El hotel de lo real

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Originalmente publicado en Esquire no. 79 (PDF aquí)

En su primera novela, El telo de papá, la argentina Florencia Werchowsky aprovecha su ingenio y buen humor para narrar las anécdotas que sólo le ocurren a alguien cuyo padre es dueño de un motel.

     Las anécdotas de Florencia Werchowsky eran el número estelar de sus fiestas. Ella aún trabajaba como periodista en Argentina, y era común que las reuniones a las que asistía terminaran en medio de carcajadas. Todo gracias a las historias que narraba sobre el motel (telo, en Argentina) que su papá tenía en una carretera de la Patagonia, donde nació.

    Florencia escribió El telo de papá por dos motivos: tenía ganas de ser novelista y miedo a que alguno de sus amigos le robara sus historias. Seleccionó las anécdotas que publicaría, le dio vueltas al título (porque, claro, fuera de su país no todo el mundo entiende qué es un telo), decidió que el tono humorístico permearía el libro de principio a fin y superó que su madre le retirara el habla por ventilar lo que ella consideraba sus “turbulencias familiares”.

   El resultado es una prosa divertidísima que retrata cómo fue crecer en los años noventa en Argentina, y hace sentir al lector como si Florencia le confesara las locuras de su vida en medio de un café. En estas páginas presentamos algunos extractos de las mejores escenas de El telo de papá.

ESQUIRE: ¿Cómo balanceaste tus anécdotas personales con la ficción de la novela?
FLORENCIA WERCHOWSKY: Me tomó dos años escribirla. Fue difícil porque sí soy la hija del dueño del telo de un pueblo [ríe]. A partir de ese escenario construí una galería de personajes y situaciones que fuesen apropiadas para reunir las particularidades del lugar en el que crecí. El problema con las historias es que fueron tan extraordinarias que corrían el riesgo de no parecer verosímiles.

ESQ: El tono me encanta, parece que le estás contando tu historia a un amigo.
FW: Traté de concentrarme mucho en lograr eso. Por cierto, hoy me acordé de otra anécdota increíble: una noche alguien llegó a asaltar el hotel, así que una de las mucamas salió armada al bosque. Lanzó un disparo al aire, pero éste pegó con un cable y se fue la luz en todo el lugar.

ESQ: ¿Y por qué no la integraste al libro?
FW: Vos entendés lo improbable de la situación. Si lo contaba en la novela, todo el mundo iba a decir: “Qué exagerada, nunca podría suceder algo así”. Pero eran cosas que pasaban. Además, tuve la suerte de tener un papá muy creativo. Él inflaba las historias al momento de contarlas. Si acaso narro algo que no parezca verosímil, es culpa suya [ríe]. 

ESQ: La complicidad con tu padre es extraordinaria. ¿Siempre ha sido así?
FW: Sí. Tuvo sus vaivenes, pero mi papá es un tipo muy simpático, de gran corazón y está absolutamente loco. Yo soy la única de sus hijas que tolera todos sus malos comportamientos y berrinches. Entonces, como yo lo perdono, él me perdona. En ese territorio, en esa Franja de Gaza con banderita blanca que hemos creado entre nosotros, podemos construir una relación de mucho cariño y de complicidad.

El nuevo Daredevil

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Originalmente publicado en Esquire no. 80 (PDF aquí)

El actor Charlie Cox nos dio seis razones por las que no debes perderte esta nueva adaptación del cómic de Marvel (que rogamos sea mejor que la última película).

