La grieta que Morales dejó en Bolivia

Semanas antes de las últimas elecciones presidenciales de Bolivia, planeé un viaje al país andino sin imaginar que la visita ocurriría a menos de una semana de la renuncia de Evo Morales, quien después de casi 14 años en el poder dejó a los bolivianos convulsionados tras su exilio a México. Éstas fueron mis impresiones y algunas anécdotas del viaje. 

     Le llaman “Evo” en los periódicos y “el Evo” en las calles. ¿Qué más da?, dirían algunos. Parece lo mismo, pero no lo es: esta nada inocente travesura del lenguaje es lo que mantiene al hombre más poderoso de Bolivia arrasando las calles como un viento enardecido aunque lleve varios días sin pisar esta tierra.

     La tarde previa al 14 de noviembre, cuando un avión me llevaría a La Paz, el gobierno de Estados Unidos emitió una alerta de viaje. Visitar el país era riesgoso, decía, porque las protestas escalaban y con ellas la violencia. No obstante, desde Bolivia, los guías y hoteles aseguraban operar con normalidad, así que me armé de valor y seguí con mi plan de recorrer unos seis mil kilómetros desde México hasta una de las ciudades más altas del mundo.

    Quizá el efecto más contundente de las elecciones del 20 de octubre no fue sólo la renuncia “del Evo” –que se vio acorralado por opositores, policías y sus propias Fuerzas Armadas–, sino la grieta que su salida dejó en el corazón de Bolivia. Una mitad –la que le anhela– sale a gritar su nombre a las calles y la otra se siente liberada con su ausencia.

     En medio, sin embargo, se siente un vacío. Es el hombre del que todos hablan –para muchos, el único presidente que han conocido– y ahora ya no está.

     Tres días antes de mi llegada a la pista de aterrizaje de El Alto –que se eleva a unos 4,100 metros sobre el nivel del mar– la senadora Jeanine Áñez dijo que asumía el poder para amansar el caos y convocar a elecciones, pero para miles de bolivianos ella no era más que una usurpadora. Su presidente –el único– era “el Evo”, y a ella la percibían como una de las traidoras que lo quebraron hasta obligarlo a renunciar.

     Hablar nos ayuda a sobrellevar las crisis y en la más reciente turba boliviana hay un tema que todos cargan en los labios. “El Evo” se desayuna, se almuerza y se merienda. Es el protagonista de los noticieros, recorre los cuerpos curvilíneos de las montañas de La Paz en las conversaciones de los taxistas y cobra fuerza en los piedrazos que sus seguidores lanzan a las casas de quien no apoya la causa de presionar al gobierno interino para el regreso de su líder.

     Mientras su país se calienta como una olla exprés que guarda vapor, “el Evo” está en México. Se dice triste, pero en la lucha. Si se lo piden, él vuelve a Bolivia, le gusta repetir. El presidente Andrés Manuel López Obrador, uno de los pocos aliados ideológicos que le quedan en una América Latina que en años recientes se ha pandeado a la derecha, le garantizó asilo político y por eso “el Evo” se animó a viajar.

     “Se fue llorando”, me dijo un taxista de mediana edad. “Él no quería, pero dicen que pensaba que aquí lo iban a matar”.

     Desde su exilio –como los bolivianos se refieren a su situación actual– “el Evo” ya no recorre Bolivia a bordo de su polémico helicóptero, sino como un fantasma que se escabulle por las puertas entreabiertas y protagoniza discusiones que alteran los ánimos.
Otro taxista –de unos setenta años– me dijo que no entendía por qué “la juventud rebelde” había forzado su salida si Bolivia “estaba bien” y él había hecho mucho por los pobres. En cambio, en un puesto de mercado que prepara un plato caldoso con papas y llama en Uyuni –una ciudad turística ubicada en el departamento de Potosí, en el suroeste– una mujer de unos cuarenta me dijo con cierto coraje que “el Evo” siempre estuvo metido en el narcotráfico y por eso siempre apoyó a los cocaleros. Su marido, un empleado de gobierno en Potosí, agregó con cierto desánimo que Bolivia le aguantó todo, pero el fraude electoral, no.

    Uyuni es la joya turística boliviana y tiene el salar más grande del mundo. Hacía años que ansiaba conocerlo y había leído que se puede observar desde el espacio, aunque mi guía no lo confirmó. La gente lo visita en la temporada de lluvias porque el agua en la superficie forma un espejo con el cielo. Ahora, en noviembre, el suelo está seco y parece un desierto blanco sin principio ni fin.

     En La Paz los taxistas y minibuses preguntan a dónde vas antes de decidir si te llevan para evadir a los manifestantes. Los teleféricos frenan operaciones para evitar agresiones. Hay escasez de alimentos y combustible. En Uyuni hay calma, pero también pesa la falta “del Evo”. En un solo día, dijo mi guía, la compañía para la que trabaja tuvo 19 cancelaciones de viajeros con miedo a visitar Bolivia. En el pueblo las calles se ven medio vacías, los hoteles sirven buffets gigantescos que sólo probará un puñado de turistas y el salar está tan desolado que se ve más inmenso que nunca.

    El 20 de noviembre, dos días después de mi regreso a México, la presidenta interina dejó en manos del Congreso un proyecto de ley para llamar a nuevas elecciones. Todos los bolivianos con los que hablé durante el viaje ansiaban este momento; incluso quienes simpatizaban con “el Evo” esperaban la fecha pensando que la calma volvería a las calles y su vida podría normalizarse.

     Sin embargo, quedaba un asunto por definir: si “el Evo” volvería a postularse o no.
La necedad del mandatario por buscar un cuarto mandato consecutivo –acción que fue rechazada por la mitad de su pueblo en un referendo en 2016– le cierra la garganta a muchos, incluso a quienes en el pasado votaron por él.

