Peña Nieto y Trump, dos políticos, dos preocupaciones: el pelo y el poder

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Originalmente publicado en The New York Times, noviembre 2016 (link aquí)

La tarde del 31 de agosto, el pelo de Donald Trump se mantuvo en su lugar. Muy pocos lo notaron, pero el candidato llegó ante la prensa más acicalado que de costumbre: a unos centímetros de su oreja derecha había dos pasadores para conservar su melena bajo control. No era para menos. Trump visitaba México por primera vez y el presidente Enrique Peña Nieto lo recibiría con su tradicional copete de acero. Cualquier desliz durante el encuentro entre dos políticos del espectáculo hubiera sido catastrófico. Que los traicione la lengua, pero nunca el peinado.

Esa tarde, frente a las cámaras, Donald Trump no solo maquilló su rostro y se emperifolló el pelo. También adornó sus palabras. Lo considero un amigo, señor presidente. No hablemos de quién pagará el muro, señor presidente. Hubo discursos vacíos, sonrisas falsas y Trump se despidió para subirse a su avión.

Esa noche, en Arizona, Trump reapareció. Ya sin pasadores, desde el estrado y frente a más de cuatro mil republicanos, gritó:

¿¡Quién pagará por el muro!?

¡México!

¿¡Quién!?

¡México!

Mientras tanto, en México, Peña Nieto se acomodaba la corbata y se empolvaba la cara. Se endurecía el pelo. Frente a la periodista que estaba por cuestionar la invitación que extendió a Trump no podía ser un hombre blando. No podía ser torpe ni débil ni el hazmerreír del mundo entero, sino que debía mostrarse como un estratega ecuánime y firme. Al menos frente a las cámaras, debía lucir bien.

[I]

A mediados de 2012, México entregó su voto presidencial a un tipo con peinado de muñeco de pastel de bodas. Eran tiempos difíciles: el país se tambaleaba y el gobierno estaba en manos de un partido “del cambio”, pero ante la sociedad, la esperanza se había transformado en miedo. De los puentes del México del cambio colgaban cuerpos decapitados y la mancha roja de la guerra contra el narco se ensanchaba con el paso de los días.

Peña Nieto ofrecía sanar al país con una fantasía de revista de sociales. Era un tipo joven, guapo, católico y marido de una heroína de la televisión nacional. Era la postal de telenovela que un partido de políticos viejos necesitaba para reivindicarse y demostrar que “ahora sí” habría un cambio. Que lo mejor estaba por venir.

En la vida de Peña Nieto puede identificarse una constante: una ola de cabellos negros que nace de su frente, forma una onda de izquierda a derecha y se petrifica sobre su cabeza. Un teórico de la conspiración podría decir que un maestro de la propaganda está detrás de su sonrisa de George Clooney y ropa de Rodeo Drive, pero los orígenes del copete se remontan a su infancia. Las fotografías no mienten: fue un niño que desde los dos años festejó sus cumpleaños peinado. Recibió diplomas escolares peinado. Abrió regalos de navidad peinado. Cuatro décadas después, habiéndose ratificado como abogado, diputado, gobernador y presidente, Peña Nieto asiste al hundimiento de sus índices de popularidad peinado.

[II]

La fuerza de un individuo está en su cabeza. Ahí reside su poder simbólico, su sostén vital y su sagacidad, pero solemos confundirlos: lo que hay por fuera de la cabeza puede revestir de status o poder a una persona, pero no dice nada de su capacidad para ejercerlos. Una corona distingue a un rey de sus plebeyos. Un sombrero de copa remite a un hombre acaudalado. Los turbantes advierten sultanes; las aureolas, ángeles. Con las insignias que hay en su gorra, un general instituye su jerarquía como jefe supremo del ejército. Está autorizado, por el Estado, a sostener un rifle y matar.

Trump, como Peña Nieto, descuida sus palabras, pero nunca su cabello. Tolera las burlas siempre que éstas no impliquen que es calvo o que usa toupée. “Es real”, ha dicho una y otra vez. En agosto de 2015, una nota de portada de The New York Times citaba a un locutor que lo llamaba “El hombre del peluquín”. Trump leyó el párrafo durante un discurso que dio en Carolina del Sur y llamó a una mujer que se encontraba entre el público para que inspeccionara su cabeza y desmintiera la situación. “¡Es real!”, dijo, y ante las risas del público levantó la palma derecha como quien jura decir la verdad ante un tribunal.

Amy Lasch es una estilista que trabajó con Donald Trump durante las primeras temporadas de The Apprentice. “No usa toupée ni extensiones. Su cabello es muy largo y él mismo se encarga de peinarlo”, dijo a un diario británico a mediados de 2016. Su trabajo en el reality show era más bien de prevención de daños: consistía en procurar que el peinado del empresario se mantuviera bajo control.

