Peña Nieto y Trump, dos políticos, dos preocupaciones: el pelo y el poder

peña trump

Originalmente publicado en The New York Times, noviembre 2016 (link aquí)

La tarde del 31 de agosto, el pelo de Donald Trump se mantuvo en su lugar. Muy pocos lo notaron, pero el candidato llegó ante la prensa más acicalado que de costumbre: a unos centímetros de su oreja derecha había dos pasadores para conservar su melena bajo control. No era para menos. Trump visitaba México por primera vez y el presidente Enrique Peña Nieto lo recibiría con su tradicional copete de acero. Cualquier desliz durante el encuentro entre dos políticos del espectáculo hubiera sido catastrófico. Que los traicione la lengua, pero nunca el peinado.

Esa tarde, frente a las cámaras, Donald Trump no solo maquilló su rostro y se emperifolló el pelo. También adornó sus palabras. Lo considero un amigo, señor presidente. No hablemos de quién pagará el muro, señor presidente. Hubo discursos vacíos, sonrisas falsas y Trump se despidió para subirse a su avión.

Esa noche, en Arizona, Trump reapareció. Ya sin pasadores, desde el estrado y frente a más de cuatro mil republicanos, gritó:

¿¡Quién pagará por el muro!?

¡México!

¿¡Quién!?

¡México!

Mientras tanto, en México, Peña Nieto se acomodaba la corbata y se empolvaba la cara. Se endurecía el pelo. Frente a la periodista que estaba por cuestionar la invitación que extendió a Trump no podía ser un hombre blando. No podía ser torpe ni débil ni el hazmerreír del mundo entero, sino que debía mostrarse como un estratega ecuánime y firme. Al menos frente a las cámaras, debía lucir bien.

[I]

A mediados de 2012, México entregó su voto presidencial a un tipo con peinado de muñeco de pastel de bodas. Eran tiempos difíciles: el país se tambaleaba y el gobierno estaba en manos de un partido “del cambio”, pero ante la sociedad, la esperanza se había transformado en miedo. De los puentes del México del cambio colgaban cuerpos decapitados y la mancha roja de la guerra contra el narco se ensanchaba con el paso de los días.

Peña Nieto ofrecía sanar al país con una fantasía de revista de sociales. Era un tipo joven, guapo, católico y marido de una heroína de la televisión nacional. Era la postal de telenovela que un partido de políticos viejos necesitaba para reivindicarse y demostrar que “ahora sí” habría un cambio. Que lo mejor estaba por venir.

En la vida de Peña Nieto puede identificarse una constante: una ola de cabellos negros que nace de su frente, forma una onda de izquierda a derecha y se petrifica sobre su cabeza. Un teórico de la conspiración podría decir que un maestro de la propaganda está detrás de su sonrisa de George Clooney y ropa de Rodeo Drive, pero los orígenes del copete se remontan a su infancia. Las fotografías no mienten: fue un niño que desde los dos años festejó sus cumpleaños peinado. Recibió diplomas escolares peinado. Abrió regalos de navidad peinado. Cuatro décadas después, habiéndose ratificado como abogado, diputado, gobernador y presidente, Peña Nieto asiste al hundimiento de sus índices de popularidad peinado.

[II]

La fuerza de un individuo está en su cabeza. Ahí reside su poder simbólico, su sostén vital y su sagacidad, pero solemos confundirlos: lo que hay por fuera de la cabeza puede revestir de status o poder a una persona, pero no dice nada de su capacidad para ejercerlos. Una corona distingue a un rey de sus plebeyos. Un sombrero de copa remite a un hombre acaudalado. Los turbantes advierten sultanes; las aureolas, ángeles. Con las insignias que hay en su gorra, un general instituye su jerarquía como jefe supremo del ejército. Está autorizado, por el Estado, a sostener un rifle y matar.

Trump, como Peña Nieto, descuida sus palabras, pero nunca su cabello. Tolera las burlas siempre que éstas no impliquen que es calvo o que usa toupée. “Es real”, ha dicho una y otra vez. En agosto de 2015, una nota de portada de The New York Times citaba a un locutor que lo llamaba “El hombre del peluquín”. Trump leyó el párrafo durante un discurso que dio en Carolina del Sur y llamó a una mujer que se encontraba entre el público para que inspeccionara su cabeza y desmintiera la situación. “¡Es real!”, dijo, y ante las risas del público levantó la palma derecha como quien jura decir la verdad ante un tribunal.

Amy Lasch es una estilista que trabajó con Donald Trump durante las primeras temporadas de The Apprentice. “No usa toupée ni extensiones. Su cabello es muy largo y él mismo se encarga de peinarlo”, dijo a un diario británico a mediados de 2016. Su trabajo en el reality show era más bien de prevención de daños: consistía en procurar que el peinado del empresario se mantuviera bajo control.

