El sueño de vivir en una isla llamada Rapa Nui

Originalmente publicado en The Associated Press, enero de 2023 (link aquí)

English story here.

RAPA NUI, Chile (AP) — Esta historia inicia con un caballo que deja su rastro sobre la arena y una joven francesa que pausa su cabalgata para observar el mar.

Delphine Poulain sonríe mientras apunta con el índice hacia la costa, como si recordara el sitio exacto en el que hace 27 años se detuvo y pensó: “Quiero vivir aquí”.

Por aquel entonces ya llevaba tiempo viajando entre las islas de la Polinesia, pero nunca antes había pisado Rapa Nui. Bastó una visita para desear un futuro lejos de las grandes ciudades en esta tierra de volcanes extintos y estatuas monolíticas llamadas moai.

Algunos mapas identifican el hogar que la adoptó como “Isla de Pascua”, pero Delphine lo llama como sus pobladores originarios: Rapa Nui. Allá muy lejos de este punto en lo inmenso del Pacífico están el continente americano y Chile, país al que se adscribe la isla. Aquí en Oceanía, donde la artista francesa de 52 años ha echado raíces, están la paz y el aislamiento que atesora y comparte con otros 8.000 habitantes.

Aquel paseo con su caballo ocurrió en 1994. Estaba de vacaciones y había volado desde Tahití, donde vivía y trabajaba transportando turistas como navegante profesional.

“Desde el primer día pensé: quiero regresar”, recuerda. “Mi sueño de vivir aquí nació ese primer día”.

Entre aquella cabalgata y esta tarde de verano pasaron casi tres décadas. En ese tiempo Delphine estudió enfermería y ejerció el oficio. Navegó. Trabajó como decoradora de embarcaciones. Regresó varias veces a París, donde nació, pero su fascinación por la Polinesia la trajo de vuelta al Pacífico una y otra vez.

En uno de esos viajes volvió a enamorarse del chico francés que le robó el corazón en su país entre los 14 y los 16. Ahora tienen dos hijos adolescentes y desde 2014 los cuatro han hecho un hogar en Rapa Nui.

El año pasado, para agradecer lo que la isla ha traído a su vida, Delphine ofreció un regalo al templo católico local: un proyecto que consistiría en pintar 14 vidrieras para representar el vía crucis en la Iglesia de la Santa Cruz, ubicada en el centro de Hanga Roa, ciudad principal de Rapa Nui.

Aunque la población actual es mayoritariamente católica, sus prácticas religiosas se entretejen con lo ancestral. Las canciones que entonan en las misas narran pasajes bíblicos pero no se cantan en español, sino en rapanui. Las estatuas de madera que retratan a la virgen María y al espíritu santo no se inspiraron en la iconografía occidental, sino en la fisonomía y el legado de los antepasados.

En la iglesia de la Santa Cruz, la madre de Dios no parece una mujer de finos rasgos europeos, sino un moai. El tercer símbolo de la trinidad no es una paloma, sino un manutara, un ave de pico alargado que fue central para el culto espiritual isleño del siglo XVIII.

Adaptar la iconografía católica a la cultura ancestral de Rapa Nui ha sido clave para crear y mantener adhesión al catolicismo. Y no sólo eso: los rapanui son tremendamente celosos de su identidad, por lo que a un extranjero sólo se le admite de manera permanente cuando demuestra un esfuerzo visible por pertenecer y aportar algo a su cultura. En una tumba fechada en 1969, afuera de la Santa Cruz, están los restos de Sebastián Englert, el sacerdote y misionero alemán más querido por los rapanui. Sobre ella, una leyenda dice: “Vivió entre nosotros y habló nuestra lengua”.

Delphine cuenta que ser aceptada en la isla no fue rápido ni sencillo, pero ella ha asumido el proceso con perseverancia. Incluso sus vidrieras son un paso más en el camino: los personajes que retrata se inspiraron en gente conocida y poseen rasgos rapanui. Desde que comenzó a colocar las imágenes en los ventanales, algunas personas que antes no la saludaban ahora agitan la mano y dicen su nombre cuando la ven pasar.

“Es un trabajo de vida, de actitud”, explica. “Tú lo ves. Tengo tanto respeto a la isla y a la gente. Antes era yo sola, con mi caballo y mi libertad, pero ahora la gente conoce bien a mi marido y a mis niños. Los niños abren otras puertas”.

Su casa podría pasar desapercibida ante un extranjero que camine veloz y descuidado por la playa frente a ella. Es un rectángulo grisáceo como la piedra volcánica que le sirve de base y la abraza una vegetación verde y preciosa, similar a la que se observa en un viñedo.

El compromiso que tiene Delphine para integrarse con la isla es absoluto. Rapa Nui no es su tierra de origen, pero la respeta y la procura como si lo fuera. Eligió el color de su casa para no alterar el paisaje. El agua que utiliza es sólo aquella que recolecta de la lluvia. La única electricidad que disfruta es la que le ofrece un panel solar.

Incluso su habla refleja que es de aquí sin ser de aquí: aunque su español no ha logrado desprenderse de su acento francés, cuando saluda no dice “hola”, sino “iorana” —una expresión local— y entre otras palabras no dice “bebé”, sino “guagua”; nunca “novio” o “pareja”, sino “pololo”.

Con amor y paciencia, sus manos y las de su familia han acomodado cada ladrillo de esta vida que han construido desde que Delphine tuvo aquel sueño mientras montaba su caballo frente a este mismo mar.

En el verano de 2014, el primero que vivieron aquí, no tuvieron más que una carpa para resguardarse, pero ahora su hogar es un depositario de lo que la isla les ha obsequiado.

El techo se construyó con lámina y el resto con madera. Los pisos y paredes descansan sobre rocas o troncos. Los trastos se lavan en lo que antes fue la parte baja de una bañera y por encima del comedor de cuatro plazas se alza una lámpara que tuvo otra vida como tambo de metal.

“Ha habido mucha dificultad, pero también mucha felicidad. Éste era mi sueño y vivir tu sueño es increíble”, dice Delphine.

Dentro de su estudio —una de las cuatro habitaciones de esta guarida impredecible y fascinante— hay un árbol junto al escritorio improvisado en el que la artista se inspira para dibujar.

Su trabajo inicia con trazos sobre la hoja en blanco y cuando un boceto la convence lo lleva al lienzo con pintura de acrílico, que es la que más le gusta emplear. Para las vidrieras de la iglesia requiere otro pigmento que sólo consigue en Francia y se transporta en barco, por lo que el proceso demora y aún le faltan diez de las 14 vidrieras por terminar.

Todas las paredes están cubiertas de algo. En una de ellas hay tubos de pintura a medio usar. En otra cuelgan espátulas, martillos y cuerdas. Junto a la puerta se recargan lienzos sin usar y tras su mesa de trabajo hay obras que inspiró en la cultura rapanui: retratos de niños cubiertos con takona, pintura tradicional que se fabrica con pigmentos naturales y se asemeja a un tatuaje, y un manutara de perfil.

Delphine no estudió arte de manera formal, pero siempre ha sentido curiosidad y deseos de explorar. Sus padres tenían libros en casa y de niña abrió uno que describía los misterios del mundo, donde leyó por primera vez sobre Rapa Nui.

Cuando no tiene un lápiz o un pincel en las manos, Delphine maneja las riendas de alguno de sus siete caballos, con los que obtiene algunos ingresos y ofrece cabalgatas para turistas que visitan Rapa Nui.

Esta historia acaba con una mujer francesa que se sienta afuera de una casa del color de un volcán.

Con una copa de vino tinto en la mano, Delphine Poulain detiene sus ojos claros en un paisaje que podría ser una de sus pinturas, pero es tan real y palpable como el sueño que cumplió: sobre esa arena que hace 27 años la vio cabalgar, su marido camina descalzo detrás de sus caballos.

Son sólo sombras bajo el cielo infinito de la tarde y dentro de unos minutos, cuando se hayan alimentado y la luz haya menguado, volverán a galopar en libertad.

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AP Foto: Esteban Félix.

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

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Con fe y buen ritmo, mexicanos gozan posadas en Xochimilco

Originalmente publicado en The Associated Press, diciembre de 2022 (link aquí)

Versión en inglés aquí.

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Ya con la túnica de terciopelo puesta y el sombrero ajustado, a Miguel Zadquiel sólo le falta colocarse la máscara y escuchar el primer golpe del tambor para empezar a bailar.

“Por cada sonido que hace, yo muevo los pies”, dice como si la música ya sonara en su cabeza. “Da un golpe y yo muevo un pie, el otro. O doy una vuelta y muevo los hombros. Cada quien tiene su estilo”.

A sus 14 años, Miguel ya es un orgulloso integrante de la comparsa “Brinco de fe”, un grupo de medio centenar de bailarines conocidos como “chinelos” que del 16 al 24 de diciembre encabezaron una serie de procesiones católicas en Xochimilco, un barrio al sur de Ciudad de México.

El recorrido forma parte de la temporada de posadas, pero en esta zona de la capital cumple un propósito adicional: celebrar al Niñopa, una representación del niño Jesús que los vecinos estiman como su patrón.

Las posadas son una tradición del México posterior a la conquista. Se llevan a cabo durante nueve noches y en cada una los devotos recuerdan el peregrinaje de José y María para buscar refugio antes del nacimiento de Jesús.

Para ello, un hombre y una mujer se disfrazan como la pareja y peregrinan acompañados de algunos vecinos mientras sostienen veladoras o luces de bengala. Al llegar a una casa previamente seleccionada tocan la puerta, intercambian una canción con quienes esperan al interior y pasados unos minutos ingresan para celebrar juntos la llegada de Jesús.

En Xochimilco las posadas involucran todos los sentidos. Al ritmo del tambor, el clarinete y la trompeta, uno se siente tentado a bailar mientras camina, como los integrantes de la comparsa de Miguel. En el trayecto se reparten gorros de colores, globos y reguiletes. Los fuegos artificiales hacen su aparición de manera inesperada y apenas da tiempo de sacar el teléfono para inmortalizar el instante.

“Primera vez que vengo y me ha encantado. Es muy alegre todo, muy feliz”, dice Donaldo López, un mexicano de 25 años que vive en otro barrio pero se unió a la posada del Niñopa por invitación de su hermana, que recientemente se mudó a Xochimilco.

A su costado hay dos niñas pequeñas que sueltan un puñado de confeti sobre la calle mientras su madre prepara su cámara para fotografiar al festejado, una figura de madera del tamaño de un bebé de carne y hueso que hoy viste de blanco.

Nadie sabe con certeza quién talló al Niñopa, pero se cree que fue hallado cerca de la catedral de Xochimilco después de la conquista española. A la fecha se le considera milagroso y sus devotos suelen rezarle cuando un familiar enferma y esperan su recuperación.