    “Se hubiera ido bien. Hubiera dejado pasar un periodo y luego hubiera regresado. Todos habrían votado por él”, me dijo el conductor que me llevó a lo largo y ancho del salar.

     En la ciudad de El Alto, vecina de La Paz y bastión político del hombre que cumplió 60 años en octubre y casi 14 en el poder, la cara “del Evo” sigue impresa en algunas propagandas de su última campaña y su nombre aparece a colores en diferentes grafitis. En uno de ellos, el que por alguna razón se quedó conmigo durante todo el viaje, flota la pregunta que persigue a todos aquellos que no bajan la guardia esperando su regreso: “Si no es Evo, ¿quién?”.

La inusual historia del chile mexicano que no pica

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Hay algo que provoca un estremecimiento cuando la lengua se baña por primera vez en un bocado de chile en nogada. Con la mordida inicial cruje su piel salada, el fruto dulce de la granada que lo cubre estalla entre los dientes y ambos sabores bailan en la boca. Casi al instante, la cremosidad de su salsa de nuez envuelve la textura de su carne y justo cuando el paladar se pregunta “¿¡qué delicia es ésta!?”, las especias brotan y los sentidos piden más.

Este coctel de sensaciones no se produce en cualquier cocina. Sus dimensiones no rebasan la palma de una mano y su relleno consta de un solo guiso, pero la especificidad de sus ingredientes y las horas requeridas para prepararlo convierten al chile en nogada en una de las joyas de la gastronomía mexicana y rey de los comedores durante las fiestas patrias de septiembre. Por ello, sólo algunos chefs y entusiastas de las recetas más complejas de México afilan cada año sus cuchillos y su paciencia para dedicar hasta dos días a rellenar las barrigas huecas de estos chiles que no pican.

Una sonrisa surca el rostro del chef Alejandro Cuatepotzo cuando uno elogia el balance entre lo dulce y lo salado de los chiles en nogada que cocina en Arango, el restaurante que abrió en 2018 en Ciudad de México. Mientras dura la temporada _de julio a septiembre_, sirve hasta cien de estos platos semanalmente y para ello su equipo de 14 cocineros dedica ocho jornadas mensuales a preparar una receta que data del siglo XIX y en su caso emplea 30 ingredientes.

Cuatepotzo y los chiles en nogada nacieron en el mismo sitio: el céntrico estado de Puebla. Las versiones sobre el origen del plato varían, pero Ricardo Muñoz Zurita –otro mexicano que además de chef es erudito de la comida local– asegura que se sirvió por primera vez el 28 de agosto de 1821. Ese día, explica, el comandante Agustín de Iturbide acababa de firmar un tratado gracias al cual México logró independizarse de España. El documento se suscribió en el estado de Veracruz, pero en su camino de regreso a la capital Iturbide paró en Puebla y las monjas de un convento lo recibieron con chiles en nogada para celebrar el fin de la colonia. Por ello, dice Muñoz Zurita, no es casual que el plato comparta los colores de la bandera: verde, blanco y rojo.

Aquella receta no sólo sacudió el paladar de Iturbide, quien quedó tan prendado de ella que pidió volver a probarla en Ciudad de México. Desde hace casi 200 años, cuando por primera vez se deslizó sobre un plato de cerámica poblana, este chile se ha posicionado como favorito de muchos. Según el chef Muñoz Zurita, es casi “mítico” porque es un producto efímero: sus ingredientes clave sólo están disponibles tres meses por año y en consecuencia no debería cocinarse fuera de este periodo.

Durante estas fechas algunos mexicanos los evitan porque les desagrada el contraste entre sus sabores, pero en general despierta una fiebre que tapiza las redes sociales de quienes los fotografían antes de devorarlos y lleva a todo tipo de restaurantes a incluirlos en sus menús. La tendencia ha cobrado tal fuerza que en un intento por no quedar fuera, varios acuden a fórmulas sui géneris: mientras una heladería promociona su sabor de “nogada” _hecho con nuez, queso, jerez, leche y azúcar_ una hamburguesería lo ofrece aplastado entre dos panes y hojas de lechuga.

En Arango, un sitio para clase media-alta en el centro capitalino, el chef Cuatepotzo prepara un chile en nogada tradicional _es decir, que ajusta sus ingredientes y elaboración a lo que Iturbide habría comido_ y otro relleno de atún para quienes prefieren las notas saladas. Sin embargo, asegura, 75% de sus clientes elige el primero. “Es un plato que tiene mucha mística, mucho carácter”.

Para él, la clave del sabor equilibrado del producto final está en el cuidado al ensamblar ingredientes que sólo se consiguen en suelo poblano. Por ello, el costo de estos platos suele duplicar los de otras opciones del menú. Mientras que en Arango asciende a 350 pesos (17 dólares), en comedores populares ronda los 150 pesos (siete dólares). En estos últimos, los elementos más costosos y difíciles de conseguir _como las nueces de Castilla o los piñones_ suelen reemplazarse por otros más baratos y accesibles.

Cuatepotzo y Muñoz Zurita coinciden en que los chiles en nogada forman parte de la memoria histórica nacional y por ello hay que evitar sustituir ingredientes para cocinarlos fuera de temporada o someterlos a variaciones exageradas con tal de servirlos hasta en conos de helado.

“Para mí es un plato muy importante, lo hago con mucha fe y ahínco”, dice Muñoz Zurita. En sus restaurantes Azul _donde comerlos es una ceremonia que incluye mantel y vajilla especial_ ofrece cuatro tipos de relleno y cuatro nogadas, como se denomina a la salsa que los cubre. Según explica, confeccionar recetas similares a la que probó Iturbide es viable porque autoridades e investigadores conservan copias de recetarios de la época.

