La tribu: retratos de la Cuba cotidiana de un joven cronista

Originalmente publicado en The Associated Press, junio 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Carlos Manuel Álvarez echa sus delgadísimos brazos al frente —como haría un pescador— para explicar la estructura de su segundo libro. Antes de elegir a los personajes que perfila en “La tribu”, dice, se imaginó a sí mismo lanzando un anzuelo al agua para preguntarse qué es lo que cada uno le permitiría iluminar sobre su país.

“Diecisiete textos pueden parecer mucho, pero son 25 años de mi vida en Cuba. Eso es como una bota perdida en medio del mar”, explica el cronista de 27 años en la Ciudad de México, a donde viajó hace unos días para presentar la obra editada y distribuida por Sexto Piso.

A pocos meses de la muerte de Fidel Castro y varios giros en la relación de la isla con Estados Unidos, la Cuba de “La Tribu” no es la que diseccionan los analistas ni las columnas de opinión. “(El libro) es el retrato de una sociedad poco accesible a través de perfiles. (Carlos Manuel) es ese alguien que llegó para contarnos qué pasó con Cuba”, ha dicho el escritor mexicano Emiliano Monge.

El lector reconoce dos nombres en “La tribu”: Fidel y Raúl. El resto es la Cuba anónima: Yorgelis, Idalmis, Amaury, Yurién, Ibelys. Por sí solos no dicen mucho, pero Álvarez les da voz.

“La tribu” tiene un subtítulo: “Retratos de Cuba”. Cada historia y cada personaje dan un pulso particular a los latidos de la isla. En la página 29, el texto sobre José Contreras —pitcher y jugador de los Yankees— traza mucho en muy poco: el aterrizaje del avión de Contreras en La Habana sirve a Álvarez para hablar de leyes migratorias, de béisbol y del contraste entre el cubano que deja a los suyos para buscarse otra vida y el que regresa años después.

“El Contreras de los Yankees es un portento íntegro, una pieza de ébano sin figuras, un cuerpo sin articulaciones ni embates visibles… El Contreras de Cuba, en cambio, muestra la definición de sus partes, es como un juguete ensamblado. Fuerte, sí, pero todavía un boceto. Le faltan luces, glamour, pesas. Uno nota los amarres de los hombros con los brazos, de los brazos con los antebrazos, de los dedos con las uñas, el zurcido de las fibras”.

En la página 85, los habitantes de un basurero bailan en la oscuridad. En la 115, un boxeador que sube a una lancha con destino a Florida termina detenido en Bahamas. En la 131, el hambre feroz y el desconcierto tocan el hombro de los viajeros que no llegan a Estados Unidos por mar, sino por tierra, y pasan por Colombia, Panamá y México. En la 229 hay un poeta.

En “La tribu”, Álvarez no alecciona ni especula. No escribe si la Revolución triunfó o fracasó. No sentencia si el líder fue un héroe o un tirano. Su libro no es una explicación: es un mosaico de ambientes —el aeropuerto, una calle, la orilla del mar—y la historia de un país a través de su gente y lo cotidiano. Es el lado del mundo de un periodista cuyo reporteo inicia en sí mismo.

Un verano de agosto, Álvarez —con su cabello negro, lentes de pasta, cuerpo de alfiler— fue hasta el Malecón “para combatir la melaza romanticona que los malos poetas, los cronistas del noticiero y los trovadores deprimidos han vertido sobre este largo muro que ciñe las carnes de la ciudad”. Y entonces él, cubano, que durante cinco años vivió frente a ese Malecón, deja de ser él —o lo intenta— y sale de sí —o lo intenta— para escribir. Camina, se detiene, se sienta en un borde y escucha a locales y extranjeros. Toma notas. Piensa.

Nosotros, los lectores, espiamos por encima de su hombro. Un italiano critica el comunismo. Una mujer cincuentona se pasa seis horas vendiendo caramelos, palomitas y otras cosas para ganarse “cuatro míseros pesos”. Unos tipos juegan dominó y un grupo de veinteañeros se divierte con un videojuego. Un poco más adelante, alguien habla de béisbol. Luego está la zona de travestis.

La crónica del Malecón inicia a la mitad del libro y quizá es el corazón del mismo. En estas páginas el cemento, la piedra picada, el acero y las vigas del terraplén no solo defienden a la ciudad del agua: son aquello que sostiene “las frustraciones, el ocio, las nostalgias y lo que sea que los habaneros vengan a dirimir al borde del mar”.

Nada en “La tribu” puede interpretarse desde un punto de vista único. Álvarez dice que escribió con la nariz, con los ojos, con el tacto y con todos los sentidos. Lo hizo desde una choza putrefacta cerca de Marianao, desde el Teatro Nacional de La Habana y echado bocarriba sobre el Malecón. Y ahora, desde esos vértices, lanza sus crónicas y perfiles al aire para que cada quién decida qué leer, qué sentir, qué mirar.

