enciende y corre como dinamita de una boca a otra hasta que todos giramos la cabeza: el hombre ya es una saeta sobre el viento de Bosnia y Herzegovina y cuando mis dedos torpes tratan de enfocarlo las plantas de sus pies ya se han perdido bajo las ondas del Neretva.

***

El trayecto a Mostar dura unas cuatro horas y discurre a través de carreteras curvas que impiden avanzar a gran velocidad. El serpenteo nos lleva del Mar Adriático en Dubrovnik, Croacia, hasta las montañas que ocultan a la ciudad principal de Herzegovina.

Si bien el nombre oficial de este país en la península de Los Balcanes también incluye “Bosnia”, el territorio consta de dos regiones históricas que se diferencian entre sí. De este modo, Bosnia se ubica al norte —abarcando más de la mitad del área total— y Herzegovina se dibuja sobre el mapa como un pequeño triángulo invertido al sur.

Antes de llegar, en una charla desde la camioneta que nos transporta, viajeros de distintos países hablamos de una especie de tristeza compartida: el verdadero sueño era llegar a Sarajevo pero aquel viaje —más largo y costoso— tendrá que esperar.

Nuestra guía sonríe: “Mostar fue la decisión perfecta; ya verán”.

***

Tardo más en escribir un mensaje a mi padre para contarle que un loco acaba de saltar 20 metros sobre un río casi congelado cuando el tipo ya tiene los pies sobre la tierra y se estira como un pájaro dorado que quiere secarse al sol.

Tardo más en preguntarme si a mí me hubiera matado la caída o la hipotermia cuando el bosnio ya corre puente arriba para volver a brincar.

***

 Hace 24 años no cayó un hombre, sino un puente.

Es una tarde de noviembre del 93’ y Bosnia y Herzegovina es un país naciente que se ha destrozado a sí mismo antes de aprender a caminar.

Desde algún punto elevado de la ciudad hay una cámara que registra todo: el lado derecho del Stari Most parece la espalda de un viejo; las bombas y la metralla lo han adelgazado y resiste al ímpetu de la guerra cubierto de telas, madera y varillas que apenas lo sostienen.

 De pronto, una explosión y la espalda se quiebra. Primero se desploma la parte más fina y le sigue el lado izquierdo, que parecía más robusto. Al final se precipitan las columnas y sobre el Neretva crece una nube de agua y polvo hasta que un cuerpo bosnio y despedazado de 700 toneladas se pierde en él.

***

Según la UNESCO, la primera vez que se mencionó el nombre de “Mostar” fue en 1474. El término se deriva de “mostari”, que se traduce como “los cuidadores del puente”.

Entre 1993 y 2004 no hubo puente alguno que enlazara el corazón de la ciudad. Los restos del Stari Most se asentaron al fondo del río y pasó un buen tiempo hasta que volvieron a juntarse para su restauración.

Durante once años, los habitantes de Mostar fueron guardianes sin un puente que cuidar.

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Para llegar a Mostar hay que descender a través de las montañas hasta que aparece un rastro de edificios y casas que parecieran haberse resbalado desde las alturas para concentrarse en un mismo lugar.

Sus calles son estrechas y están casi desiertas. Pocos autos, poca gente y poco ruido. En el centro, donde sólo hay peatones, se debe caminar con atención para no chocar con los estantes que ofrecen artesanías a los turistas.

A través de las vías empedradas del barrio antiguo caminan los extranjeros y de tanto en tanto se detienen a comprar un helado o sentarse en un restaurante para comer Ćevapi, un delicioso plato de salchichas de res y cordero que se sirven con pan pita.

La arquitectura de Mostar es un espejo de su gente. Aquí, donde habitan musulmanes, cristianos y judíos, las mezquitas, iglesias y sinagogas conviven entre sí. Lejos de ahí, a donde los extranjeros no llegan, hay construcciones que no parecen tan firmes como el Stari Most. En algunos rincones aún hay casas con paredes rotas, impactos de bala en los muros y un edificio abandonado desde donde los francotiradores se ocultaban durante la guerra.

En los hogares que abrazan al Neretva aún hay memoria y conflicto.

 ***

Un viaje a los Balcanes apenas alcanza para comprender superficialmente la complejidad de aquella historia. Las enciclopedias y guías de viaje batallan para explicar la Guerra de Bosnia (1992-1995) de manera clara y breve, pero a muy grandes rasgos podría decirse que obedece a los conflictos políticos, religiosos y sociales que siguieron a la disolución de Yugoslavia —integrada desde fines de la Segunda Guerra Mundial por Serbia, Montenegro, Macedonia, Eslovenia, Croacia y Bosnia y Herzegovina— en 1991.