Fuera de los reflectores de la escena gastronómica, pocos conocen estos documentos, pero eso no impide que los chiles en nogada cobren protagonismo en sus cocinas. Desde su hogar en la periferia de la capital de México, Ángeles Ibarra lleva 25 de los 67 años que tiene de vida cocinándolos cada septiembre, y en su familia su sazón se volvió tan añorado que en una misma tanda llegó a cocinar hasta 130. “Son muy laboriosos”, reconoce, pero el proceso es especial para ella, pues lo comparte con su hija y sus nietas.

En una hojita escrita a mano, el chef Cuatepotzo me envía su propia receta: diez kilos de carne, otros tantos de fruta y varias horas con un mandil al cuerpo. Entre los ingredientes es posible reconocer algunos que pueden comprarse en cualquier supermercado _res, cerdo, jitomates, cebollas, higos, canela, tomillo, orégano_ y otros que pocos tendrían en su alacena, como “manzana panochera”, “pera lechera” y “durazno criollo”, que sólo nacen en el municipio poblano de Calpan y él compra a productores locales para mantener con vida a los árboles que llevan más de dos siglos viéndolos crecer.

Cada fruta se pela y se pica una noche antes de arrancar la preparación. La mañana siguiente inicia sazonando la carne con especias y agregándola a una olla con aceite para freír. La fruta se añade según su grado de dureza, vigilándola para que no se bata en un proceso que dura cinco horas. Los últimos en incorporarse son el plátano y el durazno, por su suavidad. Poco antes del segundo proceso de cocción _que dura unos veinte minutos y se le llama “ahumado”, pues cocina con humo_ se agregan más especias y fruta cristalizada. En paralelo se prepara la nogada licuando nuez, queso de vaca y oveja, leche, jerez, azúcar y canela, y se alistan las semillas de granada, que junto con la nogada cubrirán al chile al emplatar y servir a temperatura ambiente.

Cuatepotzo dice que la preparación es lenta porque cada ingrediente exige su tiempo para soltar su sabor.

La espera más larga es para el cuerpo vacío del chile, que para ser rellenado pierde sus semillas y con ello casi todo su picor. La receta emplea chile poblano _el tercero más producido en México después del jalapeño y morrón, según datos oficiales_, y para el chef Muñoz Zurita es “el ingrediente rey de la cocina mexicana”, pues se come en rajas, salsas y como plato principal.

Hay algo que estalla cuando uno muerde el primer trozo y los dientes lo rasgan. Por la boca va y viene lo crujiente y lo cremoso; su dulzor y su sal. El chef Muñoz Zurita dice que el chile en nogada sólo puede llegar hasta nuestros paladares gracias a una coincidencia maravillosa que involucra manos e ingredientes mexicanos en un mismo tiempo y lugar. Todo eso estalla también en la boca al comerlo: esa maravillosa coincidencia entre su origen, su historia y su sabor.

Foto: Rebecca Blackwell

Coincidencia entre colombianos divididos: no más violencia

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2019 (link aquí)

Por César García y María Teresa Hernández

BOGOTÁ (AP) — El penúltimo día de agosto, mientras la prensa del mundo daba seguimiento a la noticia de un posible rearme de la guerrilla más antigua de América Latina y los analistas se preguntaban qué había salido mal tras el acuerdo de paz firmado en 2016 entre el gobierno y la guerrilla de las FARC, la sangre hervía en Colombia.

Aquel no era un viernes cualquiera. Cincuenta y dos años de conflicto armado interno dejaron heridas que aún no cicatrizan en la mente de muchos colombianos –262,000 muertos, 60,000 desaparecidos y millones de desplazados– y, tras una paz que hoy pareciera de cristal, había que hacerse a la idea de que la violencia volvía como una amenaza latente.

“¿Usted es el hijo de Juan Manuel Santos, el delincuente más delincuente de Colombia? ¿El hijo de perra que le entregó el país a la guerrilla?”. Las preguntas de una mujer enfurecida aparecieron en un video publicado en Twitter por Martín Santos, hijo del expresidente que hace tres años firmó la paz con Rodrigo Londoño alias “Timochenko”, entonces jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y actual líder del partido político formado por los rebeldes tras reintegrarse a la vida civil.

La ira y los insultos continúan durante un minuto y medio, tiempo que el hijo del exmandatario usa para ir del silencio incómodo a los comentarios irónicos y la defensa de su padre. El video, aparentemente grabado mientras Santos visitaba un negocio de comida en un centro comercial cuando la mujer lo abordó, ha sido visto por más de dos millones y medio de personas y cuenta con casi 20 mil comentarios que parecieran apoyar y destrozar a ambas partes por igual.

“Tuvo el valor de decir las cosas como son. Nuestro país fue traicionado y aún a si se enojan por que les griten la triste realidad”, escribió un usuario en apoyo a la mujer.

“No la conozco, pero expresó sin tapujos el sentir de la mayoría de lo Colombianos con el falso Nobel y su familia”, añadió otro.

“A palabras necias, oídos sordos!! Muchos seguidores de la derecha no tienen argumentos de altura para debatir y defender a su mesías, aman la guerra porque no la pelean ellos mismos”, respondió una joven en respaldo a Santos.

“La Paz no es un tratado, La Paz es un día a día que todos los colombianos debemos asimilar”, dijo uno más.

La polarización no es nueva, pero se reavivó tras el anuncio de rearme encabezado por el líder rebelde “Iván Márquez”, quien culpó al gobierno de no garantizar sus derechos políticos tras la firma del acuerdo.