Como si fuera un Sansón paranoico, Trump no permite que un extraño toque su pelo. Según Lasch, por su forma y color, esa melena se corta y se tiñe en casa; es producto de la manipulación de unas manos amateur. Lasch dice que eso no le preocupa, sino la posibilidad de que su cabello sea una expresión de su personalidad. “Se ha peinado igual desde los años 80. Lo que no me gusta de eso es que sea un político con miedo a cambiar”.

[III]

El pelo —como las coronas y el discurso— define nuestra identidad. Es maleable y se modifica a voluntad. El pelo es seductor y su relevancia se adscribe al orden de lo simbólico. A diferencia de órganos como el cerebro o la piel, no es esencial para asegurar nuestra supervivencia. La pérdida de pelo se lamenta por razones psicológicas. Nadie se enferma por quedarse calvo. Tampoco hay investigaciones científicas que demuestren que las canas perjudiquen el metabolismo. En el siglo XVI, las pelucas se popularizaron para enmascarar enfermedades venéreas: eran un medio costoso pero efectivo para ocultar las lesiones que la sífilis ocasiona en el cuero cabelludo. La calvicie, entonces, se convirtió en sinónimo de vergüenza. Solo quien podía pagar una peluca para encubrir las llagas aseguraba su reputación.

Si la monarquía francesa aprehendió el uso de pelucas por cuestión de status, el siglo XXI detonó el negocio de la vanidad. El enriquecimiento de la cosmetología es un síntoma de la importancia que el hombre posmoderno le concede a su apariencia. Los trasplantes y otros procedimientos para evitar la calvicie obedecen al interés por el artificio: ahora no solo importa mantener la cabeza cubierta con pelo, sino que su aspecto sea ‘natural’.

Según The International Society of Hair Restoration Surgery, más de un millón de personas se sometieron a un procedimiento de restauración de cabello en 2015. Aunque el rumor nunca se comprobó, en mayo de 2016, el portal Gawker publicó que un tratamiento de restauración capilar llamado “interverción microcilíndrica” era el secreto mejor guardado de Donald Trump.

El hombre del siglo XXI, como el egipcio o el mesoamericano de hace miles de años, ritualiza su cabeza para manifestar una postura. La adorna porque el ser humano no muestra quién es, sino la imagen que esculpe de sí mismo. El peinado —como el bigote, la barba, las perforaciones o el maquillaje— es uno de los complementos de la máscara.

[IV]

Todas las mañanas, sin importar dónde esté o las obligaciones que le imponga su agenda, el actual candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos ejecuta un ritual. Donald Trump atavía su cabeza como lo ha hecho durante los últimos cuarenta años: entra a la regadera y se unta las manos con Head and Shoulders; aplica el producto, enjuaga, sale y espera una hora para dejar secar. Mientras tanto, lee el periódico y revisa pendientes. Una vez que el pelo está seco, toma un peine y lo moldea. Jala un mechón de la melena hacia adelante y luego lo echa hacia atrás. “Lo he peinado así durante años. Del mismo modo cada vez”, dijo en 2011 a Rolling Stone.

El pelo es discurso. Instaura estereotipos. A los grandes revolucionarios de la historia se les recuerda por su legado, pero también por el pelo que ornaba sus cabezas y sus rostros. Marx, su barba de fox terrier y el manifiesto comunista. Dalí, sus bigotes afilados y el surrealismo. John Lennon se rebeló ante el mundo con el pelo acariciándole los hombros. El Che Guevara y Fidel Castro, junto con la revolución, inmortalizaron sus barbas.

Cortarse el pelo supone control social; peinarlo es una ceremonia equivalente. Un peinado de acero y un cabello consistente, como el de Peña Nieto o el que persigue Donald Trump, tratan de prometer disciplina: quien controla el caos y la debilidad en su cabeza, somete el caos político y social. No hay que olvidar a Stalin, Hitler y Margaret Tatcher. Al menos en nuestra memoria histórica, quien controla el orden y el progreso también sabe conservar el pelo.

En un episodio que Saturday Night Live estrenó en noviembre de 2015 se visualiza un futuro en el que Trump gana las elecciones. La parodia inicia cuando un general del Pentágono convoca a un grupo de fuerzas especiales para asignar una misión: “Nuestro presidente está en problemas. Hoy a las dos de la tarde se encontrará con Vladimir Putin en la Plaza Roja de Moscú y para nuestra seguridad nacional es vital que la reunión se lleve a cabo sin incidentes”. ¿Qué le preocupa? El viento. Si éste sopla y Trump se despeina, el país será el hazmerreír del mundo. El escuadrón se encoge hasta alcanzar el tamaño de una pulga, viaja a Rusia en una nave casi microscópica y aterriza sobre el cuero cabelludo de su líder para rociarlo con spray y evitar un desastre global.

