En medio de extrañas mentes

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Originalmente publicado en Esquire no. 63 (PDF aquí)

En el librero de Daniel Saldaña París hay un diccionario de temas náuticos de los años cuarenta. El mexicano de 29 años dice que le gusta porque compila la terminología del viejo lobo de mar. Antes, en ese mismo espacio, había uno de ciencias forestales —que describía 80 tipos de maderas distintas— pero “en un momento de entusiasmo” se lo regaló a un amigo. Daniel colecciona diccionarios porque piensa que las entradas de algunos de éstos pueden leerse como si fueran cuentos. Uno de sus favoritos es el Tesoro de la lengua castellana, volumen de Sebastián de Covarrubias que describe al cazador de tigres como un hombre que debe proveerse de una bola de cristal. Es como leer a Borges en un diccionario del siglo XVII, dice el autor.

Daniel le da un cierto aire a Harry Potter: complexión delgada, pequeños ojos claros detrás de unos anteojos de micas redondas, rebelde cabello oscuro y bufanda. Si acaso, su aspecto físico se diferencia por la barba rala. Daniel estudió Filosofía, trabajó en la revista Letras Libres y posteriormente incursionó en la poesía. En medio de extrañas víctimas es la primera novela de un escritor que no encaja en el cliché del escritor: no asegura estar siempre insatisfecho con sus textos ni se sienta “románticamente en cafés a emborronar cuadernos”, sino que escribe en el estudio de su casa, cerca de los libros que puede consultar. Además, se come las uñas cuando un crítico lo destroza. No puede aparentar que nada le afecta.

Su libro se lee en un suspiro. Quien se pierde en él es el tipo de lector que atrae miradas de sospecha cuando suelta una carcajada en público porque la prosa lo atrapó y se olvidó del mundo. La obra relata la historia de Rodrigo, un burócrata que se siente asqueado por el entusiasmo de lo cotidiano y acepta casarse con una colega del trabajo —una exaltación de la normalidad que tanto rechaza— por mera inercia. Es un retrato caricaturesco del estado de reposo en el que sumimos nuestras vidas. Daniel Saldaña París nos dice más al respecto.

ESQUIRE: La poesía implica una síntesis de imagen y conceptos. ¿Escribir En medio de extrañas víctimas, e incursionar en la novela, se dio con naturalidad?

DANIEL SALDAÑA PARÍS: Fue una liberación en el sentido en que me apetecía escribir algo de largo aliento. La poesía en general, además de esta característica sintética que tiene, me exige un cierto estado de ánimo, una cierta disposición de la tensión que no se da con mucha frecuencia. Por eso escribo muy poca poesía y en muy pocas ocasiones. En cambio la novela me permitió redactar de una manera más sistemática y disciplinada. Si no escribo poesía porque estoy esperando a que se me ocurra algún poema, me pongo muy ansioso.

ESQ: Tu novela es casi como una caricatura: está llena de humor y exageraciones. ¿Así concibes la vida en general?

DSP: En general soy burlón, pero en la novela traté de manejar un tono exagerado. Como lector me gustan los textos que rayan en lo caricaturesco, donde los personajes surgen de prototipos esbozados en tres o cuatro líneas. Aunque también es verdad que practico el sentido del humor en la vida cotidiana. Me parece que es un modo de conocimiento y una herramienta de acercamiento al mundo.

ESQ: El uso del vocabulario es muy notable en la novela. En general, en la vida diaria, ¿lo desaprovechamos?

DSP: Sí, completamente. Creo que en el día a día nos restringimos a un vocabulario mínimo. También yo lo hago, porque acudimos a las palabras del registro cotidiano. Por eso me parece importante tener presente ese mundo con matices precisos, que ayudan a decir algo puntual y sin necesidad de recurrir a una palabra dominguera que no exprese justo lo que necesitas. A la hora de escribir, vale la pena tratar de incorporar todo aquello que proviene de lecturas de diccionarios.

ESQ: En medio de extrañas víctimas inicia en primera persona. Luego cambia a tercera. ¿Por qué elegiste esta estructura?

DSP: El registro de la voz del personaje que habla en primera persona es muy fuerte. Son monólogos interiores de una estructura específica que me apetecía romper por cuestiones de ritmo, para que éstos no se volvieran tediosos o densos. Por otro lado, me interesan los juegos verbales de la primera parte de la novela, que se titula “La terca persona”, pero está escrita en primera. Es decir, es un juego que también está presente en mi poesía: se trata de dislocar los tiempos y las personas narrativas.

ESQ: Rodrigo, el protagonista, rechaza el entusiasmo de la gente promedio. ¿Esto le sucede a los escritores en general?

DSP: No estoy seguro de que a todos, pero a los que más me interesan, sí. Hay una incomodidad frente al mundo, una especie de hartazgo que te lleva a imaginar otras cosas o a tratar de comunicar las ya existentes, pero tampoco creo que sea una condición de todos los escritores. Hay muchos a los que veo muy contentos. Supongo que dejas de estar torturado cuando te empieza a ir mucho mejor. Por ejemplo, si ganas el Nobel es más difícil estar así.

ESQ: En la novela reflexionas en torno a la conversación como intercambio. ¿Ésta se establece entre autor y lector?

DSP: Sí, yo no sabía que existían los lectores porque sólo había publicado poesía y nadie me leía a menos de que yo lo conociera. Eso es lo que suele pasar con los poetas. Yo conocía la dirección y el teléfono de todos mis lectores. Así que ahora, con la novela, ha sido muy grato descubrir gente que no conozco pero que leyó algunas cosas que yo dejé en el texto por si alguien se las encontraba. Descubrir esa posibilidad de diálogo es quizás una de las cosas más ricas de escribir una novela.

ESQ: Cuando publicas un texto, ¿es difícil enfrentar las críticas?

DSP: Sí, es horrible. No sé hacerme el cool. Me encantaría ser de esos escritores que reciben malas reseñas y dicen: “No me importa, mi trabajo ya está hecho, yo no leo las reseñas”. Yo me muerdo las uñas, compro todas las revistas, leo todos los blogs y googleo mi nombre masoquistamente para ver dónde me están destrozando. Me arruino el día y llamo por teléfono a medio mundo para decirle: “¿¡Ya viste cómo me destrozan!?”. Es horrible. La paso muy mal y tendría que dejar de hacerlo, pero no sé cómo.

ESQ: Como lectores, cada vez somos más exigentes. Hoy día, ¿qué textos te interesan?

DSP: Ahora me interesa la novela, pero en otros momentos de mi vida los géneros predominantes fueron poesía y ensayo. Como estudié Filosofía, mi vocación lectora se vuelca hacia lo ensayístico. Sin embargo, ahora estoy clavado con novelas de la posguerra en Estados Unidos: Saul Bellow y William Gaddis forman parte de mis predilecciones personales, que no se agotan. También me gustan mucho los autores de entreguerras en Europa. Elias Canetti y toda la tradición del centro de Europa provocan que me sienta extrañamente identificado.

Foto: Valentina Siniego

Vivir el presente

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Originalmente publicado en Esquire no. 63 (PDF aquí)

Una de las actividades favoritas de Bill Nighy es caminar con su familia por las calles de Londres. Es un amante de los detalles simples de la vida. Por eso se asemeja a Dad -su personaje en About Time, la nueva película de Richard Curtis-, quien disfruta la literatura, el té a media tarde y el cine a la intemperie. El verdadero reto de la existencia, piensa este inglés, es poner atención al presente sin preocuparse por los errores del pasado o las dificultades que pueda acarrear el futuro.

En la cinta, Nighy es un papá con dos retos: enseñar a su hijo de 21 años (Domhnall Gleeson) a viajar al pasado y, a la vez, convencerlo de que el trayecto es innecesario si uno sabe construir una vida que se pueda disfrutar a cada instante, con sus altas y sus bajas. En el mundo real, Nighy -quien dio vida a Davy Jones en Pirates of the Caribbean: Dead Man’s Chest (2006)- es un hombre de 63 años que ha decidido que vivir para perseguir el éxito es una pérdida de tiempo. Ahora lo que más disfruta no sólo es pasear por la ciudad a pie, sino prestar atención a todo lo que acontece mientras camina.