En octubre de 2016, cuando la paz trató de afianzarse de manera definitiva, casi 13 millones de colombianos –de más de 34 millones habilitados– salieron a expresar su opinión en un plebiscito. El “no” ganó al “sí” por poco más de 250 mil votos y a pesar de ello se firmó un documento final –ajustado– en noviembre. El mismo mes, el Comité Noruego del Nobel convirtió a Juan Manuel Santos en el máximo laureado por la Paz y hoy está claro que para muchos colombianos el galardón fue inmerecido.

Según analistas, la paz de 2016 pudo influir en las elecciones que le dieron el poder a Iván Duque en 2018, pues durante su campaña se mostró cercano al expresidente Álvaro Uribe –férreo crítico del documento– y aseguró que ajustaría algunos puntos de éste.

Hoy no hay datos oficiales que precisen los avances en la implementación del acuerdo, pero varios coinciden en que queda camino por recorrer. El último informe de la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final (CSIVI), publicado en 2019, presenta un panorama general sobre los avances en participación política y reincorporación de los guerrilleros, solución al problema de las drogas ilícitas y la creación de un sistema integral de reparación, pero no aclara cifras o porcentajes pendientes.

“El proceso de paz se mantiene. Ha tenido dificultades, que es normal en todos los proceso de paz, pero hay ahora un momento muy fuerte para darle mayor énfasis a la implementación para que sea más integral y asegurar que se logre todas las metas que se trazaron”, dijo a The Associated Press Monseñor Héctor Henao, miembro de la conferencia episcopal y presidente del Comité Nacional de Paz.

Las autoridades han insistido en que el anuncio de Márquez fue sobre todo un golpe mediático porque hay cifras de desmovilización que revelan que la mayoría de los exguerrilleros se han acogido al acuerdo. Ariel Ávila, subdirector de la Fundación Paz y Reconciliación, dijo a la AP que las FARC operaban en 300 municipios del país y hoy sólo hay disidencias en 85. Agregó que de los 13 mil guerrilleros contabilizados hoy quedan menos de dos mil, aunque reconoce que Duque enfrenta un reto: el mandatario ha dicho que “la paz de Santos era una farsa” y si “no controla el tema de seguridad, puede quedar en la historia como el presidente que revivió a las FARC”.

Entre los colombianos el sentir oscila entre la asignación de culpas, la incertidumbre sobre el futuro del acuerdo, el potencial involucramiento de Venezuela en el apoyo a los exguerrilleros –argumento que Duque ha repetido– y el posible aumento de la violencia en el país.

En su video, Márquez reclamó el asesinato de líderes sociales y este miércoles la Organización de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Colombia lamentó las muertes recientes de cinco candidatos de cara a las próximas elecciones regionales. Paralelamente, el defensor del pueblo, Carlos Negret, dijo que se afrontan amenazas extremas en 78 municipios debido a la operación de grupos criminales.

Jaime Cifuentes, contratista de 48 años, dijo a la AP que el anuncio del rearme es desesperanzador. “Otra vez va a haber guerra, no como anteriormente ya que obviamente ellos no están tan fortalecidos como antes, pero sí va a volver la violencia”.

“Otra vez volver atrás, perder la confianza en los inversionistas, estancarse el país nuevamente… Sin ninguna duda vamos a volver a la violencia, ataques a la policía, al ejército y a toda la infraestructura económica”, convino Maritza Agudelo, asesora de bienes raíces de 43 años.

A una semana del anuncio de rearme, en Colombia vuelve a escucharse un enfático “no”, pero esta vez tiene que ver con un rechazo a volver a las armas. Una docena de entrevistados por AP –oficialistas de derecha, analistas, personas involucradas en la implementación del acuerdo y gente del común– coincide en el repudio al video de los disidentes de las FARC y –hayan apoyado o no la firma de la paz hace tres años– lamentan la polarización actual.

“Lo preocupante es que los colombianos están ahora muy divididos”, aseguró John Castaño, mensajero de 52 años.

“Es muy triste; los colombianos estamos divididos porque cada uno pensamos diferente… sólo pensamos en uno mismo y no pensamos como país. Ojala no vuelva la guerra interna a Colombia”, afirmó Aidé Ramos, ejecutiva de ventas de 45 años.

En la calle y el gobierno, la voz que más se escucha es colectiva. Eso incluye al mismo Duque, quien ha dicho que continuarán los esfuerzos por alcanzar la paz –una paz “legal”– y pide que el acuerdo a medio implementar continúe y se respete.

“El gobierno tiene que hacer seguir con el proceso con los que decidieron seguir y con los que se fueron en armas irse en armas con ellos y combatirlos. Esto no estanca el proceso. Los que se metieron ya se metieron y los que se fueron de nuevo armas es otra cosa”, dijo Iván Contreras, un arquitecto de 43 años.

Foto: Fernando Vergara

Francisco Negrín: “En la ópera, el medio de comunicación principal es la música”

Originalmente publicado en Pro Ópera septiembre-octubre 2019 (link aquí)

Como un hilo invisible que recorre una ópera de principio a fin, el trabajo de un director de escena se teje en el canto de sus intérpretes, en el movimiento de cada pieza de utilería y en las notas que emiten los instrumentos de sus músicos hasta alcanzar las palmas del público cuando estallan en aplausos. Para Francisco Negrín, su trabajo está hecho cuando logra conducir a todos –integrantes de la producción y público– hacia una misma dirección. Sea que esté a cargo de una ópera de Verdi o de la inauguración de un evento deportivo que será transmitido en directo a miles de personas de distintas nacionalidades y de manera simultánea, se concentra en analizar la belleza y la estética propia de cada proyecto para que viaje sin contratiempos hasta su receptor final.

