Historia de un puente

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Originalmente publicado en A – The Style Guide by Andares, julio 2018 (link aquí)

De puntillas sobre el filo del puente, un hombre descalzo y con el torso desnudo estira los brazos y los eleva por encima de su cuerpo delgado. El clavadista parece una flecha que tiembla. Sabe que bajo sus pies el agua es un demonio gélido y a sus espaldas hay turistas que lo enmarcan en las pantallas de sus móviles mientras esperan con nervios el salto de un héroe.

El sol de mediodía clarea las aguas del Neretva esta mañana de abril, pero ni la primavera eleva la temperatura del río por encima de los seis grados. Su corriente caudalosa nace en los Alpes Dináricos al sur de Europa y atraviesa el corazón de Mostar como un torrente de sangre helada.

Cinco, diez, quince minutos. Nada. El hombre columpia los brazos, sacude los talones y como no queriendo que lo noten echa un vistazo a sus espaldas.

Un bosnio tiene miedo. Decenas de extranjeros miran.

Desde hace más de 400 años la escena se repite. Hoy estamos ante un saltarín solitario, pero en esta ciudad cada verano se lleva a cabo un concurso de clavadistas que trepan hasta el Stari Most —el puente que conecta un lado y otro de Mostar— con el único deseo de ganarse un aplauso y mostrar su valor.

“Aquí no puedes decir que eres valiente a menos que te hayas tirado del puente”, dice mi guía entre risas.

De pronto, un grito se enciende y corre como dinamita de una boca a otra hasta que todos giramos la cabeza: el hombre ya es una saeta sobre el viento de Bosnia y Herzegovina y cuando mis dedos torpes tratan de enfocarlo las plantas de sus pies ya se han perdido bajo las ondas del Neretva.

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El trayecto a Mostar dura unas cuatro horas y discurre a través de carreteras curvas que impiden avanzar a gran velocidad. El serpenteo nos lleva del Mar Adriático en Dubrovnik, Croacia, hasta las montañas que ocultan a la ciudad principal de Herzegovina.

Si bien el nombre oficial de este país en la península de Los Balcanes también incluye “Bosnia”, el territorio consta de dos regiones históricas que se diferencian entre sí. De este modo, Bosnia se ubica al norte —abarcando más de la mitad del área total— y Herzegovina se dibuja sobre el mapa como un pequeño triángulo invertido al sur.

Antes de llegar, en una charla desde la camioneta que nos transporta, viajeros de distintos países hablamos de una especie de tristeza compartida: el verdadero sueño era llegar a Sarajevo pero aquel viaje —más largo y costoso— tendrá que esperar.

Nuestra guía sonríe: “Mostar fue la decisión perfecta; ya verán”.

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Tardo más en escribir un mensaje a mi padre para contarle que un loco acaba de saltar 20 metros sobre un río casi congelado cuando el tipo ya tiene los pies sobre la tierra y se estira como un pájaro dorado que quiere secarse al sol.

Tardo más en preguntarme si a mí me hubiera matado la caída o la hipotermia cuando el bosnio ya corre puente arriba para volver a brincar.

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 Hace 24 años no cayó un hombre, sino un puente.

Es una tarde de noviembre del 93’ y Bosnia y Herzegovina es un país naciente que se ha destrozado a sí mismo antes de aprender a caminar.

Desde algún punto elevado de la ciudad hay una cámara que registra todo: el lado derecho del Stari Most parece la espalda de un viejo; las bombas y la metralla lo han adelgazado y resiste al ímpetu de la guerra cubierto de telas, madera y varillas que apenas lo sostienen.

 De pronto, una explosión y la espalda se quiebra. Primero se desploma la parte más fina y le sigue el lado izquierdo, que parecía más robusto. Al final se precipitan las columnas y sobre el Neretva crece una nube de agua y polvo hasta que un cuerpo bosnio y despedazado de 700 toneladas se pierde en él.

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Según la UNESCO, la primera vez que se mencionó el nombre de “Mostar” fue en 1474. El término se deriva de “mostari”, que se traduce como “los cuidadores del puente”.

Entre 1993 y 2004 no hubo puente alguno que enlazara el corazón de la ciudad. Los restos del Stari Most se asentaron al fondo del río y pasó un buen tiempo hasta que volvieron a juntarse para su restauración.