Ésta es la segunda ocasión en que el intérprete trabaja bajo la dirección de Curtis. Antes colaboraron en Love Actually (2003), donde Nighy interpretó a una estrella de rock que canta «Christmas Is All Around». El guión de About Time llegó a manos del ex rockstar acompañado de una nota donde Curtis explicaba que ésta sería la última cinta que dirigiría en su vida (esperamos que esto no sea cierto por la felicidad de quien disfruta de un filme con una estructura narrativa no lineal, personajes profundos, diálogos divertidos e inteligentes, y grandes actores). Nighy aceptó de inmediato.

Al viajar al pasado, Tim -hijo de Nighy en el filme- no puede matar a Hitler o evitar la construcción de la bomba atómica, pero sí tiene la habilidad de revisitar su propia vida y corregir pequeños errores. Y así, en medio de secuencias hilarantes, conoce a Mary (Rachel McAdams), con quien descubre que la felicidad genuina no requiere de una máquina del tiempo para convertirse en realidad.

El último viaje que padre e hijo realizan en la cinta es para revivir un instante cotidiano. La oportunidad de repensar su propia vida es lo que provocó que Nighy no sintiera que About Time fue un trabajo, sino una oportunidad para apreciar la importancia de atesorar los recuerdos más simples del pasado. Quizá la lección de esta historia sea que no hay instantes banales, que caminar a pies descalzos por la arena podría ser el momento que valga la pena recordar antes de morir.

ESQUIRE: ¿Cómo resumiría el argumento de About Time

BILL NIGHY: El principio filosófico de esta película es maravilloso. Sé que la gente ya lo ha escuchado antes, pero en esta cinta es en verdad profundo: se trata de luchar por prestar atención al momento que estás viviendo, en lugar de mortificarte por lo que ya pasó o sentirte amenazado por lo que podría ocurrir mañana. No hay que inventar vacíos en la vida y sentir que falta algo. Las cosas cotidianas son las más importantes, las que hay que atesorar.

ESQ: ¿Usted realmente vive así?

BN: Lo he intentado durante años. De verdad trato de poner atención cuando voy por la calle. Camino mucho. Me encanta hacerlo. Me gusta acostarme bajo los árboles y mirar el cielo; pensar que estoy vivo y soy un hombre con mucha suerte. Vivo en un lugar hermoso. En Londres estoy rodeado de belleza y trato de disfrutarla cada día. Creo que justo de eso trata la película de Richard [Curtis]. Vivir de este modo te da energía y esperanza. Es mucho mejor que la otra forma de vida, donde te permites experimentar un nivel de ansiedad que tiene efectos corrosivos y se roba tu día. Cuando vives así, llegas al final de una jornada y te das cuenta de que realmente te perdiste de mucho, que estabas tan concentrado en algo en particular que difícilmente puedes recordar otras cosas. Sin embargo, cuando llegas a mi edad, tomas conciencia del tiempo y dices: «Oye, esto es precioso». Y no permites que tu tiempo se oscurezca por algo estático.

ESQ: ¿La actuación no se trata de eso en general? ¿De atesorar cada momento?

BN: Sí, ésa es la idea. Lo intentas, pero a veces es muy difícil de lograr. La gente tiene muchos sistemas y técnicas, como meditación, cosa que yo jamás he hecho. Yo escucho música. Es mi nuevo método para iniciar el día. Lo recomiendo muchísimo. Lo que hago es crear un playlist de temas de artistas que van de John Lee Hooker a Van Morrison. Todos ellos son brillantes y tienen algunas de las grabaciones más hermosas que se han hecho. En esa lista tengo temas como «Wasted Years», «Don?t Look Back», «I Cover the Waterfront», «It Serves You Right to Suffer» y «Travellin? Man». La escucho en la mañana. Me siento, cierro los ojos y me concentro en la canción. No es una mala manera de iniciar el día.

ESQ: ¿Qué piensa de Domhnall Gleeson, que interpretó a su hijo en la cinta?

BN: Domhnall es un hombre adorable, de verdad adorable. La pasamos muy bien durante el rodaje de About Time. Trabaja arduamente y sin quejarse. No quiero que parezca que lo estoy recomendando, pero en verdad es divino trabajar con él. Fue muy sencillo y cómodo interpretar nuestras escenas juntos.

ESQ: ¿Y qué hay del aspecto mágico de la historia? Lo de los viajes en el tiempo…

BN: Me gusta que no es ciencia ficción tradicional. No tienes que usar ropa chistosa, subirte a una máquina ni decir cosas extrañas. Para viajar al pasado sólo debes estar en un lugar oscuro -en una alacena o clóset- y cerrar los ojos. También me gusta que sólo puedes ir a lugares en los que ya has estado, sin alterar el resto de la historia. Creo que eso es muy inteligente. Al mismo tiempo es importante que Tim [su hijo en la cinta] sólo utiliza esta herramienta para ayudar a la gente que ama. Todo esto se trata de aprender a poner atención a lo que te rodea; a tu familia, por ejemplo. Y, bueno, a la larga, comprender que no necesitas viajar en el tiempo para lograrlo.

ESQ: ¿Es cierto que no le gusta ver las películas en las que trabaja?

BN: Sí, es cierto. Ni siquiera planeo ver About Time en un futuro. Lo que sucede es que no trabajo en cine para mí, sino para otras personas. Es una estrategia que me hace sentir muy contento. En algún otro momento de mi vida sí las veía, pero no me sentía cómodo atestiguando mis actuaciones. 

ESQ: Si pudiera viajar en el tiempo sólo una vez, ¿a dónde iría?

BN: Me hubiera gustado estar en primera fila en el Apollo Theatre, en Nueva York, en 1962 cuando James Brown dio ese legendario concierto que ahora conmemoramos en el álbum Live at the Apollo. No tengo la menor duda de que debió de haber sido maravilloso. Dicen que Elvis Presley veía a James Brown todas las noches y que Michael Jackson inspiró su carrera en él. Sus movimientos desafiaban la física y te llevaban a pensar cómo era posible que alguien se pudiera mover en el escenario de esa manera.

ESQ: Richard Curtis parece ser un hombre muy amable, pero ¿cómo es durante un rodaje? 

BN: Richard es un director capaz de crear un ambiente agradable porque, claro, él es un hombre muy amable. Es sumamente cortés y jamás, jamás, pierde el temperamento. De hecho, por eso pienso que todo sale bien en sus películas. Creo que quien levanta la voz en un set de filmación entra en un plano amateur y deja de ser un pro?fesional. Ésa es mi visión. No considero que la mala conducta y el arte puedan convivir. Richard es un hombre con clase porque eso es lo que se necesita para ser un director: tener tacto y ser respetuoso con la gente en todo momento. Si eres así, todo saldrá bien. Los días en que la mala con?ducta podía confundirse con talento han quedado atrás.

ESQ: About Time es una gran película. ¿No intentó convencer a Richard Curtis de que no dejara el cine?

BN: Para ser honesto, no creo que vaya a ser su última película. Pero tienes razón, el guión es tan maravilloso que, tan pronto empecé a leerlo, quise aceptar el papel. Y eso no lo debes hacer hasta que terminas de leer [ríe].  Sin embargo, en este caso supe que el papel era grandioso y durante la producción la pasamos de maravilla. Lindsay Duncan, quien interpreta a mi esposa, y Rachel [McAdams] son extraordinarias. Además me encantó estar en Cornwall. La casa en la que filmamos es real: alguien vive en ese acantilado con vista a la playa. Imagino que durante el invierno debe ser fría, pero yo podría vivir ahí.

ESQ: Parece que últimamente ha tenido mucho trabajo. ¿Ya terminó las secuelas de Page Eight, con David Hare?

BN: Sí, hicimos dos: Turks and Caicos y Payne and Redemption. Johnny Worricker ha sido un gran papel para mí y he trabajado con David varias veces. Él es otro director ejemplar. Es brillante y cuando estás en un set con él convives con un hombre cortés, entusiasta y capaz de impulsarte.

ESQ: ¿Se planeó como una trilogía desde el principio o se hicieron estas cintas tras el éxito de la primera, que apareció en televisión?

