Jimmy Morales, el cómico que se convirtió en presidente de Guatemala y se quedó sin guion

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Originalmente publicado en The New York Times, enero 2017 (link aquí)

     Al escenario del Teatro Nacional de Guatemala suelen subir músicos y actores, pero el 14 de enero de 2016 había casi doscientos políticos de pie, con el cuerpo hacia el público y la mano derecha sobre el corazón.

    El único actor profesional sobre el escenario era también el nuevo presidente de Guatemala. Jimmy Morales subía y bajaba la voz. Modulaba. Levantaba los brazos. Hablaba de honor, sacrificio y esperanza como el narrador de un filme dramático: “Por nuestra patria, que vuelve a nacer, me comprometo a dar lo mejor de mí”.

     Aplausos.

   Minutos después cerró el telón. Morales, su esposa, el vicepresidente y los 158 diputados del congreso desaparecieron tras las cortinas rojas. Lo que inició como una ceremonia oficial parecía un acto de magia: al teatro entró un cómico y salió un presidente.

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    “Durante 22 años les he hecho reír. Si gano las elecciones, prometo que no les voy a hacer llorar”, dijo Jimmy Morales durante su campaña. El comediante y productor de televisión que Guatemala eligió como presidente está punto de cumplir su primer año en el poder pero no parece que su actuación como mandatario haya hecho mucha gracia a los ciudadanos.

    En septiembre del año pasado, Morales asistió a la presentación que su ministro de Finanzas realizó del presupuesto 2017 y se quedó dormido a media sesión. El mismo mes, su hijo y su hermano fueron señalados por su presunta participación en un caso de corrupción. Según el Informe Nacional de Desarrollo Humano 2015/2016 de Guatemala, la mayor parte de los hogares no cuenta con seguro médico o seguridad social. Más del 70 por ciento de la población, dice el informe, carece de ingresos para cubrir la canasta básica familiar.

   “La ausencia de un plan de gobierno, de un equipo de trabajo confiable y su inexperiencia política siguen siendo las principales características del gobierno de Morales”, dijo esta semana Mario Itzep, dirigente del Observatorio Indígena de Guatemala, una nación que tiene más de 40 por ciento de población indígena.

     En el país que cumple 20 años de haber firmado la paz y uno de haber elegido a un candidato antisistema para asumir la presidencia aún queda mucho por hacer. La gente ya no muere o desaparece a media calle por expresar ideas contra el gobierno en medio de una guerra civil, pero la violencia en Guatemala cobra un promedio de 28,3 homicidios por cada 100.000 habitantes.

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     “Ni corrupto ni ladrón”.

     Mientras duró su campaña, Jimmy Morales repitió ese eslogan una y otra vez. En la memoria de la Guatemala que lo escuchaba había décadas de gobiernos militares que para reprimir la insurgencia crearon un país inseguro y violento. Solo durante la Guerra Civil (1960-1996) desaparecieron 45.000 y murieron 200.000 ciudadanos.

    Antes de Morales también hubo un militar: en septiembre de 2015, a tres años de haber asumido el poder, el general retirado Otto Pérez Molina renunció a la presidencia para enfrentar acusaciones por delitos de cohecho, asociación ilícita y defraudación aduanera.

    Los guatemaltecos estaban hastiados y enojados; salían a las calles a protestar. “¡Todos los políticos son corruptos!”, se leía en pancartas de manifestantes en la capital del país.

     Guatemala gritaba y Jimmy Morales escuchó.

    El comediante aseguraba en sus mítines que podían señalarlo por su inexperiencia política, pero nunca por robar. Su actuación frente al público surtió efecto y en menos de un año la gente le creyó: el Frente de Convergencia Nacional (FCN) anunció su candidatura en mayo, ganó las elecciones en octubre y en enero aceptó la banda presidencial.

    Después de las elecciones, la prensa local e internacional se preguntaba cómo hizo Jimmy Morales para ganar. Al igual que Donald Trump, era el candidato que nadie se tomaba en serio y al final resultó vencedor.

     También como Trump, Morales era un novato en la política pero no en la persuasión. Durante 18 años, un programa de comedia llamado Moralejas le abrió las puertas de un público que necesitaba menos drama y más humor. Él no sedujo a los guatemaltecos con promesas en un mitin; primero los hizo reír.

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    En su libro Homo Videns, el politólogo Giovanni Sartori escribió que el poder de la imagen está al servicio de las dictaduras, de las elecciones libres y que puede condicionar fuertemente el proceso electoral. Casi dos décadas después, el potencial de la televisión como trampolín político dejó de ser latente y se volvió real: la herencia que ha dejado el desencanto hacia los políticos tradicionales es un nuevo actor —un nuevo candidato— al que podrían bastarle un escenario y un micrófono para seducir a la sociedad.

