La inusual historia del chile mexicano que no pica

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre de 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Hay algo que provoca un estremecimiento cuando la lengua se baña por primera vez en un bocado de chile en nogada. Con la mordida inicial cruje su piel salada, el fruto dulce de la granada que lo cubre estalla entre los dientes y ambos sabores bailan en la boca. Casi al instante, la cremosidad de su salsa de nuez envuelve la textura de su carne y justo cuando el paladar se pregunta “¿¡qué delicia es ésta!?”, las especias brotan y los sentidos piden más.

Este coctel de sensaciones no se produce en cualquier cocina. Sus dimensiones no rebasan la palma de una mano y su relleno consta de un solo guiso, pero la especificidad de sus ingredientes y las horas requeridas para prepararlo convierten al chile en nogada en una de las joyas de la gastronomía mexicana y rey de los comedores durante las fiestas patrias de septiembre. Por ello, sólo algunos chefs y entusiastas de las recetas más complejas de México afilan cada año sus cuchillos y su paciencia para dedicar hasta dos días a rellenar las barrigas huecas de estos chiles que no pican.

Una sonrisa surca el rostro del chef Alejandro Cuatepotzo cuando uno elogia el balance entre lo dulce y lo salado de los chiles en nogada que cocina en Arango, el restaurante que abrió en 2018 en Ciudad de México. Mientras dura la temporada _de julio a septiembre_, sirve hasta cien de estos platos semanalmente y para ello su equipo de 14 cocineros dedica ocho jornadas mensuales a preparar una receta que data del siglo XIX y en su caso emplea 30 ingredientes.

Cuatepotzo y los chiles en nogada nacieron en el mismo sitio: el céntrico estado de Puebla. Las versiones sobre el origen del plato varían, pero Ricardo Muñoz Zurita –otro mexicano que además de chef es erudito de la comida local– asegura que se sirvió por primera vez el 28 de agosto de 1821. Ese día, explica, el comandante Agustín de Iturbide acababa de firmar un tratado gracias al cual México logró independizarse de España. El documento se suscribió en el estado de Veracruz, pero en su camino de regreso a la capital Iturbide paró en Puebla y las monjas de un convento lo recibieron con chiles en nogada para celebrar el fin de la colonia. Por ello, dice Muñoz Zurita, no es casual que el plato comparta los colores de la bandera: verde, blanco y rojo.

Aquella receta no sólo sacudió el paladar de Iturbide, quien quedó tan prendado de ella que pidió volver a probarla en Ciudad de México. Desde hace casi 200 años, cuando por primera vez se deslizó sobre un plato de cerámica poblana, este chile se ha posicionado como favorito de muchos. Según el chef Muñoz Zurita, es casi “mítico” porque es un producto efímero: sus ingredientes clave sólo están disponibles tres meses por año y en consecuencia no debería cocinarse fuera de este periodo.

Durante estas fechas algunos mexicanos los evitan porque les desagrada el contraste entre sus sabores, pero en general despierta una fiebre que tapiza las redes sociales de quienes los fotografían antes de devorarlos y lleva a todo tipo de restaurantes a incluirlos en sus menús. La tendencia ha cobrado tal fuerza que en un intento por no quedar fuera, varios acuden a fórmulas sui géneris: mientras una heladería promociona su sabor de “nogada” _hecho con nuez, queso, jerez, leche y azúcar_ una hamburguesería lo ofrece aplastado entre dos panes y hojas de lechuga.

En Arango, un sitio para clase media-alta en el centro capitalino, el chef Cuatepotzo prepara un chile en nogada tradicional _es decir, que ajusta sus ingredientes y elaboración a lo que Iturbide habría comido_ y otro relleno de atún para quienes prefieren las notas saladas. Sin embargo, asegura, 75% de sus clientes elige el primero. “Es un plato que tiene mucha mística, mucho carácter”.

Para él, la clave del sabor equilibrado del producto final está en el cuidado al ensamblar ingredientes que sólo se consiguen en suelo poblano. Por ello, el costo de estos platos suele duplicar los de otras opciones del menú. Mientras que en Arango asciende a 350 pesos (17 dólares), en comedores populares ronda los 150 pesos (siete dólares). En estos últimos, los elementos más costosos y difíciles de conseguir _como las nueces de Castilla o los piñones_ suelen reemplazarse por otros más baratos y accesibles.

