Vuelve lo siniestro en otra novela de Samanta Schweblin

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Originalmente publicado en The Associated Press, junio 2019 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Parece inverosímil. ¿Sentirse amenazado por un osito panda? El cuerpo de peluche, los ojos bien abiertos, el curioso andar de sus rueditas mientras te sigue a todas partes como la más leal de las mascotas. Sería el muñeco perfecto de no ser porque no es un muñeco, sino un “kentuki”: un robot de moda con cámara y micrófono para que un desconocido espíe tu vida de manera remota desde que decidas abrirle la puerta.

En “Kentukis”, su segunda novela, la escritora argentina Samanta Schweblin desarrolla situaciones perversas en las que algo cercano y familiar se vuelve tan amenazante como para dejar a sus lectores con las rodillas tambaleantes.

La autora dice que para su literatura elige lo que despierta su atención en lo cotidiano. Lo siniestro, explica en entrevista con AP, le atrae “por su ruido, por la arbitrariedad con la que, como sociedad, construimos los límites entre lo que es real y lo que no lo es, lo que es normal y lo que no lo es, lo que es aceptable y lo que no lo es”.

Cada kentuki cuesta 279 dólares y se vende en tiendas de autoservicio como cualquier producto electrónico codiciado. Además de pandas, hay topos, conejos, cuervos y dragones. Su funcionamiento depende de dos individuos: el que lo compra y lo lleva a casa como un animal de compañía y el que elige “ser” kentuki, es decir, una persona que compra una tarjeta de la misma marca para conectarse remotamente a la cámara tras los ojos de la criatura y operarla para observar la vida privada de alguien más. El coctel de abuso y voyeurismo que se desencadena nutre la narrativa y mantiene la lectura entre el desconcierto y el horror.

Schweblin ha dicho que la idea de “Kentukis” surgió mientras le daba vueltas al funcionamiento de los drones, a su modo de revelar una intimidad oculta desde otras perspectivas. El nombre de sus creaciones se le ocurrió casi por azar, mientras pensaba en algo que remitiera a sus lectores a un producto popular, estrafalario, y a una marca simple pero conocida.

Con poco más de doscientas páginas y una decena de protagonistas, “Kentukis” es un libro coral. Robin es una adolescente chantajeada por un oso que le exige dinero a cambio de no publicar imágenes de ella con los pechos al aire. Alina es la pareja de un escritor y desquita sus frustraciones con un cuervo en México. Emilia, desde Perú, es una mujer sola que se encariña con la dueña del conejo que le presta sus ojos en Alemania sin imaginar los riesgos de vulnerarse así.

Por su estructura, un sutil coqueteo entre el cuento y la novela, Schweblin deja algunas historias inconclusas. Sin embargo, sus vacíos no defraudan la lectura sino que crean puntos de tensión que hacen de cada relato algo inquietante y difícil de olvidar. Dice que no podría explicar cómo se logra “esa tensión entre las palabras del que escribe y todo lo que el lector nombra en silencio, para sí mismo”, pero tiene claro que el vínculo entre su pluma y quien da vuelta a la página es lo que mantiene sus textos en movimiento: al escribir ella abre una puerta que se cierra en la cabeza de cada lector.

De inicio podría pensarse que la novela se enfoca en los riesgos de la globalización y la tecnología, pero en una capa más profunda “Kentukis” explora lo humano. En la trama no hay oso que se vuelva invasivo, violento o chantajista por sí mismo, sino por la carne y hueso que hay detrás de cada peluche mirón. Entonces, podría pensarse, no es la tecnología en sí misma, sino el modo de utilizarla y relacionarse con ella lo que la vuelve peligrosa.

