La otra vida de Jaipur

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Originalmente publicado en Esquire no. 87 (PDF aquí)

Aún hay viajeros que se resisten a visitar la India. Los pretextos sobran: si no es la pobreza extrema es el idioma, los condimentos o la higiene. El Taj Mahal no es la única belleza de este inmenso país de Asia. También está su gente, su historia, su sabor. En esta tierra colmada de autos, cláxones y vacas, también hay paz y serenidad. Esos son los contrastes que seducen, y que sólo se descubren al deshacernos de los prejuicios y la resistencia ante una cultura distinta a la nuestra.

     El agua se ha estancado. Llovió toda la tarde y ahora Jaipur parece una piscina de lodo y barro. Sólo los extranjeros parecen notarlo. Los indios van por la calle como si el suelo estuviera seco y el sol brillara a media primavera. En las faldas de un semáforo, una mujer enfundada en un sari esmeralda atiende su puesto de fruta: escala un banquito metálico y observa llegar a otras mujeres para tocar y embolsar plátanos, sandías y mangos. A su alrededor, los hombres se descalzan. Al caminar elevan las rodillas como ranas en dos patas y cargan sus sandalias en las manos. Los autos pitan como siempre. Las vacas ahuyentan moscas con la cola. Los indios que trabajan en turismo llevan a sus clientes al Fuerte de Amber, la mayor atracción de la ciudad. Entonces pregunto a mi guía:
      —Vipul, ¿por qué a nadie le importa que todo se haya inundado? En México llueve y la ciudad se vuelve un caos.
        —¿Por qué habría de importarnos? El agua es vida.

§

     Se llama Vipul Bharghav y me recuerda a un hámster: piel tostada, mejillas rechonchas, dientes grandes, cuadrados y blancos. Apenas tiene 27 —dos años menos que yo— y siempre encuentra el modo de hacerme sentir que debería abrir el mundo como un libro que nunca se ha leído, para conocerlo desde cero.
     El día que nos conocemos pasa por mí al hotel de Nueva Delhi —una capital que no me resulta más caótica que el D.F.— e iniciamos un viaje de cuatro horas en carretera para llegar a Jaipur.
     —¿Por qué viene sola a India, señora? —pregunta mi guía mientras vemos un desfile de vacas junto a nosotros.
       —Quizá no debería decírtelo, Vipul, pero nadie quiso acompañarme.
       —¿Por qué?
      —Ya sabes, por prejuicios. Lo mismo pasa con México. Hay gente que no quiere visitar mi país porque piensa que un narcotraficante la va a asesinar.
       —¿Y qué dicen de India?
       —Que la gente es pobre, por ejemplo.
       —No es pobre.
       —¿No es pobre?
      —Mire a esa mujer, señora, la que está aquí junto a nosotros, ¿cuántas vacas lleva?
      —No sé, ¿al menos 30?
      —Ella podría vender cada vaca en 1,500 dólares, pero no lo hace porque son parte de su herencia, de su familia. Ella vive así porque así lo desea. Entonces, ¿es pobre o no es pobre? Aquí no necesitamos lujos para vivir bien.

§

     India tiene la forma de un cono rebosante de helado. En el sur están sus playas más famosas —Goa entre ellas— y al norte se ubican la capital y algunos sitios icónicos, como el Taj Mahal. Ahí también está Rajastán, el estado más grande de la zona, que limita al oeste con Pakistán.
    Rajastán fue una tierra de reyes y su capital es Jaipur. Ahí el tiempo parece haberse congelado: aunque algo deteriorados, los templos y palacios se mantienen en pie. Las piedras preciosas aún adornan sus paredes y techos. En las habitaciones vacías aún se sienten los pasos del imperio mogol.

§

      Hay un vacío de turistas en Jaipur. ¿Mi hotel? Vacío. ¿Los restaurantes con sellos de Trip Advisor en las puertas? Vacíos. ¿Los templos y palacios? Vacíos. Hace calor, mucho calor. Más de 35 grados. La gente evita viajar a India cuando el cielo abrasa calles, gente y sombra, así que tengo todo para mí.
     Nuestra primera parada es Birla Mandir, un templo hinduista con techos en forma de bellotas que se ubica en una zona elevada de Jaipur. En mi backpack llevo un par de calcetines y un paraguas, pero los dejo donde están cuando Vipul me pide quitarme las sandalias y el cielo se nubla para ver la lluvia caer. A mi alrededor no hay ni un extranjero, y a los indios no les importa mojarse ni ensuciarse los pies. Los veo sonreír, rezar, cantar. Se toman selfies frente a la entrada de mármol blanco del lugar. Huele a incienso y suelo odiarlo, pero esta tarde la esencia de jazmín se antoja deliciosa. A los pocos minutos, yo también sonrío y tengo ganas de cantar.