Durante once años, los habitantes de Mostar fueron guardianes sin un puente que cuidar.

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Para llegar a Mostar hay que descender a través de las montañas hasta que aparece un rastro de edificios y casas que parecieran haberse resbalado desde las alturas para concentrarse en un mismo lugar.

Sus calles son estrechas y están casi desiertas. Pocos autos, poca gente y poco ruido. En el centro, donde sólo hay peatones, se debe caminar con atención para no chocar con los estantes que ofrecen artesanías a los turistas.

A través de las vías empedradas del barrio antiguo caminan los extranjeros y de tanto en tanto se detienen a comprar un helado o sentarse en un restaurante para comer Ćevapi, un delicioso plato de salchichas de res y cordero que se sirven con pan pita.

La arquitectura de Mostar es un espejo de su gente. Aquí, donde habitan musulmanes, cristianos y judíos, las mezquitas, iglesias y sinagogas conviven entre sí. Lejos de ahí, a donde los extranjeros no llegan, hay construcciones que no parecen tan firmes como el Stari Most. En algunos rincones aún hay casas con paredes rotas, impactos de bala en los muros y un edificio abandonado desde donde los francotiradores se ocultaban durante la guerra.

En los hogares que abrazan al Neretva aún hay memoria y conflicto.

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Un viaje a los Balcanes apenas alcanza para comprender superficialmente la complejidad de aquella historia. Las enciclopedias y guías de viaje batallan para explicar la Guerra de Bosnia (1992-1995) de manera clara y breve, pero a muy grandes rasgos podría decirse que obedece a los conflictos políticos, religiosos y sociales que siguieron a la disolución de Yugoslavia —integrada desde fines de la Segunda Guerra Mundial por Serbia, Montenegro, Macedonia, Eslovenia, Croacia y Bosnia y Herzegovina— en 1991.

Yugoslavia importa en esta narrativa porque, como la guerra de Bosnia, evidenció el deseo trunco de integrar una sociedad con culturas y personas diferentes entre sí.

Hasta 1992, cuando estalló el conflicto y Bosnia y Herzegovina acababa de independizarse de Yugoslavia, la población de Mostar convivía sin grandes tensiones a pesar de su diversidad: serbios, croatas y bosnios —cristianos, católicos y musulmanes respectivamente— no sólo compartían un hogar, sino un origen eslavo, un lenguaje similar y un largo pasado de combate a enemigos extranjeros. El nacionalismo que los separó empezó a gestarse fuera de ahí: Serbia y Croacia impulsaban que sus comunidades en otros países se distanciaran para crear una separación política, cultural, económica y fronteriza aunque estuvieran asentadas en otro territorio.

Y así, el combate: Bosnia y Herzegovina quedó a merced de dos poderosos ejércitos y la lucha dejó más de un millón de desplazados y casi cien mil muertos. Más del 80% de los civiles fallecidos fueron bosnios, según diversas estimaciones.

Mi guía titubea antes de aventurarse a dar una conclusión. “Todos los grupos étnicos de Bosnia cometieron atrocidades. Fue como una guerra de todos contra todos y cada entidad podría contarte una historia muy distinta de lo que sucedió y por qué”.

Aunque el sitio de Sarajevo suele ser el punto histórico que más nos remite a la guerra de Bosnia, la destrucción de Mostar estremece porque es una ciudad pequeña y los daños podrían parecer más evidentes. Al menos dos mil edificaciones terminaron derruidas y el deterioro urbano fue tan severo que diversos países, el Banco Mundial y la UNESCO donaron dinero para restaurar calles, casas y, por supuesto, el Stari Most.

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Un puente para unir a la gente.

Tres años después del cese al fuego, en 1998, los restos del Stari Most fueron rescatados del río y arrancó un esfuerzo internacional por restaurarlo. Se pegó pieza por pieza y los huecos se rellenaron de concreto. En 2004 terminó el proceso y para celebrar se convocó a reiniciar las competencias de clavadistas un año después. Desde entonces, unos 70 participantes de diferentes partes del mundo vuelan anualmente como aves intrépidas sobre las aguas turquesas del Neretva.

“El puente ha recuperado su sentido”, dice mi guía. Ahora es símbolo de reconciliación y una vez más enlaza a quienes alguna vez separaron las armas.

