Éste soy yo: Carlos Cuarón

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Escritor. Director. 47 años. Ciudad de México.

  • Me fascina lo que hago. Sueño con seguir trabajando en cine con Alfonso Cuarón, mi hermano, y Jonás, mi sobrino. Este mes lanzamos películas al mismo tiempo. Alfonso estrena Gravity, un peliculón muy cabrón, y yo Besos de azúcar, película indie mexicana, también muy cabrona.
  • Creo que no hago películas aburridas, sino cintas entretenidas que no son superficiales y tienen distintos niveles de lectura. Puedes verlas como filmes ramplones, pero si te interesa también puedes encontrar mucha profundidad en ellos.
  • La particularidad de mis películas es el retrato social con sentido del humor. Rudo y cursi [2008] y Besos de azúcar tienen precisamente estas características.
  • Sentido del humor no necesariamente implica comedia, sino la posibilidad de reír en momentos que son dolorosos. En Besos de azúcar hay ligereza en la narración, pero es tremendo lo que le pasa a los dos niños que protagonizan la historia.
  • Los personajes son la base de una trama, no al revés. Dándoles profundidad y dimensión, encuentro la historia que quieren que cuente. Esto conlleva un acto de entrega, de rendirse al proceso creativo y a los personajes mismos.
  • Mis historias cambian mucho conforme las escribo. Los personajes se transforman a través de pequeñas acciones, diálogos y otros elementos. El proceso de escritura no se detiene sino hasta que terminas la película.
  • Me sentiría muy extraño si no escribiera mis propios filmes. Me involucro en mis historias desde su concepción, a partir del guión, porque me formé como escritor.
  • Cuando Alfonso cumplió 12 años y tuvo su primera cámara, me convertí en su asistente. Decidió desde muy chico que quería ser director de cine. Yo, en cambio, quería ser un escritor como Gabriel García Márquez: un intelectual que se mueve en medios políticos y asiste a recepciones en embajadas.
  • Cuando cumplí 19, mi hermano empezó a trabajar en Hora marcada, un programa de televisión. Me dijo: “Si quieres escribir, ayúdame con mis guiones”. Así empezó la historia.
  • Me dediqué al cine por Alfonso, pero el desvío en mi carrera no quiere decir que he abandonado por completo la literatura. He publicado cuentos y he montado obras de teatro. Soy un novelista de clóset que algún día saldrá a la luz.
  • Lo que más admiro de Alfonso es su generosidad. Ha sido mi socio creativo, carnal, maestro y hermano mayor. Como cineasta es igual. Me ha enseñado mucho. Es un tipo con capacidades fuera de lo común. Es un fuera de serie. Lo admiro profundamente porque es capaz de crear un cine único y original que me gusta mucho. Es muy fácil trabajar con él porque la admiración es mutua.
  • Cuando mi hermano y yo empezamos a escribir Y tu mamá también [2001] fue en verdad increíble. Desarrollamos la historia a partir de Masculin, Féminin [1966], una película de Jean-Luc Godard.
  • Alfonso y yo estuvimos juntos durante el rodaje de los últimos dos shots de Rudo y cursi. Fue un momento absolutamente mágico y demencial. Se nos estaba yendo la luz y debíamos terminar. Era loquísimo. Él estaba en una unidad y yo en otra. Yo estaba con un fotógrafo y él con otro. Uno filmaba a Diego [Luna] y otro a Gael [García]. No había tiempo y todo era un desmadre. Los dos gritábamos indicaciones al mismo tiempo, nos volteábamos a ver y seguíamos trabajando. Cuando el asistente de dirección dijo: “Con esto acabamos”, nos vimos y nos dimos un abrazo. Fue un momento muy intenso. Lo único que teníamos en la cabeza era que debíamos terminar y lo demás valía madres.
  • Ahora Alfonso y yo estamos produciendo el segundo largometraje de Jonás. Mi sobrino es el talentoso de la familia. Es verdaderamente genial y su segunda cinta será un peliculón porque la primera fue una maravilla. Los tres lidiamos con el mismo reto de todos los cineastas: levantar los proyectos. Para bien o para mal, el cine es un medio de expresión muy caro. Necesitas encontrar los 2.5 millones de dólares que yo busqué para hacer Besos de azúcar o los 100 que necesitó Alfonso para Gravity.
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La lógica de un genio

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Originalmente publicado en Esquire no. 61 (PDF aquí)