Aunque nació en la Ciudad de México en 1963 y desde niño sintió afinidad por la música, dejó el país cuando cumplió nueve años y desde entonces ha transitado por diversos territorios geográficos y artísticos. Mientras que su paso por el sur de Francia le dejó un ligero acento al hablar, su coqueteo con el cine y otras disciplinas audiovisuales se han vuelto clave en su carrera tanto para el montaje de óperas como para producir espectáculos de música contemporánea. Prestando su voz a otros para dar un matiz nuevo a sus discursos, ha pasado por los países y los continentes más diversos y sus producciones se han montado en escenarios de España, Australia, Turkmenistán y, próximamente, Perú, entre muchos otros. ¿Existe algo –entonces– que unifique su trabajo y que trascienda algo que parecería tan distante como un tema de Pharrell Williams o una pieza de Händel, sea en una casa de ópera o en un estadio de futbol?

Desde Barcelona, donde vive actualmente, Pro Ópera conversó con Negrín sobre las posibilidades de la dirección de escena, las ventajas de abarcar áreas tan diversas y del trabajo que prepara tanto en ópera como en la ceremonia de inauguración de los Juegos Panamericanos, que iniciarán a fines de julio en Lima.

¿Qué es lo que define el buen trabajo de un director de escena?

Creo que como en todo: cuando te das cuenta de que algo ha sido realmente pensado desde el principio hasta el final, que todas las ramificaciones han sido planeadas, que todo lo que ves ha sido puesto ahí con una intención precisa que quizá tú como espectador no entiendas cuál es, pero sabes hay una intención. Todo está ahí por una razón, todo lo que ves habla entre sí, todo se conecta. Creo que cuando sientes eso, sin analizarlo, cuando sientes o percibes que algo está bien hecho en ese sentido, es muy satisfactorio. Como director, cuando realmente siento que he hecho bien mi trabajo es porque he estudiado todo lo que tenía que estudiar para entender la estética propia de una ópera. Ya sabes, cada una tiene su propia belleza, que no sigue necesariamente los mismos criterios si es una ópera del siglo XVIII que si es una ópera contemporánea, ni es igual la filosofía de tal o cual compositor. Eso lo descubres estudiando qué es lo que realmente hace que esa ópera sea bella o indispensable y única, y tienes que pensar qué herramientas vas a utilizar, con quién lo vas a hacer, porque no todos los cantantes son iguales, ni los teatros, ni los escenógrafos. Entonces ¿con qué herramientas vas a trabajar y qué es lo que vas a contar? ¿Qué vas a añadir tú para aportarle algo a esa ópera? En resumen, es que has pensado en todo lo que debes pensar y hayas intentado ser íntegro con todas tus decisiones y que todo –de ahí la definición de director– vaya en una misma dirección.

¿Cómo guardas un equilibrio entre tu aportación como director de escena y el respeto que se debe tener a la esencia de una ópera?

Yo siempre intento ser respetuoso de la belleza propia de una obra, lo cual no necesariamente quiere decir que hay que ser completamente fiel a cada indicación escrita por el libretista o el compositor. Finalmente, los compositores muertos o de otras épocas estaban trabajando con tecnología teatral y hábitos teatrales muy distintos de los nuestros, entonces para ser fiel a lo que ellos intentaban comunicar tienes que ser aparentemente un poquito infiel para que en nuestro tiempo, en nuestro entorno, ese mensaje pueda pasar, lo cual no quiere decir que debas modernizar la obra. De hecho, yo nunca lo hago. Sin embargo, eso podría traducirse en que algo tenga que ser mucho más violento de lo que hubiese sido en su momento para que la gente lo entienda o debe tener una belleza estética un poco distinta. Hay un montón de ejemplos que podría dar. Una cosa que hago a menudo es tener a un personaje presente en una escena en la cual no estaba escrito pero su presencia provoca que el público entienda esa escena mejor. Lo que sucede es que antes se tocaban temas que todo el mundo conocía y una referencia era suficiente para que todo el mundo supiera de qué se hablaba, pero nosotros no tenemos por qué tener esa referencia y entonces tienes que ser más didáctico con el público. Cosas así. Sigue leyendo

Vuelve lo siniestro en otra novela de Samanta Schweblin

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Originalmente publicado en The Associated Press, junio 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Parece inverosímil. ¿Sentirse amenazado por un osito panda? El cuerpo de peluche, los ojos bien abiertos, el curioso andar de sus rueditas mientras te sigue a todas partes como la más leal de las mascotas. Sería el muñeco perfecto de no ser porque no es un muñeco, sino un “kentuki”: un robot de moda con cámara y micrófono para que un desconocido espíe tu vida de manera remota desde que decidas abrirle la puerta.

En “Kentukis”, su segunda novela, la escritora argentina Samanta Schweblin desarrolla situaciones perversas en las que algo cercano y familiar se vuelve tan amenazante como para dejar a sus lectores con las rodillas tambaleantes.

La autora dice que para su literatura elige lo que despierta su atención en lo cotidiano. Lo siniestro, explica en entrevista con AP, le atrae “por su ruido, por la arbitrariedad con la que, como sociedad, construimos los límites entre lo que es real y lo que no lo es, lo que es normal y lo que no lo es, lo que es aceptable y lo que no lo es”.