  1. Quizá sea imposible no recordar la versión de cine que antecede a esta adaptación, pero la serie me hace sentir muy optimista. Lo que puedo decir de nuestro trabajo es que tan pronto recibimos el guión nos dimos cuenta de que había un gran trabajo en relación con la fuente original. Es decir, se tomaron muy en cuenta los cómics, así que éste será el Daredevil que muchos esperaban.
  1. Tenemos muy clara nuestra responsabilidad. Al interpretar a Daredevil uno jamás puede decir: “Esta es mi versión del superhéroe y ya”. Él y todos los personajes de la serie son emblemáticos y miles de personas tienen una opinión particular sobre ellos, así que este proyecto implica una gran presión.
  1. Daredevil es un buen enfoque sobre un héroe humano. Eso es lo que más nos emociona de la serie: que tomamos héroes y villanos ficticios y los transformamos en gente real. Creo que logramos crear personajes con los que es muy sencillo relacionarse.
  1. La intención inicial de los cómics fue la base de la serie: inspirar a otros a mejorarse a sí mismos, como si fueran superhéroes. Es decir, Daredevil es un producto de entretenimiento genial, pero —lo sepas o no— toca algo dentro de ti. Eso te motiva a enfrentar tus miedos y sobrellevar los retos que se te presenten. De algún modo, es lo que Shakespeare hacía en sus obras: la razón por la que sus personajes eran reyes y reinas era porque eso eleva las expectativas de la audiencia, porque de pronto la responsabilidad es salvar el universo, el mundo o una ciudad.
  1. Matt Murdock [el nombre real de Daredevil] es un personaje increíble. Es muy dinámico e interesante porque tiene muchos conflictos. Trabaja como abogado en las mañanas, pero durante la noche hace justicia por su propia mano. Es un hombre religioso, pero también le importan la ley y el orden, así que —de algún modo— juega a ser Dios. Sin embargo, después debe irse a casa, cargar con todos esos sentimientos y confusiones, y lidiar con ellos para tratar de llegar a un punto medio entre el hombre que es y lo que se espera de él. Eso funciona de maravilla en un drama para la televisión.
  1. El villano de la serie [Wilson Fisk] también es genial. Creo que en nuestro mundo no existe el bien y el mal. Nuestro trabajo como integrantes de la sociedad es identificar qué es lo que nos beneficia y qué es negativo para el mundo en el que vivimos. Y considero que lo que ocurre conforme se desarrolla la serie es que tenemos a dos personajes que tratan de obtener lo mismo [mejorar el mundo], pero los medios que usan para lograrlo y el modo en que revelan sus intenciones provocan un enfrentamiento que nosotros explicamos como el “bien” y el “mal”.

Un zapato en el lomo de un cuchillo

Un zapato en el lomo de un cuchillo.
El filo no lo daña.
Carga al zapato en hombros,
guarda el balance.

Hace frío y la pampa es muda.
De cristal níveo, les guiña un ojo.
Zum.
Un zapato baila tango en el lomo de un cuchillo.

Cambio de lado.
Doble ocho.
Molinete.
Un contratiempo y su vaivén es filigrana.

Algunas noches,
después del baile,
el zapato ve la luna lívida
y se siente un tanto triste.

Es un artista, cierto.
Ha ganado premios
ceñido a un pie cobarde
que sale al ruedo en calcetines.
Ha trazado octaedros y triángulos isósceles.
Ha practicado su caligrafía china.
A veces, también,
cuando así lo ha querido,
ha sido un trineo.
Se ha despeinado al viento
veloz como flecha de amazona.

Pero en noches como ésta,
el zapato ve su pecho en blanco:
ni una pisada.

El zapato pide un deseo:
que un día,
algún día,
raspe al menos la punta de su suela
en la cara láctea del hielo.

México atemporal

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Originalmente publicado en Esquire no. 78 (PDF aquí)

Tras obtener premios en festivales como Tribeca, Berlín y San Sebastián, se estrena Güeros, el primer largometraje de Alonso Ruiz Palacios. Esta road movie es el retrato de un país que arrastra los mismos pesares desde hace décadas.

    Cualquiera de nosotros podría ser el protagonista de Güeros. Aunque la trama está inspirada en la huelga de estudiantes que paralizó la UNAM en 1999, el mayor acierto de Alonso Ruiz Palacios es que sus personajes reflejan el hastío que nos generan los problemas del país y lo mucho que ansiamos una transformación.

     El director mexicano dice que su película es una road movie. El género se popularizó en Estados Unidos en los años 60 y desde entonces ha sido utilizado por realizadores de todas las cinematografías del mundo. “La idea era hacerla en la ciudad de México porque es un lugar tan grande y diverso que siempre sentí que merecía una película así”, dice Ruiz Palacios.

    Lo que Sombra (Tenoch Huerta), Santos (Leonardo Ortizgris) y Tomás (Sebastián Aguirre) salen a buscar es el rastro de un cantante, Epigmenio Cruz, cuya música resume sus consignas personales: no hay que simplificar la vida, sino darle una segunda lectura a lo que nos rodea.

