Juan Mata: el crack con corazón de oro

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Originalmente publicado en Esquire no. 62 (PDF aquí)

Es un domingo cualquiera en Londres. Sentado en una banca de la estación de Waterloo, Juan Mata espera la llegada del metro. El futbolista español, puntal del multicampeón Chelsea que pagó 28 millones de euros por él en 2011 al Valencia, disfruta recorrer la capital de Inglaterra como cualquier mortal: valiéndose del transporte público.

Cuando sale de casa, no le preocupa que una horda de fanáticos o periodistas le acosen, sino mantenerse a salvo del frío. Para protegerse lleva chamarra, bufanda, gorro y su inseparable reloj IWC.

Mata no viaja en vehículos blindados ni está rodeado de guardaespaldas. «El metro es la manera más rápida y sencilla para moverse a través de Londres. Me gusta llegar a diferentes zonas en autobús y taxi porque así puedo conocer la ciudad de otra manera», dice. Para el deportista, que a sus 25 años tiene la fortuna de ser exitoso en el más popular de los deportes, lo importante es hacer una vida normal, como los chicos de su edad.

El futbol se presta a los excesos y a la fama desbordada. El ‘humilde’ garaje de Cristiano Ronaldo, por ejemplo, es uno de los más envidiados del mundo. Entre otros autos, resguarda un Bentley Continental gt Speed, un Rolls-Royce Phantom Drophead Coupe y un Bugatti Veyron. David Beckham, por su parte, se casó con una Spice Girl que posee una colección de bolsas Hermès valuada en más de un millón de libras y vivió en la casa que los medios apodaron ‘The Beckingham Palace’, una mansión de los años treinta que presumía de siete hectáreas de terreno. Juan Mata, en cambio, habita un flat cerca de Stamford Bridge (el estadio de Chelsea) y llega a pie a sus entrenamientos.

El centrocampista lleva dos años viviendo en Londres, pero de tanto en tanto añora su vida en España (el blog que posee y él mismo alimenta dos o tres veces al mes se llama One Hour Behind, porque entre Madrid y Londres la diferencia horaria es de 60 minutos). En Asturias, al norte de España, está la calle Uría, donde se reunía con sus amigos. Ahí está también su familia y la fabada de su abuela, quien lo espera con un plato recién preparado para consentirlo cuando vuelve a su hogar.

Como los chicos de su edad, que prueban suerte lejos de casa, Juan extraña la comida de su lugar de origen. Cuando Marta, su madre, viaja a Londres para visitarlo, le lleva ingredientes típicos de Asturias. Juan intenta cocinar, pero no siempre tiene éxito. «No soy muy bueno cocinando, pero comiendo sí», dice. Empaquetada junto al jamón ibérico, en el compendio de efectos culinarios que recibe de su madre, también hay sidra española. Juan la sirve, distanciando la botella de la copa (una mano muy arriba y otra muy abajo), como un buen español sabe hacer.

Si el hijo de un ex futbolista del Burgos –que inspiró su profesión y hoy está a cargo de sus relaciones públicas– ha sobrellevado una nueva vida en Inglaterra, no sólo ha sido por amor al futbol, sino gracias a la pasión que comparte con su hermana Paula. «Me gusta mucho viajar. Ahora lo hago más gracias al deporte, pero el trabajo no siempre me deja tiempo para recorrer una ciudad. A veces solo vamos del aeropuerto al hotel y viceversa». Sin embargo, desde la ventana de su habitación en cualquier país europeo, Juan captura fotografías con su teléfono y las comparte a través de redes sociales. Como los chicos de su edad, presume sus viajes en Instagram. En el verano, mientras está de vacaciones, postea fotos desde el mar. En época de entrenamientos, retrata sus tenis verdes o a sus compañeros de equipo. Sus followers le siguen a través de las ciudades, estadios y vestidores. Un día está en Nueva York –una de las ciudades que más adora– y otro en Birmingham. En Twitter es igual: una tarde escribe feliz desde el Maracaná y en otra admite las fortalezas de sus rivales en la cancha. De este modo, en 140 caracteres, celebra sus victorias y –muy de repente– se lee el dolor de los fracasos de su equipo.

