La satisfacción de visitar pacientes a domicilio en Uruguay

Originalmente publicado en The Associated Press, junio de 2021 (link aquí)

MONTEVIDEO (AP) — Puede que el cubrebocas que oculta la mitad de su rostro evite que sus pacientes sepan que les dedica una sonrisa, pero sus manos no mienten. Ella los toca con cuidado y paciencia para medir su temperatura corporal, registrar su oxigenación, evaluar qué seguimiento amerita su caso y a veces hace algo más: los escucha y consuela en tiempos de COVID.

Carolina Moreira -uruguaya, 31 años, madre de un niño de 3- no teme el contacto físico con un paciente contagiado del nuevo coronavirus. Dice que el miedo se queda afuera cuando se viste con su equipo de protección personal y armada con bata, guantes, gorro, barbijo y careta visita pacientes a domicilio en medio del peor pico de contagios y muertes ocasionados por la pandemia en Uruguay.  

“Me ofrecieron el radio (ser médica a domicilio), decidí probarlo y me encantó. Tengo al paciente ahí, puedo auscultarlo y me encontré con cosas más allá de lo que imaginaba, que era controlar la saturación (de oxígeno) y temperatura. La verdad es que metiéndose en la casa de las personas uno encuentra un montón de problemáticas y le devuelven cosas muy lindas los pacientes”, explicó Moreira a The Associated Press.  

En Uruguay hay dos tipos de servicios de salud: público y privado. Moreira trabaja en este último en el Centro de Asistencia del Sindicato Médico del Uruguay, conocido como CASMU, que funciona a través del mutualismo, es decir, contribuciones que los uruguayos hacen de manera periódica para acceder a los beneficios cuando lo requieran.  

La experiencia de Moreira con personas infectadas con el virus que ha llevado a Uruguay a convertirse en uno de los países con más muertes por millón de habitantes -según Our World in Data- ha variado durante la pandemia. En 2020, como médico general, laboró en la salud pública y atendió a contagiados en el área de emergencias. Desde ahí atestiguó el aumento de los hisopados positivos y colegas infectados. La sobrecarga de trabajo comenzó a volverse agotadora y por momentos tuvo que hacer los pendientes de dos o tres compañeros. 

Ahora, mientras completa un posgrado en fisiatría -especialidad que se ocupa de la rehabilitación de personas con patologías motoras-, sus jornadas se dividen entre contactos telefónicos y visitas domiciliarias.  

El CASMU funciona de 8 de la mañana a 10 de la noche y los médicos se reparten en dos turnos de siete horas. Un grupo atiende las llamadas de unos 20 o 25 pacientes y el resto sale a las consultas. “A veces son pacientes jóvenes y el control es muy simple, toma poquitos minutos, y a veces nos encontramos con situaciones complicadas desde el punto de vista respiratorio o apuntando a la parte psicoemocional, que a veces es muy fuerte para los pacientes y en los contactos que tienen con nosotros lo expresan”, señaló Moreira.  

A ella le gusta rotar entre ambas funciones y disfruta el contacto cara a cara. “Me faltaba un poco el paciente presencial y poder auscultarlo”, relató.  

Cuando a un médico del CASMU se le asigna una visita a domicilio lo acompaña un chofer, las ambulancias sólo se desplazan cuando hay que transferir a enfermos graves. Una vez en ruta, Moreira cuenta con el historial médico de la persona y al llegar a su casa arranca el chequeo de rutina: le pone el termómetro, le explica cómo usar el saturómetro y le pregunta a su paciente cómo se siente. Dependiendo del caso, toma la presión, mide glucosa, pide que un enfermero acuda para obtener una muestra de sangre o solicita un traslado para tomar una placa. A veces se retira y deja indicaciones para continuar el seguimiento vía telefónica. En otras ocasiones, acompaña a sus pacientes y platica con ellos.  

“Me ha pasado que la gente no se quiere trasladar. No quieren ir al hospital porque no quieren estar internados porque piensan que van a morir, entonces ahí entran en juego un montón de sentimientos. Con habilidades comunicacionales hay que explicarles qué es lo mejor para ellos”, dijo.  

A algunos no sólo los ataca el virus, también la soledad. “He atendido a gente muy mayor que hace un año y algo no ve a su familia, gente muy sola, y con el COVID no los va a visitar nadie”, explicó Moreira. “Entonces, aunque nos tengamos que poner todo el EPP, equipo de protección personal, poder entrar y agarrarle la mano a un paciente, preguntarle cómo está y escucharlo… Encontré ahí una parte muy linda de mi carrera”.

Tras haber logrado reducir la movilidad sin imponer cuarentenas y un buen control de la pandemia durante 2020, era difícil anticipar que Uruguay surcaría este año con al menos 298.000 infectados y 4.300 fallecidos, pero Moreira nunca descartó tratar casos complicados y aseguró que no le da miedo contagiarse. 

