El desafío de ser diferente en La Luz del Mundo

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2022 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — En La Luz del Mundo el rezo de los devotos se propaga a través de los templos como si fuera una misma voz. El llanto colectivo se prende y se apaga casi en automático. El vestir es una etiqueta que dice: pertenezco aquí.

En cada culto, en cada calle y en cada hogar de la comunidad, los fieles corean lo que dicte Naasón Joaquín García, el tercero de una estirpe que se dice elegida por Dios para difundir sus enseñanzas a unos cinco millones de almas bajo el título de apóstol de Jesucristo. Aunque cumple una condena de 16 años de cárcel en Estados Unidos por abuso sexual, aún creen en su palabra porque retarla sería como retar a Dios.

Para algunos ex devotos, la doctrina de esta religión fundada en México en 1926 rehúye al pensamiento crítico, la toma de decisiones al margen de la iglesia y la formación de una identidad propia. Las pautas de La Luz del Mundo dictan cómo nombrar a los bebés, cuándo llorar y cuántas horas ayunar para pedir a Dios por su apóstol encarcelado, pero no hay guía que alumbre el camino de quien decide separarse del rebaño.

Éstos son los recuerdos de tres mujeres que trataron de nadar a contracorriente y quienes pidieron ser identificadas sólo por su primer nombre para evitar posibles agresiones por sus comentarios: Bárbara, Victoria y Vee.

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Aquella tarde, el ministro entró corriendo al templo como un viento enfurecido y dijo: “Hermanos, estamos en una situación de emergencia. El apóstol necesita nuestra oración”. La escena era insólita para una iglesia cuyos protocolos tienen la precisión de un reloj suizo.

“Yo pensaba ‘se murió, le dio un infarto’. Mil cosas pasaron por mi mente, menos lo que sucedió”, cuenta Bárbara.

Y es que lo que sucedió fue la hecatombe: el siervo al que Dios le hablaba al oído estaba en manos de la policía de California por cargos de tráfico humano y violación de menores. “Nos dijeron ‘no vean noticias, no busquen en internet’. Dijeron que era pecado y blasfemia contra el Espíritu Santo ver cualquier cosa que hablara mal de él”.

Su cuerpo temblaba de miedo con cada vibración del teléfono y bloqueó toda notificación que la tentara con novedades. “No te miento: agarrar el celular era un terror de que te iba a tragar la Tierra. Eso sentía, que si veía algo me iba a ir al Infierno”.

Y así siguió hasta que un día vio algo y la Tierra no se abrió.

Aquella noticia recuperaba el testimonio de una víctima que dijo ser sobrina de Naasón. Una pregunta llevó a otra y el muro de certezas que protegía su fe cayó. “Ésa fue la puerta para empezar a abrir los ojos y cuando se declaró culpable dije: ya no”.

Acudir a su esposo no salió como esperaba. “Él se cerró. Llegó un punto en que me dijo: ‘Ya no quiero que me digas nada. No voy a pelear contigo, pero no toques el tema’. Él dice que todo es mentira. Ahí fue cuando nuestro matrimonio empezó a tambalearse”.

Tras la sentencia de Naasón le dijo a su marido que dejar la iglesia era un punto sin retorno. Él titubeó, pero rehuyó la separación y a la fecha sólo él y su suegra conocen su decisión.

Aunque poco a poco ha reparado la relación consigo misma, aún le falta enmendar sus vínculos con Dios. “No he tratado de buscarlo, de hacer esa oración íntima que te lleva a él. Cuando empecé a abrir los ojos recuerdo que lloraba mucho y le pedía: ‘Señor, si este hombre (Naasón) es malo, ábrele los ojos a mi esposo’. Era mi oración constante y verlo todavía pegado a esto, fanatizado, me genera tristeza. ¿Entonces dónde está Dios?”.

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Victoria tenía un truco para salirse con la suya: cuando se cortaba el pelo a los 15 años, entraba al templo con la cabeza echada ligeramente hacia atrás para que los mechones bajaran unos centímetros y pudiera despistar al enemigo.

Su cotidianidad no fue la de una nueva generación que puede asistir a fiestas, maquillarse o ver telenovelas. Ella vivió medio siglo en el mundo del no: “no” al teatro, “no” al baile, “no” a las faldas ajustadas. Para estudiar la universidad se mudó de país y empezó a vivir sola, pero la doctrina la siguió como su sombra. “Siempre tratas de hacer lo correcto. No te desvías porque piensas ‘Dios me va a castigar’”.

Sus primeras rebeldías fueron comprar boletos para el cine y celebrar el fin de su último semestre en una reunión con amigos vistiendo jeans. “Mi actuar era dentro de las reglas que te estipulan. Te dicen que tienes libre albedrío, pero eso es contradictorio. Cuando te unes a la iglesia estás crucificado. Te dicen: ‘crucifica tus deseos carnales porque debes estar crucificado como Cristo’”.

El lenguaje construye realidades y La Luz del Mundo se hace de siervos hasta para atender el teléfono. “La persona ideal es la que está a disposición del ministerio. Cuando llaman, tú debes responder ‘heme aquí’. Siempre ‘heme aquí’, para lo que sea”. Y ella estuvo. Ahí. Para lo que fuera, durante casi 50 años. No fue sino hasta el arresto de Naasón que decidió dejar de estar.

“Este hombre desgració muchísimas vidas. Nos tuvo esclavizados”.

Su nombre no es Victoria, pero pide guardar su identidad porque tras la detención dejó la iglesia y no quiere perjudicar su paz. “En tu reportaje llámame Victoria, porque así se siente haber conseguido la libertad”.

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Hubo un tiempo en que el corazón de Vee latió más por su apóstol que por ella.

El remordimiento que sentía por ser quien era se volvió tan inmenso que aquella noche le hizo una propuesta a Dios. “Me hinqué, lloré y lloré y dije: ‘Señor, llévame a mí en vez de a él. Fue mi culpa. Por mi culpa está enfermo. Dale a él la vida que necesita y llévame a mí’”.

En la doctrina de Samuel, segundo apóstol de La Luz del Mundo y padre de Naasón, no había lugar para Vee. La devoción al siervo era bienvenida, pero el amor de una mujer a otra mujer, jamás.

Minutos antes de haber hecho esa oración, Vee estaba lejos del templo. Intentaba reconstruirse en un mundo en el que su identidad de género no fuera pecado, pero su madre llamó: “Tu apóstol está muy mal”. Y ella volvió.

Vee fue una entre miles que rezaron en vela ante la certeza de que el final estaba cerca. Samuel aseguró por años que con su último respiro los “llevaría con Cristo”, así que con su muerte ellos tendrían que morir. “Amanecí pensando: ‘nos va a llevar, me voy a ir al infierno’”. Pero nada ocurrió.

Vee no se sintió a un paso de las tinieblas por obra del Diablo, sino porque su religión la condenó.

En esa iglesia que tanto quiso y en la que todos se llaman “hermanos” nunca hubo un soplo de aliento para Vee. Tenía 17 años cuando un ministro la interrogó sobre una vida sexual que no sólo debía ser privada, sino que ella desconocía, y le arrebató la única “bendición” que la mantenía a flote. Primero perdió su trabajo en el coro; luego la relación con su familia, el amor por sí misma y su fe.

Ahora un zurcido invisible subyace a sus palabras. Le tomó 13 años reparar lo que su iglesia rompió. Poco a poco volvió a hablar con su madre. Poco a poco sanó.

“No hay nada malo conmigo, nunca hubo nada malo conmigo. No soy vómito. Nunca lo fui. Hablar de mí no me gustaba, pero ahora siento que el universo me preparó para hacerlo. Puedo ser feliz con quien yo quiera, conmigo misma, que es lo más importante. Es muy emocional para mí porque no lo había podido hacer en todos estos años. Siento tanta felicidad de poder decir: ésta soy yo, y eso está bien”.

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Foto: Refugio Ruíz

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La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable del contenido.

La Luz del Mundo sigue fiel a su líder tras años de cárcel

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2022 (link aquí)

Adentro del templo no queda espacio para nadie, pero cuando la voz del apóstol rompe el silencio y sus devotos la reconocen, entre las filas de hombres y mujeres se hace un lugar para el llanto.

Las palabras de Naasón Joaquín García despiertan sollozos dentro y fuera de un santuario en el que su ausencia entristece la noche. Él es quien suele presidir la festividad más sagrada de la iglesia La Luz del Mundo en Guadalajara, al occidente de México, pero el mensaje que transmite en esta Santa Cena proviene de la cárcel. 

“Yo no veo una celda de cuatro paredes. Yo no veo los barrotes que me separan de vosotros. Yo veo vuestros hermosos rostros. Veo esta hermosa fiesta porque vosotros sois los hijos de Dios”, dice Naasón en una llamada desde Los Ángeles, donde cumple una condena de 16 años de prisión tras haberse declarado culpable de abusar sexualmente de tres menores.

Al escucharlo casi todos cierran los ojos. Muchos levantan el puño. Varios lloran arrodillados. 