“Hemos visto varias historias de él en internet y varios conocidos nos han contado cosas que les ha cumplido”, cuenta Fernanda Mimila, de 20 años. “A mí y a mi familia siempre nos pasa que cuando lo vemos de cerca o lo vemos pasar en algún lugar sentimos la vibra y nos dan ganas de llorar”.

Antes se permitía que sus devotos lo cargaran durante la procesión pero ahora se le cuida con esmero. Se calcula que tiene unos 450 años, así que las precauciones nunca están de más.

No se puede exponer a la luz solar, al flash de las cámaras o a la humedad, explica Abraham Cruz, cuya familia organizó la sexta posada de esta temporada invernal. A sus espaldas, en lo que parece ser la cochera de la vivienda, el Niñopa luce sonriente y tranquilo desde una suerte de altar casero mientras inicia la procesión.

Tener al Niñopa en el hogar es el honor de una vida. El respeto y cariño hacia esta representación de Jesús se transmite de una generación a otra y organizar una posada en su nombre es tan deseado que se solicita con décadas de anticipación. La fiesta de hoy se asignó hace diez años, pero la segunda de la temporada se comprometió hace 28, asegura Abraham.

Asumir esta responsabilidad implica planeación y ahorro, pues la familia que organiza la posada debe costear hasta el último detalle: desde los globos que flotan sobre las cabezas de los participantes hasta la misa y los tacos que se ofrecen a todo el que guste formar parte del festejo.

Como en otros barrios de México, en Xochimilco existe una “mayordomía”, una familia o grupo de personas que se encargan de salvaguardar alguna imagen sagrada para la comunidad. Este rol también tarda décadas en asignarse y cuando eso ocurre, las familias destinan un espacio de su casa para él.

Durante las nueve posadas, el proceso se repite día tras día: los posaderos elegidos para la jornada recogen al Niñopa en la mayordomía, lo trasladan a una iglesia donde se celebrará una misa, ofrecen un almuerzo en su honor y luego lo llevan a casa, donde otros devotos lo visitan y esperan a la procesión nocturna, que concluirá con su regreso a la mayordomía y los cantos de acompañamiento a María y José.

A la caminata nocturna se unen miles de personas. Las parejas se toman de la mano. Los nietos empujan las sillas de ruedas de sus abuelos y los padres abrazan a sus hijos pequeños para calentarlos si sienten frío.

Al frente de la procesión avanza la comparsa junto a la banda de música. Le siguen María y José disfrazados y al final el Niñopa, que para su protección viaja cómodo y seguro en una camioneta BMW.

Vestida de rosa al igual que sus pequeñas, Magda Reyes toma las manos de sus hijas de siete y once años mientras cuenta que ha asistido a las posadas del Niñopa desde que era niña. “Xochimilco es muy devoto de lo que representa. Mi mamá me traía (a las posadas) y ahora yo traigo a mis hijas”.

Para muchos, la noche más especial llega con la última posada, el 24 de diciembre.

Después de la procesión, cerca de la pareja que representa a María y José, los asistentes cantan para arrullar al “niño Dios”, como le llaman con cariño. La canción del pueblo se escucha sin importar que él ya esté dentro de casa y pocos puedan verlo. Es una voz colectiva para recordarle que lo quieren y lo cuidan, tal y como él les da su bendición.

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AP Foto: Eduardo Verdugo

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

El legado ancestral de Rapa Nui se mantiene vivo en sus moai

Originalmente publicado en The Associated Press, diciembre de 2022 (link aquí)

Versión en inglés aquí.

RAPA NUI, Chile (AP) – Al primer vistazo, el volcán Raro Raraku parece el de siempre. Lo cubre un sol que asalta desde un cielo sin nubes y se siente ardiente sobre el rostro.

Sobre su ladera los moai de Rapa Nui duermen. Hay casi 400 bajo el abrazo del pasto y la roca. Algunos están enterrados del cuello hacia abajo. Parecen cabezas plomizas que espían desde el centro de la Tierra. Otros están semicubiertos, con el tronco al aire y el rostro hacia la isla.

A la vista es el mismo sitio que la historia congeló hace 200 años, pero entonces un aroma inusual confunde al olfato. Algo se quema dentro del cráter y el olor a humo viaja a metros de distancia.

El fuego se ha mantenido vivo durante semanas. Desde que el incendio se desató el 4 de octubre, los bomberos se han adentrado casi diario al corazón del Rano Raraku para sofocarlo, pero la totora llega a tal profundidad que las llamas reviven. La vegetación aledaña no ayuda.

“Mira esto. Es como petróleo”, dice Jean Pakarati, directora consejera de la comunidad indígena de Ma’u Henua, encargada de administrar la zona, mientras levanta un puño de pasto con textura de felpa.

Dentro del cráter el paisaje es otro. Hay focos de humo. Ramas quemadas. Terreno raso. Algunos moai no se ven grisáceos, sino negros.

Hasta ahora pareciera que el fuego rozó a un centenar de ellos como un corredor apresurado, pero aún falta evaluar los daños. La UNESCO destinará 96 mil dólares al diagnóstico y planes de reparación.

Para quien es extranjero en este territorio polinésico que ahora pertenece a Chile y también es conocido como Isla de Pascua, ésta es una tragedia arqueológica. Para el rapanui, en cambio, es una herida profunda.

Aquí el moai es el recuerdo de quien alguna vez fue piel y hueso. Palabra y música. Protector y ancestro.

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Piensa que estás frente a un mapa de Oceanía. Busca un diminuto triángulo verde rotado hacia su izquierda y encontrarás a Rapa Nui en medio del Pacífico.

La isla es tan pequeña que basta un día en auto para bordear las tres caras que dan al mar.

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Una carcajada explota dentro del salón cuando el profe Konturi Atán despega su plumón azul del pizarrón. Más que un moai, su dibujo parece una pieza de ajedrez.

El historiador de 36 años ríe con sus alumnos de séptimo grado. Minutos atrás escribió el objetivo de la clase: “Relacionar las primeras civilizaciones con Rapa Nui y sus características”.

—¿En la isla hubo grandes edificios, como los egipcios?

—¡No!

—Correcto, pero sí grandes lugares sagrados, los ahu. ¿Y aquí hubo invención de un Estado?

—¡No!

—No, pero sí llegó el rey Hotu Matúa. ¿Y a los moai dónde los colocarían? ¿En política? ¿En religión? Es complejo, ¿no?

En el colegio Eugenio Eyraud, el profe Konturi vincula el programa educativo con Rapa Nui. En 2021 relacionó su cátedra con el mar cercano a la isla y sus alumnos fueron premiados en un concurso oceanográfico. Otro año se volcó a la conexión con la tierra. Cuando llega el turno a los moai, viaja con sus chicos hasta alguna de las plataformas ceremoniales –como el Ahu Tongariki– y juntos observan las estatuas.

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Piensa que tu auto avanza junto a la costa y de pronto ves una inmensa base rectangular de piedra: un ahu o plataforma ceremonial. Es tan alta como el primer piso de una grada. Tiene varios metros de largo y, sobre la superficie plana, un moai.

Un ahu siempre está cerca del agua. El moai siempre da la espalda al mar.

“Donde hay agua hay gente. Donde hay gente hay comunidad. Donde hay comunidad hay un ahu y donde hay un ahu hay un moai”, explica el profe Konturi Atán.

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Una clase de historia convencional iría más o menos así:

Entre 3.000.000 y 750.000 años atrás, tres erupciones volcánicas formaron esta isla a la que hoy sólo se puede acceder con un vuelo de seis horas desde Santiago.

Sus primeros habitantes fueron navegantes de la Polinesia Central que encontraron palmeras, plantas comestibles, aves y animales marinos. Paulatinamente gestaron su propia cultura. Entre el año 1000 y 1600 esculpieron inmensas estatuas de piedra como un culto a sus antepasados.

En el siglo XVII llegaron los primeros europeos y casi cien años después los misioneros. La religiosidad rapanui empezó a entrelazarse con el cristianismo.

Tras el arribo de expediciones peruanas, miles fueron secuestrados y esclavizados en América.

En 1888 Chile anexó la isla a su territorio y la arrendó a una compañía ovejera. Apenas a mediados del siglo XX los isleños empezaron a recuperar su autonomía.

Este resumen escueto es letra parca. Deja fuera la Historia –o su totalidad– porque es unilateral. Es un registro extranjero.

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Piensa que observas una tablilla de madera alargada con signos y símbolos que quizá se grabaron a punta de obsidiana: un tipo de escritura inventado en Rapa Nui que se llamó rongo rongo.

Los únicos sabios capaces de leerla murieron subyugados en América. A la fecha nadie ha logrado descifrarla y todas las tablillas que la contienen están en museos foráneos. 

La memoria de Rapa Nui no se escribe. Se narra de abuelos a nietos. Se baila en el hoko, una danza de guerra. Se siente en el pecho cuando tu profe de historia te lleva al ahu que guarda los huesos de tus antepasados. 

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Frente a ramas de totora que humean dentro del cráter del Rano Raraku, Jean Pakarati responde muy seria.

“La importancia de lo que ves aquí es que es parte de nuestra vida. Por eso es tan importante todo lo que vaya a afectar a la arqueología, como la llaman ustedes, pero para nosotros es parte de nosotros”.

La representante de Ma’u Henua lleva una flor blanca sobre la oreja izquierda. El cabello negro está recogido en un moño detrás de la cabeza.

En Rapa Nui no hay nada que la comunidad no atesore. Todo se aprehende a través del habla y se entreteje con la vida.

“En la isla cada una de las piedras tiene un nombre. Tú vas por la costa, con un adulto mayor, y cada una de las rocas tiene un nombre, tiene su importancia”.

En el habla hay un universo para los extranjeros y otro para los dueños de esta tierra que no rebasa los ocho mil habitantes. El turista marca en su mapa “Rano Raraku”, pero para Jean Pakarati el nombre es “Ma’uŋa Eo”.

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Piensa que no estás frente a una roca gigantesca. Lo que fotografías no es una pieza de museo, sino un ancestro.

El hombre detrás de todo moai tuvo dos vidas, una entre los vivos y otra desde el mundo de los muertos. Quizá fue el padre de un padre cuya descendencia todavía lleva su huella por la isla. Quizá fue un abuelo, hermano o Ariki, el jefe de su clan.

Cuando un rapanui importante moría, su espíritu tenía la posibilidad de renacer de las manos de un artesano que tallaría un moai a su semejanza. Por eso no existe uno igual a otro y todos se llaman distinto. “En la isla cada una de las piedras tiene un nombre”.

Aunque el territorio se dividía según sus clanes, todos los moai se tallaron en el Rano Raraku.

