Historia de un puente

     bosnia

Originalmente publicado en A – The Style Guide by Andares, julio 2018 (link aquí)

De puntillas sobre el filo del puente, un hombre descalzo y con el torso desnudo estira los brazos y los eleva por encima de su cuerpo delgado. El clavadista parece una flecha que tiembla. Sabe que bajo sus pies el agua es un demonio gélido y a sus espaldas hay turistas que lo enmarcan en las pantallas de sus móviles mientras esperan con nervios el salto de un héroe.

El sol de mediodía clarea las aguas del Neretva esta mañana de abril, pero ni la primavera eleva la temperatura del río por encima de los seis grados. Su corriente caudalosa nace en los Alpes Dináricos al sur de Europa y atraviesa el corazón de Mostar como un torrente de sangre helada.

Cinco, diez, quince minutos. Nada. El hombre columpia los brazos, sacude los talones y como no queriendo que lo noten echa un vistazo a sus espaldas.

Un bosnio tiene miedo. Decenas de extranjeros miran.

Desde hace más de 400 años la escena se repite. Hoy estamos ante un saltarín solitario, pero en esta ciudad cada verano se lleva a cabo un concurso de clavadistas que trepan hasta el Stari Most —el puente que conecta un lado y otro de Mostar— con el único deseo de ganarse un aplauso y mostrar su valor.

“Aquí no puedes decir que eres valiente a menos que te hayas tirado del puente”, dice mi guía entre risas.

De pronto, un grito se enciende y corre como dinamita de una boca a otra hasta que todos giramos la cabeza: el hombre ya es una saeta sobre el viento de Bosnia y Herzegovina y cuando mis dedos torpes tratan de enfocarlo las plantas de sus pies ya se han perdido bajo las ondas del Neretva.

***

El trayecto a Mostar dura unas cuatro horas y discurre a través de carreteras curvas que impiden avanzar a gran velocidad. El serpenteo nos lleva del Mar Adriático en Dubrovnik, Croacia, hasta las montañas que ocultan a la ciudad principal de Herzegovina.

Si bien el nombre oficial de este país en la península de Los Balcanes también incluye “Bosnia”, el territorio consta de dos regiones históricas que se diferencian entre sí. De este modo, Bosnia se ubica al norte —abarcando más de la mitad del área total— y Herzegovina se dibuja sobre el mapa como un pequeño triángulo invertido al sur.

Antes de llegar, en una charla desde la camioneta que nos transporta, viajeros de distintos países hablamos de una especie de tristeza compartida: el verdadero sueño era llegar a Sarajevo pero aquel viaje —más largo y costoso— tendrá que esperar.

Nuestra guía sonríe: “Mostar fue la decisión perfecta; ya verán”.

***

Tardo más en escribir un mensaje a mi padre para contarle que un loco acaba de saltar 20 metros sobre un río casi congelado cuando el tipo ya tiene los pies sobre la tierra y se estira como un pájaro dorado que quiere secarse al sol.

Tardo más en preguntarme si a mí me hubiera matado la caída o la hipotermia cuando el bosnio ya corre puente arriba para volver a brincar.

***

 Hace 24 años no cayó un hombre, sino un puente.

Es una tarde de noviembre del 93’ y Bosnia y Herzegovina es un país naciente que se ha destrozado a sí mismo antes de aprender a caminar.

Desde algún punto elevado de la ciudad hay una cámara que registra todo: el lado derecho del Stari Most parece la espalda de un viejo; las bombas y la metralla lo han adelgazado y resiste al ímpetu de la guerra cubierto de telas, madera y varillas que apenas lo sostienen.

 De pronto, una explosión y la espalda se quiebra. Primero se desploma la parte más fina y le sigue el lado izquierdo, que parecía más robusto. Al final se precipitan las columnas y sobre el Neretva crece una nube de agua y polvo hasta que un cuerpo bosnio y despedazado de 700 toneladas se pierde en él.

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Según la UNESCO, la primera vez que se mencionó el nombre de “Mostar” fue en 1474. El término se deriva de “mostari”, que se traduce como “los cuidadores del puente”.

Entre 1993 y 2004 no hubo puente alguno que enlazara el corazón de la ciudad. Los restos del Stari Most se asentaron al fondo del río y pasó un buen tiempo hasta que volvieron a juntarse para su restauración.

Durante once años, los habitantes de Mostar fueron guardianes sin un puente que cuidar.

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Para llegar a Mostar hay que descender a través de las montañas hasta que aparece un rastro de edificios y casas que parecieran haberse resbalado desde las alturas para concentrarse en un mismo lugar.

Sus calles son estrechas y están casi desiertas. Pocos autos, poca gente y poco ruido. En el centro, donde sólo hay peatones, se debe caminar con atención para no chocar con los estantes que ofrecen artesanías a los turistas.

A través de las vías empedradas del barrio antiguo caminan los extranjeros y de tanto en tanto se detienen a comprar un helado o sentarse en un restaurante para comer Ćevapi, un delicioso plato de salchichas de res y cordero que se sirven con pan pita.

La arquitectura de Mostar es un espejo de su gente. Aquí, donde habitan musulmanes, cristianos y judíos, las mezquitas, iglesias y sinagogas conviven entre sí. Lejos de ahí, a donde los extranjeros no llegan, hay construcciones que no parecen tan firmes como el Stari Most. En algunos rincones aún hay casas con paredes rotas, impactos de bala en los muros y un edificio abandonado desde donde los francotiradores se ocultaban durante la guerra.

En los hogares que abrazan al Neretva aún hay memoria y conflicto.

 ***

Un viaje a los Balcanes apenas alcanza para comprender superficialmente la complejidad de aquella historia. Las enciclopedias y guías de viaje batallan para explicar la Guerra de Bosnia (1992-1995) de manera clara y breve, pero a muy grandes rasgos podría decirse que obedece a los conflictos políticos, religiosos y sociales que siguieron a la disolución de Yugoslavia —integrada desde fines de la Segunda Guerra Mundial por Serbia, Montenegro, Macedonia, Eslovenia, Croacia y Bosnia y Herzegovina— en 1991.

Yugoslavia importa en esta narrativa porque, como la guerra de Bosnia, evidenció el deseo trunco de integrar una sociedad con culturas y personas diferentes entre sí.

