La voz inquietante de Samanta Schweblin

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Originalmente publicado en Esquire no. 81 (PDF aquí)

No le basta ser una de las mejores cuentistas en español y ganar el IV Premio Internacional de Narrativa Breve. Además, acaba de publicar su primera novela: Distancia de rescate.

     Sara estaba sentada con la espalda recta y las rodillas juntas. Vestía el jumper de la secundaria y llevaba el pelo negro y lacio recogido en una cola de caballo.

—Comés pájaros, Sara.
—Sí, papá.

Se mordió los labios, avergonzada, y dijo:

—Vos también.
—Comés pájaros vivos, Sara.
—Sí, papá.

     Si no es con la historia de esta adolescente que se alimenta de los pájaros que sus padres le compran en la tienda de mascotas, Samanta Schweblin nos estremece con la de una mujer que escupe a su hija nonata en un frasco para conservas, con la de un Papá Noel que destruye a una familia en plena Navidad y con un hombre sirena que tiene la piel helada. Es infalible: Schweblin escribe un cuento, como éstos que forman parte de la antología Pájaros en la boca (2009), y uno siente un pasmo en la cara. El pasmo se prolonga en Distancia de rescate, su primera novela.

     Como cuentista ha ganado reconocimientos como el Premio Casa de las Américas de Cuba en 2008, el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo de Francia en 2012 y, hace un par de meses, el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.

    Su nueva obra inicia acompañada de la ilustración de una maraña de gusanos que muestra la estructura de la historia: un tejido conformado por las voces de una mujer y un chico que dialogan y revelan el conflicto de manera paulatina. Ella se llama Amanda, está en un hospital y morirá en pocas horas. Él es David, el hijo muerto de la vecina de la protagonista. “El chico es el que habla, me dice las palabras al oído”, explica la narradora. Esa sensación llega hasta el lector: la novela se lee y se escucha a la vez.

     Los escenarios y personajes de Schweblin pueden visualizarse con claridad absoluta y uno se siente ansioso por seguirles la pista hasta llegar al punto final. Desde Guadalajara, platicamos con la escritora argentina sobre su obra y lo que le inquieta al escribir.

ESQUIRE: Tus textos siempre son verosímiles. Sin importar lo que narres, cuando uno te lee parece que todo tiene sentido. ¿Cómo lo logras?
SAMANTA SCHWEBLIN: Es algo que me interesa en particular. Hay muchos tipos de literatura fantástica y yo me inscribo en la tradición rioplatense, que no habla tanto de monstruos y vampiros, sino de la posibilidad de que algo extraño, fuera del código de la normalidad, pudiera suceder. Creo que la normalidad es un código social, por lo que a nosotros podría parecernos extraño que alguien coma pájaros vivos, pero en China ocurre algo así con los peces. Es decir, todo depende del código que construimos.

ESQ: Has dicho que te interesa el concepto de “velocidad”. ¿Qué quiere decir eso?
SS: A veces se asocia con lo rápido y superfluo, pero en la literatura —cuando se trabaja bien— puede ser lo contrario. Exige que trates de transmitir la mayor cantidad de información con la menor cantidad de palabras posible. En el momento en el que no sólo logras escribir sobre el papel, sino también en la cabeza de quien te lee, eso es velocidad, porque hay un doble juego. Está lo que escribes tú y lo que escribe el lector.

ESQ: ¿Cómo trabajas eso en tus cuentos y, ahora, en la novela?
SS: Por ejemplo, si yo escribo “afuera hace frío y llueve”, puede funcionar como el final de una novela, pero no como un inicio, porque ya no te estoy dando un universo en blanco, sino algo que ya existe, y tú no puedes construir nada sobre eso. En cambio, hay un cuento de [Raymond] Carver, que dice: “Un hombre manco toca la puerta de mi casa para venderme una fotografía”. ¿Lo ves? Con algo así, uno como lector puede preguntarse muchas cosas: ¿Quién es ese hombre? ¿Cómo tocó la puerta? ¿Por qué me quiere vender una fotografía? ¿Yo aparezco en ella? Esas preguntas están implícitas y eso es velocidad: escribir múltiples ideas en una sola oración y permitir que el lector entre a jugar.