    Ruiz Palacios siempre tuvo claro que la suya sería una cinta atemporal. Por eso está en blanco y negro, sus personajes usan smartphones, pero visten como en los 90, y la huelga sirve como eje conductor, mas no persigue un objetivo preciso (como es una metáfora de la inconformidad, nunca conocemos las exigencias de los manifestantes). “Para mí eso era importante, porque la hace más universal y la libera de la camisa de fuerza que a veces son los contextos históricos.”

    Sombra, Tomás y Santos viven en una especie de limbo. No están a favor ni en contra de la huelga, sino a favor del cambio. “Sí, creo que concebí los personajes de Tenoch y Leo como dos posturas distintas ante una misma situación. La película trata tanto de lo estático como del movimiento.” Eso es tangible desde el inicio de Güeros: la vida de Sombra se transforma cuando su hermano pequeño llega a vivir a su casa. Él es quien lo incita a salir de su departamento, viajar por la ciudad y buscar a Epigmenio Cruz.

   Güeros es una cinta de contrastes. Como el título sugiere, la mayor parte de los personajes son de tez clara, a excepción del protagonista (que no sólo es moreno, sino que se hace llamar Sombra). “Decidí llamarlo así porque los apodos son muy comunes durante la universidad. Además la gente le dice así porque uno de los subtemas de la película es el racismo.”

    Ruiz Palacios no ha dejado de recibir halagos. Aunque la película se estrena este mes en México, desde 2014 se ha presentado —y ganado premios— en festivales como la Berlinale, en Alemania, y Tribeca, en Estados Unidos. “En las presentaciones hemos tenido experiencias muy bonitas. Una señora en San Sebastián (España)salió llorando y le dijo a Tenoch: ‘Me regresaron la vida’. Dijo que se había transportado a su juventud.”
El joven director ya tiene dos nuevos proyectos de cine en puerta. No podemos esperar a verlos.

Poliedro

Para M.

Caigo en un sueño profundo
para encontrarte
a medianoche
y bailar frente a extraños
(en una calle vieja de Oaxaca).

El cielo se cae a pedazos
cuando me besas. 
Mira cómo (se apaga la vida en las ventanas)
mientras vadeamos el empedrado,
como amantes de toda la vida.

Dime de qué está hecho (el soplo)
(que me inyectaste) con tu piel
mientras dormía,
y hoy (alumbra el insomnio)
cuando te pienso.

La aventura de ser Oscar Isaac

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Originalmente publicado en Esquire no. 78 (PDF aquí)

El actor guatemalteco visitó México para apoyar a emprendedores y
hablarnos de sus planes en cine.

     Oscar Isaac nunca olvidará su primera audición. Era 1995, tenía 15 años y acababa de mudarse a Nueva York para estudiar Teatro en Juilliard, parada obligada de quienes desean seguir las huellas de ex alumnos súperdotados como Robin Williams o Kevin Spacey. El guatemalteco llegó a la audición con la esperanza de obtener el papel de un narcotraficante. Se plantó en el escenario como el manojo de nervios que era desde que aspiraba a protagonizar obras de teatro en primaria y, como lo hacía desde pequeño, enloqueció al director: “Estuviste increíble”. Aplausos. Contratado. Isaac estaba a punto de levantar los brazos en señal de victoria, como Rocky Balboa, cuando se enteró de que no interpretaría a un gangster, sino a un sirviente gay.

    “Así de buena fue mi actuación”, ríe Isaac, de visita en México como embajador de The Venture, la iniciativa de Chivas Regal para apoyar a emprendedores. “Me dieron el papel de un pequeño y dulce mozo. La película se llamaba Illtown, y fue terrible.” Cuando uno está frente a él, jamás imaginaría que este tipo magro, ojeroso y de rizos medio rebeldes podría mutar en un criminal. Pero Isaac es necio, y a casi 20 años de esa audición que con una mezcla de amargura y humor se llevará a la tumba, amarró un contrato para interpretar al rey de los villanos en la historia de mutantes más rentable del cine: en 2016 aparecerá en X-Men: Apocalypse como una criatura de piel gris y labios azulados que hará hasta lo imposible por dominar el mundo.

Inicios karatecas

    Oscar Isaac siempre quiso ser actor. Como fanático de las películas de Jean-Claude Van Damme, a los 11 años comenzó a dirigir pequeños filmes de artes marciales que protagonizaban sus amigos. “Mi papá tenía una cámara de video y me la prestaba. Había mucha sangre, muerte y destrucción”, dice. Gracias a esas primeras cintas karatecas, Isaac aprendió que el Quick sabor fresa es un arma secreta de los efectos especiales —“usábamos el polvo para malteadas como sangre artificial”— y que en su vida no habría nada más apasionante que la actuación.