Cuatepotzo y Muñoz Zurita coinciden en que los chiles en nogada forman parte de la memoria histórica nacional y por ello hay que evitar sustituir ingredientes para cocinarlos fuera de temporada o someterlos a variaciones exageradas con tal de servirlos hasta en conos de helado.

“Para mí es un plato muy importante, lo hago con mucha fe y ahínco”, dice Muñoz Zurita. En sus restaurantes Azul _donde comerlos es una ceremonia que incluye mantel y vajilla especial_ ofrece cuatro tipos de relleno y cuatro nogadas, como se denomina a la salsa que los cubre. Según explica, confeccionar recetas similares a la que probó Iturbide es viable porque autoridades e investigadores conservan copias de recetarios de la época.

Fuera de los reflectores de la escena gastronómica, pocos conocen estos documentos, pero eso no impide que los chiles en nogada cobren protagonismo en sus cocinas. Desde su hogar en la periferia de la capital de México, Ángeles Ibarra lleva 25 de los 67 años que tiene de vida cocinándolos cada septiembre, y en su familia su sazón se volvió tan añorado que en una misma tanda llegó a cocinar hasta 130. “Son muy laboriosos”, reconoce, pero el proceso es especial para ella, pues lo comparte con su hija y sus nietas.

En una hojita escrita a mano, el chef Cuatepotzo me envía su propia receta: diez kilos de carne, otros tantos de fruta y varias horas con un mandil al cuerpo. Entre los ingredientes es posible reconocer algunos que pueden comprarse en cualquier supermercado _res, cerdo, jitomates, cebollas, higos, canela, tomillo, orégano_ y otros que pocos tendrían en su alacena, como “manzana panochera”, “pera lechera” y “durazno criollo”, que sólo nacen en el municipio poblano de Calpan y él compra a productores locales para mantener con vida a los árboles que llevan más de dos siglos viéndolos crecer.

Cada fruta se pela y se pica una noche antes de arrancar la preparación. La mañana siguiente inicia sazonando la carne con especias y agregándola a una olla con aceite para freír. La fruta se añade según su grado de dureza, vigilándola para que no se bata en un proceso que dura cinco horas. Los últimos en incorporarse son el plátano y el durazno, por su suavidad. Poco antes del segundo proceso de cocción _que dura unos veinte minutos y se le llama “ahumado”, pues cocina con humo_ se agregan más especias y fruta cristalizada. En paralelo se prepara la nogada licuando nuez, queso de vaca y oveja, leche, jerez, azúcar y canela, y se alistan las semillas de granada, que junto con la nogada cubrirán al chile al emplatar y servir a temperatura ambiente.

Cuatepotzo dice que la preparación es lenta porque cada ingrediente exige su tiempo para soltar su sabor.

La espera más larga es para el cuerpo vacío del chile, que para ser rellenado pierde sus semillas y con ello casi todo su picor. La receta emplea chile poblano _el tercero más producido en México después del jalapeño y morrón, según datos oficiales_, y para el chef Muñoz Zurita es “el ingrediente rey de la cocina mexicana”, pues se come en rajas, salsas y como plato principal.

Hay algo que estalla cuando uno muerde el primer trozo y los dientes lo rasgan. Por la boca va y viene lo crujiente y lo cremoso; su dulzor y su sal. El chef Muñoz Zurita dice que el chile en nogada sólo puede llegar hasta nuestros paladares gracias a una coincidencia maravillosa que involucra manos e ingredientes mexicanos en un mismo tiempo y lugar. Todo eso estalla también en la boca al comerlo: esa maravillosa coincidencia entre su origen, su historia y su sabor.

Foto: Rebecca Blackwell

Anuncios

“Tiembla”, 35 miradas al sismo que sacudió a México en 2017

IMG_0814

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2018 (link aquí)     

Hay una voz que de tanto en tanto estremece las calles de la Ciudad de México y al propagarse nos recuerda que el peor de nuestros miedos se oculta paciente en el seno de la Tierra.

Hace un año, el 19 de septiembre de 2017, la alerta sísmica se activó en las bocinas de la capital mexicana a la 1:14 de la tarde. La voz masculina que anunciaba el terremoto de 7,1 grados se ahogó en los gritos de quienes corrían despavoridos y a los pocos minutos esos gritos se convirtieron en silencio.

Enmudecer no es inusual después de un trauma. Aquel martes en que los mexicanos recordaban otro sismo de 8,1 grados que destruyó la ciudad exactamente 32 años atrás, en 1985, miles pedían al mismo tiempo que el movimiento cesara, pero la estabilidad del suelo no nos devolvió la calma.