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Este soy yo: Luis Scafati

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Originalmente publicado en Esquire no. 81 (PDF aquí)

Dibujante e ilustrador, 68 años, Mendoza, Argentina

> Expreso mis ideas siempre que hago una ilustración, sin importar si es una invención mía o si está inspirada en alguna obra literaria. Pero cuando trabajo sobre un texto ajeno, entro en ese mundo y lo acompaño. Cuando expreso una idea mía en respuesta a un hecho político, por ejemplo, de alguna manera trato que esa imagen sea una metáfora y lleve la carga de lo que quiero expresar.

> La palabra “trabajo” me da un poco de vergüenza. En todo lo que hago siento una especie de placer. Siento que soy privilegiado por poder desarrollar este don que me fue otorgado.

> Me estoy poniendo viejo y siento mucho más placer que antes en hacer lo que me gusta. Ahora hay cosas que me cuestan más trabajo, en el sentido de que he desarrollado una percepción que antes no tenía. Es decir, antes dejaba pasar cosas que ahora me pueden molestar. Antes escapaban un montón de cosas a borbotones, pero hoy pasan por un filtro.

> El dibujo y la escritura son canales similares. Hay muchos escritores que dibujan. Ahí está, por ejemplo, el caso de Günter Grass, que murió hace poco y tiene grabados hermosísimos.

> He ilustrado la obra de [Franz] Kafka en varias ocasiones. La primera fue para La metamorfosis, y ahora para El castillo. Siento que el mundo de ese autor es muy cercano a mi trabajo, pues siempre habla de una situación laberíntica y burocrática. Eso es lo que he tratado de plasmar en mis dibujos.

> Recuerdo la primera vez que leí a Kafka. Yo era muy chico, tendría unos 18 años, y a mis manos llegó un libro con una selección de sus cuentos. Me llamó mucho la atención que algunos de sus personajes no tenían nombres, sino letras: A, B, C. Además me intrigraba la situación escueta por la que se movían y las cosas que les sucedían, que por momentos eran muy irracionales pero a la vez representaban algo. Fue una literatura que me impactó, porque entonces yo había leído novelas como Rayuela, de [Julio] Cortázar, y El llano en llamas, de [Juan] Rulfo, pero el de Kafka era un mundo más hermético.

> Cuando leí La metamorfosis sentí que el protagonista era Kafka, que él era Gregorio Samsa y que se sentía un bicho raro, como le pasaría a cualquier artista en su entorno familiar. Es decir, “ser artista” muchas veces no se acepta en la familia, porque iniciarse en el arte genera un gran temor. A todo chico que quiere dedicarse a ello se le pregunta: “¿De qué vas a vivir?”. A mí todavía me lo preguntan [ríe]. Aún no se entiende muy bien que uno pueda vivir del dibujo y todo eso. Sería más fácil decir: “Vendo refrigeradores y de eso vivo”.

> Siempre me interesó la literatura. En algún momento, cuando era muy joven, pensé en convertirme en escritor. Pero luego leí a autores como Kafka y empecé a contemplar la posibilidad de crear imágenes que tuvieran que ver con esos mundos que leía.

> Mi trabajo como ilustrador nació en el periodismo. Eso me dio cierto poder de síntesis para lograr que una imagen expresara algo concreto en un contexto donde hay mucho ruido visual.

> Mis ilustraciones debían destacarse a la mitad de noticias y anuncios publicitarios, así que buscaba ideas que fueran impactantes. En aquel entonces también trabajé en una revista de ciencia ficción de Buenos Aires llamada El Péndulo, donde ilustré cuentos y poemas. Eso me dio un buen entrenamiento.

> Mientras trabajaba en prensa estudié Artes Plásticas. Mis primeras colaboraciones fueron para una revista llama Hortensia. Mi trabajo era hacer chistes, pero siempre con un ambición por el dibujo.

> El arte me permitió descubrir un mundo que prácticamente desconocía: el contexto de los pintores, con esas vidas tan románticas y llenas de historias interesantes. Además así conocí a Goya y a Klimt. Todo eso fue amasándose dentro de mí y pienso que fue el comienzo de lo que soy ahora.

> Creo que el cine y el video son las artes de hoy, pero un ilustrador contemporáneo le debe todo a la tradición del siglo XIX. Pienso en [Gustave] Doré y tantos otros ilustradores. Ellos heredaron eso a los directores de cine como [Federico] Fellini y su Satyricon (1969), que de alguna manera ilustró un libro de otra época.

> Sé que mucha gente puede no estar de acuerdo con las imágenes que yo creo para un texto. Por eso trato de que estas sean complementos que expanden un discurso. Por ejemplo, en el caso de Kafka, cuando inicia El castillo, el texto dice que alguien viene caminando y se detiene en un puente, que todo está nevado y no percibe nada. Pero como yo ya leí la novela, sé qué es lo que mira, que hay una ciudad que él no puede ver. Hay una especie de “gran ojo” y ese es el extra que yo le pongo: es mi mirada sobre el tema.

> Cuando era más joven le preguntaba a mis hijos si entendían mis dibujos. Siempre he necesitado que mi trabajo se entienda. Es una obsesión para mí. Algunas de mis imágenes pueden tener momentos complejos y ser difíciles de interpretar, pero así son los sueños: uno se esmera en encontrar claves para entrar en ellos.