A los 12 años, Alfonso Cuarón se hizo cineasta. Tenía una cámara carente de cinta para filmar, pero su imaginación era suficiente para crear una historia. El niño que creció en la colonia Roma, en la Ciudad de México, definió el sueño que perseguiría el resto de su vida cuando tuvo en las manos su primera Super 8. Mientras sus amigos jugaban futbol y hacían tarea, él recorría las calles con su cámara casera para capturar tomas imaginarias de lo que no podía filmar. Aunque treinta años después sería el director de Harry Potter and the Prisoner of Azkaban –cinta con 130 millones de dólares de presupuesto–, en 1973 no tenía dinero para comprar rollos de película. El cine, para el pequeño Alfonso, no duraba más de tres minutos y sólo se materializaba cuando un tío le regalaba un cartucho para trabajar. Así fue como Cuarón, el cineasta de la cámara vacía, aprendió que para filmar y editar una película primero hay que saber soñar.

El germen del cine está en las obsesiones de sus creadores. Alfred Hitchcock era incapaz de iniciar una producción sin esbozar sus escenas en papel. Al inicio de su carrera, Quentin Tarantino sólo podía redactar guiones de madrugada. Alfonso Cuarón, a casi cuarenta años de haberse hecho cineasta, es un obseso de los sueños. Sólo cuando una idea le seduce por completo, escribe. Al final se preocupa por las adversidades tecnológicas y financieras de la producción. Gravity, su más reciente filme, es la conjugación de una fantasía que comparte con su hijo, Jonás Cuarón. En los años sesenta, cuando Alfonso vio al hombre pisar la Luna, deseó convertirse en astronauta. Veinte años después, cuando Jonás observó la Estación Espacial Internacional en una pantalla IMAX, concibió la misma fantasía que su padre: viajar a un ambiente sin gravedad.

Los Cuarón empezaron a trabajar juntos la década pasada. Sin embargo, el intercambio de ideas entre padre e hijo se remonta a los años ochenta. En aquel entonces, Jonás tenía cinco años y Alfonso –“más joven e irresponsable que ahora”– atesoraba el placer de viajar de mochilazo con su hijo. En camino a sitios arqueológicos como Tikal, en Guatemala, el cineasta hablaba de sus tramas y personajes con su joven copiloto. Éste le observaba desde el asiento contiguo: con sus comentarios y preguntas, clarificaba las ideas de su papá. Treinta años más tarde se invirtieron los papeles. Una noche, Jonás fue a casa de su padre para contarle una de sus historias. Al mes siguiente, a cuatro manos, concluyeron el guión de Gravity.

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Alfonso sonríe: Gravity es la manifestación del aprendizaje que un padre recibió de su hijo. Jonás es el soñador detrás del guión de la cinta. Gracias a él simplificó sus historias y enfocó su creatividad en provocar experiencias sensoriales para transmitir ideas. Los astronautas de Gravity no combaten extraterrestres ni tienen encuentros cercanos del tercer tipo. No son testigos históricos de la carrera espacial ni protagonizan un documental. Tampoco deben impedir el Armagedón. No son héroes de ciencia ficción porque no provienen del futuro. Su historia podría iniciar un día cualquiera. Su conflicto es el mismo que padece quien jamás ha salido del planeta: enfrentar el miedo a morir solo. Gravity se diferencia de otras cintas de su clase porque transmite ese temor de principio a fin.

La historia de la película protagonizada por Sandra Bullock y George Clooney es tan simple que se resume en la lucha que emprende una pareja de astronautas para regresar a la Tierra. Sin embargo, el filme no cala hasta los huesos por su trama, sino porque materializa la angustia humana en 90 minutos de fotogramas. En Gravity, una amalgama de sonido y tiempo abrasa a un espectador que ya no está en la butaca del cine, sino en el espacio. Desde ahí observa el vaho formándose en el casco de un explorador que respira con atropello. Desde ahí se vuelve consciente del silencio. Desde ahí teme alejarse de la luz que proyecta la Tierra, pues a lo lejos sólo hay oscuridad. Flotando, mira su propio cuerpo desplazarse con lentitud; le desespera la torpeza de sus movimientos. Atestigua el llanto de una mujer, igual de vulnerable que él, y un nudo se agolpa en su garganta. ¿Cómo sería morir así?