Yugoslavia importa en esta narrativa porque, como la guerra de Bosnia, evidenció el deseo trunco de integrar una sociedad con culturas y personas diferentes entre sí.

Hasta 1992, cuando estalló el conflicto y Bosnia y Herzegovina acababa de independizarse de Yugoslavia, la población de Mostar convivía sin grandes tensiones a pesar de su diversidad: serbios, croatas y bosnios —cristianos, católicos y musulmanes respectivamente— no sólo compartían un hogar, sino un origen eslavo, un lenguaje similar y un largo pasado de combate a enemigos extranjeros. El nacionalismo que los separó empezó a gestarse fuera de ahí: Serbia y Croacia impulsaban que sus comunidades en otros países se distanciaran para crear una separación política, cultural, económica y fronteriza aunque estuvieran asentadas en otro territorio.

Y así, el combate: Bosnia y Herzegovina quedó a merced de dos poderosos ejércitos y la lucha dejó más de un millón de desplazados y casi cien mil muertos. Más del 80% de los civiles fallecidos fueron bosnios, según diversas estimaciones.

Mi guía titubea antes de aventurarse a dar una conclusión. “Todos los grupos étnicos de Bosnia cometieron atrocidades. Fue como una guerra de todos contra todos y cada entidad podría contarte una historia muy distinta de lo que sucedió y por qué”.

Aunque el sitio de Sarajevo suele ser el punto histórico que más nos remite a la guerra de Bosnia, la destrucción de Mostar estremece porque es una ciudad pequeña y los daños podrían parecer más evidentes. Al menos dos mil edificaciones terminaron derruidas y el deterioro urbano fue tan severo que diversos países, el Banco Mundial y la UNESCO donaron dinero para restaurar calles, casas y, por supuesto, el Stari Most.

***

Un puente para unir a la gente.

Tres años después del cese al fuego, en 1998, los restos del Stari Most fueron rescatados del río y arrancó un esfuerzo internacional por restaurarlo. Se pegó pieza por pieza y los huecos se rellenaron de concreto. En 2004 terminó el proceso y para celebrar se convocó a reiniciar las competencias de clavadistas un año después. Desde entonces, unos 70 participantes de diferentes partes del mundo vuelan anualmente como aves intrépidas sobre las aguas turquesas del Neretva.

“El puente ha recuperado su sentido”, dice mi guía. Ahora es símbolo de reconciliación y una vez más enlaza a quienes alguna vez separaron las armas.

***

El puente no es el único que logró recuperarse de la guerra.

Los habitantes de Mostar aún enfrentan resentimientos y dificultades económicas pero poco a poco se han reconstruido. Aunque no todos los impactos de bala se han borrado de sus muros, hay hogares totalmente renovados que han decidido volver a empezar.

Me fui de Bosnia y Herzegovina con una sonrisa. Cuando estaba a punto de dejar la ciudad vieja para caminar rumbo a la camioneta que me llevaría de vuelta a Croacia, un alarido empezó a multiplicarse entre los turistas detenidos en el puente: el hombre estaba a punto de volver a saltar.

La otra vida de Jaipur

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Originalmente publicado en Esquire no. 87 (PDF aquí)

Aún hay viajeros que se resisten a visitar la India. Los pretextos sobran: si no es la pobreza extrema es el idioma, los condimentos o la higiene. El Taj Mahal no es la única belleza de este inmenso país de Asia. También está su gente, su historia, su sabor. En esta tierra colmada de autos, cláxones y vacas, también hay paz y serenidad. Esos son los contrastes que seducen, y que sólo se descubren al deshacernos de los prejuicios y la resistencia ante una cultura distinta a la nuestra.

     El agua se ha estancado. Llovió toda la tarde y ahora Jaipur parece una piscina de lodo y barro. Sólo los extranjeros parecen notarlo. Los indios van por la calle como si el suelo estuviera seco y el sol brillara a media primavera. En las faldas de un semáforo, una mujer enfundada en un sari esmeralda atiende su puesto de fruta: escala un banquito metálico y observa llegar a otras mujeres para tocar y embolsar plátanos, sandías y mangos. A su alrededor, los hombres se descalzan. Al caminar elevan las rodillas como ranas en dos patas y cargan sus sandalias en las manos. Los autos pitan como siempre. Las vacas ahuyentan moscas con la cola. Los indios que trabajan en turismo llevan a sus clientes al Fuerte de Amber, la mayor atracción de la ciudad. Entonces pregunto a mi guía:
      —Vipul, ¿por qué a nadie le importa que todo se haya inundado? En México llueve y la ciudad se vuelve un caos.
        —¿Por qué habría de importarnos? El agua es vida.