El mexicano de 53 años fue arrestado en 2019 en California y enfrentó más de 20 cargos penales por tráfico de personas y producción de pornografía —entre otros delitos—, pero tras hacer un trato con la fiscalía en junio de 2022 ésta desechó 16 señalamientos ante la mirada atónita de las víctimas, que sin éxito pidieron al juez una sentencia más larga. 

Una nueva demanda se presentó el 8 de septiembre a nombre de las cinco demandantes originales, que se identifican bajo el pseudónimo de Jane Doe. Ésta señala a Naasón de haber condicionado a las víctimas para servirlo por encima de todo, lo que habría resultado en abuso sexual contras ellas durante años. El documento añade que otros miembros de la iglesia fueron cómplices.

Algunos fieles consideran que el proceso contra Naasón fue injusto y La Luz del Mundo aseguró en un comunicado que se “escondieron, fabricaron y alteraron pruebas”, lo que habría impedido que la defensa refutara los alegatos de las denunciantes. Según el texto, él asumió la culpa para proteger a la comunidad y a su familia de “acusaciones infundadas” y mientras esté en prisión continuará “cumpliendo la misión de Jesucristo”.

Al término de la Santa Cena del 14 de agosto, ataviado con esmoquin blanco, Phares Ruiz dijo a The Associated Press que sus antepasados han pertenecido a la comunidad por tres generaciones y que los hijos que aún no tiene encabezarán la cuarta. El salvadoreño de 42 años viajó casi 2.000 kilómetros para asistir a este culto en el que se comparte pan y jugo de uva para conmemorar el sacrificio de Jesús. Aunque afirma que la ausencia de Naasón se siente como la falta de un familiar, hay que seguir adelante porque “el apóstol de Jesucristo en ningún momento manifiesta tristeza”.

Para los fieles de esta iglesia cristiana fundada en el estado mexicano de Jalisco en 1926, el liderazgo de su apóstol no está en duda. Lo consideran un elegido por Dios para predicar su palabra y lo que diga es incuestionable porque no es él quien habla, sino Dios. 

Según Phares, mientras Naasón se mantenga “firme en sus convicciones” seguirá dando frutos a su congregación.   

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Al caminar por algunas aceras de Hermosa Provincia uno podría pensar que se trata de un barrio cualquiera, pero en la sede de La Luz del Mundo todas las calles llevan a Dios. 

Para la comunidad esto no es una metáfora. Jericó, Belén y Nazareth son algunos nombres de las vías que vistas desde el cielo forman una figura geométrica cuyas líneas convergen en una glorieta donde se ubica un templo blanco de más de 80 metros de alto. 

En el área que abarca unas 14 hectáreas los habitantes de Hermosa Provincia se reconocen como “hermanos”, viven en hogares de una o dos plantas y se cuidan entre sí. En la avenida principal algunas de las casas blancas parecen caramelos en formas de espiral, pero el resto de las viviendas son sencillas. 

Los hermanos rezan juntos por los enfermos, le han hecho un lugar a la mujer en sus cultos —permitiendo que lidere alguno de los tres oficios diarios— y durante los días que anteceden a la Santa Cena ofrecen hospedaje a quienes llegan desde lejos. Según dijo la oficina de prensa de esta iglesia a AP, en el barrio no hay delincuencia y todos se sienten protegidos. 

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Como en otras religiones, en el principio fue la voz. 

El primero que dijo haberla escuchado fue Eusebio Joaquín González (1896-1964), un militar mexicano que comenzó a predicar tras una noche en la que dijo haber recibido el llamado de Dios. Su esposa fue su primera creyente y hoy la congregación asegura tener más de cinco millones de devotos en medio centenar de naciones.

La historia cuenta que Dios pidió cambios y uno de ellos fue que el nombre de su primer “siervo” no fuera Eusebio, sino Aarón. Y así, el primer apóstol de La Luz del Mundo empezó a predicar un evangelio que según sus creyentes disgustó a la Iglesia católica. 

Para el experto en Antropología de las Religiones, Elio Masferrer, el contexto del catolicismo en México es clave para entender el surgimiento de doctrinas como ésta.

Mientras la Iglesia católica es una herencia del sistema colonial español y puede considerarse una “religión de Estado”, las insurrecciones de la población contra ella desde la Revolución (1910-1917) dieron paso a otras propuestas religiosas que debilitaron el monopolio del catolicismo. 

Diversos medios han catalogado a La Luz del Mundo como “evangélica” o “pentecostal”, pero sus miembros la identifican como una iglesia cristiana cuyo fundamento es Jesucristo. Según Masferrer, su doctrina busca “la restauración de la Iglesia cristiana primitiva cercana a la teología de los arrianos, una propuesta de interpretación bíblica que dice que Jesús no nace Dios, sino hombre y se convierte en Dios después”.

Por ello, agregó Masferrer, para los fieles el apóstol Aarón y sus sucesores —su hijo Samuel y su nieto Naasón— son “figuras mesiánicas, prácticamente un Dios vivo”. 

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Los hermanos de Hermosa Provincia se conocen tan bien que es fácil identificar a los “gentiles”, como llaman a quienes no forman parte de la congregación. Algunos sonríen y dan la bendición a los forasteros. Otros desvían la mirada o los observan con recelo. 

Actualmente no se permite que la prensa ingrese a los cultos o tome fotografías en el interior de los templos y las entrevistas son controladas. Desde el arresto de Naasón la comunidad ha sido hostigada y el equipo de comunicación de la Iglesia dice que no pueden darse declaraciones oficiales sobre el caso porque hay una demanda civil en curso. 

Esta no es la primera vez que los devotos se sienten amenazados. Sin un templo donde profesar su fe, argumentando que él y los suyos eran discriminados y perseguidos en los años 50, Aarón invitó a los primeros creyentes a adquirir un terreno a las afueras de Guadalajara.

De esa compra comunitaria nació Hermosa Provincia, donde los hermanos edificaron su propio templo, pavimentaron sus banquetas y construyeron sus hogares. Después adquirieron otra parcela para sus muertos, pues se sentían rechazados en los cementerios católicos. 

Hoy Hermosa Provincia tiene sus propias cafeterías, negocios de abarrotes, clínicas, una biblioteca, un centro recreativo donde se inaugurará un museo y una tienda que vende biblias, libros de alabanzas y juegos de destreza de contenido religioso para niños. De las paredes también cuelgan fotografías de un Naasón alegre y con esmoquin. 

La Luz del Mundo prohíbe las imágenes de Jesucristo, pero las familias tienen fotos del apóstol en casa. Algunos cuelgan mantas con su retrato en el balcón y otros enmarcan su sonrisa en un librero. Según dijeron varios fieles a AP, no lo veneran como a Dios, sino que lo aprecian como a un familiar. 

Para Naasón la venta de su imagen deriva en ganancias: el apóstol la registró en el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial. 

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La fe de los creyentes de La Luz del Mundo no se consolida por obra divina sino tras años de recibir y repetir una doctrina que penetra hasta su espacio personal.

Cada enseñanza se traduce en algo cotidiano: en los templos las mujeres se sientan a la derecha y los hombres a la izquierda, en algunas ciudades se entrega más del 10% del ingreso mensual a la Iglesia, para explicar una conducta se citan versículos bíblicos y al apóstol no se le llama por su nombre. 

“Es una religión muy demandante en la que no es suficiente decir ‘Ya me convertí’ o ‘Ya me bauticé’. Debes seguir ciertos pasos para probar tu lealtad y demostrar que el cristianismo ha cambiado tu vida”, explica a AP la especialista en asuntos religiosos de la Azusa Pacific University, Arlene M. Sánchez-Walsh. 

Para algunos jóvenes, memorizar cantos que honren al apóstol, leer la Biblia antes de dormir, asistir a un culto diario y no casarse con “gentiles” no son consejos, sino reglas que los padres imponen bajo la advertencia de que no acatarlas implica condenarse. “Esto se hace para demostrar que, aunque eres parte de este mundo, has aceptado una forma de vida muy particular porque eres cristiano y debes vivir como tal todos los días”, añade la experta.

También hay quienes abrazan su doctrina con devoción. Sara Pozos, de 49 años, piensa que su relación con Dios se ha fortalecido con los años y lo atribuye a un proceso de maduración religiosa.

“Lo que le decimos a la gente cuando nos señala de fanáticos es que el ejercicio de nuestra fe es racional», dice. “El ejercicio de la libertad no está peleado con de la fe. Yo soy muy feliz. No hay nada que haga de manera obligada. Cuando uno está convencido de su fe y de que esa fe no significa un golpe a tus derechos, entonces vives en plena libertad y en plena felicidad”.

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En La Luz del Mundo la doctrina se adquiere desde la cuna. Los padres suelen dar nombres bíblicos a sus hijos, como Silem o Hiram para los niños y Esther o Dánae para las niñas. Más tarde, a los 40 días de nacidos, los llevan hasta el templo para presentarlos ante Dios y prometer que los educarán para seguir su camino. 

La obligatoriedad de lo que ocurre después es difícil de determinar. Aunque personas que abandonaron la comunidad manifiestan en redes sociales que la presión de lo que se debe y no se debe hacer resulta insoportable, algunos miembros activos afirman que nada se impone ni se castiga. Aquí, dicen, se puede escuchar todo tipo de música y ver cualquier contenido televisivo. Se puede leer libros y viajar. Se puede cuestionar. 