Al salir de cada visita se despoja de su equipo de protección y el chofer que la acompaña la rocía con alcohol. Al finalizar la jornada vuelve al CASMU a bañarse, se pone ropa limpia y se va a casa sin pensar en el trabajo. “La cuota de miedo y pánico no me lleva a ningún lado y la verdad siento que entrando a las casas con el EPP puesto, el riesgo de contagio es menor que el que vivo a diario yendo al supermercado o en las actividades del día a día”.  

En un mundo con más de 171 millones de casos registrados, miles de unidades de cuidados intensivos desbordadas y decenas de países en cuarentenas obligatorias, Moreira se muestra más sensible ante la posibilidad de ayudar a sanar la salud física y emocional de sus pacientes que ante el riesgo de formar parte de las cifras de fatalidades. “La gente te dice ‘no toco a alguien por más que tengas dos pares de guantes’. Dar la mano, sostener un hombro… son cosas que realmente necesitamos como humanos y al poder hacerlo, me siento en un lugar de privilegio”.  

Foto: Matilde Campodónico

El pingüino Álex, un aleteo de felicidad en acuario mexicano

Originalmente publicado en The Associated Press, enero de 2021 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Él solo, sin la ayuda de quienes le esperaban ansiosos y con todo el ímpetu que le permitió su pequeño pico, Álex rompió su huevo hace poco más de un mes y hoy tiene a México con una sonrisa de oreja a oreja.

Justo en el momento en que los mexicanos necesitaban alguna buena noticia, el primer pingüino gentoo nacido en el país daba pasitos frente a la prensa que el miércoles lo esperaba con sus cámaras en mano al interior del Acuario Inbursa. El resto de los entusiastas que quieran conocerlo tendrán que esperar debido a las restricciones impuestas en la capital tras un incremento de contagios en medio de la pandemia del nuevo coronavirus, pero Álex ya los aguarda dando aleteos alrededor de pelotas multicolor dentro del hábitat que sus cuidadores crearon para él.

Lograr la reproducción de un pingüino como Álex es todo un reto, pero en este caso se logró gracias a un trabajo arduo de años, cuenta a The Associated Press Patricia Velázquez, médico responsable del área de pingüinos del acuario. Desde que los primeros ejemplares de la especie llegaron a finales de 2014, ella y los otros cinco miembros del equipo se preocuparon por crear las condiciones ideales para lograr su reproducción, como la temperatura, la luz y la alimentación.

En Ciudad de México la luz del sol se suele despedir de las ventanas entre seis y siete de la tarde, pero Álex no le dice adiós más que una hora por día, cuando procuran la noche para él. Patricia explica que esto se debe a que ella y su equipo hacen todo lo posible por reproducir el “fotoperiodo” que este pingüino bebé requiere para desarrollarse adecuadamente. Su alimentación tampoco es casual: el paladar de Álex es exigente y él sólo come pescado que le traen de Canadá.

El proceso para el nacimiento de un pingüino arranca con la formación de nidos y parejas, lo que en este caso ocurrió en 2018, según explica Patricia. “En 2019 tuvimos la primera puesta de huevos, pero ninguno fue fértil, y en 2020 fue cuando tuvimos la primera eclosión de un polluelo”, agrega. “Él empezó a picar el huevito, salió completamente solo. Si hubiéramos visto algún problema, hubiéramos intervenido como equipo para auxiliar al equipo”. Ahora Álex es su orgullo y tanto ella como sus compañeros hablan con gusto sobre él.

Una falla en la temperatura del espacio de un pingüino en un acuario podría provocarle enfermedades e incluso la muerte, pero hasta el momento Álex “ha crecido perfectamente”, dice Patricia. Tanto su papá como su mamá, Beto y Mari, lo han recibido bien. “Han hecho un excelente trabajo como padres”, añade la experta. “No hemos tenido que intervenir mucho. Lo cuidan demasiado desde que estaba en el huevo, para incubarlo, y hasta ahorita que tiene un mes y cachito”.

El nacimiento de Álex también representa alegría para los expertos porque su especie está amenazada. Antonio Martínez, biólogo y gerente regional de Acuarística, dijo a la AP que la reproducción de estos pingüinos juega un papel importante en su conservación, que pende de un hilo debido a la amenaza del cambio climático. Para el acuario es importante este tema y “desde hace cinco años tiene un programa de conservación donde nos hemos dedicado a reproducir diez especies de diferentes organismos, que incluye dos de anfibios, peces, reptiles, corales, medusas entre otros”, explica Antonio.

Los planes para Álex en el futuro no se han definido por completo, pero hasta el momento se tiene pensado que el acuario continúe siendo el espacio para él. En vida silvestre estos ejemplares suelen vivir de 15 a 20 años, pero en cuidado humano pueden vivir hasta 40: otra buena noticia para los futuros visitantes de Álex, a quiénes una vez superada la pandemia recibirá con las aletas abiertas.

Foto: Rebecca Blackwell