Si bien esta es la primera vez que la escritora nacida en Buenos Aires en 1978 explora el terreno de la ciencia ficción, no es la primera vez que presenta una prosa que cimbra con desasosiego. En su antología “Pájaros en la boca” (2009), uno de sus cuentos más memorables se centra en el conflicto de un padre que no acepta la idea de que su hija se alimenta de aves vivas. En “Distancia de rescate” (2014), esa primera novela que la llevó a ser finalista del Premio Man Booker International, la protagonista es una mujer que agoniza en el hospital y a través de una conversación que por instantes parece alucinatoria, la voz de un niño misterioso sirve para recontar su pasado.

Contrario a lo que podría asumirse, lo que Samanta Schweblin aborda en sus libros no la inquieta durante el proceso de escritura, sino que le sirve para confrontar lo que se topa en lo cotidiano.

“Cuando algo me angustia, o me preocupa, o no termino de entenderlo, entonces necesito la ficción para desarmarlo… para probarme a mí misma frente a eso que me inmoviliza o me domina”, dice desde Berlín, donde reside.

Mientras teje sus tramas le abruman otras cosas, como trabajar con ciudades y culturas que no conoce a fondo y dar verosimilitud a sus relatos.

Es casi paradójico que perfeccionar esa credibilidad, esa posibilidad tan viva y tan latente de que este mundo conciba a un panda robótico que pueda chantajearnos con revelar nuestros secretos más ocultos sea lo que logre sosegar sus angustias mientras sus lectores deben hallar algún modo de huir de esas zonas oscuras que los lleva a recorrer.

(AP Foto/Markus Schreiber)

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La voz inquietante de Samanta Schweblin

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Originalmente publicado en Esquire no. 81 (PDF aquí)

No le basta ser una de las mejores cuentistas en español y ganar el IV Premio Internacional de Narrativa Breve. Además, acaba de publicar su primera novela: Distancia de rescate.

     Sara estaba sentada con la espalda recta y las rodillas juntas. Vestía el jumper de la secundaria y llevaba el pelo negro y lacio recogido en una cola de caballo.

—Comés pájaros, Sara.
—Sí, papá.

Se mordió los labios, avergonzada, y dijo:

—Vos también.
—Comés pájaros vivos, Sara.
—Sí, papá.

     Si no es con la historia de esta adolescente que se alimenta de los pájaros que sus padres le compran en la tienda de mascotas, Samanta Schweblin nos estremece con la de una mujer que escupe a su hija nonata en un frasco para conservas, con la de un Papá Noel que destruye a una familia en plena Navidad y con un hombre sirena que tiene la piel helada. Es infalible: Schweblin escribe un cuento, como éstos que forman parte de la antología Pájaros en la boca (2009), y uno siente un pasmo en la cara. El pasmo se prolonga en Distancia de rescate, su primera novela.

     Como cuentista ha ganado reconocimientos como el Premio Casa de las Américas de Cuba en 2008, el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo de Francia en 2012 y, hace un par de meses, el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.

    Su nueva obra inicia acompañada de la ilustración de una maraña de gusanos que muestra la estructura de la historia: un tejido conformado por las voces de una mujer y un chico que dialogan y revelan el conflicto de manera paulatina. Ella se llama Amanda, está en un hospital y morirá en pocas horas. Él es David, el hijo muerto de la vecina de la protagonista. “El chico es el que habla, me dice las palabras al oído”, explica la narradora. Esa sensación llega hasta el lector: la novela se lee y se escucha a la vez.

     Los escenarios y personajes de Schweblin pueden visualizarse con claridad absoluta y uno se siente ansioso por seguirles la pista hasta llegar al punto final. Desde Guadalajara, platicamos con la escritora argentina sobre su obra y lo que le inquieta al escribir.