La memoria prodigiosa de Margo Glantz

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Originalmente publicado en Esquire no. 73 (PDF aquí)

La escritora mexicana tiene 84 años y más de cinco décadas dedicada a los viajes, la docencia y la literatura. Yo también me acuerdo reúne sus más preciadas memorias con una estructura magistral: leerlo es una experiencia circular, en la que la autora siembra una tema (un recuerdo), para luego retomarlo y relacionarlo a otros tantos como si fuera un árbol con ramificaciones sin fin.

ESQUIRE: En esta etapa, tras tantos años de haber escrito, ahora se pueden encontrar compilaciones como las del FCE, que reúnen un trabajo de muchos años, ¿qué representa para usted estar en ese momento donde se puede voltear hacia atrás y ver todo eso?

MARGO GLANTZ: Por un lado es ambivalente, porque es muy fascinante ver cómo en tomos donde se reúne la obra que se ha escrito a lo largo de toda una vida, hay ciertas líneas muy bien trazadas en donde hay vasos comunicantes y se ve cómo hay una concatenación de temas, de organización de esos mismos temas y empieza a visualizarse a una persona que ha tenido ciertas preocupaciones y que están muy bien plasmadas en ese tipo de libros. Por otro lado, el hecho mismo de que sean libros tan gordos, tan monumentales, le da a uno grima porque le da la impresión de que ya se volvió uno muy institucional, y a mí ese tipo de cosas siempre me preocupan, a pesar de que estoy en instituciones muy institucionales, valga el pleonasmo, como la Academia de la Lengua. Por un lado hay una gran satisfacción de ver que las cosas que uno ha escrito de manera dispersa se reúnen en cuatro volúmenes que son fáciles de consultar. Por otro lado, son difíciles de leer, porque son libros muy gruesos. A mí me gusta leer en la cama y es imposible llevarse esos libros a la cama. A veces siento que es necesario traer un atril como en la época medieval. Pareciera que obligan a uno a quedarse ya definido en una especie de hecho consumado, y yo quisiera tener siempre una movilidad hacia adelante. Creo que la sigo teniendo, afortunadamente.

ESQ: Se reconoce siempre en sus primero textos, o al releerse hay algo quela lleve a pensar: “Ésta no soy yo”?

MG: Cuando acabo de escribir un libro, releerme me da nauseas. He trabajado tanto el texto y me ha costado tanto trabajo hacerlo, que cuando lo termino no lo quiero volver a leer. Me da horror. Sin embargo, cuando releo las cosas de hace mucho tiempo, me da gusto. A veces digo: Caray cómo escribí yo esto. Qué padre. Me admiro de mí misma, lo cual es un narcisismo maravilloso y engañoso. Una cosa que me pasó particularmente con este libro de Yo también me acuerdo es que es un libro que me da mucho placer releer. Ya ahorita no, pero cuando me lo entregaron hace como diez días, me emocionó tanto que lo releí dos veces seguidas, así como lo escribí. Y me gustó. Me gustó releerlo. Fue un cambio, porque generalmente nunca quiero releer lo que acabo de escribir. Me parece reiterativo y estoy fatigada del trabajo que me costó hacerlo, pero este libro sí me dio gusto releerlo. No sé qué quiere decir eso.

ESQ: ¿Cómo ha vivido la transformación en la relación que tiene con sus lectores? Hay gente que la han seguido mucho tiempo y hay otros que hoy apenas la están descubriendo, incluso por Twitter.

MG: Twitter me ha ayudado mucho a tener más lectores. Como es un medio divertido, uno tiene que ser ingenioso. A la gente le divierte leerlo y gracias a eso buscan los libros que uno ha escrito. Me ha ayudado mucho el Twitter y me gusta esa retroalimentación. En Yo también me acuerdo he utilizado varios tuits que escribí, reformándolos, mejorándolos, quitándoles cosas, lo que es un poco difícil porque son 140 caracteres. De cualquier manera, Twitter ha sido un ejercicio muy provechoso para mí en muchos sentidos: en la relación con los lectores, con la realidad, con los nuevos medios de comunicación y con mi propia escritura por la exigencia que la síntesis de los 140 caracteres imponen. Es una cosa bien interesante. Un ejercicio de constricción que termina volviéndose casi automático, porque el cerebro se adapta. Así como se adapta cuando escribo artículos para La Jornada que ya sé que son 4,000 caracteres y que tengo que regirme por los 4,000 caracteres con espacios, ya casi me salen automático 3,960, ó 4,001. Sé que tengo que pulir un poquito pero ya se conformó mentalmente el tipo de escritura. Para eso, Twitter es muy útil.

ESQ: La relación del escritor con los lectores antes era más reservada y ahorita se permite más la interacción. ¿Cómo percibe ese cambio? ¿Cómo ha ayudado —o no— al acceso a la literatura?