Siempre sonriente, con un vestido largo de flores anaranjadas y el pelo negro recogido en un moño, Sailem Castillo cuenta a AP que su iglesia no le impone reglas, sino que le aconseja cómo “mantener una vida decente” en la que una mujer no bebe alcohol ni sale con muchos hombres. 

Como todas las hermanas en Hermosa Provincia, suele usar vestidos y faldas que no se ajustan al cuerpo, evita el maquillaje excesivo y los aretes y tiene el cabello largo. Así lo estableció Pedro en la Biblia. La mujer debe estar “sujeta” a su marido. Su conducta debe ser “casta y respetuosa”. Su atavío debe evitar lo ostentoso y distinguirse de lo masculino. 

A la comunicóloga y recién casada de 25 años le ilusiona trabajar y viajar y dice que su fe es mera convicción. Actúa “por el bien de su alma” porque al rehuir el pecado también elude ofender a Dios. Asegura que su Iglesia le da paz, aunque reconoce que hay quienes caen en el “extremismo”, lo que perjudica a su comunidad. 

“No todos somos iguales”, dice Sailem.

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Quienes nacen en la comunidad se bautizan a los 14 años porque, según La Luz del Mundo, eso les permite decidir con plena conciencia si reafirman o abandonan su fe. No obstante, varios ex devotos relatan que en su caso no fue opcional o que no comprendían lo que implicaba. 

Antes del bautismo, en un ritual conocido como los avivamientos, los menores pasan días de rezo, ayuno y llanto dentro un templo para recibir al Espíritu Santo. Los avivamientos, el bautismo y la participación en la Santa Cena se consideran requisitos para heredar la vida eterna e ingresar al Cielo. 

Los avivamientos consisten en repetir “Gloria a Cristo” una y otra y otra vez. 

Gloria a Cristo.

Gloria a Cristo.

Gloria a Cristo.

Arrodillados, sin descansar ni tragar saliva durante horas mientras otros oran y cantan y esperan lo impensable: que algún ministro con una vida ejemplar escuche al adolescente “hablar lenguas” para atestiguar que el Espíritu Santo entró en él. 

Una mujer de 50 años que formó parte de la Luz del Mundo relata a AP que durante ese ritual se imparten sermones que denigran a los jóvenes. “Dicen que no somos nada, que somos lo peor, que debes humillarte. Despojan a la persona de ese sentimiento de humanidad y lo hacen sentir lo peor porque es una forma de —supuestamente— humillarte ante Dios y que así él se compadezca y te dé el Espíritu Santo”. 

La entrevistada, que se distanció de la iglesia tras el arresto de Naasón, habló bajo condición de anonimato para evitar conflictos con su familia y otros feligreses. Otros como ella han relatado públicamente que la presión de esta ceremonia es brutal. Las rodillas sangran, el cuerpo se agota, los ojos arden de tanto llorar.

Para Raquel Haifa, de 43 años, los avivamientos fueron una situación traumatizante que considera un “abuso” porque los menores no pueden negarse a participar. “¿Te imaginas la carga mental? Yo tenía 14 años y me hicieron pasar por eso por horas”, dice a AP desde Texas. 

“En dado momento, ¿sabes lo que hacía? Yo sí lloraba, pero de terror, porque decía ‘Dios, sácame de esto, haz que pase este tiempo rápido’”, agrega. “Miraba a los demás y tenían los ojos cerrados. Yo estaba ahí con mi chalina, hincada y los hermanos gritando y llorando y lamentándose. Cada que abría los ojos los veía ahí arrastrándose en su propia saliva”. 

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Una escultura que forma la palabra “INOCENTE” atraviesa la calle principal de Hermosa Provincia y expone en letras moradas el único veredicto aceptable para Naasón y sus fieles.

Nada en La Luz del Mundo es más preciado que la palabra del apóstol. Para él se escriben cantos y se entonan alabanzas. Se comercializan sus iniciales en tazas, llaveros, postales y libretas. Con tal de asistir a su Santa Cena, algunos renuncian a sus trabajos o faltan a la escuela. Por él se cruzan ciudades para pedir su bendición.

Cada apóstol de la familia Joaquín ha interpretado la religión a su manera —lo que ha flexibilizado o endurecido la doctrina— y en consecuencia ha transmitido su propia versión de la realidad a la feligresía. 

Miles crecieron pensando que el padre de Naasón, Samuel, “los llevaría con Cristo” y esperaron su muerte aterrados ante la idea de dejar este mundo con él. Cuando Naasón tomó el poder, en cambio, dijo que la Biblia era letra muerta o “basura” y eso zanjó el asunto: lo único cierto sería lo que esté en boca del “siervo de Dios”. 

El día que Naasón fue condenado, una de las denunciantes identificada como Jane Doe 4 dijo que “veneraba a su abusador”. Previamente los fiscales aseguraron que él se había aprovechado de su influencia espiritual para cometer los abusos y el juez Ronald Coen declaró que nunca dejaría de sorprenderle “la cantidad de vidas que son arruinadas con la excusa de un ser supremo”.

El caso también ha dejado huella en quienes se han distanciado de esta iglesia. En un episodio de un podcast que titularon “Salí de una secta”, Ada Camarena y Lo-ami Salazar relatan que el tema es doloroso a pesar de llevar tres años fuera. “Es muy difícil oír esto después de que te dijeron toda la vida que era un lugar bonito y seguro. Hermosa Provincia era mi lugar feliz y saber que existían estos abusos ahí, en mi lugar feliz, en mi lugar seguro, es horrible”, dice Lo-ami.   

Como otros ex devotos, ellas hablan de sus experiencias para intentar sanar. A quienes comparten su sentir públicamente se les agrede y acusa de mentir o lucrar a costa de su religión.

La profesora Sánchez-Walsh explica que en religiones como ésta se crea un espacio donde sólo la Iglesia contiene la verdad. “En el diálogo interno, el mundo exterior no es confiable y quienes no aceptan tus creencias están mal, así que si no logras convertirlos tu deber es alejarlos”.

La devoción de los feligreses es el cimiento de La Luz del Mundo. Son ellos quienes viajan para difundir la doctrina, mantienen la asistencia a los cultos, costean y atienden las vendimias que exige el pastor, defienden su fe ante los incrédulos y pagan por las remodelaciones de sus templos. Gracias a ellos, cuando una comunidad crece y el espacio para orar es insuficiente, el recinto se derriba y se erige uno más grande en su lugar. 

Al caminar por Hermosa Provincia se escucha un sentir colectivo: al inculparse, el apóstol de Jesucristo tomó una decisión “valiente” y su ejemplo los ha unido. Ahora son más fuertes, se reconstruirán como sus templos y honrarán aquello que les dio nombre en la Biblia: “Vosotros sois la luz del mundo”. 

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Foto: Refugio Ruiz

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La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable del contenido.

La satisfacción de visitar pacientes a domicilio en Uruguay

Originalmente publicado en The Associated Press, junio de 2021 (link aquí)

MONTEVIDEO (AP) — Puede que el cubrebocas que oculta la mitad de su rostro evite que sus pacientes sepan que les dedica una sonrisa, pero sus manos no mienten. Ella los toca con cuidado y paciencia para medir su temperatura corporal, registrar su oxigenación, evaluar qué seguimiento amerita su caso y a veces hace algo más: los escucha y consuela en tiempos de COVID.

Carolina Moreira -uruguaya, 31 años, madre de un niño de 3- no teme el contacto físico con un paciente contagiado del nuevo coronavirus. Dice que el miedo se queda afuera cuando se viste con su equipo de protección personal y armada con bata, guantes, gorro, barbijo y careta visita pacientes a domicilio en medio del peor pico de contagios y muertes ocasionados por la pandemia en Uruguay.  

“Me ofrecieron el radio (ser médica a domicilio), decidí probarlo y me encantó. Tengo al paciente ahí, puedo auscultarlo y me encontré con cosas más allá de lo que imaginaba, que era controlar la saturación (de oxígeno) y temperatura. La verdad es que metiéndose en la casa de las personas uno encuentra un montón de problemáticas y le devuelven cosas muy lindas los pacientes”, explicó Moreira a The Associated Press.  

En Uruguay hay dos tipos de servicios de salud: público y privado. Moreira trabaja en este último en el Centro de Asistencia del Sindicato Médico del Uruguay, conocido como CASMU, que funciona a través del mutualismo, es decir, contribuciones que los uruguayos hacen de manera periódica para acceder a los beneficios cuando lo requieran.  

La experiencia de Moreira con personas infectadas con el virus que ha llevado a Uruguay a convertirse en uno de los países con más muertes por millón de habitantes -según Our World in Data- ha variado durante la pandemia. En 2020, como médico general, laboró en la salud pública y atendió a contagiados en el área de emergencias. Desde ahí atestiguó el aumento de los hisopados positivos y colegas infectados. La sobrecarga de trabajo comenzó a volverse agotadora y por momentos tuvo que hacer los pendientes de dos o tres compañeros. 