BN: No lo sé. Cuando recibí el guión de Page Eight fue una situación casi cómica para mí. Había trabajado con David durante toda mi vida adulta como director de teatro y como escritor y, de pronto, decidió escribir el tratamiento de una película en la que no sólo me ofrecía el papel principal, sino que él mismo dirigiría. Recuerdo que le mandé un mensaje para decirle: «¡Hagamos tres!». Lo planteé como una broma porque me parecía un muy buen proyecto y quería extenderlo tanto como fuera posible, pero no imaginé que al final se haría realidad.

ESQ: ¿En qué otro proyecto estará trabajando?

BN: Lo siguiente será Pride, una cinta escrita por Stephen Beresford. La película retrata la increíble historia de un grupo de gays que, en 1984, se dan cuenta de que los mineros la están pasando mal así que, durante los primeros días del Gay Pride, salen a recolectar dinero. Y como en el grupo hay una lesbiana llamada Steff, deciden llamarse The Gay and Lesbian Miners? Support Group. Sin embargo, aunque juntan una buena cantidad de donaciones, cuando el National Union of Miners se entera de sus preferencias, rechaza la ayuda. Lo increíble de la historia es que estas personas se convirtieron en unos de los mejores recaudadores de su época. Pride relata cómo se involucraron con otras personas, se aceptaron y colaboraron en beneficio de ambas partes.

ESQ: Hay rumores de que habrá una secuela de The Best Exotic Marigold Hotel. ¿Son ciertos?

BN: Sí, regresaremos a la India. Nadie pensó que sucedería [ríe]. Pero sí, ése es el plan. Creo que hicimos una buena película que atrapó la atención del público y por eso haremos una segunda parte. Ya leí el primer borrador del guión y es muy, muy bueno. John Madden volverá a dirigirla. Judi [Dench] y Maggie [Smith] también estarán de vuelta. Con un poco de suerte, comenzaremos a filmar a fin de año.

Mario Bellatin: el libro como vacío

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[esquirelat.com]

Mientras aún hay quien alimenta el cliché del literato que escribe con papel y pluma en parques y cafés, Mario Bellatin redacta novelas en su iPhone. El argumento de su próxima obra le vino a la mente durante un viaje a Bangladesh. La aventura de Antonioni fue producto de 50 horas que el mexicano -a quien de nacimiento le falta el antebrazo derecho- dedicó a teclear en el aparato que protege con una funda rígida de Mickey Mouse.

Mario Bellatin no escribe apoyando las yemas de los dedos sobre la pantalla del iPhone, sino con un lápiz especial. Con el brazo izquierdo lo recupera de la bolsa de su camisa para enseñárselo a Valeria Luiselli, escritora que recién publicó La historia de mis dientes y le acompaña en el encuentro con sus lectores durante la FIL Guadalajara.

Valeria dice que leer las novelas de Mario es como respirar en medio de un mundo literario lleno de ruido. La prosa del autor es simple y precisa; libre de distracciones. El hombre dinero, su libro más reciente -y el cuarto que publica con Sexto Piso-, narra la historia de un individuo que vive torturado por dificultades económicas. En la vida real, el novelista ha confesado tener conflictos con el dinero: se resiste a la idea de vivir sometido por cualquier convención social.

Mario Bellatin escribe una novela tras otra porque la literatura le plantea conflictos que sólo puede resolver escribiendo. Es como un círculo vicioso: escribe para intentar responder aquello que la escritura misma le cuestiona. Por eso a veces las técnicas de redacción tradicionales dejan de bastarle. El mexicano aprovecha las funciones su iPhone -o registra sus ideas con una cámara de video- porque el lápiz y papel le quedan cortos. Quien escribe -dice no debe preocuparse sólo por concluir un texto, sino por el proceso detrás de éste.

El autor de Gallinas de Madera y El libro uruguayo de los muertos no trabaja con un plan de por medio. No concibe personajes ni define el lenguaje con premeditación. No se sienta a escribir pensando en concluir una novela, sino que redacta ideas aisladas que terminan por entretejerse hasta confluir en un gran texto. Para Mario Bellatin, un libro no es un producto final, sino vacío. Es la huella de un proceso; el recordatorio de que nunca hallará respuestas suficientes y por ello no le quedará más que seguir escribiendo.

Mr. Owen

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Originalmente publicado en Esquire no. 62 (PDF aquí)

Británico. Reservado. Sabe vestir un buen traje y apreciar una pieza de alta relojería. Es imposible que el nombre de Clive Owen no se traduzca en elegancia. Sólo él pudo haber combatido a los sajones del siglo XVI (King Arthur, 2004), salvar al mundo de quedarse sin población (Children of Men, 2006) y retratar el desenfreno de Ernest Hemingway (Hemingway & Gellhorn, 2012). A más de 20 años de haberle visto por primera vez en televisión, sigue fascinando bajo los reflectores que captan su mirada aceitunada cuando aparece en escena.

Aunque su sonrisa suele ser discreta y en un sinnúmero de fotografías posa con seriedad, Clive Owen disfruta la vida al máximo. Puede asistir a un partido del Liverpool, pasear por las calles de Londres o comprar uno de los objetos que más aprecia: un reloj. A petición de Jaeger-LeCoultre, el actor ha formado una alianza que conjuga la sofisticación de esa casa suiza con su pasión por los guardatiempos y la estética. Con motivo de la celebración del 180 aniversario de la firma, Clive Owen nos habló de las tres películas que tiene en puerta y de aquello que más aprecia de la vida a sus 49 años.

ESQUIRE: Han pasado cinco años desde que apareciste en una de nuestras portadas. ¿Qué lecciones de vida has aprendido desde entonces?
CLIVE OWEN: Creo que lo más importante es estar cerca de tus hijos tanto como puedas porque crecen muy rápido.

ESQ: Te hemos visto como rey y salvador de la Tierra. Cualquiera diría que estás a un paso de convertirte en superhéroe. ¿Te gustaría trabajar en este tipo de películas?
CO: Amo toda película que esté bien hecha y cuente con buenas actuaciones, pero tiendo a gravitar hacia la interpretación de personajes imperfectos, no hacia los heroicos. Usualmente son más interesantes.

ESQ: ¿Qué es lo que más te atrae de un guión?
CO: El diálogo es muy importante para mí. Un guión bien escrito es la herramienta con la que un actor puede trabajar. No tiene caso protagonizar una buena historia con personajes que no hablan bien. Un mal diálogo te hace lucir como un mal actor.

ESQ: No hay mujer del mundo que no se enamoraría de ti. ¿Cómo has logrado mantener un matrimonio de 20 años con tu esposa?
CO: Soy muy afortunado y tuve la bendición de casarme con una mujer muy especial que además es una gran mamá.

ESQ: ¿Cuáles son los retos de proteger tu vida privada a pesar de ser una figura famosa?
CO: Trato de mantener la cabeza abajo, alejarme de los reflectores y no ir a sitios que están de moda.

ESQ: Has dicho que jamás dejarías Londres. ¿Qué es lo que más amas de esta ciudad?
CO: Es mi hogar. Londres es una ciudad increíble llena de restaurantes e increíbles lugares para comprar. Dos de mis restaurantes favoritos son Cigala y Murano.

ESQ: Próximamente te veremos en tres películas: Blood Ties, Words and Pictures y The Last Knights. ¿Qué podrías decirnos acerca de estos filmes?
CO: Son tres cintas muy diferentes. La primera, Blood Ties, se sitúa en Nueva York en los años setenta. En esta película interpreto a un criminal que acaba de ser liberado de prisión y tiene una relación complicada con su hermano, que es policía. En Words and Pictures personifico a un profesor inglés que está apasionado por las palabras y aparece la brillante Juliette Binoche. Por último, en The Last Knights interpreto a un guerrero que debe vengar la muerte de su amo.

ESQ: ¿Cómo fue trabajar con el director Guillaume Canet y hermosas actrices como Mila Kunis y Marion Cotillard en Blood Ties?
CO: ¡Guillaume fue increíble! Me volví su fan cuando vi Tell No One, el thriller que estrenó en 2006, y Little White Lies, el drama de 2010. Y, en cuanto a las actrices, tuve la suerte de que no sólo son talentosas, sino que es increíble trabajar con ellas.