MG: Como todo, tiene sus pros y sus contras. Sí favorece la comunicación de una manera masiva, más instantáneas y evidente. Por otro lado favorece la frivolidad, el elogio fácil, la falta de respeto por la actividad del escritor, y puede ser muy perverso. Pero así son todas las cosas, tienen siempre aspectos contradictorios. Yo creo que es una nueva forma importante de comunicación, a la que nos estamos adaptando, que está transformando completamente, no solamente nuestra forma de escribir sino nuestra forma de pensar. Y responde mucho a nuestro mundo actual, que ha cambiado totalmente, de una manera vertiginosa, muchas de las estructuras tradicionales de pensamiento, de organización y de comunicación.

ESQ: Usted ha leído toda su vida. ¿Tiene algún “arrepentimiento literario”? Y, por otro lado, ¿qué autores o textos aún sigue?

MG: De mi infancia releo de vez en cuando a Dumas, Julio Verne y [Joseph] Conrad, que lo leí muy joven. También a [Leon] Tolstoi, muchos norteamericanos como John Dos Passos, John Steinbeck y los escritores de la primera mitad del siglo XX que fueron muy importantes. Muchos escritores del siglo XIX, por ejemplo, Jane Austen, las Brontë o Charles Dickens, Wilkie Collins que me gusta mucho, porque es una especie de primer gran novelista policiaco, y a mí me interesa mucho la novela policiaca. Leí toda mi vida a [Jorge Luis] Borges, porque era importantísimo para mí. A veces no podía escribir si no tenía un libro suyo al lado. Roland Barthes fue muy importante también. Son autores a los que vuelvo constantemente. O [Marcel] Proust, que era mi autor de cabecera: cuando tenía yo un problema, era como mi Biblia. [Georges] Simenon es otro de los escritores que me fascina, no sólo por su escritura, sino por su vida y porque me encanta ver los programas en donde se reproducen las cosas de Simenon y que, además, vuelven a manejar, un mundo en el que yo viví cuando era estudiante, como el París de los años 50. Es decir, la reproducción tan perfecta de ese mundo, las calles, la comida, los restaurantes, la forma de vestir de la gente, cómo caminaban los niños, los autobuses y automóviles de entonces. Todo eso se vuelve parte de mi pasado. Es como ver la exposición de Robert Doisneau, que fotografía el París que yo viví: un Paris muy oscuro, precario, ennegrecido por la mugre y por el tiempo, donde la gente era pobre, y viajaba en el Citroën que era un carrito que parecía lata de sardinas. Entonces la gente se vestía de negro y había una consciencia política interesantísima. Entonces veía yo a [Jean-Paul] Sartre y a Simone de Beauvoir en el Deux Magots, eran gente común y corriente. Me paseaba, iba al College de France y oía a gente tan extraordinaria como [Martín] Buber, o veía teatro nacional popular. Todo ese periodo de mi vida que fue muy importante, y lo recreo leyendo a Simenon.

ESQ: ¿Por qué el primer género en el que comenzó a escribir fue el ensayo? ¿Qué fue lo qué más le atrajo de eso?

MG: Yo soy profesora. Tengo casi 60 años de enseñar, o quizá un poco menos: 55. El ensayo es una de las cosas fundamentales para un investigador. Creo que es tan productivo, tan interesante y tan creativo como la escritura de ficción. Ahorita estoy más interesada en la escritura de ficción porque normalmente me surge más que el ensayo. Hoy me está costando más trabajo el ensayo porque exige otro tipo de organización mental, un rigor muy importante con el texto y con la tradición de las fuentes. A veces siento que ya pasó esa época para mí y que ya no me voy a dedicar más a eso, pero siempre tengo invitaciones para congresos y me interesa volver a trabajar en géneros que no he retomado o en los que podría profundizar. En muchos de mis libros de ficción, el ensayo está muy presente, como en El Rastro (2002), en donde están mis ensayos sobre Sor Juana y en Saña (2007).

ESQ: Hay cierta resistencia en la escritura por traspasar varios limites, pero no es su caso. Simplemente experimenta ¿Dónde está ese límite de decir “voy a dar un paso más”?

MG: Estoy más vieja, tengo más experiencia y muy poco que perder. Así que me lanzo. Soy muy espontánea. En mi vida he hecho muchas cosas sin darme cuenta de que las hice. Y cuando las rememoro siento que algunas fueron bastante osadas. Yo no creo que transgreda, pero probablemente lo haga. Quizá he tratado temas que pocas mujeres en mi época trataban. Cuando escribí un libro como Apariciones (1996), donde hablaba de las monjas trabajando, tomé personajes de mi novela, pero también había una historia de unos amantes en donde la vida sexual de ambos es muy carnalizada en el texto. Mucha gente me decía: “Margo ¿Cómo escribes eso? Yo no puedo dar una clase con tu libro”. Y yo decía: “¿Por qué un varón puede escribir ese tipo de cosas y nadie se asombra demasiado?”. También puede haber problemas con esa escritura, pero es mucho más complicado con la mujer. Siempre cuento esta anécdota: un amigo mío, muy querido, cuando hice la traducción de George Bataille de los libros que fueron considerados pornográficos en su tiempo, me dijo: “Te felicito porque hiciste una traducción pierniabierta”, y eso no se lo hubiera dicho a un hombre. Que plantea que de repente yo estoy incidiendo en temas, que se supone que son lógicos en un hombre, pero no en una mujer. Trabajar a Bataille, traducirlo, escribir cosas de erotismo. Luego hay gente que ha trabajado el erotismo, pero siento que no como yo. No me quiero hacer tampoco muy original, pero creo que lo vulgarizan, lo minimizan, porque hay una concesión con el lector. Cuando escribo, escribo como yo creo que debo de escribir y si lo van a leer bien o no lo van a leer bien, también, no me importa. A la larga tengo dificultades para que me lean porque soy una word seller. Cada vez tengo más lectores y más jóvenes, lo cual me gusta mucho. Acaba de hacerme una entrevista un joven de la facultad de filosofía y letras que leyó muy bien mis cosas, o este señor que acaba de irse, me ha realizado entrevistas desde hace veinte años, sobre temas de tipo erudito de mis trabajo sobre Cristóbal Colón, Hernán Cortés o La Malinche, y que sigue paso a paso lo que yo he escrito, tanto en ficción como en ensayo. Lo cual me da un gusto enorme.