Como si fuera un Sansón paranoico, Trump no permite que un extraño toque su pelo. Según Lasch, por su forma y color, esa melena se corta y se tiñe en casa; es producto de la manipulación de unas manos amateur. Lasch dice que eso no le preocupa, sino la posibilidad de que su cabello sea una expresión de su personalidad. “Se ha peinado igual desde los años 80. Lo que no me gusta de eso es que sea un político con miedo a cambiar”.

[III]

El pelo —como las coronas y el discurso— define nuestra identidad. Es maleable y se modifica a voluntad. El pelo es seductor y su relevancia se adscribe al orden de lo simbólico. A diferencia de órganos como el cerebro o la piel, no es esencial para asegurar nuestra supervivencia. La pérdida de pelo se lamenta por razones psicológicas. Nadie se enferma por quedarse calvo. Tampoco hay investigaciones científicas que demuestren que las canas perjudiquen el metabolismo. En el siglo XVI, las pelucas se popularizaron para enmascarar enfermedades venéreas: eran un medio costoso pero efectivo para ocultar las lesiones que la sífilis ocasiona en el cuero cabelludo. La calvicie, entonces, se convirtió en sinónimo de vergüenza. Solo quien podía pagar una peluca para encubrir las llagas aseguraba su reputación.

Si la monarquía francesa aprehendió el uso de pelucas por cuestión de status, el siglo XXI detonó el negocio de la vanidad. El enriquecimiento de la cosmetología es un síntoma de la importancia que el hombre posmoderno le concede a su apariencia. Los trasplantes y otros procedimientos para evitar la calvicie obedecen al interés por el artificio: ahora no solo importa mantener la cabeza cubierta con pelo, sino que su aspecto sea ‘natural’.

Según The International Society of Hair Restoration Surgery, más de un millón de personas se sometieron a un procedimiento de restauración de cabello en 2015. Aunque el rumor nunca se comprobó, en mayo de 2016, el portal Gawker publicó que un tratamiento de restauración capilar llamado “interverción microcilíndrica” era el secreto mejor guardado de Donald Trump.

El hombre del siglo XXI, como el egipcio o el mesoamericano de hace miles de años, ritualiza su cabeza para manifestar una postura. La adorna porque el ser humano no muestra quién es, sino la imagen que esculpe de sí mismo. El peinado —como el bigote, la barba, las perforaciones o el maquillaje— es uno de los complementos de la máscara.

[IV]

Todas las mañanas, sin importar dónde esté o las obligaciones que le imponga su agenda, el actual candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos ejecuta un ritual. Donald Trump atavía su cabeza como lo ha hecho durante los últimos cuarenta años: entra a la regadera y se unta las manos con Head and Shoulders; aplica el producto, enjuaga, sale y espera una hora para dejar secar. Mientras tanto, lee el periódico y revisa pendientes. Una vez que el pelo está seco, toma un peine y lo moldea. Jala un mechón de la melena hacia adelante y luego lo echa hacia atrás. “Lo he peinado así durante años. Del mismo modo cada vez”, dijo en 2011 a Rolling Stone.

El pelo es discurso. Instaura estereotipos. A los grandes revolucionarios de la historia se les recuerda por su legado, pero también por el pelo que ornaba sus cabezas y sus rostros. Marx, su barba de fox terrier y el manifiesto comunista. Dalí, sus bigotes afilados y el surrealismo. John Lennon se rebeló ante el mundo con el pelo acariciándole los hombros. El Che Guevara y Fidel Castro, junto con la revolución, inmortalizaron sus barbas.

Cortarse el pelo supone control social; peinarlo es una ceremonia equivalente. Un peinado de acero y un cabello consistente, como el de Peña Nieto o el que persigue Donald Trump, tratan de prometer disciplina: quien controla el caos y la debilidad en su cabeza, somete el caos político y social. No hay que olvidar a Stalin, Hitler y Margaret Tatcher. Al menos en nuestra memoria histórica, quien controla el orden y el progreso también sabe conservar el pelo.

En un episodio que Saturday Night Live estrenó en noviembre de 2015 se visualiza un futuro en el que Trump gana las elecciones. La parodia inicia cuando un general del Pentágono convoca a un grupo de fuerzas especiales para asignar una misión: “Nuestro presidente está en problemas. Hoy a las dos de la tarde se encontrará con Vladimir Putin en la Plaza Roja de Moscú y para nuestra seguridad nacional es vital que la reunión se lleve a cabo sin incidentes”. ¿Qué le preocupa? El viento. Si éste sopla y Trump se despeina, el país será el hazmerreír del mundo. El escuadrón se encoge hasta alcanzar el tamaño de una pulga, viaja a Rusia en una nave casi microscópica y aterriza sobre el cuero cabelludo de su líder para rociarlo con spray y evitar un desastre global.

En el mundo de Trump, un aerosol de alta fijación lo hace inmune a la catástrofe, pero la historia ha demostrado que no hay artificio que salve a una cabeza hueca de la destrucción.

El lado humano de los superhéroes

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Originalmente publicado en Esquire, Junio 2016 (PDF aquí)

El estreno de la nueva temporada de Arrow fue el prextexto ideal para viajar a Vancouver para conversar con Emily Bett Rickards, quien interpreta a Felicity en la serie de Warner Channel.