ESQ: Tu carrera empezó en televisión. ¿Te interesaría volver al medio?
CO: Estoy grabando una serie de 10 capítulos en Nueva York. El director es Steven Soderbergh, se llama The Knick y saldrá al aire en 2014. Está situada alrededor del Hospital Knickerbocker, en el downtown neoyorquino en 1900.

ESQ: Ernest Hemingway es uno de los grandes personajes que has interpretado. ¿Cuáles son los retos de trabajar en un papel así?
CO: Tuve la gran fortuna de inspirarme en un guión muy bien escrito y estructurado. Leí todo lo que Hemingway publicó e investigué tanto como pude. Después sólo trabajé con el equipo de filmación.

ESQ: Has actuado durante más de dos décadas. ¿Qué es lo que más atesoras de tu carrera?
CO: Me siento extremadamente afortunado de haber tenido las oportunidades que se me presentaron. Eso es lo que atesoro, que aún me siento inspirado y emocionado por la extraordinaria gente con la que trabajo.

ESQ: Ya llevas tiempo trabajando con Jaeger-LeCoultre. ¿Qué te atrajo de la marca como para aceptar colaborar con ella?
CO: Era y soy un gran fan de la colección Amvox. Eventualmente Jaeger-LeCoultre se acercó a mí ofreciendo la posibilidad de que me hiciera amigo de la marca. La aproximación fue muy orgánica.

ESQ: ¿Tu percepción con respecto a la manufactura de relojes ha cambiado desde que te involucraste con Jaeger-LeCoultre?
CO: Cuando visité la fábrica pude entender lo que implica el proceso de ensamblar una pieza de alta relojería. Estoy impresionado con la habilidad, paciencia y cuidado que se pone a cada pieza que hacen.

ESQ: ¿Qué es lo que más te gusta y lo que más valoras de la alta relojería?
CO: Usar un reloj es como caminar con una pieza de arte en tu muñeca.

ESQ: ¿Tienes algún Jaeger-LeCoultre favorito?
CO: Sí, por el momento es el Jaeger-LeCoultre Gyrotourbillon. Es una increíble pieza de ingeniería, de manufactura exquisita y que luce hermosa.

El señor minimalista

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[Esquire no. 62]

Al otro lado del teléfono, Michael Nyman dice que me envidia. Está en Londres, pero ansía volver a México. Aunque el compositor viajó a su ciudad natal para trabajar, vive en la colonia Roma desde 2008. A unos meses de cumplir 70 años, pasa sus días filmando cortometrajes y labrando el monumental proyecto que se impuso hace un año y planea concluir en marzo de 2014: componer 19 sinfonías (diez más que Beethoven). Nyman habla con calma. Su voz es tan delicada como las notas más sutiles de The Piano (1993), banda sonora que le otorgó el éxito internacional que merecía desde que trabajó para Peter Greenaway en los años ochenta. Con el director galés concibió la música de cintas como The Cook, the Thief, His Wife and Her Lover(1989), A Zed and Two Noughts (1986) y Drowning by Numbers (1988). La dupla de artistas formó la mancuerna perfecta: Greenaway como el genio visual cuyos fotogramas eran en sí mismos una obra de arte, y Nyman como el compositor minimalista que rompía los parámetros establecidos por Hollywood. A casi 40 años de haber iniciado su carrera de compositor, Nyman comparte con Esquire sus ideas sobre la música y planes a largo plazo.

ESQUIRE: Después de tantos años de ser compositor, ¿la inspiración llega con mayor facilidad?

MICHAEL NYMAN: «Inspiración» es una palabra muy extraña, pero entiendo a lo que te refieres. En realidad no me cuesta trabajo generar, recrear o reciclar ideas musicales. Estoy en proceso de escribir 19 sinfonías que la Navidad pasada decidí regalarme para mi cumpleaños, que será en marzo del próximo año. Algunas piezas serán completamente nuevas; otras, una reconstrucción de ideas que he tenido en las últimas dos o tres décadas.

ESQ: ¿Y cómo ha avanzado ese proceso de composición?

MN: Hasta el momento he completado tres. Las he presentado en vivo y se han grabado. Soy muy feliz trabajando con una orquesta sinfónica en lugar de un solo piano o la Michael Nyman Band. Estoy cambiando mi actitud. Ahora nada parece apaciguarme, lo que me emociona mucho.

ESQ: ¿Cómo definiría el minimalismo para quien no conoce el concepto en materia de música?

MN: En octubre de 1968 fui la primera persona en fusionar los conceptos de música y minimalismo. Desde 1967 me familiaricé con esta idea en las artes y, aunque era una referencia nueva, fui el primero en encontrar un equivalente en el terreno musical. El minimalismo es un estado mental que se relaciona a una actitud particular con respecto a las ideas musicales en torno al progreso, la estructura y la pérdida de atención de la audiencia. Detecté todo esto en una pieza de un compositor danés que no mucha gente conoce y se llama Henning Christiansen. En resumen, es un tipo de música que puede captar tu atención sin muchas desviaciones.

ESQ: La mayor parte de sus bandas sonoras fueron compuestas para filmes de Peter Greenaway. ¿A qué obedece la continuidad del estilo que hay en éstas?

MN: Cuando empecé a trabajar con Peter Greenaway, en 1976, yo tenía 32 años y estaba descubriendo mi propio lenguaje musical. Los diez años anteriores me dediqué a la crítica y a familiarizarme con el trabajo de compositores como John Cage. Cuando me senté y empecé a escribir música desde cero, encontré mi propia voz casi de manera instantánea. En ese entonces, como hoy, era muy riesgoso convertirse en compositor sin saber que el rock y el pop son importantes en nuestra cultura. Desde aquellos años reconocía la importancia de estos géneros a pesar de ser Michael Nyman, una voz individual.

ESQ: ¿Qué es lo que más disfrutó de la relación profesional con Greenaway?

MN: Que logré establecer un lengua je musical con cierta influencia del pop inglés del siglo xx. Esta música es la que a Greenaway le interesó incorporar a sus películas. Él me alentaba a escribir y no intentaba modificar lo que hacía. No le interesaba el lenguaje musical tradicional de las bandas sonoras. Me permitió ser un artista que creaba música para otro artista. No fue sino hasta dos años después de que dejamos de trabajar juntos, que empecé a trabajar en la música de The Piano.

ESQ: ¿Qué representó The Piano en su carrera?

MN: Cuando la escribí me parecía importante conformar un lenguaje musical más aceptable para la manera de pensar de Hollywood. Sin embargo, la música hollywoodense no me gusta. Por eso mi trabajo en The Piano fue menos radical que lo que compuse para las cintas de Greenaway, pero sigue teniendo una voz fresca a 20 años de haberla concluido.

ESQ: ¿A qué atribuye esta frescura?

MN: A que parece provenir de un compositor, no de un sistema de bandas sonoras. Sigo estando muy orgulloso de esa música porque es muy individual. No se parece a ninguna otra más que cuando alguien intenta imitarla. He escuchado muchas copias pero dado que posee muchos elementos personales, es imposible de imitar. Hay composiciones que se le parecen o hasta podrían parecer genéricas, pero para mí eso no tiene mucha individualidad.

ESQ: ¿Cómo ha logrado mantener esa individualidad que caracteriza su estilo?

MN: Soy un compositor que escribe música conceptual, óperas y además ha tenido el privilegio de componer música de películas pero que realmente no ha cambiado su voz para adaptarse a los medios. Cuando me piden una banda sonora obviamente hay otra persona que toma decisiones y condiciona lo que escribo, pero la manera en la que esa música cobra forma y la presento en términos de orquestación, estructura y melodía es muy consistente.

ESQ: ¿Qué es lo que más ha disfrutado del proceso de alimentar su identidad musical?