ESQ: De primera impresión, pareciera que Yo también me acuerdo es un flujo de ideas, pero cuando uno continúa leyendo, hay una conexión muy clara entre todo. ¿Cómo armó la estructura?

MG: Hay un trabajo consciente e inconsciente a la vez. Uno va escribiendo recuerdos, los recuerdos se van acumulando, se van procesando unos a otros, pero es imposible dejarlos así. No tiene sentido si no hay una coherencia en el libro y continuidad del recuerdo. Utilicé varias frases de Twitter para mi libro, pero también tuve que reconfigurar y reestructurar las frases para todo tuviera densidad y consistencia. Ése es el trabajo del escritor. Cualquiera puede escribir Yo también me acuerdo. Todo el mundo ha hecho algo así alguna vez. Sin embargo, un texto así exige un trabajo muy importante de organización. Hay muchas cosas que se van trabajando, desde los temas filológicos —¿qué es un apotema?—, los significados de las palabras —¿qué significa chorlito? ¿qué significa mula? ¿qué significa arroba?— ese tipo de cosas que también es un trabajo académico, que se maneja en el texto de una manera más ficcional pero exige un trabajo de estructuración, aunque la primera parte sea completamente espontánea.

ESQ: Sus crónicas de viaje son muy particulares. ¿Cómo cambia el momento en el que usted lo vive y cuando lo pasa al papel?

MG: Cuando viajo hago diarios y regresando a México inmediatamente escribo textos para La Jornada. Eso para mí es muy importante, porque implica organizar material —que está muy disperso en los diarios— en algo mucho más coherente. El diario me dispara recuerdos y a veces me basta una frase para armar todo un texto. Eso me permite que, de manera fragmentaria, vaya yo organizando los viajes. Muchos de los textos que están aquí son fragmentos de viajes que ya había escrito. Este libro es también la historia de mi escritura. Me he autoplagiado muchas veces en el texto. Como lo digo en el libro: el orden de los factores, en literatura, altera definitivamente el producto. Por eso son textos ya nuevos, porque se han renovado al escribirlos en este contexto. Eso es importante y espero muy pronto dedicarme a dos libros que estoy escribiendo ahorita y se han quedado varados: el de los viajes, que tengo que organizarlo bien —del cual ya publiqué una parte en Coronada de Moscas de Sexto Piso— y otro libro que escribí hace quince años —no le digo cómo se llama porque eso es de mala suerte— y habla de qué son los dientes. A todos les parece un tema absolutamente absurdo y me preguntan por qué voy a escribir un libro sobre cómo me cura el dentista, pero todos hemos pasado por eso, que es horrible, y al mismo tiempo, sin los dientes no podemos hacer nada. Para mí es fundamental ese tema. Lo estoy escribiendo y está a empezando a salir algo interesante, pero tengo que dedicarme al cien por ciento a ese texto para que funcione como creo que está funcionando Yo también me acuerdo.

 

En primera persona

Publicado en la revista Esquire no. 69 (PDF aquí)

Los escritores Etgar Keret, Mauricio Montiel Figueiras y Élmer Mendoza hablan sobre su filosofía creativa y sus libros más recientes.