Hasta 1992, cuando estalló el conflicto y Bosnia y Herzegovina acababa de independizarse de Yugoslavia, la población de Mostar convivía sin grandes tensiones a pesar de su diversidad: serbios, croatas y bosnios —cristianos, católicos y musulmanes respectivamente— no sólo compartían un hogar, sino un origen eslavo, un lenguaje similar y un largo pasado de combate a enemigos extranjeros. El nacionalismo que los separó empezó a gestarse fuera de ahí: Serbia y Croacia impulsaban que sus comunidades en otros países se distanciaran para crear una separación política, cultural, económica y fronteriza aunque estuvieran asentadas en otro territorio.

Y así, el combate: Bosnia y Herzegovina quedó a merced de dos poderosos ejércitos y la lucha dejó más de un millón de desplazados y casi cien mil muertos. Más del 80% de los civiles fallecidos fueron bosnios, según diversas estimaciones.

Mi guía titubea antes de aventurarse a dar una conclusión. “Todos los grupos étnicos de Bosnia cometieron atrocidades. Fue como una guerra de todos contra todos y cada entidad podría contarte una historia muy distinta de lo que sucedió y por qué”.

Aunque el sitio de Sarajevo suele ser el punto histórico que más nos remite a la guerra de Bosnia, la destrucción de Mostar estremece porque es una ciudad pequeña y los daños podrían parecer más evidentes. Al menos dos mil edificaciones terminaron derruidas y el deterioro urbano fue tan severo que diversos países, el Banco Mundial y la UNESCO donaron dinero para restaurar calles, casas y, por supuesto, el Stari Most.

***

Un puente para unir a la gente.

Tres años después del cese al fuego, en 1998, los restos del Stari Most fueron rescatados del río y arrancó un esfuerzo internacional por restaurarlo. Se pegó pieza por pieza y los huecos se rellenaron de concreto. En 2004 terminó el proceso y para celebrar se convocó a reiniciar las competencias de clavadistas un año después. Desde entonces, unos 70 participantes de diferentes partes del mundo vuelan anualmente como aves intrépidas sobre las aguas turquesas del Neretva.

“El puente ha recuperado su sentido”, dice mi guía. Ahora es símbolo de reconciliación y una vez más enlaza a quienes alguna vez separaron las armas.

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El puente no es el único que logró recuperarse de la guerra.

Los habitantes de Mostar aún enfrentan resentimientos y dificultades económicas pero poco a poco se han reconstruido. Aunque no todos los impactos de bala se han borrado de sus muros, hay hogares totalmente renovados que han decidido volver a empezar.

Me fui de Bosnia y Herzegovina con una sonrisa. Cuando estaba a punto de dejar la ciudad vieja para caminar rumbo a la camioneta que me llevaría de vuelta a Croacia, un alarido empezó a multiplicarse entre los turistas detenidos en el puente: el hombre estaba a punto de volver a saltar.

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La tribu: retratos de la Cuba cotidiana de un joven cronista

Originalmente publicado en The Associated Press, junio 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Carlos Manuel Álvarez echa sus delgadísimos brazos al frente —como haría un pescador— para explicar la estructura de su segundo libro. Antes de elegir a los personajes que perfila en “La tribu”, dice, se imaginó a sí mismo lanzando un anzuelo al agua para preguntarse qué es lo que cada uno le permitiría iluminar sobre su país.

“Diecisiete textos pueden parecer mucho, pero son 25 años de mi vida en Cuba. Eso es como una bota perdida en medio del mar”, explica el cronista de 27 años en la Ciudad de México, a donde viajó hace unos días para presentar la obra editada y distribuida por Sexto Piso.

A pocos meses de la muerte de Fidel Castro y varios giros en la relación de la isla con Estados Unidos, la Cuba de “La Tribu” no es la que diseccionan los analistas ni las columnas de opinión. “(El libro) es el retrato de una sociedad poco accesible a través de perfiles. (Carlos Manuel) es ese alguien que llegó para contarnos qué pasó con Cuba”, ha dicho el escritor mexicano Emiliano Monge.

El lector reconoce dos nombres en “La tribu”: Fidel y Raúl. El resto es la Cuba anónima: Yorgelis, Idalmis, Amaury, Yurién, Ibelys. Por sí solos no dicen mucho, pero Álvarez les da voz.

“La tribu” tiene un subtítulo: “Retratos de Cuba”. Cada historia y cada personaje dan un pulso particular a los latidos de la isla. En la página 29, el texto sobre José Contreras —pitcher y jugador de los Yankees— traza mucho en muy poco: el aterrizaje del avión de Contreras en La Habana sirve a Álvarez para hablar de leyes migratorias, de béisbol y del contraste entre el cubano que deja a los suyos para buscarse otra vida y el que regresa años después.

“El Contreras de los Yankees es un portento íntegro, una pieza de ébano sin figuras, un cuerpo sin articulaciones ni embates visibles… El Contreras de Cuba, en cambio, muestra la definición de sus partes, es como un juguete ensamblado. Fuerte, sí, pero todavía un boceto. Le faltan luces, glamour, pesas. Uno nota los amarres de los hombros con los brazos, de los brazos con los antebrazos, de los dedos con las uñas, el zurcido de las fibras”.

En la página 85, los habitantes de un basurero bailan en la oscuridad. En la 115, un boxeador que sube a una lancha con destino a Florida termina detenido en Bahamas. En la 131, el hambre feroz y el desconcierto tocan el hombro de los viajeros que no llegan a Estados Unidos por mar, sino por tierra, y pasan por Colombia, Panamá y México. En la 229 hay un poeta.

En “La tribu”, Álvarez no alecciona ni especula. No escribe si la Revolución triunfó o fracasó. No sentencia si el líder fue un héroe o un tirano. Su libro no es una explicación: es un mosaico de ambientes —el aeropuerto, una calle, la orilla del mar—y la historia de un país a través de su gente y lo cotidiano. Es el lado del mundo de un periodista cuyo reporteo inicia en sí mismo.

Un verano de agosto, Álvarez —con su cabello negro, lentes de pasta, cuerpo de alfiler— fue hasta el Malecón “para combatir la melaza romanticona que los malos poetas, los cronistas del noticiero y los trovadores deprimidos han vertido sobre este largo muro que ciñe las carnes de la ciudad”. Y entonces él, cubano, que durante cinco años vivió frente a ese Malecón, deja de ser él —o lo intenta— y sale de sí —o lo intenta— para escribir. Camina, se detiene, se sienta en un borde y escucha a locales y extranjeros. Toma notas. Piensa.

