Letras para una crisis: una novela para pensar en Venezuela

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Originalmente publicado en The Associated Press, febrero 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — El hogar que Alberto Barrera Tyszka deja tras de sí al cerrar la puerta, subir a un avión y despedirse de su tierra nunca es el mismo que lo recibe al volver.

Cuando el escritor venezolano pasa algunos meses fuera de Caracas, en el otro hogar que ha formado en Ciudad de México, sabe que su país cambiará día tras día y que él no estará ahí para mirarlo. A su regreso, el bolívar empeorará bajo la asfixia de la inflación, las tensiones políticas serán mayores y la tristeza habrá crecido como una mancha en el rostro de los suyos.

“Cada que voy encuentro un país distinto, sobre todo en términos de la economía. Antes teníamos una crisis económica que iba a una velocidad inmensa con una crisis política que estaba estancada. Ahora las dos van a gran velocidad”, explica Barrera Tyszka en entrevista a The Associated Press.

Aun así, la distancia física nunca lo aleja demasiado de Venezuela. En ocasiones entra y sale de su patria a través de la escritura. Su nueva novela, “Mujeres que matan”, acaba de publicarse bajo el sello de Penguin Random House y explora el alcance que el malestar en las instituciones del Estado puede adquirir hasta permear calles, ánimos y vidas.

Todo arranca con el suicidio de una mujer. “Estaba desnuda, boca arriba. Tenía los ojos abiertos. Sin brillo. Como dos piedras en un vaso de agua”. ¿Por qué se mató? La imagen del cadáver sumergido en una bañera detona la historia y las indagaciones de un hijo por comprender qué ocurrió con su madre rasgan la primera de varias capas que comprenden el libro de 200 páginas.

Una de éstas es el universo de lo femenino, en el que el escritor nos sumerge para indagar en algo que le resulta enigmático, y en las esferas subsecuentes nos lleva a reflexionar sobre el poder, las maneras de encarar el dolor y aquella turbación que despierta en nosotros cuando la justicia es inexistente y se abre la riesgosa posibilidad de ejercerla por propia mano.

Alberto Barrera Tyszka nunca nombra a su país ni al líder socialista que encabeza el gobierno, pero alude a ellos al situar su trama en una metrópoli anónima en la que la prensa ha sido silenciada y las calles alojan familias que buscan comida en la basura. En ese paisaje, un Alto Mando que controla todo afirma que no hay hambre, que ésta es una manipulación mediática, que solo es un invento de los enemigos.

Desde hace varios años, las crecientes confrontaciones entre el gobierno y la oposición de Venezuela han sumido al país sudamericano en la peor crisis de su historia. Hoy el salario mínimo vale casi lo mismo que un kilo de verdura en el mercado, cientos han muerto en protestas callejeras y Naciones Unidas calcula que al menos tres millones de venezolanos han migrado para buscarse una vida mejor.

Al leer “Mujeres que matan” podría pensarse que el autor aspiraba a crear una narrativa que no se viera restringida por su geografía o contexto, pero hay algo más. “No quería que hubiera tantas referencias concretas. No quería hablar de (Nicolás) Maduro, por ejemplo, ni nombrar a ningún político… Siento que esta historia se cuenta sin ese liderazgo y con una corporación que no tiene nombre, que es más siniestra y enigmática”.

Los rostros predominantes de la novela no son los que afligen a la sociedad, sino aquellos que tantean en la oscuridad para intentar sobrevivir a ella. En esa ciudad que el escritor de 58 años decidió no bautizar, cuatro mujeres desoladas por diversos motivos buscan refugio en la burbuja de los libros. Los clubes de lectura en tiempos de crisis pueden ser paliativos y el mismo Barrera Tyszka ha asistido a algunos como invitado desde 2014. Sin embargo, en este caso la literatura cumple una función adicional: transformar a los personajes. De mujeres a lectoras. De lectoras a cómplices. De cómplices a criminales.

“A medida que iba escribiendo me fui dando cuenta de que había un debate moral que tenía yo mismo, que tenían mis personajes y que se iba a traspasar a los lectores”, señala. “Todo gira alrededor del dilema ético de matar: ¿cómo nos enfrentamos a ese verbo?”.

