En su nuevo libro, Andrés Neuman enseña a “Vivir de oído”

vivir de oido

Originalmente publicado en The Associated Press, noviembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Siempre que Andrés Neuman sostiene una taza vacía bajo el dispensador de una máquina de café, la observa llenarse de espuma y sabe que dará el primer sorbo al borde de las lágrimas. Con la voz apagada dice que se ha bebido miles de espressos y cada uno le ha hecho pensar en su madre: lo que ella más disfrutaba, además de tocar el violín, era un café espumoso, como orilla de mar.

Es casi paradójico. En los 35 poemas que integran “Vivir de oído”, el escritor argentino teje retratos cotidianos de lo que hay en su vida, pero lo hace a través de ausencias, silencios e hipótesis. “Inventos a los que llegamos tarde”, por ejemplo, es un modo de decirle a su difunta madre que la extraña y que le hubiera encantado prepararle un café con espuma en una de esas máquinas que no aparecieron a tiempo en su cocina.

“Vivir de oído” es un coqueteo entre lo que existe, lo que falta y lo que podría ser. En el noveno poema de ésta, la segunda antología que el autor publica con la editorial mexicana Almadía, Neuman le habla a Neuman. “Conversación en tres tiempos” dedica su primera estrofa al niño que fue, la segunda al joven que casi deja y la tercera al viejo que será. Unas páginas después, un texto se concentra en el cómo olvidamos la voz de la gente que amamos y otro en las sutilezas entre el desierto y lo desierto.

“La poesía tiene algo de recuperación de voces perdidas”, explicó el escritor de 40 años hace unos días durante la presentación de su libro en la Ciudad de México. “Muchas veces esa recuperación es imaginaria. Son voces que nunca hubo y ese acto de recuperarlas también es un acto de reinvención: el oído es el órgano central de nuestra sensibilidad”.

Por lo anterior, la estructura del libro es casi intuitiva, una consecuencia involuntaria de haber escrito motivado por atender lo que apenas se escucha bajo el ruido de la cotidianidad.

Donde algunos solo encuentran vacío, Neuman descubre materia prima. Para él lo vacuo es un punto de partida que le permite crear y crearse, y por eso “Vivir de oído” es una obra autobiográfica que se divide en tres apartados: familia, amor y metapoesía, es decir, una sección dedicada a la relación entre escritura y autor.

Su manera de trabajar se transforma de género en género —sigue procesos distintos en cuento, novela y poesía— pero dice que su obra más reciente surgió después de cinco años de redacción intermitente y dispersa. Cuando empezó a seleccionar los textos para la antología, que estará a la venta en México a partir de esta semana, tenía entre manos más de 80 poemas, pero al final conservó menos de la mitad. Todos son brevísimos y parecen dialogar entre sí.

Según Neuman, la estructura de “Vivir de oído” obedece a que hay dos momentos por los que atraviesa un poeta: el primero es inconsciente —se escribe casi sin pensar— y el segundo permite visualizar un orden que llena los huecos de todo aquello que falta. “Los poemas van suscitándose unos a otros y ese pequeño milagro de ordenamiento sucede muy al final del proceso. Nuestro inconsciente tiene un plan y uno trabaja durante años para descubrirlo”, dice.

Al autor, en ocasiones, su inconsciente le pide borrar. Como el mago que accede a revelar su mejor truco, confiesa que sus poemas rara vez superan media cuartilla al publicarse, pero cuando nacieron todos fueron extensos. Dominar la brevedad, asegura, es algo que le fascina: los libros breves implican una reducción de cinismos hasta que el recorte permite llegar a lo que realmente debe decirse. “Todo poema va construyendo ruido a su alrededor pero en el núcleo hay una nota y hay que tratar de despejarla”.

Por eso Neuman corta, corta y corta. A veces, incluso, difumina el final. “En ocasiones el primer borrador de un poema sale demasiado redondo y lo que uno hace es desdibujar un poquito el contorno, la silueta, hasta que no queda tan nítido”. Y, después, con su mirada, el lector salda la deuda que él dejó abierta al escribir.

“Le regalé una lupa a mi maestro” es de los últimos poemas en “Vivir de oído”. En él, Neuman recuerda a un hombre que admiraba y ya no está pero antes de morir dejó sobre su escritorio una lupa que en sus últimos años le permitió leer. Cuando él la descubre, observa la lupa “dormida”, pero luego se da cuenta de que ese lente sobre la mesa aumenta el silencio de una hoja en blanco.

La escena es triste y melancólica, pero logra lo que Roberto Juarroz, uno de sus poetas favoritos, solía decir: la poesía sirve para detener el relámpago, para impedir que algunas cosas se nos escapen para siempre de manera fulgurante, como cuando el silencio extingue una voz.