Nosotros, los lectores, espiamos por encima de su hombro. Un italiano critica el comunismo. Una mujer cincuentona se pasa seis horas vendiendo caramelos, palomitas y otras cosas para ganarse “cuatro míseros pesos”. Unos tipos juegan dominó y un grupo de veinteañeros se divierte con un videojuego. Un poco más adelante, alguien habla de béisbol. Luego está la zona de travestis.

La crónica del Malecón inicia a la mitad del libro y quizá es el corazón del mismo. En estas páginas el cemento, la piedra picada, el acero y las vigas del terraplén no solo defienden a la ciudad del agua: son aquello que sostiene “las frustraciones, el ocio, las nostalgias y lo que sea que los habaneros vengan a dirimir al borde del mar”.

Nada en “La tribu” puede interpretarse desde un punto de vista único. Álvarez dice que escribió con la nariz, con los ojos, con el tacto y con todos los sentidos. Lo hizo desde una choza putrefacta cerca de Marianao, desde el Teatro Nacional de La Habana y echado bocarriba sobre el Malecón. Y ahora, desde esos vértices, lanza sus crónicas y perfiles al aire para que cada quién decida qué leer, qué sentir, qué mirar.

La otra vida de Jaipur

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Originalmente publicado en Esquire no. 87 (PDF aquí)

Aún hay viajeros que se resisten a visitar la India. Los pretextos sobran: si no es la pobreza extrema es el idioma, los condimentos o la higiene. El Taj Mahal no es la única belleza de este inmenso país de Asia. También está su gente, su historia, su sabor. En esta tierra colmada de autos, cláxones y vacas, también hay paz y serenidad. Esos son los contrastes que seducen, y que sólo se descubren al deshacernos de los prejuicios y la resistencia ante una cultura distinta a la nuestra.

     El agua se ha estancado. Llovió toda la tarde y ahora Jaipur parece una piscina de lodo y barro. Sólo los extranjeros parecen notarlo. Los indios van por la calle como si el suelo estuviera seco y el sol brillara a media primavera. En las faldas de un semáforo, una mujer enfundada en un sari esmeralda atiende su puesto de fruta: escala un banquito metálico y observa llegar a otras mujeres para tocar y embolsar plátanos, sandías y mangos. A su alrededor, los hombres se descalzan. Al caminar elevan las rodillas como ranas en dos patas y cargan sus sandalias en las manos. Los autos pitan como siempre. Las vacas ahuyentan moscas con la cola. Los indios que trabajan en turismo llevan a sus clientes al Fuerte de Amber, la mayor atracción de la ciudad. Entonces pregunto a mi guía:
      —Vipul, ¿por qué a nadie le importa que todo se haya inundado? En México llueve y la ciudad se vuelve un caos.
        —¿Por qué habría de importarnos? El agua es vida.

§

     Se llama Vipul Bharghav y me recuerda a un hámster: piel tostada, mejillas rechonchas, dientes grandes, cuadrados y blancos. Apenas tiene 27 —dos años menos que yo— y siempre encuentra el modo de hacerme sentir que debería abrir el mundo como un libro que nunca se ha leído, para conocerlo desde cero.
     El día que nos conocemos pasa por mí al hotel de Nueva Delhi —una capital que no me resulta más caótica que el D.F.— e iniciamos un viaje de cuatro horas en carretera para llegar a Jaipur.
     —¿Por qué viene sola a India, señora? —pregunta mi guía mientras vemos un desfile de vacas junto a nosotros.
       —Quizá no debería decírtelo, Vipul, pero nadie quiso acompañarme.
       —¿Por qué?
      —Ya sabes, por prejuicios. Lo mismo pasa con México. Hay gente que no quiere visitar mi país porque piensa que un narcotraficante la va a asesinar.
       —¿Y qué dicen de India?
       —Que la gente es pobre, por ejemplo.
       —No es pobre.
       —¿No es pobre?
      —Mire a esa mujer, señora, la que está aquí junto a nosotros, ¿cuántas vacas lleva?
      —No sé, ¿al menos 30?
      —Ella podría vender cada vaca en 1,500 dólares, pero no lo hace porque son parte de su herencia, de su familia. Ella vive así porque así lo desea. Entonces, ¿es pobre o no es pobre? Aquí no necesitamos lujos para vivir bien.

§

     India tiene la forma de un cono rebosante de helado. En el sur están sus playas más famosas —Goa entre ellas— y al norte se ubican la capital y algunos sitios icónicos, como el Taj Mahal. Ahí también está Rajastán, el estado más grande de la zona, que limita al oeste con Pakistán.
    Rajastán fue una tierra de reyes y su capital es Jaipur. Ahí el tiempo parece haberse congelado: aunque algo deteriorados, los templos y palacios se mantienen en pie. Las piedras preciosas aún adornan sus paredes y techos. En las habitaciones vacías aún se sienten los pasos del imperio mogol.

§

      Hay un vacío de turistas en Jaipur. ¿Mi hotel? Vacío. ¿Los restaurantes con sellos de Trip Advisor en las puertas? Vacíos. ¿Los templos y palacios? Vacíos. Hace calor, mucho calor. Más de 35 grados. La gente evita viajar a India cuando el cielo abrasa calles, gente y sombra, así que tengo todo para mí.
     Nuestra primera parada es Birla Mandir, un templo hinduista con techos en forma de bellotas que se ubica en una zona elevada de Jaipur. En mi backpack llevo un par de calcetines y un paraguas, pero los dejo donde están cuando Vipul me pide quitarme las sandalias y el cielo se nubla para ver la lluvia caer. A mi alrededor no hay ni un extranjero, y a los indios no les importa mojarse ni ensuciarse los pies. Los veo sonreír, rezar, cantar. Se toman selfies frente a la entrada de mármol blanco del lugar. Huele a incienso y suelo odiarlo, pero esta tarde la esencia de jazmín se antoja deliciosa. A los pocos minutos, yo también sonrío y tengo ganas de cantar.

§

      India no se limita por su religión. Un día le pregunto a mi guía por qué las vacas son sagradas y él responde:
—Hay muchas explicaciones, señora, pero le voy a dar la mía: primero porque una vaca es la segunda mamá de un bebé; ambas lo alimentan con su leche. Segundo porque, piénselo bien, gracias a una vaca uno puede tener queso y otros derivados lácteos. Gracias a ella puede comer y beber durante años. En cambio, si uno la mata, ¿qué obtiene? Carne para un día. ¿Vale la pena terminar con una vida por un día?