§

      India no se limita por su religión. Un día le pregunto a mi guía por qué las vacas son sagradas y él responde:
—Hay muchas explicaciones, señora, pero le voy a dar la mía: primero porque una vaca es la segunda mamá de un bebé; ambas lo alimentan con su leche. Segundo porque, piénselo bien, gracias a una vaca uno puede tener queso y otros derivados lácteos. Gracias a ella puede comer y beber durante años. En cambio, si uno la mata, ¿qué obtiene? Carne para un día. ¿Vale la pena terminar con una vida por un día?

§

      Son las siete de la mañana de un miércoles y Vipul pasa por mí al hotel. No hace frío ni calor. Hace poco que amaneció y la ciudad rosa —llamada así por el estuco que cubre sus casas— se ve más bien dorada.
     Subimos al coche y en menos de media hora se me aparece una postal: ahí detrás del lago Maota está el Fuerte de Amber y creo que he visto pocas cosas más hermosas en mi vida. Es un edificio titánico de color vainilla y desde sus espaldas veo una parvada volar. Aún a la distancia se ven las ventanas de las habitaciones y las puertas a los vestíbulos del que hace unos siglos fue un palacio; uno imagina a un marajá que se desliza entre pasillos secretos para visitar a una concubina distinta cada noche.
     El fuerte está desierto y ya me espera un elefante. Juntos treparemos por pasadizos zigzagueantes hasta la entrada principal. Descalza me tambaleo sobre su lomo; siento su piel áspera con la suela de los pies. El conductor —un indio de piel oscurísima que lleva un turbante rojo en la cabeza— toma mi cámara y me pide que sonría. ¿Tengo ganas de llorar? Por esta mañana de tiempo detenido valió cada una de las 36 horas que me tomó llegar aquí. Mi elefante continúa su camino, como si bailara muy lento, y yo siento que voy al encuentro con un rey.

§

     Vipul no quiere casarse. Nunca quiso. Aun así, dice que tendrá que casarse el año entrante, porque en India hay reglas muy estrictas que no pueden romperse. Casarse es una de ellas, y es que aquí uno se casa siempre y para siempre: el matrimonio es una promesa vitalicia que desdeña los divorcios. Los problemas maritales, sin importar lo que sean, siempre se resuelven. “Un problema no es motivo para terminar con todo”, dice Vipul.
      Mi guía asegura que me invitará a su boda y que deberé de prepararme, porque la fiesta durará al menos 10 días. Lo bueno es que podré llevar a mi marido, a mi hermana, a mi padre, a mi madre y a quien yo quiera. “Su familia es mi familia, señora”, suele decir Vipul.
      Sólo le falta encontrar novia —porque todavía no tiene— pero ya puedo imaginarlo tomado de su brazo. La futura señora de Bharghav se pintará las manos con henna, ese tinte natural cobrizo que usan los indios y árabes en ocasiones especiales. Caminará junto a él envuelta en un sari muy fino y elegante; quizá de seda roja, que mida al menos seis metros de largo y cueste varios miles de dólares. Estará cubierta en oro y diamantes: pulseras, anillos, collares, todo lo que su marido le pueda comprar.
      —¿Pero qué haremos durante 10 días de pura fiesta, Vipul?
     —Puede quedarse en mi casa, señora. Yo estaré un poco ocupado por los rituales que tendremos que hacer, pero mi madre, mi padre o mi hermano le darán comida y podrán llevarla a pasear.