      Algo sucede con Emily Bett Rickards y no logro entenderlo. Debería estar despeinada, ojerosa y de malas —como cualquier actriz que lleva 12 horas de rodaje en un set—, pero ella llega hasta nosotros sonrojada y alegre, como si apenas fuera medio día y acabara de despertar. “Te hemos esperado todo el día”, dice algún valiente detrás de la mesa. “¿En serio? Carajo, eso es una locura”, responde la rubia que casi parece una colegiala por el pelo que lleva recogido en una coleta y la falda tableada que se acomoda al sentarse y cruzar la pierna para empezar a conversar.

En Arrow, que este mes estrena su cuarta temporada, Rickards interpreta a Felicity, una sabelotodo que en vez de antojarse intolerante y soberbia nos provoca taquicardia: es lista, es valiente y es una geek de la computación que con sólo golpear el teclado de una laptop puede salvar a un superhéroe de la devastación. Y aunque su melena dorada y sus labios de fresa no llegaron a dilatarnos la pupila sino hasta que había avanzado un poco la historia, su personaje se ha vuelto indispensable para las aventuras de Oliver Queen (Stephen Amell) y el resto del clan.

En esta era de los vigilantes, un personaje como Felicity es el ancla que los superhéroes guardan con la realidad. En Arrow, el protagonista es una especie de Robin Hood: un tipo encapuchado que por las noches sale armado con arco y flecha para combatir el mal. Felicity, en cambio, es real. “Sé que soy la única protagonista que nunca usará un disfraz, pero no siento celos por eso. Sí se ven increíbles y no hay nada más sexy que usar un traje de piel, pero a mí me gusta usar mis pequeños vestidos. Son muy cómodos y no tengo que perder tres horas para ponérmelos”, ríe.

La serie se inspira en el personaje de Green Arrow, que apareció en las historietas de DC Comics hace 75 años, y (para no variar) retratan a un millonario con problemas familiares que reniega de la vida y prefiere contar criminales tras las rejas que sus billetes desde la bóveda de su mansión. Sin embargo, a diferencia de Batman y otros superhéroes del estilo, Arrow cuenta con un abanico de personajes que aderezan la trama y entran y salen de otras narrativas del mundo de cómics en televisión, como Flash (2014) y Legends of Tomorrow (2016), por mencionar un par.

Felicity era un personaje secundario de la historia original y eso es justo lo que Rickards adora de su trabajo actual. “Creo que ha tenido un muy buen recibimiento, y justo porque no estaba tan definida en los cómics que he tenido la oportunidad de explorarla de un modo diferente al que quizá hubiera sido si alguien ya hubiera descrito con mayor precisión”. Con el estreno de su cuarta temporada, Arrow regresa con enemigos, vestuario y conflictos narrativos para presumir: nuestra heroína por fin convence al protagonista de dejar esa vida de riesgos que implica salvar al mundo de la catástrofe y éste trata de iniciar un romance con ella, pero es fácil imaginar que esto no durará. ¿Qué pasará con lo de dejó detrás? ¿El resto de su equipo podrá continuar sin él? “Sé que mucha gente esperaba que esto sucediera, pero el hecho de que aceptaran ser pareja plantea nuevos problemas, como sucede siempre que una relación de amistad se transforma en algo más. Hasta ahora todo va muy bien, pero ya lo verán y ustedes tendrán que decirme lo que piensan”, ríe por última vez antes de que su agente le haga una seña para que nos deje y regrese a grabar. “Perdonen la espera y gracias por venir, chicos”, y así la chica perfecta se va dando saltitos hasta que se pierde en el corredor.

Vivir entre costuras

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Originalmente publicado en El Universal (PDF aquí)

Sandra Weil volvió a triunfar en el Mercedes-Benz Fashion Week México.
¿Qué se necesita para convertirse en una de las diseñadoras más prometedoras del país?

     Claro que lo recuerda: era un vestido verde menta —hecho en chifón de seda—que al volar sobre la pista hacía bailar los encajes que bordó a mano en color marfil y limón. Sandra Weil habla del primer vestido que cosió en su vida y por un instante parece que deja de estar en su boutique de Polanco, en esta mañana ajetreada como cualquier otra en la Ciudad de México, para visitar otro tiempo: es Perú, es de noche, y es —sobre todo—la primera vez que Sandra observa cómo un conjunto de tela, hilos y aplicaciones se amoldan a un cuerpo de carne y hueso. “Recuerdo que lo hice para una niña de 12 años y que la vi cuando atravesó el jardín para venir a saludarme, porque sabía que yo le había hecho el vestido. Causar ese impacto tan increíble y tan positivo —que ella me agradeciera— me hizo darme cuenta del poder que puedes tener al vestir a alguien.” Y así fue como esa Sandra Weil adolescente, que aprendió de hilvanes y patrones en casa con su abuela, se tomó el diseño de modas más en serio y decidió mudarse a Barcelona para aprender a coser.