§

      Son las siete de la mañana de un miércoles y Vipul pasa por mí al hotel. No hace frío ni calor. Hace poco que amaneció y la ciudad rosa —llamada así por el estuco que cubre sus casas— se ve más bien dorada.
     Subimos al coche y en menos de media hora se me aparece una postal: ahí detrás del lago Maota está el Fuerte de Amber y creo que he visto pocas cosas más hermosas en mi vida. Es un edificio titánico de color vainilla y desde sus espaldas veo una parvada volar. Aún a la distancia se ven las ventanas de las habitaciones y las puertas a los vestíbulos del que hace unos siglos fue un palacio; uno imagina a un marajá que se desliza entre pasillos secretos para visitar a una concubina distinta cada noche.
     El fuerte está desierto y ya me espera un elefante. Juntos treparemos por pasadizos zigzagueantes hasta la entrada principal. Descalza me tambaleo sobre su lomo; siento su piel áspera con la suela de los pies. El conductor —un indio de piel oscurísima que lleva un turbante rojo en la cabeza— toma mi cámara y me pide que sonría. ¿Tengo ganas de llorar? Por esta mañana de tiempo detenido valió cada una de las 36 horas que me tomó llegar aquí. Mi elefante continúa su camino, como si bailara muy lento, y yo siento que voy al encuentro con un rey.

§

     Vipul no quiere casarse. Nunca quiso. Aun así, dice que tendrá que casarse el año entrante, porque en India hay reglas muy estrictas que no pueden romperse. Casarse es una de ellas, y es que aquí uno se casa siempre y para siempre: el matrimonio es una promesa vitalicia que desdeña los divorcios. Los problemas maritales, sin importar lo que sean, siempre se resuelven. “Un problema no es motivo para terminar con todo”, dice Vipul.
      Mi guía asegura que me invitará a su boda y que deberé de prepararme, porque la fiesta durará al menos 10 días. Lo bueno es que podré llevar a mi marido, a mi hermana, a mi padre, a mi madre y a quien yo quiera. “Su familia es mi familia, señora”, suele decir Vipul.
      Sólo le falta encontrar novia —porque todavía no tiene— pero ya puedo imaginarlo tomado de su brazo. La futura señora de Bharghav se pintará las manos con henna, ese tinte natural cobrizo que usan los indios y árabes en ocasiones especiales. Caminará junto a él envuelta en un sari muy fino y elegante; quizá de seda roja, que mida al menos seis metros de largo y cueste varios miles de dólares. Estará cubierta en oro y diamantes: pulseras, anillos, collares, todo lo que su marido le pueda comprar.
      —¿Pero qué haremos durante 10 días de pura fiesta, Vipul?
     —Puede quedarse en mi casa, señora. Yo estaré un poco ocupado por los rituales que tendremos que hacer, pero mi madre, mi padre o mi hermano le darán comida y podrán llevarla a pasear.

§

     Uno quisiera casarse con India; crear un lazo atemporal. Lo que seduce es su balance, el equilibrio entre lo bello y lo triste.
      En el libro Yo también me acuerdo, Margo Glantz escribe: “En ocasiones, cuando hablo de la India, parece que estoy hablando de México”. En India también existe el hambre, el tráfico, el dolor y la precariedad. Todo eso inunda sus calles —como la lluvia— pero los indios tienen algo de malabaristas: balancean sus problemas, pasándolos de una mano a otra, y sonríen mientras lo logran.
     Uno quisiera que India no le deje ir, y entonces algo sucede. Dos días antes de irme, cuando estaba por concluir nuestra visita por el lugar más famoso de Agra, empecé a caminar de espaldas.
      —¿Qué le pasa, señora? —dice Vipul con ganas de preguntar si me volví loca.
      —No quiero darle la espalda al Taj Mahal. No me quiero despedir.
   —Señora, pero no va a despedirse. —agrega mi guía y suelta una carcajada.
     —Vipul, tú no entiendes: yo no sé si voy a volver a ver esto en mi vida. No imaginas lo que cuesta venir hasta aquí.
     —A ver, señora, calma. En hindi no existe la expresión “adiós”; se dice “hasta luego” porque en la vida todo es reencuentro, así que usted algún día va a volver.

     Y entonces me animo: cierro los ojos ante el gigante de mármol blanco, doy la vuelta y continúo mi camino hacia adelante.

Crónica de una nación delgada

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Originalmente publicado en Esquire no. 80 (PDF aquí)

Hace 40 años, Vietnam venció a Estados Unidos en la última guerra que peleó. ¿Qué ha sido de este país, en apariencia frágil, desde entonces?

            Tras el manubrio de la moto se asoma un leopardo. Sus orejitas abrazan el viento, alertas a la furia del tráfico. El cachorro apoya las zarpas sobre el tablero para no estorbar a su madre. Ella lo rodea por los costados. Le cuida la espalda. De pronto, una estampida. Nubarrones de polvo color trigo. Acelerones. Más felinos. Un tigrillo Schumacher avanza a toda velocidad. Mete presión en una curva. Rebasa. En el carril de extrema derecha, un padre león gira el puño del acelerador. La bestia de metal y caucho ruge. Ahí va Ayrton Senna.

            En nuestra cabeza, Vietnam todavía es una selva repleta de salvajes, como en Apocalypse Now. O las niñas huérfanas y prostitutas de Miss Saigon. O Bubba con el pecho baleado, como en Forrest Gump. Pero Vietnam es otra cosa. Es, por ejemplo, un niño de cinco años disfrazado de leopardo. Es la madre del niño disfrazado de leopardo esquivando motos en la ciudad con más motos del mundo. Es una segunda moto en la que viaja un niño —otro niño— con antifaz de tigre. Es un tercer niño con la cabeza escondida en las fauces de fieltro de un león.

            Es la postal de una fila india: motos, niños, padres y trajecitos de animales salvajes que serpentean las calles para llegar a un festival escolar.

***

            —¿Estás loca? ¿Por qué quieres ir a Vietnam?

            No sólo me iba a Vietnam. Me iba sola. Sin mi marido. En Navidad.

            —¿Qué no siguen en guerra?

            Ésa fue una amiga de la escuela. Días después, en un restaurante ruidoso, la amiga de otra amiga me miró como si le hubiera dicho que mi destino final era Neptuno. Me preguntó qué había en Vietnam. Ella no sabía ni de la guerra.

            Cuando mi madre escuchó mis planes, hizo su propio interrogatorio. Que si había considerado vacunarme. Que si llevaba un arsenal de medicinas. Que si ya le había anotado a mi marido los teléfonos de todos —todos— los hoteles en los que me hospedaría.