En el mundo de Trump, un aerosol de alta fijación lo hace inmune a la catástrofe, pero la historia ha demostrado que no hay artificio que salve a una cabeza hueca de la destrucción.

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Un zapato en el lomo de un cuchillo

Un zapato en el lomo de un cuchillo.
El filo no lo daña.
Carga al zapato en hombros,
guarda el balance.

Hace frío y la pampa es muda.
De cristal níveo, les guiña un ojo.
Zum.
Un zapato baila tango en el lomo de un cuchillo.

Cambio de lado.
Doble ocho.
Molinete.
Un contratiempo y su vaivén es filigrana.

Algunas noches,
después del baile,
el zapato ve la luna lívida
y se siente un tanto triste.

Es un artista, cierto.
Ha ganado premios
ceñido a un pie cobarde
que sale al ruedo en calcetines.
Ha trazado octaedros y triángulos isósceles.
Ha practicado su caligrafía china.
A veces, también,
cuando así lo ha querido,
ha sido un trineo.
Se ha despeinado al viento
veloz como flecha de amazona.

Pero en noches como ésta,
el zapato ve su pecho en blanco:
ni una pisada.

El zapato pide un deseo:
que un día,
algún día,
raspe al menos la punta de su suela
en la cara láctea del hielo.

Sólo Sanborns

       Entre las travesuras que mi madre recuerda de mis primeros años, están ‘el experimento biológico’ y ‘la gran fuga’. La primera ocurrió en mi casa, cuando me metí un frijol en la nariz, y la segunda en el restaurante de Sanborns, cuando me escurrí de la silla para bebés con el sigilo de un espía y establecí un campo de juegos bajo la mesa.

       No fui traviesa desde la cuna, pero sí perfeccioné una que otra diablura cuando empecé a gatear. Riéndose, mi madre cuenta que detectó el frijol por el enrojecimiento de una de mis diminutas fosas nasales. La anécdota de la mesa de Sanborns, en cambio, la recuerda con un poco de vergüenza: durante una mañana de domingo en que desayunaba con mi padre –el doctor que le prestó las pinzas para realizar la minuciosa operación de extraer el frijol de mi nariz–, el vecino de mesa –”un señor ya grande”, dice mi mamá– se acercó y dijo: “Señora, disculpe que la interrumpa, pero su bebé está en el suelo”.

       A 26 años del incidente, pareciera que lo único que ha cambiado en Sanborns es el modelo de sus periqueras para bebé. No es que las tiendas y restaurantes luzcan viejos, sino que siempre se han visto igual.

      Los Sanborns de México suelen ser memorables por tres características: los búhos del logotipo, la siempre bien equipada sección de revistas y el restaurante. Sin importar el rincón del país al que uno vaya, los molletes y el café están garantizados. No es que el sabor sea espléndido, sino que un bocado de enchilada suiza sabe exactamente igual de cremoso en Hermosillo, Acapulco, Pachuca o en cualquiera de las casi 500 tiendas que hoy posee Carlos Slim, dueño del grupo desde 1985.

           “Buenas tardes, mi nombre es Mari y hoy voy a tener el gusto de atenderle”.

       Hay otra constante en Sanborns: las meseras. Mari dice que hoy tengo suerte porque las piñas coladas están al dos por uno. Al principio me resisto a sorber un coctel playero sin estar en la playa, pero el poder de persuasión de Mari es más poderoso que el de Joseph Goebbels.

       Acepto la oferta sin ron –porque estoy ‘trabajando’– pero la señora bajita, gordita, de chongo –como todas las meseras de Sanborns– me guiña el ojo, vuelve a hacerla de maestro de la propaganda, y yo termino por aceptar las virtudes de la hora feliz.

       En El Mundo de Sofía, el escritor Jostein Gaarder explica el mundo de las ideas de Platón con utensilios de cocina: menciona que cada idea es como un molde y sus representaciones son galletas. En México, todas las galletas –los restaurantes de Sanborns– parten de un molde que incluye mesas de madera para cuatro personas, una vajilla de cerámica blanca y garigoleos azules, un florerito con un clavel blanco y uno rojo, una servilleta blanca acomodada en forma de tienda de campaña, una azucarera llena (nunca vacía ni a medias) y una botella nuevecita de salsa picante marca Cholula.