Cuando el número 10 del Chelsea alcanzó dos millones de seguidores en Twitter, publicó un video en YouTube para enviar dos millones de agradecimientos a lo único que no ha cambiado en su vida desde que empezó a tuitear: el apoyo de sus fans. Como los chicos de su edad, Mata sale con sus amigos a beber cerveza y a pasear por la ciudad. El público inglés lo reconoce, lo saluda y felicita. Uno que otro se detiene para pedirle una foto y un autógrafo. Juan siempre tiene tiempo para los demás y responde con amabilidad, accede al retrato solicitado y, con una sonrisa, queda inmortalizado en el Instagram de alguien más.

A pesar de que a los 23 años ya era un joven reconocido que había jugado en el Real Madrid Castilla y el Valencia, Mata no ha sido como las celebridades que golpean periodistas cuando les solicitan una entrevista, usan lentes oscuros para despistar a sus seguidores o despilfarran su dinero en público. El español puede comprar un buen traje en Savile Row, pero también buscar unos jeans cómodos en Bond Street. Puede usar una pieza de alta relojería, como las de IWC, y a la vez seguir encariñado con el primer reloj que llevó en la muñeca: un modelo que tenía calculadora en la pantalla y cambiaba los canales de televisión a distancia.

Cierta fama persigue a ciertos deportistas: de pocos temas pueden hablar si una conversación (o entrevista) no gira en torno al futbol. Con Juan Mata sucede todo lo contrario. Cuando millones de personas tenían puesta la mirada en el Mundial de futbol de Sudáfrica 2010, a él no sólo le preocupaban el balón y los once de la tribu, sino estudiar Marketing y Educación Física de manera simultánea. Además es bueno con los números: hubo una ocasión en que la Real Sociedad Matemática Española le pidió plantear un desafío matemático y Mata aceptó el reto. Hoy, que se ha familiarizado con la música indie, le ilusiona la idea de aprender a tocar la guitarra.

El asturiano habla de deporte si uno se lo pide, pero también disfruta platicar acerca de aquello que le apasiona fuera de la cancha. Si alguien le visita en Londres, presumirá del conocimiento que ha adquirido de la ciudad (a bordo de vagones de metro, autobuses y taxis) y será un excelente guía de turistas. Podrá conversar, con la misma facilidad, acerca de museos y zonas para ir de compras, o identificar los sitios donde Woody Allen filmó Match Point (2005).

En Messi, el goleador que nos despierta se va a dormir, el periodista Leonardo Faccio escribió que el futbolista más célebre de Argentina se aburre hasta con las series de televisión. A Mata le encanta leer. Conoce de memoria algunas líneas de Jorge Luis Borges y disfruta imaginar a los personajes de Paul Auster. «Paso tanto tiempo en aeropuertos, concentraciones y hoteles que me gusta tomar libros para desconectarme un poco del futbol. Lo que me encanta de la literatura es que te ayuda a evadir el mundo en el que estás». Juan aprovecha su tiempo libre para salir de viaje y postear fotos de los ejemplares que lee a bordo de un tren donde no solo viaja un futbolista estrella y campeón del mundo, sino un joven trotamundos que sale de casa con una mochila al hombro, como tantos otros chicos de su edad.

ESQUIRE: ¿Cuáles son los retos de jugar para un equipo multimillonario como el Chelsea?

JUAN MATA: A nivel deportivo, se trata de ganar títulos. Cada temporada el equipo pelea por títulos. Mi intención es mejorar como jugador para ganar.

ESQ: ¿Hay algún jugador que haya representado mucho en tu carrera?

JM: Cuando era pequeño, mi padre. Él también era futbolista y su ídolo fue Maradona. Siempre veía videos de él y a mí también me parecía un jugador irrepetible. Al crecer me interesó Pablo Aimar, de Argentina, que ahora está en un equipo portugués, y Zinedine Zidane, porque era un espectáculo.

ESQ: ¿Qué es mejor: el futbol español o el inglés?