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El puente no es el único que logró recuperarse de la guerra.

Los habitantes de Mostar aún enfrentan resentimientos y dificultades económicas pero poco a poco se han reconstruido. Aunque no todos los impactos de bala se han borrado de sus muros, hay hogares totalmente renovados que han decidido volver a empezar.

Me fui de Bosnia y Herzegovina con una sonrisa. Cuando estaba a punto de dejar la ciudad vieja para caminar rumbo a la camioneta que me llevaría de vuelta a Croacia, un alarido empezó a multiplicarse entre los turistas detenidos en el puente: el hombre estaba a punto de volver a saltar.

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El Nueva York de Diane Arbus

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Originalmente publicado en A The Style Guide by Andares, noviembre 2016 (link aquí)

The Metropolitan Museum of Art presenta una exhibición que muestra los primeros siete años de la carrera de la icónica fotógrafa estadounidense.

     Uno podría detenerse en la esquina de la calle 59 y la Quinta Avenida, en esa intersección que abarca tiendas de lujo, el Hotel Plaza y Central Park. Podría escuchar el cláxon de los taxistas que maldicen y comprar un hot dog. Podría decir que estuvo en Nueva York, pero la vida de esa urbe que nos obsesiona y nos seduce está también en otra parte. Está, por ejemplo, en los apartamentos diminutos del Lower East Side, en el autobús que diariamente llega desde Brooklyn y en los camerinos de un club nocturno. Está, por ejemplo, en las fotografías de Diane Arbus, que capturó la vida de la ciudad como la de ninguna otra en los más de 20 años que duró su carrera, y hasta su muerte en 1971.

          Este mes, The Metropolitan Museum of Art rinde homenaje a su trabajo. Diane Arbus: In the Beginning comprende más de 100 fotografías de la artista que nació y murió en Nueva York. La exhibición (prácticamente inédita) denota cierta nostalgia: abarca sólo los primeros siete años de la carrera de Arbus (1956-1962) y la selección que fue retratada con cámaras de 35 mm invita a conocer los secretos de su amada ciudad. Aunque siempre fue hogar, Arbus nunca dejó de sentirse fascinada por Nueva York. Sobre todo, le intrigaba su gente. Por eso en sus retratos hay paseantes de Time Square, un hombre solitario en Coney Island o una mujer que fuma al otro lado de la ventana de un taxi.

       En 1962, Gay Talese publicó una crónica que llamó “New York Is a City of Things Unnoticed”, en la que el periodista captura los ruidos que casi no notamos o los animales que duermen bajo una catedral. La selección de Arbus, que hasta mediados de mes se exhibirá en el MET, cumple una función similar: comprende la magia de lo ordinario. Su cámara detiene el ruido y el movimiento de la ciudad que nunca duerme y nos muestra individuos, como si la lente aislara cada componente y luego lo soltara para devolverlo a la esencia de la ciudad.

La otra vida de Jaipur

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Originalmente publicado en Esquire no. 87 (PDF aquí)

Aún hay viajeros que se resisten a visitar la India. Los pretextos sobran: si no es la pobreza extrema es el idioma, los condimentos o la higiene. El Taj Mahal no es la única belleza de este inmenso país de Asia. También está su gente, su historia, su sabor. En esta tierra colmada de autos, cláxones y vacas, también hay paz y serenidad. Esos son los contrastes que seducen, y que sólo se descubren al deshacernos de los prejuicios y la resistencia ante una cultura distinta a la nuestra.

     El agua se ha estancado. Llovió toda la tarde y ahora Jaipur parece una piscina de lodo y barro. Sólo los extranjeros parecen notarlo. Los indios van por la calle como si el suelo estuviera seco y el sol brillara a media primavera. En las faldas de un semáforo, una mujer enfundada en un sari esmeralda atiende su puesto de fruta: escala un banquito metálico y observa llegar a otras mujeres para tocar y embolsar plátanos, sandías y mangos. A su alrededor, los hombres se descalzan. Al caminar elevan las rodillas como ranas en dos patas y cargan sus sandalias en las manos. Los autos pitan como siempre. Las vacas ahuyentan moscas con la cola. Los indios que trabajan en turismo llevan a sus clientes al Fuerte de Amber, la mayor atracción de la ciudad. Entonces pregunto a mi guía:
      —Vipul, ¿por qué a nadie le importa que todo se haya inundado? En México llueve y la ciudad se vuelve un caos.
        —¿Por qué habría de importarnos? El agua es vida.