§

     Uno quisiera casarse con India; crear un lazo atemporal. Lo que seduce es su balance, el equilibrio entre lo bello y lo triste.
      En el libro Yo también me acuerdo, Margo Glantz escribe: “En ocasiones, cuando hablo de la India, parece que estoy hablando de México”. En India también existe el hambre, el tráfico, el dolor y la precariedad. Todo eso inunda sus calles —como la lluvia— pero los indios tienen algo de malabaristas: balancean sus problemas, pasándolos de una mano a otra, y sonríen mientras lo logran.
     Uno quisiera que India no le deje ir, y entonces algo sucede. Dos días antes de irme, cuando estaba por concluir nuestra visita por el lugar más famoso de Agra, empecé a caminar de espaldas.
      —¿Qué le pasa, señora? —dice Vipul con ganas de preguntar si me volví loca.
      —No quiero darle la espalda al Taj Mahal. No me quiero despedir.
   —Señora, pero no va a despedirse. —agrega mi guía y suelta una carcajada.
     —Vipul, tú no entiendes: yo no sé si voy a volver a ver esto en mi vida. No imaginas lo que cuesta venir hasta aquí.
     —A ver, señora, calma. En hindi no existe la expresión “adiós”; se dice “hasta luego” porque en la vida todo es reencuentro, así que usted algún día va a volver.

     Y entonces me animo: cierro los ojos ante el gigante de mármol blanco, doy la vuelta y continúo mi camino hacia adelante.

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Nuestra obsesión con Judi Dench

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Originalmente publicado en Esquire no. 80 (PDF aquí)

Un grupo de ingleses retirados decide terminar sus días en Jaipur. The Second Best Exotic Marigold Hotel es una mezcla de buen humor, escenarios increíbles y talento al nivel de esta gran actriz

     Evelyn Greenslade (Judi Dench) cuelga el teléfono con lágrimas en los ojos. Ahora es viuda y, sin el hombre que fue su marido durante 40 años, no sabe ni cancelar su conexión a internet. Además, está llena de deudas y tendrá que vender su casa. Podría mudarse con su hijo y su nuera, pero en lugar de eso decide irse a vivir a la India.

     En el viaje conoce a un matrimonio (Penelope Wilton y Bill Nighy) que malgastó sus ahorros para el retiro en el negocio de su hija, a una ex ama de llaves gruñona que odia a los indios (Maggie Smith), a una divorciada en busca de un nuevo marido (Celia Imrie) y a un soltero mujeriego que a sus setenta y tantos sigue con crisis de la edad (Ronald Pickup). Juntos van a dar a un supuesto hotel —que en realidad es un cuchitril a punto de caerse a pedazos— y así empiezan una nueva vida.

     Lo anterior resume la trama de The Best Exotic Marigold Hotel, que se estrenó en 2011 y recibió tan buenas críticas (y taquilla) que el director John Madden decidió volver a reunir a su magnífico elenco (al que en esta nueva entrega se suma Richard Gere) para continuar la historia en una nueva cinta que se estrena este mes. Platicamos con Judi Dench sobre ella.

ESQUIRE: ¿Ustedes sabían que habría segunda parte?
JUDI DENCH:
Creo que ninguno de nosotros lo hubiera imaginado, pero cuando volvimos todos nos sentimos absolutamente hechizados por la historia, como en la primera película.

ESQ: ¿A qué atribuye el éxito de la primera cinta?
JD: La verdad no lo sé. Tal vez porque es una historia sobre muchas personas de cierta edad. Y también porque se estrenó en el invierno y, al verla, exhala calor. ¿Estás de acuerdo? Quizá también porque es agradable ver a estas personas en un clima cálido, rodeados de colores maravillosos, y ver todo sobre la India, que es un país tan asombroso.

ESQ: La primera vez que la vemos en esta nueva cinta es en una escena con Maggie Smith, la ex ama de llaves. ¿Qué ha pasado en la vida de estas dos mujeres?
JD: Han pasado ocho meses desde que terminó la historia anterior, así que Evelyn [Dench] conoce a Muriel [Smith] mucho mejor que antes. Hay más confianza entre ellas, aunque me sigue llamando por mi apellido y yo la sigo llamando por el suyo. Tengo un enorme respeto por lo que hace y sé lo inestimable que es para la administración del lugar. Se han acostumbrado la una a la otra y se entienden. No sé si hay mucho respeto de su parte hacia mí, pero indudablemente lo hay de mi parte hacia ella.

ESQ: Ha trabajado con Maggie muchos años…
JD: Ay, años, sí. Desde 1958.