§

     Se llama Vipul Bharghav y me recuerda a un hámster: piel tostada, mejillas rechonchas, dientes grandes, cuadrados y blancos. Apenas tiene 27 —dos años menos que yo— y siempre encuentra el modo de hacerme sentir que debería abrir el mundo como un libro que nunca se ha leído, para conocerlo desde cero.
     El día que nos conocemos pasa por mí al hotel de Nueva Delhi —una capital que no me resulta más caótica que el D.F.— e iniciamos un viaje de cuatro horas en carretera para llegar a Jaipur.
     —¿Por qué viene sola a India, señora? —pregunta mi guía mientras vemos un desfile de vacas junto a nosotros.
       —Quizá no debería decírtelo, Vipul, pero nadie quiso acompañarme.
       —¿Por qué?
      —Ya sabes, por prejuicios. Lo mismo pasa con México. Hay gente que no quiere visitar mi país porque piensa que un narcotraficante la va a asesinar.
       —¿Y qué dicen de India?
       —Que la gente es pobre, por ejemplo.
       —No es pobre.
       —¿No es pobre?
      —Mire a esa mujer, señora, la que está aquí junto a nosotros, ¿cuántas vacas lleva?
      —No sé, ¿al menos 30?
      —Ella podría vender cada vaca en 1,500 dólares, pero no lo hace porque son parte de su herencia, de su familia. Ella vive así porque así lo desea. Entonces, ¿es pobre o no es pobre? Aquí no necesitamos lujos para vivir bien.

§

     India tiene la forma de un cono rebosante de helado. En el sur están sus playas más famosas —Goa entre ellas— y al norte se ubican la capital y algunos sitios icónicos, como el Taj Mahal. Ahí también está Rajastán, el estado más grande de la zona, que limita al oeste con Pakistán.
    Rajastán fue una tierra de reyes y su capital es Jaipur. Ahí el tiempo parece haberse congelado: aunque algo deteriorados, los templos y palacios se mantienen en pie. Las piedras preciosas aún adornan sus paredes y techos. En las habitaciones vacías aún se sienten los pasos del imperio mogol.

§

      Hay un vacío de turistas en Jaipur. ¿Mi hotel? Vacío. ¿Los restaurantes con sellos de Trip Advisor en las puertas? Vacíos. ¿Los templos y palacios? Vacíos. Hace calor, mucho calor. Más de 35 grados. La gente evita viajar a India cuando el cielo abrasa calles, gente y sombra, así que tengo todo para mí.
     Nuestra primera parada es Birla Mandir, un templo hinduista con techos en forma de bellotas que se ubica en una zona elevada de Jaipur. En mi backpack llevo un par de calcetines y un paraguas, pero los dejo donde están cuando Vipul me pide quitarme las sandalias y el cielo se nubla para ver la lluvia caer. A mi alrededor no hay ni un extranjero, y a los indios no les importa mojarse ni ensuciarse los pies. Los veo sonreír, rezar, cantar. Se toman selfies frente a la entrada de mármol blanco del lugar. Huele a incienso y suelo odiarlo, pero esta tarde la esencia de jazmín se antoja deliciosa. A los pocos minutos, yo también sonrío y tengo ganas de cantar.

§

      India no se limita por su religión. Un día le pregunto a mi guía por qué las vacas son sagradas y él responde:
—Hay muchas explicaciones, señora, pero le voy a dar la mía: primero porque una vaca es la segunda mamá de un bebé; ambas lo alimentan con su leche. Segundo porque, piénselo bien, gracias a una vaca uno puede tener queso y otros derivados lácteos. Gracias a ella puede comer y beber durante años. En cambio, si uno la mata, ¿qué obtiene? Carne para un día. ¿Vale la pena terminar con una vida por un día?