MN: Una de las grandes alegrías que tuve en el pasado al escribir música de películas, es que esa consistencia que acabo de mencionar fue destacada por peticiones particulares del director. En The Draughtsman`s Contract, por ejemplo, puede identificarse una banda sonora de Michael Nyman, pero gran parte de ésta no habría existido si Peter Greenaway no hubiera hecho la cinta o me hubiera exigido ciertos requerimientos. Lo mismo sucedió con mi último trabajo: Miradas múltiples, el documental sobre Gabriel Figueroa, de Emilio Maillé. Esa música respondió a las necesidades particulares del director. Es decir, todo parte de un proceso que va de atrás hacia adelante hasta adaptarse a las referencias y El compositor británico está en proceso de escribir 19 sinfonías que concluirá en marzo de 2014. formas de expresión que necesita la película en cuestión.

ESQ: ¿La música es una herramienta para la narración de historias o puede crear relatos por sí sola?

MN: Ambas. La música que escribo tiene su propia narrativa y, algunas veces, la narrativa musical puede distanciarse del proceso de filmación. En otras ocasiones, es disonante al proceso que tiene lugar en la cinta. Con frecuencia pienso que incluso Greenaway, que sabía de estructura y repetición, parecía más convencional al momento de presentar la narrativa de la historia. Pero lo que logra la música, y la vuelve muy funcional, es que también puede narrar. Además, sin importar cómo sea su estructura, posee un contenido emocional que puede ser tan fuerte -especialmente en combinación con lo que se proyecta en la pantalla- que permite que te olvides de la estructura. En conclusión, puedo crear un estilo muy severo y repetitivo que pueda explicarse más en términos de matemáticas que de narrativa.

ESQ: A casi medio siglo de haberse iniciado en la música, ¿qué es lo que más atesora de su carrera?

MN: Atesoro el hecho de que tengo casi 70 años y todo lo que quiero hacer es sentarme frente a un piano, en Londres o en un cuarto de hotel en la colonia Roma, a escribir. Atesoro seguir fascinado por el proceso de escribir música no por mera expresión personal o el afán de inspirarme para construir una pieza musical. Soy como un arquitecto que diseña sus edificios: cuando creo una nueva pieza musical, también defino lo que ocurre momento a momento. Tengo la buena suerte de ser audiencia para mi audiencia y apreciar lo que ellos aprecian de mis presentaciones. La música tiene estos elementos diversos y, ahora que soy un compositor que además es cineasta, combino mis imágenes sonoras con las visuales. Tengo la suerte de ser un observador y poder capturar imágenes como creador y testigo del proceso de construcción de cada elemento musical que concibo.

Juan Mata: el crack con corazón de oro

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Originalmente publicado en Esquire no. 62 (PDF aquí)

Es un domingo cualquiera en Londres. Sentado en una banca de la estación de Waterloo, Juan Mata espera la llegada del metro. El futbolista español, puntal del multicampeón Chelsea que pagó 28 millones de euros por él en 2011 al Valencia, disfruta recorrer la capital de Inglaterra como cualquier mortal: valiéndose del transporte público.

Cuando sale de casa, no le preocupa que una horda de fanáticos o periodistas le acosen, sino mantenerse a salvo del frío. Para protegerse lleva chamarra, bufanda, gorro y su inseparable reloj IWC.

Mata no viaja en vehículos blindados ni está rodeado de guardaespaldas. «El metro es la manera más rápida y sencilla para moverse a través de Londres. Me gusta llegar a diferentes zonas en autobús y taxi porque así puedo conocer la ciudad de otra manera», dice. Para el deportista, que a sus 25 años tiene la fortuna de ser exitoso en el más popular de los deportes, lo importante es hacer una vida normal, como los chicos de su edad.

El futbol se presta a los excesos y a la fama desbordada. El ‘humilde’ garaje de Cristiano Ronaldo, por ejemplo, es uno de los más envidiados del mundo. Entre otros autos, resguarda un Bentley Continental gt Speed, un Rolls-Royce Phantom Drophead Coupe y un Bugatti Veyron. David Beckham, por su parte, se casó con una Spice Girl que posee una colección de bolsas Hermès valuada en más de un millón de libras y vivió en la casa que los medios apodaron ‘The Beckingham Palace’, una mansión de los años treinta que presumía de siete hectáreas de terreno. Juan Mata, en cambio, habita un flat cerca de Stamford Bridge (el estadio de Chelsea) y llega a pie a sus entrenamientos.

El centrocampista lleva dos años viviendo en Londres, pero de tanto en tanto añora su vida en España (el blog que posee y él mismo alimenta dos o tres veces al mes se llama One Hour Behind, porque entre Madrid y Londres la diferencia horaria es de 60 minutos). En Asturias, al norte de España, está la calle Uría, donde se reunía con sus amigos. Ahí está también su familia y la fabada de su abuela, quien lo espera con un plato recién preparado para consentirlo cuando vuelve a su hogar.

Como los chicos de su edad, que prueban suerte lejos de casa, Juan extraña la comida de su lugar de origen. Cuando Marta, su madre, viaja a Londres para visitarlo, le lleva ingredientes típicos de Asturias. Juan intenta cocinar, pero no siempre tiene éxito. «No soy muy bueno cocinando, pero comiendo sí», dice. Empaquetada junto al jamón ibérico, en el compendio de efectos culinarios que recibe de su madre, también hay sidra española. Juan la sirve, distanciando la botella de la copa (una mano muy arriba y otra muy abajo), como un buen español sabe hacer.

Si el hijo de un ex futbolista del Burgos –que inspiró su profesión y hoy está a cargo de sus relaciones públicas– ha sobrellevado una nueva vida en Inglaterra, no sólo ha sido por amor al futbol, sino gracias a la pasión que comparte con su hermana Paula. «Me gusta mucho viajar. Ahora lo hago más gracias al deporte, pero el trabajo no siempre me deja tiempo para recorrer una ciudad. A veces solo vamos del aeropuerto al hotel y viceversa». Sin embargo, desde la ventana de su habitación en cualquier país europeo, Juan captura fotografías con su teléfono y las comparte a través de redes sociales. Como los chicos de su edad, presume sus viajes en Instagram. En el verano, mientras está de vacaciones, postea fotos desde el mar. En época de entrenamientos, retrata sus tenis verdes o a sus compañeros de equipo. Sus followers le siguen a través de las ciudades, estadios y vestidores. Un día está en Nueva York –una de las ciudades que más adora– y otro en Birmingham. En Twitter es igual: una tarde escribe feliz desde el Maracaná y en otra admite las fortalezas de sus rivales en la cancha. De este modo, en 140 caracteres, celebra sus victorias y –muy de repente– se lee el dolor de los fracasos de su equipo.

Cuando el número 10 del Chelsea alcanzó dos millones de seguidores en Twitter, publicó un video en YouTube para enviar dos millones de agradecimientos a lo único que no ha cambiado en su vida desde que empezó a tuitear: el apoyo de sus fans. Como los chicos de su edad, Mata sale con sus amigos a beber cerveza y a pasear por la ciudad. El público inglés lo reconoce, lo saluda y felicita. Uno que otro se detiene para pedirle una foto y un autógrafo. Juan siempre tiene tiempo para los demás y responde con amabilidad, accede al retrato solicitado y, con una sonrisa, queda inmortalizado en el Instagram de alguien más.

A pesar de que a los 23 años ya era un joven reconocido que había jugado en el Real Madrid Castilla y el Valencia, Mata no ha sido como las celebridades que golpean periodistas cuando les solicitan una entrevista, usan lentes oscuros para despistar a sus seguidores o despilfarran su dinero en público. El español puede comprar un buen traje en Savile Row, pero también buscar unos jeans cómodos en Bond Street. Puede usar una pieza de alta relojería, como las de IWC, y a la vez seguir encariñado con el primer reloj que llevó en la muñeca: un modelo que tenía calculadora en la pantalla y cambiaba los canales de televisión a distancia.

Cierta fama persigue a ciertos deportistas: de pocos temas pueden hablar si una conversación (o entrevista) no gira en torno al futbol. Con Juan Mata sucede todo lo contrario. Cuando millones de personas tenían puesta la mirada en el Mundial de futbol de Sudáfrica 2010, a él no sólo le preocupaban el balón y los once de la tribu, sino estudiar Marketing y Educación Física de manera simultánea. Además es bueno con los números: hubo una ocasión en que la Real Sociedad Matemática Española le pidió plantear un desafío matemático y Mata aceptó el reto. Hoy, que se ha familiarizado con la música indie, le ilusiona la idea de aprender a tocar la guitarra.

