El lado humano de los superhéroes

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Originalmente publicado en Esquire, Junio 2016 (PDF aquí)

El estreno de la nueva temporada de Arrow fue el prextexto ideal para viajar a Vancouver para conversar con Emily Bett Rickards, quien interpreta a Felicity en la serie de Warner Channel.

      Algo sucede con Emily Bett Rickards y no logro entenderlo. Debería estar despeinada, ojerosa y de malas —como cualquier actriz que lleva 12 horas de rodaje en un set—, pero ella llega hasta nosotros sonrojada y alegre, como si apenas fuera medio día y acabara de despertar. “Te hemos esperado todo el día”, dice algún valiente detrás de la mesa. “¿En serio? Carajo, eso es una locura”, responde la rubia que casi parece una colegiala por el pelo que lleva recogido en una coleta y la falda tableada que se acomoda al sentarse y cruzar la pierna para empezar a conversar.

En Arrow, que este mes estrena su cuarta temporada, Rickards interpreta a Felicity, una sabelotodo que en vez de antojarse intolerante y soberbia nos provoca taquicardia: es lista, es valiente y es una geek de la computación que con sólo golpear el teclado de una laptop puede salvar a un superhéroe de la devastación. Y aunque su melena dorada y sus labios de fresa no llegaron a dilatarnos la pupila sino hasta que había avanzado un poco la historia, su personaje se ha vuelto indispensable para las aventuras de Oliver Queen (Stephen Amell) y el resto del clan.

En esta era de los vigilantes, un personaje como Felicity es el ancla que los superhéroes guardan con la realidad. En Arrow, el protagonista es una especie de Robin Hood: un tipo encapuchado que por las noches sale armado con arco y flecha para combatir el mal. Felicity, en cambio, es real. “Sé que soy la única protagonista que nunca usará un disfraz, pero no siento celos por eso. Sí se ven increíbles y no hay nada más sexy que usar un traje de piel, pero a mí me gusta usar mis pequeños vestidos. Son muy cómodos y no tengo que perder tres horas para ponérmelos”, ríe.

La serie se inspira en el personaje de Green Arrow, que apareció en las historietas de DC Comics hace 75 años, y (para no variar) retratan a un millonario con problemas familiares que reniega de la vida y prefiere contar criminales tras las rejas que sus billetes desde la bóveda de su mansión. Sin embargo, a diferencia de Batman y otros superhéroes del estilo, Arrow cuenta con un abanico de personajes que aderezan la trama y entran y salen de otras narrativas del mundo de cómics en televisión, como Flash (2014) y Legends of Tomorrow (2016), por mencionar un par.

Felicity era un personaje secundario de la historia original y eso es justo lo que Rickards adora de su trabajo actual. “Creo que ha tenido un muy buen recibimiento, y justo porque no estaba tan definida en los cómics que he tenido la oportunidad de explorarla de un modo diferente al que quizá hubiera sido si alguien ya hubiera descrito con mayor precisión”. Con el estreno de su cuarta temporada, Arrow regresa con enemigos, vestuario y conflictos narrativos para presumir: nuestra heroína por fin convence al protagonista de dejar esa vida de riesgos que implica salvar al mundo de la catástrofe y éste trata de iniciar un romance con ella, pero es fácil imaginar que esto no durará. ¿Qué pasará con lo de dejó detrás? ¿El resto de su equipo podrá continuar sin él? “Sé que mucha gente esperaba que esto sucediera, pero el hecho de que aceptaran ser pareja plantea nuevos problemas, como sucede siempre que una relación de amistad se transforma en algo más. Hasta ahora todo va muy bien, pero ya lo verán y ustedes tendrán que decirme lo que piensan”, ríe por última vez antes de que su agente le haga una seña para que nos deje y regrese a grabar. “Perdonen la espera y gracias por venir, chicos”, y así la chica perfecta se va dando saltitos hasta que se pierde en el corredor.

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Este soy yo: Shonda Rhimes

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Originalmente publicado en Esquire no. 86 (PDF aquí)

Guionista y productora, 45 años, Chicago, E.U.

> Nunca me verás escribir una serie o película autobiográfica. Nunca. No considero que mi historia sea interesante. Quienes trabajamos en la industria televisiva desarrollamos todo tipo de series. Algunas funcionan y otras no. Así es esto. Si supiera con certeza cómo crear un personaje que atraiga todo tipo de audiencias, ya hubiera escrito un bestseller y sería millonaria.

> Cuando eres el creador de una serie, tu trabajo es asegurarte de que los guiones de todos los capítulos sean buenos, que la producción fluya de manera cotidiana y que siempre exista alguien al pendiente de todo. Al final, estás procurando tu creación.

> Si una serie se cancela, el productor es quien recibe el golpe más fuerte. La responsabilidad como productora es mayor que como guionista, por más que en el segundo caso seas el creador del programa.

> Me han preguntado si me preocupa que mi nombre esté detrás de tres series actuales de televisión. He decidido no preocuparme por cosas sobre las que no tengo ningún control. No tengo nada que ver con marketing ni con programación, así que ni pienso en ello. Mi trabajo en abc es crear series, contar historias y producir.

> ¿Que si siento lo mismo por todos mis personajes ? No sé si podría responder esa pregunta. En el caso de How to Get Away with Murder [que se estrena este mes por Canal Sony], el verdadero creador fue Pete [Nowalk], pero en el caso de Scandal o Grey’s Anatomy, no podría pensar en lo que me gusta o no de ellos. Todos son parte de mí. Sería como confesarte lo que me agrada o no de mí misma a un nivel más personal, y eso sería extraño. Paso tanto tiempo con ellos, trabajando en los guiones, que me resulta casi imposible decidirlo.