§

      Son las siete de la mañana de un miércoles y Vipul pasa por mí al hotel. No hace frío ni calor. Hace poco que amaneció y la ciudad rosa —llamada así por el estuco que cubre sus casas— se ve más bien dorada.
     Subimos al coche y en menos de media hora se me aparece una postal: ahí detrás del lago Maota está el Fuerte de Amber y creo que he visto pocas cosas más hermosas en mi vida. Es un edificio titánico de color vainilla y desde sus espaldas veo una parvada volar. Aún a la distancia se ven las ventanas de las habitaciones y las puertas a los vestíbulos del que hace unos siglos fue un palacio; uno imagina a un marajá que se desliza entre pasillos secretos para visitar a una concubina distinta cada noche.
     El fuerte está desierto y ya me espera un elefante. Juntos treparemos por pasadizos zigzagueantes hasta la entrada principal. Descalza me tambaleo sobre su lomo; siento su piel áspera con la suela de los pies. El conductor —un indio de piel oscurísima que lleva un turbante rojo en la cabeza— toma mi cámara y me pide que sonría. ¿Tengo ganas de llorar? Por esta mañana de tiempo detenido valió cada una de las 36 horas que me tomó llegar aquí. Mi elefante continúa su camino, como si bailara muy lento, y yo siento que voy al encuentro con un rey.

§

     Vipul no quiere casarse. Nunca quiso. Aun así, dice que tendrá que casarse el año entrante, porque en India hay reglas muy estrictas que no pueden romperse. Casarse es una de ellas, y es que aquí uno se casa siempre y para siempre: el matrimonio es una promesa vitalicia que desdeña los divorcios. Los problemas maritales, sin importar lo que sean, siempre se resuelven. “Un problema no es motivo para terminar con todo”, dice Vipul.
      Mi guía asegura que me invitará a su boda y que deberé de prepararme, porque la fiesta durará al menos 10 días. Lo bueno es que podré llevar a mi marido, a mi hermana, a mi padre, a mi madre y a quien yo quiera. “Su familia es mi familia, señora”, suele decir Vipul.
      Sólo le falta encontrar novia —porque todavía no tiene— pero ya puedo imaginarlo tomado de su brazo. La futura señora de Bharghav se pintará las manos con henna, ese tinte natural cobrizo que usan los indios y árabes en ocasiones especiales. Caminará junto a él envuelta en un sari muy fino y elegante; quizá de seda roja, que mida al menos seis metros de largo y cueste varios miles de dólares. Estará cubierta en oro y diamantes: pulseras, anillos, collares, todo lo que su marido le pueda comprar.
      —¿Pero qué haremos durante 10 días de pura fiesta, Vipul?
     —Puede quedarse en mi casa, señora. Yo estaré un poco ocupado por los rituales que tendremos que hacer, pero mi madre, mi padre o mi hermano le darán comida y podrán llevarla a pasear.

§

     Uno quisiera casarse con India; crear un lazo atemporal. Lo que seduce es su balance, el equilibrio entre lo bello y lo triste.
      En el libro Yo también me acuerdo, Margo Glantz escribe: “En ocasiones, cuando hablo de la India, parece que estoy hablando de México”. En India también existe el hambre, el tráfico, el dolor y la precariedad. Todo eso inunda sus calles —como la lluvia— pero los indios tienen algo de malabaristas: balancean sus problemas, pasándolos de una mano a otra, y sonríen mientras lo logran.
     Uno quisiera que India no le deje ir, y entonces algo sucede. Dos días antes de irme, cuando estaba por concluir nuestra visita por el lugar más famoso de Agra, empecé a caminar de espaldas.
      —¿Qué le pasa, señora? —dice Vipul con ganas de preguntar si me volví loca.
      —No quiero darle la espalda al Taj Mahal. No me quiero despedir.
   —Señora, pero no va a despedirse. —agrega mi guía y suelta una carcajada.
     —Vipul, tú no entiendes: yo no sé si voy a volver a ver esto en mi vida. No imaginas lo que cuesta venir hasta aquí.
     —A ver, señora, calma. En hindi no existe la expresión “adiós”; se dice “hasta luego” porque en la vida todo es reencuentro, así que usted algún día va a volver.

     Y entonces me animo: cierro los ojos ante el gigante de mármol blanco, doy la vuelta y continúo mi camino hacia adelante.

Instrucciones para recorrer París

     Con los dedos índice y pulgar, abra el seguro dorado que mantiene un par de alas pegadas a sus hombros. Dóblelas con cuidado e intente no maltratar las plumas. Guárdelas en su mochila. Aventúrese hacia los adoquines. Descienda del arco que duerme en un extremo de los Champs-Élysées hasta sentir ambos pies sobre la Avenue de la Grande Armée. Abra nuevamente su equipaje y extraiga el triciclo que guardó antes de salir de casa.