Y entonces Neuman lo logra. Deja que sus ausencias hablen por él.

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Un zapato en el lomo de un cuchillo

Un zapato en el lomo de un cuchillo.
El filo no lo daña.
Carga al zapato en hombros,
guarda el balance.

Hace frío y la pampa es muda.
De cristal níveo, les guiña un ojo.
Zum.
Un zapato baila tango en el lomo de un cuchillo.

Cambio de lado.
Doble ocho.
Molinete.
Un contratiempo y su vaivén es filigrana.

Algunas noches,
después del baile,
el zapato ve la luna lívida
y se siente un tanto triste.

Es un artista, cierto.
Ha ganado premios
ceñido a un pie cobarde
que sale al ruedo en calcetines.
Ha trazado octaedros y triángulos isósceles.
Ha practicado su caligrafía china.
A veces, también,
cuando así lo ha querido,
ha sido un trineo.
Se ha despeinado al viento
veloz como flecha de amazona.

Pero en noches como ésta,
el zapato ve su pecho en blanco:
ni una pisada.

El zapato pide un deseo:
que un día,
algún día,
raspe al menos la punta de su suela
en la cara láctea del hielo.

Seis notas para John Williams

Como un cisne, frente a la orquesta,
un hombre abre las alas.
Sus manos de plata rasgan el silencio.

En primer plano, un violín se despabila.
Mueve la cabeza.
Se talla los ojos.
Adormecido, espera su turno.
Un aletazo del hombre y el violín despierta.
Toma vuelo,
da un salto.
Su cuerpo menudo se hunde en el oleaje
que lo había dejado atrás.

En un rincón, a la derecha,
un contrabajo hace una rabieta.
Su voz profunda, de dragón viejo,
tiembla en su pecho.
El hombre deja de mirarlo.

Del hombre, yo sólo veo la espalda
y las alas
que hacen piruetas
para llamar a escena a un corno francés.

El corno hace llorar a un arpa.
La lluvia de sus cuerdas cae sobre el espejo de un piano.
El hombre lanza una caricia.
Su eco se apaga.

El silencio se incendia.
El hombre se dobla.
Ahora es un flamingo,
y una medialuna en su barba blanca
es la última tesitura de la noche.

Sutura

Desperté y me dolía la boca.
Con los dedos palpé costuras
sobre los labios.
Hebras sueltas,
despeinadas
y una placa de sangre seca.

En un surco,
entre dientes y mucosa rota,
se filtró mi lengua.
Cada punto,
cada roce,
senda hirviente del zurcido.

Como presa baleada
en un bosque negro
empecé a correr.
Arrastré mi carne encendida
hasta el fondo de un desván.

Encogida,
en cuclillas,
mis manos abiertas
sobre la cara
tejieron la máscara
para que olvide
que ya no podré gritar cuando te extrañe.

Poema a cuatro manos

[Experimento literario en complicidad con Mario Jursich Durán. Oaxaca, 2014]

Entonces, de pronto,
la mariposa aterrizó en la mesa
como si fuera
un ladrón de puntillas a media noche
o un sol
con las alas abiertas
durante un amanecer en África.
La vimos juntos,
por un segundo,
inmóvil como estatua griega.
Para ti era un signo de suerte.
Para mí era
un augurio de tristeza volante.
Nos miró.
Nos dijo adiós.
Desapareció en la noche.
Ahora ese vacío en la mesa
es lo único que aletea
entre nosotros.

Paraguas

Llueve en Londres
y como hongos
germinan paraguas de la tierra mojada.
Bailan en las calles
vanidosos
buscan espejos en los charcos.
Hombro con hombro
se bañan
en la furia del cielo
hasta perderse en una esquina
o en las fauces de un metro impacientado.
Son madrigueras portátiles.

Llueve y por una tarde somos caracoles.
Bajo un techo cóncavo
como cáscara de naranja,
nos arrastramos
húmedos y cautos
a escondidas de una gripe.

Llueve y un bastón abre las alas.
A brazos abiertos
juego con el agua
que borra los rostros.

Nota del editor

Soy un grillete ceñido a la garganta,
mosca fastidiosa
sobrevuelo la cola
de un elefante.

Mano crispada,
deformo el gesto
de una prosa
horrorizada
en la esquina
de una página.

Soy una emboscada.
Enfilo la palabra
hasta la boca
de un nudo gordiano.
Mueren de asfixia los pleonasmos.

Vivo en el pulso de un cirujano.
Bisturí en mano
desangro voces,
silencio el ruido.
Mariscal en guerra
bordeo un campo minado
y las erratas
me acosan,
persisten,
hasta que logro amordazarlas.

Desollo un barbarismo,
vestido de gris,
y la exactitud canta.