> Cuando trabajo sólo pienso en el trabajo, no en ganar premios, ni siquiera para los actores de mis series [Viola Davis se convirtió en la primera mujer afroamericana en obtener un premio Emmy por su papel protagónico en How to Get Away with Murder]. Y bueno, tampoco puedo hablar por ellos [los actores]. Pienso que en la vida diaria cada quien se preocupa sólo por lo que le corresponde: yo escribo, el director dirige y los actores actúan.

> Me resulta muy práctico pensar sólo en el presente, sin preguntarme si mi trabajo podría convertirse en un legado.

> Hace 10 u 11 años no había redes sociales. Tal vez por eso la cadena nunca recibió ningún comentario negativo sobre alguna de mis series. Ahora que éstas se han popularizado y es posible estar en contacto con el público, existe un club muy grande de fans de Grey’s en línea. Tienen un lugar muy especial en mi corazón, por todo el tiempo que dedican a conversar sobre la serie. Para mí se trata de una comunidad increíble que me apoya en todo momento; se emocionan e invierten demasiado tiempo en revisar las líneas argumentales a las que dedico tantas horas. Conozco qué historias les gustan y ahora también he leído comentarios sobre How to Get Away with Murder.

> Cuando escribo hay ocasiones en las que me rijo por las reglas del guionismo, pero también me gusta jugar. Es una combinación de ambas. Todos navegamos por el mundo de ciertos modos. Conforme adquieres más experiencia, aprendes lo que funciona y lo que no. Yo era el tipo de alumna que se sentaba al frente de la clase y vivía con la mano levantada. Así que, en conclusión, suelo guiarme por ciertas reglas.

> Mucha gente me muestra proyectos propios y piden mi opinión. Me encanta descubrir buenos guiones. No todos los diálogos de mis personajes surgen de un impulso femenino. Las palabras provienen de contextos que permiten crear un arco e historia para la serie.

> Cada serie es un animal individual. Me divierte trabajar en distintos títulos. Me permite entrar y salir de mundos completamente diferentes de manera simultánea, y eso es genial.

Me atreví a hacer The Mindy Project [una comedia que francamente nos parece horrenda] porque me hice la ridícula promesa de aceptar proyectos que me asustaran. Entonces cuando Mindy [la protagonista] me invitó a actuar en la serie, tuve que decir que sí. Al final fue divertido pero, ¿volvería a hacerlo? No lo creo.

> Dirigir no es algo que me intrigue ni esté en mi lista de prioridades, quizá porque estoy francamente ocupada. Estoy escribiendo mucho, y además tengo otros compromisos como productora. Dirigir es algo que me interesa mucho pero no es una prioridad en esta etapa de mi vida.

> Me resulta fascinante que hubo otra época en la que también estuve a cargo de tres series: Grey’s Anatomy, Private Practice y Scandal. Y sí, sentí que estuve a punto de caer muerta. Hoy la diferencia es que [además de Scandal y Grey’s Anatomy produce How to Get Away with Murder] Pete es el verdadero encargado del programa. Entonces me consulta, le doy algunos comentarios y listo. Así es cómo puedo continuar con el resto de mi trabajo.

El cerebro de The Big Bang Theory

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Originalmente publicado en Esquire no. 74 (PDF aquí)

The Big Bang Theory cumple siete años de hacernos reír y celebrar la inteligencia en televisión. Visitamos la Universidad de California en Los Ángeles para conocer al genio detrás de Sheldon, Leonard, Raj y Wolowitz. Su nombre es David Saltzberg, y es un profesor de física y astronomía que escribe la terminología científica para los diálogos, presta objetos de su laboratorio para los sets y con sus viajes a la Antártida o al Gran Colisionador de Hadrones inspira algunos capítulos de la serie.

            Una noche de 2007, Sheldon Cooper pervirtió el sueño femenino del hombre perfecto: en el segundo episodio de The Big Bang Theory, el físico teórico más ególatra de California esbozó la sonrisa maliciosa del Grinch para demostrar a Penny —vecina, bimbo y mesera de The Cheesecake Factory— que Superman tiene dos debilidades: la kryptonita y el razonamiento científico.

—¿Sabes? —dice Penny— Me gusta la película en la que Lois Lane cae de un helicóptero y Superman se lanza tras ella como un águila para salvarla.

—¿Sí te das cuenta de que esa escena está plagada de imprecisión científica?

—Sí, sí, ya sé que los hombres no pueden volar.

—No, no, asumamos que pueden: Lois Lane está cayendo, acelerando a una velocidad inicial de 9.76 metros por segundo por segundo. Superman se lanza en picada para atraparla con sus brazos de acero. La señorita Lane, quien ahora está viajando a 193 kilómetros por segundo, se estrella contra ellos y su cuerpo se fractura en tres partes iguales.

            Fin del argumento. Sheldon se regodea como quien acaba de comprobar que la Tierra no es el centro del universo. Penny agacha la mirada cual niño que descubre que el ratón de los dientes no existe. En las gradas de un set de los estudios Warner Bros. en Los Ángeles, el público invitado a la grabación estalla en carcajadas y aplausos. Inadvertido entre esa multitud hay un titiritero sonriente. Se llama David Saltzberg y además de ser profesor de Física y Astronomía en la Universidad de California, es el responsable de que Sheldon Cooper —el nerd más famoso de la televisión— haga reír al auditorio y desmoralice a una chica rubia con un chiste científico que él escribió.