       La vida interna de Sanborns también parece extraída de una receta. El gerente es el hombre de más edad y seriedad. El chico espigado que limpia las mesas camina de un lado a otro con un carrito gris lleno de manteletas blancas y cubiertos. El payasito sólo confecciona french poodles de globo para los niños en fines de semana. Por debajo de los uniformes de las meseras –tan coloridos como una piñata– asoman unos zapatitos blancos que se desplazan a toda velocidad.

       Entre enchiladas suizas, cafés descafeinados y machaca con huevo, Mari me dice que ella es casi nueva en la compañía: tiene apenas ocho años trabajando ahí. Eso no es nada si se considera que el gerente lleva 40, dice Mari. Él empezó como lavaplatos. Luego se fue a la parrilla, al piso, a la caja y finalmente alcanzó la gerencia. El director de la tienda, agrega, ya llegó al medio siglo como empleado de la única tienda que, a las ocho de la mañana o a las 10 de la noche tiene igualmente disponible un disco de Juan Gabriel, un perfume o un oso de peluche de dos metros para regalar en un arranque de cursilería. Mari concluye su idea asegurando que pasar muchos años en Sanborns es cuestión de suerte, y emprende nuevamente su carrera dando pasitos cortos de un extremo a otro del lugar.

      A dos metros de mis piñas coladas hay una joven de cabello negro que está de espaldas y finge que leer para no ser molestada, pero no ha cambiado la página de su libro en diez minutos. En otra mesa está una madre inventándole a su hija que los vegetales saben delicioso. Más allá hay un matrimonio de ancianos y un hombre solitario que –éste sí– lee frente a una taza de café.

      Sanborns es México en una botella. Al Pujol –restaurante del chef más célebre de México– va la gente que posaría para una revista de sociales. Al puestito afuera del metro van los antojadizos sin miedo a romper la dieta o los oficinistas apresurados. A Sanborns va a parar cualquiera: Porfirio Díaz para pedir un banana split, Pancho Villa por el pan y María Félix por las enchiladas.

      Cuando mi marido trabajaba como gerente de mercadotecnia de Disney, su jefa vino de visita desde Argentina. Antes de dejar el país, le pidió que la llevara a conocer un Sanborns. En 2010, cuando el primogénito de Carlos Slim contrajo nupcias ante más de 1,500 personas –entre ellos un presidente y un Nobel de Literatura, dice Diego Enrique Osorno en el perfil que escribió del empresario– la comida que se sirvió después del banquete fue de Sanborns.

       Sanborns puede salvarnos de la catástrofe. Se dice que, en una ocasión, alguien preguntó a Carlos Monsiváis: “¿Qué se llevaría a una isla desierta?”. El mexicano dio la única respuesta posible: un Sanborns.

       Mi vecina –una mujer viuda y sin hijos que cuidar– ha ido a cenar al restaurante para no quedarse sola en Año Nuevo. A la panadería ha ido mi madre a las 11 de la noche porque mi hermana se olvidó de pedir con anticipación la rosca de reyes que debía llevar a la escuela. A la dulcería iba mi abuela a comprar tortugas de chocolate a escondidas de mi abuelo. A un costado de la sección de revistas compré mis primeras tarjetas del Día de San Valentín. Si un papá despistado no tomara suficientes precauciones para Navidad, podría correr a la juguetería y salvarle el pellejo a Santa Claus.

       Podría seguir escribiendo, pero tengo que imprimir y se me acabó la tinta. Son las 11 de la noche y Office Depot ya cerró. Voy a Sanborns.

Calcetines

Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Diecinueve parejas esperando autorización para adherirse a dos extremidades friolentas. Casi teinta y ocho evasores de ampollas, de gérmenes, y sólo a regañadientes se dejan empolvar con talco por el bien de las narices ajenas.
Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Tomar cuidadosamente las tijeras y dejarlos en libertad. Sentir pena por ellos. Nunca habrán de codearse con una lujosa dupla de tacones, nunca habrán de conocer el mar. Su destino será perderse en un basurero sin haberse besado con la arena, sin humedecerse en la nieve y sin dejarse envolver por sandalias que recorran empedrados para tropezarse con un chicle o los agonizantes restos de una nieve de limón.
Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Buscar la estrategia ideal para combinarlos. Confeccionar un croquis mental de ganchos, estantes, cajones y cajas de zapatos deportivos para encontrar a la pareja ideal de cada funda de pie. Y es que –claro está– los calcetines son ermitaños por excelencia. Viven solos y se reencuentran –como los andróginos– con su ‘otra mitad’ hasta el final de su existencia, hasta que alguno de ellos es sorprendido con una abertura más o menos redondeada o su resorte pierde la fuerza para evitar que la tela resbale desde el talón y hasta el tobillo. Entonces, y sólo entonces, las parejas vuelven a encontrarse y parten juntas hacia un lugar mejor.