§

     Se llama Vipul Bharghav y me recuerda a un hámster: piel tostada, mejillas rechonchas, dientes grandes, cuadrados y blancos. Apenas tiene 27 —dos años menos que yo— y siempre encuentra el modo de hacerme sentir que debería abrir el mundo como un libro que nunca se ha leído, para conocerlo desde cero.
     El día que nos conocemos pasa por mí al hotel de Nueva Delhi —una capital que no me resulta más caótica que el D.F.— e iniciamos un viaje de cuatro horas en carretera para llegar a Jaipur.
     —¿Por qué viene sola a India, señora? —pregunta mi guía mientras vemos un desfile de vacas junto a nosotros.
       —Quizá no debería decírtelo, Vipul, pero nadie quiso acompañarme.
       —¿Por qué?
      —Ya sabes, por prejuicios. Lo mismo pasa con México. Hay gente que no quiere visitar mi país porque piensa que un narcotraficante la va a asesinar.
       —¿Y qué dicen de India?
       —Que la gente es pobre, por ejemplo.
       —No es pobre.
       —¿No es pobre?
      —Mire a esa mujer, señora, la que está aquí junto a nosotros, ¿cuántas vacas lleva?
      —No sé, ¿al menos 30?
      —Ella podría vender cada vaca en 1,500 dólares, pero no lo hace porque son parte de su herencia, de su familia. Ella vive así porque así lo desea. Entonces, ¿es pobre o no es pobre? Aquí no necesitamos lujos para vivir bien.

§

     India tiene la forma de un cono rebosante de helado. En el sur están sus playas más famosas —Goa entre ellas— y al norte se ubican la capital y algunos sitios icónicos, como el Taj Mahal. Ahí también está Rajastán, el estado más grande de la zona, que limita al oeste con Pakistán.
    Rajastán fue una tierra de reyes y su capital es Jaipur. Ahí el tiempo parece haberse congelado: aunque algo deteriorados, los templos y palacios se mantienen en pie. Las piedras preciosas aún adornan sus paredes y techos. En las habitaciones vacías aún se sienten los pasos del imperio mogol.

§

      Hay un vacío de turistas en Jaipur. ¿Mi hotel? Vacío. ¿Los restaurantes con sellos de Trip Advisor en las puertas? Vacíos. ¿Los templos y palacios? Vacíos. Hace calor, mucho calor. Más de 35 grados. La gente evita viajar a India cuando el cielo abrasa calles, gente y sombra, así que tengo todo para mí.
     Nuestra primera parada es Birla Mandir, un templo hinduista con techos en forma de bellotas que se ubica en una zona elevada de Jaipur. En mi backpack llevo un par de calcetines y un paraguas, pero los dejo donde están cuando Vipul me pide quitarme las sandalias y el cielo se nubla para ver la lluvia caer. A mi alrededor no hay ni un extranjero, y a los indios no les importa mojarse ni ensuciarse los pies. Los veo sonreír, rezar, cantar. Se toman selfies frente a la entrada de mármol blanco del lugar. Huele a incienso y suelo odiarlo, pero esta tarde la esencia de jazmín se antoja deliciosa. A los pocos minutos, yo también sonrío y tengo ganas de cantar.

§

      India no se limita por su religión. Un día le pregunto a mi guía por qué las vacas son sagradas y él responde:
—Hay muchas explicaciones, señora, pero le voy a dar la mía: primero porque una vaca es la segunda mamá de un bebé; ambas lo alimentan con su leche. Segundo porque, piénselo bien, gracias a una vaca uno puede tener queso y otros derivados lácteos. Gracias a ella puede comer y beber durante años. En cambio, si uno la mata, ¿qué obtiene? Carne para un día. ¿Vale la pena terminar con una vida por un día?