JM: Depende cómo se valore. Son dos ligas diferentes. El inglés es más físico y de más ritmo. El español tiene que ver con la posesión. Lo cierto es que la liga inglesa, a nivel de espectáculo y organización, está muy bien. Estoy disfrutando mucho eso porque los estadios siempre están llenos.

ESQ: ¿Cuál es la situación del futbol español en este momento?

JM: La selección española está viviendo su mejor momento en la historia del país. Hemos ganado dos Eurocopas y un Mundial. Es cierto que este año los equipos alemanes superaron a los españoles y se han plantado en la final, pero equipos como Madrid y Barcelona siempre aspiran a cualquier título.

ESQ: Formas parte de la era de oro del futbol español. ¿Qué significa eso en tu vida?

JM: Es un orgullo. Me siento afortunado de estar viviendo este momento con la selección. Por suerte, llevo cinco años en la selección española, en la que hemos ganado prácticamente todos los torneos de un tiempo para acá.

ESQ: ¿Cuál es el principal reto para el Chelsea?

JM: A mí me encantaría ganar la Premier League. Es un título que no tengo. El Chelsea la ganó hace poco y sería fantástico repetirlo. Aquí hay jugadores de nivel y podemos conseguirlo.

ESQ: ¿Recuerdas tu gol más celebrado?

JM: Por el momento en el que fue, y porque estaban mi familia y amigos en el estadio, creo que el de la final de la Eurocopa cuando entré y marqué el cuarto gol. El último de la final, fue el más importante de mi carrera.

ESQ: Por último, ¿qué opinas del retiro de Sir Alex Ferguson?

JM: Independientemente del equipo en el que jugamos, todos tenemos un sentimiento de agradecimiento hacia él y hacia lo que aportó al futbol. Le deseo lo mejor en esta nueva etapa.

Imaginación a la deriva

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[Esquire no. 51]

India es sólo un punto de tierra lejana y distante que la familia de Piscine Militor Patel ha dejado atrás para rehacer su vida en América. A bordo del barco que se dirije a Canadá, también viajan los animales del zoológico en el que Pi se crió. Una noche inquieta, un naufragio, un joven que es arrojado a una lancha en la se esconde un tigre de bengala llamado Richard Parker y la piel erizada del espectador ante el lazo que Pi busca en la mirada del animal que le acompaña por los más de 200 días que se mantiene a la deriva. La nueva cinta del director Ang Lee formula más preguntas que respuestas y el viaje que emprende el protagonista es también un deleite visual: Life of Pi está repleta de imágenes que invitan a involucrarse en el mundo de los personajes y, a través del 3D, aproximarse al esplendor de la naturaleza que retrata la cinta. Desde Los Ángeles, California, platicamos con Claudio Miranda, director de fotografía del filme, y nos habló de su trabajo junto al director taiwanés.

ESQUIRE: ¿Qué define un buen trabajo de fotografía en cine?

CLAUDIO MIRANDA: Una buena fotografía es aquella que se siente real. Es decir, que involucra al espectador en la historia. Se debe leer el guión y comprender las palabras. Se puede jugar con la luz para ofrecer algo que nadie más puede lograr y eso transmite vida. Es casi como lo que hace un pintor con una brocha: añade trucos de luz y crea movimiento. Una buena película necesita de todos aquellos que están detrás de cámaras. Life of Pi, por ejemplo, tiene unos efectos visuales increíbles que rodean a la audiencia y el diseñador de producción es formidable. Estos fueron algunos de los elementos que me atrajeron para formar parte del proyecto.

ESQ: ¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Ang Lee?

CM: Ang Lee es muy diferente a otros directores con los que he trabajado. Su historia parte de un punto emocional muy importante y me hizo sentir algo grandioso al trabajar en determinadas escenas. Constantemente me daba referencias visuales y me decía qué apariencia quería que se le diera a uno u otro día. Es decir, si quería luz, sombra, lluvia o cualquier otro ambiente y, dependiendo de eso, se creó la iluminación.

ESQ: De las escenas que tuviste a cargo ¿cuál fue tu favorita?