Él, como sus mujeres imaginarias, tampoco sale ileso de un encuentro con las letras. Dice que escribir le sirve para ordenar el caos, para entenderlo: “La escritura sí tiene una función y es terapéutica. Organiza no solo la curiosidad, sino también el dolor”.

De este modo, su novela le abrió la posibilidad de meditar sobre lo que ocurre en las sociedades impunes, cuando quedan pocas opciones para las víctimas que tienen heridas por sanar.

A pesar de que expresa sus ideas en voz alta con claridad, este venezolano que llegó por primera vez a México en 1995 –y además de novelas y textos de opinión redacta guiones de telenovelas– dice que hablar le cuesta mucho. Solía ser tímido, asegura, y siempre ha sentido que solo al escribir puede relacionarse con una realidad que de otro modo podría parecerle desordenada.

“Creo que las cosas que digo es porque en algún momento las escribí o porque algo escribí sobre ellas”, confiesa. “Eso me ayuda a formalizarlas”.

Curiosamente, la Venezuela que uno imagina cuando lo escucha hablar es tan nítida y estremecedora como la que dibujan sus palabras en papel. Quizá por eso la tristeza que transmite cuando describe a gente flaca que camina por las calles de Caracas se despeja cuando su mirada cambia y con una sonrisa delicada afirma que la posibilidad de lograr un cambio a mediano plazo le emociona mucho.

Aunque dice que su país ha vivido al límite por mucho tiempo, piensa que hoy hay dos elementos distintos: un líder opositor no convencional y el apoyo de la comunidad internacional. “Hasta ahora nunca había habido un momento como éste”, señala.

“Mujeres que matan” abre una ventana distinta a la crisis venezolana y muestra que aún quedan varias narrativas por abordar en el país. Aunque el autor piensa que éstas tardarán en convertirse en literatura, confía en que los discursos han cambiado y habrá que esperar. Es y será difícil, asegura, pero su país ha pasado ya muchos años en este proceso y aunque la presión aumente hay ilusiones que no ceden.

La esperanza en Venezuela, dice, ha aprendido a habituarse a los desafíos.

(AP Foto/Marco Ugarte)

Sarcasmo cotidiano

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Publicado en la revista Esquire no. 68 (PDF aquí)

Ingenioso, burlón, tuitstar, diseñador, creador del sitio Cinismo ilustrado… hay muchas formas de designar a Eduardo Salles, quien presenta su libro La ciencia de los cínicos (y quien también creó, sólo para Esquire, esta ilustración del Día de las Madres).

ESQUIRE: ¿Qué planteas en La ciencia de los cínicos?

EDUARDO SALLES: Que la vida cotidiana es tan importante que necesita una ciencia que la estudie. El libro es un compendio de teorías ilustradas que explican con cierto humor negro (involuntario) la lógica detrás de las tonterías que cometemos a diario.

ESQ: ¿Por qué a veces nos resistimos a reírnos de nosotros mismos?

ES: El mexicano en particular tiene un sentido del humor bastante atrofiado, aunque presumamos lo contrario. Nuestra incapacidad de reírnos de nosotros mismos y detectar el sarcasmo nos ha vuelto demasiado sensibles con lo que no estamos de acuerdo, e intolerantes con lo que no entendemos.

ESQ: ¿Existe algún límite para el humor y la crítica social?

ES: Cada sociedad tiene sus “cordones de seguridad”, lo políticamente correcto, límites que en teoría ni el humor tiene permitido cruzar. Estos cordones son síntomas de lo que nos incomoda, heridas profundas de conflictos no resueltos. Creo que el humor tiene que cuestionar estos cordones y, en lo posible, ampliar su periferia.

ESQ: ¿Cuándo comenzaste a burlarte de la cotidianidad?

ES: Siempre he sido un científico del oprobio, aunque empecé a ejercer de manera formal cuando abrí mi sitio. En un principio me interesaban los temas clásicamente “polémicos”, como la religión o la política; sin embargo, en los últimos años he descubierto que los temas que generan más tensión son los que se cuestionan poco.

ESQ: Cinismo ilustrado ha sido un éxito no sólo en México, sino en el continente. Cuando iniciaste el sitio, ¿imaginaste la aceptación que tendría?

ES: Lo inicié en mayo de 2009. Como todas las cosas que suelen ir bien al final, no empecé desde el día uno pensando en el alcance que llegaría a tener, ni tuve una estrategia para lograrlo.