ESQUIRE: Tus textos siempre son verosímiles. Sin importar lo que narres, cuando uno te lee parece que todo tiene sentido. ¿Cómo lo logras?
SAMANTA SCHWEBLIN: Es algo que me interesa en particular. Hay muchos tipos de literatura fantástica y yo me inscribo en la tradición rioplatense, que no habla tanto de monstruos y vampiros, sino de la posibilidad de que algo extraño, fuera del código de la normalidad, pudiera suceder. Creo que la normalidad es un código social, por lo que a nosotros podría parecernos extraño que alguien coma pájaros vivos, pero en China ocurre algo así con los peces. Es decir, todo depende del código que construimos.

ESQ: Has dicho que te interesa el concepto de “velocidad”. ¿Qué quiere decir eso?
SS: A veces se asocia con lo rápido y superfluo, pero en la literatura —cuando se trabaja bien— puede ser lo contrario. Exige que trates de transmitir la mayor cantidad de información con la menor cantidad de palabras posible. En el momento en el que no sólo logras escribir sobre el papel, sino también en la cabeza de quien te lee, eso es velocidad, porque hay un doble juego. Está lo que escribes tú y lo que escribe el lector.

ESQ: ¿Cómo trabajas eso en tus cuentos y, ahora, en la novela?
SS: Por ejemplo, si yo escribo “afuera hace frío y llueve”, puede funcionar como el final de una novela, pero no como un inicio, porque ya no te estoy dando un universo en blanco, sino algo que ya existe, y tú no puedes construir nada sobre eso. En cambio, hay un cuento de [Raymond] Carver, que dice: “Un hombre manco toca la puerta de mi casa para venderme una fotografía”. ¿Lo ves? Con algo así, uno como lector puede preguntarse muchas cosas: ¿Quién es ese hombre? ¿Cómo tocó la puerta? ¿Por qué me quiere vender una fotografía? ¿Yo aparezco en ella? Esas preguntas están implícitas y eso es velocidad: escribir múltiples ideas en una sola oración y permitir que el lector entre a jugar.

ESQ: ¿Cómo viviste la transición del cuento a la novela?
SS: Fue un paso engañoso. Primero porque es una nouvelle —una novela muy breve— y segundo porque la historia empezó como un cuento. En ningún momento pensé: “Este es el momento de sentar cabeza, como dirían los editores, y dejar este juego infantil de escribir cuentos para embarcarme en el grandísimo proyecto de escribir una novela”. Jamás. Lo que sucedió es que estaba escribiendo un cuento y empecé a tener problemas logísticos con él. A mi cabeza de cuentista le tomó un tiempo darse cuenta de que el problema era que la historia no se podía contar en 10 páginas: necesitaba 130 páginas más. Y aunque ya tenía clara cuál sería la historia, fue muy difícil mantener esa intensidad que yo le exijo al cuento. Para mí lo fundamental es la tensión: si no existe, no vale escribir. Ese fue uno de mis grandes miedos al cambiar de género.

ESQ: En la novela uno tarda en comprender lo que pasa, pero igual no puede dejar de leer.
SS: Es la historia de una madre y su hijita de dos o tres años que van a veranear a una zona rural argentina y sufren un accidente del que no pueden salir, así que la novela es casi como una sesión de psicoanálisis entre dos voces muy desesperadas. Ahí está la tensión, porque saben que el tiempo corre y que pronto van a morir. Es como una especie de tiempo vacío, y se repite una y otra vez la historia para tratar de detectar qué es lo que pasó. La interrogante también la tiene el personaje principal, que quiere saber por qué está varada en ese espacio.

ESQ: Tus cuentos suelen aparecer en antologías. ¿Tuviste miedo de publicar la novela, que es un texto solo?
SS: Sí, un poco, porque es una maquinaria que está sola. Es como armar un barquito de papel: uno lo pone en el agua y no sabe si va a flotar. Cuando uno tiene cuentos se multiplican las posibilidades para poder conectar con el lector. De cualquier modo, creo que siempre va a ser más interesante un libro de cuentos que una novela, porque te da la oportunidad de entrar a un mundo diferente de manera efectiva y rápida. Hay muchos más mundos en un libro de cuentos que en una novela.