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Si Gravity encarna lo que Alfonso Cuarón experimenta en torno a las dificultades y los obstáculos, Jonás tiene razón en reconocer, en su padre, a un luchador. Producir el guión de esta película no sólo requirió creatividad, sino determinación. Antes de iniciar el rodaje, Alfonso compartió el planteamiento de la cinta con dos colegas de Hollywood. Cuando habló de producir angustia en lugar de aliens, destrucción terrestre y ciencia ficción, uno le aseguró que no le alcanzaría el dinero. El otro, que la tecnología que requería aún no existía. Alfonso, como el niño de 12 años, volvió a saberse propietario de un sueño y una cámara, pero sin material para filmar.

Para que Gravity no se esfumara como las películas imaginarias de su infancia, el cineasta mexicano se sentó a romperse la cabeza con Emmanuel Lubezki. El fotógrafo, con el que ha compartido anhelos y angustias desde que rodó su primera película (Sólo con tu pareja, 1991), es el genio detrás de la iluminación naturalista de filmes de artistas visuales como Terrence Malick y Tim Burton. En 2009, director y fotógrafo –un tipo con bolsas en los ojos, barba de días y cabello rubio ensortijado– improvisaron una técnica para evitar elevar costos sin sacrificar calidad visual: robots que desplazaran cámaras e iluminación en perfecta sincronía con el movimiento de los actores.

Mientras duró el rodaje, todo el equipo aprendió a sobrellevar las mismas presiones que Cuarón. En un inicio, Bullock y Clooney aceptaron actuar colgados de cabeza. Sin embargo, como si fueran astronautas en trajes sin presurizar, la sangre se les agolpó en la cara y sus rostros enrojecidos dejaron de ser atractivos para la pantalla grande. Entonces cambiaron de técnica: primero actuaron dentro de un cubo iluminado de tres por tres; luego los animadores recrearon sus cuerpos digitalmente. Al finalizar el rodaje, Gravity no solo materializó el sueño de un padre y su hijo, sino el de más de 700 personas que a lo largo de cuatro años y medio se incorporaron a la producción.

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Hoy el calor abrasa la ciudad de Los Ángeles. Alfonso viste de negro, como siempre, pero luce una barba más blanca que hace cinco años, cuando posó para Esquire con motivo del estreno de Rudo y Cursi, filme dirigido por su hermano Carlos. Ahora, a los 51 años, usa anteojos para ver de cerca. Es abuelo y cómplice de los hijos de su hijo. Sonríe y un compendio de arrugas –como sábanas estrujadas– surca la orilla de sus ojos. No logró convertirse en astronauta, pero James Cameron ha dicho que fue capaz de hacer el mejor filme de astronautas que Hollywood ha visto.

Alfonso Cuarón aún conserva algo del niño que imaginaba historias en Super 8 aunque carecía de rollo para filmar. Al concluir la plática sobre Gravity, le pregunto cómo se ve en diez años. Sonríe (las arrugas vuelven a dibujar un acordeón) y responde: “En diez años tendré el pelo todavía más blanco, pero seguiré haciendo películas. Quiero hacer al menos una que provoque que ese niño de 12 años diga: “esa sí te quedó bien”.