Diez días después, el escritor y editor argentino Diego Fonseca visitó la Ciudad de México y recuerda haberla encontrado en una pausa, “como si el terremoto hubiera acabado con la voz de su multitud bochinchera y encogido los ánimos hasta convertir al Monstruo en un animalito tímido”. La cena que organizó con amigos en el barrio Roma —uno de los más afectados por el desastre que dejó más de 200 muertos— se transformó en catarsis. Al expresar nuestros pesares la tristeza se matiza. La turbación revive, pero uno se siente menos solo al escuchar que el horror fue compartido. Narrar no repara el daño, mas sí ayuda a sanar.

Aquella cena fue el preámbulo de un libro que se publicó en marzo y se relanzó este mes por el aniversario del sismo. El origen de “Tiembla” estuvo en la necesidad de confrontar el vacío que tras la sacudida dejaron los muertos, las fallas del gobierno y el arrebato de la naturaleza. Después de aquel viaje a esta ciudad rota pero ansiosa de volver a levantarse, Fonseca pidió a 35 autores mexicanos y extranjeros que escribieran qué ocurrió. El resultado no es sólo una antología de publicaciones breves que abarcan crónica, ensayo, reportaje, poesía y fotografía, sino una mirilla a la que cualquier lector podría asomarse para tratar de comprender la intimidad de una catástrofe.

El libro atrapa aquello que rebasa titulares de periódicos y estadísticas gubernamentales. Al inicio del volumen, después de que Fonseca describe ese silencio lastimoso que halló en México durante su viaje, el escritor Luigi Amara se sirve de un juego tipográfico en el que las letras se desordenan para representar el desconcierto que abruma al tratar de comunicarse luego de un terremoto. Sin embargo, la experiencia no es exclusiva de aquel que sobrevive a un sismo: la dificultad de hablar después de un evento traumático que paraliza es tan común y humana como respirar.

Los textos de “Tiembla” se mueven entre lo general y lo particular. Daniela Rea es una madre con dos hijas que tiene a la más pequeña en una carriola cuando la violencia del vaivén inicia y debe recorrer una ciudad destruida con ella en brazos para buscar a la mayor en el kínder. Carlos Bravo Regidor es un académico que se pregunta cómo una calamidad es digerida por los medios, la política y la opinión pública hasta articular un relato propio a posteriori. Yaiza Santos es una española que vino a “echar raíces en arenas movedizas” y transmite cómo el sentido de pertenencia no se limita a una nacionalidad o certificado de residencia, sino a las alegrías, angustias y memorias que construyes en el sitio que llamas hogar.

“Tiembla” también recoge nuestros símbolos. Ante unas autoridades que demoran en dar respuesta a la desgracia, la sociedad transforma en heroína a una golden retriever rescatista aunque en los días posteriores al sismo no logró salvar a nadie. Bajo el mismo escenario, las teorías de conspiración afloran: según las entrevistas que recoge una periodista en otro de los relatos, alguien tendría que estar detrás del sufrimiento, saber soluciones que ignoramos, dificultarnos la recuperación de los cuerpos.

La antología no es únicamente el testimonio de los habitantes de una zona sísmica, sino de quienes han sentido miedo y se han unido a otros para compartirlo y encararlo. Es el registro de la frustración que puede despertar un gobierno y del orgullo nacional de quienes son capaces de rescatarse a sí mismos. Es la voz de quien tuvo la suerte de no haber perdido nada y de quien lo perdió todo.

En uno de los textos centrales, Laura García Arroyo escribe que el terremoto casi destruyó su apartamento y las autoridades le dieron 20 minutos para sacar sus pertenencias antes de demoler el edificio. A leer, uno se sume con tristeza en sus zapatos. ¿Veinte minutos? ¿Cómo elegir lo que conservarás para volver a empezar y lo que perderás para siempre? ¿Cuánta vida cabe en bolsas de plástico negro?

Tampoco hay páginas suficientes para acomodar las cicatrices de una ciudad que carga con el recuerdo de dos terremotos en una misma fecha, pero “Tiembla” —cuyas ganancias por las ventas serán donadas a víctimas del sismo— no es sólo registro sino recordatorio: en México tiembla y volverá a temblar, pero siempre quedará una voz que pueda romper el silencio después de la tragedia.

El último testigo de la peor inundación de México

800 (1)

Originalmente publicado en The Associated Press, marzo 2018 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Donde hoy se pasean hombres y automóviles, alguna vez flotaron canoas.

