Sólo Sanborns

       Entre las travesuras que mi madre recuerda de mis primeros años, están ‘el experimento biológico’ y ‘la gran fuga’. La primera ocurrió en mi casa, cuando me metí un frijol en la nariz, y la segunda en el restaurante de Sanborns, cuando me escurrí de la silla para bebés con el sigilo de un espía y establecí un campo de juegos bajo la mesa.

       No fui traviesa desde la cuna, pero sí perfeccioné una que otra diablura cuando empecé a gatear. Riéndose, mi madre cuenta que detectó el frijol por el enrojecimiento de una de mis diminutas fosas nasales. La anécdota de la mesa de Sanborns, en cambio, la recuerda con un poco de vergüenza: durante una mañana de domingo en que desayunaba con mi padre –el doctor que le prestó las pinzas para realizar la minuciosa operación de extraer el frijol de mi nariz–, el vecino de mesa –”un señor ya grande”, dice mi mamá– se acercó y dijo: “Señora, disculpe que la interrumpa, pero su bebé está en el suelo”.

       A 26 años del incidente, pareciera que lo único que ha cambiado en Sanborns es el modelo de sus periqueras para bebé. No es que las tiendas y restaurantes luzcan viejos, sino que siempre se han visto igual.

      Los Sanborns de México suelen ser memorables por tres características: los búhos del logotipo, la siempre bien equipada sección de revistas y el restaurante. Sin importar el rincón del país al que uno vaya, los molletes y el café están garantizados. No es que el sabor sea espléndido, sino que un bocado de enchilada suiza sabe exactamente igual de cremoso en Hermosillo, Acapulco, Pachuca o en cualquiera de las casi 500 tiendas que hoy posee Carlos Slim, dueño del grupo desde 1985.

           “Buenas tardes, mi nombre es Mari y hoy voy a tener el gusto de atenderle”.

       Hay otra constante en Sanborns: las meseras. Mari dice que hoy tengo suerte porque las piñas coladas están al dos por uno. Al principio me resisto a sorber un coctel playero sin estar en la playa, pero el poder de persuasión de Mari es más poderoso que el de Joseph Goebbels.

       Acepto la oferta sin ron –porque estoy ‘trabajando’– pero la señora bajita, gordita, de chongo –como todas las meseras de Sanborns– me guiña el ojo, vuelve a hacerla de maestro de la propaganda, y yo termino por aceptar las virtudes de la hora feliz.

       En El Mundo de Sofía, el escritor Jostein Gaarder explica el mundo de las ideas de Platón con utensilios de cocina: menciona que cada idea es como un molde y sus representaciones son galletas. En México, todas las galletas –los restaurantes de Sanborns– parten de un molde que incluye mesas de madera para cuatro personas, una vajilla de cerámica blanca y garigoleos azules, un florerito con un clavel blanco y uno rojo, una servilleta blanca acomodada en forma de tienda de campaña, una azucarera llena (nunca vacía ni a medias) y una botella nuevecita de salsa picante marca Cholula.

       La vida interna de Sanborns también parece extraída de una receta. El gerente es el hombre de más edad y seriedad. El chico espigado que limpia las mesas camina de un lado a otro con un carrito gris lleno de manteletas blancas y cubiertos. El payasito sólo confecciona french poodles de globo para los niños en fines de semana. Por debajo de los uniformes de las meseras –tan coloridos como una piñata– asoman unos zapatitos blancos que se desplazan a toda velocidad.

       Entre enchiladas suizas, cafés descafeinados y machaca con huevo, Mari me dice que ella es casi nueva en la compañía: tiene apenas ocho años trabajando ahí. Eso no es nada si se considera que el gerente lleva 40, dice Mari. Él empezó como lavaplatos. Luego se fue a la parrilla, al piso, a la caja y finalmente alcanzó la gerencia. El director de la tienda, agrega, ya llegó al medio siglo como empleado de la única tienda que, a las ocho de la mañana o a las 10 de la noche tiene igualmente disponible un disco de Juan Gabriel, un perfume o un oso de peluche de dos metros para regalar en un arranque de cursilería. Mari concluye su idea asegurando que pasar muchos años en Sanborns es cuestión de suerte, y emprende nuevamente su carrera dando pasitos cortos de un extremo a otro del lugar.

      A dos metros de mis piñas coladas hay una joven de cabello negro que está de espaldas y finge que leer para no ser molestada, pero no ha cambiado la página de su libro en diez minutos. En otra mesa está una madre inventándole a su hija que los vegetales saben delicioso. Más allá hay un matrimonio de ancianos y un hombre solitario que –éste sí– lee frente a una taza de café.

      Sanborns es México en una botella. Al Pujol –restaurante del chef más célebre de México– va la gente que posaría para una revista de sociales. Al puestito afuera del metro van los antojadizos sin miedo a romper la dieta o los oficinistas apresurados. A Sanborns va a parar cualquiera: Porfirio Díaz para pedir un banana split, Pancho Villa por el pan y María Félix por las enchiladas.

      Cuando mi marido trabajaba como gerente de mercadotecnia de Disney, su jefa vino de visita desde Argentina. Antes de dejar el país, le pidió que la llevara a conocer un Sanborns. En 2010, cuando el primogénito de Carlos Slim contrajo nupcias ante más de 1,500 personas –entre ellos un presidente y un Nobel de Literatura, dice Diego Enrique Osorno en el perfil que escribió del empresario– la comida que se sirvió después del banquete fue de Sanborns.

       Sanborns puede salvarnos de la catástrofe. Se dice que, en una ocasión, alguien preguntó a Carlos Monsiváis: “¿Qué se llevaría a una isla desierta?”. El mexicano dio la única respuesta posible: un Sanborns.

       Mi vecina –una mujer viuda y sin hijos que cuidar– ha ido a cenar al restaurante para no quedarse sola en Año Nuevo. A la panadería ha ido mi madre a las 11 de la noche porque mi hermana se olvidó de pedir con anticipación la rosca de reyes que debía llevar a la escuela. A la dulcería iba mi abuela a comprar tortugas de chocolate a escondidas de mi abuelo. A un costado de la sección de revistas compré mis primeras tarjetas del Día de San Valentín. Si un papá despistado no tomara suficientes precauciones para Navidad, podría correr a la juguetería y salvarle el pellejo a Santa Claus.

       Podría seguir escribiendo, pero tengo que imprimir y se me acabó la tinta. Son las 11 de la noche y Office Depot ya cerró. Voy a Sanborns.

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