*

            El Sheldon Cooper de The Big Bang Theory es un intelectual con un ego del tamaño del Titanic. Cree que los ingenieros son los Oompa Loompa de la ciencia. Tiene la certeza de que ganará un Premio Nobel de Física. Piensa que todos —a excepción de Stephen Hawking, Leonard Nimoy, Stan Lee y él— son estúpidos. El Sheldon Cooper de la vida real es un catedrático que puede explicar las bases de la teoría de cuerdas con la paciencia de una abuela que le comparte la receta de su pastel de chocolate a un repostero amateur. Cuando David Saltzberg no está en el aula es porque ha volado a Suiza para aplastar átomos en el Gran Colisionador de Hadrones y, para envidia de su alter ego de la televisión, es uno de los pocos hombres que ha viajado a la Antártida en busca de neutrinos, partículas subatómicas invisibles tan diminutas que nadie ha logrado medir su masa.

            David Saltzberg tiene 47 años, poco pelo en la cabeza y esa expresión entrañable del maestro que interpretó Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos. Cuando uno charla con él, siente que podría preguntarle —sin sentirse imbécil— por qué el cielo es azul o cuánto vive una estrella. Saltzberg es un tanto bajo, regordete y bonachón, y —como Williams— posee la mirada pícara de quien apostaría que existe un país llamado Nunca Jamás.

            Saltzberg no invita a sus alumnos a treparse a los pupitres del aula para recitar a Walt Whitman y gritar “Oh Captain! My Captain!”, pero sí premia a sus mejores estudiantes con un programa llamado The Geek of the Week, que incluye una visita semanal al set de Warner Bros. para conocer a los protagonistas de la serie en la que trabaja como “consultor de ciencia” desde hace siete años.

            En el sitio web donde los universitarios despellejan o aplauden a los profesores de su facultad, David no se salva de ser crucificado. “Comete errores y no se da cuenta.” “Plantea preguntas demasiado conceptuales en los exámenes.” Y aunque algunos de sus 300 alumnos se aburren durante las cuatro horas semanales de clase que imparte, a muchos otros les entusiasma que sea parte esencial del detrás de cámaras de una producción que cada semana arrastra a 12 millones de personas frente a sus televisores: “O te acostumbras a su clase o te duermes, pero amo The Big Bang Theory y él es quien escribe el diálogo científico de la serie, lo que lo hace 10,000,000,000 veces más cool”, dejó uno de ellos por escrito.

*

            David Saltzberg es el ojo en la cerradura que los guionistas de The Big Bang Theory necesitaban para infiltrarse en un microcosmos que antes del estreno de la serie era percibido como una incubadora de nerds, esos tipos asociales y excéntricos que podrían formar un culto para alabar a Darth Vader pero jamás invitar a una rubia como Kaley Cuoco a cenar.

            David no recuerda un día en que no le haya interesado la ciencia. Creció en el Estados Unidos que hervía entre las protestas por la Guerra de Vietnam y la carrera espacial, en una casa en Nueva Jersey que aún visita. Ahí vivió con su padre —un ingeniero eléctrico que salía temprano del trabajo para pasar tiempo con su familia—, su madre —un ama de casa que le enseñó a leer— y dos hermanos mayores.

            El primer héroe de su vida fue Isaac Asimov. A Saltzberg le gustaban los libros donde el escritor y bioquímico ruso —autor de las tres leyes de la robótica— explica qué son la electricidad, la luz, el calor y el sonido. Cuando cumplió ocho años se volvió fanático de la televisión y aprendió a esperar, semana a semana, episodios de series como Space: 1999 (1975) y Battlestar Galactica (1978).

            El verdadero Sheldon Cooper dice que la ciencia se le metió en las hormonas cuando montó un laboratorio en el sótano de casa de un amigo mientras cursaban la preparatoria. Sus padres le permitían pasar horas fuera de su hogar bajo la promesa de no volarse un dedo con uno de sus experimentos. Allí ensambló cohetes a escala, mezcló ácidos y bases para producir explosiones, y con azufre quemado fabricó sus propias bombas de mal olor. La ciencia le enseñó que no necesitaba ir a fiestas para emborracharse: desde su laboratorio personal improvisó una pequeña destilería. En ese sótano, además, aprendió a creer en los milagros: asegura que algunos de sus experimentos fueron tan arriesgados que sin un poco de suerte no sólo se habría volado un dedo, como temían sus padres, sino la mano completa.

            Saltzberg, que siempre fue un alumno de 10, dice haber tenido la fortuna de pasar por excelentes clases de química y matemáticas y se sonroja al recordar que hace unos años volvió a Nueva Jersey para asistir a la fiesta de jubilación de su primer maestro de cálculo, y que éste lo reconoció tan pronto lo vio entrar por la puerta. Por enseñanzas como las de su viejo profesor, Saltzberg decidió que la escuela no le bastaba para saciar su curiosidad, sino que pasaría el resto de su vida tratando de explicar los fenómenos que hoy le permiten desprestigiar a Superman en la televisión.

*

            Antes de grabar el primer capítulo de The Big Bang Theory, un grupo de guionistas y diseñadores de producción visitó a Saltzberg en la universidad. Necesitaban conocer a sus estudiantes para esbozar los rasgos físicos y psicológicos de sus nuevos personajes y construir sets inspirados en sus dormitorios. Y así, como buzos de profundidad, los escenógrafos, carpinteros, encargados de vestuario y escritores exploraron la vida cotidiana de los jóvenes científicos que quieren cambiar el mundo. Fotografiaron mobiliario, libros y ropa; tomaron nota de su jerga y sus chistes. La esencia de ese universo de variables, ecuaciones y laboratorios se convirtió en un mundo de imágenes: Sheldon, Leonard, Wolowitz y Raj no son seres ficticios, sino una telaraña que atrapa las particularidades de quienes deciden dedicar su vida a la física.