Piensa que de la superficie semiplana de la ladera un rostro empezaba a cobrar forma en la piedra. Le seguía el torso, las manos, las piernas. Luego los costados y al final la espalda.

Poco a poco, el tallado desprendía al moai de su volcán. Aún hay enigmas sobre el proceso, pero se sabe que al ponerlo en pie su parte baja se enterraba para estabilizarlo, detallar las orejas y el dorso.

El modo de desplazarlos hasta sus ahu no está claro pero se cree que se movían de pie, arrastrándolos con pequeños giros de izquierda a derecha como se haría con una estufa o un refrigerador.

Los moai caminaban, cuentan algunos en Rapa Nui.

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A las dos de la madrugada, cuando el fuego del 4 de octubre se apagó, no había bomberos sobre un cráter que ardía, sino rapanuis.

Eran ellos contra las llamas, contra el descuido que permitió que el infierno avanzara hasta sus moai.

Usaron palas, rocas, su coraje. Cortaron árboles y ramas.

Fueron 254 hectáreas de quema, explica Jean Pakarati. No comenzó en este sitio, sino en un sector ganadero, pero el viento cambió su rumbo y lo llevó al volcán.

“Familia, amigos y rapanui llegaron a apagar el fuego a pesar de que no se puede combatir un incendio en la noche”, dice la representante de Ma’u Henua. “¿Qué le vas a decir a la gente cuando está con esa angustia, cuando le dicen que su volcán, donde se construyen los moai, se está quemando?”.

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Piensa que tu auto te lleva hasta una playa de arena blanquecina y aguas transparentes donde se puede nadar a espaldas de un ahu con siete moai.

Lo que hoy es un atractivo turístico alguna vez fue el sitio de desembarco de un rey.

Hotu Matua llegó a Anakena hace unos mil años desde la isla de Hiva junto a su hermana y su comitiva después de soñar que su tierra sería destruida. Necesitaba un sitio nuevo para refundar su pueblo y ese sitio fue Rapa Nui.

Hotu Matua seccionó la isla. Se formaron clanes. Sus descendientes siguen aquí.

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—¿Qué sintió cuando se enteró del incendio?

—Ay, me puse a llorar… Fue como que me quemaron a mis abuelos.

Carlos Edmunds tiene las manos gruesas y rugosas del hombre que trabaja. Un acordeón de arrugas junto a los ojos ligeramente claros. El pelo blanco que uno esperaría ver en el presidente del consejo de ancianos.

Su habla es como una canción antigua en su español imperfecto. Su lengua materna es el rapanui, lo único que conoció hasta que cumplió 18 y viajó a América para estudiar.

Sus antepasados nacieron en Anakena y el consejo que preside aglutina a los jefes de las tribus que se formaron desde el primer emplazamiento humano. Entre otras cosas, su trabajo implica defender la autonomía isleña: impedir que la tierra se venda a extranjeros, impulsar que ciertas regiones sean reguladas por rapanuis y que los turistas prueben que tras una visita no se quedarán a vivir aquí.

Su jardín está cubierto de hojarasca y sirve de campo de juego a un pastor alemán cojo y cariñoso que se llama Hachi. Bien podría ubicarse en Anakena, pero la casa de Carlos Edmunds está en Hanga Roa, que hoy concentra a la mayor parte de la población.

“Todavía estamos encerrados aquí”, dice el rapanui de 69 años.

Los extranjeros que arrendaron la isla despojaron a sus antepasados del sitio que los vio nacer pero la protección de sus ancestros no lo abandona. “Para nosotros los espíritus siguen viviendo”.

Con la naturalidad de quien confiesa que guarda chocolates en la alacena, Carlos Edmunds sonríe y dice que tiene un pequeño moai dentro de su casa. Señalando su cuello, donde los católicos suelen llevar una cruz, dice: “Yo no me puedo colgar un moai porque es muy pesado, pero tengo moai ahí adentro. De piedra, de madera, esas figuras me protegen”.

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Piensa que no tienes un libro para registrar la historia de tu pueblo. ¿Qué haces? La escribes en el mundo. Transformas el recuerdo colectivo en costumbres que repetirán tus hijos y los hijos de sus hijos.

La mano del pescador que lanza un anzuelo lleva la sabiduría de sus antepasados. El peinado de las mujeres es un símil del pukao, un moño de piedra rojiza que se colocó sobre la cabeza de los moai en su periodo de esplendor. El tatuaje de un bailarín del Tapati –festividad anual que buscar preservar el legado rapanui– puede trazar la leyenda de un clan.

Aquí la historia no está en las bibliotecas sino en el cuerpo. “Ustedes escriben libros, nosotros escribimos música. Ésos son nuestros libros”, dice Jean Pakarati.

“Para ustedes es ‘me muevo por allá y me muevo para acá’, pero no están entendiendo cuál es la finalidad”, sigue. “Para mí toda esa música que voy a bailar es una expresión y esa expresión es historia. Es la manera en que puedo aprender mi historia y enseñarla”.

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Los pies descalzos de Itapúa Ika sortean un foso humeante como una rana intrépida. Son las tres de la tarde y el chef de 15 años debe darse prisa. En cinco horas llegarán los turistas.

En la excavación rectangular sobre el suelo ya arden piedras volcánicas y madera. Falta colocar la carne, cubrirla con hojas de plátano y esperar la cocción. Por la noche repartirá el guiso entre 30 personas a las que les explicará el significado de este umu o curanto.

El local se llama Te Ra’ai y lo administra la madre de Itapúa, Roziemeire De Arruda, una brasileña que se casó con un rapanui y ahora vive en la isla.

En 18 años ha recibido hasta 120 extranjeros por jornada, pero de marzo de 2020 hasta agosto de este año no llegó ni uno. Para proteger a su comunidad del COVID-19, el alcalde ordenó el cierre de la isla, cuya economía depende en 80% del turismo.

“Hay diferentes tipos de umu”, explica la mujer de 52 años. “Se hace cuando alguien nace. Cuando alguien muere. Cuando alguien se casa”.

Umu tahu para augurar buenas vibras. Umu hatu para despedir.

“Cuando se prepara se hace con sentimiento”, añade Roziemeire. “En el umu participan los ancestros. Con el vapor se alimentan”.

Días atrás, el aeropuerto estrenó una nueva banda de equipaje. Para bendecirlo, Roziemeire preparó un umu tahu.

El extranjero no lo sabe, pero cuando arrastra su maleta adentrándose en la isla, ya lleva consigo el cobijo ancestral.

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Piensa que si dejas Rapa Nui no habrá nada frente a ti más que mar. Tahití está a 4.200 kilómetros. Hawái a más de 7.000.

Aquí no hay valles. Nada protege al suelo de la erosión. No hay oro ni plata. Poco es lo que se puede cultivar.

Para enfrentar este entorno de aislamiento y precariedad, el rapanui aprendió a tender la mano a su hermano. Sólo si todos sobreviven es posible avanzar. 

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Con su voz profunda de violoncelo, el alcalde Pedro Edmunds guía a su comunidad como si fuera el murmullo de un Ariki del pasado.

Él no es un alcalde como otros. En Santiago, Los Ángeles o Berlín la autoridad que mejora una vialidad pavimenta el camino y construye aceras. Pedro Edmunds, en cambio, no ilumina una calle sin consultar a los antepasados.

“Incorporar maquinaria pesada sobre un territorio ancestral es una violación al espíritu protector del lugar”, asegura. “Nosotros lo llamamos Aku-Aku”.

Aquí no se mueve una roca sin convocar a vivos y a muertos. Hay asuntos cotidianos para los que basta un umu, pero ante una situación extrema –digamos, una pandemia– hace falta algo más.

“Tuvimos que llamar a los ancestros y desempolvar códigos ancestrales”, dice como si guardara la sabiduría milenaria en un cajón de su escritorio color ámbar.

Uno de esos códigos fue “umanga”.

Expliquémoslo así: tu familia tiene hambre y tú no sabes pescar. Un hermano rapanui, entonces, te enseñará como pedir pescado al mar y una vez que domines el oficio lo legarás a alguien más.

“Es bellísimo porque quienes están empoderados con el conocimiento lo aportan a los que no lo tienen y juntos se multiplica”. No es para uno sino para todos. Nunca en singular, sino en plural.

“La veneración está en aquellos ancestros que fueron buenos dirigentes. Es una sociedad que se formó colectivamente”, explica el alcalde. “Los mismos rapanui nos hemos encargado de cuidarla. Perdimos el cuidado cuando el Estado se incorporó y aplicó reglas nacionales extranjeras sobre códigos ancestrales”.

Pedro Edmunds ha sido el líder que más tiempo ha permanecido en el cargo: 25 años. Le inquieta lo que podría ocurrir cuando deje el puesto, pero por ahora está satisfecho.

“Nuestras hijas e hijos no han perdido la esencia de ser rapanui y eso es garantía de que esta cultura tiene garantizado su futuro. Es una sociedad respetuosa de su entorno, tremendamente celosa de su cultura”. 

Para ti, ¿qué significa ser rapanui?

—Es la intensidad con la que tratamos de conservar nuestra lengua, nuestra cultura y lo que nuestros ancestros nos han legado.

—Es lo que podemos entregar a la generación que sigue.

—Es ser de una isla con una historia de cómo nosotros venimos creciendo, de cómo sufrió mi padre, mi madre.

—Es una lucha constante de nosotros como isla, de poder mantenernos a flote día con día. Eso es lo que nos hace diferentes al resto.

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Piensa que el pasado ha enseñado al rapanui a desconfiar del extranjero.

La gentileza de algunos se desbordará con su sonrisa y te abrirán la puerta de su casa para mostrarte cómo usan la corteza de un árbol para crear papel artesanal que puede ofrecerse en el mercado a los turistas.

Otros marcarán una línea, incluso con el idioma: Armando Tuki Tuki, presidente de Ma’u Henua, no habla con la prensa más que en rapanui.

“Lo importante es no contar todo lo espiritual de nosotros”, dice Jean Pakarati. “Es como si yo te preguntara qué haces en tu casa con tu familia. Hay cosas que son para nosotros, sectores que no son para el turismo, son para el rapanui”.

También hay secretos que sólo pertenecen a la comunidad.

¿Quién provocó el incendio? ¿Por qué no se le ha castigado? Se sabe y no se sabe. Hay un nombre, sí, pero nadie se atreve a mencionarlo. No habrá castigo porque para eso alguien tendría que haber presentado una denuncia, pruebas o testigos, y eso nunca lo hará un rapanui. 

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“En 2023 cumplo ocho años viviendo en Rapa Nui. El periodo de adaptación provocó que se perdiera lo mágico que uno ve al ser turista. Acá la vida tiene otro ritmo. Integrarse es difícil para los continentales, ya que hay una discriminación súper marcada frente a los chilenos.