   Para Isaac no fue difícil despedirse de Miami y volar en busca de sus sueños a la ciudad de los taxis amarillos y el Empire State. Por aquel entonces, él y su familia —madre guatemalteca y padre cubano— ya habían empacado sus maletas en cuatro ocasiones: la primera —cuando él tenía cinco meses de nacido— para dejar la capital de Guatemala; la segunda para salir de Baltimore rumbo a Luisiana, y la tercera para establecerse en Florida.

   A pesar de su ascendencia latina, los años que ha pasado en Estados Unidos han provocado que su castellano se empolve. Durante nuestra charla me ofrece hablar en español, pero al minuto cuatro empieza a sufrir como un niño ante un problema de trigonometría y, con la vergüenza que no debería de sentir un tipo que ha besado a mujeres como Jessica Chastain y Carey Mulligan en pantalla, me pregunta si podemos continuar en inglés. Y claro, como uno hace siempre que una celebridad —una a nivel de “futuro protagonista de Star Wars: The Force Awakens”— le pide un favor —are you kidding me?— respondo que sí.

«Voy a cantar»

   Además de aquel pseudofracaso que golpeó su ego en los 90, hay otra audición memorable en la vida de Oscar Isaac. Era 2012, tenía 32 años y con guitarra en mano llegó a cantar frente a los hermanos Ethan y Joel Coen con la esperanza de obtener el protagónico de Inside Llewyn Davis. Hasta ese momento había interpretado papeles secundarios en filmes cuyo sello de garantía eran nombres como Rachel Weisz (Agora, 2009), Russell Crowe (Robin Hood, 2010) y Ryan Gosling (Drive, 2011), así que el manojo de nervios de Guatemala estaba a sólo un desaire de hacer implosión.

   “No hay nada como conseguir un papel que deseas, y hasta ahora el mejor de ellos ha sido Llewyn Davis.” Lo que Isaac no dice es que esta cinta fue una de las mejores de 2013. Uno podía salir babeando del cine con sólo poner atención en el diseño de producción —la ambientación de Nueva York en los 60—, pero en realidad la interpretación de Isaac de un cantante fracasado de folk era lo que daba ganas de levantarse a aplaudir.

   A su actuación como Llewyn Davis no sólo hay que elogiarle la forma en que se apropió de temas que alguna vez cantaron Bob Dylan o Jeff Buckley, sino su acoplamiento perfecto al estilo ácido de los guiones firmados por los Coen: como la mayor parte de los personajes de estos maestros del humor negro, supo insertarse en las peores situaciones imaginables —lidiar con el suicidio de su compañero musical y embarazar a la esposa de un amigo— y orillar al público a ese terrible debate entre la risa y el llanto.

Al estrellato

   Los personajes de Isaac son pegajosos. El actor se los lleva a la regadera, al comedor y a la cama. “Suelen seguirme a casa. A veces los recuerdo cuando me estoy bañando y pienso: ‘Rayos, debí de haber hecho esto de tal o cual modo’. El proceso de crearlos es tan divertido que me cuesta trabajo separarme de ellos.”

   Isaac se funde con sus personajes antes de comenzar a filmar. Todo para que cuando ponga un pie en su primer set o locación, no sea él —este tímido guatemalteco y ex fanático de Karate Kid— quien entre a escena, sino alguno de los tipos con “crisis existenciales” que suele interpretar.

   Cuando se preparaba para darle vida a Llewyn Davis, por ejemplo, le pidió a los Coen que le enviaran el vestuario un mes antes del rodaje y decidió usarlo todos los días. “No fue nada complicado, porque usaba la misma ropa toda la película”, dice riendo. Y así, con el mismo saco en pana color miel, mitones verde olivo, bufanda chocolate y zapatos rotos, Oscar Isaac —Llewyn Davis— viajó en metro, estuvo con sus amigos y asistió a fiestas durante 30 días.