            Saltzberg, el verdadero Sheldon Cooper, tiene un amigo que se llama Steven Moszkowski, un físico de partículas alto y delgado como un espárrago. Tiene el cabello ensortijado, plateado y camina encorvado mientras apoya una mano en su bastón y la otra en el brazo de su mujer, una anciana vivaracha llamada Esther. Saltzberg se levanta para saludarlos cuando los ve entrar a la sala de lectura universitaria en la que conversamos.

—¡Hola, Steve! ¡Hola, Esther! ¿Cómo están? Yo estoy haciendo una pequeña entrevista para la revista Esquire.

El profesor tímido y bonachón infla el pecho como palomo.

—¿¡En serio!? ¡Wow! Nosotros vamos rumbo a una reunión, pero estaremos de vuelta en casa a las ocho en punto.

—¿A las ocho? ¿Qué pasa hoy a las ocho?

—¡La serie!

—Ah, cierto. Es martes. ¡Es noche de The Big Bang Theory!

Steve y Esther sonríen como quien se sabe amigo de una celebridad. Viéndolos así, tomados del brazo, es imposible dejar de pensar en Wolowitz y Bernadette.

—Steve, ¿qué personaje eres? —pregunta Saltzberg.

—Ay David, no lo sé. Esther dice que soy Sheldon —ella asiente—, pero creo que soy Raj. Mis relaciones con las mujeres fueron muy raras. Tuve algunas citas cuando tenía como 19 años, pero en realidad me dediqué al estudio, así que no tuve novias reales, sino de fantasía. Recuerdo el día exacto en que llegué a una clase de la universidad para estudiar Matemáticas, y vi a una chica muy guapa. Me obsesioné con ella.

            Steve estaba tan enamorado que sus padres buscaron el nombre de la chica en el directorio telefónico y lo obligaron a llamarla para invitarla a salir. Aunque ella lo rechazó, no pudo olvidarla. Su fantasía se esfumó cuando fue reclutado por el ejército —la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin— y su nueva preocupación fue aprender a sobrevivir al entrenamiento de un soldado. Dice que sólo lo logró porque su madre le pidió a un amigo suyo —un químico que estuvo involucrado en el Proyecto Manhattan— que lo ayudara a conseguir una transferencia para trabajar en un laboratorio de Chicago. Ahí conoció por primera vez el mundo de la física y nunca volvió a salir.

            Al igual que su amigo, Saltzberg definió el curso que tomaría su vida —casi por casualidad— durante la universidad. Tenía 22 años, estudiaba Física en Princeton, y cuando realizó uno de los experimentos de su tesis en el ciclotrón de la escuela —dispositivo que carga partículas con energía para acelerarlas y provocar que choquen—, decidió que su especialidad sería el estudio de “colisiones a alta energía” (Lois Lane estrellándose contra los brazos de Superman, por ejemplo). Trabajó 10 años en ello en la Universidad de Chicago, donde obtuvo su doctorado, y ahora es líder de un par de proyectos en el Gran Colisionador de Hadrones, un túnel de tres metros de diámetro y 17 kilómetros de largo que corre bajo los límites de las fronteras de Francia y Suiza, y anualmente convoca a más de dos mil científicos de 21 países para tratar de averiguar de qué rayos se compone el universo. Sigue leyendo

De vuelta al quirófano

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Originalmente publicado en Esquire no. 86 (PDF aquí)

The Knick estrena segunda temporada en Max. Andre Holland habla de cómo ha logrado mantener una carrera exitosa y de la experiencia de trabajar con Steven Soderbergh.

Algernon aprieta los puños. Mantiene ambos brazos a los costados y el rostro impasible. Por dentro, hierve. Sus habilidades con el bisturí podrían salvar al paciente, pero sus colegas lo ignoran. De poco o nada le sirven los años de experiencia. En el Nueva York de principios del siglo xx, un hombre negro no merece usar una bata blanca ni hacerse llamar “doctor”.

Los personajes que suele interpretar André Holland son luchadores: un defensor de los derechos civiles afroamericanos en Selma (2014) o un médico que debe legitimar sus habilidades ante la incredulidad de sus colegas en The Knick, la serie creada por Steven Soderbergh que Holland protagoniza desde 2014 junto a Clive Owen. A grandes rasgos, ésta retrata la vida cotidiana de un grupo de médicos neoyorquinos que realizan cirugías frente a una audiencia en vivo (como se acostumbraba en la época) y lidian con problemas de drogadicción. ¿Por qué a Holland le encanta su personaje y por qué la serie es relevante para el público actual? Él mismo lo responde.

ESQUIRE: Tu personaje debe sacrificarse para ganar credibilidad ante sus colegas. ¿No es algo con lo que cualquier actor al inicio de su carrera podría identificarse?
ANDRÉ HOLLAND: Claro. Hay una similitud porque iniciar una carrera como actor es muy difícil. No sólo te juzgan por tu talento, sino también por las personas a las que conoces. Es algo sobre lo que no tienes tanto control y creo que eso le sucede al personaje: a pesar de que ha trabajado mucho, le resulta difícil hacerse un lugar. Es algo con lo que muchas personas se podrían identificar. Hay mucho en juego y no tiene a nadie de su parte.