ESQ: ¿Cómo viviste la transición del cuento a la novela?
SS: Fue un paso engañoso. Primero porque es una nouvelle —una novela muy breve— y segundo porque la historia empezó como un cuento. En ningún momento pensé: “Este es el momento de sentar cabeza, como dirían los editores, y dejar este juego infantil de escribir cuentos para embarcarme en el grandísimo proyecto de escribir una novela”. Jamás. Lo que sucedió es que estaba escribiendo un cuento y empecé a tener problemas logísticos con él. A mi cabeza de cuentista le tomó un tiempo darse cuenta de que el problema era que la historia no se podía contar en 10 páginas: necesitaba 130 páginas más. Y aunque ya tenía clara cuál sería la historia, fue muy difícil mantener esa intensidad que yo le exijo al cuento. Para mí lo fundamental es la tensión: si no existe, no vale escribir. Ese fue uno de mis grandes miedos al cambiar de género.

ESQ: En la novela uno tarda en comprender lo que pasa, pero igual no puede dejar de leer.
SS: Es la historia de una madre y su hijita de dos o tres años que van a veranear a una zona rural argentina y sufren un accidente del que no pueden salir, así que la novela es casi como una sesión de psicoanálisis entre dos voces muy desesperadas. Ahí está la tensión, porque saben que el tiempo corre y que pronto van a morir. Es como una especie de tiempo vacío, y se repite una y otra vez la historia para tratar de detectar qué es lo que pasó. La interrogante también la tiene el personaje principal, que quiere saber por qué está varada en ese espacio.

ESQ: Tus cuentos suelen aparecer en antologías. ¿Tuviste miedo de publicar la novela, que es un texto solo?
SS: Sí, un poco, porque es una maquinaria que está sola. Es como armar un barquito de papel: uno lo pone en el agua y no sabe si va a flotar. Cuando uno tiene cuentos se multiplican las posibilidades para poder conectar con el lector. De cualquier modo, creo que siempre va a ser más interesante un libro de cuentos que una novela, porque te da la oportunidad de entrar a un mundo diferente de manera efectiva y rápida. Hay muchos más mundos en un libro de cuentos que en una novela.

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Este soy yo: Eloy Tizón

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Originalmente publicado en Esquire no. 78 (PDF aquí)

ESCRITOR, 50 AÑOS, MADRID

> Leí a Octavio PazPiedra de sol (1960)— a los 16 años, y para mí fue un deslumbramiento absoluto notar lo que se podía hacer con el lenguaje y el nivel de implicación emocional que había en el poema. Fue una lección muy importante para mí, y una vez que aprendes algo así, la enseñanza te dura toda la vida.

> Poetas como Paz y César Vallejo me parecen figuras inalcanzables. Sin embargo, con modestia, intento seguir la senda que ellos marcaron: respeto y exploración del lenguaje hasta agotar las posibilidades casi musicales que tiene, ya que la poesía es prácticamente una cuestión de música.

> Si en tus historias predomina una atmósfera donde lo primordial es el lenguaje y el sonido, eso indica que te iniciaste en la poesía. Ese es justo mi caso. Lo que me fascinó de la literatura en un principio fue el resplandor verbal, y eso puede encontrarse en la poesía a un grado máximo.

> Escribir es como caminar por el filo de un cuchillo: siempre estarás rodeado de peligro. En cualquier momento podrías caer al abismo y encontrar dragones esperándote.