Como en todos lados, hay de todas las personas. Hay rapas felices que uno aprenda su cultura, su lengua, sus bailes. Pero otra parte –quizás mayoría– te ven como que haces el ridículo y eso va matando el aprecio que uno pueda sentir por este territorio.

Pienso que nunca nos sentiremos parte de la comunidad. Acá nada es de nosotros. Sin embargo, tampoco es imposible. Hay personas que se han ganado el reconocimiento de los rapanui ya sea por investigaciones o aportes a su etnia”.

Las fricciones entre los rapanui y los continentales –como llaman a los chilenos que vienen de América– ha sido histórica y es visible en Rapa Nui.

La persona que ofreció este testimonio aceptó compartirlo bajo la condición de que no se revele su identidad para no arriesgar su seguridad.

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La metáfora de un rapanui roto que se reconstruye gracias a la fuerza de sus ancestros cobra vida en la piedra.

Debajo de los ahu hay pedazos de plataformas más antiguas. Escondidos bajo los pies de un moai podría estar el cuerpo fragmentado de otro que montó guardia antes que él.

Todo moai tenía una vida útil y, cuando ésta terminaba, sus restos se usaban para erigir algo más.

Incluso las plataformas actuales son una reconstrucción. A partir del siglo XVIII los moai fueron derribados, quizá por factores ambientales o por desinterés. Un registro sugiere que en 1838 cayó el último titán.

El historiador rapanui Christian Moreno piensa que la fascinación que estas estatuas provocaron en los extranjeros contribuyó a que la isla recuperara un fragmento de su historia que había caído en el olvido.

“Nos gusta mucho decir que el mundo exterior trajo muchas calamidades, pero también trajo otras cosas interesantes”, explica. “Cuando surge el interés del extranjero en Rapa Nui, ya no cumplían una función religiosa, política o económica. Estaban tumbados. No eran nada realmente especial y los rapanui no entendían por qué se maravillaban con ellos”.

El rapanui de entonces empezó a hurgar en el recuerdo colectivo. Habló con gente mayor, con gente joven, con todo el que tuviera algo que contar y lentamente su historia revivió.

“Entonces el rapanui vuelve a entender y a recuperar esta idea de que los moai representan ancestros que caminaron por esta misma tierra, que respiraron este mismo aire, que vieron este mismo mar”. 

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Después de un tiempo, si eres paciente, Rapa Nui te enseñará a leer a sus moai.

Si su tamaño es pequeño y sus facciones toscas, estarás ante un ancestro de tiempos remotos. Mientras más grande sea su cuerpo y más fino su tallado, más cerca habrá estado del periodo de esplendor.

Su último hogar, su posición y sus ojos también te dirán si duerme o si despertó. 

El moai que vive es aquel que dejó su volcán y alcanzó un sitio en su ahu. Mira hacia la isla y no hacia el océano porque es él y no su tribu quien absorbe el peligro exterior. En su rostro hay cuencas talladas porque un día tuvo ojos de coral blanco que trajeron de vuelta al espíritu del ancestro fallecido desde el mar.

“Mientras los rapanui puedan voltear y ver que todavía están ahí los moai, estará todo bien”, dice Christian Moreno. “Estarán seguros porque estarán sus ancestros observándolos, protegiéndolos”.

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En Rapa Nui cada una de las piedras tiene un nombre.

Moai Ahu Vai Uri.

Moai Ko Te Riku.

Moai Tuturi.

Ninguno es sólo nombre, sino genealogía. No es sólo ancestro, sino el pueblo que lo amó. 

“El rapanui es un idioma de pocas letras, pero una palabra te puede dar una profundidad de la vida increíble”, dice el alcalde Pedro Edmunds con su timbre de dragón. Son sólo 14 caracteres pero en ellos coexiste la metáfora, la parábola y la filosofía.

En Rapa Nui el habla se habita. Es un acto espiritual. Un nombre contiene lo que eres, lo que haces, lo que quieres.

“Muchas veces he preguntado a otras nacionalidades: ¿tú quién eres? Y me dan su nombre”, dice Jean Pakarati.

“Cuando a mí me preguntan, yo les digo: yo soy rapanui”.

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AP Foto: Esteban Félix.

Desafío Hoki Mai: canotaje que honra la cultura polinésica

Originalmente publicado en The Associated Press, diciembre de 2022 (link aquí)

Versión en inglés aquí.

RAPA NUI, Chile (AP) — El moai parece un gigante misterioso que monta guardia frente a la costa de Hanga Piko, donde este sábado arranca el desafío Hoki Mai.

Desde mediados de septiembre éste fue el punto de encuentro de doce deportistas que entrenaron para una travesía de canotaje polinésico que los llevará de Rapa Nui –también conocida como Isla de Pascua– hasta Motu Motiro Hiva, otra porción de tierra que pertenece a Chile y está en medio del Pacífico.

“No va a ser fácil”, aseguró Gilles Bordes, coordinador del Hoki Mai, a The Associated Press. “Van a ser casi 500 kilómetros. Tres días y tres noches. Es la primera vez en la historia que se va a remar una canoa así”.

Bordes se mudó a Rapa Nui este año, pero lleva tres décadas viviendo en la Polinesia y dos dedicado al remo. “Agradezco mucho a todos los tahitianos que me enseñaron su cultura y a remar. Yo vengo de Francia, pero me aceptaron y compartí con ellos, entonces para mí es un agradecimiento organizar una travesía así”.

Detrás del Hoki Mai hay tres objetivos. El primero y más evidente es el deportivo, cuyas actividades se han apoyado con asesoría nutricional y psicológica. El segundo es ambiental. Motu Motiro Hiva –también llamada Salas y Gómez– no es una isla habitada, pero hay afectaciones en su territorio y el océano que la rodea.

“Se trata de destacar cómo se están contaminando las islas por la basura que cae de los continentes. Hay mucha contaminación marina en Motu Motiro Hiva”, aseguró a la AP Konturi Atán, un historiador de 36 años que alterna sus días entre la docencia, la investigación y el deporte. “Las aves tienen nidos en redes, en cuerdas, y cuando nacen (las crías) se comen esa basura”.

El tercer propósito es social y cultural. El equipo llevará un pequeño moai femenino a la isla para crear consciencia sobre la importancia de la mujer en el mundo.

Los entrenamientos de los martes y jueves solían realizarse en dos canoas con capacidad para seis participantes bajo el sol de las 5 de la tarde. En el hemisferio sur el verano apenas se acerca, por lo que las sesiones de preparación aun les reservaban horas de luz.

Para el arranque del Hoki Mai se sumarán dos chilenos del continente y un hawaiano. Durante la travesía sólo habrá una canoa y la actividad se realizará por relevos: cada grupo de seis remará en turnos de cuatro horas hasta alcanzar 24 por jornada y 72 en total. El descanso se realizará en un buque de la Armada de Chile que escoltará el camino.

“El entrenamiento ha sido duro, sobre todo para las personas que hemos estado menos tiempo en esto”, dijo Atán.

El historiador confiesa que él es el menos experimentado entre los remeros. Relata que un compañero lo invitó a unirse a la preparación grupal un día en que él remaba en una canoa v1, para una sola persona. “Me dijo: necesito que vengas para ayudarnos; nos falta gente para entrenar”.

Luego se reunieron para comer y tras una conversación en la que comprendió los objetivos del viaje, Atán aceptó.

Así pasó septiembre, octubre y noviembre. Algunos días en el gimnasio y otros en el mar. El canotaje de los sábados duraba seis o siete horas y no siempre era de día. A veces salían a las 3, 4 o 6 de la mañana, pues durante el Hoki Mai enfrentarán la oscuridad.

“Practicamos remar en la noche, practicamos dormir poco, practicamos entrenar todos los días. Gimnasio, remo, gimnasio, remo, gimnasio, remo. Salvo el domingo que descansamos”, agregó Atán.

La espiritualidad y lo sagrado recorren Rapa Nui como el viento del Pacífico que se cuela por todas partes. La preparación de su comida cumple fines rituales. Sus canciones cuentan historias. El deporte es una pieza más del rompecabezas que guarda su pasado.

Los moai como el de Hanga Piko son quizá el elemento más reconocible de Rapa Nui. Los extranjeros suelen sentirse fascinados por ellos y los conciben como piezas arqueológicas, pero para los rapanui poseen un valor tan íntimo como sus huellas digitales o la sangre que les corre por las venas.

Tallados en piedra volcánica entre los años 1000 y 1600 desde las laderas del volcán Rano Raraku, representan a los ancestros de los clanes cuyos descendientes aún habitan Rapa Nui. Se colocaban sobre plataformas ceremoniales llamadas ahu con el torso hacia la isla para recibir su protección y desde octubre pasado atrajeron la atención internacional tras un incendio que alcanzó el cráter del Rano Raraku y dañó a decenas de éstos.

Desde su concepción sólo han sido tallados por manos expertas, por lo que un artesano rapanui estuvo a cargo del moai femenino que viajará en el Hoki Mai. “Vahine significa mujer y ese moai viene a reconocer la importancia de la mujer en estos tiempos y en tiempos antiguos”, explicó Atán.

En este viaje, los remeros llevarán una estatua pequeña y se espera que en marzo puedan trasladar una más grande.

El legado de sus ancestros también acompaña a estos rapanui de otras maneras. En la proa de la canoa hay un reimiro, símbolo que emula una barca o una media luna y solía portar el Ariki –o jefe de la comunidad–, por lo que representa autoridad. Varios días antes del Hoki Mai, la embarcación se bendijo con la preparación de un umu, que implica cocinar bajo tierra con ayuda de piedras calientes y cumple un fin sagrado.

“Lo hicimos con una gallina blanca”, recordó Atán. “Es algo más espiritual. Comer un trozo hace más sentido; es una conexión con nuestras raíces”.

Esa reconexión no sólo tiene que ver con los rapanui, sino con sus vecinos polinésicos. Con Tahití y otras islas no sólo comparten similitudes de lenguaje, sino también históricas y culturales.

Ahora, con este viaje, el sueño es que esos lazos se amplíen más allá de la Polinesia. Por eso no sólo remarán los rapanuis y el hawaiano, sino también dos chilenos “continentales”, como se identifica a quienes viven en el territorio de Chile en Sudamérica. En la isla no es inusual que tanto rapanui como continentales mencionen fricciones históricas entre ambos grupos.

“La idea de la canoa también es la unión”, dijo Gilles Bordes, coordinador del Hoki Mai. “Seis personas haciendo lo mismo para avanzar mejor. La unión de las culturas. También por eso va a remar gente de Chile, para demostrar que juntos podemos avanzar hacia un futuro mejor”.

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AP Foto: Esteban Félix

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Gracias, Virgencita: un año más en la Basílica de Guadalupe

Originalmente publicado en The Associated Press, diciembre de 2022 (link aquí)

Versión en inglés aquí.