   Su siguiente gran papel será Poe Dameron en la séptima entrega de Star Wars. Y aunque la trama de la historia de ciencia ficción que ya filma bajo la dirección de J.J. Abrams se mantiene en absoluta secrecía, habrá que estar atentos: quizá si en la oscuridad del metro neoyorquino brillara una espada láser en la mano temblorosa de un tipo de rizos rebeldes, sabremos que se trata de Oscar Isaac preparándose para su nuevo papel.

Seis notas para John Williams

Como un cisne, frente a la orquesta,
un hombre abre las alas.
Sus manos de plata rasgan el silencio.

En primer plano, un violín se despabila.
Mueve la cabeza.
Se talla los ojos.
Adormecido, espera su turno.
Un aletazo del hombre y el violín despierta.
Toma vuelo,
da un salto.
Su cuerpo menudo se hunde en el oleaje
que lo había dejado atrás.

En un rincón, a la derecha,
un contrabajo hace una rabieta.
Su voz profunda, de dragón viejo,
tiembla en su pecho.
El hombre deja de mirarlo.

Del hombre, yo sólo veo la espalda
y las alas
que hacen piruetas
para llamar a escena a un corno francés.

El corno hace llorar a un arpa.
La lluvia de sus cuerdas cae sobre el espejo de un piano.
El hombre lanza una caricia.
Su eco se apaga.

El silencio se incendia.
El hombre se dobla.
Ahora es un flamingo,
y una medialuna en su barba blanca
es la última tesitura de la noche.

Este soy yo: Eloy Tizón

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Originalmente publicado en Esquire no. 78 (PDF aquí)

ESCRITOR, 50 AÑOS, MADRID

> Leí a Octavio PazPiedra de sol (1960)— a los 16 años, y para mí fue un deslumbramiento absoluto notar lo que se podía hacer con el lenguaje y el nivel de implicación emocional que había en el poema. Fue una lección muy importante para mí, y una vez que aprendes algo así, la enseñanza te dura toda la vida.

> Poetas como Paz y César Vallejo me parecen figuras inalcanzables. Sin embargo, con modestia, intento seguir la senda que ellos marcaron: respeto y exploración del lenguaje hasta agotar las posibilidades casi musicales que tiene, ya que la poesía es prácticamente una cuestión de música.

> Si en tus historias predomina una atmósfera donde lo primordial es el lenguaje y el sonido, eso indica que te iniciaste en la poesía. Ese es justo mi caso. Lo que me fascinó de la literatura en un principio fue el resplandor verbal, y eso puede encontrarse en la poesía a un grado máximo.

> Escribir es como caminar por el filo de un cuchillo: siempre estarás rodeado de peligro. En cualquier momento podrías caer al abismo y encontrar dragones esperándote.

> También es salir de tu zona de confort. Con el tiempo todos desarrollamos ciertas habilidades y la tentación de repetirnos siempre está ahí. Sin embargo, hay que luchar contra eso. A veces empiezo a escribir un texto y lo abandono porque pienso: “Esto ya lo he hecho o he usado una voz parecida”. Para mí la felicidad se produce cuando aparece algo que no había hecho antes. Transitar por un lugar inexplorado te obliga a replantear tu manera de escribir.

> El reto de un escritor es crear algo distinto a lo que ya está hecho, pero sin que sea completamente marciano. Es decir, el terreno en el que nos movemos surge a partir de un diálogo entre la tradición y lo novedoso. Es como pisar arenas movedizas, porque no siempre es fácil dar un paso con firmeza.

> Hay cuentistas grandes y maravillosos como [Raymond] Carver o [Jorge Luis] Borges, pero cuando los lees no puedes dejarte atrapar por su órbita, porque entonces te convertirías en un imitador. Si te sucediera algo así, estarías perdido y sería tu muerte como escritor. Hay que admirarlos, pero sin llegar al punto en que sustituyan tu propia voz. El reto es tratar de digerir y asimilar a los clásicos sin dejarse abducir por ellos.

> Suelo ser bastante sintético al momento de escribir, así que un género que es menos extenso se adapta mejor a mi manera de entender la vida. Me parece difícil escribir una novela de 500 páginas porque la mirada y el aliento que tengo es menor. Eso no quiere decir que sea mejor ni peor, sino que uno debe descubrir en qué terreno se mueve y le es propicio, sin pretender convertirse en un escritor que no es.