ESQ: ¿Qué papel juega internet en tu trabajo?

ES: Sin internet no estaría respondiendo esta entrevista, y mucho menos para Esquire. Internet es el “boca en boca” con esteroides, el laboratorio social más grande del mundo, la vitrina en la que todos podemos anunciarnos.

ESQ: ¿Cómo influye tu trabajo en una agencia de publicidad en tus ilustraciones?

ES: Soy director general creativo de una agencia y mi trabajo “profesional” y personal viven una saludable simbiosis. La publicidad en la que creo no es la que intenta venderte algo con un mensaje “ingenioso”, sino la que aporta algo a la gente para generarle valor a una marca. Si lo ves de esa manera, analizar los problemas de las personas se vuelve parte de mi trabajo.

Ilustración: Eduardo Salles, para Esquire

El legado de Nacho

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Originalmente publicado en Esquire no. 67 (PDF aquí)

     A los 19 años, Ignacio Padilla abordó un avión de dos motores —como Don Quijote sobre el lomo de su caballo, Rocinante— para volar hacia Mbabane, la capital de un reino donde las familias entregaban a sus hijos a hechiceros para realizar rituales y los soldados del rey no conocían la guerra. Eran mediados de los años 80 y el joven escritor dejó México para estudiar el último año de preparatoria en Suazilandia, un país del sur de África que ni las monografías de National Geographic describían con precisión. Para sus padres —como para el consulado que tramitó su visa— no quedaba claro por qué quería viajar a la nación más pequeña del África continental.

     Ésa parece ser una constante: donde algunos ven una excentricidad (y otros no ven nada), él advierte un misterio y se obsesiona como un naturalista con el eslabón perdido. En La vida íntima de los encendedores (2009), dedicó casi 200 páginas a reflexionar sobre el simbolismo de un objeto cuya función no pareciera ser más que la de encender un vil cigarro. Falso. “Mudan constantemente de formato, fallan cuando menos lo esperamos, se reproducen con un entusiasmo digno de mejores causas. Diríase incluso que se desplazan: apenas ayer yacían impasibles sobre el buró y hoy se encuentran en un abrigo que no recordamos haber usado desde que Napoleón era artillero”, escribe tras detenerse a mirar la cotidianidad con lupa. El legado de los monstruos, su libro más reciente, es un tratado sobre el miedo. Padilla empezó a escribirlo tras reflexionar sobre las similitudes entre los monstruos del imaginario humano. En todas las culturas hay un temor a la madre secuestradora —de ahí La Llorona y sus equivalentes— y a la posibilidad de ser devorados por hombres lobo o zombies. ¿Cómo explicar, entonces, que las adolescentes de hoy se vuelvan locas con los vampiros de Twilight (2008)? “Todo miedo es un deseo”, dice el autor, y por eso nuestros miedos son el motor de la historia. De las páginas de Drácula (1897) a las secuencias de acción de World War Z (2013), queda demostrado que —al menos en la ficción— disfrutamos confrontarnos con los rostros de la muerte.

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     Nacho se inició en la transgresión desde la infancia. Al igual que el ingenioso hidalgo de La Mancha, encontró la semilla de sus inquietudes en la lectura. Sus padres le contaban cuentos antes de dormir y él escuchaba con asombro. Todo niño posee un súperpoder que se pierde en la vida adulta: creer que un personaje no es la invención de un autor, sino un individuo autónomo. Cuando Padilla descubrió que detrás de El Conde de Montecristo estaba la pluma de Alejandro Dumas, decidió convertirse en escritor. A partir de entonces, trabajaría para despertar en otros los horrores y pasiones que los textos que sus padres le leían por las noches produjeron en él.

     Sus primeros escritos fueron fábulas sui géneris: como no le gustaban los finales tradicionales —“porque son lo que los adultos quieren, no lo que un niño espera”—, los reinterpretaba. Luego incursionó en el oficio de copista: “Uno empieza imitando. Como el estudiante de pintura que lleva su caballete al Museo del Prado para copiar Las Meninas, de Velázquez, un escritor debe copiar a los autores entrañables. Es la única manera de entenderlos plenamente”. Las primeras novelas de Nacho fueron volúmenes de tres o cuatro capítulos inspirados en Julio Verne, el autor de La vuelta al mundo en ochenta días. A casi cuatro décadas de haber redactado esos textos, Padilla imparte talleres de lo que llama “plagio y confección de estilo”. En ellos invita a sus alumnos a escribir a la manera de Juan Rulfo o Jorge Luis Borges, para después enseñarlos a detectar dónde están sus vicios y a leer mejor a esos autores.