Ahora, mientras completa un posgrado en fisiatría -especialidad que se ocupa de la rehabilitación de personas con patologías motoras-, sus jornadas se dividen entre contactos telefónicos y visitas domiciliarias.  

El CASMU funciona de 8 de la mañana a 10 de la noche y los médicos se reparten en dos turnos de siete horas. Un grupo atiende las llamadas de unos 20 o 25 pacientes y el resto sale a las consultas. “A veces son pacientes jóvenes y el control es muy simple, toma poquitos minutos, y a veces nos encontramos con situaciones complicadas desde el punto de vista respiratorio o apuntando a la parte psicoemocional, que a veces es muy fuerte para los pacientes y en los contactos que tienen con nosotros lo expresan”, señaló Moreira.  

A ella le gusta rotar entre ambas funciones y disfruta el contacto cara a cara. “Me faltaba un poco el paciente presencial y poder auscultarlo”, relató.  

Cuando a un médico del CASMU se le asigna una visita a domicilio lo acompaña un chofer, las ambulancias sólo se desplazan cuando hay que transferir a enfermos graves. Una vez en ruta, Moreira cuenta con el historial médico de la persona y al llegar a su casa arranca el chequeo de rutina: le pone el termómetro, le explica cómo usar el saturómetro y le pregunta a su paciente cómo se siente. Dependiendo del caso, toma la presión, mide glucosa, pide que un enfermero acuda para obtener una muestra de sangre o solicita un traslado para tomar una placa. A veces se retira y deja indicaciones para continuar el seguimiento vía telefónica. En otras ocasiones, acompaña a sus pacientes y platica con ellos.  

“Me ha pasado que la gente no se quiere trasladar. No quieren ir al hospital porque no quieren estar internados porque piensan que van a morir, entonces ahí entran en juego un montón de sentimientos. Con habilidades comunicacionales hay que explicarles qué es lo mejor para ellos”, dijo.  

A algunos no sólo los ataca el virus, también la soledad. “He atendido a gente muy mayor que hace un año y algo no ve a su familia, gente muy sola, y con el COVID no los va a visitar nadie”, explicó Moreira. “Entonces, aunque nos tengamos que poner todo el EPP, equipo de protección personal, poder entrar y agarrarle la mano a un paciente, preguntarle cómo está y escucharlo… Encontré ahí una parte muy linda de mi carrera”.

Tras haber logrado reducir la movilidad sin imponer cuarentenas y un buen control de la pandemia durante 2020, era difícil anticipar que Uruguay surcaría este año con al menos 298.000 infectados y 4.300 fallecidos, pero Moreira nunca descartó tratar casos complicados y aseguró que no le da miedo contagiarse. 

Al salir de cada visita se despoja de su equipo de protección y el chofer que la acompaña la rocía con alcohol. Al finalizar la jornada vuelve al CASMU a bañarse, se pone ropa limpia y se va a casa sin pensar en el trabajo. “La cuota de miedo y pánico no me lleva a ningún lado y la verdad siento que entrando a las casas con el EPP puesto, el riesgo de contagio es menor que el que vivo a diario yendo al supermercado o en las actividades del día a día”.  

En un mundo con más de 171 millones de casos registrados, miles de unidades de cuidados intensivos desbordadas y decenas de países en cuarentenas obligatorias, Moreira se muestra más sensible ante la posibilidad de ayudar a sanar la salud física y emocional de sus pacientes que ante el riesgo de formar parte de las cifras de fatalidades. “La gente te dice ‘no toco a alguien por más que tengas dos pares de guantes’. Dar la mano, sostener un hombro… son cosas que realmente necesitamos como humanos y al poder hacerlo, me siento en un lugar de privilegio”.  

Foto: Matilde Campodónico

El pingüino Álex, un aleteo de felicidad en acuario mexicano

Originalmente publicado en The Associated Press, enero de 2021 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Él solo, sin la ayuda de quienes le esperaban ansiosos y con todo el ímpetu que le permitió su pequeño pico, Álex rompió su huevo hace poco más de un mes y hoy tiene a México con una sonrisa de oreja a oreja.

Justo en el momento en que los mexicanos necesitaban alguna buena noticia, el primer pingüino gentoo nacido en el país daba pasitos frente a la prensa que el miércoles lo esperaba con sus cámaras en mano al interior del Acuario Inbursa. El resto de los entusiastas que quieran conocerlo tendrán que esperar debido a las restricciones impuestas en la capital tras un incremento de contagios en medio de la pandemia del nuevo coronavirus, pero Álex ya los aguarda dando aleteos alrededor de pelotas multicolor dentro del hábitat que sus cuidadores crearon para él.

Lograr la reproducción de un pingüino como Álex es todo un reto, pero en este caso se logró gracias a un trabajo arduo de años, cuenta a The Associated Press Patricia Velázquez, médico responsable del área de pingüinos del acuario. Desde que los primeros ejemplares de la especie llegaron a finales de 2014, ella y los otros cinco miembros del equipo se preocuparon por crear las condiciones ideales para lograr su reproducción, como la temperatura, la luz y la alimentación.

En Ciudad de México la luz del sol se suele despedir de las ventanas entre seis y siete de la tarde, pero Álex no le dice adiós más que una hora por día, cuando procuran la noche para él. Patricia explica que esto se debe a que ella y su equipo hacen todo lo posible por reproducir el “fotoperiodo” que este pingüino bebé requiere para desarrollarse adecuadamente. Su alimentación tampoco es casual: el paladar de Álex es exigente y él sólo come pescado que le traen de Canadá.

El proceso para el nacimiento de un pingüino arranca con la formación de nidos y parejas, lo que en este caso ocurrió en 2018, según explica Patricia. “En 2019 tuvimos la primera puesta de huevos, pero ninguno fue fértil, y en 2020 fue cuando tuvimos la primera eclosión de un polluelo”, agrega. “Él empezó a picar el huevito, salió completamente solo. Si hubiéramos visto algún problema, hubiéramos intervenido como equipo para auxiliar al equipo”. Ahora Álex es su orgullo y tanto ella como sus compañeros hablan con gusto sobre él.

Una falla en la temperatura del espacio de un pingüino en un acuario podría provocarle enfermedades e incluso la muerte, pero hasta el momento Álex “ha crecido perfectamente”, dice Patricia. Tanto su papá como su mamá, Beto y Mari, lo han recibido bien. “Han hecho un excelente trabajo como padres”, añade la experta. “No hemos tenido que intervenir mucho. Lo cuidan demasiado desde que estaba en el huevo, para incubarlo, y hasta ahorita que tiene un mes y cachito”.

El nacimiento de Álex también representa alegría para los expertos porque su especie está amenazada. Antonio Martínez, biólogo y gerente regional de Acuarística, dijo a la AP que la reproducción de estos pingüinos juega un papel importante en su conservación, que pende de un hilo debido a la amenaza del cambio climático. Para el acuario es importante este tema y “desde hace cinco años tiene un programa de conservación donde nos hemos dedicado a reproducir diez especies de diferentes organismos, que incluye dos de anfibios, peces, reptiles, corales, medusas entre otros”, explica Antonio.

Los planes para Álex en el futuro no se han definido por completo, pero hasta el momento se tiene pensado que el acuario continúe siendo el espacio para él. En vida silvestre estos ejemplares suelen vivir de 15 a 20 años, pero en cuidado humano pueden vivir hasta 40: otra buena noticia para los futuros visitantes de Álex, a quiénes una vez superada la pandemia recibirá con las aletas abiertas.

Foto: Rebecca Blackwell

La inusual historia del chile mexicano que no pica

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Hay algo que provoca un estremecimiento cuando la lengua se baña por primera vez en un bocado de chile en nogada. Con la mordida inicial cruje su piel salada, el fruto dulce de la granada que lo cubre estalla entre los dientes y ambos sabores bailan en la boca. Casi al instante, la cremosidad de su salsa de nuez envuelve la textura de su carne y justo cuando el paladar se pregunta “¿¡qué delicia es ésta!?”, las especias brotan y los sentidos piden más.

Este coctel de sensaciones no se produce en cualquier cocina. Sus dimensiones no rebasan la palma de una mano y su relleno consta de un solo guiso, pero la especificidad de sus ingredientes y las horas requeridas para prepararlo convierten al chile en nogada en una de las joyas de la gastronomía mexicana y rey de los comedores durante las fiestas patrias de septiembre. Por ello, sólo algunos chefs y entusiastas de las recetas más complejas de México afilan cada año sus cuchillos y su paciencia para dedicar hasta dos días a rellenar las barrigas huecas de estos chiles que no pican.

Una sonrisa surca el rostro del chef Alejandro Cuatepotzo cuando uno elogia el balance entre lo dulce y lo salado de los chiles en nogada que cocina en Arango, el restaurante que abrió en 2018 en Ciudad de México. Mientras dura la temporada _de julio a septiembre_, sirve hasta cien de estos platos semanalmente y para ello su equipo de 14 cocineros dedica ocho jornadas mensuales a preparar una receta que data del siglo XIX y en su caso emplea 30 ingredientes.