El 21 de septiembre de 1629 empezó a llover y la tormenta no paró durante 36 horas. El agua barrió animales y sepultó carretas. En menos de dos días, se tragó las calles de la capital de México.

Algunas crónicas novohispanas y posteriores conservan esbozos de la tragedia, pero quizá el único sobreviviente es un mascarón en la esquina de un edificio en las calles de Motolinia y Madero. Aunque se ha deteriorado, la figura de piedra aún define la cabeza de un león. Su cara felina se alza más de dos metros porque según el escritor y periodista mexicano, Héctor de Mauleón, marca el nivel que alcanzó la inundación.

Hoy no hay nada que cuente esta historia a quienes pasan por ahí, pero pronto lo habrá. Junto con su amigo y colega, Rafael Pérez Gay, De Mauleón encabeza un proyecto apoyado por el gobierno local para colocar 200 placas artesanales que recuperan la memoria de algunas calles de la ciudad.

La geografía de esta metrópoli es su condena. Hace seis meses un terremoto dejó más de 200 muertos y 32 años atrás otra sacudida de la Tierra robó miles de vidas. La ciencia lo ha confirmado: la ciudad que nos trazaron recubre el lecho de un lago y sobre él se asentaron las construcciones. Por eso aquí una catástrofe aumenta su fuerza destructiva y el golpe de la naturaleza es más letal.

A De Mauleón le entusiasma su proyecto porque a veces nos falla la memoria. Los citadinos solemos creer que en nuestra historia no ha habido nada peor que los sismos, pero la tromba de 1629 -asegura el escritor- ha sido la tragedia más grande que ha vivido la ciudad.

El paso del agua —cuya ferocidad creció debido al desborde de los lagos circundantes—mató a 30.000 y provocó el abandono de la ciudad durante cinco años, según los recuentos de la época. Aunque casi todos los habitantes se fueron o murieron, unos 400 se quedaron y aprendieron a vivir como personajes de un filme apocalíptico.

Como no había drenaje ni alcantarillas, la gente se transportaba en balsas, habitaba los segundos pisos de sus casas —a los que accedía por los balcones— y escuchaba misas desde las azoteas donde los sacerdotes ofrecían consuelo. Sin embargo, a veces el alivio era insuficiente y los sobrevivientes saciaban su sed en las mismas aguas que sacaban a flote cadáveres de bestias y personas. Cuando las epidemias llegaron, la cifra de víctimas aumentó.

Se dice que en 1633 no hubo más lluvia y el agua se evaporó. La gente volvió para darse cuenta de que la mayor parte de los edificios estaban arruinados y debían reconstruirse. Por ello casi no hay ejemplos de arquitectura anterior al siglo XVII y lo que vemos pertenece a una época posterior.

“Todo lo previo desapareció y lo único que queda de ese mundo es este mascarón”, dice De Mauleón.

¿Por qué sobrevivió? Nadie lo sabe; es uno de los enigmas de la ciudad. “Lleva ahí muchos siglos y nadie se explica. Estuvo en una casa que fue derrumbada pero después alguien lo encontró y lo volvió a colocar”.

Hoy la casa es una óptica. Frente a ella un hombre limpia zapatos y un McDonalds despacha hamburguesas. Miles pasan a diario sin saber que existe, pero el león pareciera observarlo todo como un fantasma de la ciudad.

(AP Foto/Bernardino Hernández)

Ciudad de México recupera su historia a través de sus calles

800

Originalmente publicado en The Associated Press, marzo 2018 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Lo que podría decir una calle. Lo que han visto sus banquetas. Lo que ha sentido su asfalto. Podría contarnos una historia y quizá elegiría la de un abuelo y su nieto, un par de cómplices nostálgicos que salían a perderse por los rincones de México para dibujar en el aire un tiempo que se ha ido y deseaban revivir.

“Le gustaba mucho salir a caminar y acordarse de cosas que había. Yo lo acompañaba y era como realizar dos viajes: el que hacíamos en ese momento y el de la referencia de algo que ya no estaba, que había ocurrido. Me parecía fascinante”, recuerda el escritor mexicano Héctor de Mauleón, quien ahora dedica su pluma, su andar y su entusiasmo a describir para otros los espacios de los que se enamoró gracias al padre de su padre. Su más reciente proyecto —que ya está en marcha y fue ideado del brazo de su amigo y colega, Rafael Pérez Gay— justamente consiste en rescatar la memoria de la ciudad.