ESQ: ¿Recuerdas algún momento en particular difícil que hayas experimentado?
AH: Uf, ¿cuánto tiempo tenemos para esta entrevista? ¡Porque podría hablarte de esto todo el día! [ríe]. Han sido muchas cosas… no sabría por dónde empezar. Conseguir un agente fue muy difícil; luego salir de la escuela y titularme [en Drama]. Puedes tener ambición y talento, pero necesitas a alguien que haga llamadas en tu nombre y te consiga citas. Esa es la primera lucha. Es difícil que tu agente te proponga para los papeles que realmente te interesan. Desde la escuela es complicado conseguir los mejores papeles y mostrar tu talento. He tenido muchos retos. También te puedo decir lo mucho que cuesta encontrar un buen mentor. Algunas personas trabajan tan duro para llegar a la cima que cuando lo logran, son muy protectoras y no ayudan a otros. Por ello, el camino es largo. Incluso ahora que The Knick ya está al aire y mi trabajo pudiera recibir buenas críticas, no consideraría que tengo la vida resuelta porque para la gente de color realmente es difícil encontrar papeles extraordinarios.

ESQ: La historia en The Knick inicia a principios de 1900. ¿Cómo es que los escritores la hacen relevante para nuestros días?
AH: Creo que realmente son muy buenos en ello. Abordan muchas cosas y la migración es una de ellas. En aquellos días mucha gente quería llegar a Nueva York y peleaba por tener un pequeño lugar en la ciudad. A la fecha sigue ocurriendo. La atención básica a la salud también es un problema en nuestro país. Y la serie también toca temas como el aborto, los derechos de la mujer y la discriminación racial, por supuesto.

ESQ: Me gusta la ecuanimidad que tu personaje mantiene a pesar de todo lo que le ocurre. ¿Tal facultad responde a tu interpretación o era parte del guion desde el inicio?
AH: Es algo que entiendo. Los escritores nunca te dicen cómo debes interpretar a tu personaje, ni siquiera Steven [Soderbergh] me lo especificó. Dejaron todo en mis manos. Nací en Alabama y crecí en un lugar pequeño y segregado, en un pueblo algo racista. Así que sé lo que es estar en una situación en la que crees que has hecho todo bien y aún así puedes sentir que la gente te juzga. Sé lo que es desear explotar por dentro, querer golpear a alguien. He sentido esas ganas de gritar pero a veces no puedes más que abrocharte el botón del saco, callarte y esperar el momento adecuado para expresarlo. Como sé lo que significa todo eso, creo que puedo transmitírselo al personaje.

ESQ: ¿Alguna anécdota extraordinaria con Steven?
AH: Hemos tenido muchas. Nos tratamos mucho, incluso cuando no trabajamos. Intercambiamos libros y tenemos conversaciones muy interesantes. Pero quizás uno de los momentos más preciados fue al comienzo de esta temporada: cuando recibí el guion, no estaba 100 por ciento seguro de la dirección que los escritores querían dar a Algernon. Sentía con mucho fervor que debía ir en una dirección y los escritores pensaban otra cosa. Y aunque en la mayoría de los casos tienes que aprender a lidiar con eso y dejar que las cosas fluyan, decidí hablar con Steven y decirle lo que pensaba. Después de escucharme me invitó a platicar en su oficina un sábado, cuando nadie trabajaba. Llamó también a los escritores, nos sentamos y pasamos el día entero hablando de todas y cada una de las escenas. Con eso se aseguró de que tanto los escritores como yo estuviéramos en el mismo canal. Se hicieron muchos cambios para mi personaje. Es fácil decirlo, pero es difícil comprender lo que implica. Me pareció increíble y generoso. En ese momento me di cuenta de lo brillante que es: entiende que todos necesitan jugar un papel clave para que una serie destaque.

ESQ: Tus personajes suelen enfrentar conflictos similares, como la discriminación racial. ¿Es algo que buscas antes de aceptar un papel?
AH: ¿Sabes? No sé por qué me ha pasado eso. No es que busque papeles así. Digo, me gustan las películas de James Bond, por ejemplo, así que me encantaría interpretar a un personaje del estilo. Muchos de los hombres a los que he interpretado tienen que lidiar con la rabia o la injusticia, o con conflictos sociales, pero me siento muy orgulloso de interpretar ese tipo de papeles y espero que mi vida pueda ser un ejemplo para que haya otro tipo de cambios en cuanto a justicia social. No sé si eso funcione o no. En verdad espero que sí.

Prohibido detenerse

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Originalmente publicado en Esquire no. 85 (PDF aquí)

Tan veloz como su personaje en The Flash, Grant Gustin se convirtió en uno de los superhéroes favoritos de la televisión. En Vancouver hablamos con él sobre el estreno de la segunda temporada de la serie de Warner Channel.

     En esta mañana de miércoles, el hombre más veloz de la Tierra tuvo que despertarse una hora antes de lo normal para llegar a tiempo a nuestra cita. Los superhéroes también necesitan dormir. Apenas son las nueve, y cuando Grant Gustin aparece en el set de los Vancouver Film Studios no viste el disfraz de Flash ni se mueve a la velocidad de un rayo. Hoy salió de casa como cualquier mortal: con un par de ojeras bajo los ojos, un termo de café en la mano y unos Converse grises para soportar una jornada de 12 horas de trabajo.

     Siempre que alguien le pregunta qué distingue a su personaje de otros ídolos de Marvel o DC Comics, Gustin lanza la misma respuesta: es un tipo con el que cualquiera podría identificarse. Barry Allen es un científico larguirucho y con pocos músculos para presumir. Es tímido y se mueve con torpeza. Tarda tantos años en decirle lo que siente a la chica que le gusta que ella sólo lo ve como un amigo. “Lo que le ocurre a Barry podría pasarle a cualquiera. Él no es un dios. Gran parte de lo que le sucede es producto de un accidente”, dice el actor.