§

      Son las siete de la mañana de un miércoles y Vipul pasa por mí al hotel. No hace frío ni calor. Hace poco que amaneció y la ciudad rosa —llamada así por el estuco que cubre sus casas— se ve más bien dorada.
     Subimos al coche y en menos de media hora se me aparece una postal: ahí detrás del lago Maota está el Fuerte de Amber y creo que he visto pocas cosas más hermosas en mi vida. Es un edificio titánico de color vainilla y desde sus espaldas veo una parvada volar. Aún a la distancia se ven las ventanas de las habitaciones y las puertas a los vestíbulos del que hace unos siglos fue un palacio; uno imagina a un marajá que se desliza entre pasillos secretos para visitar a una concubina distinta cada noche.
     El fuerte está desierto y ya me espera un elefante. Juntos treparemos por pasadizos zigzagueantes hasta la entrada principal. Descalza me tambaleo sobre su lomo; siento su piel áspera con la suela de los pies. El conductor —un indio de piel oscurísima que lleva un turbante rojo en la cabeza— toma mi cámara y me pide que sonría. ¿Tengo ganas de llorar? Por esta mañana de tiempo detenido valió cada una de las 36 horas que me tomó llegar aquí. Mi elefante continúa su camino, como si bailara muy lento, y yo siento que voy al encuentro con un rey.

§

     Vipul no quiere casarse. Nunca quiso. Aun así, dice que tendrá que casarse el año entrante, porque en India hay reglas muy estrictas que no pueden romperse. Casarse es una de ellas, y es que aquí uno se casa siempre y para siempre: el matrimonio es una promesa vitalicia que desdeña los divorcios. Los problemas maritales, sin importar lo que sean, siempre se resuelven. “Un problema no es motivo para terminar con todo”, dice Vipul.
      Mi guía asegura que me invitará a su boda y que deberé de prepararme, porque la fiesta durará al menos 10 días. Lo bueno es que podré llevar a mi marido, a mi hermana, a mi padre, a mi madre y a quien yo quiera. “Su familia es mi familia, señora”, suele decir Vipul.
      Sólo le falta encontrar novia —porque todavía no tiene— pero ya puedo imaginarlo tomado de su brazo. La futura señora de Bharghav se pintará las manos con henna, ese tinte natural cobrizo que usan los indios y árabes en ocasiones especiales. Caminará junto a él envuelta en un sari muy fino y elegante; quizá de seda roja, que mida al menos seis metros de largo y cueste varios miles de dólares. Estará cubierta en oro y diamantes: pulseras, anillos, collares, todo lo que su marido le pueda comprar.
      —¿Pero qué haremos durante 10 días de pura fiesta, Vipul?
     —Puede quedarse en mi casa, señora. Yo estaré un poco ocupado por los rituales que tendremos que hacer, pero mi madre, mi padre o mi hermano le darán comida y podrán llevarla a pasear.

§

     Uno quisiera casarse con India; crear un lazo atemporal. Lo que seduce es su balance, el equilibrio entre lo bello y lo triste.
      En el libro Yo también me acuerdo, Margo Glantz escribe: “En ocasiones, cuando hablo de la India, parece que estoy hablando de México”. En India también existe el hambre, el tráfico, el dolor y la precariedad. Todo eso inunda sus calles —como la lluvia— pero los indios tienen algo de malabaristas: balancean sus problemas, pasándolos de una mano a otra, y sonríen mientras lo logran.
     Uno quisiera que India no le deje ir, y entonces algo sucede. Dos días antes de irme, cuando estaba por concluir nuestra visita por el lugar más famoso de Agra, empecé a caminar de espaldas.
      —¿Qué le pasa, señora? —dice Vipul con ganas de preguntar si me volví loca.
      —No quiero darle la espalda al Taj Mahal. No me quiero despedir.
   —Señora, pero no va a despedirse. —agrega mi guía y suelta una carcajada.
     —Vipul, tú no entiendes: yo no sé si voy a volver a ver esto en mi vida. No imaginas lo que cuesta venir hasta aquí.
     —A ver, señora, calma. En hindi no existe la expresión “adiós”; se dice “hasta luego” porque en la vida todo es reencuentro, así que usted algún día va a volver.

     Y entonces me animo: cierro los ojos ante el gigante de mármol blanco, doy la vuelta y continúo mi camino hacia adelante.

Instrucciones para recorrer París

     Con los dedos índice y pulgar, abra el seguro dorado que mantiene un par de alas pegadas a sus hombros. Dóblelas con cuidado e intente no maltratar las plumas. Guárdelas en su mochila. Aventúrese hacia los adoquines. Descienda del arco que duerme en un extremo de los Champs-Élysées hasta sentir ambos pies sobre la Avenue de la Grande Armée. Abra nuevamente su equipaje y extraiga el triciclo que guardó antes de salir de casa.

