Historia de un puente

     bosnia

Originalmente publicado en A – The Style Guide by Andares, julio 2018 (link aquí)

De puntillas sobre el filo del puente, un hombre descalzo y con el torso desnudo estira los brazos y los eleva por encima de su cuerpo delgado. El clavadista parece una flecha que tiembla. Sabe que bajo sus pies el agua es un demonio gélido y a sus espaldas hay turistas que lo enmarcan en las pantallas de sus móviles mientras esperan con nervios el salto de un héroe.

El sol de mediodía clarea las aguas del Neretva esta mañana de abril, pero ni la primavera eleva la temperatura del río por encima de los seis grados. Su corriente caudalosa nace en los Alpes Dináricos al sur de Europa y atraviesa el corazón de Mostar como un torrente de sangre helada.

Cinco, diez, quince minutos. Nada. El hombre columpia los brazos, sacude los talones y como no queriendo que lo noten echa un vistazo a sus espaldas.

Un bosnio tiene miedo. Decenas de extranjeros miran.

Desde hace más de 400 años la escena se repite. Hoy estamos ante un saltarín solitario, pero en esta ciudad cada verano se lleva a cabo un concurso de clavadistas que trepan hasta el Stari Most —el puente que conecta un lado y otro de Mostar— con el único deseo de ganarse un aplauso y mostrar su valor.

“Aquí no puedes decir que eres valiente a menos que te hayas tirado del puente”, dice mi guía entre risas.

De pronto, un grito se enciende y corre como dinamita de una boca a otra hasta que todos giramos la cabeza: el hombre ya es una saeta sobre el viento de Bosnia y Herzegovina y cuando mis dedos torpes tratan de enfocarlo las plantas de sus pies ya se han perdido bajo las ondas del Neretva.

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El trayecto a Mostar dura unas cuatro horas y discurre a través de carreteras curvas que impiden avanzar a gran velocidad. El serpenteo nos lleva del Mar Adriático en Dubrovnik, Croacia, hasta las montañas que ocultan a la ciudad principal de Herzegovina.

Si bien el nombre oficial de este país en la península de Los Balcanes también incluye “Bosnia”, el territorio consta de dos regiones históricas que se diferencian entre sí. De este modo, Bosnia se ubica al norte —abarcando más de la mitad del área total— y Herzegovina se dibuja sobre el mapa como un pequeño triángulo invertido al sur.

Antes de llegar, en una charla desde la camioneta que nos transporta, viajeros de distintos países hablamos de una especie de tristeza compartida: el verdadero sueño era llegar a Sarajevo pero aquel viaje —más largo y costoso— tendrá que esperar.

Nuestra guía sonríe: “Mostar fue la decisión perfecta; ya verán”.

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Tardo más en escribir un mensaje a mi padre para contarle que un loco acaba de saltar 20 metros sobre un río casi congelado cuando el tipo ya tiene los pies sobre la tierra y se estira como un pájaro dorado que quiere secarse al sol.

Tardo más en preguntarme si a mí me hubiera matado la caída o la hipotermia cuando el bosnio ya corre puente arriba para volver a brincar.

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 Hace 24 años no cayó un hombre, sino un puente.

Es una tarde de noviembre del 93’ y Bosnia y Herzegovina es un país naciente que se ha destrozado a sí mismo antes de aprender a caminar.

Desde algún punto elevado de la ciudad hay una cámara que registra todo: el lado derecho del Stari Most parece la espalda de un viejo; las bombas y la metralla lo han adelgazado y resiste al ímpetu de la guerra cubierto de telas, madera y varillas que apenas lo sostienen.

 De pronto, una explosión y la espalda se quiebra. Primero se desploma la parte más fina y le sigue el lado izquierdo, que parecía más robusto. Al final se precipitan las columnas y sobre el Neretva crece una nube de agua y polvo hasta que un cuerpo bosnio y despedazado de 700 toneladas se pierde en él.

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Según la UNESCO, la primera vez que se mencionó el nombre de “Mostar” fue en 1474. El término se deriva de “mostari”, que se traduce como “los cuidadores del puente”.

Entre 1993 y 2004 no hubo puente alguno que enlazara el corazón de la ciudad. Los restos del Stari Most se asentaron al fondo del río y pasó un buen tiempo hasta que volvieron a juntarse para su restauración.

Durante once años, los habitantes de Mostar fueron guardianes sin un puente que cuidar.

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Para llegar a Mostar hay que descender a través de las montañas hasta que aparece un rastro de edificios y casas que parecieran haberse resbalado desde las alturas para concentrarse en un mismo lugar.

Sus calles son estrechas y están casi desiertas. Pocos autos, poca gente y poco ruido. En el centro, donde sólo hay peatones, se debe caminar con atención para no chocar con los estantes que ofrecen artesanías a los turistas.