     Tras su retorno de Suazilandia, a Nacho siguieron inquietándole los extremos. Estudió Comunicación en la Ibero (no Letras en la UNAM), aceptó ser director editorial de Playboy México (porque no considera que el periodismo se oponga a la literatura) y con cinco de sus cómplices —Jorge Volpi entre ellos— publicó el Manifiesto del Crack, que provocó molestia en ciertos ámbitos literarios mexicanos de los noventa. “Surgió a partir de las inquietudes de un grupo de amigos cuyas novelas no respondían a lo que el mercado pedía. No hacíamos Realismo Mágico. Fueron obras influidas por Víctor Hugo y James Joyce en un mundo en el que se vendían libros del tipo de Como agua para chocolate”, recuerda. El manifiesto fue cuestionado en México, pero cuando en otros países lo aplaudieron, a sus críticos no les quedó más que aceptar que Laura Esquivel no era el modelo literario por excelencia ni todas las obras debían situarse en Comala o Macondo.

     Las obsesiones de Padilla han sobrevivido al paso del tiempo: se convirtió en cervantista poco después de abrir El Quijote por primera vez, hace casi dos décadas, y hoy ríe al confesar que seguro lo ha leído cien veces. Las huellas de sus pasiones cuelgan en las paredes de los espacios donde trabaja. En su oficina de la Ibero, donde da clases, hay rastros del maestro de Sancho Panza y se manifiesta uno de sus mayores miedos: el Infierno. Ahí, junto a su Enciclopedia cervantina, ballets, teleseries y tesis inspiradas en El Quijote, se despliega uno de los cantos que Dante Alighieri redactó en el siglo XIII. A nadie le gusta pensar en la muerte, en los demonios o en el castigo eterno, pero Nacho dice que siempre ha escrito sobre sus miedos. Los observa, aunque le despierten inconformidad o asombro, y reflexiona sobre ellos. Como el caballero andante que tanto le apasiona, se ha convertido en un experto en explorar territorios que —como Suazilandia— no todos se detienen a mirar.

Fotos: EFE/Paco Campos/Cortesía

Originalmente publicado en Esquite LationaBasLetrasNachoPadillamérica.

Un triste olor a muerte

 Zusak

Originalmente publicado en Esquire no. 65 (PDF aquí)

Se escapa la tranquilidad al leer una novela narrada por la muerte. Se escapa la ansiedad de saber que una novela narrada por la muerte sólo puede terminar en muerte. Se escapa la pena de pasar 550 páginas hundiendo las narices en la vida de personajes encantadores pero que, con todo y su encanto, sabemos que podrían morir.

The Book Thief se publicó en 2005 y ha ganado al menos 10 premios importantes, como el Publishers Weekly Best Children’s Book of the Year en 2006. Desde que salió a la venta fue un fenómeno y estuvo 375 semanas en la lista de best sellers de The New York Times. Ha recobrado importancia tras el éxito que tuvo hace unas semanas la cinta del mismo nombre.

Aunque una adaptación para cine sea muy buena y aprehenda la esencia de la novela, es muy complicado que logre reproducir todos los detalles, todas las descripciones. Por eso vale la pena leer The Book Thief aun tras haber visto la película, porque la minuciosidad de la prosa de Markus Zusak permite generar una experiencia distinta a la cinematográfica. Nos sentamos con el australiano para que nos hablara de esta enternecedora novela.

ESQUIRE: Cuando empezaste a escribir, ¿imaginaste que The Book Thief sería tan exitosa?

MARKUS ZUSAK: Al contrario, pensé que sería el menos exitoso de mis libros. Imaginaba que si a alguien le gustaba, lo recomendaría a sus amigos, pero ¿qué les diría?: “Trata de la Alemania nazi, está narrado por la muerte y al final casi todos mueren. Tiene casi 600 páginas, pero te encantará” [ríe]. No puedes imaginar que a alguien le interese leer eso, pero su éxito comprobó que no sé nada de la industria editorial. Sin embargo, creo que el hecho de que pensara que fracasaría fue lo que me liberó y me permitió tomar los riesgos que tomé. Fue como escribir para mí mismo, y creo que la gente lo percibió.