    París exige que al menos una vez en la vida se le recorra en solitario. Usted lo sabe bien. Coloque sus extremidades inferiores sobre los pedales y avance sin prisa hasta perderse en las calles estrechas de la capital francesa. No pida ayuda. No hable con las hormigas. Atrévase, si usted quiere, a tararear al ritmo de Sidney Bechet. Tómese un descanso. Cuéntele una historia a un pétalo de rosa agonizante o levante una moneda abandonada y permítale reinventarse cuando escape a través del orificio que se esconde en el bolsillo derecho de su pantalón.

    Serpentee, a párpado caído, por el Boulevard Saint Germain. Ingrese al Café de Flore. Confeccione una pintura imaginaria de una plática trascendental entre Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Póngase un antifaz. Entreviste a un cronopio. Invite a una fama a merendar un buen plato de raclette.

  Continúe pedaleando hasta Saint Michel. Salude a las gárgolas. Plante una flor en honor a Víctor Hugo. Aumente la velocidad, utilice el Pont Neuf como pista de despegue y no saque el tren de aterrizaje sino hasta que vuele por encima de L’Avenue de l’Opera. Envíe un aplauso a Escamillo y una muestra de solidaridad a Don José.

   Déjese caer con el trío de rueditas en perfecto balance sobre Sacré Coeur. Pida prestado un paracaídas. Hágale un agujero. Experimente una caída libre hasta que el suelo lo detenga en Montmartre. Róbele las luces a los faroles de Pigalle.

   Baje al subterráneo, hasta tocar con la palma de la mano la vida secreta de París. Saque un hilo de oro de su mochila y amárrese al último vagón de un metro con dirección a Charles de Gaulle–Étoile.

   Arrástrese por las escaleras, dirección arriba, y escuche el golpeteo de su andar sobre la superficie de cada escalón. Avance, montado en su pequeño vehículo, por los pocos metros que le quedan antes de la despedida. Dedique unos segundos a memorizar la sombra de la mujer que no se atrevió a besar, del perfume de croissants recién horneados, del sonido de árboles que pierden sus hojas y de la visión de los foquitos que parpadean para decirle adiós.

   Tome su morral con ambas manos, doble su triciclo en cuatro y, con los dedos índice y pulgar, cierre cuidadosamente el seguro dorado que mantendrá ambas alas pegadas a sus hombros. Eche una última ojeada y permita que un pájaro le recite un poema de Rimbaud. Séquese las lágrimas con el pañuelo que luego soltará para que vuele hasta Les Tuileries. Guarde en su memoria esa fotografía de noche indeciblemente penetrante y planee el recorrido que hará en su próxima visita. París no se acaba nunca. Es infinita y ya regresará para correr a gritos por el Jardin du Palais Royal y decirle a un desconocido que le extrañaba. Ahora debe partir, dejarle latir libremente mientras vuelve. Allá, al fondo a la derecha, está el mundo. Y le espera, así que márchese ya.

Los tesoros de Myanmar

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Publicado en la revista Esquire no. 69 (PDF aquí)

Viajar a este país del sudeste asiático no tiene comparación: es un territorio poco explorado, con tradiciones religiosas increíbles y una forma de vida completamente distinta. Pasamos nueve días disfrutándolo. Así fue nuestra experiencia.