     El amor por la costura inicia con el tacto: se tocan telas, se tocan encajes, se tocan botones y luego todo eso cobra forma en una prenda que alguien elegirá para vestir. Por eso Sandra Weil hubiera fracasado como experta en Diseño Gráfico, carrera que casi termina en la Universidad de Lima —en Perú, donde nació— y en su lugar prefirió dedicarse a la moda. “Estaba a punto de terminar la lincenciatura cuando me di cuenta de que me gustaban las artes y la creatividad, pero que el mundo digital no era lo mío.” Y entonces ocurrió lo del vestido, y se fue a España, y se especializó en Alta Costura, y conoció a un mexicano (con el que luego se casó), y se vino a vivir a la Ciudad de México y ahora está aquí sentada —en su propia boutique—diciéndome entre risas que si pudiera no estaría aquí sentada, sino encerrada —tocando telas, encajes y botones— frente a su máquina de coser.

***

    Claro que le gusta vivir aquí. “Siempre pensé que México era un mercado muy interesante, porque es casi un punto intermedio en Latinoamérica.” Y además es casi como estar en casa. “Siento que no me he mudado, y que además tengo una puerta con acceso al mundo”. La pequeña tienda en la que ahora estamos se ubica en Emilio Castelar, en el centro de Polanco, y es ante todo un espacio elegante, cubierto por tablones de madera color miel y con pocas prendas en los ganchos, para dar una sensación de exclusividad. Sin embargo, el lujo no está sólo en la experiencia de compra, sino en las prendas en sí. Sandra crea todos los diseños que luego salen a la venta y se toma su tiempo para confeccionar cada colección: lanza una cada seis meses y supervisa cada parte del proceso en su taller.

     Sandrá está acostumbrada a la intimidad, lejos de las grandes tiendas, las grandes colecciones y las grandes producciones en masa. “Cuando apenas empezaba mi carrera cosía en mi casa, en un cuarto donde sólo había dos maquinitas, y de pronto alguien más me ayudaba. Fue un crecimiento muy orgánico, y poco a poco la gente comenzó a apostar por mí.” Ahora no hace más de 35 prendas por temporada, su equipo consta de diez personas y se concentra en elegir los materiales y las formas precisas para cuidar cada detalle de la ropa que está a punto de crear. “Trabajo mucho con seda. Me encanta porque es una fibra natural y elegante por excelencia, que tiene un margen natural para que el cuerpo pueda respirar. También me gustan mucho los encajes, los bordados y las aplicaciones.” Y con ellos mezcla texturas para divertirse, reinventar prendas que puedan volverse atemporales y lograr que sus clientes se interesen por cada colección.

     Ahora Sandra ya no se especializa en Alta Costura, pero encontró un nuevo reto en la confección de prendas ready-to-wear. “Me mudé a México en 2008 y en 2012 me asocié con Maru [quien se encarga de la parte administrativa del proyecto] para establecer la marca y llevarla al siguiente nivel. Sin embargo, una vez que empezamos a exportar nos dimos cuenta de todo el trabajo que aún nos queda por hacer.” Y aunque ahora la ropa que ofrece nació pensada para usarse en la vida diaria, su formación en Alta Costura no ha dejado de traducirse en calidad: vive para perfeccionar cada pieza como si aún fuera esa adolescente que crea un vestido único para una niña en una noche especial.

La rubia que todos quieren

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Originalmente publicado en Esquire no. 86 (PDF aquí)

Kate Hudson es la nueva imagen de Campari. Hablamos con ella sobre éste
y otros nuevos proyectos.

     El vestido de color vainilla resbala por su piel como cera derretida y deja su espalda al descubierto. Kate Hudson cruza la puerta y te mira como invitándote a pasar la mejor noche de tu vida. Y lo hará: horas más tarde saldrás del restaurante con ella del brazo y sonreirás. ¿Quién no recuerda esa escena en How to Lose a Guy in 10 Days? Ni  Matthew McConaughey —su coestrella en la cinta— debe haberla olvidado.

     Kate Hudson conquista por su naturalidad. Podría ser la niña que se sentaba junto a ti en la escuela o la rubia coqueta que conoces en la fila del banco, pero nunca es un exceso de fama o glamour como otras actrices de su generación. Quizá porque su madre es la celebérrima Goldie Hawn o porque su vida siempre ha transcurrido en Los Ángeles, donde ha trabajado como actriz desde niña. Quizá también porque trabaja en lo que le da la gana —un chick flick, por ejemplo— sin perseguir un cheque gordo o un Óscar.

     En esta mañana, que la tengo en el teléfono, bosteza, ríe, se emociona y juega. Es como es, sin tratar de ser demasiado correcta o demasiado cortés. En 2016 estrenará Deepwater Horizon con Mark Wahlberg —cinta que retrata el accidente que provocó mayor derrame de petróleo en la historia— pero hoy no acordamos hablar sobre ello. Hoy hablaremos sobre Campari, porque no todos los días te elige una de nuestras marcas de aperitivos favorita para ser su imagen y vivir en nuestra mente los 12 meses que dura un año.

