La grieta que Morales dejó en Bolivia

Semanas antes de las últimas elecciones presidenciales de Bolivia, planeé un viaje al país andino sin imaginar que la visita ocurriría a menos de una semana de la renuncia de Evo Morales, quien después de casi 14 años en el poder dejó a los bolivianos convulsionados tras su exilio a México. Éstas fueron mis impresiones y algunas anécdotas del viaje. 

     Le llaman “Evo” en los periódicos y “el Evo” en las calles. ¿Qué más da?, dirían algunos. Parece lo mismo, pero no lo es: esta nada inocente travesura del lenguaje es lo que mantiene al hombre más poderoso de Bolivia arrasando las calles como un viento enardecido aunque lleve varios días sin pisar esta tierra.

     La tarde previa al 14 de noviembre, cuando un avión me llevaría a La Paz, el gobierno de Estados Unidos emitió una alerta de viaje. Visitar el país era riesgoso, decía, porque las protestas escalaban y con ellas la violencia. No obstante, desde Bolivia, los guías y hoteles aseguraban operar con normalidad, así que me armé de valor y seguí con mi plan de recorrer unos seis mil kilómetros desde México hasta una de las ciudades más altas del mundo.

    Quizá el efecto más contundente de las elecciones del 20 de octubre no fue sólo la renuncia “del Evo” –que se vio acorralado por opositores, policías y sus propias Fuerzas Armadas–, sino la grieta que su salida dejó en el corazón de Bolivia. Una mitad –la que le anhela– sale a gritar su nombre a las calles y la otra se siente liberada con su ausencia.

     En medio, sin embargo, se siente un vacío. Es el hombre del que todos hablan –para muchos, el único presidente que han conocido– y ahora ya no está.

     Tres días antes de mi llegada a la pista de aterrizaje de El Alto –que se eleva a unos 4,100 metros sobre el nivel del mar– la senadora Jeanine Áñez dijo que asumía el poder para amansar el caos y convocar a elecciones, pero para miles de bolivianos ella no era más que una usurpadora. Su presidente –el único– era “el Evo”, y a ella la percibían como una de las traidoras que lo quebraron hasta obligarlo a renunciar.

     Hablar nos ayuda a sobrellevar las crisis y en la más reciente turba boliviana hay un tema que todos cargan en los labios. “El Evo” se desayuna, se almuerza y se merienda. Es el protagonista de los noticieros, recorre los cuerpos curvilíneos de las montañas de La Paz en las conversaciones de los taxistas y cobra fuerza en los piedrazos que sus seguidores lanzan a las casas de quien no apoya la causa de presionar al gobierno interino para el regreso de su líder.

     Mientras su país se calienta como una olla exprés que guarda vapor, “el Evo” está en México. Se dice triste, pero en la lucha. Si se lo piden, él vuelve a Bolivia, le gusta repetir. El presidente Andrés Manuel López Obrador, uno de los pocos aliados ideológicos que le quedan en una América Latina que en años recientes se ha pandeado a la derecha, le garantizó asilo político y por eso “el Evo” se animó a viajar.

     “Se fue llorando”, me dijo un taxista de mediana edad. “Él no quería, pero dicen que pensaba que aquí lo iban a matar”.

     Desde su exilio –como los bolivianos se refieren a su situación actual– “el Evo” ya no recorre Bolivia a bordo de su polémico helicóptero, sino como un fantasma que se escabulle por las puertas entreabiertas y protagoniza discusiones que alteran los ánimos.
Otro taxista –de unos setenta años– me dijo que no entendía por qué “la juventud rebelde” había forzado su salida si Bolivia “estaba bien” y él había hecho mucho por los pobres. En cambio, en un puesto de mercado que prepara un plato caldoso con papas y llama en Uyuni –una ciudad turística ubicada en el departamento de Potosí, en el suroeste– una mujer de unos cuarenta me dijo con cierto coraje que “el Evo” siempre estuvo metido en el narcotráfico y por eso siempre apoyó a los cocaleros. Su marido, un empleado de gobierno en Potosí, agregó con cierto desánimo que Bolivia le aguantó todo, pero el fraude electoral, no.

    Uyuni es la joya turística boliviana y tiene el salar más grande del mundo. Hacía años que ansiaba conocerlo y había leído que se puede observar desde el espacio, aunque mi guía no lo confirmó. La gente lo visita en la temporada de lluvias porque el agua en la superficie forma un espejo con el cielo. Ahora, en noviembre, el suelo está seco y parece un desierto blanco sin principio ni fin.

     En La Paz los taxistas y minibuses preguntan a dónde vas antes de decidir si te llevan para evadir a los manifestantes. Los teleféricos frenan operaciones para evitar agresiones. Hay escasez de alimentos y combustible. En Uyuni hay calma, pero también pesa la falta “del Evo”. En un solo día, dijo mi guía, la compañía para la que trabaja tuvo 19 cancelaciones de viajeros con miedo a visitar Bolivia. En el pueblo las calles se ven medio vacías, los hoteles sirven buffets gigantescos que sólo probará un puñado de turistas y el salar está tan desolado que se ve más inmenso que nunca.

    El 20 de noviembre, dos días después de mi regreso a México, la presidenta interina dejó en manos del Congreso un proyecto de ley para llamar a nuevas elecciones. Todos los bolivianos con los que hablé durante el viaje ansiaban este momento; incluso quienes simpatizaban con “el Evo” esperaban la fecha pensando que la calma volvería a las calles y su vida podría normalizarse.

     Sin embargo, quedaba un asunto por definir: si “el Evo” volvería a postularse o no.
La necedad del mandatario por buscar un cuarto mandato consecutivo –acción que fue rechazada por la mitad de su pueblo en un referendo en 2016– le cierra la garganta a muchos, incluso a quienes en el pasado votaron por él.

    “Se hubiera ido bien. Hubiera dejado pasar un periodo y luego hubiera regresado. Todos habrían votado por él”, me dijo el conductor que me llevó a lo largo y ancho del salar.

     En la ciudad de El Alto, vecina de La Paz y bastión político del hombre que cumplió 60 años en octubre y casi 14 en el poder, la cara “del Evo” sigue impresa en algunas propagandas de su última campaña y su nombre aparece a colores en diferentes grafitis. En uno de ellos, el que por alguna razón se quedó conmigo durante todo el viaje, flota la pregunta que persigue a todos aquellos que no bajan la guardia esperando su regreso: “Si no es Evo, ¿quién?”.

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