     En uno de los países más pobres del sudeste asiático hay un templo cubierto con 60 toneladas de oro. En Myanmar, un monje infunde más respeto que el presidente, y observar que un hijo se incorpora a un monasterio provoca mayor satisfacción que verlo ingresar a la universidad. Cuando mi marido y yo decidimos tomar tres aviones y volar durante 23 horas para iniciar nuestra luna de miel en la tierra de Aung San Suu Kyi —Premio Nobel de la Paz 1991—, la gente nos preguntaba: “¿Myanmar? ¿Eso dónde está? ¿Es un país o una ciudad?”. Hoy la moda es cruzar el Pacífico para visitar las playas tailandesas de Phuket o las ruinas camboyanas de Angkor Wat, pero pocos han escuchado hablar del lugar que posee la mayor concentración de templos budistas del mundo.
Entre México y Myanmar hay mucho más que doce horas y treinta minutos de diferencia horaria. En el país que limita con China, Laos, Tailandia, Bangladesh e India, el aguacate sirve para preparar malteadas y la gente no tiene apellidos. Los birmanos reciben sus nombres —dos, al menos— como herencia familiar. En su acta de nacimiento, la líder política más importante del país carga con la huella de tres miembros de su familia: Aung San, como su padre; Suu, como su abuela, y Kyi, como su madre. Aung San Suu Kyi.
En la nación de la gente sin apellido se conducen vehículos a la usanza británica a través de calles que fueron trazadas a lo estadounidense. Los autos birmanos tienen el volante del lado derecho —como en Inglaterra, Japón, Australia y Sudáfrica—, pero circulan por ciudades planeadas para coches que tienen el volante del lado izquierdo, como Nueva York, París o el Distrito Federal.
Yangón, la ciudad más poblada de Myanmar, está dividida por un río. En el lado urbano viven los viejos militares, los birmanos adinerados y uno que otro extranjero radicado en el país. Ahí también se hospedan los turistas. En esta zona, el edificio más alto mide sólo 60 metros: siete complejos como éste —montados uno sobre otro— apenas serían suficientes para igualar al Burj Khalifa, el titán más prestigioso de Dubái.
En el Yangón del otro lado del río no existen los coches —la gente se mueve a bordo de bicicletas— y la única vialidad pavimentada es tan ancha como una banqueta de la Quinta Avenida, en Nueva York. Ahí no hay calles, sino pasillos de suelos tierrosos y paredes verdes. Abrazando las casitas de madera y techos de lámina hay árboles de bambú. Al aire libre sólo se observan pagodas —templos budistas— y jóvenes descalzos jugando futbol. Sobre los pisos de los hogares de una sola habitación hay mujeres en cuclillas cocinando arroz. Mientras tanto, los niños saludan a quienes circulan en bicicleta y se abren camino entre los árboles a toda velocidad.
Las dos realidades de Yangón se conectan a través de un ferry. En él viaja una mujer que vende sandía y se pasea entre la gente con una canasta de mimbre en la cabeza, como vendedora de flores de pintura de Diego Rivera. En otro rincón, un niño de unos nueve años ofrece cigarros sueltos y huevos de codorniz, mientras una chica de piel quemada por el sol monta un puestito con mandarinas del tamaño de pelotas de golf. Sobre el piso cubierto de confeti de cáscara de fruta, la gente rumia con la mirada puesta en el agua parda.

UN VIAJE INOLVIDABLE
Para un extranjero, la vida cotidiana de Myanmar es como una postal: uno camina por la calle y a la izquierda hay hombres y mujeres vistiendo longyis, prenda de algodón que se amarra a la cintura como toalla para salir de la ducha; a la derecha hay monjes recolectando su almuerzo a medio día; detrás desfilan rostros femeninos cubiertos de thanaka, pasta que se utiliza como maquillaje y que se obtiene del tronco de los árboles.
“Myanmar es un país virgen.” Mi marido y yo leímos esta afirmación en varios blogs que revisamos antes de viajar. Clichés aparte, esto es verdad: la expresión no obedece a sus playas desiertas —como Ngapali—, sino a la escasez de turistas e influencia occidental. Cuando uno pone un pie en el país, se adentra en la realidad birmana. Las atracciones meramente turísticas —como la Torre Eiffel, en Francia— no existen; aquí todos los sitios que uno visita son relevantes para la gente local. Nacionales y extranjeros beben malteadas de aguacate en los mismos restaurantes y se pasean descalzos observando cientos de estatuas doradas de Buda, mientras recorren las pagodas en la misma dirección.
Nuestro viaje por Myanmar duró nueve días: cuatro en Yangón y cinco a bordo del Road to Mandalay, el barco de Belmond (antes Orient Express) que recorre el río Ayeyarwady, del centro al noreste del país. No hay modo de sintetizar la experiencia en papel, pero aquí resumo el recorrido de uno de los mejores viajes que hemos hecho.