CM: Hay una que filmamos en el agua, durante una celebración nocturna. Fue hermosa porque colocamos 50,000 velas y amé la iluminación que obtuvimos. La filmamos en una alberca inmensa y, mientras estábamos ahí, nos decíamos: ¡wow! ¡mira lo que logramos! Todo lo que hicimos en India fue increíble. Fue el mejor lugar para para filmar y que una pequeña parte de la historia tuviera lugar.

ESQ: ¿Hay alguna circunstancia específica en la que disfrutes trabajar?

CM: Amo iluminar con velas. Realmente me gusta cuando la luz parece ser invisible. Es decir, cuando se siente natural y los actores se pueden mover sin problemas a través de un set.

ESQ: De las cintas en las que has trabajado ¿cuál te enorgullece más?

CM: Todas son diferentes. Ninguna de mis películas se parece pero me gustan todas por una u otra razón. Por ejemplo, The Curious Case of Benjamin Button fue muy especial, muestra muchas situaciones paralelas por las que atraviesa un hombre que vive a la inversa. Tron: Legacy, en cambio, parece electrónica y sintética porque transcurre en un mundo que no conocemos. Pero, si tuviera que elegir, diría que Benjamin y Life of Pi son las más especiales para mí.

A quien corresponda

La última vez que Virginia Woolf le dedicó unas palabras a su esposo, con quien estuvo casada durante 29 años, fue a través de una carta que escribió antes de suicidarse en el río Ouse. Si hoy esa misiva es atesorada junto con otras 3,800 epístolas que la pensadora británica redactó a lo largo de su vida, no sólo es porque el texto preserva su personalidad y revela esbozos de su filosofía, sino porque pertenece a una época en la que la redacción de una carta era un acto solemne.

La historia se escribe, dicta la sabiduría popular. Durante siglos –junto con registros contables y documentos del gobierno– la historia se escribió a través de cartas. De ser un instrumento de comunicación privada –siempre de gente educada, claro– se puso al servicio de la religión y el arte. En el Nuevo Testamento están las epístolas a los romanos, a los corintios, a los gálatas, a los efesos, a tantos más. En Frankenstein, Mary Shelley le da vida a un monstruo de piel putrefacta a través del relato de un capitán que mantiene correspondencia con su hermana para describir la rivalidad entre criatura y creador.

Hoy las cartas han perdido su encanto, incluso en Internet. Si se googlea (verbo nacido de la era sin cartas) la palabra “correo”, el primer resultado que arroja el buscador es el de un servicio electrónico de Microsoft. El cuarto resultado enlistado –el enciclopédico– no define el servicio que conlleva el transporte de cartas o documentos de un lugar al otro, sino el “electrónico”. No es sino hasta la parte inferior del navegador que el servicio postal mexicano enlaza a una página que, de primera instancia, muestra una postal en color sepia para referir al viejo edificio de correos que se inauguró, en la Ciudad de México, en 1907. La imagen gastada, con sus anotaciones en letra cursiva, se traduce en nostalgia.

Juan Villoro escribió que pertenecemos a la primera generación que vio desaparecer las cartas. En tiempos de emoticons, TQM’s y 4EVERFRIEND’s, la redacción de una carta escrita a mano es casi una artesanía. Hoy ya nadie tiene pluma y papel a la mano –para escribir está el iPad o, mejor aún, el iPhone– y, mucho menos, paciencia. Antes el sistema de correo alimentaba la dulce espera entre dos amantes, avivaba la inquietud de una mujer que esperaba noticias de un marido en la guerra. Hoy ya nadie espera y, mucho menos, cuida su prosa: la comunicación electrónica transformó la palabra en obsolescencia, aceleró su caducidad.

La mutación del sistema de correo también transformó al intermediario que solía participar en este proceso de comunicación. Los griegos empleaban atletas que corrían de un lado a otro para entregar una carta. Los mosqueteros se valían de hombres a caballo para transportar una misiva. Los árabes confiaban en los servicios de las palomas mensajeras. Hoy sólo en el universo de fantasía de Harry Potter podría concebirse que una lechuza estuviera a cargo de la entrega de un mensaje que podría enviarse, en segundos, por email.