    No todos nuestros presidentes cuentan chistes ni son estrellas televisivas, pero tampoco todos tienen experiencia política o militar. Algunos cambiaron la oratoria por una cuenta de Twitter y el título en Derecho o en Ciencias Políticas por una empresa rentable.

     En Argentina, Paraguay y Panamá gobiernan empresarios. Haití votó en noviembre por un hombre de negocios. En Ecuador y Chile habrá elecciones en 2017 y entre los favoritos hay un banquero —Guillermo Lasso— y un multimillonario —Sebastián Piñera— que figura en páginas de Forbes.

    La búsqueda de un candidato ajeno al sistema surge tras décadas de desprecio y crítica a la política, dice Christopher Sabatini, catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad de Columbia. “La hemos denigrado y ensuciado tanto en el debate popular que se ha creado la idea de que los políticos, por naturaleza, son corruptos y deben ser remplazados”.

     Hoy, entre algunos votantes, la inexperiencia de un candidato se percibe como algo positivo. Que lleguen poco preparados a los debates, que sus discursos carezcan de argumentos y que propongan políticas poco viables es parte de su encanto. Ahora, explica Sabatini, parece fácil pensar que cualquiera que no sea político podría gobernar.

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     A mediados de 2015, Jimmy Morales empezó a recorrer Guatemala y a recordar su vida pasada en apariciones públicas. En cada mitin alternaba al candidato con el cómico y al cómico con el joven humilde y trabajador que hizo camino al andar.

    Tenía tres años cuando su padre murió. Su madre quedó endeudada con dos hijos y él creció en un pueblo sin asfalto ni drenaje. Luego empezó a trabajar: vendió plátanos y ropa usada; vendió zapatos y gaseosas; vendió y vendió. Luego puso una productora y él triunfó solo.

    Entre sus personajes ninguno fue tan provechoso como el que hizo de sí mismo. El guion de la historia de su vida sedujo al público con una lógica simple: un hombre del pueblo que ya sufrió lo que todos sufrimos sabe cómo alcanzar el éxito. Un hombre con dinero no tendría por qué robar.

    Un empresario exitoso genera expectativas como presidente, dice el politólogo Matías Bianchi, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Arizona, porque se cree que “sabe cómo funciona el sistema así que él nos va a hacer salir adelante. Sin embargo, me parece que eso es por una debilidad de los partidos políticos: como no logran tener sus propios candidatos, tienen outsiders”.

     La campaña presidencial de Morales no se pagó con la venta de plátanos, zapatos ni shows de televisión. A él lo apoya la derecha radical guatemalteca, que se agrupa en la Asociación de Veteranos Militares (Avemilgua). Ésta nació en 1995 y en 2008 fundó un partido —el FCN— para colarse al Congreso. Sin embargo, antes de Morales no hubo candidato del FCN que lograra diputaciones o alcaldías.

    Transformar a Morales en la cara del partido fue como maquillar la historia: antes de él, los militares de Guatemala inspiraban desconfianza y rechazo; eran un recordatorio de dictadura, violencia y corrupción.

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   El fracaso de la política le abre la puerta al populismo, pero con promesas de campaña no se desmantelan redes de funcionarios corruptos, se reduce la desigualdad o se mejoran los servicios de salud.

    A Morales ya no lo salpica la comedia sino la desconfianza y los escándalos políticos. En sus entrevistas a la prensa nunca aclara con precisión cuál es su relación con el Ejército y la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) asegura que las estructuras criminales que están incrustadas en el poder aún están lejos de ser erradicadas.

    Para Itzep, del Observatorio Indígena de Guatemala que esta semana desaprobó el primer año de gestión presidencial, Morales no ha sido capaz de impulsar el desarrollo, ampliar la cobertura educativa y solucionar problemas de racismo y discriminación.

    “Los guerreros del populismo son prácticamente inútiles”, escribió Francis Fukuyama en Foreign Affairs tras la victoria de Trump. “Pueden endurecer el crecimiento, exacerbar los males y empeorar la situación en lugar de mejorarla”.

    Los problemas reales necesitan soluciones reales. Para el infortunio de un presidente mediático, los conflictos políticos, económicos y sociales no se apagan con el interruptor de un televisor.

Foto: Oliver De Ros/Associated Press

Peña Nieto y Trump, dos políticos, dos preocupaciones: el pelo y el poder

peña trump

Originalmente publicado en The New York Times, noviembre 2016 (link aquí)

La tarde del 31 de agosto, el pelo de Donald Trump se mantuvo en su lugar. Muy pocos lo notaron, pero el candidato llegó ante la prensa más acicalado que de costumbre: a unos centímetros de su oreja derecha había dos pasadores para conservar su melena bajo control. No era para menos. Trump visitaba México por primera vez y el presidente Enrique Peña Nieto lo recibiría con su tradicional copete de acero. Cualquier desliz durante el encuentro entre dos políticos del espectáculo hubiera sido catastrófico. Que los traicione la lengua, pero nunca el peinado.