Cuatepotzo y los chiles en nogada nacieron en el mismo sitio: el céntrico estado de Puebla. Las versiones sobre el origen del plato varían, pero Ricardo Muñoz Zurita –otro mexicano que además de chef es erudito de la comida local– asegura que se sirvió por primera vez el 28 de agosto de 1821. Ese día, explica, el comandante Agustín de Iturbide acababa de firmar un tratado gracias al cual México logró independizarse de España. El documento se suscribió en el estado de Veracruz, pero en su camino de regreso a la capital Iturbide paró en Puebla y las monjas de un convento lo recibieron con chiles en nogada para celebrar el fin de la colonia. Por ello, dice Muñoz Zurita, no es casual que el plato comparta los colores de la bandera: verde, blanco y rojo.

Aquella receta no sólo sacudió el paladar de Iturbide, quien quedó tan prendado de ella que pidió volver a probarla en Ciudad de México. Desde hace casi 200 años, cuando por primera vez se deslizó sobre un plato de cerámica poblana, este chile se ha posicionado como favorito de muchos. Según el chef Muñoz Zurita, es casi “mítico” porque es un producto efímero: sus ingredientes clave sólo están disponibles tres meses por año y en consecuencia no debería cocinarse fuera de este periodo.

Durante estas fechas algunos mexicanos los evitan porque les desagrada el contraste entre sus sabores, pero en general despierta una fiebre que tapiza las redes sociales de quienes los fotografían antes de devorarlos y lleva a todo tipo de restaurantes a incluirlos en sus menús. La tendencia ha cobrado tal fuerza que en un intento por no quedar fuera, varios acuden a fórmulas sui géneris: mientras una heladería promociona su sabor de “nogada” _hecho con nuez, queso, jerez, leche y azúcar_ una hamburguesería lo ofrece aplastado entre dos panes y hojas de lechuga.

En Arango, un sitio para clase media-alta en el centro capitalino, el chef Cuatepotzo prepara un chile en nogada tradicional _es decir, que ajusta sus ingredientes y elaboración a lo que Iturbide habría comido_ y otro relleno de atún para quienes prefieren las notas saladas. Sin embargo, asegura, 75% de sus clientes elige el primero. “Es un plato que tiene mucha mística, mucho carácter”.

Para él, la clave del sabor equilibrado del producto final está en el cuidado al ensamblar ingredientes que sólo se consiguen en suelo poblano. Por ello, el costo de estos platos suele duplicar los de otras opciones del menú. Mientras que en Arango asciende a 350 pesos (17 dólares), en comedores populares ronda los 150 pesos (siete dólares). En estos últimos, los elementos más costosos y difíciles de conseguir _como las nueces de Castilla o los piñones_ suelen reemplazarse por otros más baratos y accesibles.

Cuatepotzo y Muñoz Zurita coinciden en que los chiles en nogada forman parte de la memoria histórica nacional y por ello hay que evitar sustituir ingredientes para cocinarlos fuera de temporada o someterlos a variaciones exageradas con tal de servirlos hasta en conos de helado.

“Para mí es un plato muy importante, lo hago con mucha fe y ahínco”, dice Muñoz Zurita. En sus restaurantes Azul _donde comerlos es una ceremonia que incluye mantel y vajilla especial_ ofrece cuatro tipos de relleno y cuatro nogadas, como se denomina a la salsa que los cubre. Según explica, confeccionar recetas similares a la que probó Iturbide es viable porque autoridades e investigadores conservan copias de recetarios de la época.

Fuera de los reflectores de la escena gastronómica, pocos conocen estos documentos, pero eso no impide que los chiles en nogada cobren protagonismo en sus cocinas. Desde su hogar en la periferia de la capital de México, Ángeles Ibarra lleva 25 de los 67 años que tiene de vida cocinándolos cada septiembre, y en su familia su sazón se volvió tan añorado que en una misma tanda llegó a cocinar hasta 130. “Son muy laboriosos”, reconoce, pero el proceso es especial para ella, pues lo comparte con su hija y sus nietas.

En una hojita escrita a mano, el chef Cuatepotzo me envía su propia receta: diez kilos de carne, otros tantos de fruta y varias horas con un mandil al cuerpo. Entre los ingredientes es posible reconocer algunos que pueden comprarse en cualquier supermercado _res, cerdo, jitomates, cebollas, higos, canela, tomillo, orégano_ y otros que pocos tendrían en su alacena, como “manzana panochera”, “pera lechera” y “durazno criollo”, que sólo nacen en el municipio poblano de Calpan y él compra a productores locales para mantener con vida a los árboles que llevan más de dos siglos viéndolos crecer.

Cada fruta se pela y se pica una noche antes de arrancar la preparación. La mañana siguiente inicia sazonando la carne con especias y agregándola a una olla con aceite para freír. La fruta se añade según su grado de dureza, vigilándola para que no se bata en un proceso que dura cinco horas. Los últimos en incorporarse son el plátano y el durazno, por su suavidad. Poco antes del segundo proceso de cocción _que dura unos veinte minutos y se le llama “ahumado”, pues cocina con humo_ se agregan más especias y fruta cristalizada. En paralelo se prepara la nogada licuando nuez, queso de vaca y oveja, leche, jerez, azúcar y canela, y se alistan las semillas de granada, que junto con la nogada cubrirán al chile al emplatar y servir a temperatura ambiente.

Cuatepotzo dice que la preparación es lenta porque cada ingrediente exige su tiempo para soltar su sabor.

La espera más larga es para el cuerpo vacío del chile, que para ser rellenado pierde sus semillas y con ello casi todo su picor. La receta emplea chile poblano _el tercero más producido en México después del jalapeño y morrón, según datos oficiales_, y para el chef Muñoz Zurita es “el ingrediente rey de la cocina mexicana”, pues se come en rajas, salsas y como plato principal.

Hay algo que estalla cuando uno muerde el primer trozo y los dientes lo rasgan. Por la boca va y viene lo crujiente y lo cremoso; su dulzor y su sal. El chef Muñoz Zurita dice que el chile en nogada sólo puede llegar hasta nuestros paladares gracias a una coincidencia maravillosa que involucra manos e ingredientes mexicanos en un mismo tiempo y lugar. Todo eso estalla también en la boca al comerlo: esa maravillosa coincidencia entre su origen, su historia y su sabor.

Foto: Rebecca Blackwell

Coincidencia entre colombianos divididos: no más violencia

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2019 (link aquí)

Por César García y María Teresa Hernández

BOGOTÁ (AP) — El penúltimo día de agosto, mientras la prensa del mundo daba seguimiento a la noticia de un posible rearme de la guerrilla más antigua de América Latina y los analistas se preguntaban qué había salido mal tras el acuerdo de paz firmado en 2016 entre el gobierno y la guerrilla de las FARC, la sangre hervía en Colombia.

Aquel no era un viernes cualquiera. Cincuenta y dos años de conflicto armado interno dejaron heridas que aún no cicatrizan en la mente de muchos colombianos –262,000 muertos, 60,000 desaparecidos y millones de desplazados– y, tras una paz que hoy pareciera de cristal, había que hacerse a la idea de que la violencia volvía como una amenaza latente.

“¿Usted es el hijo de Juan Manuel Santos, el delincuente más delincuente de Colombia? ¿El hijo de perra que le entregó el país a la guerrilla?”. Las preguntas de una mujer enfurecida aparecieron en un video publicado en Twitter por Martín Santos, hijo del expresidente que hace tres años firmó la paz con Rodrigo Londoño alias “Timochenko”, entonces jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y actual líder del partido político formado por los rebeldes tras reintegrarse a la vida civil.

La ira y los insultos continúan durante un minuto y medio, tiempo que el hijo del exmandatario usa para ir del silencio incómodo a los comentarios irónicos y la defensa de su padre. El video, aparentemente grabado mientras Santos visitaba un negocio de comida en un centro comercial cuando la mujer lo abordó, ha sido visto por más de dos millones y medio de personas y cuenta con casi 20 mil comentarios que parecieran apoyar y destrozar a ambas partes por igual.

“Tuvo el valor de decir las cosas como son. Nuestro país fue traicionado y aún a si se enojan por que les griten la triste realidad”, escribió un usuario en apoyo a la mujer.

“No la conozco, pero expresó sin tapujos el sentir de la mayoría de lo Colombianos con el falso Nobel y su familia”, añadió otro.

“A palabras necias, oídos sordos!! Muchos seguidores de la derecha no tienen argumentos de altura para debatir y defender a su mesías, aman la guerra porque no la pelean ellos mismos”, respondió una joven en respaldo a Santos.

“La Paz no es un tratado, La Paz es un día a día que todos los colombianos debemos asimilar”, dijo uno más.

La polarización no es nueva, pero se reavivó tras el anuncio de rearme encabezado por el líder rebelde “Iván Márquez”, quien culpó al gobierno de no garantizar sus derechos políticos tras la firma del acuerdo.

En octubre de 2016, cuando la paz trató de afianzarse de manera definitiva, casi 13 millones de colombianos –de más de 34 millones habilitados– salieron a expresar su opinión en un plebiscito. El “no” ganó al “sí” por poco más de 250 mil votos y a pesar de ello se firmó un documento final –ajustado– en noviembre. El mismo mes, el Comité Noruego del Nobel convirtió a Juan Manuel Santos en el máximo laureado por la Paz y hoy está claro que para muchos colombianos el galardón fue inmerecido.