A través de las vías empedradas del barrio antiguo caminan los extranjeros y de tanto en tanto se detienen a comprar un helado o sentarse en un restaurante para comer Ćevapi, un delicioso plato de salchichas de res y cordero que se sirven con pan pita.

La arquitectura de Mostar es un espejo de su gente. Aquí, donde habitan musulmanes, cristianos y judíos, las mezquitas, iglesias y sinagogas conviven entre sí. Lejos de ahí, a donde los extranjeros no llegan, hay construcciones que no parecen tan firmes como el Stari Most. En algunos rincones aún hay casas con paredes rotas, impactos de bala en los muros y un edificio abandonado desde donde los francotiradores se ocultaban durante la guerra.

En los hogares que abrazan al Neretva aún hay memoria y conflicto.

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Un viaje a los Balcanes apenas alcanza para comprender superficialmente la complejidad de aquella historia. Las enciclopedias y guías de viaje batallan para explicar la Guerra de Bosnia (1992-1995) de manera clara y breve, pero a muy grandes rasgos podría decirse que obedece a los conflictos políticos, religiosos y sociales que siguieron a la disolución de Yugoslavia —integrada desde fines de la Segunda Guerra Mundial por Serbia, Montenegro, Macedonia, Eslovenia, Croacia y Bosnia y Herzegovina— en 1991.

Yugoslavia importa en esta narrativa porque, como la guerra de Bosnia, evidenció el deseo trunco de integrar una sociedad con culturas y personas diferentes entre sí.

Hasta 1992, cuando estalló el conflicto y Bosnia y Herzegovina acababa de independizarse de Yugoslavia, la población de Mostar convivía sin grandes tensiones a pesar de su diversidad: serbios, croatas y bosnios —cristianos, católicos y musulmanes respectivamente— no sólo compartían un hogar, sino un origen eslavo, un lenguaje similar y un largo pasado de combate a enemigos extranjeros. El nacionalismo que los separó empezó a gestarse fuera de ahí: Serbia y Croacia impulsaban que sus comunidades en otros países se distanciaran para crear una separación política, cultural, económica y fronteriza aunque estuvieran asentadas en otro territorio.

Y así, el combate: Bosnia y Herzegovina quedó a merced de dos poderosos ejércitos y la lucha dejó más de un millón de desplazados y casi cien mil muertos. Más del 80% de los civiles fallecidos fueron bosnios, según diversas estimaciones.

Mi guía titubea antes de aventurarse a dar una conclusión. “Todos los grupos étnicos de Bosnia cometieron atrocidades. Fue como una guerra de todos contra todos y cada entidad podría contarte una historia muy distinta de lo que sucedió y por qué”.

Aunque el sitio de Sarajevo suele ser el punto histórico que más nos remite a la guerra de Bosnia, la destrucción de Mostar estremece porque es una ciudad pequeña y los daños podrían parecer más evidentes. Al menos dos mil edificaciones terminaron derruidas y el deterioro urbano fue tan severo que diversos países, el Banco Mundial y la UNESCO donaron dinero para restaurar calles, casas y, por supuesto, el Stari Most.

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Un puente para unir a la gente.

Tres años después del cese al fuego, en 1998, los restos del Stari Most fueron rescatados del río y arrancó un esfuerzo internacional por restaurarlo. Se pegó pieza por pieza y los huecos se rellenaron de concreto. En 2004 terminó el proceso y para celebrar se convocó a reiniciar las competencias de clavadistas un año después. Desde entonces, unos 70 participantes de diferentes partes del mundo vuelan anualmente como aves intrépidas sobre las aguas turquesas del Neretva.

“El puente ha recuperado su sentido”, dice mi guía. Ahora es símbolo de reconciliación y una vez más enlaza a quienes alguna vez separaron las armas.

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El puente no es el único que logró recuperarse de la guerra.

Los habitantes de Mostar aún enfrentan resentimientos y dificultades económicas pero poco a poco se han reconstruido. Aunque no todos los impactos de bala se han borrado de sus muros, hay hogares totalmente renovados que han decidido volver a empezar.

Me fui de Bosnia y Herzegovina con una sonrisa. Cuando estaba a punto de dejar la ciudad vieja para caminar rumbo a la camioneta que me llevaría de vuelta a Croacia, un alarido empezó a multiplicarse entre los turistas detenidos en el puente: el hombre estaba a punto de volver a saltar.