El guerrero de Brasil

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[Esquire no. 58]

Hace más de una década, antes de personificar a un cruel tirano persa y saltar a la fama mundial, Rodrigo Santoro era un veinteañero que imaginaba pasar el resto de su vida en Brasil. La primera vez que pisó Estados Unidos, para promocionar una película de su compatriota –el director Walter Salles– ni siquiera hablaba inglés. El idioma lo aprendió después, junto con su pasión por viajar y las dificultades de posicionarse con éxito en una industria no siempre dispuesta a apoyar al talento latino.

Años antes de que su prestigio rebasara los límites geográficos de Brasil, el actor había protagonizado tres cintas que le valieron cierto reconocimiento en su país: Brainstorm (2001), de Laís Bodanzky; Behind the Sun (2001), de Salles y Carandiru (2003), de Hector Babenco. En aquel entonces, a los latinos que pretendían iniciar un carrera en Hollywood, no les quedaba más que aceptar papeles de narcotraficantes. Hoy la situación es distinta y Santoro puede presumir de haber estado bajo la dirección de personalidades como Steven Soderbergh, Roland Joffé y, por supuesto, Zack Snyder, quien lo inmortalizó dando muerte a Leónidas (Gerard Butler) en 300 (2006).

Rodrigo Santoro es una celebridad que no pretende haber olvidado su nacionalidad –como Paulina Rubio, que de vez en cuando se hace pasar por española– ni se jacta de llevar una vida de glamour en Europa. Su residencia sigue estando en Río de Janeiro y disfruta mantenerse cerca de su cultura. “Aquí no sólo está mi familia, sino también mis amigos. Me gusta viajar, pero prefiero mantenerme conectado con quien realmente soy. Y no digo esto para ser un patriota, sino porque se trata de valores fundamentales”, me dice al teléfono desde su casa, a la que me permitió llamar (a pesar del desacuerdo de su agente) sin sentir su privacidad amenazada.

Además de ser un brasileño fiel a sus raíces, Santoro es un hombre de gustos simples. Le basta empacar algunas t-shirts blancas antes de viajar y, para divertirse, no necesita más que un balón de fútbol. Este deporte, que practica donde quiera que esté, no sólo es parte de su identidad nacional, sino que también le brinda una oportunidad de convivir con sus amigos en cualquier parte del mundo. De hecho, si tuviera que permanecer en una isla desierta como Paolo, el personaje que interpretó hace ocho años en Lost, la serie de J.J. Abrams, lo único que pediría para sobrevivir sería una tabla de surf, una compañera de vida y una pelota de fut.

A Santoro le gusta la historia. En 2006, inspirado por Steven Soderbergh, se lanzó a la revolución. Para interpretar a Raúl Castro en Che, el brasileño (que no hablaba español) tuvo que viajar Cuba, estudiar un idioma nuevo e investigar a su personaje. Después llegó a Puerto Rico e inició el rodaje. “Se creó un verdadero ambiente de guerrilla. Todo era improvisado y dependía del clima. Fue muy interesante porque estábamos en constante estado de alerta”. Gracias a su trabajo en esta cinta, Santoro mejoró su carta de presentación como políglota y se atesoró la oportunidad de trabajar con uno de los directores más respetables del medio.

Tras interpretar al hermano de Fidel Castro, Santoro se transformó en Gran Rey del Imperio Aqueménida. En 300, de Zack Snyder (el director que resucitó a Superman en la reciente Man of Steel), personificó a Xerxes, quien derrotó al líder de Esparta en la Batalla de las Termópilas. “La segunda parte [a cargo de Noam Murro, que se estrena en marzo de 2014] será grandiosa porque no se trata de una secuela, sino de una historia que inicia en la misma época que la anterior y muestra la realidad desde un punto de vista distinto. Sin embargo, será tan atractiva y bella como la primera”, asegura el actor, que reacciona ante los retos de interpretar a un personaje histórico con el entusiasmo del estudiante que enfrenta la investigación de un nuevo concepto y la pasión de un artista que posee libertad para crear nuevas formas de expresión.

Para expresarse, Rodrigo Santoro también cuenta con las prendas que selecciona al vestir. “Mi diálogo con la moda es interesante. Me gusta, pero no dicta lo que debo hacer o usar. La veo como una forma de arte porque sé que detrás de ella está el trabajo de personas muy talentosas” Para involucrarse en este mundo, y aprovechar su gusto por viajar, asiste al New York Fashion Week. En este evento, y otros que tienen lugar en su país, más que tomar nota de las prendas más nuevas del mercado, se interesa en los conceptos presentados por los diseñadores.