     Barry Allen se transforma en Flash a causa de una tormenta eléctrica. La falla de un acelerador de partículas provoca una ola de radiación que afecta a un sinnúmero de personas y Allen es una de ellas. Lo alcanza un rayo durante una noche de trabajo solitario en su laboratorio y el accidente lo deja en coma. Cuando despierta, tiene el abdomen de lavadero de un atleta y puede moverse a una supervelocidad.

     Hasta hace unos años, Grant Gustin también era un tipo normal. Vivía con sus padres y sus dos hermanos en la ciudad estadounidense de Norfolk, Virginia, hasta que comenzó a interesarle el teatro y le cayó en las manos la oportunidad de trabajar en Glee. Era 2011, apenas tenía 21 años y no le pasaba por la mente la idea de que lograría cumplir su más grande fantasía infantil:  tener superpoderes y pasar disfrazado buena parte de su tiempo.

***

    Entre un sorbo de café y otro, Gustin cuenta que durante su infancia tuvo una niñera que renunció a causa de su obsesión con Superman. “Le daba mucha vergüenza salir conmigo a la calle” dice antes de reír. Era tan fanático del personaje que en aquel entonces interpretaba Christopher Reeve que usaba su pijama del hombre de acero en la mañana, en la tarde y en la noche. “Me compré unos calzones rojos para usarlos sobre el pantalón de la pijama y tenía unas botas de lluvia del mismo color. Quería vestirme así todos los días.”

—¿Por qué te gustaba tanto Superman?

—Amaba a Chris Reeve. Fue la única franquicia que realmente me interesó. No crecí cerca de tiendas de cómics ni era experto en esos temas. Simplemente me encantaban las películas y él siempre será Superman para mí.

     Grant Gustin no es el primer Flash de la televisión. El personaje del cómic de los años 40 apareció por primera vez en un especial televisivo de 1979 —Legends of the Superheroes— y regresó en los 90 con una serie que duró una temporada. El héroe fue interpretado por John Wesley Shipp y ahora ese actor es el padre de Barry Allen en la serie que protagoniza Gustin.

—¿Estás consciente de que tú siempre serás Flash para toda una nueva generación?

—Claro, pero trato de no pensar mucho en ello. Me divierto porque crecí amando a un superhéroe, pero no me tomo demasiado en serio esto de ser Barry Allen. Sé que después de mí vendrán otras interpretaciones de Flash.

***

     Grant Gustin no titubea al admitir lo mucho que disfruta interpretar al único hombre capaz de dejar en ridículo a Usain Bolt. “Me encanta usar el traje, me siento diferente cuando lo llevo puesto y estamos en una locación, porque solemos grabar frente a una multitud. Por alguna razón, cuando estoy disfrazado suelo hacer cosas estúpidas, y la gente grita y aplaude”, dice Gustin entre risas.

    Disfrazarse de Flash no sólo desencadena un mar de fanáticos en busca de una selfie. Cuando Gustin obtuvo el papel en 2003, muchos escépticos se manifestaron para decir que él no estaba a la altura del papel. “Claro que estaba al tanto de eso. Tengo una cuenta de Twitter y me gustan las redes sociales, así que leer esos comentarios fue parte de una lección con la que debí aprender a lidiar”. En la terna para elegir al protagonista de la serie que compartiría conflictos y personajes con Arrow (2012) —otra bomba de DC Comics en la televisión— había un par de actores casi 10 años mayores que Gustin. Ambos decían ser fanáticos de los cómics y tenían el físico de aquellos comprometidos a varias horas diarias de gimnasio. Al final ganó la esencia de Barry Allen, y el actor que elevó los ratings de la primera temporada fue un tipo larguirucho, tímido, que asegura que no siempre ha tenido suerte con las mujeres.

***

     El rayo quiebra el techo de cristal del laboratorio y Barry Allen se transforma en Flash. ¿Qué sigue en la historia que casi cuatro millones de personas sintonizaron durante 22 episodios consecutivos? El resto de los afectados por el desastre de radiación —“metahumanos”, como les llama nuestro héroe— meten en líos al protagonista y él debe enviar a todos a una prisión especializada que está a cargo de su mentor, Harrison Wells, interpretado por un genial Tom Cavanagh; la doctora Caitlin Snow, experta en genética a la que da vida Danielle Panabaker, y Cisco Ramon, un genio de la ingeniería mecánica encarnado por el actor colombiano Carlos Valdés.

     En el gremio televisivo se dice que el reto de una serie no es concluir la primera temporada, sino sobrevivir a la segunda. “Así es. No he visto los nuevos episodios tras la posproducción, pero sólo con leer el guion sabemos que tendrá un tono diferente y que Flash se apegará más al personaje del cómic.” Según Gustin, el personaje tendrá más confianza en sí mismo y los metahumanos que enfrentará serán más oscuros.

    El éxito de las adaptaciones de historietas no se detiene, por lo que la cadena ya anunció el estreno de Legends of Tomorrow —serie que combina varios personajes y universos— para 2016. A Grant Gustin no le preocupa interpretar a Flash durante varios años más. “Si tuviera el superpoder de mi personaje lo aprovecharía para pasar más tiempo con mi familia y ver a toda la gente que quiero, pero al final volvería para seguir trabajando. Soy un superhéroe de televisión, así que podría hacer esto durante muchos años más.”

Habrá zombies para rato

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Originalmente publicado en Esquire no. 84 (PDF aquí)

Nadie está a salvo en Fear the Walking Dead, el spin-off de una serie que ya se recuerda con nostalgia. La primera temporada ya está aquí y Cliff Curtis, uno de los personajes principales, nos dice lo que podemos esperar de ella.