Cada kentuki cuesta 279 dólares y se vende en tiendas de autoservicio como cualquier producto electrónico codiciado. Además de pandas, hay topos, conejos, cuervos y dragones. Su funcionamiento depende de dos individuos: el que lo compra y lo lleva a casa como un animal de compañía y el que elige “ser” kentuki, es decir, una persona que compra una tarjeta de la misma marca para conectarse remotamente a la cámara tras los ojos de la criatura y operarla para observar la vida privada de alguien más. El coctel de abuso y voyeurismo que se desencadena nutre la narrativa y mantiene la lectura entre el desconcierto y el horror.

Schweblin ha dicho que la idea de “Kentukis” surgió mientras le daba vueltas al funcionamiento de los drones, a su modo de revelar una intimidad oculta desde otras perspectivas. El nombre de sus creaciones se le ocurrió casi por azar, mientras pensaba en algo que remitiera a sus lectores a un producto popular, estrafalario, y a una marca simple pero conocida.

Con poco más de doscientas páginas y una decena de protagonistas, “Kentukis” es un libro coral. Robin es una adolescente chantajeada por un oso que le exige dinero a cambio de no publicar imágenes de ella con los pechos al aire. Alina es la pareja de un escritor y desquita sus frustraciones con un cuervo en México. Emilia, desde Perú, es una mujer sola que se encariña con la dueña del conejo que le presta sus ojos en Alemania sin imaginar los riesgos de vulnerarse así.

Por su estructura, un sutil coqueteo entre el cuento y la novela, Schweblin deja algunas historias inconclusas. Sin embargo, sus vacíos no defraudan la lectura sino que crean puntos de tensión que hacen de cada relato algo inquietante y difícil de olvidar. Dice que no podría explicar cómo se logra “esa tensión entre las palabras del que escribe y todo lo que el lector nombra en silencio, para sí mismo”, pero tiene claro que el vínculo entre su pluma y quien da vuelta a la página es lo que mantiene sus textos en movimiento: al escribir ella abre una puerta que se cierra en la cabeza de cada lector.

De inicio podría pensarse que la novela se enfoca en los riesgos de la globalización y la tecnología, pero en una capa más profunda “Kentukis” explora lo humano. En la trama no hay oso que se vuelva invasivo, violento o chantajista por sí mismo, sino por la carne y hueso que hay detrás de cada peluche mirón. Entonces, podría pensarse, no es la tecnología en sí misma, sino el modo de utilizarla y relacionarse con ella lo que la vuelve peligrosa.

Si bien esta es la primera vez que la escritora nacida en Buenos Aires en 1978 explora el terreno de la ciencia ficción, no es la primera vez que presenta una prosa que cimbra con desasosiego. En su antología “Pájaros en la boca” (2009), uno de sus cuentos más memorables se centra en el conflicto de un padre que no acepta la idea de que su hija se alimenta de aves vivas. En “Distancia de rescate” (2014), esa primera novela que la llevó a ser finalista del Premio Man Booker International, la protagonista es una mujer que agoniza en el hospital y a través de una conversación que por instantes parece alucinatoria, la voz de un niño misterioso sirve para recontar su pasado.

Contrario a lo que podría asumirse, lo que Samanta Schweblin aborda en sus libros no la inquieta durante el proceso de escritura, sino que le sirve para confrontar lo que se topa en lo cotidiano.

“Cuando algo me angustia, o me preocupa, o no termino de entenderlo, entonces necesito la ficción para desarmarlo… para probarme a mí misma frente a eso que me inmoviliza o me domina”, dice desde Berlín, donde reside.

Mientras teje sus tramas le abruman otras cosas, como trabajar con ciudades y culturas que no conoce a fondo y dar verosimilitud a sus relatos.

Es casi paradójico que perfeccionar esa credibilidad, esa posibilidad tan viva y tan latente de que este mundo conciba a un panda robótico que pueda chantajearnos con revelar nuestros secretos más ocultos sea lo que logre sosegar sus angustias mientras sus lectores deben hallar algún modo de huir de esas zonas oscuras que los lleva a recorrer.

(AP Foto/Markus Schreiber)

Operación tortilla: un molino que defiende al maíz mexicano

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Originalmente publicado en The Associated Press, mayo 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Aunque afuera duermen las calles de México, en la diminuta cocina de Molino El Pujol un par de manos hábiles ya empieza a darle cuerpo a las primeras tortillas del día.

En éste, el último espacio que el chef más famoso del país abrió en la capital, las mesas y los decorados elegantes no existen. Aquí los clientes hacen fila ante un mostrador para realizar sus pedidos y comen de pie o en bancas metálicas frente a una modesta barra de madera. Desde que la vida de este local arranca a las cinco de la mañana y se extingue pasadas las cinco de la tarde, el único protagonista es el maíz. Las tortillas se preparan diariamente, cuando el pecho ronco del molino transforma varios kilos de granos en masa caliente y una vez que están listas permiten saborear trozos de campo e historia local.

En esta nación que hace 10.000 años dio origen al cereal con el que se producen, las tortillas son parte de la vida cotidiana, pero para algunos chefs y expertos en alimentación su calidad ha mermado debido a procesos de industrialización que han afectado la pureza de sus ingredientes mediante la utilización de conservadores o transgénicos. Además, aseguran, muchos mexicanos desconocen cómo se elaboran las tortillas tradicionales y la variedad de maíces que ofrece esta tierra, por lo que un puñado de organizaciones y expendios privados como Molino El Pujol buscan difundirlo.

Hace un año, Enrique Olvera inauguró su molino en la Condesa, un barrio capitalino de clase media alta y la propuesta despertó curiosidad. Su restaurante Pujol suele tener todas sus mesas ocupadas en una zona lujosa de la ciudad y alcanza el sitio número 13 en la lista de The World’s 50 Best, mientras que Cosme —que abrió en Nueva York hace cuatro años— ha atraído a personalidades como Barack y Michelle Obama, quienes lo visitaron una noche para cenar. ¿Por qué, entonces, la estrella más brillante de la gastronomía mexicana decidió abrir una tortillería?