ESQUIRE: ¿Cómo fue la experiencia de trabajar para Campari en su nuevo calendario?
KATE HUDSON: Me encantó, todo estuvo muy bien planeado así que el día que comenzamos la sesión fue muy divertido y nos reímos todo el tiempo. Hicimos bien nuestro trabajo mientras teníamos un trago delicioso en la mano. Fue genial.

ESQ: Te conocemos como actriz. Este proyecto, que a fin de cuentas es parte de tu trabajo, ¿lo disfrutaste igual?
KH: Son diferentes, pero a la vez son similares. A lo que me refiero es a que se trata de una interpretación. Estés sobre un escenario o frente a una cámara, se trata de interpretar algo y volcarte de lleno en ello. Y te animas y lo haces.

ESQ: ¿Cómo te sigues retando después de tantos años en la actuación?
KH: Ah, ¿sabes? Me tomé muchos años libres, sin trabajar, así que mantuve un perfil bajo algún tiempo. De pronto sí trabajé mucho e inicié mi propia compañía, pero nada constante durante muchos años. A veces es importante detenerse y pensar hacia dónde estamos yendo. Si esa dirección es la correcta, me siento recargada y muy emocionada por lo que está por venir.

ESQ: ¿Te cuesta despedirte de un proyecto?
KH: Creo que sí se experimenta una ligera depresión cuando te despides de un trabajo en el que trabajaste muy duro y durante mucho tiempo. Lo que sucede es que llegas a casa y te toma un tiempo ajustarte. Por ejemplo, si tienes hijos, es difícil que encuentres un momento para ti mismo, así que tienes que incorporarte de nuevo a la vida cotidiana. Me puedo olvidar de mis personajes mientras filmo y tengo que ir a casa a descansar, pero cuando el proyecto se termina de manera definitiva, sí me cuesta ajustarme a vivir sin él.

Encuentro con el auténtico David Gandy

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Originalmente publicado en Esquire no. 86 (PDF aquí)

Otra vez una sesión de fotos perfecta. Parece fácil ser David Gandy: vestirse bien, detenerse frente a una cámara —con el gesto serio— y dejar que el lente haga el resto. ¿Qué se necesita para transformarse en el modelo más famoso (y mejor pagado) del mundo? Quizá su nombre sea poco conocido, pero no hay quien no lo haya visto desfilar por las pasarelas que marcan las últimas tendencias de moda masculina o en las revistas con sus fotografías como imagen de Light Blue Pour Homme de Dolce & Gabbana. En exclusiva hablamos con él sobre su vida y carrera.

ESQUIRE: Has trabajado con Dolce & Gabbana por más de una década. ¿Qué ha sido lo que más has disfrutado de ello hasta ahora?

David Gandy: Ha sido fenomenal. No estaría donde estoy sin la ayuda que me ha brindado la marca. Hemos creado algunas de las imágenes más icónicas en lo que a fragancias masculinas se refiere, con Dolce & Gabbana Light Blue Pour Homme. Nunca hubiera imaginado que después de nueve años, aún sería la imagen de la fragancia. Sin embargo, también hemos trabajado en otros proyectos, como un calendario, ropa interior y relojería.

ESQ: ¿Aún recuerdas tu primer sesión? ¿Podrías contarme cómo fue aquel día?

DG: Claro, la recuerdo muy bien. Fue para un lookbook de Paul Smith y siento que me veía como un pequeño conejo frente a los faros de un coche que está a punto de arrollarlo. Recuerdo que aquel día no tenía idea de lo que estaba haciendo. Espero que las cosas hayan cambiado y ahora sea distinto.

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Este soy yo: Shonda Rhimes

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Originalmente publicado en Esquire no. 86 (PDF aquí)

Guionista y productora, 45 años, Chicago, E.U.

> Nunca me verás escribir una serie o película autobiográfica. Nunca. No considero que mi historia sea interesante. Quienes trabajamos en la industria televisiva desarrollamos todo tipo de series. Algunas funcionan y otras no. Así es esto. Si supiera con certeza cómo crear un personaje que atraiga todo tipo de audiencias, ya hubiera escrito un bestseller y sería millonaria.

> Cuando eres el creador de una serie, tu trabajo es asegurarte de que los guiones de todos los capítulos sean buenos, que la producción fluya de manera cotidiana y que siempre exista alguien al pendiente de todo. Al final, estás procurando tu creación.

> Si una serie se cancela, el productor es quien recibe el golpe más fuerte. La responsabilidad como productora es mayor que como guionista, por más que en el segundo caso seas el creador del programa.

> Me han preguntado si me preocupa que mi nombre esté detrás de tres series actuales de televisión. He decidido no preocuparme por cosas sobre las que no tengo ningún control. No tengo nada que ver con marketing ni con programación, así que ni pienso en ello. Mi trabajo en abc es crear series, contar historias y producir.