DÍA 1
Vuelo de Yangón a Bagan, la zona arqueológica más importante del país. Desde el cielo, la ciudad parece una alfombra verde salpicada por pagodas de ladrillo color zanahoria. Hoy quedan 2,000 de los 4,000 templos que hubo antes de que los mongoles, bajo el mando del nieto de Genghis Khan, arrasaran con la zona en el siglo xiii. La vista del sol desapareciendo tras los templos abrazados por la bruma es uno de los espectáculos más bellos que hay. Reservando con tiempo, se puede observar el amanecer desde un globo aerostático.

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DÍA 2
Recorrido por el mercado de Bagan. San —nuestro guía, un birmano parecido a Eddie Murphy pero con una dentadura blanquísima asomada bajo el techo negro de su bigote— nos contó que en esta ciudad el mercado abre diario porque la gente no tiene refrigerador y, por ende, sólo puede cocinar aquello que consumirá en el día. Afuera de las tiendas y los pequeños restaurantes, hay anuncios de la crema que Pond’s lanzó al mercado para aclarar la piel: San nos dice que para las birmanas no hay mayor belleza que la de una piel blanca.

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DÍA 3
Visita a Mingun. En este pueblo donde los taxis son carretas jaladas por bueyes, hoy debería estar la estupa —otra clase de templo budista— más grande del mundo. Su construcción empezó en 1790 y debía medir 150 metros de alto, pero un terremoto interrumpió y dañó su construcción en 1839 y la estructura nunca se recuperó. Ahí también está la campana funcional más grande del mundo —está hecha de bronce y pesa 90 toneladas— y la Pagoda Hsinbyume, que la gente local presume porque se parece a un pastel de bodas.

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DÍA 4
Recorrido por Mandalay (antigua capital del país) y llegada al municipio de Amarapura. La parada en el U Bein Bridge, el puente de madera más
largo del mundo, produce cierta tristeza: la teca para construir sus 1,200 metros de largo —y más de mil estacas para soportar su peso— se obtuvo del palacio de la zona, pero los birmanos saben que el agua desgasta la madera
y que el puente desaparecerá también, algún día. La vista del atardecer desde el lago Taungthaman, con pagodas de techos dorados alrededor y siluetas recorriendo el puente, es paradisiaca.

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LOS MONJES DE MYANMAR
En Yangón hay dos tipos de monjes: los novatos y los profesionales. Los primeros tienen menos de 20 años. Los segundos tienen de 20 en adelante y deben graduarse de la universidad de monjes. La educación se termina en uno o dos años, pero si el devoto quiere volver a su vida normal a mitad del proceso, puede entrar y salir de la carrera cuantas veces considere que es necesario.
El budista birmano promedio invierte el 20 por ciento de sus ingresos en la restauración de una pagoda porque cree en la reencarnación: si en esta vida es pobre, con sus donaciones asegurará la prosperidad de sus vidas futuras.
En el país hay 17 millones de pobres (el 32 por ciento de la población), pero la Pagoda Shwedagon de Yangón —el templo religioso más importante del país— ostenta 5,448 diamantes, 2,317 rubíes y 8,688 hojas de oro.

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TRES RAZONES PARA VIAJAR CON BELMOND

TRATO PERSONALIZADO: A bordo del barco viajan 80 tripulantes y 70 pasajeros. Prácticamente todo el personal saluda a los clientes por su nombre, y conoce sus gustos e intereses. Nuestro mesero, por ejemplo, recordó mi alergia a los mariscos desde nuestra primera comida a bordo.
SERVICIO DE LUJO: No hay por dónde empezar. Los camarotes son amplios, la comida es exquisita (una chef tailandesa ofrece platillos regionales e internacionales cada noche y sale a saludar a cada familia) y el personal está permanentemente al tanto de cualquier imprevisto. En nuestro viaje hubo dos emergencias médicas y en menos de un minuto el doctor del barco llegó para ayudar a los pasajeros afectados.
RECORRIDOS ÚNICOS: Uno puede unirse a un grupo de 10 personas o contratar un guía privado. En ambos casos, Belmond ofrece experiencias únicas. En Yangón, nuestro guía nos llevó al otro lado del río para andar en bicicleta y visitar un orfanato. En Bagan hay oportunidad de acompañar a los monjes para recolectar comida y observar la ceremonia que eso implica para los budistas. Desde 2600 dólares, belmond.com

Fotos: Archivo personal / Cortesía de Belmond