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La otra vida de Jaipur

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Originalmente publicado en Esquire no. 87 (PDF aquí)

Aún hay viajeros que se resisten a visitar la India. Los pretextos sobran: si no es la pobreza extrema es el idioma, los condimentos o la higiene. El Taj Mahal no es la única belleza de este inmenso país de Asia. También está su gente, su historia, su sabor. En esta tierra colmada de autos, cláxones y vacas, también hay paz y serenidad. Esos son los contrastes que seducen, y que sólo se descubren al deshacernos de los prejuicios y la resistencia ante una cultura distinta a la nuestra.

     El agua se ha estancado. Llovió toda la tarde y ahora Jaipur parece una piscina de lodo y barro. Sólo los extranjeros parecen notarlo. Los indios van por la calle como si el suelo estuviera seco y el sol brillara a media primavera. En las faldas de un semáforo, una mujer enfundada en un sari esmeralda atiende su puesto de fruta: escala un banquito metálico y observa llegar a otras mujeres para tocar y embolsar plátanos, sandías y mangos. A su alrededor, los hombres se descalzan. Al caminar elevan las rodillas como ranas en dos patas y cargan sus sandalias en las manos. Los autos pitan como siempre. Las vacas ahuyentan moscas con la cola. Los indios que trabajan en turismo llevan a sus clientes al Fuerte de Amber, la mayor atracción de la ciudad. Entonces pregunto a mi guía:
      —Vipul, ¿por qué a nadie le importa que todo se haya inundado? En México llueve y la ciudad se vuelve un caos.
        —¿Por qué habría de importarnos? El agua es vida.

§

     Se llama Vipul Bharghav y me recuerda a un hámster: piel tostada, mejillas rechonchas, dientes grandes, cuadrados y blancos. Apenas tiene 27 —dos años menos que yo— y siempre encuentra el modo de hacerme sentir que debería abrir el mundo como un libro que nunca se ha leído, para conocerlo desde cero.
     El día que nos conocemos pasa por mí al hotel de Nueva Delhi —una capital que no me resulta más caótica que el D.F.— e iniciamos un viaje de cuatro horas en carretera para llegar a Jaipur.
     —¿Por qué viene sola a India, señora? —pregunta mi guía mientras vemos un desfile de vacas junto a nosotros.
       —Quizá no debería decírtelo, Vipul, pero nadie quiso acompañarme.
       —¿Por qué?
      —Ya sabes, por prejuicios. Lo mismo pasa con México. Hay gente que no quiere visitar mi país porque piensa que un narcotraficante la va a asesinar.
       —¿Y qué dicen de India?
       —Que la gente es pobre, por ejemplo.
       —No es pobre.
       —¿No es pobre?
      —Mire a esa mujer, señora, la que está aquí junto a nosotros, ¿cuántas vacas lleva?
      —No sé, ¿al menos 30?
      —Ella podría vender cada vaca en 1,500 dólares, pero no lo hace porque son parte de su herencia, de su familia. Ella vive así porque así lo desea. Entonces, ¿es pobre o no es pobre? Aquí no necesitamos lujos para vivir bien.

§

     India tiene la forma de un cono rebosante de helado. En el sur están sus playas más famosas —Goa entre ellas— y al norte se ubican la capital y algunos sitios icónicos, como el Taj Mahal. Ahí también está Rajastán, el estado más grande de la zona, que limita al oeste con Pakistán.
    Rajastán fue una tierra de reyes y su capital es Jaipur. Ahí el tiempo parece haberse congelado: aunque algo deteriorados, los templos y palacios se mantienen en pie. Las piedras preciosas aún adornan sus paredes y techos. En las habitaciones vacías aún se sienten los pasos del imperio mogol.

§

      Hay un vacío de turistas en Jaipur. ¿Mi hotel? Vacío. ¿Los restaurantes con sellos de Trip Advisor en las puertas? Vacíos. ¿Los templos y palacios? Vacíos. Hace calor, mucho calor. Más de 35 grados. La gente evita viajar a India cuando el cielo abrasa calles, gente y sombra, así que tengo todo para mí.
     Nuestra primera parada es Birla Mandir, un templo hinduista con techos en forma de bellotas que se ubica en una zona elevada de Jaipur. En mi backpack llevo un par de calcetines y un paraguas, pero los dejo donde están cuando Vipul me pide quitarme las sandalias y el cielo se nubla para ver la lluvia caer. A mi alrededor no hay ni un extranjero, y a los indios no les importa mojarse ni ensuciarse los pies. Los veo sonreír, rezar, cantar. Se toman selfies frente a la entrada de mármol blanco del lugar. Huele a incienso y suelo odiarlo, pero esta tarde la esencia de jazmín se antoja deliciosa. A los pocos minutos, yo también sonrío y tengo ganas de cantar.