> ¿Que si siento lo mismo por todos mis personajes ? No sé si podría responder esa pregunta. En el caso de How to Get Away with Murder [que se estrena este mes por Canal Sony], el verdadero creador fue Pete [Nowalk], pero en el caso de Scandal o Grey’s Anatomy, no podría pensar en lo que me gusta o no de ellos. Todos son parte de mí. Sería como confesarte lo que me agrada o no de mí misma a un nivel más personal, y eso sería extraño. Paso tanto tiempo con ellos, trabajando en los guiones, que me resulta casi imposible decidirlo.

> Cuando trabajo sólo pienso en el trabajo, no en ganar premios, ni siquiera para los actores de mis series [Viola Davis se convirtió en la primera mujer afroamericana en obtener un premio Emmy por su papel protagónico en How to Get Away with Murder]. Y bueno, tampoco puedo hablar por ellos [los actores]. Pienso que en la vida diaria cada quien se preocupa sólo por lo que le corresponde: yo escribo, el director dirige y los actores actúan.

> Me resulta muy práctico pensar sólo en el presente, sin preguntarme si mi trabajo podría convertirse en un legado.

> Hace 10 u 11 años no había redes sociales. Tal vez por eso la cadena nunca recibió ningún comentario negativo sobre alguna de mis series. Ahora que éstas se han popularizado y es posible estar en contacto con el público, existe un club muy grande de fans de Grey’s en línea. Tienen un lugar muy especial en mi corazón, por todo el tiempo que dedican a conversar sobre la serie. Para mí se trata de una comunidad increíble que me apoya en todo momento; se emocionan e invierten demasiado tiempo en revisar las líneas argumentales a las que dedico tantas horas. Conozco qué historias les gustan y ahora también he leído comentarios sobre How to Get Away with Murder.

> Cuando escribo hay ocasiones en las que me rijo por las reglas del guionismo, pero también me gusta jugar. Es una combinación de ambas. Todos navegamos por el mundo de ciertos modos. Conforme adquieres más experiencia, aprendes lo que funciona y lo que no. Yo era el tipo de alumna que se sentaba al frente de la clase y vivía con la mano levantada. Así que, en conclusión, suelo guiarme por ciertas reglas.

> Mucha gente me muestra proyectos propios y piden mi opinión. Me encanta descubrir buenos guiones. No todos los diálogos de mis personajes surgen de un impulso femenino. Las palabras provienen de contextos que permiten crear un arco e historia para la serie.

> Cada serie es un animal individual. Me divierte trabajar en distintos títulos. Me permite entrar y salir de mundos completamente diferentes de manera simultánea, y eso es genial.

Me atreví a hacer The Mindy Project [una comedia que francamente nos parece horrenda] porque me hice la ridícula promesa de aceptar proyectos que me asustaran. Entonces cuando Mindy [la protagonista] me invitó a actuar en la serie, tuve que decir que sí. Al final fue divertido pero, ¿volvería a hacerlo? No lo creo.

> Dirigir no es algo que me intrigue ni esté en mi lista de prioridades, quizá porque estoy francamente ocupada. Estoy escribiendo mucho, y además tengo otros compromisos como productora. Dirigir es algo que me interesa mucho pero no es una prioridad en esta etapa de mi vida.

> Me resulta fascinante que hubo otra época en la que también estuve a cargo de tres series: Grey’s Anatomy, Private Practice y Scandal. Y sí, sentí que estuve a punto de caer muerta. Hoy la diferencia es que [además de Scandal y Grey’s Anatomy produce How to Get Away with Murder] Pete es el verdadero encargado del programa. Entonces me consulta, le doy algunos comentarios y listo. Así es cómo puedo continuar con el resto de mi trabajo.

El cerebro de The Big Bang Theory

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Originalmente publicado en Esquire no. 74 (PDF aquí)

The Big Bang Theory cumple siete años de hacernos reír y celebrar la inteligencia en televisión. Visitamos la Universidad de California en Los Ángeles para conocer al genio detrás de Sheldon, Leonard, Raj y Wolowitz. Su nombre es David Saltzberg, y es un profesor de física y astronomía que escribe la terminología científica para los diálogos, presta objetos de su laboratorio para los sets y con sus viajes a la Antártida o al Gran Colisionador de Hadrones inspira algunos capítulos de la serie.

            Una noche de 2007, Sheldon Cooper pervirtió el sueño femenino del hombre perfecto: en el segundo episodio de The Big Bang Theory, el físico teórico más ególatra de California esbozó la sonrisa maliciosa del Grinch para demostrar a Penny —vecina, bimbo y mesera de The Cheesecake Factory— que Superman tiene dos debilidades: la kryptonita y el razonamiento científico.

—¿Sabes? —dice Penny— Me gusta la película en la que Lois Lane cae de un helicóptero y Superman se lanza tras ella como un águila para salvarla.

—¿Sí te das cuenta de que esa escena está plagada de imprecisión científica?

—Sí, sí, ya sé que los hombres no pueden volar.