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — En la voz de Yamilleth no hay rastro de duda. Una vez más, Nuestra Señora de Guadalupe la salvó.

“Ayer que salimos de ver a la Virgen yo andaba con mi teléfono y no sé cómo lo perdí… Marcamos al número mío y gracias a Dios una señora contestó. Todos me decían ‘no lo vas a recuperar’ y yo dije ‘virgencita, no puedo regresar sin mi celular’. Como a la hora, la señora me lo llevó. Te digo: es el milagro que la Virgen me hizo”, contó a The Associated Press.

Éste no es el primero ni el más importante de los favores que Yamilleth Fuente dice haber recibido de su Virgen, sino un recordatorio de que siempre la cubre su manto protector. Por eso, como millones de devotos, esta salvadoreña de 49 años viajó miles de kilómetros para visitar la Basílica de Guadalupe, que resguarda la aparición mariana más importante de México.

En 2014, cuando Yamilleth enfermó de cáncer, también se encomendó a su Virgen y ahora asegura que le debe cada aliento. Cuenta que es devota desde hace décadas y su familia comparte su fe.

“Toda la vida he querido a la virgencita y antes hasta soñaba con ella”, aseguró. “Mi hija se llama Alexandra Guadalupe porque es un milagro de la Virgen”.

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El primer creyente se llamó Juan Diego.

Una madrugada de 1531, este indígena caminaba cerca del cerro del Tepeyac cuando el canto de unos pájaros atrajo su atención. Decidió parar y tras un instante de silencio la escuchó.

“Mi Juanito, mi Juan Dieguito”.

Era Ella y, en su voz, su nombre.

Habían pasado diez años desde la conquista española, por lo que México era un territorio de indígenas que habían renunciado a sus creencias para abrazar otra fe.

Juan Diego subió al cerro y en lo alto vio una doncella de pie. De acuerdo con el Nican Mopohua —un documento del siglo XVI que según la Iglesia Católica narra esta aparición—, Ella llevaba un vestido que resplandecía como el sol y las rocas bajo su pisada parecían jades.

Era la Virgen María, la Madre de Dios, y habló en náhuatl. Usó el lenguaje de Juan Diego para demostrarle cuánto lo amaba y le hizo una petición: construir una “casita sagrada” para poner a Dios de manifiesto y ofrecerlo a la gente.

“A Él, que es mi mirada compasiva; a Él, que es mi auxilio; a Él, que es mi salvación”.

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La Basílica de Guadalupe es visible a kilómetros de distancia. Su cuerpo es redondo y sobre su techo hay una estructura que simula el manto de la Virgen. Esto envía un mensaje: Ella cobija a todos, tal y como siente Yamilleth.

Los mexicanos conocen la zona como “La Villa” y a su alrededor el movimiento no cesa. Por sus accesos peatonales fluyen peregrinos locales o extranjeros. Lo mismo llora un bebé desde su carriola que un anciano apoyado en su bastón.

Algunos asisten a misa. Otros se persignan y se van. Muchos prenden cirios afuera del templo.

La fe en la Virgen de Guadalupe no choca con otras creencias. Es usual observar fieles que entran al santuario entonando canciones típicas de sus pueblos o vistiendo ropas autóctonas.

“Nosotros somos de la Comparsa Axolotl Niño Dormidito”, dijo a AP Guadalupe Rodríguez, una mujer sonriente que fotografía a sus compañeros, unos danzantes con quienes caminó desde un barrio ubicado a unos 25 kilómetros de ahí.

Son casi una decena. Visten túnicas de colores, sombreros que parecen tambores y máscaras de hombres barbados. Mientras avanzan interpretan un baile que surgió como una especie de burla hacia los conquistadores.

La Basílica actual es el edificio más nuevo del complejo. Data de 1976 y, según el gobierno de Ciudad de México, el 12 de diciembre pasado recibió a 3,5 millones de fieles que celebraron la aparición de la Virgen hace casi 500 años.

A su alrededor hay otros santuarios: un exconvento, una capilla y la primera parroquia en la que se edificó una ermita para la Guadalupana. Ninguna, sin embargo, tiene un tesoro como el de la nueva Basílica.

Un manto que cuelga al centro del recinto es la prueba del milagro. Desde ahí, como alguna vez miró a su Juan Dieguito, la Virgen de Guadalupe observa al resto de sus hijos. La protege un vidrio que ha resistido atentados y se la puede ver a pocos metros desde una banda móvil que pasa bajo sus pies.

Ahí no se permite tomar fotos pero para sus fieles eso no resta emoción al encuentro. “Ni te puedo describir cómo lloré”, contó Yamilleth.

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En algunas creencias, la iconografía es fundamental. Es lo que ancla la fe y la materializa; lo que le da cuerpo al nombre.

Para los mexicanos, la Virgen de Guadalupe también es la “Morenita” porque su rostro es mestizo. Representa a esa Iglesia nueva que pidió erigir.

En una edición comentada del Nican Mopohua que el canónigo Eduardo Chávez publicó en 2017 se cita un relato que se cuenta sobre la Virgen en Veracruz, un estado en el Golfo de México. “Su rostro no es ni de ellos (españoles) ni de nosotros (indígenas), sino de ambos. Identificarse con su rostro mestizo nos compromete a vivir como hermanos”.

Juan Diego también tiene una carga simbólica. La Aparición implica que Dios habló al hombre a través de su madre y el interlocutor elegido no fue un europeo ni un noble, sino un “indito” o “macehual”. Esto es clave porque supondría que con la manifestación de la Virgen surgió también un rayo de esperanza para los más vulnerables.

Antes de la Aparición, la viruela había matado a casi la mitad de la población indígena. La estructura social, política y económica previa a la conquista había sido destruida. La religión tampoco se salvó. “Fue una tremenda tragedia existencial ver desplazados sus ídolos y templos, aquello por lo que habían dado literalmente su sangre”, escribió Chávez.

A las faldas del cerro que hoy resguarda a la Basílica existió un templo para la diosa Coatlicue Tonantzin y la fecha de la Aparición coincidió con una fiesta indígena anterior a la conquista, pero la Iglesia rechaza que la fe Guadalupana sea un sincretismo. Para ésta es un punto de partida hacia algo nuevo.

“El mundo antiguo se terminó, se colapsó, se destruyó, pero no para desgracia del ser humano. Ese 12 de diciembre de 1531 se verificó este maravilloso encuentro entre el verdaderísimo Dios por medio de su Madre para dar una vida llena de amor y misericordia, para la salvación plena y total”, puntualizó Chávez.

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Una explanada a espaldas de la Basílica parece un estacionamiento de casi cien mototaxis. Junto a los vehículos, sus conductores esperan a un sacerdote que les dará la bendición.

“Cada año venimos a darle gracias a Dios, a la Basílica, a la Virgencita, y para que nos ayude”, explicó a AP Abraham García, dueño de uno de los mototaxis que vive en Nezahualcóyotl, cerca de la capital.

El mexicano de 45 años narra que él y sus compañeros viven en comunidades humildes y siempre tratan de dar un buen servicio. “Este año nos fue bien y nos vamos más bendecidos para tratar de ser mejores personas”.

El fervor hacia su Virgen se observa en cada vehículo. Algunos la llevan estampada en la parte trasera. Otros despliegan su escultura con flores como un altar bajo el retrovisor.

Para la Iglesia Católica, la misma imagen de la Virgen es un milagro. Cuando la “Morenita” le pidió a Juan Diego su casita sagrada, éste acudió al único hombre con el poder de construirla: el obispo. El mensajero se arrodilló en dos ocasiones frente a Fray Juan de Zumárraga, pero él dudó de su palabra y le pidió una prueba de que la petición venía de la Madre de Dios.

Juan Diego volvió ante Ella. Siguiendo sus indicaciones, recogió todas las flores que encontró en el Tepeyac y las guardó en un manto que llevaba frente al pecho. “Con esto le conmoverás el corazón al Gran Sacerdote para que interceda y se erija mi templo”, le dijo al pedirle que llevara las flores al obispo.

Una vez frente a Zumárraga, el macehual soltó su tilma. Con la caída de los pétalos la imagen de la Virgen apareció sobre la tela y ése fue el inicio del culto mariano más importante del país.

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La veneración del manto es uno de los objetos de estudio de la doctora Nayeli Amezcua, académica de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

“Tiene que ver con la importancia de la materialidad en el catolicismo”, refirió a AP. “Es una religión muy sensorial… De muchos objetos a través de los cuales se transmite lo sagrado”.

La experta explica que en el siglo XVI había más de una manifestación de la Virgen María, como la Virgen de los Remedios, pero no todas se insertaron en la sociedad con la misma fuerza. ¿Por qué?

Hay varias hipótesis, refiere Amezcua. Un factor es la potencia de la imagen: la Virgen que se le aparece a Juan Diego está embarazada, con el elemento divino dentro de ella y tiene voluntad propia. La otra se relaciona con los sacerdotes que se hicieron devotos e impulsaron el culto más allá de su área geográfica.

Además, está el milagro. Los santos más importantes de la Iglesia Católica son los más milagrosos, refiere Amezcua, y eso es lo que permite que ésta siga en una suerte de competencia con otras religiones como el pentecostalismo.

“En torno a las imágenes hay narraciones que dan cuenta de milagros, ya sea por un origen milagroso o porque se le reza y concede el milagro”, añadió. “Nosotros podríamos decir que son representaciones, pero para los creyentes las imágenes en sí mismas tienen vida”.

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La Iglesia y los expertos coinciden en que el culto a la Virgen de Guadalupe se fortalece con la oralidad: el devoto le pide algo, Ella lo concede y el milagro se difunde.

Aquella mañana en que Yamilleth visitó la Basílica, llevaba un pañuelo amarillo con la imagen de su Virgen alrededor del cuello. “Yo siempre doy testimonio de que mi vida está muy apegada a la Madrecita”.

En su casa en Sonsonate, al occidente de El Salvador, dice tener más imágenes de Ella.

“Mi vida entera está llena de milagros de Dios y la Santísima Virgen de Guadalupe. Tendrías que sacar un libro por tanto que ella ha hecho en mi vida”, finalizó.

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AP Foto: Eduardo Verdugo

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

Música, dulces y flores honran a la Santa Muerte en México

Originalmente publicado en The Associated Press, noviembre de 2022 (link aquí)

Hombres y mujeres de todas las edades caminan con ella entre los brazos, acunándola cerca del pecho como si fuera un recién nacido envuelto en mantas o vestidos de colores. Algunos la llaman “mi niña” o “mi madre”. Para otros simplemente es “La Santa”.  