            Nueve horas antes de abordar el avión, uno de mis editores dijo —en broma— que me imaginaba a la mitad de la selva —paliacate en la frente y cuchillo en mano— como si fuera Rambo. Me reí de nervios.

***

            En un mapa del Sudeste Asiático, Laos y Camboya parecen una inmensa barriga que empuja a Vietnam hacia el mar. El país más flaco del continente soporta el peso con la espalda y carga en hombros a China. Guarda el equilibrio para no irse de bruces al agua.

            A vista de pájaro, Vietnam es un fideo de arroz. Su cuerpo es una “S” gigante. O no tan gigante. De punta a punta mide menos de dos mil kilómetros, sólo un poco más que la Península de Baja California, en México.

            En su parte más estrecha, el fideo es un suelo escuálido de 50 kilómetros de ancho. Un maratonista promedio podría correr de la barriga laosiana a las faldas de la playa en cinco horas con quince minutos.

            En un atlas no se advierte, pero el fideo está hecho de acero. Casi desde que imprimió su nombre en el mundo, Vietnam ha sido abrasado por la furia de la guerra, pero no ha habido lluvia de metralla ni de fuego ni de odio que borre su rastro del mar.

***

            Nació Cristo, y cien años después los vietnamitas comenzaron a jalonearse el pelo, la ropa y la vida con sus vecinos del norte. En Occidente llamamos “Guerra de Vietnam” a los 20 años de peleas con Estados Unidos a partir de los 50, pero esa no fue la primera ni la peor lucha en la historia de Vietnam: antes estuvieron los chinos; luego, los franceses.

            Los vietnamitas abrevian la historia de sus peleas con China en un chiste: “Somos como el gato y el ratón. Ellos nos persiguen y nosotros nos defendemos”. El felino tardó más de mil años en dejar la ratonera en paz. Ésta tenía un cuerpo tan largo y las garras chinas eran tan torpes, que Vietnam lograba independencias fugaces y fragmentadas: a veces en el norte y a veces en el sur. Por casi 1,500 años los vietnamitas nacieron y murieron en guerra. Escupían a las dinastías chinas lejos de sus ciudades y selvas, y éstas siempre volvían. En esa tierra flaca, donde la libertad ha sido tan escasa como la comida y el dinero, nadie fue libre por más de dos siglos al hilo.

            El ratón se habituó al gato. Se convirtió al budismo. Adaptó su alfabeto al suyo. Las fotocopias de las casas, templos y el arte de China hoy siguen vivas en las calles de Vietnam.

***

            Luna Hang está envuelta en un suéter de cuello alto y una chamarra negra rechoncha. Lleva el pelo negro y lacio recogido en una trenza. Con la bufanda roja que hace juego con sus guantes y le cubre la boca, parece un tamal al interior de una olla que guarda calor.

            Mi guía extiende la mano, me da la bienvenida al aeropuerto de Hanoi y un acordeón en su rostro atezado es la primera sonrisa que encuentro en Vietnam.

           —¿Traes abrigo? Tápate antes de salir al bus. Aquí en el norte, en esta época, los días son muy fríos.

            En una pantalla leo que estamos a 19 grados. Por eso no tengo frío, pero sigo el consejo de Luna, me siento en una banca para rascar el fondo de mi maleta y saco la chamarra que guardé antes de salir de París. En esto estoy cuando veo a la mujer que duerme encogida en la banca de enfrente temblar como gelatina. Su cuerpo es fino, como una vara de incienso, y su piel es del color de la leche. Cruza los brazos, los descruza, tirita. Pega las rodillas al pecho y se abraza las piernas como un clavadista. Sólo lleva un suéter viejo y gris.

            Pequeños, ágiles y escurridizos, los vietnamitas han sobrevivido a más de mil años de guerra y hambrunas. Hablan del inicio de la temporada de tormentas y tifones con la tranquilidad de quien dice “ésta será una tarde soleada”. Administran sus cosechas de arroz como ardillas que la naturaleza entrenó para sobrevivir al invierno.

            Pareciera que la única flaqueza que vulnera a un vietnamita es pasajera. Aparece sólo una vez por año, en diciembre, cuando los habitantes del norte engordan sus cuerpos delgados —de cristal— con capas y capas de ropa, y salen a la calles con la corpulencia artificial de un luchador de sumo.

***

            Cualquiera puede contar en vietnamita. Mop. Hai. Ba. Bung. Nam. Sao. Bay. Tam. Chin. Moui. Fácil. Del uno al cinco y del cinco al diez.

         En Vietnam, la delgadez no exime a la lingüística. Aquí las listas de los diccionarios son tan flacas como la geografía, los cuerpos frágiles que tiemblan a 19 grados en invierno y las callecitas por las que fluyen motos como kayaks en un río de rápidos.

            Las palabras vietnamitas son monosílabas. Todas. El río más largo del norte: Cau. El plato tradicional para desayunar: Pho. El título del himno nacional: Tien Quan Ca. El héroe de la independencia: Ho Chi Minh. El nombre vietnamita de la capital que llamamos Hanoi (una palabra, dos sílabas): Hà Nội (dos palabras, dos sílabas).

            Dos días después de llegar a Vietnam —Viet Nam— descubrí que el verdadero nombre de mi guía —Luna, Lu-na— es Nguyệt.

***

            Sola. Sin marido. En Vietnam. En Navidad.

            Lo digo y mis compañeros de viaje —españoles, colombianos, mexicanos— me miran como si me hubieran salido tres cuernos en la frente. Luna es la única que nunca desliza una frase cortés que en realidad quiere decir: “¿Qué clase de mujer casada hace eso y por qué?”.

            Ella dice que Vietnam debe cambiar, y es una orgullosa activista de su causa.

            —Aquí hay mucho machismo, pero yo he educado a mi marido. Antes, cuando nos acabábamos de casar, él llegaba a casa, se sentaba frente a la mesa y esperaba que yo sirviera la cena y lavara los trastes. Pero como yo también trabajo y pago las cuentas, le dije: “Si yo cocino, tú lavas”.

            Beneficiaria de la rebeldía de la mujer de su único hijo, la suegra de mi guía —según mi guía— es su secuaz número uno.

            —Aquí aún hay hombres que piensan que todo debe ser para el marido, como el rey que tenía 700 esposas y 300 concubinas. Por eso hay que educarlos.