El asturiano habla de deporte si uno se lo pide, pero también disfruta platicar acerca de aquello que le apasiona fuera de la cancha. Si alguien le visita en Londres, presumirá del conocimiento que ha adquirido de la ciudad (a bordo de vagones de metro, autobuses y taxis) y será un excelente guía de turistas. Podrá conversar, con la misma facilidad, acerca de museos y zonas para ir de compras, o identificar los sitios donde Woody Allen filmó Match Point (2005).

En Messi, el goleador que nos despierta se va a dormir, el periodista Leonardo Faccio escribió que el futbolista más célebre de Argentina se aburre hasta con las series de televisión. A Mata le encanta leer. Conoce de memoria algunas líneas de Jorge Luis Borges y disfruta imaginar a los personajes de Paul Auster. «Paso tanto tiempo en aeropuertos, concentraciones y hoteles que me gusta tomar libros para desconectarme un poco del futbol. Lo que me encanta de la literatura es que te ayuda a evadir el mundo en el que estás». Juan aprovecha su tiempo libre para salir de viaje y postear fotos de los ejemplares que lee a bordo de un tren donde no solo viaja un futbolista estrella y campeón del mundo, sino un joven trotamundos que sale de casa con una mochila al hombro, como tantos otros chicos de su edad.

ESQUIRE: ¿Cuáles son los retos de jugar para un equipo multimillonario como el Chelsea?

JUAN MATA: A nivel deportivo, se trata de ganar títulos. Cada temporada el equipo pelea por títulos. Mi intención es mejorar como jugador para ganar.

ESQ: ¿Hay algún jugador que haya representado mucho en tu carrera?

JM: Cuando era pequeño, mi padre. Él también era futbolista y su ídolo fue Maradona. Siempre veía videos de él y a mí también me parecía un jugador irrepetible. Al crecer me interesó Pablo Aimar, de Argentina, que ahora está en un equipo portugués, y Zinedine Zidane, porque era un espectáculo.

ESQ: ¿Qué es mejor: el futbol español o el inglés?

JM: Depende cómo se valore. Son dos ligas diferentes. El inglés es más físico y de más ritmo. El español tiene que ver con la posesión. Lo cierto es que la liga inglesa, a nivel de espectáculo y organización, está muy bien. Estoy disfrutando mucho eso porque los estadios siempre están llenos.

ESQ: ¿Cuál es la situación del futbol español en este momento?

JM: La selección española está viviendo su mejor momento en la historia del país. Hemos ganado dos Eurocopas y un Mundial. Es cierto que este año los equipos alemanes superaron a los españoles y se han plantado en la final, pero equipos como Madrid y Barcelona siempre aspiran a cualquier título.

ESQ: Formas parte de la era de oro del futbol español. ¿Qué significa eso en tu vida?

JM: Es un orgullo. Me siento afortunado de estar viviendo este momento con la selección. Por suerte, llevo cinco años en la selección española, en la que hemos ganado prácticamente todos los torneos de un tiempo para acá.

ESQ: ¿Cuál es el principal reto para el Chelsea?

JM: A mí me encantaría ganar la Premier League. Es un título que no tengo. El Chelsea la ganó hace poco y sería fantástico repetirlo. Aquí hay jugadores de nivel y podemos conseguirlo.

ESQ: ¿Recuerdas tu gol más celebrado?

JM: Por el momento en el que fue, y porque estaban mi familia y amigos en el estadio, creo que el de la final de la Eurocopa cuando entré y marqué el cuarto gol. El último de la final, fue el más importante de mi carrera.

ESQ: Por último, ¿qué opinas del retiro de Sir Alex Ferguson?

JM: Independientemente del equipo en el que jugamos, todos tenemos un sentimiento de agradecimiento hacia él y hacia lo que aportó al futbol. Le deseo lo mejor en esta nueva etapa.

Éste soy yo: Carlos Cuarón

Imagen[Esquire no. 61]

Escritor. Director. 47 años. Ciudad de México.

  • Me fascina lo que hago. Sueño con seguir trabajando en cine con Alfonso Cuarón, mi hermano, y Jonás, mi sobrino. Este mes lanzamos películas al mismo tiempo. Alfonso estrena Gravity, un peliculón muy cabrón, y yo Besos de azúcar, película indie mexicana, también muy cabrona.
  • Creo que no hago películas aburridas, sino cintas entretenidas que no son superficiales y tienen distintos niveles de lectura. Puedes verlas como filmes ramplones, pero si te interesa también puedes encontrar mucha profundidad en ellos.
  • La particularidad de mis películas es el retrato social con sentido del humor. Rudo y cursi [2008] y Besos de azúcar tienen precisamente estas características.
  • Sentido del humor no necesariamente implica comedia, sino la posibilidad de reír en momentos que son dolorosos. En Besos de azúcar hay ligereza en la narración, pero es tremendo lo que le pasa a los dos niños que protagonizan la historia.
  • Los personajes son la base de una trama, no al revés. Dándoles profundidad y dimensión, encuentro la historia que quieren que cuente. Esto conlleva un acto de entrega, de rendirse al proceso creativo y a los personajes mismos.
  • Mis historias cambian mucho conforme las escribo. Los personajes se transforman a través de pequeñas acciones, diálogos y otros elementos. El proceso de escritura no se detiene sino hasta que terminas la película.
  • Me sentiría muy extraño si no escribiera mis propios filmes. Me involucro en mis historias desde su concepción, a partir del guión, porque me formé como escritor.
  • Cuando Alfonso cumplió 12 años y tuvo su primera cámara, me convertí en su asistente. Decidió desde muy chico que quería ser director de cine. Yo, en cambio, quería ser un escritor como Gabriel García Márquez: un intelectual que se mueve en medios políticos y asiste a recepciones en embajadas.
  • Cuando cumplí 19, mi hermano empezó a trabajar en Hora marcada, un programa de televisión. Me dijo: «Si quieres escribir, ayúdame con mis guiones». Así empezó la historia.
  • Me dediqué al cine por Alfonso, pero el desvío en mi carrera no quiere decir que he abandonado por completo la literatura. He publicado cuentos y he montado obras de teatro. Soy un novelista de clóset que algún día saldrá a la luz.
  • Lo que más admiro de Alfonso es su generosidad. Ha sido mi socio creativo, carnal, maestro y hermano mayor. Como cineasta es igual. Me ha enseñado mucho. Es un tipo con capacidades fuera de lo común. Es un fuera de serie. Lo admiro profundamente porque es capaz de crear un cine único y original que me gusta mucho. Es muy fácil trabajar con él porque la admiración es mutua.
  • Cuando mi hermano y yo empezamos a escribir Y tu mamá también [2001] fue en verdad increíble. Desarrollamos la historia a partir de Masculin, Féminin [1966], una película de Jean-Luc Godard.
  • Alfonso y yo estuvimos juntos durante el rodaje de los últimos dos shots de Rudo y cursi. Fue un momento absolutamente mágico y demencial. Se nos estaba yendo la luz y debíamos terminar. Era loquísimo. Él estaba en una unidad y yo en otra. Yo estaba con un fotógrafo y él con otro. Uno filmaba a Diego [Luna] y otro a Gael [García]. No había tiempo y todo era un desmadre. Los dos gritábamos indicaciones al mismo tiempo, nos volteábamos a ver y seguíamos trabajando. Cuando el asistente de dirección dijo: «Con esto acabamos», nos vimos y nos dimos un abrazo. Fue un momento muy intenso. Lo único que teníamos en la cabeza era que debíamos terminar y lo demás valía madres.
  • Ahora Alfonso y yo estamos produciendo el segundo largometraje de Jonás. Mi sobrino es el talentoso de la familia. Es verdaderamente genial y su segunda cinta será un peliculón porque la primera fue una maravilla. Los tres lidiamos con el mismo reto de todos los cineastas: levantar los proyectos. Para bien o para mal, el cine es un medio de expresión muy caro. Necesitas encontrar los 2.5 millones de dólares que yo busqué para hacer Besos de azúcar o los 100 que necesitó Alfonso para Gravity.