El chef de 43 años dice que se trató de un paso lógico dado que ya había dedicado tiempo a respaldar a productores nativos y ofrecer sus productos en sus restaurantes, pero para Amado Ramírez —un ingeniero agrónomo que ayuda a Olvera en la selección de granos del estado de Oaxaca, en el sur del país— el nacimiento del molino tuvo que ver con la nostalgia. “Para él la tortillería es recuperar su pasado”, asegura. “Reconocer los tiempos en los que iba por su colonia a recoger tortillas y las llevaba bajo el brazo”.

Para miles de mexicanos, ese recuerdo que ata el corazón del chef a su molino es compartido. Hasta hace unas décadas, antes de que se popularizaran las tortillas empacadas, era común observar en los barrios populares a niños que hacían fila en solitario o tomados de la mano de sus abuelas cerca de amas de casa que también esperaban para comprar. Aquella tradición no ha desaparecido, pero es menos frecuente y hay quien afirma que los ingredientes de las tortillas se han degradado.

“México dio por sentado su maíz”, dice Rafael Mier, director de Fundación Tortilla, que se preocupa por visibilizar los beneficios de producir, vender y consumir tortillas de calidad para la dieta e industria. Según el experto, este alimento tiene una importancia vital porque es el más consumido por la población y al prepararse con masa libre de añadidos es una gran fuente de energía y proteína. “Con una mala tortilla vamos a tener un mal desempeño. La tortilla toca la cultura, la identidad nacional, la producción, la gastronomía”, agrega.

La iniciativa de Molino El Pujol y otros pocos expendios similares podría parecer simbólica dado que su cadena de distribución se limita a clientes capitalinos de clase media o media alta y restaurantes del mismo espectro. Sin embargo, no desisten ante su idea de volver a mirar la tierra propia para contribuir a su desarrollo a pesar de que sus costos son elevados y compiten con gigantes nacionales como Maseca, que distribuye harina empacada para hogares y algunas tortillerías a precios accesibles, o Bimbo, que ofrece tostadas embolsadas en tiendas.

Al entusiasmo de los expendios se suman organizaciones con intereses afines como la que encabeza Rafael Mier y otras como Alianza por Nuestra Tortilla, que propone un decálogo entre cuyos puntos destaca la exigencia de tortillas nixtamalizadas —aquellas que se elaboran únicamente mezclando maíz, cal y agua—, transparencia en el sistema de suministro para clarificar las características y origen de los productos, y el impulso de maíces regionales que al pagarse a un precio justo detonen bienestar campesino y una conexión emocional con el patrimonio cultural.

Sin embargo, hay muchos mexicanos para quienes el costo de tortillas hechas de maíz como el que ofrece el molino de Enrique Olvera resulta demasiado elevado. Concepción Reyes, una mujer de 84 años que compra en un local popular capitalino del barrio San Rafael, dice que jamás pagaría 60 pesos (unos tres dólares) por un kilo, porque las que acostumbra adquirir no rebasan los 13 pesos (poco más de medio dólar). En contraste, hay un puñado de personas que sí se animan a visitar expendios como el del chef sin importar los precios y entre ellos es común observar a extranjeros que se dicen felices de haber probado un producto local.

En Molino El Pujol, donde las mañanas transitan en medio de aire caliente y olor a maíz, los clientes no parecen tardar mucho en dejarse seducir. Algunos giran los ojos hacia el cielo cuando dan el primer sorbo a su atole —una cocción dulce de maíz en agua— y otros dejan escapar un gemido cuando el primer pedazo de tamal —masa rellena de frijol con una hierba local— vuela hasta su boca desde la punta de un tenedor.

De una pared cuelgan ilustraciones de mazorcas —las espigas en las que crecen los granos que luego se muelen con piedra para hacer masa— y el único menú es un pizarrón tras el mostrador que ofrece una decena de platos para desayunar o comer. Aquí el color de los granos puede variar de un día a otro —amarillo, negro, rojo— porque nunca sabe qué ofrecerán los proveedores en los cargamentos de hasta 300 kilos de producto que surten dos veces por semana, pero siempre hay una constante: el entusiasmo de los cinco empleados que atienden el local como si su bandera fuera el maíz.

Aunque apelan a un pequeñísimo sector de la población, muestran un entusiasmo desbordado al pensar que su contribución podría beneficiar al país. Por lo pronto, sólo piden confianza y paciencia para volver al origen, cuando tantos mexicanos como el chef Olvera hacían fila para comprar sus tortillas y tras abrir su envoltura de papel tomaban la primera a la vista para enrollarla en un taquito y devorarla con unas pizcas de sal.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

Por siempre París

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Originalmente publicado en la revista Glow, octubre 2018 (link aquí)

La colección de Alta Costura Otoño-Invierno 2018/2019 de Chanel fue presentada el mes pasado en uno de los sitios más emblemáticos de la capital francesa. Con la maestría de un genio que sabe tomar lo mejor del pasado para visualizar un futuro inspirador y fascinante, Karl Lagerfeld se apropia de lo mejor de los símbolos parisinos para transformarlos en nuestros nuevos objetos de deseo.

El mundo ha hecho una pausa y mientras recobra el aliento un hombre se desliza con toda calma sobre la pasarela que pronto volverán a pisar sus musas. Impasible y elegante, Karl Lagerfeld brota del río Sena como si su misma aparición quisiera decirnos algo: su nueva colección surgió del corazón de París.

