Este soy yo: Luis Scafati

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Originalmente publicado en Esquire no. 81 (PDF aquí)

Dibujante e ilustrador, 68 años, Mendoza, Argentina

> Expreso mis ideas siempre que hago una ilustración, sin importar si es una invención mía o si está inspirada en alguna obra literaria. Pero cuando trabajo sobre un texto ajeno, entro en ese mundo y lo acompaño. Cuando expreso una idea mía en respuesta a un hecho político, por ejemplo, de alguna manera trato que esa imagen sea una metáfora y lleve la carga de lo que quiero expresar.

> La palabra “trabajo” me da un poco de vergüenza. En todo lo que hago siento una especie de placer. Siento que soy privilegiado por poder desarrollar este don que me fue otorgado.

> Me estoy poniendo viejo y siento mucho más placer que antes en hacer lo que me gusta. Ahora hay cosas que me cuestan más trabajo, en el sentido de que he desarrollado una percepción que antes no tenía. Es decir, antes dejaba pasar cosas que ahora me pueden molestar. Antes escapaban un montón de cosas a borbotones, pero hoy pasan por un filtro.

> El dibujo y la escritura son canales similares. Hay muchos escritores que dibujan. Ahí está, por ejemplo, el caso de Günter Grass, que murió hace poco y tiene grabados hermosísimos.

> He ilustrado la obra de [Franz] Kafka en varias ocasiones. La primera fue para La metamorfosis, y ahora para El castillo. Siento que el mundo de ese autor es muy cercano a mi trabajo, pues siempre habla de una situación laberíntica y burocrática. Eso es lo que he tratado de plasmar en mis dibujos.

> Recuerdo la primera vez que leí a Kafka. Yo era muy chico, tendría unos 18 años, y a mis manos llegó un libro con una selección de sus cuentos. Me llamó mucho la atención que algunos de sus personajes no tenían nombres, sino letras: A, B, C. Además me intrigraba la situación escueta por la que se movían y las cosas que les sucedían, que por momentos eran muy irracionales pero a la vez representaban algo. Fue una literatura que me impactó, porque entonces yo había leído novelas como Rayuela, de [Julio] Cortázar, y El llano en llamas, de [Juan] Rulfo, pero el de Kafka era un mundo más hermético.

> Cuando leí La metamorfosis sentí que el protagonista era Kafka, que él era Gregorio Samsa y que se sentía un bicho raro, como le pasaría a cualquier artista en su entorno familiar. Es decir, “ser artista” muchas veces no se acepta en la familia, porque iniciarse en el arte genera un gran temor. A todo chico que quiere dedicarse a ello se le pregunta: “¿De qué vas a vivir?”. A mí todavía me lo preguntan [ríe]. Aún no se entiende muy bien que uno pueda vivir del dibujo y todo eso. Sería más fácil decir: “Vendo refrigeradores y de eso vivo”.

> Siempre me interesó la literatura. En algún momento, cuando era muy joven, pensé en convertirme en escritor. Pero luego leí a autores como Kafka y empecé a contemplar la posibilidad de crear imágenes que tuvieran que ver con esos mundos que leía.

> Mi trabajo como ilustrador nació en el periodismo. Eso me dio cierto poder de síntesis para lograr que una imagen expresara algo concreto en un contexto donde hay mucho ruido visual.

> Mis ilustraciones debían destacarse a la mitad de noticias y anuncios publicitarios, así que buscaba ideas que fueran impactantes. En aquel entonces también trabajé en una revista de ciencia ficción de Buenos Aires llamada El Péndulo, donde ilustré cuentos y poemas. Eso me dio un buen entrenamiento.

> Mientras trabajaba en prensa estudié Artes Plásticas. Mis primeras colaboraciones fueron para una revista llama Hortensia. Mi trabajo era hacer chistes, pero siempre con un ambición por el dibujo.

> El arte me permitió descubrir un mundo que prácticamente desconocía: el contexto de los pintores, con esas vidas tan románticas y llenas de historias interesantes. Además así conocí a Goya y a Klimt. Todo eso fue amasándose dentro de mí y pienso que fue el comienzo de lo que soy ahora.

> Creo que el cine y el video son las artes de hoy, pero un ilustrador contemporáneo le debe todo a la tradición del siglo XIX. Pienso en [Gustave] Doré y tantos otros ilustradores. Ellos heredaron eso a los directores de cine como [Federico] Fellini y su Satyricon (1969), que de alguna manera ilustró un libro de otra época.

> Sé que mucha gente puede no estar de acuerdo con las imágenes que yo creo para un texto. Por eso trato de que estas sean complementos que expanden un discurso. Por ejemplo, en el caso de Kafka, cuando inicia El castillo, el texto dice que alguien viene caminando y se detiene en un puente, que todo está nevado y no percibe nada. Pero como yo ya leí la novela, sé qué es lo que mira, que hay una ciudad que él no puede ver. Hay una especie de “gran ojo” y ese es el extra que yo le pongo: es mi mirada sobre el tema.