En medio de un evento público con el alcalde capitalino Miguel Ángel Mancera hace unos tres años, De Mauleón tomó el micrófono para denunciar la “destrucción” de la urbe y sugirió encabezar un proyecto para preservar su pasado. Sería fácil y barato, dijo entonces, confeccionar placas pequeñas y rectangulares que narraran la historia de algunas calles icónicas y al colocarlas sobre sus fachadas dejaran a la vista por qué son sitios especiales cuya arquitectura merece cuidado y preservación. Miembros del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) verificarían los relatos y expertos en restauración supervisarían la colocación para evitar dañar las estructuras.

La respuesta fue “sí”. Se acordó iniciar con 200 —que serían elaboradas en un tipo de cerámica llamada talavera— y para decidir su ubicación él y Pérez Gay hicieron una división imaginaria del Centro Histórico en cuatro partes. De este modo comenzaron a planear la distribución de las placas según cada cuadrante, acordaron que cada uno investigaría y redactaría los textos para cien fichas y De Mauleón volvió a las aceras para escuchar los relatos que aún tenía por contarle su ciudad.

Intelectuales y periodistas locales coinciden: pocos conocen la capital de México como él. De Mauleón se sabe de memoria los secretos de un relieve que ante unos ojos inexpertos parecería un defecto, la vida oculta de una esquina que hace siglos se colmó de invasores estadounidenses y el año en el que las narices mexicanas cayeron rendidas ante el primer pan que se horneó. En cada caminata que hace por su tierra —desde que su abuelo le enseñó a explorarla— la ciudad le habla y él responde. La conoce y la reconoce. La escribe.

Primero estuvieron las crónicas y esas crónicas llenaron libros. En “La ciudad que nos inventa” (2015), por ejemplo, describe la casa más antigua del país, el cuento de espantos más viejo y la carta que inauguró el servicio postal. Ahora, además, están las placas.

Hoy es viernes y me ha llevado hasta una esquina antiquísima. Aquí México palpita: la gente se mueve de un lado a otro en grupos grandes como cardúmenes y nosotros paramos al inicio de una franja de portales que albergan negocios joyeros y rodean cual brazos abiertos la plaza principal. Frente a nosotros, el Palacio Nacional y la Catedral parecen dos titanes tumbados al sol.

Antes la historia de México no se escribía en las enciclopedias, sino en los nombres de sus callejones y avenidas. “Cada calle recibía su nombre por tres cosas”, explica De Mauleón. “Porque ahí había un edificio que le daba nombre, como un convento o iglesia; porque vivía un vecino ilustre que había hecho algo destacado o porque había ocurrido algo que merecía ser recordado, como una leyenda”.

La ciudad, entonces, se narraba a sí misma. Era cómplice, hogar y recuerdo.

“En esos tiempos caminabas y de inmediato te dabas cuenta de que la ciudad te estaba hablando, que te estaba diciendo su pasado”, dice con cierta nostalgia el escritor.

Las cosas cambiaron a principios del siglo pasado, cuando se celebraba el centenario de la Independencia y al festejo acudieron representantes de países latinoamericanos. Como un gesto de agradecimiento por reconocer a su gobierno en un ambiente cimbrado por conflictos políticos y sociales, el entonces presidente Álvaro Obregón pidió cambiar los nombres de calles que tenían más de tres siglos de antigüedad y las renombró como algunos de los países asistentes. De este modo, entre otras, nacieron República de Cuba, de Argentina y de El Salvador.

“Cuando hicieron eso cercenaron la memoria”, dice De Mauleón.

“República de Brasil, por ejemplo, se llamaba Los Sepulcros de Santo Domingo. Era un nombre bellísimo”. Y entonces, para intentar contener la situación, un grupo de intelectuales se acercó al gobierno en 1928 y pidió disponer una primera serie de placas —algunas de las cuales aún permanecen exhibidas— para rememorar lo que ahí ocurrió.

Aunque aquel esfuerzo valió la pena, se puso en marcha hace noventa años y desde entonces el proceso de renombramiento y olvido ha persistido. “La gente se separó de la memoria de la ciudad para empezar a construir una nueva”, agrega De Mauleón. “Por eso hicimos el proyecto, para volver a rescatar lugares antiguos de valor histórico y que las personas pudieran verlos al pasar”.