El Sena no es el Sena. Su cauce petrificado circunda el escenario de un desfile y a sus costados son mujeres las que discurren como un torrente vibrante y poderoso. Es julio, el calor abrasa a las asistentes que usan abanicos desde las gradas dispuestas en la nave central de Le Grand Palais y bajo sus anchas vidrieras ocurre algo casi mágico. Los símbolos nos hablan, el verano fluye hacia una nueva estación y se anuncia la colección de Alta Costura Otoño-Invierno 2018/2019 de Chanel.

El cliché de las reseñas de un evento de moda nos incita a decir que en cada temporada un creador se renueva. Ahora Lagerfeld también lo hace —por supuesto— pero a través de una sutil reconfiguración de lo ya conocido. Aunque todo aquello que nos fascina de lo parisino renace en sus manos, la más reciente línea de la firma pareciera entretejerse en un viaje intermitente entre presente y pasado. Es y fue. Al observar la colección con minuciosidad asistimos a lo simultáneo: es lo ya asentado y lo nunca visto; como decir “por siempre París”.

Hay 240 metros de longitud entre un punto y otro en el interior del gigantesco cuerpo de concreto, vidrio y hierro de Le Grand Palais. Junto a las aguas absortas del Sena ficticio, hay puestos de memorabilia y una larga calle imaginaria —la pasarela— que se surca de tributos. El París literario, académico y romántico pareciera estar en movimiento y entonces ahí, frente a nosotros, París deja de ser sólo París y adquiere una silueta femenina.

Cada modelo y cada prenda que cruza el espacio encapsula la esencia de la capital de Francia y cada mujer es la continuidad de otra mujer. Todas invitan a caminar junto a ellas; invitan a soñar. Aunque ya lo sabemos —o deberíamos saberlo— Lagerfeld lanza un recordatorio al aire: no somos la misma por la mañana, por la tarde o por la noche. Al salir el sol puede haber un desayuno, una familia o una cita de trabajo, pero al ocultarse no se descarta una cena, una sonrisa, un secreto. Somos una y varias a vez. Tenemos matices, aristas, somos transformación.

Como el demiurgo en el que se ha convertido después de 35 años de estar al frente de Chanel, el diseñador germano lo comprende y ahora sus creaciones se construyen y deconstruyen en un parpadeo. El cambio es tan delicado y cauteloso que apenas se nota: los cuerpos alargados y esbeltos de las primeras modelos visten trajes mientras que las últimas dejan volar las amplias telas de sus vestidos como si fueran diosas nocturnas. El cambio entre una y otra es tan espontáneo, tan natural, que obviamos la transición.

Esta vez la constancia no solo es la elegancia que desde siempre ha caracterizado a la maison, sino el riesgo ante lo ecléctico: hay contrastes en las texturas de los sacos, las faldas con chamarras, los vestidos y botines, y un diálogo entre la inspiración puramente parisina y los peinados de cola de caballo con frente al estilo Rockabilly que fue icónico en los años cincuenta.

El desfile arranca con tweed. Sacos con hombreras, abrigos con cremalleras en las mangas y faldas largas que también se abren de un costado para mostrar una minifalda por debajo. “La pierna se ve mucho más bonita de perfil”, opina Lagerfeld sobre su diseño. “El total look necesita los botines, los bordados, los guantes, el peinado. Todo combina perfectamente”.

Lo que sigue se arriesga aun más: plisados en chiffon, botines con lentejuelas, plumas, moños y pedrería. A pesar del aparente discernimiento entre los materiales, el balance es perfecto. Los colores varían poco y esa homogeneidad mantiene la sobriedad de cada pieza en su lugar. “No hay estampados ni de flores ni de nada. Hay lentejuelas y brillos para iluminar el rostro, pero no para hablar de ornamentación”, explica el kaiser de la moda.

La colección de Alta Costura Otoño-Invierno 2018/2019 de Chanel es del color de París. Aunque la iluminación, temperatura y vistas de aquella ciudad de postal pueden variar durante el año, hay paisajes cromáticos que permanecen inmutables. Está, por ejemplo, el gris pálido de los techos de casas y edificios, el carbón del asfalto de las calles, el verde almendrado de las estructuras de los sitios históricos, el marino fundido en el negro de la noche y un coqueteo entre el blanco, rosado y malva de cada amanecer. En los casi 70 looks que recién presenta la casa francesa, la paleta es un suspiro otoñal.

Al abrazo del color se suman las partículas que complementan el todo. Hay atuendos con oro y cristalería bordada, tules enredados y un juego entre la franela, el terciopelo, el crepé, el encaje, la organza y el tafetán. Según la misma firma, todos los elementos se unen para orquestar una declaración amorosa a una urbe de moda y cultura; a un rico patrimonio histórico.

Ese amor se transmite en cada paso; desfila ahí frente a nuestros ojos. Una vez más, los detalles de Chanel son extraordinarios y en cada milímetro brilla el talento de una costurera que pinta plumas y cose lentejuelas diminutas con la paciencia y esmero de un relojero. También de este modo, lo ya conocido se eleva otro peldaño y se supera a sí mismo.

El nuevo París —el que ha creado Lagerfeld para nosotros este año— culmina con un atuendo nupcial. El vestido de tweed es verde pálido, de corte largo y recto, y en la parte superior ofrece una chaqueta con lentejuelas bordadas de efecto redingote, estilo empleado por hombres y mujeres entre los siglos xvii y xviii. El velo es corto, sencillo y magnífico. Aunque oculta parcialmente el rostro de la novia, podríamos atrevernos a adivinar lo que hay en sus ojos: esto —que podría ser un sueño— es real, es palpable, y ella puede disfrutarlo con la calma del agua del río que surca el alma de París.

Foto: Chanel