Etgar Keret Pizzería Kamikaze

Etgar Keret

Cuentista y guionista/46 años/Ramat Gan, Israel

  • Uno escribe sobre sus miedos, enseñanzas y pasiones, pero si fuera un esquimal, no creo que escribiría sobre el frío. Lo mismo pasa con el conflicto de mi país. Cuando alguien se va a dormir, no reza por la paz en Medio Oriente, sino porque el chico o la chica que le gusta le corresponda. Al final, las cosas que pasan en el país donde vives son tu contexto, pero nuestra forma de vida es la misma en todos lados.
  • Cuando era joven, la única cosa en la que era bueno era en matemáticas. Se suponía que iba a ser ingeniero, pero lo que cambió mi vida fue el servicio militar. Cuando lo hice, mi mejor amigo se suicidó. Eso desencadenó que escribiera por primera vez. Nunca había escrito nada antes.
  • Todos los hombres de mi familia fueron soldados muy malos. Mi padre fue a la guerra de 1950 y estaba de guardia en el campamento. Descubrió que venían unos egipcios, se sorprendió y lo único que se le ocurrió hacer fue café y huevos para invitarlos a comer. Los egipcios, al ver aquella recepción, no supieron qué hacer y se sentaron con él. Después, los egipcios atacaron. Hubo algunos muertos pero a mi papá no le pasó nada. Le preguntaron: “¿No te pareció raro que te hablaran en árabe?”. Y mi padre dijo: “Sí, un poco, pero ¿qué puedo hacer? La vida es extraña”.
  • Camino y hablo chistoso. En todos lados me meto en problemas. En el ejército pretendía ser normal, pero en mis historias podía ser diferente, por eso eran tan importantes para mí. Escribiendo no tenía que fingir, así conservé mi cordura.
  • Creo que la vida y el mundo me afectan. En cualquier cosa que hago trato de ser auténtico. Trato de decir la verdad y hacer que crean que soy inteligente y sexy. Si compras mis libros, eso es lo que vas a encontrar.
  • En la ficción puedo ser yo mismo. Me da seguridad. Es el lugar más sencillo para habitar.
  • Todo es complicado. Una vez mi esposa leyó uno de mis libros y tocó a mi puerta para decirme: “Tienes muchas historias donde el marido no quiere a su mujer y le es infiel”. Le contesté: “Lo escribí y ya. ¿Prefieres que escriba eso o que hable acerca de otro tema, pero en la vida real lo haga?”. El único lugar en el que puedo escribir y dejar mi pasión es en la ficción.
  • Escribo en computadora porque soy muy malo redactando a mano. Lo único que necesito es un lugar donde la gente no me vea. Cuando escribo necesito desconectarme del mundo y hablar conmigo mismo. Muchas veces escribo desnudo o en calzoncillos. Si mi hijo está en casa, me pregunta: “¿Qué haces?”. Si él o quien sea me ve, no puedo escribir más. Necesito estar solo.
  • Antes sólo escribía para mis amigos y mi hermano. Cuando empecé a publicar y me volví famoso, ellos dejaron de leerme. Me decían que era una puta: “Antes hacías historias para nosotros, ahora tengo que darte dinero para tener el libro”.
  • El cuento es un género hermoso. Escribirlo es como nadar desnudo en un río. No hay nada más natural y sencillo. Todo en la vida es difícil. Siento que estoy estresado todo el tiempo. Sólo cuando escribo tengo una especie de libertad.

Mauricio Montiel CIUDAD TOMADA

Mauricio Montiel Figueiras

Narrador, ensayista y poeta/46 años/Guadalajara, México

  • Las experiencias personales que se traducen a un libro siempre tienen un ingrediente universal. Las que me interesa traducir a la ficción deben tener ese elemento que puede interesar al lector, como es el caso de Ciudad tomada. La historia de “La niña y la suicida” es real hasta cierto punto. Contemplar cómo una muchacha se arroja por una ventana y la madre la recoge en la calle es algo que cualquiera podría ver. No soy un cazador de ese tipo de anécdotas, pero me ha tocado presenciarlas y entiendo que tienen un ingrediente interesante para el lector.
  • Mi hogar natural es el cuento. En ese género siempre me he sentido en casa, aunque también he experimentado con otros. He escrito ensayos, crónicas, críticas literarias y de cine, y relatos de viaje, pero finalmente con Ciudad tomada me sentí como si regresara a casa porque pasaron 12 años entre éste y mi anterior libro de cuentos.
  • La visión canónica del cuento dice que la estructura de éste es “principio, nudo y desenlace”, pero las reglas en la literatura están hechas para destruirlas. Sin embargo, primero tienes que conocerlas y luego pasar por encima de ellas.
  • No me interesan los relatos canónicos pese a que hay autores clásicos de cuento, como Edgar Allan Poe, que sí cumplen esa función. También me interesan los autores que han revertido esas reglas. Cuando escribo, yo mismo trato de subvertirlas y de buscar maneras de abordar el cuento.
  • Cada cuento responde a sus propias reglas internas. Es abstracto hablar del laboratorio de la escritura porque, aunque uno como escritor lo puede entender perfectamente, al lector se le dificulta. En mi caso, para elaborar cuentos, siempre debo tener una imagen. Yo lo relaciono con el cine: necesito un still —una toma fija— y a partir de ahí desarrollo una historia.
  • Mi libro de ficción anterior a Ciudad tomada se llama La penumbra inconveniente y fue un ejercicio que no tuvo que ver con el cine, sino con las artes visuales, con esta estrategia fílmica de la que hablo. Fue un libro que trabajé a partir de los cuadros del pintor estadounidense Edward Hopper, quien para mí es el gran retratista de la soledad del siglo XX. Sus cuadros son muy cinematográficos, como recortes de una película.
  • Me cuesta mucho trabajar a partir de conceptos. Si voy a escribir sobre la melancolía, necesito una imagen de la que pueda desprender el tema. Es muy difícil lidiar con conceptos tan amplios. Para una antología que voy a publicar el próximo año me pidieron cuentos eróticos-pornográficos, pero ahí el ambiente me facilita más crear una atmósfera.
  • Hay una especie de hilo conductor a lo largo de todo lo que escribo. Tiene que ver con una idea de Blaise Pascal, quien decía que todos los problemas de la humanidad parten de que el hombre no puede quedarse quieto en un solo sitio. Me gusta pensar que el ser humano tiene que salir y que de ahí surgen los conflictos. La mayoría de mis personajes viven con la idea de que no están en el lugar donde deberían, entonces salen para buscar el sitio que les corresponde y ahí es donde empiezan los problemas.