Nuestra esquina nos invita a reanudar el paso rumbo a una recta con mucho que decir. “Francisco I. Madero” hace honor al presidente que detonó la Revolución y a pocos metros encontramos una tienda de autoservicio que solía ser el Bar de Peter Gay, un sitio concurrido a finales del siglo XIX por mexicanos tan ilustres como curiosos. Ahí, cuenta De Mauleón, estuvo el hombre que intentó asesinar al presidente Porfirio Díaz en 1897 y antes de lanzar la puñalada recorrió los mismos pasos que nosotros.

Sus anécdotas son hipnóticas. Varias personas lo reconocen mientras caminamos y se detienen a saludarlo, pedirle autógrafos y selfies. Muchos le dan las gracias por contar su historia y lo invitan a comer, a charlar, a volver. Él me explica luego que a veces recorre estas calles con cámara y micrófono en mano y así la ciudad le habla a sus mexicanos por televisión.

De Mauleón dice que ésta era la calle más importante de su época. Estaba llena de palacios y después se hizo un decreto para establecer gremios. “La nuestra era una ciudad gremial. Zapateros, mecateros, tlapaleros y todos tenían un sitio propio. Por eso aquí hay tantas joyerías: originalmente había plateros. Estás ante la reminiscencia de una ciudad de hace tres siglos”.

Seguimos, seguimos, seguimos. De pronto mi guía señala una tienda de ropa de mujer que fue el primer hotel de México, luego apunta a otra que vio pasar al primer automóvil la madrugada de un sábado y se detiene unos segundos ante un restaurante que en 1896 albergó la droguería donde un empleado de los hermanos Lumière presentó el cinematógrafo por primera vez.

Algunas ventanas, paredes y puertas de la calle parecieran intactas al paso del tiempo gracias a una legislación que desde 1933 impide intervenir o remodelar edificios de la zona, pero eso no salva su pasado del olvido.

“Esta ciudad va a cumplir 500 años y prácticamente en cada esquina hay algo”, dice De Mauleón.

La colocación de placas apenas inicia. No existe fecha para finalizar el proceso, pero sí hay planes y un deseo en la voz a veces melancólica de este escritor: imprimir otras 200 y luego otras 200 o mil más; salir del centro y llegar a más colonias —Roma, Tacubaya, Santa María la Ribera, Coyoacán, todas icónicas para los capitalinos— para darle resonancia a lo que tengan que contar.

Aquella historia de un abuelo y su nieto continúa escribiéndose, pero ahora es la de un cronista que necesita la voz de su ciudad tanto como ella la de él.

(AP Foto/Bernardino Hernández)

En su nuevo libro, Andrés Neuman enseña a “Vivir de oído”

vivir de oido

Originalmente publicado en The Associated Press, noviembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Siempre que Andrés Neuman sostiene una taza vacía bajo el dispensador de una máquina de café, la observa llenarse de espuma y sabe que dará el primer sorbo al borde de las lágrimas. Con la voz apagada dice que se ha bebido miles de espressos y cada uno le ha hecho pensar en su madre: lo que ella más disfrutaba, además de tocar el violín, era un café espumoso, como orilla de mar.

Es casi paradójico. En los 35 poemas que integran “Vivir de oído”, el escritor argentino teje retratos cotidianos de lo que hay en su vida, pero lo hace a través de ausencias, silencios e hipótesis. “Inventos a los que llegamos tarde”, por ejemplo, es un modo de decirle a su difunta madre que la extraña y que le hubiera encantado prepararle un café con espuma en una de esas máquinas que no aparecieron a tiempo en su cocina.

“Vivir de oído” es un coqueteo entre lo que existe, lo que falta y lo que podría ser. En el noveno poema de ésta, la segunda antología que el autor publica con la editorial mexicana Almadía, Neuman le habla a Neuman. “Conversación en tres tiempos” dedica su primera estrofa al niño que fue, la segunda al joven que casi deja y la tercera al viejo que será. Unas páginas después, un texto se concentra en el cómo olvidamos la voz de la gente que amamos y otro en las sutilezas entre el desierto y lo desierto.

“La poesía tiene algo de recuperación de voces perdidas”, explicó el escritor de 40 años hace unos días durante la presentación de su libro en la Ciudad de México. “Muchas veces esa recuperación es imaginaria. Son voces que nunca hubo y ese acto de recuperarlas también es un acto de reinvención: el oído es el órgano central de nuestra sensibilidad”.

Por lo anterior, la estructura del libro es casi intuitiva, una consecuencia involuntaria de haber escrito motivado por atender lo que apenas se escucha bajo el ruido de la cotidianidad.