> Siempre es complicado dar normas generales sobre un género, pero creo que un cuento debe producir —por llamarlo de alguna manera— una sacudida. Es decir, este género tiene que abandonar los lugares comunes, las estructuras consabidas y debe trazar un recorrido; por ejemplo, describir a un personaje que se expone a una intemperie en la que le pueden suceder situaciones incómodas o simplemente que haya algo que se agite en su conciencia y bulla. En resumen, debe haber una especie de forcejeo para producir vida y movimiento.

> Si tuviera que resumir mi proceso de escritura en una palabra, diría que está basado en el merodeo. Es decir, encuentro un tema, personaje o atmósfera que me interesa o me parece misteriosa por algún motivo, y a partir de ahí empiezo a rondarlo hasta que otros elementos se revelan. Sin embargo, necesito tiempo para eso. Escribo y a veces descarto lo que intuyo que no me llevará al fin que persigo, pero siempre hay mucho rodeo y divagación en torno a mis personajes.

> En mis cuentos no me interesa resolver un misterio, sino arroparlo. La vida es muy misteriosa y me gusta que la literatura lo conserve. No me gustan los textos que lo explican todo, en los que al final todo está claro. Creo que no es grave, ni el lector se siente estafado si algo queda en la penumbra y se le deja un poco a la imaginación.

> Si todo se revelara en un texto, como una habitación completamente iluminada, el lector podría sentirse un poco insatisfecho porque no habría podido poner nada de su parte. Es decir, en muchas ocasiones, el lector se introduce en el texto a partir de lo que los escritores no decimos, de los elementos que están ocultos. Por eso la escritura es un juego de dosificación y no es fácil encontrar una norma que diga “hasta aquí”. En consecuencia, a veces nos arriesgamos a ser crípticos y en ese estrecho margen es donde nos jugamos la validez de un texto.

> Soy muy respetuoso con las lecturas que hacen los demás, porque me he topado con interpretaciones que a mí no se me habían ocurrido de mis propios textos y que me han parecido muy brillantes. El hecho de que existan opiniones dispares es una de las riquezas de la literatura.

> Una vez una persona me dijo que mis cuentos le recordaban al fado, la música tradicional portuguesa. Fue un comentario muy bonito, porque recogía algo de la música y también la melancolía de mis textos.

Nota: El escritor visitó México en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para presentar su libro de cuentos Técnicas de iluminación, publicado por Editorial Páginas de Espuma.

Un (anti) héroe estadounidense

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Originalmente publicado en Esquire no. 77 (PDF aquí)

Chris Kyle ha sido el francotirador más letal en la historia de la milicia de Estados Unidos: 160 muertes en total. ¿Qué hay detrás de un hombre que por pura convicción participó en cuatro misiones en la guerra de Irak? Clint Eastwood lo explora en su nueva y polémica película: American Sniper.

     A través de la mira de su fusil, Chris Kyle apunta a una mujer que lleva a un adolescente de 11 o 12 años de la mano. Está tumbado pecho tierra, oculto en la azotea de una casa en Irak. La musulmana lleva una granada rusa en la mano y está a punto de lanzarla a un tanque estadounidense. Kyle le dispara y ella cae. Años después, escribiría en su autobiografía, American Sniper (2012), sobre ese episodio: “Ya estaba muerta; sólo me aseguré de que no se llevara soldados estadounidenses con ella”.

     Bradley Cooper subió 20 kilos de músculo y entrenó con un francotirador militar para retratar a Kyle en el cine. Sin embargo, el reto de su interpretación —más allá de la transformación física— también fue capturar el conflicto de un hombre que dejó a su familia durante más de 1,000 días para pelear en la guerra que inició tras los atentados del 9/11. Por eso la película no es una glorificación más de la milicia estadounidense, sino una exploración de los conflictos personales y psicológicos de quien debe asesinar para cumplir con su deber.

    ¿Cómo se regresa a casa —a la normalidad— después de haber visto la guerra, después de haberse hecho a la idea de que uno debe matar para evitar morir? Esta es la pregunta que se repite una y otra vez en la nueva película que dirige Clint Eastwood. Basado en el libro homónimo que Kyle publicó hace dos años, este drama de acción además es protagonizado por Sienna Miller (como Taya, la esposa del militar) y llega a los cines de México este mes. Hablamos con Eastwood sobre la cinta.