Elmer Mendoza Trancapalanca

Élmer Mendoza

Novelista, dramaturgo y cuentista/64 años/Culiacán, México

  • Reencontrarme con mis propios cuentos para la reedición de Trancapalanca fue casi traumático. Me provocaba mucha incertidumbre y vértigo, porque fue como estar en el agua después de lanzarme de un puente de veinte metros y seguir vivo. Implicó preguntarme: “¿Cómo escribí estos cuentos? ¿En qué estado me encontraba?”.
  • Ahora soy un autor maduro y un lector que conoce más. Sigo siendo arriesgado y creo que la literatura lo requiere. Es un arte que debe evolucionar constantemente. No debe detenerse. A veces me entristece mucho ver a autores jóvenes que repiten fórmulas.
  • El lector actual es más mediático: le gusta ver a su autor como un rockstar y quiere conocerlo. Quiere su firma. Quiere tomarse fotos con él. Quiere hacerle preguntas. Hace 30 años, los lectores no éramos así. Llegaban los libros, conversábamos con nuestros amigos acerca de ellos y ya. Antes los autores no estaban tan a la mano, no daban tantas entrevistas ni salían en Esquire ni nada. La convivencia era otra.
  • Hay lectores que piensan que soy un escritor realista. No puedo explicarles que lo que escribo es ficción y que conseguir que un texto se parezca a la realidad implica que detrás tiene mucho trabajo. Es como pintar un cuadro.
  • Creo que todos los novelistas cometemos errores de muchos tipos. Hay lectores que lo detectan y lo dicen. Me ha pasado. Mis lectores lo saben y me corrigen. Somos una comunidad que va creciendo.
  • He abordado el narcotráfico en mis obras, pero no quiero que parezcan reportajes de Truman Capote, sino que obedezcan a las reglas de la ficción y que siempre partan de una invención.
  • Soy un autor que convive mucho con sus libros y con sus obras. No padezco de ultracorrección y, como no tengo presiones de nadie, sé que puede pasar un año o dos y que no tengo que entregar un libro a un editor sino hasta que yo lo decida. Eso me ayuda ante mis inseguridades y mis búsquedas.
  • Sufro con los cuentos. Pocas veces los disfruto tanto como la novela. Como es más larga, tienes que crear un mundo y hacer que éste sea visible, que se perciba un universo donde hay personajes que se mueven, comen y sufren.
  • En el cuento necesariamente hay que simbolizar, sobre todo porque yo no puedo escribir cuentos de 20 páginas. Los míos son bastante breves y en ellos no me permito ciertos juegos que sí utilizo en la narrativa larga.
  • No tengo una definición de “novela policiaca”. Los autores estadounidenses son muy poderosos. Edgar Allan Poe inventó el género y los ingleses han sido muy buenos —como Arthur Conan Doyle— pero después los gringos se reinventaron. Ahora los mexicanos tienen sus autores y son poderosos. Ya somos referente en el mundo. Hay un grupo donde estamos trabajando con el estilo, no sólo para contar una aventura, sino para hacer mezclas que tienen que ver con otras formas no tradicionales. Hay chicos muy fuertes como Bef, Haghenbeck y Almazán. Este género nos permite mostrar el perfil de los mexicanos de esta época. Hay mucho que contar acerca de cómo nos está yendo, sobre todo en el universo de los delitos.