Donde algunos solo encuentran vacío, Neuman descubre materia prima. Para él lo vacuo es un punto de partida que le permite crear y crearse, y por eso “Vivir de oído” es una obra autobiográfica que se divide en tres apartados: familia, amor y metapoesía, es decir, una sección dedicada a la relación entre escritura y autor.

Su manera de trabajar se transforma de género en género —sigue procesos distintos en cuento, novela y poesía— pero dice que su obra más reciente surgió después de cinco años de redacción intermitente y dispersa. Cuando empezó a seleccionar los textos para la antología, que estará a la venta en México a partir de esta semana, tenía entre manos más de 80 poemas, pero al final conservó menos de la mitad. Todos son brevísimos y parecen dialogar entre sí.

Según Neuman, la estructura de “Vivir de oído” obedece a que hay dos momentos por los que atraviesa un poeta: el primero es inconsciente —se escribe casi sin pensar— y el segundo permite visualizar un orden que llena los huecos de todo aquello que falta. “Los poemas van suscitándose unos a otros y ese pequeño milagro de ordenamiento sucede muy al final del proceso. Nuestro inconsciente tiene un plan y uno trabaja durante años para descubrirlo”, dice.

Al autor, en ocasiones, su inconsciente le pide borrar. Como el mago que accede a revelar su mejor truco, confiesa que sus poemas rara vez superan media cuartilla al publicarse, pero cuando nacieron todos fueron extensos. Dominar la brevedad, asegura, es algo que le fascina: los libros breves implican una reducción de cinismos hasta que el recorte permite llegar a lo que realmente debe decirse. “Todo poema va construyendo ruido a su alrededor pero en el núcleo hay una nota y hay que tratar de despejarla”.

Por eso Neuman corta, corta y corta. A veces, incluso, difumina el final. “En ocasiones el primer borrador de un poema sale demasiado redondo y lo que uno hace es desdibujar un poquito el contorno, la silueta, hasta que no queda tan nítido”. Y, después, con su mirada, el lector salda la deuda que él dejó abierta al escribir.

“Le regalé una lupa a mi maestro” es de los últimos poemas en “Vivir de oído”. En él, Neuman recuerda a un hombre que admiraba y ya no está pero antes de morir dejó sobre su escritorio una lupa que en sus últimos años le permitió leer. Cuando él la descubre, observa la lupa “dormida”, pero luego se da cuenta de que ese lente sobre la mesa aumenta el silencio de una hoja en blanco.

La escena es triste y melancólica, pero logra lo que Roberto Juarroz, uno de sus poetas favoritos, solía decir: la poesía sirve para detener el relámpago, para impedir que algunas cosas se nos escapen para siempre de manera fulgurante, como cuando el silencio extingue una voz.

Y entonces Neuman lo logra. Deja que sus ausencias hablen por él.

La arquitectura no es inocente: la Casa O’Gorman en México

AP_17256694910317.jpg

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Decían que el diablo habitaba esta casa, a solo unos pasos del estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo en la Ciudad de México.

Exenta de ornamentos y materiales de construcción utilizados a principios del siglo XX, sus dos pisos de vidrio, metal y concreto provocaban desprecio entre los vecinos. Frente a la valla de cactáceas que aún la rodean no parecía una casa, sino el esqueleto de un cubo: al dejar sus columnas y tuberías expuestas a la vista de cualquiera era como si Juan O’Gorman, el arquitecto mexicano que la construyó entre 1929 y 1931, la hubiera concebido desnuda para manifestar que la belleza de sus partes residía en su sencillez.

La casa está a espaldas del Museo Casa Estudio de Rivera y Kahlo, otra obra de O’Gorman con frecuencia visitada por turistas y locales. Sin embargo, por años fue propiedad de un particular, estaba deteriorada y tenía poca visibilidad. No fue sino hasta el 2012, tras ser adquirida y restaurada por el gobierno, que abrió sus puertas al público para permitir su análisis y reinterpretación.

Ahora, por primera vez, tres arquitectos mexicanos explican las ideas detrás de su estructura con una exposición inaugurada recientemente que estará abierta hasta finales de octubre.

“Casa Manifiesto”, la exhibición de Lucía Villers, Juan José Kochen y Alberto Odériz, nació de una investigación cuya finalidad era indagar en los orígenes del movimiento moderno en México y los argumentos que fundamentaron los proyectos arquitectónicos de aquella corriente.

“Nuestro eslogan es ‘La arquitectura no es inocente’ porque aquí nada es fortuito; hay un contenido ideológico detrás de cada forma”, dice Villers sobre la muestra.