     No exageramos al decir que para muchos se trata de la serie más esperada de 2015. The Walking Dead rompió récords de audiencia en Estados Unidos (más de 15 millones de personas vieron el final de temporada) y ahora una serie hermana espera replicar el éxito. Fear the Walking Dead contempla el apocalipsis zombi desde una perspectiva distinta y un equipo nuevo de guionistas ha dedicado años a la planeación de la historia.
La sorpresa y el desconcierto de los personajes será un punto en común entre ambas series, pero los protagonistas,  las líneas narrativas y locaciones de Fear the Walking Dead serán completamente diferentes. Mientras que el programa anterior inicia cuando el mundo ya está destruido —Rick (Andrew Lincoln), el protagonista, despierta de un coma que lo mantuvo cuatro meses inconsciente—, esta nueva serie estará ambientada en Los Ángeles e iniciará antes del apocalipsis. Asimismo, los personajes no serán individuos aislados que se conocen después de la hecatombe, sino los miembros de dos familias: los Salazar (dos inmigrantes centroamericanos interpretados por Rubén Blades y Patricia Reyes Spíndola) y la que integran Travis y Madison (Cliff Curtis y Kim Dickens), dos profesores de preparatoria que inician una nueva vida juntos.

ESQUIRE: Uno de los aciertos de la serie es tener un elenco internacional, ¿no?
CLIFF CURTIS: Es interesante porque no seleccionaron a actores individuales sino a un grupo que funcionara como una familia. Lo que querían era encontrar química en las relaciones que se establecerán en la serie y un sentido de conexión entre los actores.

ESQ: Háblame de tu personaje.
CC: Interpreto a un maestro de inglés. Por su parte, Kim Dickens tiene el papel de Madison, consejera de una escuela preparatoria. Ninguno de nuestros personajes está preparado para lo que vendrá. El Este de Los Ángeles suele ser increíble y nunca ha enfrentado una situación como la que veremos. El punto es que esta zona de la ciudad es multicultural, hay una mezcla de todo. Hay matrimonios interraciales y es un sitio en el que todo podría ocurrir.  

ESQ: Hay quien piensa que en Los Ángeles hay muchas pandillas. ¿Veremos algo de esto en la serie?
CC: Ninguno de los personajes principales está en una pandilla. Para ellos lo principal es su familia. Tampoco es un tema en el que se vaya a enfocar la serie. Básicamente trata de dos profesores de preparatoria que están tratando de averiguar qué hacer con los adolescentes que tiene a su cargo. Sin embargo, hay otro tipo de problemas. En una de las familias hay un adicto a las drogas y yo tengo un hijo del que estoy completamente distanciado.  

ESQ: ¿Cuál será la relación de tu personaje con el de Kim Dickens?
CC: Mi personaje está muy enamorado del de Kim. Acaban de iniciar su relación. Ella tiene dos hijos adolescentes y yo estoy separado de mi ex mujer. Al inicio de la temporada ambos están en un ambiente de amor, pero cuando empiezan los problemas no saben exactamente cómo deben reaccionar y no responden a la situación del mismo modo. Ella es muy pragmática y yo soy idealista. Yo digo que arreglaré las cosas y ella simplemente lo hace [ríe]. A mí me gusta discutir las cosas y ella prefiere actuar.

ESQ: Es decir, es una situación que podría ocurrirle a cualquiera de nosotros en la vida real.
CC: Es muy interesante. Por ejemplo, mi personaje se da cuenta de que quizá nunca debió de haberse casado con su ex mujer, pero en su momento hizo lo que consideró que era lo correcto. Y es que hay algo bueno de haber tenido un matrimonio de 13 años con alguien: aprendes mucho y cuando estás en una nueva relación y enfrentas un problema, ya sabes lo que debes hacer. A veces ni siquiera es necesario que hables. Uno accede a ciertas cosas y la otra persona a otras. Así puedes seguir adelante.

ESQ: ¿Cómo será el ritmo de Fear the Walking Dead? Leí que pasará un rato antes de ver al primer zombi en pantalla.
CC: Y hay algo más: no todos los zombis serán una amenaza. Lo que sucede con esta nueva serie es que pretendemos retratar un mundo donde hay más elementos reales, porque de este modo te puedes identificar con más cosas. En general la realidad es más compleja de lo que uno cree, así que decidimos enfocarnos en ese principio y los guionistas y creadores de la serie lo usaron con gran efectividad. Es decir, crearon una expectativa acerca del modo en el que crees que una persona debería  reaccionar ante determinadas situaciones.

ESQ: Tomando esto en cuenta, ¿qué es lo que nos atrapará de la serie?
CC: Que uno cree que sabe cómo actuaría ante determinados hechos, pero a veces ocurren cosas que te llevan a actuar de modo distinto y tomar otra dirección. Eso es lo que nos mantiene siempre caminando. La serie volverá a crear expectativas y luego las modificará pero todo siempre será plausible, auténtico y tendrá mucho sentido. Es decir, siempre habrá sorpresas y provocará que la gente piense: “Wow, no creí que esto pudiera suceder” o “Jamás creí que ese personaje fuera capaz de hacer eso”. Permitirá que nos cuestionemos lo que haríamos si estuviéramos en sus zapatos y creo que eso es lo que provocará que la gente no deje de ver la serie. Con toda certeza puedo decirte que esta primera temporada tiene muchos elementos de este tipo. A mí me impresionó. Soy de Nueva Zelanda y hay muy pocas cosas que me impresionan, pero la serie realmente me impactó. La historia tiene cosas geniales.

Puros cuervos

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Originalmente publicado en Esquire no. 83 (PDF aquí)

La primera producción original que Netflix estrena en español se rodó en México bajo la dirección de Gaz Alazraki, creador de Nosotros los Nobles. Esto es Club de cuervos.