Según analistas, la paz de 2016 pudo influir en las elecciones que le dieron el poder a Iván Duque en 2018, pues durante su campaña se mostró cercano al expresidente Álvaro Uribe –férreo crítico del documento– y aseguró que ajustaría algunos puntos de éste.

Hoy no hay datos oficiales que precisen los avances en la implementación del acuerdo, pero varios coinciden en que queda camino por recorrer. El último informe de la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final (CSIVI), publicado en 2019, presenta un panorama general sobre los avances en participación política y reincorporación de los guerrilleros, solución al problema de las drogas ilícitas y la creación de un sistema integral de reparación, pero no aclara cifras o porcentajes pendientes.

“El proceso de paz se mantiene. Ha tenido dificultades, que es normal en todos los proceso de paz, pero hay ahora un momento muy fuerte para darle mayor énfasis a la implementación para que sea más integral y asegurar que se logre todas las metas que se trazaron”, dijo a The Associated Press Monseñor Héctor Henao, miembro de la conferencia episcopal y presidente del Comité Nacional de Paz.

Las autoridades han insistido en que el anuncio de Márquez fue sobre todo un golpe mediático porque hay cifras de desmovilización que revelan que la mayoría de los exguerrilleros se han acogido al acuerdo. Ariel Ávila, subdirector de la Fundación Paz y Reconciliación, dijo a la AP que las FARC operaban en 300 municipios del país y hoy sólo hay disidencias en 85. Agregó que de los 13 mil guerrilleros contabilizados hoy quedan menos de dos mil, aunque reconoce que Duque enfrenta un reto: el mandatario ha dicho que “la paz de Santos era una farsa” y si “no controla el tema de seguridad, puede quedar en la historia como el presidente que revivió a las FARC”.

Entre los colombianos el sentir oscila entre la asignación de culpas, la incertidumbre sobre el futuro del acuerdo, el potencial involucramiento de Venezuela en el apoyo a los exguerrilleros –argumento que Duque ha repetido– y el posible aumento de la violencia en el país.

En su video, Márquez reclamó el asesinato de líderes sociales y este miércoles la Organización de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Colombia lamentó las muertes recientes de cinco candidatos de cara a las próximas elecciones regionales. Paralelamente, el defensor del pueblo, Carlos Negret, dijo que se afrontan amenazas extremas en 78 municipios debido a la operación de grupos criminales.

Jaime Cifuentes, contratista de 48 años, dijo a la AP que el anuncio del rearme es desesperanzador. “Otra vez va a haber guerra, no como anteriormente ya que obviamente ellos no están tan fortalecidos como antes, pero sí va a volver la violencia”.

“Otra vez volver atrás, perder la confianza en los inversionistas, estancarse el país nuevamente… Sin ninguna duda vamos a volver a la violencia, ataques a la policía, al ejército y a toda la infraestructura económica”, convino Maritza Agudelo, asesora de bienes raíces de 43 años.

A una semana del anuncio de rearme, en Colombia vuelve a escucharse un enfático “no”, pero esta vez tiene que ver con un rechazo a volver a las armas. Una docena de entrevistados por AP –oficialistas de derecha, analistas, personas involucradas en la implementación del acuerdo y gente del común– coincide en el repudio al video de los disidentes de las FARC y –hayan apoyado o no la firma de la paz hace tres años– lamentan la polarización actual.

“Lo preocupante es que los colombianos están ahora muy divididos”, aseguró John Castaño, mensajero de 52 años.

“Es muy triste; los colombianos estamos divididos porque cada uno pensamos diferente… sólo pensamos en uno mismo y no pensamos como país. Ojala no vuelva la guerra interna a Colombia”, afirmó Aidé Ramos, ejecutiva de ventas de 45 años.

En la calle y el gobierno, la voz que más se escucha es colectiva. Eso incluye al mismo Duque, quien ha dicho que continuarán los esfuerzos por alcanzar la paz –una paz “legal”– y pide que el acuerdo a medio implementar continúe y se respete.

“El gobierno tiene que hacer seguir con el proceso con los que decidieron seguir y con los que se fueron en armas irse en armas con ellos y combatirlos. Esto no estanca el proceso. Los que se metieron ya se metieron y los que se fueron de nuevo armas es otra cosa”, dijo Iván Contreras, un arquitecto de 43 años.

Foto: Fernando Vergara

Vuelve lo siniestro en otra novela de Samanta Schweblin

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Originalmente publicado en The Associated Press, junio 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Parece inverosímil. ¿Sentirse amenazado por un osito panda? El cuerpo de peluche, los ojos bien abiertos, el curioso andar de sus rueditas mientras te sigue a todas partes como la más leal de las mascotas. Sería el muñeco perfecto de no ser porque no es un muñeco, sino un “kentuki”: un robot de moda con cámara y micrófono para que un desconocido espíe tu vida de manera remota desde que decidas abrirle la puerta.

En “Kentukis”, su segunda novela, la escritora argentina Samanta Schweblin desarrolla situaciones perversas en las que algo cercano y familiar se vuelve tan amenazante como para dejar a sus lectores con las rodillas tambaleantes.

La autora dice que para su literatura elige lo que despierta su atención en lo cotidiano. Lo siniestro, explica en entrevista con AP, le atrae “por su ruido, por la arbitrariedad con la que, como sociedad, construimos los límites entre lo que es real y lo que no lo es, lo que es normal y lo que no lo es, lo que es aceptable y lo que no lo es”.

Cada kentuki cuesta 279 dólares y se vende en tiendas de autoservicio como cualquier producto electrónico codiciado. Además de pandas, hay topos, conejos, cuervos y dragones. Su funcionamiento depende de dos individuos: el que lo compra y lo lleva a casa como un animal de compañía y el que elige “ser” kentuki, es decir, una persona que compra una tarjeta de la misma marca para conectarse remotamente a la cámara tras los ojos de la criatura y operarla para observar la vida privada de alguien más. El coctel de abuso y voyeurismo que se desencadena nutre la narrativa y mantiene la lectura entre el desconcierto y el horror.

Schweblin ha dicho que la idea de “Kentukis” surgió mientras le daba vueltas al funcionamiento de los drones, a su modo de revelar una intimidad oculta desde otras perspectivas. El nombre de sus creaciones se le ocurrió casi por azar, mientras pensaba en algo que remitiera a sus lectores a un producto popular, estrafalario, y a una marca simple pero conocida.

Con poco más de doscientas páginas y una decena de protagonistas, “Kentukis” es un libro coral. Robin es una adolescente chantajeada por un oso que le exige dinero a cambio de no publicar imágenes de ella con los pechos al aire. Alina es la pareja de un escritor y desquita sus frustraciones con un cuervo en México. Emilia, desde Perú, es una mujer sola que se encariña con la dueña del conejo que le presta sus ojos en Alemania sin imaginar los riesgos de vulnerarse así.

Por su estructura, un sutil coqueteo entre el cuento y la novela, Schweblin deja algunas historias inconclusas. Sin embargo, sus vacíos no defraudan la lectura sino que crean puntos de tensión que hacen de cada relato algo inquietante y difícil de olvidar. Dice que no podría explicar cómo se logra “esa tensión entre las palabras del que escribe y todo lo que el lector nombra en silencio, para sí mismo”, pero tiene claro que el vínculo entre su pluma y quien da vuelta a la página es lo que mantiene sus textos en movimiento: al escribir ella abre una puerta que se cierra en la cabeza de cada lector.

De inicio podría pensarse que la novela se enfoca en los riesgos de la globalización y la tecnología, pero en una capa más profunda “Kentukis” explora lo humano. En la trama no hay oso que se vuelva invasivo, violento o chantajista por sí mismo, sino por la carne y hueso que hay detrás de cada peluche mirón. Entonces, podría pensarse, no es la tecnología en sí misma, sino el modo de utilizarla y relacionarse con ella lo que la vuelve peligrosa.

Si bien esta es la primera vez que la escritora nacida en Buenos Aires en 1978 explora el terreno de la ciencia ficción, no es la primera vez que presenta una prosa que cimbra con desasosiego. En su antología “Pájaros en la boca” (2009), uno de sus cuentos más memorables se centra en el conflicto de un padre que no acepta la idea de que su hija se alimenta de aves vivas. En “Distancia de rescate” (2014), esa primera novela que la llevó a ser finalista del Premio Man Booker International, la protagonista es una mujer que agoniza en el hospital y a través de una conversación que por instantes parece alucinatoria, la voz de un niño misterioso sirve para recontar su pasado.

Contrario a lo que podría asumirse, lo que Samanta Schweblin aborda en sus libros no la inquieta durante el proceso de escritura, sino que le sirve para confrontar lo que se topa en lo cotidiano.

“Cuando algo me angustia, o me preocupa, o no termino de entenderlo, entonces necesito la ficción para desarmarlo… para probarme a mí misma frente a eso que me inmoviliza o me domina”, dice desde Berlín, donde reside.

Mientras teje sus tramas le abruman otras cosas, como trabajar con ciudades y culturas que no conoce a fondo y dar verosimilitud a sus relatos.