ESQ: Tus padres vivieron la Segunda Guerra Mundial en carne propia. ¿Qué influencia tuvo eso en la novela?

MZ: Crecí en Sídney y jugaba cricket bajo el sol, pero mis padres me hablaban acerca de su origen. Jamás me dijeron “este es el lugar del que provienes”, sino que me contaban historias. Mi madre, por ejemplo, decía que el cielo estaba cubierto de fuego y que tenía que colgar la bandera nazi en su ventana cuando Hitler cumplía años mientras escuchaba a sus padres discutir al respecto. Mi padre debía unirse a las juventudes hitlerianas, pero como no quería, se iba a un río a lanzar piedras al agua y cuando regresaba a casa sus padres le preguntaban “¿cómo te fue?”. Él mentía y decía que bien. Las historias que escuché no son las que observas en cualquier documental de la Alemania nazi. Así nació The Book Thief.

ESQ: ¿Qué tanto te preocupó que la gente que vio la película se fuera con una idea similar a la que buscaste transmitir con el libro?

MZ: Es curioso, pero no pienso mucho en eso. Lo que me llevo de esta experiencia es una película que celebra los libros y la idea de que estamos hechos de muchas cosas, pero sobre todo de historias. Los relatos que leemos, que escribimos y que nos gustan realmente tienen que estar inspirados en nuestras vidas. Lo que más me gustó de la adaptación es que recoge esta idea de manera central.

Las poseídas, de Betina González

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[Esquire no. 60]

Más vale conservar el estigma de la puta que el de la virgen, piensa la narradora de Las poseídas. En la tercera novela de Betina González, María comparte la rabia de su creadora, quien a través de su voz ironiza el cosmos –caldo de cultivo del estereotipo de la mujer abnegada– de las niñas bien. María coquetea con la diferencia (o rebeldía, acusaría la institución religiosa), desde el principio de la historia, pero no sucumbe por completo a la subversión. Para eso, define la pluma de la autora, está Felisa.

En el colegio de las Hijas de la Inmaculada Concepción, Felisa es la diferencia. Es ‘la nueva’, la que llegó de Londres, la que hipnotiza con su melódica lectura de un poema de Shelley, la que en voz alta dice que se matará sin temer pasar la eternidad al fondo del Infierno dantesco. Felisa no teme la diferencia. No baja la cabeza cuando transgrede las normas. No es indisciplinada por pura presunción. Es, simplemente, Felisa.

Su llegada al instituto –y la consecuente ruptura que ocasiona– detona la historia. Sin embargo, aparece de manera intermitente. María revela los detalles que fascinan de su personalidad a cuentagotas. De este modo, Felisa se mantiene como una figura enigmática y la narradora da cuenta de una diversidad de anécdotas que abordan, casi de manera cómica, los presupuestos en torno a la femineidad, las arbitrariedades del mundo adulto y la tipificación de la familia como sinónimo de perfección. Detrás de Las poseídas, está la lectura que Betina González realizó de Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy, autora suiza que si bien no inspiró la escritura de la novela, sí convenció a González de la urgencia de reflexionar sobre el tema. Durante su última visita a México, con un café de por medio, la escritora argentina nos habló de su obra y pasión por la literatura.

ESQUIRE: ¿Qué impacto esperas que tenga Las poseídas en países latinoamericanos, que suelen tener mayor interés en las instituciones religiosas?

BETINA GONZÁLEZ: Espero que permita pensar mucho en aquello que damos por sentado. La iglesia católica preescribe ciertos roles para la mujer y el hombre. Sin embargo, éstos van más allá de la religión. Es decir, aunque uno no sea católico, se crió permeado por esas ideas. Eso discurre frontalmente en la novela; desmonta y desarma esos roles de género. Por ejemplo, la adolescente es un personaje tan trivializado y cliché, que es muy difícil trabajarlo en la literatura. Sin embargo, valió la pena romper esos parámetros y burlarme de las miradas de ese mundo, que son masculinas.