            Dice Luna que su suegro era la encarnación del Rey Salomón. Sin embargo, la vida del pobre iluso cambió por culpa de esta vietnamita que podría ser la hija pródiga de Simone de Beauvoir. Desde que su mujer “se dejó adoctrinar” por su nuera, a él no le quedó más que aceptar ir al mercado, cocinar, sacudir muebles y fregar el piso. Dice Luna que aún no se acostumbra, pero que ya lo hará.

***

            En el país de los fideos, las viviendas son fideos. Sus habitantes las llaman “casas de tubo”. Son alargadas y se alinean una seguida de otra, como estudiantes de alturas dispares pegados hombro con hombro. De lejos, parecen columnas de números vietnamitas. Tres o cuatro metros de fachada, dos a cinco pisos de alto. Una puerta en la planta baja abre los brazos para tragarse en su pecho hasta 21 metros de profundidad. Con un poco de suerte, un balcón o una ventana miniatura en los niveles superiores.

            Luna vive con su marido, sus dos hijos, su suegra y el ex Rey Salomón en una casa de tubo de tres plantas.

            —En Vietnam, todo el mundo vive con sus padres. Rentar es carísimo. Un cuarto de 10 m2 cuesta cien dólares al mes. Lo peor es que el gobierno no nos da créditos hipotecarios, así que quien quiere comprar una casa tiene que ahorrar y pagarla de contado. Pero a nadie le alcanza el dinero para eso. Uno sólo tiene casa propia cuando sus padres se la heredan.

            —Pero no entiendo. ¿Tus padres te heredarán su casa aunque tú vivas con tus suegros?

            —No, la casa de mis padres será para mis hermanos; para los hombres.

            —¿Y a ti no te dejarán nada?

            —No, porque yo estoy casada.

            —¿Y si no estuvieras casada?

            —Hmm, de cualquier modo sería para los hombres. Por eso, si eres mujer, tienes que casarte. —ríe Luna, y traiciona la memoria de Beauvoir.

            —¿Entonces la herencia de tus suegros sólo será para tu marido?

            —Sí.

            —¿Entonces aquí las mujeres no tienen derecho a nada?

            —A nada.

***

            Oxímoron del Sudeste Asiático: obesidad vietnamita.

            En Vietnam nada es gordo. ¿La chamarra rechoncha de Luna? Extranjera. ¿Los coches que se mueven como mamuts en un país de motos? Extranjeros. ¿Las casas que tienen más de tres metros de fachada? Extranjeras. ¿Los gordos? Turistas, inmigrantes, extranjeros.

            La palabra más larga de Vietnam tiene sólo siete letras. Nghiêng significa “inclinado”, y este inofensivo acto de traducción es grasa abdominal en un idioma que nunca ha visto un vocablo de nueve letras y cuatro sílabas.

            ¿La gramática ancha? Extranjera.

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Gladiador

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En 2010, cuando aún trabajaba como redactora en la revista Conozca Más, mi jefe me pidió escribir un artículo sobre gladiadores. El resultado fue el texto que aparece a continuación. Como parte del proceso de investigación entrevisté a Mary Beard, una brillante académica de Cambridge. Hoy, repasando la nueva edición de The New Yorker, me topé con un buen perfil sobre ella. Leerlo me recordó lo mucho que me gustó nuestra conversación, y lo mucho que me gustaba mi trabajo en aquella otra revista que ahora está tan cambiada. Desgraciadamente no tengo la transcripción de nuestra plática porque los archivos que tenía en mi vieja computadora se perdieron, pero el artículo de portada que escribí en aquel entonces no hubiera quedado igual sin su ayuda. 

 

El sol de medio día baña la arena del anfiteatro más grande del Imperio Romano. Sobre las gradas del escenario, 50 000 espectadores esperan ansiosos. Los músicos acompañan el clamor de una multitud enloquecida y deseosa de sangre. Debajo del entarimado, varios elevadores se preparan para izar las jaulas que contienen a bestias extranjeras que morirán a manos de hombres cuyos rostros están cubiertos por cascos de bronce. Mientras tanto, al otro lado de los túneles del edificio, los únicos actores capaces de convertir el sufrimiento en espectáculo, aguardan a que la desgracia de su vida se convierta en gloria. Todos esperan a bordo de espectaculares carrozas y visten sus mejores galas. Por cada gota de su sangre recibirán aplausos y por cada animal asesinado incrementarán la posibilidad de obtener la ovación del emperador. Serán los protagonistas de la primera de las 25 peleas que se llevarán acabo antes de la llegada de la noche. Meses antes, el Estado los señaló como criminales y enemigos de la ley. Hoy, bajo la luz dorada de Roma, son aclamados como ‘gladiadores’.

***

El lanista seleccionaba cada cuerpo con sumo cuidado. Equivocarse en la elección de gladiadores que llevaría hasta su escuela le traería desprestigio y pérdidas económicas que no podía permitirse. Alguna vez, él también fue un hombre que el dueño de una familia gladiatori compró en un mercado de esclavos para entrenarlo y llevarlo a pelear en la arena. Por su valor y desempeño como protagonista de los espectáculos más famosos de Roma, un emperador le concedió la rudis, espada de madera, símbolo de libertad y reservada sólo para aquellos que, frente a los ojos del pueblo, merecieran la victoria. Ahora, en cambio, debía conformarse con el rechazo social de saberse un beneficiario de las muertes de otros sin necesidad de arriesgar su propia vida.

La escuela que precedía era conocida ludis gladiatori. Para promover la virtud romana, operaba con un programa que alternaba prácticas y castigos físicos con el trabajo de especialistas que mantenían a los luchadores prometedores saludables y en forma. Un gladiador con buena condición física no sólo tenía mayores probabilidades de generar ganancias durante un número considerable de encuentros; también era considerado como un buen amante por los hombres y mujeres que asistieran a verlo luchar. Por eso los unctores –o masajistas– y los doctores –o entrenadores de pelea– eran el medio para preservar a los más preciados móviles de la diversión romana: en todo el imperio, no existía mejor atención médica que la que se tenía en aquellas barracas.

Luego de su entrada en la ludis, les haría repetir el juramento de que gladiador debía conocer: ‘Perdurar ardiendo en fuego, oprimidos por cadenas, azotados con varas y asesinados con acero’. Después les enseñaría a recibir golpes y derramar sangre sin emitir sonido alguno. Sabía que los amatores, o público de gladiadores, esperaban un espectáculo libre de quejas. Para que sus actuaciones se volvieran memorables, no bastaba con que unos cuantos hombres pelearan entre sí. Gradualmente, las armaduras que conseguía para ellos se volvieron visualmente excitantes. Y así, de ser el comprador de guerreros que animarían el funeral de un ciudadano prestigiado, se convirtió en el responsable de preparar una costumbre popular que serviría como una declaración política para glorificar a Roma.