Calcetines

Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Diecinueve parejas esperando autorización para adherirse a dos extremidades friolentas. Casi teinta y ocho evasores de ampollas, de gérmenes, y sólo a regañadientes se dejan empolvar con talco por el bien de las narices ajenas.
Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Tomar cuidadosamente las tijeras y dejarlos en libertad. Sentir pena por ellos. Nunca habrán de codearse con una lujosa dupla de tacones, nunca habrán de conocer el mar. Su destino será perderse en un basurero sin haberse besado con la arena, sin humedecerse en la nieve y sin dejarse envolver por sandalias que recorran empedrados para tropezarse con un chicle o los agonizantes restos de una nieve de limón.
Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Buscar la estrategia ideal para combinarlos. Confeccionar un croquis mental de ganchos, estantes, cajones y cajas de zapatos deportivos para encontrar a la pareja ideal de cada funda de pie. Y es que –claro está– los calcetines son ermitaños por excelencia. Viven solos y se reencuentran –como los andróginos– con su ‘otra mitad’ hasta el final de su existencia, hasta que alguno de ellos es sorprendido con una abertura más o menos redondeada o su resorte pierde la fuerza para evitar que la tela resbale desde el talón y hasta el tobillo. Entonces, y sólo entonces, las parejas vuelven a encontrarse y parten juntas hacia un lugar mejor.

El guerrero de Brasil

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[Esquire no. 58]

Hace más de una década, antes de personificar a un cruel tirano persa y saltar a la fama mundial, Rodrigo Santoro era un veinteañero que imaginaba pasar el resto de su vida en Brasil. La primera vez que pisó Estados Unidos, para promocionar una película de su compatriota –el director Walter Salles– ni siquiera hablaba inglés. El idioma lo aprendió después, junto con su pasión por viajar y las dificultades de posicionarse con éxito en una industria no siempre dispuesta a apoyar al talento latino.

Años antes de que su prestigio rebasara los límites geográficos de Brasil, el actor había protagonizado tres cintas que le valieron cierto reconocimiento en su país: Brainstorm (2001), de Laís Bodanzky; Behind the Sun (2001), de Salles y Carandiru (2003), de Hector Babenco. En aquel entonces, a los latinos que pretendían iniciar un carrera en Hollywood, no les quedaba más que aceptar papeles de narcotraficantes. Hoy la situación es distinta y Santoro puede presumir de haber estado bajo la dirección de personalidades como Steven Soderbergh, Roland Joffé y, por supuesto, Zack Snyder, quien lo inmortalizó dando muerte a Leónidas (Gerard Butler) en 300 (2006).

Rodrigo Santoro es una celebridad que no pretende haber olvidado su nacionalidad –como Paulina Rubio, que de vez en cuando se hace pasar por española– ni se jacta de llevar una vida de glamour en Europa. Su residencia sigue estando en Río de Janeiro y disfruta mantenerse cerca de su cultura. “Aquí no sólo está mi familia, sino también mis amigos. Me gusta viajar, pero prefiero mantenerme conectado con quien realmente soy. Y no digo esto para ser un patriota, sino porque se trata de valores fundamentales”, me dice al teléfono desde su casa, a la que me permitió llamar (a pesar del desacuerdo de su agente) sin sentir su privacidad amenazada.

Además de ser un brasileño fiel a sus raíces, Santoro es un hombre de gustos simples. Le basta empacar algunas t-shirts blancas antes de viajar y, para divertirse, no necesita más que un balón de fútbol. Este deporte, que practica donde quiera que esté, no sólo es parte de su identidad nacional, sino que también le brinda una oportunidad de convivir con sus amigos en cualquier parte del mundo. De hecho, si tuviera que permanecer en una isla desierta como Paolo, el personaje que interpretó hace ocho años en Lost, la serie de J.J. Abrams, lo único que pediría para sobrevivir sería una tabla de surf, una compañera de vida y una pelota de fut.

A Santoro le gusta la historia. En 2006, inspirado por Steven Soderbergh, se lanzó a la revolución. Para interpretar a Raúl Castro en Che, el brasileño (que no hablaba español) tuvo que viajar Cuba, estudiar un idioma nuevo e investigar a su personaje. Después llegó a Puerto Rico e inició el rodaje. “Se creó un verdadero ambiente de guerrilla. Todo era improvisado y dependía del clima. Fue muy interesante porque estábamos en constante estado de alerta”. Gracias a su trabajo en esta cinta, Santoro mejoró su carta de presentación como políglota y se atesoró la oportunidad de trabajar con uno de los directores más respetables del medio.

Tras interpretar al hermano de Fidel Castro, Santoro se transformó en Gran Rey del Imperio Aqueménida. En 300, de Zack Snyder (el director que resucitó a Superman en la reciente Man of Steel), personificó a Xerxes, quien derrotó al líder de Esparta en la Batalla de las Termópilas. “La segunda parte [a cargo de Noam Murro, que se estrena en marzo de 2014] será grandiosa porque no se trata de una secuela, sino de una historia que inicia en la misma época que la anterior y muestra la realidad desde un punto de vista distinto. Sin embargo, será tan atractiva y bella como la primera”, asegura el actor, que reacciona ante los retos de interpretar a un personaje histórico con el entusiasmo del estudiante que enfrenta la investigación de un nuevo concepto y la pasión de un artista que posee libertad para crear nuevas formas de expresión.

Para expresarse, Rodrigo Santoro también cuenta con las prendas que selecciona al vestir. “Mi diálogo con la moda es interesante. Me gusta, pero no dicta lo que debo hacer o usar. La veo como una forma de arte porque sé que detrás de ella está el trabajo de personas muy talentosas” Para involucrarse en este mundo, y aprovechar su gusto por viajar, asiste al New York Fashion Week. En este evento, y otros que tienen lugar en su país, más que tomar nota de las prendas más nuevas del mercado, se interesa en los conceptos presentados por los diseñadores.

El estilo casual es el que más le atrae Por el calor que siempre hay en Río de Janeiro, lo que más disfruta cuando está en casa es usar jeans, camiseta y flip flops. Sin embargo, su guardarropa se modifica de acuerdo a los destinos que visita y los compromisos sociales que tiene. Si ahora disfruta vestir con trajes y colores oscuros, no sólo es porque ha crecido la lista de invitaciones que recibe para asistir a festivales de cine y alfombras rojas en todo el planeta, sino porque en cada travesía profesional o personal que emprende, reconoce un mundo pletórico de posibilidades de creación y renovación.

¡Torera!

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[Revista Conozca Más. Abril de 2012]

Hay en su sonrisa una tranquilidad que no parece la de una mujer que está a punto de salir a jugarse la vida en la arena de una plaza de toros. Después de viajar en carretera y superar la incertidumbre de saber si el maestro Germinal Ureña tendría listo su traje de luces para la corrida del domingo, Hilda Tenorio me recibe con la camisa blanca, las medias rosas y la taleguilla puestas para permitirme presenciar la liturgia. Y es que, para un torero, ataviarse con aquella indumentaria de seda y cobertura metálica no es ponerse un uniforme: la magia de la ceremonia radica en la manera de vestirse, en el sentimiento, en el ritual.

Permanecer en la habitación donde un torero se viste permite presenciar el inicio de una celebración que culminará en una danza que inmortalice diversas reflexiones y preocupaciones humanas. Lo dijo Cristina Sánchez en su libro Matadora: “Torear no es solamente estar en la plaza. La concentración es anterior al ruedo”. Por eso hay que guardar silencio, pedir permiso para tomar algunas fotografías y acatar las indicaciones de Hilda: “Fotos sí, pero no me pidan que pose”. En el cuarto también está su mamá. Ella le cose el corbatín a la camisa, le acerca las zapatillas, la acompaña hasta el espejo para que se acomode los tirantes y le ayuda a ponerse el chaleco y la chaquetilla. Por lo que platica la michoacana de 25 años, la mirada de doña Hilda ha cambiado con el tiempo. Cuando su hija le dijo que deseaba ser torera se quedó callada, pero la vio con escepticismo y le dedicó uno de esos gestos que en realidad quieren decir: “Esperaré a que se te pase el berrinche y quieras jugar con muñecas otra vez”. La cosa es que a Hilda no se le pasó. A los 12 años, le bastó encontrar un video de Alfonso Ramírez ‘El Calesero’ para tomar la decisión de incursionar en el mundo del toro.