La casa se visita con un mapa en la mano. El documento repara en ventanas, muros, macetas y focos. Todos los objetos tienen una etiqueta que profundiza en su significado y corresponde a una de las ocho categorías que —según Villers, Koche y Odériz— identifican a la arquitectura moderna. Para crear este catálogo revisaron archivos y definieron los factores que transformaron el modo de entender algo tan simple como el marco de una puerta o un jardín.

“Esta arquitectura buscaba hacer una sociedad; era la búsqueda de lograr un cambio total”, explica Villers.

La casa se ubica en San Ángel, un barrio sureño de la capital mexicana donde proliferan mansiones con bardas de piedra, herrería artesanal y otros elementos de estilo neoclásico. La obra de O’Gorman, en cambio, parece un edificio en carne viva: tres columnas delgadísimas emergen del suelo —obra del demonio, pensaba la gente que caminaba por ahí— y para revestirla no hay columnas dóricas, aplanados rugosos ni escaleras con barandales.

Mientras otros arquitectos daban por sentada la decoración, para O’Gorman era un disfraz innecesario. “La vivienda para el mínimo nivel de vida”, reflexionaba el arquitecto, y por eso no cimentó una casa sino una ideología.

La casa no es una casa: es un manifiesto.

¿Qué reclama una vivienda? ¿Qué la define como un espacio eficiente y útil? Según el funcionalismo, si las necesidades cambian los métodos constructivos también deben hacerlo. Las primeras chozas y cabañas cumplían la finalidad de proteger al hombre de la naturaleza o sus enemigos, pero nuestra manera de vivir ha cambiado: hoy nadie ocuparía una muralla de roca afuera de su hogar para protegerse de una invasión.

La casa que O’Gorman construyó cuando apenas tenía 24 años materializa las ideas de Le Corbusier, el teórico moderno y arquitecto francosuizo cuya obra es considerada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Según estableció, la revolución industrial reclamaba la muerte de la artesanía para dar paso a lo racional. Las viviendas, en consecuencia, debían transformarse en objetos meramente útiles cuyas piezas pudieran prefabricarse para facilitar su construcción.

Las casas, decía Le Corbusier, debían ser “máquinas para habitar”.

Para aterrizar estos conceptos y edificar la que se considera la primera muestra de arquitectura funcionalista en México, O’Gorman usó su casa como un laboratorio para experimentar. Aunque no era la costumbre en aquellos años, se atrevió a ignorar el bronce, mármol y los cristales biselados para inclinarse por la losa sin labrar, trabes y apagadores que exhiben su cableado. Trazó habitaciones de uno por dos, porque para dormir solo se necesita una cama. Montó clósets empotrados, porque los muebles son caros, estorban y requieren limpieza. Y para el estudio diseñó ventanales que se abren y cierran como un biombo para crear un vínculo entre el interior y el exterior.

Su audacia no fue bien recibida. Algunos dicen que O’Gorman le ofreció la casa a su padre, pero alegando su similitud con una vivienda obrera, éste la rechazó. Luego, cuando trató de rentarla, los inquilinos potenciales la encontraron siniestra y desagradable, por lo que pasaron años antes de que alguien aceptara ocuparla. Más tarde, un vecino mandó tallar unas nalgas de piedra en su fachada, con vista a la construcción, para expresar abiertamente su desdén.

La vivienda como discurso, no obstante, sí sedujo a Diego Rivera, quien transmitía pronunciamientos sociales a través de sus murales. Solo después de ver la casa de O’Gorman aceptó que el hogar que compartiría con Frida Kahlo fuera construido bajo los mismos principios.

La empatía surgió porque Rivera era comunista y la obra de O’Gorman apelaba a una arquitectura internacional: el concreto sin pintar, las ventanas metálicas y los muros de tabique no son lujos ni elementos excluyentes, sino materiales funcionales al servicio de cualquiera.

Paradójicamente, la historia de la casa era poco conocida —casi un secreto entre arquitectos—, y por eso los tres mexicanos detrás de “Casa Manifiesto” decidieron contarla a través de su exposición.

A 90 años de haber sido edificada, la Casa O’Gorman sigue en pie —un cubo solitario rodeado por cactus en una esquina de San Ángel— y mantiene vigente la pregunta que hacía reflexionar a su creador: ¿No es acaso la arquitectura un problema de todos los hombres?

(AP Foto/Marco Ugarte)