    París exige que al menos una vez en la vida se le recorra en solitario. Usted lo sabe bien. Coloque sus extremidades inferiores sobre los pedales y avance sin prisa hasta perderse en las calles estrechas de la capital francesa. No pida ayuda. No hable con las hormigas. Atrévase, si usted quiere, a tararear al ritmo de Sidney Bechet. Tómese un descanso. Cuéntele una historia a un pétalo de rosa agonizante o levante una moneda abandonada y permítale reinventarse cuando escape a través del orificio que se esconde en el bolsillo derecho de su pantalón.

    Serpentee, a párpado caído, por el Boulevard Saint Germain. Ingrese al Café de Flore. Confeccione una pintura imaginaria de una plática trascendental entre Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Póngase un antifaz. Entreviste a un cronopio. Invite a una fama a merendar un buen plato de raclette.

  Continúe pedaleando hasta Saint Michel. Salude a las gárgolas. Plante una flor en honor a Víctor Hugo. Aumente la velocidad, utilice el Pont Neuf como pista de despegue y no saque el tren de aterrizaje sino hasta que vuele por encima de L’Avenue de l’Opera. Envíe un aplauso a Escamillo y una muestra de solidaridad a Don José.

   Déjese caer con el trío de rueditas en perfecto balance sobre Sacré Coeur. Pida prestado un paracaídas. Hágale un agujero. Experimente una caída libre hasta que el suelo lo detenga en Montmartre. Róbele las luces a los faroles de Pigalle.

   Baje al subterráneo, hasta tocar con la palma de la mano la vida secreta de París. Saque un hilo de oro de su mochila y amárrese al último vagón de un metro con dirección a Charles de Gaulle–Étoile.

   Arrástrese por las escaleras, dirección arriba, y escuche el golpeteo de su andar sobre la superficie de cada escalón. Avance, montado en su pequeño vehículo, por los pocos metros que le quedan antes de la despedida. Dedique unos segundos a memorizar la sombra de la mujer que no se atrevió a besar, del perfume de croissants recién horneados, del sonido de árboles que pierden sus hojas y de la visión de los foquitos que parpadean para decirle adiós.

   Tome su morral con ambas manos, doble su triciclo en cuatro y, con los dedos índice y pulgar, cierre cuidadosamente el seguro dorado que mantendrá ambas alas pegadas a sus hombros. Eche una última ojeada y permita que un pájaro le recite un poema de Rimbaud. Séquese las lágrimas con el pañuelo que luego soltará para que vuele hasta Les Tuileries. Guarde en su memoria esa fotografía de noche indeciblemente penetrante y planee el recorrido que hará en su próxima visita. París no se acaba nunca. Es infinita y ya regresará para correr a gritos por el Jardin du Palais Royal y decirle a un desconocido que le extrañaba. Ahora debe partir, dejarle latir libremente mientras vuelve. Allá, al fondo a la derecha, está el mundo. Y le espera, así que márchese ya.

La memoria prodigiosa de Margo Glantz

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Originalmente publicado en Esquire no. 73 (PDF aquí)

La escritora mexicana tiene 84 años y más de cinco décadas dedicada a los viajes, la docencia y la literatura. Yo también me acuerdo reúne sus más preciadas memorias con una estructura magistral: leerlo es una experiencia circular, en la que la autora siembra una tema (un recuerdo), para luego retomarlo y relacionarlo a otros tantos como si fuera un árbol con ramificaciones sin fin.

ESQUIRE: En esta etapa, tras tantos años de haber escrito, ahora se pueden encontrar compilaciones como las del FCE, que reúnen un trabajo de muchos años, ¿qué representa para usted estar en ese momento donde se puede voltear hacia atrás y ver todo eso?

MARGO GLANTZ: Por un lado es ambivalente, porque es muy fascinante ver cómo en tomos donde se reúne la obra que se ha escrito a lo largo de toda una vida, hay ciertas líneas muy bien trazadas en donde hay vasos comunicantes y se ve cómo hay una concatenación de temas, de organización de esos mismos temas y empieza a visualizarse a una persona que ha tenido ciertas preocupaciones y que están muy bien plasmadas en ese tipo de libros. Por otro lado, el hecho mismo de que sean libros tan gordos, tan monumentales, le da a uno grima porque le da la impresión de que ya se volvió uno muy institucional, y a mí ese tipo de cosas siempre me preocupan, a pesar de que estoy en instituciones muy institucionales, valga el pleonasmo, como la Academia de la Lengua. Por un lado hay una gran satisfacción de ver que las cosas que uno ha escrito de manera dispersa se reúnen en cuatro volúmenes que son fáciles de consultar. Por otro lado, son difíciles de leer, porque son libros muy gruesos. A mí me gusta leer en la cama y es imposible llevarse esos libros a la cama. A veces siento que es necesario traer un atril como en la época medieval. Pareciera que obligan a uno a quedarse ya definido en una especie de hecho consumado, y yo quisiera tener siempre una movilidad hacia adelante. Creo que la sigo teniendo, afortunadamente.