Como cada primero de noviembre, una calle del barrio de Tepito en la capital de México congrega a decenas de creyentes de la Santa Muerte, una figura representada con un esqueleto cubierto con un habito que la Iglesia rechaza en este país mayoritariamente católico.  

“Es muy milagrosa. Muchos la ven mal, pero ella simplemente se porta bien con la persona indicada”, dice José Luis Candanosa a The Associated Press. 

El mexicano de 33 años cuenta que la vio por primera vez durante un sueño en 2018. En aquella aparición no era una figura en huesos, sino una mujer alta y hermosa. Llevaba un vestido blanco y largo. “Yo no quería creer en ella, pero a partir de ahí ya mis amigos me dijeron ‘quiere estar contigo’”.  

En medio de sus dudas, uno de sus conocidos le regaló una figura de “La Santa” y él le montó un altar en su habitación. Aunque hay fieles que la colocan junto a imágenes de santos de la Iglesia católica, él la tiene sólo a ella y le ofrenda manzanas, dulces, cigarros, vino y semillas, para que la abundancia no falte en su hogar.  

Alrededor de José Luis, docenas de mexicanos caminan con su “Niña” en brazos o la cargan dentro de una mochila que parece un altar móvil, pues conforme avanzan se va llenando de caramelos, rosarios y panes que los creyentes se ofrecen entre sí. Algunos además la rocían con aguardiente y le soplan el humo de un puro para quitarle los males que absorbe cuando la tienen en casa. Así regresa purificada, afirma José Luis.  

La historia de cada seguidor es distinta. Hay quien le pide salud, que un familiar salga pronto de la cárcel o que no le traiga tristeza. En México se le ha vinculado a cárteles del narcotráfico y se cree que sus fieles han crecido en la frontera norte, donde migrantes, pequeños empresarios y gente de la comunidad LGBT se han sumado a su culto.

En las calles de Tepito, lo mismo la veneran mujeres trans que padres de familia. Hay niñas que cargan con figuras diminutas de “La Santa” en sus bolsos de mano, ancianas que la transportan junto a ramos de rosas e incluso una madre que no la lleva a la vista porque va arrodillada con su recién nacido en brazos.  

El profesor de estudios religiosos de la Universidad Virginia Commonwealth, Andrew Chesnut, estima que la “Niña” reúne a unos 12 millones de devotos. “La Santa Muerte es el nuevo movimiento religioso de más rápido crecimiento, no sólo en México, sino en todo Occidente”. 

La adoración a esta figura llama la atención si se considera que México es el segundo país con mayor número de católicos después de Brasil, y el experto lo explica desde la afinidad: “Es mucho más fácil acercarnos porque la Santa Muerte es mexicanísima. Nace en suelo mexicano, no como los santos católicos, que eran europeos». 

También influye que se le puede hacer cualquier tipo de plegaria, sin importar si ésta responde a los intereses del narco o a cualquier criminal. “Eso no se puede pedir a los santos católicos”, añade Chesnut. 

Durante una visita a México en 2016, el papa Francisco aludió a la Santa Muerte y la consideró una “quimera” y un “símbolo macabro” que comercializa la muerte. Sin embargo, desde Tepito algunos fieles explican que la Iglesia no debería repudiarla, pues antes de bajar a la Tierra formaba parte del reino de Dios.  

“Ella era un ángel divino, muy bonito. Dios es el que me da la vida, que me la presta, y ella me la quita”, cuenta Mario Alberto Sánchez, de 25 años. “Está representada así, en una muerte, porque le dolía ver que Dios la había mandado por todos los que habían muerto y le dolía ver el sufrimiento, los lamentos”.

A sus espaldas está su pequeña de año y medio y tanto él como su pareja vienen año con año a reiterar su fervor. Cerca de él hay otras familias. Irvin Altamirano, por ejemplo, es un conductor de un bicitaxi que trajo a su “Santa” desde el sur de Ciudad de México para cumplir la promesa que le hizo cuando le pidió tener una hija.  

“Mi esposa no podía tener bebés. Tratamientos y todo y nada. Le pedimos, le pedimos, le pedimos, y ahorita mi bebé tiene seis meses”, relata el hombre de 33 años.  

Agrega que su devoción creció con el nacimiento de su niña, pero “La Santa” lo encontró desde que tenía unos seis o siete años. Su padre trabajaba todo el día, su madre era alcohólica y, de alguna manera, su fe lo salvó. Desde entonces la ha tenido difícil y pasó un tiempo en la cárcel, pero “La Santa” lo mantiene en pie.  

“Cada mes me la traigo. Tenga dinero o no tenga dinero, yo estoy acá”.  

Los tatuajes de sus brazos son visibles porque lleva una camiseta sin mangas y tocándoselos con ambas manos aclara: “A lo mejor nos vemos un poco malandros (delincuentes), pero nada que ver. La mayoría somos relajados y chambeadores (trabajadores)”.

Explica que más tarde montará a su “Santa” a su bicitaxi para llevarla a otras peregrinaciones y seguir el festejo. Por ahora, le sube a la música que escapa de una bocina portátil que carga consigo mientras las ofrendas siguen cayendo a los pies de su “Niña”, que mide más de un metro de alto y hoy viste de azul.

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Foto: Fernando Llano.

El Día de Muertos en México celebra la vida

Originalmente publicado en The Associated Press, octubre de 2022 (link aquí)

Versión en inglés aquí.

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Aquí la muerte es una fiesta en la que aquellos que se fueron vuelven para pasar una noche entre los vivos.

Durante el Día de Muertos que México celebra cada noviembre desfilan las flores, el tequila y la música. En las calles se baila y en las casas se come pan azucarado porque no se lamenta la ausencia, sino que se celebra la vida.

No hay fecha o sitio preciso que marque su origen en la historia, pero se sabe que el Día de Muertos nació de costumbres prehispánicas que comenzaron a modificarse tras la conquista española y la llegada del Catolicismo en 1521. El doctor Andrés Medina, investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, explica que el punto de partida está en las creencias relativas al cultivo en Mesoamérica.

“En la mitología, el maíz es enterrado al sembrarlo y ese personaje que es el maíz lleva una vida subterránea durante un periodo para luego reaparecer como planta”, dice.

“Está muy bien expresado en el Popol Vuh, donde dos hermanos se van al Inframundo y narran sus aventuras para luego reaparecer en la forma de caña de maíz”, añade en referencia al libro sagrado del pueblo indígena maya que narra su historia y mitología.

Bajo esa concepción, el grano de maíz es semilla. Es hueso y principio de vida. De ahí que cada Día de Muertos el esqueleto sea el ídolo bajo los reflectores: los hombres y mujeres se maquillan como calaveras y en las figuras sonrientes de los carros alegóricos no existe la piel.

Esa noción del retorno de los huesos al mundo de los vivos es también lo que explica las ofrendas: al igual que las semillas bajo la tierra, los muertos desparecen transitoriamente, pero vuelven como la cosecha que se espera cada año.

Las familias que añoran el retorno de sus difuntos montan un altar para ellos. La mayoría suele incluir papel picado y velas, pero no hay uno igual a otro porque todos reúnen aquello que al ausente le gustaba en vida. Puede haber fotos, cigarros y una botella de mezcal por aquí o un plato de mole, tortillas y chocolates por allá. Las infaltables son las flores de cempasúchil, que son originarias de México y suelen tapizar de naranja las calles, casas y balcones desde finales de octubre.

Medina explica que la disposición del altar tradicional sigue un patrón que representa los niveles del mundo y la cosmovisión mesoamericana. En la parte alta se colocan fotos de los difuntos, en medio las velas, frutas y flores, y en la inferior la comida. “En la medida en la que se han ido perdiendo las lenguas indígenas se ha ido perdiendo el sentido, entonces la gente lo hace intuitivamente. Donde se han mantenido las lenguas indígenas, sí sigue viva la tradición”.

El acomodo del altar no es lo único que se ha modificado. Según el experto, las expresiones públicas e institucionales de la fiesta también han evolucionado. Es decir, aunque actualmente el gobierno organiza un desfile capitalino en el que participan cientos de personas, en su faceta más tradicional suele reservarse a los espacios privados. Por un lado están los altares caseros y por el otro las visitas que las familias hacen a los cementerios para decorar las tumbas de los suyos, servirles su comida favorita y contratar a músicos que toquen los sones que les gustaba cantar.

“Se sigue haciendo como una bienvenida a los muertos, pero se han ido elaborando expresiones —sobre todo nacionalistas— a raíz de la Revolución”, cuenta Medina, en alusión al conflicto armado que inició en México en 1910. “A partir de 1920 comienza a recuperarse la tradición de los pueblos indígenas, pero no adquiere la forma masiva que tiene ahora”.

Otro elemento que con el tiempo ocupó su propio espacio simbólico es el pan de muerto. Actualmente su receta varía según el gusto de cada chef, pero en sus inicios su cuerpo redondo se nutrió del trigo y el azúcar que trajeron los españoles, mientras que su decoración simula los huesos sagrados de la cosmovisión mesoamericana.

La elección de la fecha del festejo también fue resultado del encuentro de dos mundos. Tras la llegada de los conquistadores se mantuvo la esencia del ritual indígena, pero se decidió ajustar al calendario católico, que celebra la fiesta de Todos los Santos el 1 de noviembre. En la actualidad en esa fecha se recuerda a los niños fallecidos y el día 2 a los adultos.

En medio del Zócalo de Ciudad de México, rodeada por altares representativos de todos los estados de México, Paola Valencia cuenta que la tradición es muy especial en su ciudad de origen: Santa Cruz Xoxocotlán, en Oaxaca.

“Me encanta porque me recuerda que (los muertos) siguen entre nosotros”, asegura emocionada.

La joven de 30 años dice que en su pueblo se construyen altares grandes y aunque eso implica mucho trabajo, en su comunidad es motivo de orgullo. “Hay veces que hasta me dan ganas de llorar. Nuestros altares dicen quiénes somos. Somos muy tradicionales y nos encanta sentir que ellos (los muertos) van a estar con nosotros aunque sea una vez al año”.

A sus espaldas, cientos de mexicanos se toman fotos con diferentes catrinas, como se conoce a las calaveras vestidas con sombrero y ropa de gala inspiradas en los grabados de José Guadalupe Posada, un artista mexicano que retrató los pesares y alegrías del pueblo de principios del siglo XX.

Todos sonríen porque aquí la muerte también es vida. Aquellos que se fueron siguen entre nosotros para compartir la mesa, bailar al son de la música y partir juntos el pan.

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AP Foto: Marco Ugarte

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Biblioteca Palafoxiana preserva legado de obispo español

Originalmente publicado en The Associated Press, octubre de 2022 (link aquí)

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PUEBLA, México (AP) — Aquí huele a madera y a eso que se percibe en el primer encuentro con un libro que no ha sido abierto en muchos años.

