La aventura de ser Oscar Isaac

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Originalmente publicado en Esquire no. 78 (PDF aquí)

El actor guatemalteco visitó México para apoyar a emprendedores y
hablarnos de sus planes en cine.

     Oscar Isaac nunca olvidará su primera audición. Era 1995, tenía 15 años y acababa de mudarse a Nueva York para estudiar Teatro en Juilliard, parada obligada de quienes desean seguir las huellas de ex alumnos súperdotados como Robin Williams o Kevin Spacey. El guatemalteco llegó a la audición con la esperanza de obtener el papel de un narcotraficante. Se plantó en el escenario como el manojo de nervios que era desde que aspiraba a protagonizar obras de teatro en primaria y, como lo hacía desde pequeño, enloqueció al director: “Estuviste increíble”. Aplausos. Contratado. Isaac estaba a punto de levantar los brazos en señal de victoria, como Rocky Balboa, cuando se enteró de que no interpretaría a un gangster, sino a un sirviente gay.

    “Así de buena fue mi actuación”, ríe Isaac, de visita en México como embajador de The Venture, la iniciativa de Chivas Regal para apoyar a emprendedores. “Me dieron el papel de un pequeño y dulce mozo. La película se llamaba Illtown, y fue terrible.” Cuando uno está frente a él, jamás imaginaría que este tipo magro, ojeroso y de rizos medio rebeldes podría mutar en un criminal. Pero Isaac es necio, y a casi 20 años de esa audición que con una mezcla de amargura y humor se llevará a la tumba, amarró un contrato para interpretar al rey de los villanos en la historia de mutantes más rentable del cine: en 2016 aparecerá en X-Men: Apocalypse como una criatura de piel gris y labios azulados que hará hasta lo imposible por dominar el mundo.

Inicios karatecas

    Oscar Isaac siempre quiso ser actor. Como fanático de las películas de Jean-Claude Van Damme, a los 11 años comenzó a dirigir pequeños filmes de artes marciales que protagonizaban sus amigos. “Mi papá tenía una cámara de video y me la prestaba. Había mucha sangre, muerte y destrucción”, dice. Gracias a esas primeras cintas karatecas, Isaac aprendió que el Quick sabor fresa es un arma secreta de los efectos especiales —“usábamos el polvo para malteadas como sangre artificial”— y que en su vida no habría nada más apasionante que la actuación.

   Para Isaac no fue difícil despedirse de Miami y volar en busca de sus sueños a la ciudad de los taxis amarillos y el Empire State. Por aquel entonces, él y su familia —madre guatemalteca y padre cubano— ya habían empacado sus maletas en cuatro ocasiones: la primera —cuando él tenía cinco meses de nacido— para dejar la capital de Guatemala; la segunda para salir de Baltimore rumbo a Luisiana, y la tercera para establecerse en Florida.

   A pesar de su ascendencia latina, los años que ha pasado en Estados Unidos han provocado que su castellano se empolve. Durante nuestra charla me ofrece hablar en español, pero al minuto cuatro empieza a sufrir como un niño ante un problema de trigonometría y, con la vergüenza que no debería de sentir un tipo que ha besado a mujeres como Jessica Chastain y Carey Mulligan en pantalla, me pregunta si podemos continuar en inglés. Y claro, como uno hace siempre que una celebridad —una a nivel de “futuro protagonista de Star Wars: The Force Awakens”— le pide un favor —are you kidding me?— respondo que sí.

“Voy a cantar”

   Además de aquel pseudofracaso que golpeó su ego en los 90, hay otra audición memorable en la vida de Oscar Isaac. Era 2012, tenía 32 años y con guitarra en mano llegó a cantar frente a los hermanos Ethan y Joel Coen con la esperanza de obtener el protagónico de Inside Llewyn Davis. Hasta ese momento había interpretado papeles secundarios en filmes cuyo sello de garantía eran nombres como Rachel Weisz (Agora, 2009), Russell Crowe (Robin Hood, 2010) y Ryan Gosling (Drive, 2011), así que el manojo de nervios de Guatemala estaba a sólo un desaire de hacer implosión.

   “No hay nada como conseguir un papel que deseas, y hasta ahora el mejor de ellos ha sido Llewyn Davis.” Lo que Isaac no dice es que esta cinta fue una de las mejores de 2013. Uno podía salir babeando del cine con sólo poner atención en el diseño de producción —la ambientación de Nueva York en los 60—, pero en realidad la interpretación de Isaac de un cantante fracasado de folk era lo que daba ganas de levantarse a aplaudir.

   A su actuación como Llewyn Davis no sólo hay que elogiarle la forma en que se apropió de temas que alguna vez cantaron Bob Dylan o Jeff Buckley, sino su acoplamiento perfecto al estilo ácido de los guiones firmados por los Coen: como la mayor parte de los personajes de estos maestros del humor negro, supo insertarse en las peores situaciones imaginables —lidiar con el suicidio de su compañero musical y embarazar a la esposa de un amigo— y orillar al público a ese terrible debate entre la risa y el llanto.

Al estrellato

   Los personajes de Isaac son pegajosos. El actor se los lleva a la regadera, al comedor y a la cama. “Suelen seguirme a casa. A veces los recuerdo cuando me estoy bañando y pienso: ‘Rayos, debí de haber hecho esto de tal o cual modo’. El proceso de crearlos es tan divertido que me cuesta trabajo separarme de ellos.”

   Isaac se funde con sus personajes antes de comenzar a filmar. Todo para que cuando ponga un pie en su primer set o locación, no sea él —este tímido guatemalteco y ex fanático de Karate Kid— quien entre a escena, sino alguno de los tipos con “crisis existenciales” que suele interpretar.

   Cuando se preparaba para darle vida a Llewyn Davis, por ejemplo, le pidió a los Coen que le enviaran el vestuario un mes antes del rodaje y decidió usarlo todos los días. “No fue nada complicado, porque usaba la misma ropa toda la película”, dice riendo. Y así, con el mismo saco en pana color miel, mitones verde olivo, bufanda chocolate y zapatos rotos, Oscar Isaac —Llewyn Davis— viajó en metro, estuvo con sus amigos y asistió a fiestas durante 30 días.

   Su siguiente gran papel será Poe Dameron en la séptima entrega de Star Wars. Y aunque la trama de la historia de ciencia ficción que ya filma bajo la dirección de J.J. Abrams se mantiene en absoluta secrecía, habrá que estar atentos: quizá si en la oscuridad del metro neoyorquino brillara una espada láser en la mano temblorosa de un tipo de rizos rebeldes, sabremos que se trata de Oscar Isaac preparándose para su nuevo papel.

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