 ***

Llegó de un lugar cercano a los Balcanes. Fue apresado, junto con otros, en un sitio alejado de los confines del Imperio. Apenas había llegado a Roma cuando lo encontró el lanista. Su nombre, como el de tantos otros gladiadores, fue olvidado y reemplazado con una sola palabra que aludiera a un esclavo o mascota. Y así fue como se volvió otro de los integrantes de la Ludus Magnus, la escuela de gladiadores más grande de entonces. En ella aprendió que cualquier instrumento afilado estaba prohibido durante el entrenamiento y que las audiencias se aburrían con cuchilladas descuidadas y sucias. Querían sangre, cierto, pero siempre bajo el disfraz de la teatralidad y, para la muerte, la eficiencia escenificada con un sólo golpe mortal. Por eso sus primeras armas fueron espadas de madera y un palo, de 1.7 metros de alto, que azotaba y golpeaba para lograr mayor fuerza en la parte superior del cuerpo.

Las paredes amarillas de su celda estaban cubiertas por graffitis que nombraban a otros luchadores como él. También había imágenes de sus mujeres y pequeños nichos en los que colocaban estatuas para honrar a los dioses. No todos los integrantes de la escuela dormían juntos. Los primus palus, o grandes gladiadores que por un sólo encuentro podían ganar el equivalente al sueldo anual de un soldado romano, dormían en cuarteles especiales y separados del resto. Otros en cambio, sentían un miedo constante que los hacía pensar en medios para terminar con su lamentación. Por eso –recordó– aquel gladiador germano prefirió ahogarse con una esponja antes que salir a morir en la arena y otros 29 prisioneros también eligieron el suicidio como un camino a la libertad: horas antes de la pelea, estrellaron sus cabezas contra las paredes hasta matarse.

Todo eso pensaba en la noche antes del combate. En ese último anochecer, los gladiadores tenían una última y fastuosa comida: la cena librea. Sin embargo, como él, no todos comerán. Algunos aprovecharán las horas para despedirse de sus familias y amigos. Otros no cenarán porque la pena les quitará el hambre. Saben que horas más tarde algunos serían asesinados ‘por exhibición’. Después de arrastrarlos a la arena, se les ordenará sacrificarse, unos a otros, hasta que sólo uno de ellos quede de pie. Para el resto de los gladiadores, la audiencia no tendrá misericordia. Según Roma, eso es para los débiles. En consecuencia, el pueblo exigirá que los asesinos vean a sus víctimas a los ojos al momento de clavar la gladius detrás del cuello. Disfrutará mirando al perdedor, abrazando las piernas de su rival, mientras el filo de la espada le provoca una muerte lenta y dolorosa. Luego su cuerpo será arrastrado en una carroza que lo borrará de la arena.

***

Escuchando los gritos del pueblo para el que construyó el anfiteatro, el emperador espera la llegada de los gladiadores. Como el resto de las arenas romanas, ésta constituye una herramienta política a las órdenes del César: es un sitio de encuentro entre gobierno y pueblo, una representación de los significados que sustentan el poder de Imperio. Dentro de los muros de estas colosales obras arquitectónicas, los escenarios sirven para aprender lecciones de brutalidad y desprecio a la debilidad. El control de los esclavos y criminales que ahora esperan en los túneles, es una muestra del castigo que Roma ejerce sobre los infractores de la ley. La captura y el sometimiento de bestias salvajes a manos de esclavos romanos simboliza el poder de Roma sobre la naturaleza.

En la filas delanteras del recinto, los senadores platican entre sí. Como él, y el resto de los asistentes, visten togas blancas y hacen temblar el suelo bajo sus pies. Aprovechando los lugares cotizados desde donde aguardan la entrada de los luchadores, exhiben los privilegios que les confiere su posición social y política dentro del Imperio. Como para el resto de los integrantes de la institución romana que representan, la crueldad no es motivo de vergüenza. Para ellos, la arena no es una muestra de la decadencia sino un medio para evitarla: conteniendo y asesinando a los detractores de Roma, los espectadores se vuelven partícipes de la demostración del poder del Estado sobre el mundo. En aquel espacio, la cobardía se paga con la muerte. Por eso, mientras sean valientes, los perdedores merecen la vida. Los débiles, en cambio, son castigados públicamente por su falta de hombría.

De las manos de aquel que observa desde el ala este del anfiteatro, se decidirá el futuro de los gladiadores que saldrán a luchar para entretenerle: Missus, para la vida, y periit para la muerte. Sólo aquél que luche con valentía merecerá vivir. En el combate que está a punto de iniciar, la sangre derramada es lo de menos; un mero camino para ver encarnada la máxima de todo César: Roma por encima de los hombres, de la naturaleza, del mundo. Muchos años después, cuando la civilización occidental del siglo XX eligiera un estilo arquitectónico para construir algunos de sus edificios gubernamentales, escogería el romano. Como en la época del Imperio, expresan poder y autoridad de un gobierno hacia el pueblo.

***

El sol de medio día baña la arena del anfiteatro que luego el mundo llamaría Coliseo. Al final de uno de sus corredores, siguen transcurriendo interminables segundos de espera. A bordo de una carroza, un retiarius gira la cabeza y, a su derecha, encuentra al myrmillo que deberá enfrentar para sobrevivir. Antes fueron amigos. Juntos recordaron a sus esposas antes de dormir y comieron en la misma mesa después de los entrenamientos diarios. Hoy Roma los ha transformado en enemigos. Afuera siguen escuchándose los gritos del pueblo. Las ruedas del vehículo que los transporta han comenzado a moverse. El retiarius sostiene fuertemente la red que previamente amarró a su muñeca y planea el primer golpe que intentará asestar sobre la cabeza del que antes fue su amigo. Con cada centímetro que avanzan, la entrada de luz se vuelve más y más fuerte y la multitud se escucha cada vez más cerca. Por debajo de sus pies, el suelo tiembla. Ya distingue el cielo que se alza sobre la arena. “¡Nosotros, que vamos a morir, te saludamos!”, grita cuando llega frente al emperador. El combate ha iniciado.