El estilo casual es el que más le atrae Por el calor que siempre hay en Río de Janeiro, lo que más disfruta cuando está en casa es usar jeans, camiseta y flip flops. Sin embargo, su guardarropa se modifica de acuerdo a los destinos que visita y los compromisos sociales que tiene. Si ahora disfruta vestir con trajes y colores oscuros, no sólo es porque ha crecido la lista de invitaciones que recibe para asistir a festivales de cine y alfombras rojas en todo el planeta, sino porque en cada travesía profesional o personal que emprende, reconoce un mundo pletórico de posibilidades de creación y renovación.

¡Torera!

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[Revista Conozca Más. Abril de 2012]

Hay en su sonrisa una tranquilidad que no parece la de una mujer que está a punto de salir a jugarse la vida en la arena de una plaza de toros. Después de viajar en carretera y superar la incertidumbre de saber si el maestro Germinal Ureña tendría listo su traje de luces para la corrida del domingo, Hilda Tenorio me recibe con la camisa blanca, las medias rosas y la taleguilla puestas para permitirme presenciar la liturgia. Y es que, para un torero, ataviarse con aquella indumentaria de seda y cobertura metálica no es ponerse un uniforme: la magia de la ceremonia radica en la manera de vestirse, en el sentimiento, en el ritual.

Permanecer en la habitación donde un torero se viste permite presenciar el inicio de una celebración que culminará en una danza que inmortalice diversas reflexiones y preocupaciones humanas. Lo dijo Cristina Sánchez en su libro Matadora: “Torear no es solamente estar en la plaza. La concentración es anterior al ruedo”. Por eso hay que guardar silencio, pedir permiso para tomar algunas fotografías y acatar las indicaciones de Hilda: “Fotos sí, pero no me pidan que pose”. En el cuarto también está su mamá. Ella le cose el corbatín a la camisa, le acerca las zapatillas, la acompaña hasta el espejo para que se acomode los tirantes y le ayuda a ponerse el chaleco y la chaquetilla. Por lo que platica la michoacana de 25 años, la mirada de doña Hilda ha cambiado con el tiempo. Cuando su hija le dijo que deseaba ser torera se quedó callada, pero la vio con escepticismo y le dedicó uno de esos gestos que en realidad quieren decir: “Esperaré a que se te pase el berrinche y quieras jugar con muñecas otra vez”. La cosa es que a Hilda no se le pasó. A los 12 años, le bastó encontrar un video de Alfonso Ramírez ‘El Calesero’ para tomar la decisión de incursionar en el mundo del toro.

Fernando Tenorio –su papá– dice que, desde el principio, doña Hilda se convirtió en la acompañante de la futura matadora. Ella la llevaba a entrenar al Palacio del Arte –la plaza de toros de Morelia– con el maestro Rutilo Morales y fue testigo de su preparación. Hoy no hay en su mirada rastro alguno de incredulidad. Sus ojos reflejan lo orgullosa que está de su hija y, quizá, un poco de temor. Y es que desde el instante en que empieza la ceremonia del vestido, se sabe que también se inicia un juego entre la vida y la muerte. El matador se arropa con la escrupulosidad de la primera vez y con la solemnidad de asumir que también podría ser la última. Así lo escribió José Bergamín en La música callada del toreo: “la muerte se esconde en la tenebrosa embestida del toro y la lleva siempre en sus astas amenazadoras”. Hacia el final del ritual, doña Hilda amarra unos listones rosas en el cabello de su hija y espera a que ésta se detenga frente a las imágenes religiosas y la veladora que están sobre una mesita de madera. Luego le entrega la montera y el capote de paseo y salimos rumbo al coso taurino más grande del mundo.

*

Hilda enfrentó a su primer toro antes de cumplir 15 años. En vez de fiesta o viaje –como las quinceañeras tradicionales– le pidió a su papá un becerro para torear. Para ese entonces ya llevaba un año entrenando y sabía pararse en un burladero, sostener un capote y ejecutar una verónica. Según cuenta don Rutilo, la primera vez que la vio accedió a instruirla por la emoción que brillaba en sus ojos: “Cuando le pregunté ‘¿empezamos mañana?’, ella me respondió ‘¿no podemos iniciar hoy mismo?’”. Y así, entusiasmada, esta géminis que pasaría a la historia como la primera mujer en tomar la alternativa en la Monumental Plaza de Toros México, aprendió a dominar el arte de las chicuelinas, gaoneras, crinolinas y zapopinas con tal destreza que permitió que su apoderado, Eduardo San Martín, le consiguiera novilladas para torear en diferentes plazas. Hoy hay unos 3,000 espectadores esperando escuchar el pasodoble desde las gradas del coso ubicado en la Colonia del Valle. Hilda viste de rosa y oro y no sabe que su faena será la mejor de la tarde y saldrá como triunfadora a dar la vuelta al ruedo.