La primera biblioteca pública de América se fundó en 1646 y fue el sueño de un obispo. Juan de Palafox y Mendoza no vio su proyecto terminado, pero la Palafoxiana atestigua su trascendencia en Puebla, una ciudad del centro de México que fue fundamental para los asuntos religiosos, económicos y sociales durante la conquista española.

Uno de los mayores orgullos de la Palafoxiana es haber sido nombrada “Memoria del Mundo” por la UNESCO en 2005 y al visitarla uno entiende por qué. Cada lomo, cada canto dorado de sus páginas y cada libro de sus estanterías parece un tesoro que preserva la sabiduría de nuestra especie.

Para llegar a la Palafoxiana hay que recorrer las calles del corazón poblano hasta encontrar la Casa de la Cultura, un edificio de estilo colonial vecino a la Catedral que en el siglo XVII albergó un colegio de seminaristas. Una vez ahí se debe cruzar un patio para llegar a las escaleras, subir al primer piso y encontrar dos inmensas puertas de madera que de estar cerradas harían que la biblioteca pasara desapercibida.

Al cruzar la entrada, la escena es de película. Más de 45 mil libros forman filas horizontales que conducen a un altar central. Aunque sea una biblioteca, los arcos de su bóveda remiten a una capilla. Recorrerla es como andar a través de recinto sagrado en el que el acceso al conocimiento pareciera conducir a lo divino: una pintura de la Virgen de Trapani espera al fondo enmarcada en columnas neoclásicas cubiertas de oro.

Los tomos están organizados en estantes de cedro que se distribuyen en tres niveles acorde a la concepción escolástica del hombre, que indica que el fundamento de todo conocimiento es Dios o que la razón está subordinada a la fe.

En el primer piso hay más de 11.000 biblias y tomos de carácter religioso como concilios de obispos y textos teológicos que permiten el estudio de áreas como la patrística, que se refiere a los padres de la Iglesia. El segundo se dedica a la relación de Dios con el hombre —crónicas de órdenes religiosas o vidas de santos— y en el tercero descansan los libros de física, matemáticas, botánica, lengua, arquitectura y hasta carpintería.

“Todo lo que se imaginaba en aquella época está en la biblioteca”, explica a The Associated Press Juan Fernández del Campo, actual encargado de la Palafoxiana.

Como la ciudad misma, la biblioteca tuvo un origen religioso. Puebla se fundó sólo diez años después de la conquista española, en 1531, cuando el obispo Julián Garcés soñó que los ángeles la trazaban cerca de un río. Siglo y medio después, Palafox también dio el primer paso para cumplir un anhelo: donar cinco mil libros de su colección personal para consulta de aquellos que supieran leer y escribir.

“El que se halle en un beneficio sin libros se halla en una soledad sin consuelo”, dice una cita de Palafox plasmada en un mosaico afuera de la biblioteca.

Desde una oficina invisible para el ojo del turista y que está oculta tras el altar de la virgen, Fernández del Campo toma las palabras del obispo con cautela y comenta que estas sólo pueden dimensionarse adecuadamente si se comprende el contexto de aquella época.

“Si lees lo que dice Palafox y ves hacia atrás en la historia de México, dices: un momento, no. No era el tiempo para que México levantara las alas hacia una libertad de pensamiento”, asegura. “Era otra situación, otro orden de ideas”.

A lo que se refiere el experto es a ejercer la lógica: abrir una biblioteca pública permite el acceso al conocimiento y éste impulsa el disenso y la libertad ideológica. ¿Eso sería deseable en una ciudad recién colonizada y en la que la Iglesia pretendía mantener el control?

El anhelo de fundar una biblioteca pública podría resultar un tanto paradójico para quien ahonda en la historia de Palafox. Según Fernández del Campo, al asumir el obispado en Puebla en 1640, Palafox también tomó en sus manos la encomienda de hacer valer la autoridad del rey a través de la iglesia diocesana, aquella que no depende de las órdenes religiosas, sino del Vaticano y sus obispos.

Su encomienda lo enemistó con los jesuitas, quienes no titubearon al cuestionar la autoridad real y enfrentarse con él. Aquellos desencuentros provocaron que Palafox fuera trasladado a España en 1653 y que ellos mismos fueran expulsados un siglo después.

Desde su fundación en 1646, el acervo de la Palafoxiana ha crecido paulatinamente. Un número considerable de libros se sumó a la colección cuando los jesuitas abandonaron Puebla y el material de sus cinco colegios se quedó atrás. El resto de los volúmenes llegó con el tiempo, la mayoría por donación. Entre sus tesoros hay nueve incunables —aquellos impresos entre 1450 y 1500 con las primeras técnicas de la imprenta de Gutenberg— y tomos de Galeno y Vesalio, célebres por sus aportes al estudio de la medicina.

El patrimonio de la Palafoxiana transita entre dos mundos. En sus casi 1.500 casilleros coexiste la palabra de Dios con las contribuciones que el hombre hizo para confrontar a la divinidad. La interacción entre estas voces, afirma Fernández del Campo, la convierte en un testigo de su época y “le da algo muy especial, una universalidad muy propia que hace convivir un pensamiento anquilosado en el pasado con un pensamiento que está dando la vuelta de tuerca a todo lo que ya se había dicho”.

El recuerdo de Palafox en la biblioteca que lleva su nombre aún es palpable. Su escudo está tallado en una de sus puertas. Una escultura que lo representa observa desde lo alto de su entrada a quienes llegan de visita. Su propia Virgen de Trapani es la que se observa en el altar central.

No hay fichas o textos explicativos que revelen a los turistas o curiosos los enigmas de la Palafoxiana, pero al costado de sus puertas siempre hay guías voluntarios que narran su historia a quien le interese. La biblioteca sigue siendo pública, aunque Fernández de Campo reconoce que el acceso suele priorizarse a investigadores que muestran una justificación clara para acceder al material que solicitan.

Palafox murió en 1659 en la ciudad española de Osma, a miles de kilómetros de la Puebla que tanto quiso, pero dado que siempre manifestó su deseo de ser enterrado aquí, un espacio dentro la Catedral lleva su nombre y delimita el sitio en el que sus restos debían conservarse.

Su apellido aún recorre las calles y edificios de Puebla como un fantasma que defiende su legado. En esta ciudad fundó el convento de dominicas de Santa Inés, erigió dos colegios para enseñar gramática, retórica y canto y apresuró el término de la construcción de la Catedral, lo que se consiguió en 1936.

Quizá nada, sin embargo, se equipara a la Palafoxiana. No hay foto que alcance para capturar su belleza ni crónica que le haga justicia a la experiencia de pasearse frente a sus estantes. Después de todo, es aquel espacio que compagina los alcances de lo divino con la sagacidad del hombre.

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Foto: Pablo Spencer

PARA LLEGAR: Por carretera, la ciudad de Puebla está a unos 130 kilómetros de la Ciudad de México y se puede llegar fácilmente en auto o autobús. La biblioteca está abierta todos los días excepto los lunes, con entrada gratuita los domingos y martes y una tarifa de entrada módica los demás días.

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Exconvento mexicano del S.XVII aún tiene secretos por contar

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2022 (link aquí)

PUEBLA, México (AP) — Si uno camina con calma por el exconvento de Santa Rosa y presta mucha atención, las paredes del actual Museo de Arte Popular de Puebla le contarán su historia.

Con más de tres siglos de existencia, el complejo ubicado al centro de México es una especie de palimpsesto. Desde 1698 fue una beatería y en 1745 se instauró como convento de monjas Dominicas. En septiembre pasado, su cocina celebró 96 años de haberse inaugurado como espacio museístico. Además, la construcción actual guarda el recuerdo de sus días en los que pasó de convento a cuartel militar, hospital para hombres con afecciones mentales y finalmente una vecindad, con todo y tendederos de ropa en sus patios, hasta mediados del siglo XX.

“La gente llega directo a la cocina y muchos no se enteran de más sobre el convento”, asegura Jesús Vázquez, historiador de Santa Rosa y entusiasta de la arquitectura de uno de los 11 monasterios que se construyeron en Puebla tras la conquista española en 1521. “No saben que hay un piso superior o algo más de su historia. Tienen pensado destinar unos 15 minutos al museo, pero cuando conocen más, se les olvida el tiempo”, agrega.

La colección de arte que actualmente exhibe el museo incluye artesanías mexicanas como árboles de la vida, ofrendas indígenas y vestimenta tradicional de distintos pueblos originarios del país. Sin embargo, la joya de la corona es el espacio que atestiguó las dotes culinarias de las monjas.

La cocina se ubica en la planta baja. Años después del cierre de los conventos – consecuencia de la promulgación de las leyes que separaron a la Iglesia del Estado en México mediados del siglo XIX – esta se inauguró como Museo de la Cerámica en 1926.

Con sus tres bóvedas, grandes ventanales y una alacena del tamaño de una habitación, la cocina es tan amplia como para albergar a una veintena de chefs trabajando en simultáneo. No obstante, el convento es engañoso: aquí no cocinaban más que dos o tres monjas a la vez. El diseño y las dimensiones del sitio se planearon estratégicamente para que hubiera espacio entre las religiosas y se abstuvieran de hablar.

Las Dominicas fueron monjas de clausura, como se conoce a quienes viven dentro de un convento por el resto de su vida. Para iniciarse en la práctica conventual no sólo hay que despedirse de la familia y del mundo exterior, sino cumplir votos que pongan a prueba la obediencia y la devoción. Para que las mujeres los acaten no sólo acecha el ojo de la Madre Superiora, sino que el convento mismo es un aliado poderoso.

“El espacio te obliga a cumplir el voto de humildad y reverencia”, explica Vázquez. “Sin que digas nada, la arquitectura está haciendo todo el trabajo”.

El historiador no miente. Las únicas ventanas que dan al exterior están prácticamente en el techo. No hay decoraciones que inviten a placeres de la vista. Algunos arcos de las puertas son bajos, para inclinar la cabeza ante Dios al entrar, y la comida sólo se ingería en los refectorios, comedores amplios en los que no se admitía la conversación. “Entre menos mujeres en un edificio más grande, logras ser más estricta, más contemplativa”, refiere Vázquez.

En Santa Rosa, incluso el silencio es intencional. Cuando uno está a las puertas del convento puede escuchar con claridad el sonido de los autos que circulan y los peatones que platican cerca. Sin embargo, una vez dentro del patio, el ruido se apaga. De acuerdo con el experto, esa sección del convento se diseñó para evitar que las monjas sufrieran distracciones. En la celda de la madre superiora, en cambio, la acústica cambia. Aunque ella no pudiera ver a sus protegidas, el convento le permitía escucharlas y cerciorarse de que todo estuviese bajo control.