ESQ: ¿Cómo escapa Felisa al estereotipo?

BG: Es el único personaje de la novela que se mantiene estable. Ella resulta indefinible para todas. Eso le fascina a la narradora. Es abismal porque no es igual a nadie. Mantener su singularidad hasta el final fue un esfuerzo narrativo. La adolescencia es un momento supremo de originalidad. El adolescente se siente único y capaz de todo. Después perdemos eso. Cuando ingresamos al mundo adulto, tenemos que domesticarnos y ser uno más. La novela no claudica en ese personaje. Ese fue el desafío.

ESQ: ¿Cuál es el reto de escribir una novela cuando tantos lectores están acostumbrados a leer textos breves en formato digital?

BG: No pienso mucho en eso cuando escribo, pero creo que hay que relativizar. El libro y la ficción siempre van a tener lectores, aunque cambien de formato. Y esta situación también puede ser una ganancia. Entregarnos esas lecturas –yo también leo textos en línea– es un entrenamiento que puedes aprovechar en tu favor: la brevedad y lo conciso. La novela corta me fascina. Antes sólo eras escritor profesional si creabas una gran novela, pero eso también hay que relativizarlo. Basta mirar a [Juan] Rulfo, que era bastante breve.

ESQ: ¿Cuáles son las ventajas de la novela corta?

BG: Es un género que privilegio. Tiene las ventajas del cuento y de la novela, pero posee un equilibrio difícil de lograr. No digo que no hay que leer las novelas de 500 o 600 páginas pero, en muchos casos, representan un acto de narcisismo del autor. A mí me interesa más el desafío de escribir una novela corta –para entender su arquitectura, que es casi perfecta– que el hecho de tener un libro de 500 páginas donde puede tener cabida cualquier digresión.

ESQ: ¿Cómo cambia tu experiencia cuando escribes cuentos y cuando trabajas en novela?

BG: Me considero más novelista que cuentista porque las historias que se me ocurren necesitan espacio para desarrollarse. Para mí, la novela surge de una secuencia, de una escena que en sí misma tiene el germen de una narración más extensa. Se me ocurren a partir de imágenes. Por ejemplo, Arte Menor [su primera novela] es la historia de un artista que le regalaba la misma estatua a todas sus amantes. Es posible resumir esaa idea en un cuento, pero en una novela gana complejidad y, por tanto, interés. Por eso coincido con [Julio] Cortázar, que lo comparaba con la poesía, y [Ricardo] Piglia, que decían que el cuento tiene la inmediatez del poema y su momento de revelación.

ESQ: ¿Qué tanto se transforman tus novelas desde que las concibes y hasta que las ves impresas?

BG: ¡Fatal! Una de las primeras cosas que uno debe aprender como escritor, es que la frase real nunca será como la que tenías en la cabeza. Ese paso es abismal. En tus mejores momentos, achicas esa brecha, pero siempre es muy grande. Hay muchos jóvenes que quieren escribir, vienen a mis talleres, se paralizan y frustran por eso. Pero es parte del oficio. Escribir, como decía [Juan Carlos] Onetti, siempre es insobornable.

ESQ: ¿Cómo vives la experiencia de terminar de escribir una novela?

BG: El final de un libro siempre es un momento de luto. Hay una pequeña tristeza porque vas a dejar de entrar al mundo en el que estabas. Y, cuando lo hagas, releerás un mundo estático, que para ti ya no está vivo. A mí no me cuesta empezar los libros, me cuesta terminarlos. Hasta ahora, no he vivido el síndrome de la página en blanco, de no saber qué escribir. Escribes un libro y pasas todos los días con él, pero no sabes cómo terminarlo.

ESQ: Tardaste años en dedicarte por completo a la literatura. ¿Qué es lo que más disfrutas ahora?

BG: La escritura como tal. Nunca he comprendido la idea del escritor torturado. Eso es un cliché que nació en el siglo XIX. Escribir es un momento de suprema felicidad que es inaccesible para cualquier otro. En ese instante, tú eres Dios. Por eso [Friedrich] Nietzsche decía que la creación era el gozo absurdo, porque el ser humano es el único que crea desde la nada. Eso que la gente llama don o talento, es casi la última conexión que tenemos con lo divino en esta época en que nadie cree en nada.