Cristina Sánchez dice que las cornadas son como medallas: condecoraciones que un torero secretamente espera por curiosidad –o porque sabe que otros le admirarán– pero también son laureles fastidiosos porque un premio se celebra con fiesta y una cornada lleva a la cama. Hilda lleva la huella de un laurel sobre el rostro. El día del accidente estaba en León. El toro brincó y le alcanzó la cara. La formación de la cicatriz que ahora le recuerda las dos trayectorias –de 24 y 30 centímetros– estuvo acompañada de una fractura en la mano, un esguince cervical y tres meses de recuperación. “¿No sientes temor después de algo así?”, le pregunto mientras me mira tranquilamente. Ahora pienso que quizá hay que estar en el tendido para comprender su respuesta: uno de los méritos de los matadores es su capacidad de superar el miedo y de exigirse mejorar aunque se jueguen la vida en el intento. Hilda recibe a su primer astado con un farol de rodillas y comprueba que sólo un verdadero torero sabe enfrentar el desasosiego: sólo así puede esperar el ataque, mantenerse firme y no permitirse la graciosa huida.

La tarde está nublada. Hilda está plantada en el ruedo y cuando uno la mira no piensa en su cuerpo menudo o en las dificultades que pudiera tener con la espada. Por el contrario, sobresale el valor, su forma de acariciar al toro y la manera de ejecutar los quites que le valen la ovación general. “Lo más importante en la lidia […] es el acento personal que en ella pone el lidiador. Es decir, el estilo. El estilo es también el torero. Se torea como se es”, dice Bergamín en su libro y así es como uno entiende por qué Hilda se lleva las palmas: la emoción traspasa sus faenas. Se le observa sonriente y en plenitud cuando danza pausadamente con su oponente y sus movimientos –junto con la embestida del animal– se transforman en una comunión. De ahí que uno grité “¡Olé!” y, al término de la lidia, aplauda. Al respecto, el cronista Francisco Baruqui escribió que la moreliana es un torero en el cuerpo de una chavalilla, que “se trata de una mujer con todo el sentimiento y la formalidad taurina, pletórica de valor y de entrega, que desborda en su menudo cuerpo después de haber brindado un toreo de ayudados con la diestra y sendos naturales con la izquierda”. Él dice que lo de Hilda es vocación, un caudal de torería con sabor y aroma que demuestra que en ella hay un torero de la montera a las zapatillas.

*

Aunque tras enfrentar a los dos toros de la ganadería de San Judas Tadeo Hilda se va sin apéndices, los críticos coinciden en que su actuación fue la más destacada en la décimo novena corrida de la Temporada Grande 2011-2012 en la Plaza México. Para un torero puede haber días memorables aunque se salga sin orejas o un rabo. Según cuenta Hilda, la tarde que más recuerda es aquella en la que la gente le gritó: “¡Torera! ¡Torera!” a pesar de que no logró matar al toro. Eso sin mencionar que cada lidia es un recordatorio de su éxito como profesionista en una disciplina que la tradición ha reservado –casi exclusivamente– a los hombres. Para llegar hasta este momento, no sólo enfrentó (y superó) los mismos obstáculos que todo caballero que hace carrera en este oficio, sino además el rechazo de los matadores que ‘no querían torear con ella’.

Cuando se trata de piedras, las hay por todos lados. Son justo lo que la fiesta brava enfrenta en México y en otras naciones que persiguen la prohibición de la muerte como espectáculo y el maltrato animal. Mientras que algunos exigen el respeto a la vida, los aficionados, ganaderos y otros involucrados en la tauromaquia afirman que el toro de lidia existe con el único fin de morir en la arena. Cuando Hilda profundiza en el tema, explica que esta idea está respaldada por diversos argumentos. Primero: estos seres solo se pueden torear una vez porque generan un ‘sentido de peligro’ que los haría huir –en vez de embestir– y por ende imposibilitaría la faena. Segundo: no sólo son animales que desarrollan poca musculatura –como para obtener carne– sino que además es complicado que, por su bravura, se dejen ordeñar para conseguir leche. Tercero: existen los indultos, es decir, la oportunidad de que el ganado sea curado y liberado para procrear durante el resto de su vida. Y todo esto sin hablar de la tradición cultural tan extensa que hay detrás del toreo.