Esa tarde, frente a las cámaras, Donald Trump no solo maquilló su rostro y se emperifolló el pelo. También adornó sus palabras. Lo considero un amigo, señor presidente. No hablemos de quién pagará el muro, señor presidente. Hubo discursos vacíos, sonrisas falsas y Trump se despidió para subirse a su avión.

Esa noche, en Arizona, Trump reapareció. Ya sin pasadores, desde el estrado y frente a más de cuatro mil republicanos, gritó:

¿¡Quién pagará por el muro!?

¡México!

¿¡Quién!?

¡México!

Mientras tanto, en México, Peña Nieto se acomodaba la corbata y se empolvaba la cara. Se endurecía el pelo. Frente a la periodista que estaba por cuestionar la invitación que extendió a Trump no podía ser un hombre blando. No podía ser torpe ni débil ni el hazmerreír del mundo entero, sino que debía mostrarse como un estratega ecuánime y firme. Al menos frente a las cámaras, debía lucir bien.

[I]

A mediados de 2012, México entregó su voto presidencial a un tipo con peinado de muñeco de pastel de bodas. Eran tiempos difíciles: el país se tambaleaba y el gobierno estaba en manos de un partido “del cambio”, pero ante la sociedad, la esperanza se había transformado en miedo. De los puentes del México del cambio colgaban cuerpos decapitados y la mancha roja de la guerra contra el narco se ensanchaba con el paso de los días.

Peña Nieto ofrecía sanar al país con una fantasía de revista de sociales. Era un tipo joven, guapo, católico y marido de una heroína de la televisión nacional. Era la postal de telenovela que un partido de políticos viejos necesitaba para reivindicarse y demostrar que “ahora sí” habría un cambio. Que lo mejor estaba por venir.

En la vida de Peña Nieto puede identificarse una constante: una ola de cabellos negros que nace de su frente, forma una onda de izquierda a derecha y se petrifica sobre su cabeza. Un teórico de la conspiración podría decir que un maestro de la propaganda está detrás de su sonrisa de George Clooney y ropa de Rodeo Drive, pero los orígenes del copete se remontan a su infancia. Las fotografías no mienten: fue un niño que desde los dos años festejó sus cumpleaños peinado. Recibió diplomas escolares peinado. Abrió regalos de navidad peinado. Cuatro décadas después, habiéndose ratificado como abogado, diputado, gobernador y presidente, Peña Nieto asiste al hundimiento de sus índices de popularidad peinado.

[II]

La fuerza de un individuo está en su cabeza. Ahí reside su poder simbólico, su sostén vital y su sagacidad, pero solemos confundirlos: lo que hay por fuera de la cabeza puede revestir de status o poder a una persona, pero no dice nada de su capacidad para ejercerlos. Una corona distingue a un rey de sus plebeyos. Un sombrero de copa remite a un hombre acaudalado. Los turbantes advierten sultanes; las aureolas, ángeles. Con las insignias que hay en su gorra, un general instituye su jerarquía como jefe supremo del ejército. Está autorizado, por el Estado, a sostener un rifle y matar.

Trump, como Peña Nieto, descuida sus palabras, pero nunca su cabello. Tolera las burlas siempre que éstas no impliquen que es calvo o que usa toupée. “Es real”, ha dicho una y otra vez. En agosto de 2015, una nota de portada de The New York Times citaba a un locutor que lo llamaba “El hombre del peluquín”. Trump leyó el párrafo durante un discurso que dio en Carolina del Sur y llamó a una mujer que se encontraba entre el público para que inspeccionara su cabeza y desmintiera la situación. “¡Es real!”, dijo, y ante las risas del público levantó la palma derecha como quien jura decir la verdad ante un tribunal.

Amy Lasch es una estilista que trabajó con Donald Trump durante las primeras temporadas de The Apprentice. “No usa toupée ni extensiones. Su cabello es muy largo y él mismo se encarga de peinarlo”, dijo a un diario británico a mediados de 2016. Su trabajo en el reality show era más bien de prevención de daños: consistía en procurar que el peinado del empresario se mantuviera bajo control.

Como si fuera un Sansón paranoico, Trump no permite que un extraño toque su pelo. Según Lasch, por su forma y color, esa melena se corta y se tiñe en casa; es producto de la manipulación de unas manos amateur. Lasch dice que eso no le preocupa, sino la posibilidad de que su cabello sea una expresión de su personalidad. “Se ha peinado igual desde los años 80. Lo que no me gusta de eso es que sea un político con miedo a cambiar”.