     Gaz (Gary) Alazraki tiene 33 años y ya hizo historia en el cine y la televisión de México. En su momento, Nosotros los Nobles (2013) nos hizo reír, impulsó la carrera de actores como Karla Souza y Luis Gerardo Méndez y rompió récords de taquilla. Con esa, su primera película, Alazraki recaudó más de 26 millones de dólares, casi el doble que El crimen del padre Amaro (2002), que tenía el récord desde su estreno más de 10 años atrás.

      Ahora toca el turno de llevar su talento a la televisión. En mancuerna con Netflix, el mexicano dirige Club de cuervos, la primera producción en español que se transmitirá en los más de 50 países que cuentan con el servicio de streaming. Con una mezcla de drama y comedia, la serie se enfoca en una familia rica que tiene un equipo de futbol. La historia arranca con la muerte del patriarca en la ciudad ficticia de Nuevo Toledo y en ella actúan Luis Gerardo Méndez, Mariana Treviño y Daniel Giménez Cacho. El protagonista y el director de la serie nos hablaron sobre ella, que estrena sus 13 capítulos este mes de manera simultánea.

ESQUIRE: Club de cuervos será la primera serie latinoamericana de Netflix. ¿Cómo enfrentaron ese reto?
GAZ ALAZRAKI: Traté de mantener una visión muy universal cuando estaba tomando las decisiones creativas. Quería que fuera una serie orgullosamente mexicana, con un léxico muy mexicano, que a la vez abordara temáticas universales, como la mala distribución de la riqueza o lo que sucede cuando el poder cae en las manos equivocadas, por mencionar algunos ejemplos. Creo que eso es algo con lo que muchas personas, incluso fuera de México, nos podríamos identificar.

ESQ: ¿Siempre supieron que el tono debía ser cómico, a pesar de que la temática es tan dura?
LUIS GERARDO MÉNDEZ: Gary y yo siempre quisimos hacer algo arriesgado y eso permea en la serie. Gracias a eso, los personajes son tanto oscuros y patéticos como divertidos. No son siempre adorables porque también hacen cosas complejas y terribles y creo que eso es lo interesante de esta serie, que es una comedia que de pronto no es tan chistosa, porque en ella ves reflejada a gente que conoces muy bien no sólo en México sino en todo el mundo. En ese sentido, el riesgo viene de la mano con trabajar en mancuerna con Netflix y lo asumimos con gran responsabilidad.

ESQ: En una región donde la comedia se representa con un pastelazo o un chiste fácil y el drama está en las telenovelas, ¿cómo diferenciarse de eso?
LGM: Cuando empezamos la serie fue muy chistoso. Muchos productores —no voy a decir nombres-— se nos acercaban a preguntarnos: “¿Cómo van?, ¿están divertidos los guiones?, ¿les está yendo bien?” porque saben perfectamente que si esto funciona se abrirán las puertas para otras producciones en México. Entonces, al principio sí cargábamos con la presión, pero un día Gary y yo nos volteamos a ver y dijimos: “Fuck it, güey, de lo que se trata es de que esto nos guste a nosotros y de que sea divertido”. Y yo tengo una máxima en mi vida, que es que siempre quiero hacer proyectos que a mí me gustaría ver. Y en ese sentido esa es la forma de diferenciarse de lo que acabas de decir. Pensamos en cómo hacer un proyecto que también a nosotros nos hiciera morir de risa y que cada que se acabe un capítulo nos deje enganchados con ganas de ver más. Además, Gary hizo un trabajo extraordinario reclutando a guionistas estadounidenses que han trabajado en series como The Sopranos, Californication y Two and a Half Men, que tienen herramientas de trabajo que no tiene nadie en el país y que nos ayudaron a crear este proyecto.

GA: Y hay otra cosa importante: cuando comparas el modelo de negocio de Netflix con el de una televisora convencional, particularmente mexicana, te das cuenta de que el modelo está diseñado para que sus contenidos funcionen de forma distinta. Es decir, la televisión abierta no suele ser dolorosa. No puede agredir a mucha gente, sino apelar a las masas, así que el contenido debe ser muy accesible y tocar temas que sean muy rosas. El modelo de Netflix pide que desarrollemos una relación muy íntima con el público que elija ver nuestra serie. Entonces tuvimos que hacer justo lo contrario: decir las cosas que en otro sitio no te atreverías a decir en voz alta, que vas a hablar en terapia. Eso transformó nuestro trabajo en algo extremadamente honesto, abierto y duro.

ESQ: ¿Qué les aportó la experiencia de trabajar con escritores de series de televisión estadounidense?
GA: Para empezar, hábitos de trabajo, secretos que ellos tenían, como tener un taquígrafo en el cuarto de guionistas para tomar apuntes de todos nuestros comentarios, la disciplina de mandar esos apuntes a los escritores, aprender cómo se desarrolla toda la temporada y el modelo del personaje. Es decir, a fin de cuentas, un avaro en Chile es igual a uno en China y uno en Estados Unidos. Entonces, aprendimos a lograr que el humor se burle de cosas universales sin que deje de ser específico de una región.

LGM: Creo que nunca había estado en un proyecto que implicara tanto trabajo en equipo como éste. Los guionistas vinieron a México y se entrevistaron con futbolistas, árbitros, prostitutas y con toda la gente que está involucrada en el futbol de México. Entienden el país, los valores universales, la guerra de sexos, la ambición, el poder, la traición y cómo todo eso es igual en otros países. Y cuando llegaron los guiones, tanto Gary como los actores tuvimos que entrar a ese universo que no existe y se llama Nuevo Toledo para darle una identidad.