> También es salir de tu zona de confort. Con el tiempo todos desarrollamos ciertas habilidades y la tentación de repetirnos siempre está ahí. Sin embargo, hay que luchar contra eso. A veces empiezo a escribir un texto y lo abandono porque pienso: “Esto ya lo he hecho o he usado una voz parecida”. Para mí la felicidad se produce cuando aparece algo que no había hecho antes. Transitar por un lugar inexplorado te obliga a replantear tu manera de escribir.

> El reto de un escritor es crear algo distinto a lo que ya está hecho, pero sin que sea completamente marciano. Es decir, el terreno en el que nos movemos surge a partir de un diálogo entre la tradición y lo novedoso. Es como pisar arenas movedizas, porque no siempre es fácil dar un paso con firmeza.

> Hay cuentistas grandes y maravillosos como [Raymond] Carver o [Jorge Luis] Borges, pero cuando los lees no puedes dejarte atrapar por su órbita, porque entonces te convertirías en un imitador. Si te sucediera algo así, estarías perdido y sería tu muerte como escritor. Hay que admirarlos, pero sin llegar al punto en que sustituyan tu propia voz. El reto es tratar de digerir y asimilar a los clásicos sin dejarse abducir por ellos.

> Suelo ser bastante sintético al momento de escribir, así que un género que es menos extenso se adapta mejor a mi manera de entender la vida. Me parece difícil escribir una novela de 500 páginas porque la mirada y el aliento que tengo es menor. Eso no quiere decir que sea mejor ni peor, sino que uno debe descubrir en qué terreno se mueve y le es propicio, sin pretender convertirse en un escritor que no es.

> Siempre es complicado dar normas generales sobre un género, pero creo que un cuento debe producir —por llamarlo de alguna manera— una sacudida. Es decir, este género tiene que abandonar los lugares comunes, las estructuras consabidas y debe trazar un recorrido; por ejemplo, describir a un personaje que se expone a una intemperie en la que le pueden suceder situaciones incómodas o simplemente que haya algo que se agite en su conciencia y bulla. En resumen, debe haber una especie de forcejeo para producir vida y movimiento.

> Si tuviera que resumir mi proceso de escritura en una palabra, diría que está basado en el merodeo. Es decir, encuentro un tema, personaje o atmósfera que me interesa o me parece misteriosa por algún motivo, y a partir de ahí empiezo a rondarlo hasta que otros elementos se revelan. Sin embargo, necesito tiempo para eso. Escribo y a veces descarto lo que intuyo que no me llevará al fin que persigo, pero siempre hay mucho rodeo y divagación en torno a mis personajes.

> En mis cuentos no me interesa resolver un misterio, sino arroparlo. La vida es muy misteriosa y me gusta que la literatura lo conserve. No me gustan los textos que lo explican todo, en los que al final todo está claro. Creo que no es grave, ni el lector se siente estafado si algo queda en la penumbra y se le deja un poco a la imaginación.

> Si todo se revelara en un texto, como una habitación completamente iluminada, el lector podría sentirse un poco insatisfecho porque no habría podido poner nada de su parte. Es decir, en muchas ocasiones, el lector se introduce en el texto a partir de lo que los escritores no decimos, de los elementos que están ocultos. Por eso la escritura es un juego de dosificación y no es fácil encontrar una norma que diga “hasta aquí”. En consecuencia, a veces nos arriesgamos a ser crípticos y en ese estrecho margen es donde nos jugamos la validez de un texto.

> Soy muy respetuoso con las lecturas que hacen los demás, porque me he topado con interpretaciones que a mí no se me habían ocurrido de mis propios textos y que me han parecido muy brillantes. El hecho de que existan opiniones dispares es una de las riquezas de la literatura.

> Una vez una persona me dijo que mis cuentos le recordaban al fado, la música tradicional portuguesa. Fue un comentario muy bonito, porque recogía algo de la música y también la melancolía de mis textos.

Nota: El escritor visitó México en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para presentar su libro de cuentos Técnicas de iluminación, publicado por Editorial Páginas de Espuma.