Fernando Tenorio –su papá– dice que, desde el principio, doña Hilda se convirtió en la acompañante de la futura matadora. Ella la llevaba a entrenar al Palacio del Arte –la plaza de toros de Morelia– con el maestro Rutilo Morales y fue testigo de su preparación. Hoy no hay en su mirada rastro alguno de incredulidad. Sus ojos reflejan lo orgullosa que está de su hija y, quizá, un poco de temor. Y es que desde el instante en que empieza la ceremonia del vestido, se sabe que también se inicia un juego entre la vida y la muerte. El matador se arropa con la escrupulosidad de la primera vez y con la solemnidad de asumir que también podría ser la última. Así lo escribió José Bergamín en La música callada del toreo: “la muerte se esconde en la tenebrosa embestida del toro y la lleva siempre en sus astas amenazadoras”. Hacia el final del ritual, doña Hilda amarra unos listones rosas en el cabello de su hija y espera a que ésta se detenga frente a las imágenes religiosas y la veladora que están sobre una mesita de madera. Luego le entrega la montera y el capote de paseo y salimos rumbo al coso taurino más grande del mundo.

*

Hilda enfrentó a su primer toro antes de cumplir 15 años. En vez de fiesta o viaje –como las quinceañeras tradicionales– le pidió a su papá un becerro para torear. Para ese entonces ya llevaba un año entrenando y sabía pararse en un burladero, sostener un capote y ejecutar una verónica. Según cuenta don Rutilo, la primera vez que la vio accedió a instruirla por la emoción que brillaba en sus ojos: “Cuando le pregunté ‘¿empezamos mañana?’, ella me respondió ‘¿no podemos iniciar hoy mismo?’”. Y así, entusiasmada, esta géminis que pasaría a la historia como la primera mujer en tomar la alternativa en la Monumental Plaza de Toros México, aprendió a dominar el arte de las chicuelinas, gaoneras, crinolinas y zapopinas con tal destreza que permitió que su apoderado, Eduardo San Martín, le consiguiera novilladas para torear en diferentes plazas. Hoy hay unos 3,000 espectadores esperando escuchar el pasodoble desde las gradas del coso ubicado en la Colonia del Valle. Hilda viste de rosa y oro y no sabe que su faena será la mejor de la tarde y saldrá como triunfadora a dar la vuelta al ruedo.

Cristina Sánchez dice que las cornadas son como medallas: condecoraciones que un torero secretamente espera por curiosidad –o porque sabe que otros le admirarán– pero también son laureles fastidiosos porque un premio se celebra con fiesta y una cornada lleva a la cama. Hilda lleva la huella de un laurel sobre el rostro. El día del accidente estaba en León. El toro brincó y le alcanzó la cara. La formación de la cicatriz que ahora le recuerda las dos trayectorias –de 24 y 30 centímetros– estuvo acompañada de una fractura en la mano, un esguince cervical y tres meses de recuperación. “¿No sientes temor después de algo así?”, le pregunto mientras me mira tranquilamente. Ahora pienso que quizá hay que estar en el tendido para comprender su respuesta: uno de los méritos de los matadores es su capacidad de superar el miedo y de exigirse mejorar aunque se jueguen la vida en el intento. Hilda recibe a su primer astado con un farol de rodillas y comprueba que sólo un verdadero torero sabe enfrentar el desasosiego: sólo así puede esperar el ataque, mantenerse firme y no permitirse la graciosa huida.

La tarde está nublada. Hilda está plantada en el ruedo y cuando uno la mira no piensa en su cuerpo menudo o en las dificultades que pudiera tener con la espada. Por el contrario, sobresale el valor, su forma de acariciar al toro y la manera de ejecutar los quites que le valen la ovación general. “Lo más importante en la lidia […] es el acento personal que en ella pone el lidiador. Es decir, el estilo. El estilo es también el torero. Se torea como se es”, dice Bergamín en su libro y así es como uno entiende por qué Hilda se lleva las palmas: la emoción traspasa sus faenas. Se le observa sonriente y en plenitud cuando danza pausadamente con su oponente y sus movimientos –junto con la embestida del animal– se transforman en una comunión. De ahí que uno grité “¡Olé!” y, al término de la lidia, aplauda. Al respecto, el cronista Francisco Baruqui escribió que la moreliana es un torero en el cuerpo de una chavalilla, que “se trata de una mujer con todo el sentimiento y la formalidad taurina, pletórica de valor y de entrega, que desborda en su menudo cuerpo después de haber brindado un toreo de ayudados con la diestra y sendos naturales con la izquierda”. Él dice que lo de Hilda es vocación, un caudal de torería con sabor y aroma que demuestra que en ella hay un torero de la montera a las zapatillas.

*

Aunque tras enfrentar a los dos toros de la ganadería de San Judas Tadeo Hilda se va sin apéndices, los críticos coinciden en que su actuación fue la más destacada en la décimo novena corrida de la Temporada Grande 2011-2012 en la Plaza México. Para un torero puede haber días memorables aunque se salga sin orejas o un rabo. Según cuenta Hilda, la tarde que más recuerda es aquella en la que la gente le gritó: “¡Torera! ¡Torera!” a pesar de que no logró matar al toro. Eso sin mencionar que cada lidia es un recordatorio de su éxito como profesionista en una disciplina que la tradición ha reservado –casi exclusivamente– a los hombres. Para llegar hasta este momento, no sólo enfrentó (y superó) los mismos obstáculos que todo caballero que hace carrera en este oficio, sino además el rechazo de los matadores que ‘no querían torear con ella’.

Cuando se trata de piedras, las hay por todos lados. Son justo lo que la fiesta brava enfrenta en México y en otras naciones que persiguen la prohibición de la muerte como espectáculo y el maltrato animal. Mientras que algunos exigen el respeto a la vida, los aficionados, ganaderos y otros involucrados en la tauromaquia afirman que el toro de lidia existe con el único fin de morir en la arena. Cuando Hilda profundiza en el tema, explica que esta idea está respaldada por diversos argumentos. Primero: estos seres solo se pueden torear una vez porque generan un ‘sentido de peligro’ que los haría huir –en vez de embestir– y por ende imposibilitaría la faena. Segundo: no sólo son animales que desarrollan poca musculatura –como para obtener carne– sino que además es complicado que, por su bravura, se dejen ordeñar para conseguir leche. Tercero: existen los indultos, es decir, la oportunidad de que el ganado sea curado y liberado para procrear durante el resto de su vida. Y todo esto sin hablar de la tradición cultural tan extensa que hay detrás del toreo.

El toreo es, ante todo, un arte efímero. La emoción que genera no deja obra material o palpable a la que se pueda recurrir después de que ocurre. Dado que no posee una huella o trazo que señale una ruta para repetirse, es –diría Bergamín– un arte puramente analfabeta: nace de la improvisación creada por un hombre o mujer que enmascara su mortalidad dominando a una bestia de ojos profundamente negros. Para los amantes del toro y su gallardo adversario, el encuentro genera una emoción mágica que va más allá del cuerpo. Según Cristina Sánchez, pertenece al alma, al espíritu. La única constante en una arena es la presencia invisible de la muerte, que es ritualizada, estetizada, embellecida. Para los apasionados de los tres tiempos que dura el arte, el toreo no es un deporte ni un juego, sino creación y poesía. Toro y torero se mitifican; uno a través de su imponente galope y otro mediante su traje de luces. De ahí lo inusitado del mundo taurino.

Hay en su sonrisa una tranquilidad que no parece la de una mujer que tomó una decisión insólita: la de convertirse en torera. Como otras jóvenes que le precedieron, enfrentó un problema histórico porque buscó incursionar en un terreno acaparado por hombres. Por eso es toda una experiencia conocer a una matadora que ha sabido ganarse un lugar en este gremio de tradición masculina. Aún le queda el sueño de torear en Las Ventas, en Madrid, y convertirse en una figura internacional. Mientras eso sucede, bastará con mencionar que en México ya existe una torera que posee un lugar especial entre espectadores y críticos y su nombre es Hilda Tenorio.