Es casi paradójico que perfeccionar esa credibilidad, esa posibilidad tan viva y tan latente de que este mundo conciba a un panda robótico que pueda chantajearnos con revelar nuestros secretos más ocultos sea lo que logre sosegar sus angustias mientras sus lectores deben hallar algún modo de huir de esas zonas oscuras que los lleva a recorrer.

(AP Foto/Markus Schreiber)

Operación tortilla: un molino que defiende al maíz mexicano

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Originalmente publicado en The Associated Press, mayo 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Aunque afuera duermen las calles de México, en la diminuta cocina de Molino El Pujol un par de manos hábiles ya empieza a darle cuerpo a las primeras tortillas del día.

En éste, el último espacio que el chef más famoso del país abrió en la capital, las mesas y los decorados elegantes no existen. Aquí los clientes hacen fila ante un mostrador para realizar sus pedidos y comen de pie o en bancas metálicas frente a una modesta barra de madera. Desde que la vida de este local arranca a las cinco de la mañana y se extingue pasadas las cinco de la tarde, el único protagonista es el maíz. Las tortillas se preparan diariamente, cuando el pecho ronco del molino transforma varios kilos de granos en masa caliente y una vez que están listas permiten saborear trozos de campo e historia local.

En esta nación que hace 10.000 años dio origen al cereal con el que se producen, las tortillas son parte de la vida cotidiana, pero para algunos chefs y expertos en alimentación su calidad ha mermado debido a procesos de industrialización que han afectado la pureza de sus ingredientes mediante la utilización de conservadores o transgénicos. Además, aseguran, muchos mexicanos desconocen cómo se elaboran las tortillas tradicionales y la variedad de maíces que ofrece esta tierra, por lo que un puñado de organizaciones y expendios privados como Molino El Pujol buscan difundirlo.

Hace un año, Enrique Olvera inauguró su molino en la Condesa, un barrio capitalino de clase media alta y la propuesta despertó curiosidad. Su restaurante Pujol suele tener todas sus mesas ocupadas en una zona lujosa de la ciudad y alcanza el sitio número 13 en la lista de The World’s 50 Best, mientras que Cosme —que abrió en Nueva York hace cuatro años— ha atraído a personalidades como Barack y Michelle Obama, quienes lo visitaron una noche para cenar. ¿Por qué, entonces, la estrella más brillante de la gastronomía mexicana decidió abrir una tortillería?

El chef de 43 años dice que se trató de un paso lógico dado que ya había dedicado tiempo a respaldar a productores nativos y ofrecer sus productos en sus restaurantes, pero para Amado Ramírez —un ingeniero agrónomo que ayuda a Olvera en la selección de granos del estado de Oaxaca, en el sur del país— el nacimiento del molino tuvo que ver con la nostalgia. “Para él la tortillería es recuperar su pasado”, asegura. “Reconocer los tiempos en los que iba por su colonia a recoger tortillas y las llevaba bajo el brazo”.

Para miles de mexicanos, ese recuerdo que ata el corazón del chef a su molino es compartido. Hasta hace unas décadas, antes de que se popularizaran las tortillas empacadas, era común observar en los barrios populares a niños que hacían fila en solitario o tomados de la mano de sus abuelas cerca de amas de casa que también esperaban para comprar. Aquella tradición no ha desaparecido, pero es menos frecuente y hay quien afirma que los ingredientes de las tortillas se han degradado.

“México dio por sentado su maíz”, dice Rafael Mier, director de Fundación Tortilla, que se preocupa por visibilizar los beneficios de producir, vender y consumir tortillas de calidad para la dieta e industria. Según el experto, este alimento tiene una importancia vital porque es el más consumido por la población y al prepararse con masa libre de añadidos es una gran fuente de energía y proteína. “Con una mala tortilla vamos a tener un mal desempeño. La tortilla toca la cultura, la identidad nacional, la producción, la gastronomía”, agrega.

La iniciativa de Molino El Pujol y otros pocos expendios similares podría parecer simbólica dado que su cadena de distribución se limita a clientes capitalinos de clase media o media alta y restaurantes del mismo espectro. Sin embargo, no desisten ante su idea de volver a mirar la tierra propia para contribuir a su desarrollo a pesar de que sus costos son elevados y compiten con gigantes nacionales como Maseca, que distribuye harina empacada para hogares y algunas tortillerías a precios accesibles, o Bimbo, que ofrece tostadas embolsadas en tiendas.

Al entusiasmo de los expendios se suman organizaciones con intereses afines como la que encabeza Rafael Mier y otras como Alianza por Nuestra Tortilla, que propone un decálogo entre cuyos puntos destaca la exigencia de tortillas nixtamalizadas —aquellas que se elaboran únicamente mezclando maíz, cal y agua—, transparencia en el sistema de suministro para clarificar las características y origen de los productos, y el impulso de maíces regionales que al pagarse a un precio justo detonen bienestar campesino y una conexión emocional con el patrimonio cultural.

Sin embargo, hay muchos mexicanos para quienes el costo de tortillas hechas de maíz como el que ofrece el molino de Enrique Olvera resulta demasiado elevado. Concepción Reyes, una mujer de 84 años que compra en un local popular capitalino del barrio San Rafael, dice que jamás pagaría 60 pesos (unos tres dólares) por un kilo, porque las que acostumbra adquirir no rebasan los 13 pesos (poco más de medio dólar). En contraste, hay un puñado de personas que sí se animan a visitar expendios como el del chef sin importar los precios y entre ellos es común observar a extranjeros que se dicen felices de haber probado un producto local.

En Molino El Pujol, donde las mañanas transitan en medio de aire caliente y olor a maíz, los clientes no parecen tardar mucho en dejarse seducir. Algunos giran los ojos hacia el cielo cuando dan el primer sorbo a su atole —una cocción dulce de maíz en agua— y otros dejan escapar un gemido cuando el primer pedazo de tamal —masa rellena de frijol con una hierba local— vuela hasta su boca desde la punta de un tenedor.

De una pared cuelgan ilustraciones de mazorcas —las espigas en las que crecen los granos que luego se muelen con piedra para hacer masa— y el único menú es un pizarrón tras el mostrador que ofrece una decena de platos para desayunar o comer. Aquí el color de los granos puede variar de un día a otro —amarillo, negro, rojo— porque nunca sabe qué ofrecerán los proveedores en los cargamentos de hasta 300 kilos de producto que surten dos veces por semana, pero siempre hay una constante: el entusiasmo de los cinco empleados que atienden el local como si su bandera fuera el maíz.

Aunque apelan a un pequeñísimo sector de la población, muestran un entusiasmo desbordado al pensar que su contribución podría beneficiar al país. Por lo pronto, sólo piden confianza y paciencia para volver al origen, cuando tantos mexicanos como el chef Olvera hacían fila para comprar sus tortillas y tras abrir su envoltura de papel tomaban la primera a la vista para enrollarla en un taquito y devorarla con unas pizcas de sal.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

Letras para una crisis: una novela para pensar en Venezuela

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Originalmente publicado en The Associated Press, febrero 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — El hogar que Alberto Barrera Tyszka deja tras de sí al cerrar la puerta, subir a un avión y despedirse de su tierra nunca es el mismo que lo recibe al volver.

Cuando el escritor venezolano pasa algunos meses fuera de Caracas, en el otro hogar que ha formado en Ciudad de México, sabe que su país cambiará día tras día y que él no estará ahí para mirarlo. A su regreso, el bolívar empeorará bajo la asfixia de la inflación, las tensiones políticas serán mayores y la tristeza habrá crecido como una mancha en el rostro de los suyos.

“Cada que voy encuentro un país distinto, sobre todo en términos de la economía. Antes teníamos una crisis económica que iba a una velocidad inmensa con una crisis política que estaba estancada. Ahora las dos van a gran velocidad”, explica Barrera Tyszka en entrevista a The Associated Press.

Aun así, la distancia física nunca lo aleja demasiado de Venezuela. En ocasiones entra y sale de su patria a través de la escritura. Su nueva novela, “Mujeres que matan”, acaba de publicarse bajo el sello de Penguin Random House y explora el alcance que el malestar en las instituciones del Estado puede adquirir hasta permear calles, ánimos y vidas.

Todo arranca con el suicidio de una mujer. “Estaba desnuda, boca arriba. Tenía los ojos abiertos. Sin brillo. Como dos piedras en un vaso de agua”. ¿Por qué se mató? La imagen del cadáver sumergido en una bañera detona la historia y las indagaciones de un hijo por comprender qué ocurrió con su madre rasgan la primera de varias capas que comprenden el libro de 200 páginas.

Una de éstas es el universo de lo femenino, en el que el escritor nos sumerge para indagar en algo que le resulta enigmático, y en las esferas subsecuentes nos lleva a reflexionar sobre el poder, las maneras de encarar el dolor y aquella turbación que despierta en nosotros cuando la justicia es inexistente y se abre la riesgosa posibilidad de ejercerla por propia mano.