Ese pacto sigiloso que Santa Rosa mantenía con la obediencia a la doctrina incidía en las religiosas en distintos momentos de su cotidianidad. Una serie de frescos sobre las paredes altas del locutorio -donde bajo circunstancias especiales se recibían visitas- muestran por ejemplo a una monja que se arranca el corazón para ofrecerlo a Cristo. Según Vázquez, aún se desconoce cuántas paredes más podrían tener estas pinturas, pues algunas se cubrieron y otras se derribaron para crear cuartos más amplios que las celdas de las religiosas cuando el convento se convirtió en vecindad. La búsqueda sigue.

Resulta paradójico que unas monjas célebres por sus recetas nunca hayan disfrutado sus creaciones. Dado que debían ayunar, para evitar toda tentación corporal, sólo probaban su comida desde el borde de la cuchara para asegurar su sazón y luego la enviaban a la mesa de alguien más. Uno de ellos fue el virrey Tomás Antonio de la Cerda y Aragón, quien quedó tan complacido con el mole de Santa Rosa que mandó decorar la cocina que hoy tiene más de 18 mil mosaicos de una cerámica artesanal conocida como talavera.

Una olla y una pala de utilería se ubican al centro de la cocina para que los visitantes del museo se tomen fotos mientras simulan que preparan mole, una salsa densa hecha a base de una veintena de ingredientes, incluyendo chiles, chocolate, canela y ajonjolí, que suele acompañarse de arroz y alguna proteína. Los alrededores son tan bellos y ese platillo se ha vuelto tan emblemático de los momentos familiares de México que es difícil imaginar que surgió en silencio desde la inmensidad de un convento.

Foto: Pablo Spencer

La huella invisible de las monjas en la gastronomía mexicana

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2022 (link aquí)

Versión en inglés aquí

PUEBLA, México (AP) — En el jardín hay un chile que baila. Bajo el disfraz que personifica uno de los platillos más legendarios de la cocina mexicana con guantes blancos y sombrero de copa, unos zapatitos oscuros brincan al ritmo de la música sin revelar que ahí se oculta una monja de las Carmelitas Descalzas.

Un video del Monasterio de Nuestra Señora de La Soledad inmortaliza el momento. Cuatro religiosas acompañan el baile con pandero y guitarra mientras cantan para festejar los 200 años de la invención del chile en nogada, cuyo peculiar guiso es un balance perfecto de carne, fruta y una salsa de nuez. Su receta fue concebida en un convento del estado de Puebla y los mexicanos lo añoran cada septiembre, cuando el calendario marca que han vuelto los ingredientes de temporada y arrancan las fiestas patrias.  

El chile en nogada nació en 1821 como parte de las transformaciones que la conquista española produjo en la gastronomía desde el siglo XVI, aunque se desconoce quién fue la mujer que los inventó. La situación ilustra uno de los rasgos que distingue a las monjas de clausura: sin salir jamás de sus conventos, viven entregadas a Dios con la esperanza de que su trabajo y devoción impriman una huella en el mundo.    

Agustín de Iturbide fue el primero en probar esa combinación de dulce y salado en una misma mordida. El militar mexicano viajaba de Veracruz a la capital luego de firmar un tratado que posibilitó la independencia cuando paró en Puebla y las monjas del convento de Santa Mónica lo sorprendieron con algo especial.  

Sobre un plato de cerámica artesanal llamada talavera, el primer chile en nogada hizo su entrada triunfal a la historia. Su interior rebosaba con carne de cerdo y trozos de fruta; por fuera se cubría con la cremosidad de la nuez de castilla, hojas de perejil y semillas de granada. Era verde, blanco y rojo; tricolor como la bandera nacional.  

No sólo estos chiles tuvieron un origen religioso. “Puebla de los Ángeles”, capital del estado donde se ubica Santa Mónica, se fundó en 1531 tras el sueño de un obispo que dijo haberla visualizado como un campo trazado por criaturas celestiales. Aunque en sus inicios llevó otro nombre, recibió el actual en 1640 por pedido del obispo Juan de Palafox y Mendoza.  

Santa Mónica fue uno de los once conventos femeninos que se edificaron en la ciudad. La mayoría cambió su función con el paso de los años y actualmente sólo éste y Santa Rosa son museos. Curiosamente, ambos son célebres por sus cocinas.  

Cien años antes de que a Iturbide se le hiciera agua la boca con los chiles en nogada, una monja de Santa Rosa inventó el mole, una salsa espesa de color marrón que suele servirse sobre guajolote o pollo. Prepararlo es casi digno de alquimistas: consta de más de 20 ingredientes como chocolate, tortilla, cacahuate y un abanico de chiles que se desvenan para restarle picor.  

Hay cariño y admiración en las palabras de Sor Caridad cuando habla de sus predecesoras, las Agustinas Recoletas que idearon el chile en nogada para sacudir los sentidos del hombre que un año después de su paso por la Ciudad de los Ángeles se convertiría en emperador.  

“Las recetas más sobresalientes son de monjas y nos preguntamos: ¿por qué será? Por necesidad. Para buscar el sustento cada día, Dios las inspiró para inventar recetas tan exquisitas”, dice la monja de 36 años a Associated Press.  

Sus antepasadas se instalaron en Santa Mónica a fines del siglo XVII, pero Sor Caridad ya no vive ahí. En 1934, como parte de la aplicación de unas leyes que separaron la Iglesia del Estado, las hermanas dejaron el complejo. Ahora su orden habita un modesto edificio de paredes amarillas donde 20 devotas pasan de las seis de la mañana a las diez de la noche entregadas a Dios.  

Las Agustinas Recoletas y las Dominicas de Santa Rosa son monjas de clausura, lo que implica que al tomar el hábito renuncian a la vida fuera del monasterio que habitarán hasta su muerte. Abrazar el compromiso de confinarse a un espacio conventual puede tomar años. El cuerpo portará ropas nuevas y se despedirá de los abrazos. La mente cambiará la dicha que da la compañía por el silencio y la soledad.  

Con el tiempo, dice Sor Caridad, las hermanas se integran como familia y comparten una herencia común. Por eso, explica, en la cocina los recetarios se vuelven innecesarios. Sus secretos frente a los fogones trascienden de generación en generación.  

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Un bocado de chile en nogada es una bomba de placer poco usual. Su cuerpo salado es ligeramente crujiente; las semillas de granada, aciditas. La salsa de nuez sabe cremosa y azucarada. Para cuando la lengua encuentra el relleno, ¡BUM! Los pedacitos de carne especiada se carean con trozos de manzana, pera y durazno. Si la primera mordida confunde, la segunda es adictiva.  

“A los conventos les hemos dado el nombre de laboratorios de experimentos gastronómicos”, explica Jesús Vázquez, un historiador de Santa Rosa que recita de memoria las canciones que algunas monjas entonaban a sus santos para que la divinidad pasara la mano por sus cacerolas.

Jesús cuenta que sin más instrumental que metates, ollas y palas, las religiosas pusieron a prueba su talento con ingredientes prehispánicos y aquellos que viajaron a bordo de los barcos españoles. Con ellos además llegaron técnicas agrícolas, plantas y cereales cultivables; ganadería, utensilios metálicos y las manos santas que se arriesgaron a compaginarlos desde la quietud de sus conventos.  

Algunos platillos tardaron años en evolucionar. Las hermanas solían preparar los primeros chiles en nogada como postre con pura fruta porque el acceso a la carne era restringido pero conforme los cerdos aumentaron su disponibilidad, su talento volvió a hacer de las suyas.  

“Las monjitas son ingeniosas para sacar adelante a la comunidad”, dice Sor Caridad. “Dios las ilumina por la necesidad de sostenerse, de buscar”.

Esa búsqueda solía ser solitaria y conllevaba sacrificios. Incluso ahora, la enclaustración trae consigo compromisos de silencio, obediencia y castidad. Las monjas se esmeran para cumplirlos sin importar los años que lleven en el convento y por eso se les llama votos perpetuos. Esa vida de renuncia —que en la época actual se ha moderado— es visible en Santa Rosa: tablas de madera en vez de camas para dormir, ropa de lana que daba comezón, ventanas exteriores cerca del techo para no espiar el exterior.  

Las obligaciones seguían a las monjas hasta la cocina. El ayuno purifica el cuerpo y la austeridad aleja los sentidos del deleite, así que sus platillos sólo complacían a celebridades como Iturbide, el obispo o el virrey, y ellas sólo los probaban para rectificar el sazón. Sus rostros no figuraban ni para servirlos a la mesa. Para evitar ser vistas por hombres, debían dejarlos en una mesita con un mecanismo que gira y tiene puerta al exterior.  

Ese dispositivo giratorio sobrevivió al paso de los siglos y hoy es lo que permite que las Carmelitas del Monasterio de La Soledad entreguen a sus clientes lo que cocinan. Según Sor Elizabeth, una de las 17 hermanas del convento y autora de la canción del chile bailarín, su fuerte son los postres. Aunque preparan alrededor de 250 chiles en nogada para vender en temporada patria, el resto del año hornean delicias azucaradas.  

“Esta comunidad es muy tradicional en cuanto a la gastronomía. A partir de la última semana de noviembre hacemos un Bazar Navideño de repostería  artesanal. Le pusimos ese título porque todas nuestras galletas, chocolates y rompope los hacemos a mano, sin batidoras, con los cazos como antiguamente se hacía”, explica.

De sus hornos emergen polvorones, rosquillas de naranja y dulces cubiertos de anís pero las favoritas son las campechanas, unas galletas ovaladas y crujientes. Sor Elizabeth dice que una cafetería cercana las revende, aunque no ha logrado desentrañar el secreto de la operación. No esconde cierta frustración al pensar que esas campechanas clandestinas se venden sin darles crédito, pero sabe que sólo sus hermanas pueden hornear esos manjares doraditos y perfectos.

El mundo celebra con estrellas Michelin y portadas de revista a chefs que posan en retratos con sus cuchillos afilados, pero la mayoría de las monjas detrás de algunos platillos emblemáticos nunca dejarán el anonimato. Sólo en México podrían sumar más de 300, afirma el historiador del convento de Santa Rosa.  

Para Sor Caridad eso no es una desdicha, sino su mayor orgullo. En 18 años de enclaustramiento ha enfrentado dificultades, pero se dice feliz. “Mucha gente piensa que todos los días son iguales y aburridos, pero para mí no es así. Cada día es nuevo y tengo la satisfacción de que todo lo que hago, todo lo que padezco, lo ofrezco a Dios por la salvación de muchas almas”.  

“Por mis sacrificios no tengo algunas satisfacciones en este mundo, pero sé que algún día Dios nos las va a dar por cuanto hicimos en este claustro, en esta casa donde estuvimos ocultas; por cuánto bien hicimos a la humanidad”.

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Foto: Pablo Spencer

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