ESQ: Se reconoce siempre en sus primero textos, o al releerse hay algo quela lleve a pensar: “Ésta no soy yo”?

MG: Cuando acabo de escribir un libro, releerme me da nauseas. He trabajado tanto el texto y me ha costado tanto trabajo hacerlo, que cuando lo termino no lo quiero volver a leer. Me da horror. Sin embargo, cuando releo las cosas de hace mucho tiempo, me da gusto. A veces digo: Caray cómo escribí yo esto. Qué padre. Me admiro de mí misma, lo cual es un narcisismo maravilloso y engañoso. Una cosa que me pasó particularmente con este libro de Yo también me acuerdo es que es un libro que me da mucho placer releer. Ya ahorita no, pero cuando me lo entregaron hace como diez días, me emocionó tanto que lo releí dos veces seguidas, así como lo escribí. Y me gustó. Me gustó releerlo. Fue un cambio, porque generalmente nunca quiero releer lo que acabo de escribir. Me parece reiterativo y estoy fatigada del trabajo que me costó hacerlo, pero este libro sí me dio gusto releerlo. No sé qué quiere decir eso.

ESQ: ¿Cómo ha vivido la transformación en la relación que tiene con sus lectores? Hay gente que la han seguido mucho tiempo y hay otros que hoy apenas la están descubriendo, incluso por Twitter.

MG: Twitter me ha ayudado mucho a tener más lectores. Como es un medio divertido, uno tiene que ser ingenioso. A la gente le divierte leerlo y gracias a eso buscan los libros que uno ha escrito. Me ha ayudado mucho el Twitter y me gusta esa retroalimentación. En Yo también me acuerdo he utilizado varios tuits que escribí, reformándolos, mejorándolos, quitándoles cosas, lo que es un poco difícil porque son 140 caracteres. De cualquier manera, Twitter ha sido un ejercicio muy provechoso para mí en muchos sentidos: en la relación con los lectores, con la realidad, con los nuevos medios de comunicación y con mi propia escritura por la exigencia que la síntesis de los 140 caracteres imponen. Es una cosa bien interesante. Un ejercicio de constricción que termina volviéndose casi automático, porque el cerebro se adapta. Así como se adapta cuando escribo artículos para La Jornada que ya sé que son 4,000 caracteres y que tengo que regirme por los 4,000 caracteres con espacios, ya casi me salen automático 3,960, ó 4,001. Sé que tengo que pulir un poquito pero ya se conformó mentalmente el tipo de escritura. Para eso, Twitter es muy útil.

ESQ: La relación del escritor con los lectores antes era más reservada y ahorita se permite más la interacción. ¿Cómo percibe ese cambio? ¿Cómo ha ayudado —o no— al acceso a la literatura?

MG: Como todo, tiene sus pros y sus contras. Sí favorece la comunicación de una manera masiva, más instantáneas y evidente. Por otro lado favorece la frivolidad, el elogio fácil, la falta de respeto por la actividad del escritor, y puede ser muy perverso. Pero así son todas las cosas, tienen siempre aspectos contradictorios. Yo creo que es una nueva forma importante de comunicación, a la que nos estamos adaptando, que está transformando completamente, no solamente nuestra forma de escribir sino nuestra forma de pensar. Y responde mucho a nuestro mundo actual, que ha cambiado totalmente, de una manera vertiginosa, muchas de las estructuras tradicionales de pensamiento, de organización y de comunicación.

ESQ: Usted ha leído toda su vida. ¿Tiene algún “arrepentimiento literario”? Y, por otro lado, ¿qué autores o textos aún sigue?