Alberto Barrera Tyszka nunca nombra a su país ni al líder socialista que encabeza el gobierno, pero alude a ellos al situar su trama en una metrópoli anónima en la que la prensa ha sido silenciada y las calles alojan familias que buscan comida en la basura. En ese paisaje, un Alto Mando que controla todo afirma que no hay hambre, que ésta es una manipulación mediática, que solo es un invento de los enemigos.

Desde hace varios años, las crecientes confrontaciones entre el gobierno y la oposición de Venezuela han sumido al país sudamericano en la peor crisis de su historia. Hoy el salario mínimo vale casi lo mismo que un kilo de verdura en el mercado, cientos han muerto en protestas callejeras y Naciones Unidas calcula que al menos tres millones de venezolanos han migrado para buscarse una vida mejor.

Al leer “Mujeres que matan” podría pensarse que el autor aspiraba a crear una narrativa que no se viera restringida por su geografía o contexto, pero hay algo más. “No quería que hubiera tantas referencias concretas. No quería hablar de (Nicolás) Maduro, por ejemplo, ni nombrar a ningún político… Siento que esta historia se cuenta sin ese liderazgo y con una corporación que no tiene nombre, que es más siniestra y enigmática”.

Los rostros predominantes de la novela no son los que afligen a la sociedad, sino aquellos que tantean en la oscuridad para intentar sobrevivir a ella. En esa ciudad que el escritor de 58 años decidió no bautizar, cuatro mujeres desoladas por diversos motivos buscan refugio en la burbuja de los libros. Los clubes de lectura en tiempos de crisis pueden ser paliativos y el mismo Barrera Tyszka ha asistido a algunos como invitado desde 2014. Sin embargo, en este caso la literatura cumple una función adicional: transformar a los personajes. De mujeres a lectoras. De lectoras a cómplices. De cómplices a criminales.

“A medida que iba escribiendo me fui dando cuenta de que había un debate moral que tenía yo mismo, que tenían mis personajes y que se iba a traspasar a los lectores”, señala. “Todo gira alrededor del dilema ético de matar: ¿cómo nos enfrentamos a ese verbo?”.

Él, como sus mujeres imaginarias, tampoco sale ileso de un encuentro con las letras. Dice que escribir le sirve para ordenar el caos, para entenderlo: “La escritura sí tiene una función y es terapéutica. Organiza no solo la curiosidad, sino también el dolor”.

De este modo, su novela le abrió la posibilidad de meditar sobre lo que ocurre en las sociedades impunes, cuando quedan pocas opciones para las víctimas que tienen heridas por sanar.

A pesar de que expresa sus ideas en voz alta con claridad, este venezolano que llegó por primera vez a México en 1995 –y además de novelas y textos de opinión redacta guiones de telenovelas– dice que hablar le cuesta mucho. Solía ser tímido, asegura, y siempre ha sentido que solo al escribir puede relacionarse con una realidad que de otro modo podría parecerle desordenada.

“Creo que las cosas que digo es porque en algún momento las escribí o porque algo escribí sobre ellas”, confiesa. “Eso me ayuda a formalizarlas”.

Curiosamente, la Venezuela que uno imagina cuando lo escucha hablar es tan nítida y estremecedora como la que dibujan sus palabras en papel. Quizá por eso la tristeza que transmite cuando describe a gente flaca que camina por las calles de Caracas se despeja cuando su mirada cambia y con una sonrisa delicada afirma que la posibilidad de lograr un cambio a mediano plazo le emociona mucho.

Aunque dice que su país ha vivido al límite por mucho tiempo, piensa que hoy hay dos elementos distintos: un líder opositor no convencional y el apoyo de la comunidad internacional. “Hasta ahora nunca había habido un momento como éste”, señala.

“Mujeres que matan” abre una ventana distinta a la crisis venezolana y muestra que aún quedan varias narrativas por abordar en el país. Aunque el autor piensa que éstas tardarán en convertirse en literatura, confía en que los discursos han cambiado y habrá que esperar. Es y será difícil, asegura, pero su país ha pasado ya muchos años en este proceso y aunque la presión aumente hay ilusiones que no ceden.

La esperanza en Venezuela, dice, ha aprendido a habituarse a los desafíos.

(AP Foto/Marco Ugarte)

“Tiembla”, 35 miradas al sismo que sacudió a México en 2017

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Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2018 (link aquí)     

Hay una voz que de tanto en tanto estremece las calles de la Ciudad de México y al propagarse nos recuerda que el peor de nuestros miedos se oculta paciente en el seno de la Tierra.

Hace un año, el 19 de septiembre de 2017, la alerta sísmica se activó en las bocinas de la capital mexicana a la 1:14 de la tarde. La voz masculina que anunciaba el terremoto de 7,1 grados se ahogó en los gritos de quienes corrían despavoridos y a los pocos minutos esos gritos se convirtieron en silencio.

Enmudecer no es inusual después de un trauma. Aquel martes en que los mexicanos recordaban otro sismo de 8,1 grados que destruyó la ciudad exactamente 32 años atrás, en 1985, miles pedían al mismo tiempo que el movimiento cesara, pero la estabilidad del suelo no nos devolvió la calma.

Diez días después, el escritor y editor argentino Diego Fonseca visitó la Ciudad de México y recuerda haberla encontrado en una pausa, “como si el terremoto hubiera acabado con la voz de su multitud bochinchera y encogido los ánimos hasta convertir al Monstruo en un animalito tímido”. La cena que organizó con amigos en el barrio Roma —uno de los más afectados por el desastre que dejó más de 200 muertos— se transformó en catarsis. Al expresar nuestros pesares la tristeza se matiza. La turbación revive, pero uno se siente menos solo al escuchar que el horror fue compartido. Narrar no repara el daño, mas sí ayuda a sanar.

Aquella cena fue el preámbulo de un libro que se publicó en marzo y se relanzó este mes por el aniversario del sismo. El origen de “Tiembla” estuvo en la necesidad de confrontar el vacío que tras la sacudida dejaron los muertos, las fallas del gobierno y el arrebato de la naturaleza. Después de aquel viaje a esta ciudad rota pero ansiosa de volver a levantarse, Fonseca pidió a 35 autores mexicanos y extranjeros que escribieran qué ocurrió. El resultado no es sólo una antología de publicaciones breves que abarcan crónica, ensayo, reportaje, poesía y fotografía, sino una mirilla a la que cualquier lector podría asomarse para tratar de comprender la intimidad de una catástrofe.

El libro atrapa aquello que rebasa titulares de periódicos y estadísticas gubernamentales. Al inicio del volumen, después de que Fonseca describe ese silencio lastimoso que halló en México durante su viaje, el escritor Luigi Amara se sirve de un juego tipográfico en el que las letras se desordenan para representar el desconcierto que abruma al tratar de comunicarse luego de un terremoto. Sin embargo, la experiencia no es exclusiva de aquel que sobrevive a un sismo: la dificultad de hablar después de un evento traumático que paraliza es tan común y humana como respirar.

Los textos de “Tiembla” se mueven entre lo general y lo particular. Daniela Rea es una madre con dos hijas que tiene a la más pequeña en una carriola cuando la violencia del vaivén inicia y debe recorrer una ciudad destruida con ella en brazos para buscar a la mayor en el kínder. Carlos Bravo Regidor es un académico que se pregunta cómo una calamidad es digerida por los medios, la política y la opinión pública hasta articular un relato propio a posteriori. Yaiza Santos es una española que vino a “echar raíces en arenas movedizas” y transmite cómo el sentido de pertenencia no se limita a una nacionalidad o certificado de residencia, sino a las alegrías, angustias y memorias que construyes en el sitio que llamas hogar.

“Tiembla” también recoge nuestros símbolos. Ante unas autoridades que demoran en dar respuesta a la desgracia, la sociedad transforma en heroína a una golden retriever rescatista aunque en los días posteriores al sismo no logró salvar a nadie. Bajo el mismo escenario, las teorías de conspiración afloran: según las entrevistas que recoge una periodista en otro de los relatos, alguien tendría que estar detrás del sufrimiento, saber soluciones que ignoramos, dificultarnos la recuperación de los cuerpos.

La antología no es únicamente el testimonio de los habitantes de una zona sísmica, sino de quienes han sentido miedo y se han unido a otros para compartirlo y encararlo. Es el registro de la frustración que puede despertar un gobierno y del orgullo nacional de quienes son capaces de rescatarse a sí mismos. Es la voz de quien tuvo la suerte de no haber perdido nada y de quien lo perdió todo.

En uno de los textos centrales, Laura García Arroyo escribe que el terremoto casi destruyó su apartamento y las autoridades le dieron 20 minutos para sacar sus pertenencias antes de demoler el edificio. A leer, uno se sume con tristeza en sus zapatos. ¿Veinte minutos? ¿Cómo elegir lo que conservarás para volver a empezar y lo que perderás para siempre? ¿Cuánta vida cabe en bolsas de plástico negro?

Tampoco hay páginas suficientes para acomodar las cicatrices de una ciudad que carga con el recuerdo de dos terremotos en una misma fecha, pero “Tiembla” —cuyas ganancias por las ventas serán donadas a víctimas del sismo— no es sólo registro sino recordatorio: en México tiembla y volverá a temblar, pero siempre quedará una voz que pueda romper el silencio después de la tragedia.