ESQUIRE: ¿Qué lo convenció de aceptar dirigir esta película?
CLINT EASTWOOD: Cuando el estudio me llamó y me preguntó si me interesaba dirigir la película, estaba trabajando en otro proyecto, pero curiosamente leía el libro por diversión. Me daba curiosidad tanto la historia como el protagonista. Así que cuando me ofrecieron el trabajo, les dije: “Uf, bueno, déjenme terminar las siguientes 30 páginas y les devuelvo la llamada”. Luego tuvimos una junta, Bradley me llamó y me dijo: “Les gustaría que lo hicieras”. Y acepté.

ESQ: Antes de filmar conocieron a Taya, la esposa de Chris. ¿Cómo fue esa experiencia?
CE: Fue muy fuerte. El segundo día que la vimos se cumplía un año del asesinato de Chris [a quien le disparó un veterano de guerra en 2013, cuatro años después de que volvió de Irak], así que sobra decir que Taya no se encontraba bien. Sin embargo, se portó maravillosa. Simplemente hablamos con toda franqueza acerca de lo que pensábamos de ciertas cosas. Conocerla además fue útil para el proceso de casting, porque necesitábamos que quien la interpretara capturara su espíritu. Sienna Miller lo hizo muy bien. Desde la primera lectura hizo un gran trabajo y se deshizo de su acento británico.

ESQ: ¿Qué tan importante fue apegarse a los hechos reales al momento de transformar la vida de Chris en una película?
CE: Cuando nos tomamos alguna libertad fue porque quienes lo conocieron nos dijeron cosas como: “Bueno, no fue así, pero sí pudo haberlo sido. Tiene sentido con su vida”. Al final terminamos con algo que nos pareció realista y que consideramos que pudo haberle gustado.

ESQ: Y hablando un poco sobre Chris, ¿por qué cree que pudo haber deseado ir a la guerra en cuatro misiones distintas?
CE: Pienso que le gustaba cuidar a las personas y el liderazgo que eso implicaba. Supongo que sentía que era su deber. Trabajó mucho para convertirse en un Navy SEAL porque esos tipos son ciudadanos muy sólidos, no sólo en el sentido físico, sino también en cuanto a sus habilidades mentales. Participó en cuatro misiones incluso cuando tenía una maravillosa familia por la cual volver a casa. Es decir, pudo haber completado su primera asignación y decir: “Ya lo hice, al diablo”. Pero sintió que tenía que regresar por toda la gente que perdió en la guerra y que quería vengar. Sintió que aún tenía una misión por completar allá.

ESQ: ¿Cómo fue trabajar con Bradley?
CE: Soy admirador suyo y voté por él cuando estuvo nominado a un Óscar (en 2014). Bradley es uno de los mejores actores de su generación. Empezó a trabajar en filmes muy cómicos y fueron grandiosos. Sin embargo, es uno de esos actores que funcionan en comedia pero también en drama. Actores como él suelen tener un alcance más amplio que la mayoría. No habíamos podido trabajar juntos sino hasta ahora, y de hecho él fue quien me llamó para ofrecerme la oportunidad de dirigir American Sniper. Es estupendo porque es muy trabajador. Puede divertirse en el rodaje, pero nunca deja de pensar en la cinta. Uno podría llamarlo en la madrugada para preguntarle lo que sea y jamás diría algo como “te llamo mañana”, sino que empezaría a pensar en una respuesta en ese instante. No es que yo haya hecho algo así, claro [ríe].

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HULK AHORA SE LLAMA BRADLEY COOPER

Había dos razones para desconfiar de las virtudes histriónicas de Cooper: sus desvaríos en comedias como The Hangover (2009) y su (maldita) cara perfecta. Porque, claro, ¿qué podría entender de drama y sufrimiento un tipo que con ese look de Ken podría invitar a Barbie al cine? Sí es talentoso e hizo un buen trabajo como un perdedor y adicto en Limitless (2011), pero esa primera oportunidad dramática fue tan absurda que no se salvó ni con la actuación de Robert De Niro.

Su mejor idea fue aprovechar que está de moda elogiar el cine independiente y aceptó interpretar a un hombre recién salido de un hospital psiquiátrico en Silver Linings Playbook (2012). Y no sólo porque la historia era una buena mezcla de drama y humor ácido, sino porque así conoció al director David O. Russell, quien le dio el empuje definitivo de seriedad cuando volvió a trabajar con él en American Hustle (2013).