—No, no, asumamos que pueden: Lois Lane está cayendo, acelerando a una velocidad inicial de 9.76 metros por segundo por segundo. Superman se lanza en picada para atraparla con sus brazos de acero. La señorita Lane, quien ahora está viajando a 193 kilómetros por segundo, se estrella contra ellos y su cuerpo se fractura en tres partes iguales.

            Fin del argumento. Sheldon se regodea como quien acaba de comprobar que la Tierra no es el centro del universo. Penny agacha la mirada cual niño que descubre que el ratón de los dientes no existe. En las gradas de un set de los estudios Warner Bros. en Los Ángeles, el público invitado a la grabación estalla en carcajadas y aplausos. Inadvertido entre esa multitud hay un titiritero sonriente. Se llama David Saltzberg y además de ser profesor de Física y Astronomía en la Universidad de California, es el responsable de que Sheldon Cooper —el nerd más famoso de la televisión— haga reír al auditorio y desmoralice a una chica rubia con un chiste científico que él escribió.

*

            El Sheldon Cooper de The Big Bang Theory es un intelectual con un ego del tamaño del Titanic. Cree que los ingenieros son los Oompa Loompa de la ciencia. Tiene la certeza de que ganará un Premio Nobel de Física. Piensa que todos —a excepción de Stephen Hawking, Leonard Nimoy, Stan Lee y él— son estúpidos. El Sheldon Cooper de la vida real es un catedrático que puede explicar las bases de la teoría de cuerdas con la paciencia de una abuela que le comparte la receta de su pastel de chocolate a un repostero amateur. Cuando David Saltzberg no está en el aula es porque ha volado a Suiza para aplastar átomos en el Gran Colisionador de Hadrones y, para envidia de su alter ego de la televisión, es uno de los pocos hombres que ha viajado a la Antártida en busca de neutrinos, partículas subatómicas invisibles tan diminutas que nadie ha logrado medir su masa.

            David Saltzberg tiene 47 años, poco pelo en la cabeza y esa expresión entrañable del maestro que interpretó Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos. Cuando uno charla con él, siente que podría preguntarle —sin sentirse imbécil— por qué el cielo es azul o cuánto vive una estrella. Saltzberg es un tanto bajo, regordete y bonachón, y —como Williams— posee la mirada pícara de quien apostaría que existe un país llamado Nunca Jamás.

            Saltzberg no invita a sus alumnos a treparse a los pupitres del aula para recitar a Walt Whitman y gritar “Oh Captain! My Captain!”, pero sí premia a sus mejores estudiantes con un programa llamado The Geek of the Week, que incluye una visita semanal al set de Warner Bros. para conocer a los protagonistas de la serie en la que trabaja como “consultor de ciencia” desde hace siete años.

            En el sitio web donde los universitarios despellejan o aplauden a los profesores de su facultad, David no se salva de ser crucificado. “Comete errores y no se da cuenta.” “Plantea preguntas demasiado conceptuales en los exámenes.” Y aunque algunos de sus 300 alumnos se aburren durante las cuatro horas semanales de clase que imparte, a muchos otros les entusiasma que sea parte esencial del detrás de cámaras de una producción que cada semana arrastra a 12 millones de personas frente a sus televisores: “O te acostumbras a su clase o te duermes, pero amo The Big Bang Theory y él es quien escribe el diálogo científico de la serie, lo que lo hace 10,000,000,000 veces más cool”, dejó uno de ellos por escrito.

*

            David Saltzberg es el ojo en la cerradura que los guionistas de The Big Bang Theory necesitaban para infiltrarse en un microcosmos que antes del estreno de la serie era percibido como una incubadora de nerds, esos tipos asociales y excéntricos que podrían formar un culto para alabar a Darth Vader pero jamás invitar a una rubia como Kaley Cuoco a cenar.

            David no recuerda un día en que no le haya interesado la ciencia. Creció en el Estados Unidos que hervía entre las protestas por la Guerra de Vietnam y la carrera espacial, en una casa en Nueva Jersey que aún visita. Ahí vivió con su padre —un ingeniero eléctrico que salía temprano del trabajo para pasar tiempo con su familia—, su madre —un ama de casa que le enseñó a leer— y dos hermanos mayores.

            El primer héroe de su vida fue Isaac Asimov. A Saltzberg le gustaban los libros donde el escritor y bioquímico ruso —autor de las tres leyes de la robótica— explica qué son la electricidad, la luz, el calor y el sonido. Cuando cumplió ocho años se volvió fanático de la televisión y aprendió a esperar, semana a semana, episodios de series como Space: 1999 (1975) y Battlestar Galactica (1978).

            El verdadero Sheldon Cooper dice que la ciencia se le metió en las hormonas cuando montó un laboratorio en el sótano de casa de un amigo mientras cursaban la preparatoria. Sus padres le permitían pasar horas fuera de su hogar bajo la promesa de no volarse un dedo con uno de sus experimentos. Allí ensambló cohetes a escala, mezcló ácidos y bases para producir explosiones, y con azufre quemado fabricó sus propias bombas de mal olor. La ciencia le enseñó que no necesitaba ir a fiestas para emborracharse: desde su laboratorio personal improvisó una pequeña destilería. En ese sótano, además, aprendió a creer en los milagros: asegura que algunos de sus experimentos fueron tan arriesgados que sin un poco de suerte no sólo se habría volado un dedo, como temían sus padres, sino la mano completa.