ESTE SOY YO: Entrevista con Alfonso Cuarón

  • Todo lo que uno hace es reflejo y expresión de las experiencias propias. El punto de partida de Gravity, mi nueva película, fue que conozco muy bien las adversidades que vive la protagonista. Hace unos años comencé a preparar un filme que no pude concretar. Ya tenía locaciones y actores, pero inició la crisis económica y perdí el financiamiento. La experiencia me paralizó; fue tan dolorosa que me llené de miedos e inseguridades. En ese proyecto también estaba trabajando Jonás Cuarón, mi hijo. Recuerdo perfectamente que estaba con él y no me quedó más que decir: “Hay que mirar hacia adelante, pensar qué vamos a hacer ahora”. Decidimos hacer una cinta que retratara esas adversidades. Así fue como empezamos a escribir Gravity.
  • Gravity nació de un sueño con mi hijo. Cuando escribimos el guión, todo tenía sentido y parecía muy fácil: queríamos hacer una cinta de astronautas. El problema surgió cuando empezamos a llevar todo al terreno práctico y nos dimos cuenta de que era una película imposible. Gente como David Fincher nos dijo que la tecnología estaba en pañales y, para hacer la película, era necesario esperar al menos siete años. James Cameron, en cambio, apoyó mucho el proyecto, pero dijo que necesitaba 400 millones de dólares para concretarlo. Yo no estaba en condiciones de esperar siete años ni de juntar esa cantidad de dinero.
  • El asunto del dinero es circunstancial, pero también aprendes que no siempre lograrás hacer tu película. Es muy doloroso soñar, preparar una cinta y que de pronto todo se derrumbe. Sin embargo, también de eso se aprende. Curiosamente, hay ocasiones en que las oportunidades regresan, pero tú ya no quieres retomar un proyecto porque estás explorando un mundo nuevo.
  • La temática de Gravity es el renacimiento como resultado de las adversidades. En la cinta, todo es metafórico. Los deshechos del espacio representan los obstáculos que enfrentamos todos los días. Si eres afortunado, saldrás adelante con un mayor entendimiento. Eso es renacer.
  • En un momento u otro, todo el mundo atraviesa por una situación tan adversa como la que retrata mi película. Para ello, no es necesario estar en el espacio.
  • Gravity no es una película de ciencia ficción per se. La historia es muy sencilla y ocurre en el espacio en el día de hoy. Lo importante para mí era que el espectador sintiera que él es el astronauta perdido en el espacio.
  • Toda la película discurre en un ambiente de cero gravedad. Eso quiere decir que los personajes están flotando. No hay arriba y no hay abajo. No hay resistencia. Ese efecto es imposible de reproducir en la Tierra.
  • Las animaciones que realizamos en posproducción implicaron un poceso casi artesanal. Decenas de animadores enfrentaron un nuevo reto: trabajar sin gravedad. Para ayudarlos, contratamos a científicos que impartieran cátedras al respecto. El set de animación fue el más angustiado durante la filmación. El mero proceso de aprendizaje les tomó casi dos meses.
  • Las tecnologías deben estar al servicio de la creatividad. No son más que herramientas. Vivimos en una época en la que se permite tener sueños que pueden aterrizarse gracias a la tecnología. Espero que haya gente que la utilice para generar soluciones reales. Yo sólo soy un payaso de circo que la usa para hacer películas.
  • Como cineasta, no me preocupa filmar un blockbuster, sino concluir la película que tengo en mente. En el caso de Gravity tuve la suerte de contar con recursos, pero en realidad abordé la idea de la película de la misma pasión, desenfado y necedad que Y tu mamá también.
  • Vivir el proceso de selección que conlleva el cine es un placer. Todo inicia con la escritura del guión, con la posibilidad de soñar la idea y pensar cómo deberás aterrizarla. Es totalmente placentero porque no hay límites. Después llega el momento donde inicia la producción y te das cuenta de los retos que tienes que enfrentar. En el caso de Gravity fueron tecnológicos, pero otras veces pueden ser financieros y creativos. Por eso el cine también es un proceso de descubrimiento.
  • Sin importar si se trata de una adaptación o de un guión original, siempre haces tuyos los proyectos. Aunque quizá sea el peor cineasta para analizarlo –porque una vez que termino una cinta no la vuelvo a ver– estoy seguro de que si me sentara a observar todas mis películas encontraría un lazo que las une entre sí.
  • La narrativa es el veneno del cine. Las historias de nuestros días pueden comprenderse con los ojos cerrados: vas a ver una comedia romántica, compras palomitas, te sientas en la sala, cierras los ojos, termina la película y no te perdiste de nada. Entendiste todo porque fue como una radionovela. Para mí el cine es otra cosa, es un lenguaje propio que tiene más que ver con la música, el teatro y la literatura que con la pintura. Tiene que ver con el tiempo, ritmo y relaciones emocionales que tenemos.
  • Siempre intento retratar una verdad emocional que no sea sentimental. Desconfío del sentimentalismo. Lo rechazo por completo. Creo que lo importante es encontrar una verdad y tratar de despojarla de elementos que distraigan e impidan encontrarla. En algún momento de mi carrera pequé de ornamentar y fue cuando tomé la decisión consciente de cambiar por completo.