American Sniper es una gran película de acción. Y mejor aún: es el antídoto para quien todavía desconfía de Cooper y sólo se animaría a verla porque está respaldada por el talento de Eastwood. Para el papel de Kyle, Cooper se transformó en Hulk. Comía todo el tiempo para poder dar el peso. Y además está su actuación: cuando le dispara a una mujer o un niño, uno sufre y duda con él, pero cuando aprieta el gatillo queda claro que con esa misma determinación seguirá en busca de papeles para dejarnos claro que hay que tomarlo en serio.

El sonido del éxito

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Originalmente publicado en Esquire no. 77 (PDF aquí)

Entre los halagos que recibió Birdman destaca la nominación al Óscar por Mejor Edición y Mezcla de Sonido, de lo que fue responsable Martín Hernández. ¿Quién es este genio?

         Domingo. 6:00 a.m. Mediados de los 80. Martín Hernández —sonidista—, Alejandro González Iñárritu —director— y el resto de su equipo de producción salen a filmar una escena de Una flor amarilla, una adaptación del cuento de Julio Cortázar. Tienen veintipocos y estudian Comunicación en la Universidad Iberoamericana del D.F. La cámara Súper 8 de ‘El Negro’ —Iñárritu— y la grabadora de ‘El Gordo’ —Hernández— son prestadas. Llevan varios fines de semana dedicados a la revisión del guión, búsqueda de locaciones y filmación. Antes de la última escena, la cámara deja de funcionar. No hay dinero para repararla. Adiós cortometraje.

            Frustraciones aparte, ‘El Negro’ y ‘El Gordo’ decidieron colaborar juntos el resto de su vida. En la universidad hicieron trabajos en equipo para clases de Ciencia Política, Estética, Historia y Literatura. Quince años más tarde llegaron a Hollywood y a la fecha han recibido aplausos por Amores perros (2000), 21 Grams (2003), Babel (2006), Biutiful (2010) y Birdman (2014).

            El de Martín Hernández es un trabajo peculiar. Un diseñador de sonido es responsable de editar y sincronizar diálogos, de supervisar la regrabación de parlamentos en caso de necesitarlo, de generar ambientes y efectos de sonido: “Es como preparar una sopa: hay que agregar ingredientes poco a poco y mezclarlos para darle más consistencia y sabor”. El problema es que no todo el público lo sabe: algunos fanáticos de sus películas se han acercado a él para felicitarlo porque “les gustó mucho la música” de la cinta.

            Aunque podría hacerlo, ‘El Gordo’ no se dedica a componer bandas sonoras para el cine. Su trabajo con ‘El Negro’ empieza cuando se termina la versión final del guión: “Me lo da, lo leo y luego intercambiamos puntos de vista. Es el inicio de una conversación que me sirve como guía para saber en qué voy a trabajar”. Entonces comienza un proceso creativo para encontrar una gama de sonidos que “envuelva” la película y tenga sentido con la trama y los protagonistas.

            Su trabajo es como el de algunos superhéroes: invisible para la mayor parte de la gente. Desde un pequeñísimo estudio —más pequeño que la cabina de W Radio, la estación de radio para la que trabaja en el noticiero Así las cosas— revisa su biblioteca de sonidos. Se cuestiona si lo que ya tiene grabado funcionará para darle una carga emocional a su película o si debe registrar algo nuevo: “Algunos de mis amigos lo llaman ‘sonogenia’. Eso implica que el sonido debe tener la misma genética que la imagen”.

            A Martín Hernández no le importa ser invisible. Al contrario: como buen experto de sonido sabe que sólo cuando el audio de la cinta deja de ser notorio —por la perfecta fusión que creó con la historia—, puede presumir que su trabajo estuvo bien hecho. Tampoco le preocupa tener un trabajo alejado de sus colaboradores en las locaciones y sets. La suya puede ser una labor solitaria, pero requiere de la misma dedicación que los cortos de sus años universitarios. Por ejemplo, para grabar el sonido de una de las escenas de Birdman en la que Michael Keaton sale borracho de un bar en la madrugada y camina por Broadway, Martín deambuló por las calles de Los Ángeles entre las 4:00 y las 10:00 de la mañana. En la mano llevaba grabadora y micrófono. Registró el sonido de autos ermitaños, el golpeteo de una coladera y los primeros autobuses escolares al amanecer. En sus desvelos aún se apasiona con los sonidos de una vida tan cotidiana que sólo un par de oídos expertos no se permite ignorar.