            Saltzberg, que siempre fue un alumno de 10, dice haber tenido la fortuna de pasar por excelentes clases de química y matemáticas y se sonroja al recordar que hace unos años volvió a Nueva Jersey para asistir a la fiesta de jubilación de su primer maestro de cálculo, y que éste lo reconoció tan pronto lo vio entrar por la puerta. Por enseñanzas como las de su viejo profesor, Saltzberg decidió que la escuela no le bastaba para saciar su curiosidad, sino que pasaría el resto de su vida tratando de explicar los fenómenos que hoy le permiten desprestigiar a Superman en la televisión.

*

            Antes de grabar el primer capítulo de The Big Bang Theory, un grupo de guionistas y diseñadores de producción visitó a Saltzberg en la universidad. Necesitaban conocer a sus estudiantes para esbozar los rasgos físicos y psicológicos de sus nuevos personajes y construir sets inspirados en sus dormitorios. Y así, como buzos de profundidad, los escenógrafos, carpinteros, encargados de vestuario y escritores exploraron la vida cotidiana de los jóvenes científicos que quieren cambiar el mundo. Fotografiaron mobiliario, libros y ropa; tomaron nota de su jerga y sus chistes. La esencia de ese universo de variables, ecuaciones y laboratorios se convirtió en un mundo de imágenes: Sheldon, Leonard, Wolowitz y Raj no son seres ficticios, sino una telaraña que atrapa las particularidades de quienes deciden dedicar su vida a la física.

            Saltzberg, el verdadero Sheldon Cooper, tiene un amigo que se llama Steven Moszkowski, un físico de partículas alto y delgado como un espárrago. Tiene el cabello ensortijado, plateado y camina encorvado mientras apoya una mano en su bastón y la otra en el brazo de su mujer, una anciana vivaracha llamada Esther. Saltzberg se levanta para saludarlos cuando los ve entrar a la sala de lectura universitaria en la que conversamos.

—¡Hola, Steve! ¡Hola, Esther! ¿Cómo están? Yo estoy haciendo una pequeña entrevista para la revista Esquire.

El profesor tímido y bonachón infla el pecho como palomo.

—¿¡En serio!? ¡Wow! Nosotros vamos rumbo a una reunión, pero estaremos de vuelta en casa a las ocho en punto.

—¿A las ocho? ¿Qué pasa hoy a las ocho?

—¡La serie!

—Ah, cierto. Es martes. ¡Es noche de The Big Bang Theory!

Steve y Esther sonríen como quien se sabe amigo de una celebridad. Viéndolos así, tomados del brazo, es imposible dejar de pensar en Wolowitz y Bernadette.

—Steve, ¿qué personaje eres? —pregunta Saltzberg.

—Ay David, no lo sé. Esther dice que soy Sheldon —ella asiente—, pero creo que soy Raj. Mis relaciones con las mujeres fueron muy raras. Tuve algunas citas cuando tenía como 19 años, pero en realidad me dediqué al estudio, así que no tuve novias reales, sino de fantasía. Recuerdo el día exacto en que llegué a una clase de la universidad para estudiar Matemáticas, y vi a una chica muy guapa. Me obsesioné con ella.

            Steve estaba tan enamorado que sus padres buscaron el nombre de la chica en el directorio telefónico y lo obligaron a llamarla para invitarla a salir. Aunque ella lo rechazó, no pudo olvidarla. Su fantasía se esfumó cuando fue reclutado por el ejército —la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin— y su nueva preocupación fue aprender a sobrevivir al entrenamiento de un soldado. Dice que sólo lo logró porque su madre le pidió a un amigo suyo —un químico que estuvo involucrado en el Proyecto Manhattan— que lo ayudara a conseguir una transferencia para trabajar en un laboratorio de Chicago. Ahí conoció por primera vez el mundo de la física y nunca volvió a salir.

            Al igual que su amigo, Saltzberg definió el curso que tomaría su vida —casi por casualidad— durante la universidad. Tenía 22 años, estudiaba Física en Princeton, y cuando realizó uno de los experimentos de su tesis en el ciclotrón de la escuela —dispositivo que carga partículas con energía para acelerarlas y provocar que choquen—, decidió que su especialidad sería el estudio de “colisiones a alta energía” (Lois Lane estrellándose contra los brazos de Superman, por ejemplo). Trabajó 10 años en ello en la Universidad de Chicago, donde obtuvo su doctorado, y ahora es líder de un par de proyectos en el Gran Colisionador de Hadrones, un túnel de tres metros de diámetro y 17 kilómetros de largo que corre bajo los límites de las fronteras de Francia y Suiza, y anualmente convoca a más de dos mil científicos de 21 países para tratar de averiguar de qué rayos se compone el universo. Sigue leyendo