  • La inspiración es la vida. De pronto lo tuve muy claro: la vida es la que está poca madre. El cine y la tecnología son sólo partes de ésta. No hay que confundir su importancia con las prioridades creativas.
  • Hay que alejarse de los miedos y las preconcepciones para hacer lo que uno crea que es más honesto; no por seguir una estrategia o tratar de quedar bien con alguien. Si tú tienes una idea honesta, debes defenderla hasta el final.
  • Si logro conciliar la continuidad de mi vida con las situaciones de aislamiento en las que suelen estar mis personajes es porque a través del cine uno trata de entender conceptos y preocupaciones. Yo puedo tener una vida afortunada con mi familia, pero eso no quiere decir que no me inquiete comprender ciertas cosas. Esta película aborda la adversidad y la posibilidad de renacer porque es una preocupación constante en mi vida.
  • Mi infancia fue más parecida a la de mis abuelos y tatarabuelos que a la de mis hijos; se relacionó más con la generación del siglo XVII que con la de los jóvenes de hoy. Todos estos chicos han nacido con un nuevo set de herramientas tecnológicas. Éstas tienen que ver con la revolución digital, que provoca que el mundo sea completamente distinto. Para estos jóvenes, el mundo está en sus manos: en una pantalla.
  • De niño soñaba ser astronauta y cineasta. Ahora sigo soñando con viajar al espacio. No quiero volver a hacer una película al respecto, pero astronauta sí quiero ser.
  • De chavo solía escaparme al cine. Decía que iría a jugar con mis amigos, pero en realidad iba al cine y no hacía tarea. Veía dos o tres películas al día. Cerca de mi casa estaban dos cines maravillosos: el Estadio y el Gloria, que tenían programas dobles y triples. Eran a todo dar.
  • Me acuerdo perfecto del día en que recibí mi primera cámara. Yo la compré. No pasé semanas ni meses viéndola y sin soltarla, sino años.
  • El niño que filmaba con Super 8 era más sabio que yo. Quería hacer mejores películas. A veces pienso que si ese chavo me conociera, diría: “Ah, bueno, estaré haciendo cosas increíbles. Qué chido”. Pero por otro lado creo que sus ambiciones eran mayores. Y no lo digo con frustración, sino porque espero que todavía me queden muchos años para tratar de cubrir sus expectativas.
  • Es muy importante que la nueva generación de jóvenes no pierda sus sueños. El punto de partida no debe ser la tecnología, la producción o el dinero, sino un sueño que desees convertir en realidad. A veces puede implicar una gran producción, pero hay ciertos sueños que tienen que ver con universos ligados a la realidad sociopolítica, como fue el caso de Y tu mamá también, o con una metáfora de la realidad, como sucedió con Niños del hombre. La creatividad es lo primero.
  • Mi generación critica que los jóvenes ya no ponen atención. Sin embargo, no creo que sea eso, sino que tienen prioridades distintas. El otro día hablaba con Guillermo de Toro y decíamos que el cine que nosotros hacemos algún día será el equivalente a las operetas y zarzuelas. Muy pronto llegará gente de una nueva generación a decirme: “A mi papá le gustaba mucho eso que hacías en cine”. Los jóvenes tienen otro ritmo, un lenguaje mucho más directo, breve e inmediato. Eso es lo que trajo Jonás a Gravity.
  • Trabajar con Jonás fue un aprendizaje que tiene que ver con las herramientras tecnológicas y estéticas de las nuevas generaciones. Él me decía que podía abordar los temas que me gustan sin mostrarlos de una manera densa. Me sugirió ser mucho más experimental, sin ser tan intelectual, y eso fue una gran liberación para mí. Me enseñó un nuevo camino, de una mayor simplicidad, donde las cosas pueden ser ligeras y entretenidas sin que por ello pierdan profundidad.
  • De Jonás no sólo admiro su talento, sino también su sabiduría. Sabe tomar todo con calma y diferenciar una adversidad de aquello que puede resolverse. Siempre mantiene cierta ecuanimidad con respecto a sus logros y fracasos. Tiene muy claro cuáles son las prioridades en su vida.
  • Hay miles de experiencias que atesoro como papá. Ser padre es ‘la’ experiencia, es lo único que me haría ver el cine como algo irrelevante. Es genial.
  • Además del cine, amo viajar con mis hijos. Lo hacía con Jonás desde que era chiquito. Era un papá backpackero que salía con un chavito para meterse a lugares a los que no debió haberse metido. Recientemente tuve la suerte de pasar dos semanas en Perú con mis hijos pequeños. Realmente disfruto salir con ellos. De hecho, lo que más me emocionaba de que Gravity abriera el Festival de Venecia era que iba a compartir ese momento con Jonás, que escribió la película; con mis otros dos hijos y con mis dos nietos. La experiencia fue uno de los regalos más bellos que me ha dado la vida.
  • Ser abuelo es a todo dar porque a los hijos hay que cuidarlos, pero a los nietos sólo hay que echarlos a perder.
  • Ya estoy trabajando en un nuevo proyecto con Jonás, estamos a todo vapor en la preparación de Desierto (2014).