MG: De mi infancia releo de vez en cuando a Dumas, Julio Verne y [Joseph] Conrad, que lo leí muy joven. También a [Leon] Tolstoi, muchos norteamericanos como John Dos Passos, John Steinbeck y los escritores de la primera mitad del siglo XX que fueron muy importantes. Muchos escritores del siglo XIX, por ejemplo, Jane Austen, las Brontë o Charles Dickens, Wilkie Collins que me gusta mucho, porque es una especie de primer gran novelista policiaco, y a mí me interesa mucho la novela policiaca. Leí toda mi vida a [Jorge Luis] Borges, porque era importantísimo para mí. A veces no podía escribir si no tenía un libro suyo al lado. Roland Barthes fue muy importante también. Son autores a los que vuelvo constantemente. O [Marcel] Proust, que era mi autor de cabecera: cuando tenía yo un problema, era como mi Biblia. [Georges] Simenon es otro de los escritores que me fascina, no sólo por su escritura, sino por su vida y porque me encanta ver los programas en donde se reproducen las cosas de Simenon y que, además, vuelven a manejar, un mundo en el que yo viví cuando era estudiante, como el París de los años 50. Es decir, la reproducción tan perfecta de ese mundo, las calles, la comida, los restaurantes, la forma de vestir de la gente, cómo caminaban los niños, los autobuses y automóviles de entonces. Todo eso se vuelve parte de mi pasado. Es como ver la exposición de Robert Doisneau, que fotografía el París que yo viví: un Paris muy oscuro, precario, ennegrecido por la mugre y por el tiempo, donde la gente era pobre, y viajaba en el Citroën que era un carrito que parecía lata de sardinas. Entonces la gente se vestía de negro y había una consciencia política interesantísima. Entonces veía yo a [Jean-Paul] Sartre y a Simone de Beauvoir en el Deux Magots, eran gente común y corriente. Me paseaba, iba al College de France y oía a gente tan extraordinaria como [Martín] Buber, o veía teatro nacional popular. Todo ese periodo de mi vida que fue muy importante, y lo recreo leyendo a Simenon.

ESQ: ¿Por qué el primer género en el que comenzó a escribir fue el ensayo? ¿Qué fue lo qué más le atrajo de eso?

MG: Yo soy profesora. Tengo casi 60 años de enseñar, o quizá un poco menos: 55. El ensayo es una de las cosas fundamentales para un investigador. Creo que es tan productivo, tan interesante y tan creativo como la escritura de ficción. Ahorita estoy más interesada en la escritura de ficción porque normalmente me surge más que el ensayo. Hoy me está costando más trabajo el ensayo porque exige otro tipo de organización mental, un rigor muy importante con el texto y con la tradición de las fuentes. A veces siento que ya pasó esa época para mí y que ya no me voy a dedicar más a eso, pero siempre tengo invitaciones para congresos y me interesa volver a trabajar en géneros que no he retomado o en los que podría profundizar. En muchos de mis libros de ficción, el ensayo está muy presente, como en El Rastro (2002), en donde están mis ensayos sobre Sor Juana y en Saña (2007).

ESQ: Hay cierta resistencia en la escritura por traspasar varios limites, pero no es su caso. Simplemente experimenta ¿Dónde está ese límite de decir “voy a dar un paso más”?

MG: Estoy más vieja, tengo más experiencia y muy poco que perder. Así que me lanzo. Soy muy espontánea. En mi vida he hecho muchas cosas sin darme cuenta de que las hice. Y cuando las rememoro siento que algunas fueron bastante osadas. Yo no creo que transgreda, pero probablemente lo haga. Quizá he tratado temas que pocas mujeres en mi época trataban. Cuando escribí un libro como Apariciones (1996), donde hablaba de las monjas trabajando, tomé personajes de mi novela, pero también había una historia de unos amantes en donde la vida sexual de ambos es muy carnalizada en el texto. Mucha gente me decía: “Margo ¿Cómo escribes eso? Yo no puedo dar una clase con tu libro”. Y yo decía: “¿Por qué un varón puede escribir ese tipo de cosas y nadie se asombra demasiado?”. También puede haber problemas con esa escritura, pero es mucho más complicado con la mujer. Siempre cuento esta anécdota: un amigo mío, muy querido, cuando hice la traducción de George Bataille de los libros que fueron considerados pornográficos en su tiempo, me dijo: “Te felicito porque hiciste una traducción pierniabierta”, y eso no se lo hubiera dicho a un hombre. Que plantea que de repente yo estoy incidiendo en temas, que se supone que son lógicos en un hombre, pero no en una mujer. Trabajar a Bataille, traducirlo, escribir cosas de erotismo. Luego hay gente que ha trabajado el erotismo, pero siento que no como yo. No me quiero hacer tampoco muy original, pero creo que lo vulgarizan, lo minimizan, porque hay una concesión con el lector. Cuando escribo, escribo como yo creo que debo de escribir y si lo van a leer bien o no lo van a leer bien, también, no me importa. A la larga tengo dificultades para que me lean porque soy una word seller. Cada vez tengo más lectores y más jóvenes, lo cual me gusta mucho. Acaba de hacerme una entrevista un joven de la facultad de filosofía y letras que leyó muy bien mis cosas, o este señor que acaba de irse, me ha realizado entrevistas desde hace veinte años, sobre temas de tipo erudito de mis trabajo sobre Cristóbal Colón, Hernán Cortés o La Malinche, y que sigue paso a paso lo que yo he escrito, tanto en ficción como en ensayo. Lo cual me da un gusto enorme.