 

Sólo Sanborns

       Entre las travesuras que mi madre recuerda de mis primeros años, están ‘el experimento biológico’ y ‘la gran fuga’. La primera ocurrió en mi casa, cuando me metí un frijol en la nariz, y la segunda en el restaurante de Sanborns, cuando me escurrí de la silla para bebés con el sigilo de un espía y establecí un campo de juegos bajo la mesa.

       No fui traviesa desde la cuna, pero sí perfeccioné una que otra diablura cuando empecé a gatear. Riéndose, mi madre cuenta que detectó el frijol por el enrojecimiento de una de mis diminutas fosas nasales. La anécdota de la mesa de Sanborns, en cambio, la recuerda con un poco de vergüenza: durante una mañana de domingo en que desayunaba con mi padre –el doctor que le prestó las pinzas para realizar la minuciosa operación de extraer el frijol de mi nariz–, el vecino de mesa –”un señor ya grande”, dice mi mamá– se acercó y dijo: “Señora, disculpe que la interrumpa, pero su bebé está en el suelo”.

       A 26 años del incidente, pareciera que lo único que ha cambiado en Sanborns es el modelo de sus periqueras para bebé. No es que las tiendas y restaurantes luzcan viejos, sino que siempre se han visto igual.

      Los Sanborns de México suelen ser memorables por tres características: los búhos del logotipo, la siempre bien equipada sección de revistas y el restaurante. Sin importar el rincón del país al que uno vaya, los molletes y el café están garantizados. No es que el sabor sea espléndido, sino que un bocado de enchilada suiza sabe exactamente igual de cremoso en Hermosillo, Acapulco, Pachuca o en cualquiera de las casi 500 tiendas que hoy posee Carlos Slim, dueño del grupo desde 1985.

           “Buenas tardes, mi nombre es Mari y hoy voy a tener el gusto de atenderle”.

       Hay otra constante en Sanborns: las meseras. Mari dice que hoy tengo suerte porque las piñas coladas están al dos por uno. Al principio me resisto a sorber un coctel playero sin estar en la playa, pero el poder de persuasión de Mari es más poderoso que el de Joseph Goebbels.

       Acepto la oferta sin ron –porque estoy ‘trabajando’– pero la señora bajita, gordita, de chongo –como todas las meseras de Sanborns– me guiña el ojo, vuelve a hacerla de maestro de la propaganda, y yo termino por aceptar las virtudes de la hora feliz.

       En El Mundo de Sofía, el escritor Jostein Gaarder explica el mundo de las ideas de Platón con utensilios de cocina: menciona que cada idea es como un molde y sus representaciones son galletas. En México, todas las galletas –los restaurantes de Sanborns– parten de un molde que incluye mesas de madera para cuatro personas, una vajilla de cerámica blanca y garigoleos azules, un florerito con un clavel blanco y uno rojo, una servilleta blanca acomodada en forma de tienda de campaña, una azucarera llena (nunca vacía ni a medias) y una botella nuevecita de salsa picante marca Cholula.

       La vida interna de Sanborns también parece extraída de una receta. El gerente es el hombre de más edad y seriedad. El chico espigado que limpia las mesas camina de un lado a otro con un carrito gris lleno de manteletas blancas y cubiertos. El payasito sólo confecciona french poodles de globo para los niños en fines de semana. Por debajo de los uniformes de las meseras –tan coloridos como una piñata– asoman unos zapatitos blancos que se desplazan a toda velocidad.

       Entre enchiladas suizas, cafés descafeinados y machaca con huevo, Mari me dice que ella es casi nueva en la compañía: tiene apenas ocho años trabajando ahí. Eso no es nada si se considera que el gerente lleva 40, dice Mari. Él empezó como lavaplatos. Luego se fue a la parrilla, al piso, a la caja y finalmente alcanzó la gerencia. El director de la tienda, agrega, ya llegó al medio siglo como empleado de la única tienda que, a las ocho de la mañana o a las 10 de la noche tiene igualmente disponible un disco de Juan Gabriel, un perfume o un oso de peluche de dos metros para regalar en un arranque de cursilería. Mari concluye su idea asegurando que pasar muchos años en Sanborns es cuestión de suerte, y emprende nuevamente su carrera dando pasitos cortos de un extremo a otro del lugar.

      A dos metros de mis piñas coladas hay una joven de cabello negro que está de espaldas y finge que leer para no ser molestada, pero no ha cambiado la página de su libro en diez minutos. En otra mesa está una madre inventándole a su hija que los vegetales saben delicioso. Más allá hay un matrimonio de ancianos y un hombre solitario que –éste sí– lee frente a una taza de café.

      Sanborns es México en una botella. Al Pujol –restaurante del chef más célebre de México– va la gente que posaría para una revista de sociales. Al puestito afuera del metro van los antojadizos sin miedo a romper la dieta o los oficinistas apresurados. A Sanborns va a parar cualquiera: Porfirio Díaz para pedir un banana split, Pancho Villa por el pan y María Félix por las enchiladas.

      Cuando mi marido trabajaba como gerente de mercadotecnia de Disney, su jefa vino de visita desde Argentina. Antes de dejar el país, le pidió que la llevara a conocer un Sanborns. En 2010, cuando el primogénito de Carlos Slim contrajo nupcias ante más de 1,500 personas –entre ellos un presidente y un Nobel de Literatura, dice Diego Enrique Osorno en el perfil que escribió del empresario– la comida que se sirvió después del banquete fue de Sanborns.

       Sanborns puede salvarnos de la catástrofe. Se dice que, en una ocasión, alguien preguntó a Carlos Monsiváis: “¿Qué se llevaría a una isla desierta?”. El mexicano dio la única respuesta posible: un Sanborns.

       Mi vecina –una mujer viuda y sin hijos que cuidar– ha ido a cenar al restaurante para no quedarse sola en Año Nuevo. A la panadería ha ido mi madre a las 11 de la noche porque mi hermana se olvidó de pedir con anticipación la rosca de reyes que debía llevar a la escuela. A la dulcería iba mi abuela a comprar tortugas de chocolate a escondidas de mi abuelo. A un costado de la sección de revistas compré mis primeras tarjetas del Día de San Valentín. Si un papá despistado no tomara suficientes precauciones para Navidad, podría correr a la juguetería y salvarle el pellejo a Santa Claus.

       Podría seguir escribiendo, pero tengo que imprimir y se me acabó la tinta. Son las 11 de la noche y Office Depot ya cerró. Voy a Sanborns.