Este soy yo: Luigi Amara

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  • El principal reto del escritor contemporáneo es encontrar un lugar creíble en la sociedad. De algún modo, éste se ha descentrado y ya no tiene un sitio preponderante a menos que coquetee con el mercado y, en cierta medida, se vuelva una figura del espectáculo.
  • El escritor tiene que buscarse una rebanada del día para poder hacer lo que le gusta. Hoy está un poco asediado no sólo por la cuestión laboral, sino también por todo lo que significa ser escritor. Dar entrevistas y demás confunde la importancia que pueda tener el autor –como individuo– con lo que está escribiendo.
  • Vivimos tiempos en los que los escritores están demasiado ocupados y eso redunda negativamente en la escritura. Para evitarlo, organizo mis días de manera que todas las mañanas tenga espacio para escribir. No soy maniaco –porque puedo escribir en medio del ruido– pero sí necesito crear una cápsula de tiempo donde sepa que puedo dedicarme sólo a eso.
  • La explicación es la rebaba de la obra. Si necesitas explicar tu texto, quiere decir que cojea. En muchas ocasiones, los ritos que rodean a la escritura –entrevistas, presentaciones y demás– parecen ser una muleta para la escritura. Sin embargo, pienso que cualquier escritor desearía que su libro se bastara a sí mismo y que no hubiera necesidad de dar mayor explicación.
  • Como escritor no se persigue nada. Se escribe por el efecto que la escritura produce en uno. Hay muchos que negarían sentir placer. Algunos dirían que es una tortura infinita, pero yo no estoy del lado de los masoquistas de la escritura, sino que me estimula, me entusiasma y me atrae.
  • Es difícil saber por qué se escribe. Escribir es algo que no puedes dejar pero, al mismo tiempo, no puedes explicar. Hay quien podría decir que es porque quieres ser celébre, pero escribir no es la mejor manera de llegar a la celebridad. Hay diez mil estrategias anteriores y más efectivas para eso.
  • Lo interesante de la escritura es que la sientas como un desafío. En un proyecto de ensayo largo o de una novela, la continuidad del proyecto hace que no te plantees dudas cada mañana, pero en la poesía –que no escribes de manera contínua, con un horario– sí hay lugar para estas pequeñas vacilaciones.
  • Escribir es difícil en general. Tienes que lidiar con el lenguaje y lograr que éste, que es de todos, se vuelva característicamente tuyo visitando los lugares comunes pero de un modo sencillo y acrítico.
  • Cada proyecto debe implicar una dificultad. Cuando yo empiezo a sentir cierta facilidad y me parece pan comido, empiezo a sospechar de lo que estoy escribiendo, porque quiere decir que estoy bajando la guardia y dejándome llevar por la inercia.
  • Escribir un poema de tres líneas es tan difícil como un ensayo largo porque para llegar a ese poema se requiere todo un proceso de pensamiento, lecturas y sensibilidades.
  • Los disidentes del universo no es una antología de ensayos. Tampoco es una compilación. La idea era hacer un mosaico de personajes que son nuestro reverso porque se comportan de un modo excéntrico, inusitado y a contracorriente de cómo nos movemos. Quería cuestionar dónde está la anormalidad; pensar si está en los actos excéntricos de esas personas o en nosotros, que creemos que son el reverso de lo normal porque hacemos las cosas en manada.
  • En este libro no sólo me interesaba retratar personajes excéntricos, sino crear un ancla en nuestra vida cotidiana, en la manera que tenemos para movernos en la vida común.
  • En esta obra está la narración conjetural, ficticia, de lo que pude reconstruir de los personajes –donde obviamente hay muchas cosas imaginarias– para hacer un perfil más o menos seductor del personaje, pero al mismo tiempo trayéndolo al terreno de reflexión. Me interesaba que después de leer sobre alguien que siente deleite por hacer cola, nos preguntáramos sobre el acto –para nosotros automático– de hacer cola. ¿Qué estamos haciendo de esa práctica sobre la que ya ni siquiera volteamos la mirada?

Foto: Alessandro Bo, para Esquire

Mario Bellatin: el libro como vacío

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[esquirelat.com]

Mientras aún hay quien alimenta el cliché del literato que escribe con papel y pluma en parques y cafés, Mario Bellatin redacta novelas en su iPhone. El argumento de su próxima obra le vino a la mente durante un viaje a Bangladesh. La aventura de Antonioni fue producto de 50 horas que el mexicano -a quien de nacimiento le falta el antebrazo derecho- dedicó a teclear en el aparato que protege con una funda rígida de Mickey Mouse.

Mario Bellatin no escribe apoyando las yemas de los dedos sobre la pantalla del iPhone, sino con un lápiz especial. Con el brazo izquierdo lo recupera de la bolsa de su camisa para enseñárselo a Valeria Luiselli, escritora que recién publicó La historia de mis dientes y le acompaña en el encuentro con sus lectores durante la FIL Guadalajara.

Valeria dice que leer las novelas de Mario es como respirar en medio de un mundo literario lleno de ruido. La prosa del autor es simple y precisa; libre de distracciones. El hombre dinero, su libro más reciente -y el cuarto que publica con Sexto Piso-, narra la historia de un individuo que vive torturado por dificultades económicas. En la vida real, el novelista ha confesado tener conflictos con el dinero: se resiste a la idea de vivir sometido por cualquier convención social.

Mario Bellatin escribe una novela tras otra porque la literatura le plantea conflictos que sólo puede resolver escribiendo. Es como un círculo vicioso: escribe para intentar responder aquello que la escritura misma le cuestiona. Por eso a veces las técnicas de redacción tradicionales dejan de bastarle. El mexicano aprovecha las funciones su iPhone -o registra sus ideas con una cámara de video- porque el lápiz y papel le quedan cortos. Quien escribe -dice no debe preocuparse sólo por concluir un texto, sino por el proceso detrás de éste.

El autor de Gallinas de Madera y El libro uruguayo de los muertos no trabaja con un plan de por medio. No concibe personajes ni define el lenguaje con premeditación. No se sienta a escribir pensando en concluir una novela, sino que redacta ideas aisladas que terminan por entretejerse hasta confluir en un gran texto. Para Mario Bellatin, un libro no es un producto final, sino vacío. Es la huella de un proceso; el recordatorio de que nunca hallará respuestas suficientes y por ello no le quedará más que seguir escribiendo.