> Cuando era más joven le preguntaba a mis hijos si entendían mis dibujos. Siempre he necesitado que mi trabajo se entienda. Es una obsesión para mí. Algunas de mis imágenes pueden tener momentos complejos y ser difíciles de interpretar, pero así son los sueños: uno se esmera en encontrar claves para entrar en ellos.

El hotel de lo real

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Originalmente publicado en Esquire no. 79 (PDF aquí)

En su primera novela, El telo de papá, la argentina Florencia Werchowsky aprovecha su ingenio y buen humor para narrar las anécdotas que sólo le ocurren a alguien cuyo padre es dueño de un motel.

     Las anécdotas de Florencia Werchowsky eran el número estelar de sus fiestas. Ella aún trabajaba como periodista en Argentina, y era común que las reuniones a las que asistía terminaran en medio de carcajadas. Todo gracias a las historias que narraba sobre el motel (telo, en Argentina) que su papá tenía en una carretera de la Patagonia, donde nació.

    Florencia escribió El telo de papá por dos motivos: tenía ganas de ser novelista y miedo a que alguno de sus amigos le robara sus historias. Seleccionó las anécdotas que publicaría, le dio vueltas al título (porque, claro, fuera de su país no todo el mundo entiende qué es un telo), decidió que el tono humorístico permearía el libro de principio a fin y superó que su madre le retirara el habla por ventilar lo que ella consideraba sus “turbulencias familiares”.

   El resultado es una prosa divertidísima que retrata cómo fue crecer en los años noventa en Argentina, y hace sentir al lector como si Florencia le confesara las locuras de su vida en medio de un café. En estas páginas presentamos algunos extractos de las mejores escenas de El telo de papá.

ESQUIRE: ¿Cómo balanceaste tus anécdotas personales con la ficción de la novela?
FLORENCIA WERCHOWSKY: Me tomó dos años escribirla. Fue difícil porque sí soy la hija del dueño del telo de un pueblo [ríe]. A partir de ese escenario construí una galería de personajes y situaciones que fuesen apropiadas para reunir las particularidades del lugar en el que crecí. El problema con las historias es que fueron tan extraordinarias que corrían el riesgo de no parecer verosímiles.

ESQ: El tono me encanta, parece que le estás contando tu historia a un amigo.
FW: Traté de concentrarme mucho en lograr eso. Por cierto, hoy me acordé de otra anécdota increíble: una noche alguien llegó a asaltar el hotel, así que una de las mucamas salió armada al bosque. Lanzó un disparo al aire, pero éste pegó con un cable y se fue la luz en todo el lugar.

ESQ: ¿Y por qué no la integraste al libro?
FW: Vos entendés lo improbable de la situación. Si lo contaba en la novela, todo el mundo iba a decir: “Qué exagerada, nunca podría suceder algo así”. Pero eran cosas que pasaban. Además, tuve la suerte de tener un papá muy creativo. Él inflaba las historias al momento de contarlas. Si acaso narro algo que no parezca verosímil, es culpa suya [ríe]. 

ESQ: La complicidad con tu padre es extraordinaria. ¿Siempre ha sido así?
FW: Sí. Tuvo sus vaivenes, pero mi papá es un tipo muy simpático, de gran corazón y está absolutamente loco. Yo soy la única de sus hijas que tolera todos sus malos comportamientos y berrinches. Entonces, como yo lo perdono, él me perdona. En ese territorio, en esa Franja de Gaza con banderita blanca que hemos creado entre nosotros, podemos construir una relación de mucho cariño y de complicidad.

18 minutos con Andrés Neuman

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Originalmente publicado en Esquire no. 75 (PDF aquí)

Cuando publicó su primera novela, a los 22 años, fue finalista del Premio Herralde y el escritor chileno Roberto Bolaño elogió su prosa como una de las mejores del siglo XXI. En sólo 15 años este argentino ha publicado más de 20 libros —novela, cuento, poesía y ensayo— y ahora presenta su más reciente antología poética: Vendaval de bolsillo, bajo el sello de Almadía. Este es un extracto de los minutos que pasamos con él.

> 00:43         

No quería que Vendaval de bolsillo fuera una antología tradicional en la que los poemas están organizados en orden cronológico, porque eso puede ser aburrido y disperso. Las antologías contienen tantos tonos y épocas de la vida de un autor que pueden transmitir una impresión difusa de él. Por eso decidimos estructurar este libro con una lógica interna y una narración subterránea.