[III]

El pelo —como las coronas y el discurso— define nuestra identidad. Es maleable y se modifica a voluntad. El pelo es seductor y su relevancia se adscribe al orden de lo simbólico. A diferencia de órganos como el cerebro o la piel, no es esencial para asegurar nuestra supervivencia. La pérdida de pelo se lamenta por razones psicológicas. Nadie se enferma por quedarse calvo. Tampoco hay investigaciones científicas que demuestren que las canas perjudiquen el metabolismo. En el siglo XVI, las pelucas se popularizaron para enmascarar enfermedades venéreas: eran un medio costoso pero efectivo para ocultar las lesiones que la sífilis ocasiona en el cuero cabelludo. La calvicie, entonces, se convirtió en sinónimo de vergüenza. Solo quien podía pagar una peluca para encubrir las llagas aseguraba su reputación.

Si la monarquía francesa aprehendió el uso de pelucas por cuestión de status, el siglo XXI detonó el negocio de la vanidad. El enriquecimiento de la cosmetología es un síntoma de la importancia que el hombre posmoderno le concede a su apariencia. Los trasplantes y otros procedimientos para evitar la calvicie obedecen al interés por el artificio: ahora no solo importa mantener la cabeza cubierta con pelo, sino que su aspecto sea ‘natural’.

Según The International Society of Hair Restoration Surgery, más de un millón de personas se sometieron a un procedimiento de restauración de cabello en 2015. Aunque el rumor nunca se comprobó, en mayo de 2016, el portal Gawker publicó que un tratamiento de restauración capilar llamado “interverción microcilíndrica” era el secreto mejor guardado de Donald Trump.

El hombre del siglo XXI, como el egipcio o el mesoamericano de hace miles de años, ritualiza su cabeza para manifestar una postura. La adorna porque el ser humano no muestra quién es, sino la imagen que esculpe de sí mismo. El peinado —como el bigote, la barba, las perforaciones o el maquillaje— es uno de los complementos de la máscara.

[IV]

Todas las mañanas, sin importar dónde esté o las obligaciones que le imponga su agenda, el actual candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos ejecuta un ritual. Donald Trump atavía su cabeza como lo ha hecho durante los últimos cuarenta años: entra a la regadera y se unta las manos con Head and Shoulders; aplica el producto, enjuaga, sale y espera una hora para dejar secar. Mientras tanto, lee el periódico y revisa pendientes. Una vez que el pelo está seco, toma un peine y lo moldea. Jala un mechón de la melena hacia adelante y luego lo echa hacia atrás. “Lo he peinado así durante años. Del mismo modo cada vez”, dijo en 2011 a Rolling Stone.

El pelo es discurso. Instaura estereotipos. A los grandes revolucionarios de la historia se les recuerda por su legado, pero también por el pelo que ornaba sus cabezas y sus rostros. Marx, su barba de fox terrier y el manifiesto comunista. Dalí, sus bigotes afilados y el surrealismo. John Lennon se rebeló ante el mundo con el pelo acariciándole los hombros. El Che Guevara y Fidel Castro, junto con la revolución, inmortalizaron sus barbas.

Cortarse el pelo supone control social; peinarlo es una ceremonia equivalente. Un peinado de acero y un cabello consistente, como el de Peña Nieto o el que persigue Donald Trump, tratan de prometer disciplina: quien controla el caos y la debilidad en su cabeza, somete el caos político y social. No hay que olvidar a Stalin, Hitler y Margaret Tatcher. Al menos en nuestra memoria histórica, quien controla el orden y el progreso también sabe conservar el pelo.

En un episodio que Saturday Night Live estrenó en noviembre de 2015 se visualiza un futuro en el que Trump gana las elecciones. La parodia inicia cuando un general del Pentágono convoca a un grupo de fuerzas especiales para asignar una misión: “Nuestro presidente está en problemas. Hoy a las dos de la tarde se encontrará con Vladimir Putin en la Plaza Roja de Moscú y para nuestra seguridad nacional es vital que la reunión se lleve a cabo sin incidentes”. ¿Qué le preocupa? El viento. Si éste sopla y Trump se despeina, el país será el hazmerreír del mundo. El escuadrón se encoge hasta alcanzar el tamaño de una pulga, viaja a Rusia en una nave casi microscópica y aterriza sobre el cuero cabelludo de su líder para rociarlo con spray y evitar un desastre global.

En el mundo de Trump, un aerosol de alta fijación lo hace inmune a la catástrofe, pero la historia ha demostrado que no hay artificio que salve a una cabeza hueca de la destrucción.