ESQ: De primera impresión, pareciera que Yo también me acuerdo es un flujo de ideas, pero cuando uno continúa leyendo, hay una conexión muy clara entre todo. ¿Cómo armó la estructura?

MG: Hay un trabajo consciente e inconsciente a la vez. Uno va escribiendo recuerdos, los recuerdos se van acumulando, se van procesando unos a otros, pero es imposible dejarlos así. No tiene sentido si no hay una coherencia en el libro y continuidad del recuerdo. Utilicé varias frases de Twitter para mi libro, pero también tuve que reconfigurar y reestructurar las frases para todo tuviera densidad y consistencia. Ése es el trabajo del escritor. Cualquiera puede escribir Yo también me acuerdo. Todo el mundo ha hecho algo así alguna vez. Sin embargo, un texto así exige un trabajo muy importante de organización. Hay muchas cosas que se van trabajando, desde los temas filológicos —¿qué es un apotema?—, los significados de las palabras —¿qué significa chorlito? ¿qué significa mula? ¿qué significa arroba?— ese tipo de cosas que también es un trabajo académico, que se maneja en el texto de una manera más ficcional pero exige un trabajo de estructuración, aunque la primera parte sea completamente espontánea.

ESQ: Sus crónicas de viaje son muy particulares. ¿Cómo cambia el momento en el que usted lo vive y cuando lo pasa al papel?

MG: Cuando viajo hago diarios y regresando a México inmediatamente escribo textos para La Jornada. Eso para mí es muy importante, porque implica organizar material —que está muy disperso en los diarios— en algo mucho más coherente. El diario me dispara recuerdos y a veces me basta una frase para armar todo un texto. Eso me permite que, de manera fragmentaria, vaya yo organizando los viajes. Muchos de los textos que están aquí son fragmentos de viajes que ya había escrito. Este libro es también la historia de mi escritura. Me he autoplagiado muchas veces en el texto. Como lo digo en el libro: el orden de los factores, en literatura, altera definitivamente el producto. Por eso son textos ya nuevos, porque se han renovado al escribirlos en este contexto. Eso es importante y espero muy pronto dedicarme a dos libros que estoy escribiendo ahorita y se han quedado varados: el de los viajes, que tengo que organizarlo bien —del cual ya publiqué una parte en Coronada de Moscas de Sexto Piso— y otro libro que escribí hace quince años —no le digo cómo se llama porque eso es de mala suerte— y habla de qué son los dientes. A todos les parece un tema absolutamente absurdo y me preguntan por qué voy a escribir un libro sobre cómo me cura el dentista, pero todos hemos pasado por eso, que es horrible, y al mismo tiempo, sin los dientes no podemos hacer nada. Para mí es fundamental ese tema. Lo estoy escribiendo y está a empezando a salir algo interesante, pero tengo que dedicarme al cien por ciento a ese texto para que funcione como creo que está funcionando Yo también me acuerdo.

 

A tus espaldas

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A mi hermana. 

Este campo no ha visto la guerra.
Tablero de lava,
desierto en celo.
El mundo es otro por encima de tus hombros;
escupe esferas de vapor cenizo.
Veo un gigante de fuego cubierto de canas;
una morsa tumbada,
aletargada en la arena.
Su sopor es calma,
su vigilia es miedo.
Amo espiar el camino a tus espaldas.
Lenguas extranjeras,
viajeros perdidos.
Desde ahí el suelo está hecho a mano,
parchado con musgo,
arlequín estepario.
¿Y qué si miro detrás de tu cabello
este prado vacuo
plomizo
de magma muerta?
En la cara oculta anticiparé el alivio
de que aún me sonríes
y el gigante abrirá los ojos
para devorar el tiempo.

Nota: gracias, Sandra y María; ustedes saben por qué.