> 03:35         

Uno tiende a ver la realidad en blanco y negro. La gente te pregunta: “¿Eres feliz?” como si hubiera una respuesta para ello, como si pudieras decir sí o no. Sin embargo, cuando uno está en contacto con el arte y la ficción —o en este caso, con la poesía— se crea una conciencia de lo agridulce, del contraste, del gris. Y entonces se percibe que hay una extraña belleza en lo oscuro y lo doloroso, que hay algo misteriosamente cómico en la tragedia y que hay algo terriblemente aterrador en la serenidad.

> 06:16         

Siempre que se reedita un libro mío, lo reescribo. No por arrepentimiento, sino porque un texto es un organismo vivo. ¿Quién soy yo para decir que se ha terminado? El que se terminará soy yo, porque me moriré, pero el texto no se termina nunca. Y no porque yo lo vaya a reescribir, sino porque cada vez que alguien lo lea se va a modificar.

> 06:40         

La publicación es un accidente. Uno publica para desembarazarse del texto y poder hacer algo nuevo. De otro modo, uno no saldría nunca de un texto.

> 08:15         

Cuando recibo una caja de libros míos recién publicados la tomo con precaución, con una mezcla de cariño y temor. Hojeo uno de los libros para ver si los pliegos están en desorden, pero luego lo vuelvo a cerrar y lo contemplo con un amor cauteloso, como pensando: “No me voy a acercar mucho, porque me va a morder”.

> 09:27         

Soy argentino, pero también soy español. Además de tener las dos nacionalidades, tengo raíces en ambos lugares. Como suelo decir con cierta tristeza: mi madre nació en Argentina y murió en España, y nadie razonable podría elegir entre la cuna y la tumba de su madre. Esto tiene repercusiones idiomáticas. No siento que tenga un dialecto real y uno falso, sino que tengo dos. El argentino y el ibérico me resultan igualmente naturales.

> 10:37         

Desde niño he sentido que vivo en un cuento de Cortázar, donde hay una puerta que conduce a otro lado. De puertas para adentro, vivía en Argentina —en el microclima familiar— y en cuanto se abría la puerta salía a jugar a España. Es decir, la frontera entre los dos países era solamente una puerta. Ahora siento que escribo con esa sensación, y cada vez me interesa más quedarme debajo del marco, como en los terremotos.

> 12:56         

Las estrategias que he seguido proceden de la perplejidad ante mi lengua materna. Es como si mi oreja derecha estuviera en un lugar, la izquierda en otro y mi boca tratara de unificar los intereses de ambas. Eso me costaba trabajo al principio, pero al cabo de unos años de escolaridad en España, empezó a convertirse en un mecanismo automático. Ahora ya no puedo pensar en castellano sin sospechar de mi léxico, sin someter todo lo que digo a una observación. Es decir: lo que antes era un mecanismo de supervivencia se ha convertido en una demencia inevitable.

> 14:04         

Los elogios —al menos si eres una persona con un mínimo de autocrítica y lucidez— no hacen más que asustar. Lejos de infatuarme o darme seguridad, a mí me hacen sentir miedo. Cada vez soy más inseguro y ahora tengo más miedo de publicar que cuando empecé a trabajar. En aquel entonces no tenía nada que perder. Creía que sabía escribir y estaba seguro de mí mismo porque tenía 20 años. Sin embargo, ahora me aterra defraudar a la gente.

> 15:27         

Sigo escribiendo por la misma razón por la que lo hacía a los nueve años: porque si no escribo, me quiero morir.

> 16:06         

Siempre he tratado de hacer detonar mis puentes. Es decir, trato de que mis libros no sólo no se parezcan sino que, formalmente hablando, prácticamente se opongan. La coherencia es involuntaria e inconsciente: viene de nuestros fantasmas y nuestras obsesiones. Es recurrente en nosotros, queramos o no. Es como cuando uno se enamora y dice: “No voy a cometer los errores del pasado”, y luego cae en ellos aún cuando tiene la honesta voluntad de no recaer. Con esto quiero decir que aunque los libros sean muy distintos, tus obsesiones van a abrocharlos y a tender un hilo conductor entre ellos.

> 17:54         

He tenido muchos trabajos absurdos, pero no los pongo en la solapa de mi libro porque nunca he entendido qué tiene que ver eso con mi obra literaria. Uno de esos empleos fue en una empresa de montaje de cortinas. Ahí los empleados se hacían cada vez más rápidos y eficientes por movimientos de repetición. Al principio yo ponía equis número de argollas por minuto y al cabo de seis meses ponía el doble. Sin embargo, la poesía no funciona así. La idea es que cada argolla es una idea radicalmente distinta a la anterior y, en consecuencia, tienes que averiguar para qué sirve cada una. Trato de no perder esa sensación y quizá cambiar de género literario —pasar de un poema breve a una novela— o tratar que los libros sean distintos, porque eso me ayuda a recordar que el estilo es lo contrario de la fórmula y que a veces confundimos una cosa con otra.