ESQ: ¿Cómo ha sido eso?
JD: Ella es encantadora. Me encanta trabajar con Mags. Lo hemos hecho sobre todo en teatro, pero desde luego también está A Room with a View (1985), Tea with Mussolini (1999) y Ladies in Lavender (2004). Y, claro, la película anterior de Marigold. Creo que he trabajado con ella más que con ningún otro actor.

ESQ: También ha trabajado varias veces con el director John Madden.
JD: Sí, en Mrs Brown (1997) y Shakespeare in Love (1998) [cinta por la que Dench obtuvo un Óscar]. Tener lazos así es una suerte. Creo que mientras más trabajas con alguien más lo conoces y lo entiendes, porque surge una especie de comunicación no verbal. También he trabajado mucho con Stephen Frears y ahora me doy cuenta de que nuestra comunicación es cada vez menos verbal. Él no dirige a través de palabras, sino de sílabas [ríe]. Volviendo al tema, creo que no puede haber nadie más cooperativo, más lleno de energía, más inventivo y más paciente que John Madden. Sabes exactamente dónde está él, y dónde estás tú.

ESQ: ¿Cómo cambia la historia de los demás personajes en esta nueva película?
JD: Hay un cambio porque en la primera todos estaban adaptándose al hotel y ahora va a expandirse. Además, todos se conocen mejor y hay muchas historias nuevas. El denominador común es el hotel Marigold, pero ahora todos tienen vidas separadas.

ESQ: Tina Desae es una actriz india que aparece en la cinta. Nos dijo que en la primera parte ella les dio consejos y ahora se siente usurpada, por la manera en la que ustedes conocen el país.
JD: Hemos tomado el control. En la primera película vivimos nueve semanas y media en la India; en la segunda, ocho. Es una sensación maravillosa. También he filmado mucho en Italia y lo que es encantador de trabajar en otro país es que no te sientes como turista. Tienes una sensación de propiedad y es casi como si tuvieras una segunda casa. Todos hemos sentido que le hemos entregado nuestro corazón a este país.

ESQ: ¿Entonces ya aprendió a regatear?
JD: No, soy terriblemente mala, y como las cosas son muy lindas aquí, creo que no puedo hacerlo. Cedo a la primera. Soy muy débil.

ESQ: ¿Cómo se adaptaron con los nuevos actores que se integraron al reparto?
JD: A Tamsin [Greig] la admiro mucho como actriz. Soy fan de The Archers [una telenovela británica que se transmite desde 1950], y sabía que ella interpretaba a Debbie, así que quise que me diera toda la información sobre la historia. De verdad es muy buena actriz. Muy, muy buena. Lo que fue encantador es que trajo a toda su familia aquí, a su esposo y sus tres hijos. A Richard [Gere] no lo conocí, porque no tuve ninguna escena con él. Estoy sentada en el fondo en un par de escenas, pero realmente no tuvimos contacto.

ESQ: ¿Lo lamenta?
JD: No, porque de todas maneras puedo alardear al respecto: “Pude mirar fijamente a Richard Gere, aunque casi no tuvimos escenas juntos” [ríe]. Es encantador, y me imagino que para él debió haber sido bastante intimidante entrar a este grupo. Somos muy unidos, porque nos conocemos muy bien, pero él supo manejarlo a la perfección.

[Recuadro]

La mujer que sometió al 007
Por Alejandro Herrera

James Bond informa a su superior, M, sobre el robo del arma satelital GoldenEye:

—¿Quiere un trago? —interrumpe la mujer.
—Gracias. Su predecesor tenía una botella de coñac en el…

M vuelve a interrumpir. Marca su territorio.

—Yo prefiero el bourbon. ¿Hielo?
—Sí.

Con este intercambio de diálogos, Judi Dench estableció las reglas de lo que sería la relación durante el siglo xxi entre el 007 —“un dinosaurio sexista y misógino; una reliquia de la Guerra Fría”, según sus propias palabras— y la nueva directora del servicio de inteligencia MI6. El momento es clave para la segunda franquicia más exitosa del cine: Dench venía a suplir a los magníficos actores Bernard Lee y Robert Brown como los jefes directos del 007. Y más importante aún: por primera vez debía convencer a las audiencias de que James Bond obedecería sin reparo a una mujer. Lo logró con una mezcla de instinto maternal y frialdad militar durante siete de los 23 filmes de la serie oficial de James Bond. Y a los detractores, M sólo les respondería: “Si quisiera sarcasmo, llamaría a mis hijos”.