El toreo es, ante todo, un arte efímero. La emoción que genera no deja obra material o palpable a la que se pueda recurrir después de que ocurre. Dado que no posee una huella o trazo que señale una ruta para repetirse, es –diría Bergamín– un arte puramente analfabeta: nace de la improvisación creada por un hombre o mujer que enmascara su mortalidad dominando a una bestia de ojos profundamente negros. Para los amantes del toro y su gallardo adversario, el encuentro genera una emoción mágica que va más allá del cuerpo. Según Cristina Sánchez, pertenece al alma, al espíritu. La única constante en una arena es la presencia invisible de la muerte, que es ritualizada, estetizada, embellecida. Para los apasionados de los tres tiempos que dura el arte, el toreo no es un deporte ni un juego, sino creación y poesía. Toro y torero se mitifican; uno a través de su imponente galope y otro mediante su traje de luces. De ahí lo inusitado del mundo taurino.

Hay en su sonrisa una tranquilidad que no parece la de una mujer que tomó una decisión insólita: la de convertirse en torera. Como otras jóvenes que le precedieron, enfrentó un problema histórico porque buscó incursionar en un terreno acaparado por hombres. Por eso es toda una experiencia conocer a una matadora que ha sabido ganarse un lugar en este gremio de tradición masculina. Aún le queda el sueño de torear en Las Ventas, en Madrid, y convertirse en una figura internacional. Mientras eso sucede, bastará con mencionar que en México ya existe una torera que posee un lugar especial entre espectadores y críticos y su nombre es Hilda Tenorio.

Imaginación a la deriva

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[Esquire no. 51]

India es sólo un punto de tierra lejana y distante que la familia de Piscine Militor Patel ha dejado atrás para rehacer su vida en América. A bordo del barco que se dirije a Canadá, también viajan los animales del zoológico en el que Pi se crió. Una noche inquieta, un naufragio, un joven que es arrojado a una lancha en la se esconde un tigre de bengala llamado Richard Parker y la piel erizada del espectador ante el lazo que Pi busca en la mirada del animal que le acompaña por los más de 200 días que se mantiene a la deriva. La nueva cinta del director Ang Lee formula más preguntas que respuestas y el viaje que emprende el protagonista es también un deleite visual: Life of Pi está repleta de imágenes que invitan a involucrarse en el mundo de los personajes y, a través del 3D, aproximarse al esplendor de la naturaleza que retrata la cinta. Desde Los Ángeles, California, platicamos con Claudio Miranda, director de fotografía del filme, y nos habló de su trabajo junto al director taiwanés.

ESQUIRE: ¿Qué define un buen trabajo de fotografía en cine?

CLAUDIO MIRANDA: Una buena fotografía es aquella que se siente real. Es decir, que involucra al espectador en la historia. Se debe leer el guión y comprender las palabras. Se puede jugar con la luz para ofrecer algo que nadie más puede lograr y eso transmite vida. Es casi como lo que hace un pintor con una brocha: añade trucos de luz y crea movimiento. Una buena película necesita de todos aquellos que están detrás de cámaras. Life of Pi, por ejemplo, tiene unos efectos visuales increíbles que rodean a la audiencia y el diseñador de producción es formidable. Estos fueron algunos de los elementos que me atrajeron para formar parte del proyecto.

ESQ: ¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Ang Lee?

CM: Ang Lee es muy diferente a otros directores con los que he trabajado. Su historia parte de un punto emocional muy importante y me hizo sentir algo grandioso al trabajar en determinadas escenas. Constantemente me daba referencias visuales y me decía qué apariencia quería que se le diera a uno u otro día. Es decir, si quería luz, sombra, lluvia o cualquier otro ambiente y, dependiendo de eso, se creó la iluminación.

ESQ: De las escenas que tuviste a cargo ¿cuál fue tu favorita?

CM: Hay una que filmamos en el agua, durante una celebración nocturna. Fue hermosa porque colocamos 50,000 velas y amé la iluminación que obtuvimos. La filmamos en una alberca inmensa y, mientras estábamos ahí, nos decíamos: ¡wow! ¡mira lo que logramos! Todo lo que hicimos en India fue increíble. Fue el mejor lugar para para filmar y que una pequeña parte de la historia tuviera lugar.

ESQ: ¿Hay alguna circunstancia específica en la que disfrutes trabajar?

CM: Amo iluminar con velas. Realmente me gusta cuando la luz parece ser invisible. Es decir, cuando se siente natural y los actores se pueden mover sin problemas a través de un set.

ESQ: De las cintas en las que has trabajado ¿cuál te enorgullece más?

CM: Todas son diferentes. Ninguna de mis películas se parece pero me gustan todas por una u otra razón. Por ejemplo, The Curious Case of Benjamin Button fue muy especial, muestra muchas situaciones paralelas por las que atraviesa un hombre que vive a la inversa. Tron: Legacy, en cambio, parece electrónica y sintética porque transcurre en un mundo que no conocemos. Pero, si tuviera que elegir, diría que Benjamin y Life of Pi son las más especiales para mí.