§

      India no se limita por su religión. Un día le pregunto a mi guía por qué las vacas son sagradas y él responde:
—Hay muchas explicaciones, señora, pero le voy a dar la mía: primero porque una vaca es la segunda mamá de un bebé; ambas lo alimentan con su leche. Segundo porque, piénselo bien, gracias a una vaca uno puede tener queso y otros derivados lácteos. Gracias a ella puede comer y beber durante años. En cambio, si uno la mata, ¿qué obtiene? Carne para un día. ¿Vale la pena terminar con una vida por un día?

§

      Son las siete de la mañana de un miércoles y Vipul pasa por mí al hotel. No hace frío ni calor. Hace poco que amaneció y la ciudad rosa —llamada así por el estuco que cubre sus casas— se ve más bien dorada.
     Subimos al coche y en menos de media hora se me aparece una postal: ahí detrás del lago Maota está el Fuerte de Amber y creo que he visto pocas cosas más hermosas en mi vida. Es un edificio titánico de color vainilla y desde sus espaldas veo una parvada volar. Aún a la distancia se ven las ventanas de las habitaciones y las puertas a los vestíbulos del que hace unos siglos fue un palacio; uno imagina a un marajá que se desliza entre pasillos secretos para visitar a una concubina distinta cada noche.
     El fuerte está desierto y ya me espera un elefante. Juntos treparemos por pasadizos zigzagueantes hasta la entrada principal. Descalza me tambaleo sobre su lomo; siento su piel áspera con la suela de los pies. El conductor —un indio de piel oscurísima que lleva un turbante rojo en la cabeza— toma mi cámara y me pide que sonría. ¿Tengo ganas de llorar? Por esta mañana de tiempo detenido valió cada una de las 36 horas que me tomó llegar aquí. Mi elefante continúa su camino, como si bailara muy lento, y yo siento que voy al encuentro con un rey.

§

     Vipul no quiere casarse. Nunca quiso. Aun así, dice que tendrá que casarse el año entrante, porque en India hay reglas muy estrictas que no pueden romperse. Casarse es una de ellas, y es que aquí uno se casa siempre y para siempre: el matrimonio es una promesa vitalicia que desdeña los divorcios. Los problemas maritales, sin importar lo que sean, siempre se resuelven. “Un problema no es motivo para terminar con todo”, dice Vipul.
      Mi guía asegura que me invitará a su boda y que deberé de prepararme, porque la fiesta durará al menos 10 días. Lo bueno es que podré llevar a mi marido, a mi hermana, a mi padre, a mi madre y a quien yo quiera. “Su familia es mi familia, señora”, suele decir Vipul.
      Sólo le falta encontrar novia —porque todavía no tiene— pero ya puedo imaginarlo tomado de su brazo. La futura señora de Bharghav se pintará las manos con henna, ese tinte natural cobrizo que usan los indios y árabes en ocasiones especiales. Caminará junto a él envuelta en un sari muy fino y elegante; quizá de seda roja, que mida al menos seis metros de largo y cueste varios miles de dólares. Estará cubierta en oro y diamantes: pulseras, anillos, collares, todo lo que su marido le pueda comprar.
      —¿Pero qué haremos durante 10 días de pura fiesta, Vipul?
     —Puede quedarse en mi casa, señora. Yo estaré un poco ocupado por los rituales que tendremos que hacer, pero mi madre, mi padre o mi hermano le darán comida y podrán llevarla a pasear.

§

     Uno quisiera casarse con India; crear un lazo atemporal. Lo que seduce es su balance, el equilibrio entre lo bello y lo triste.
      En el libro Yo también me acuerdo, Margo Glantz escribe: “En ocasiones, cuando hablo de la India, parece que estoy hablando de México”. En India también existe el hambre, el tráfico, el dolor y la precariedad. Todo eso inunda sus calles —como la lluvia— pero los indios tienen algo de malabaristas: balancean sus problemas, pasándolos de una mano a otra, y sonríen mientras lo logran.
     Uno quisiera que India no le deje ir, y entonces algo sucede. Dos días antes de irme, cuando estaba por concluir nuestra visita por el lugar más famoso de Agra, empecé a caminar de espaldas.
      —¿Qué le pasa, señora? —dice Vipul con ganas de preguntar si me volví loca.
      —No quiero darle la espalda al Taj Mahal. No me quiero despedir.
   —Señora, pero no va a despedirse. —agrega mi guía y suelta una carcajada.
     —Vipul, tú no entiendes: yo no sé si voy a volver a ver esto en mi vida. No imaginas lo que cuesta venir hasta aquí.
     —A ver, señora, calma. En hindi no existe la expresión “adiós”; se dice “hasta luego” porque en la vida todo es reencuentro, así que usted algún día va a volver.

     Y entonces me animo: cierro los ojos ante el gigante de mármol blanco, doy la vuelta y continúo mi camino hacia adelante.