Hoy no hay esclavo de la cultura de masas que conciba su vida sin correo electrónico. Cuando la extinción de las cartas escritas a mano –y la extraviada sensación de espera– se agradece, olvidamos que, sin cartas, Jonathan Harker no habría descrito al vampiro más famoso de la historia –en Drácula– ni el joven Werther habría narrado las desventuras de su amor en una de las novelas mas icónicas que Goethe entregó al romanticismo. Kafka jamás habría expresado su rencor al padre. No habría cartas a ningún joven poeta. Jaimito, el cartero, no existiría.

Julio Cortázar expresó que odiaba las cartas literarias, cuidadosamente preparadas, porque él prefería dejar correr libremente el río de pensamientos y afectos. En estos días en que lo único que recibimos del servicio postal es un montón de cuentas por pagar, la correspondencia del creador de los cronopios y de famas es un tesoro en los estantes y librerías de una sociedad que se ha olvidado de cartear.

El vampiro no es como lo pintan

Bela Lugosi In 'Dracula'

[Esquire no. 57]

John William Polidori, autor de una de las primeras obras de vampiros de habla inglesa, cobró 30 libras esterlinas por la publicación de The Vampyre, que apareció en The New Monthly Magazine hace casi 200 años. En 2009, Stephenie Meyer –creadora de la Twilight Saga– se convirtió en la primera escritora de la historia en vender 1.3 millones de libros en menos de 24 horas. Actualmente, con una fortuna estimada de 14 millones de dólares, está posicionada como una de las 15 mentes literarias más ricas del planeta.

Lo que el caso de Meyer demuestra no es que convertirse en multimillonario requiera de toda una vida de trabajo (la primera novela de Twilight se publicó cuando ella era un ama de casa de 32 años de edad) ni que los sueños sean reveladores (según ella, los personajes y el conflicto de sus novelas surgieron, literalmente, de la noche a la mañana), sino que un mito es capaz de permear a través de toda época y sociedad. Es decir, lo que Meyer se sentó a escribir después de haber soñado con el romance entre un vampiro y una mortal no fue una historia de amor entre dos adolescentes excéntricos, sino un mito reinventado que, por su relevancia para la sociedad contemporánea, le depararía un futuro de adaptaciones cinematográficas, alfombras rojas y reflectores.

El mito del vampiro –como un muerto viviente que necesita beber sangre para sobrevivir– no nació en los pasillos lúgubres de un castillo en Transilvania. Surgió en una caverna a partir del temor y la incertidumbre de quienes vivieron en espacios propensos a la generación de enfermedades. Se manifestó a partir de la contemplación del deterioro corporal y mental de aquellos que contraían rabia a causa de la mordida de un murciélago que generaba contagios y un ciclo de agresividad y muerte casi imposible de explicar. Y así, la pequeña y desagradable criatura que dormía patas arriba en la oscuridad, se transformó en una construcción imaginaria del mal.

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El mal, como era de esperarse, se materializó en un cuerpo. Dejó sus alas y su mortalidad en los relatos que durante siglos se transmitieron oralmente de generación en generación y, a través de la literatura, cobró vida. Cuando Bram Stoker publicó Drácula –en el esplendor del romanticismo, casi 100 años después de que Goethe personificara, en Fausto, la inquietud humana por alcanzar la vida eterna– el escritor irlandés concibió a la criatura inmortal más famosa de la Tierra: el Conde Drácula –inspirado en Vlad Tepes, un prícipe rumano que se volvió célebre por empalar a sus enemigos durante la guerra– ha sido el segundo personaje más representado y reinterpretado del cine y la televisión (sólo después de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle).

Cuando Max Schreck personificó a la primera figura draculesca de la historia en Nosferatu (1922), el cine solidificó el estereotipo más valioso de la industria mediática de nuestros días. En esta obra maestra del expresionismo alemán, el legendario F.W. Murnau definió el imaginario colectivo con una figura alargada y gótica, de orejas y manos puntiagudas, que vestía una indumentaria negra y exhibía un par de ojos cristalinos que reafirmaban su personalidad hipnótica. Precisó el universo simbólico –con espejo, colmillos y ataúd incluído– que la experiencia humana modificaría y actualizaría en los años por venir.

En el libro El mito del vampiro, Maria Josefa Erreguerena escribió que el discurso cinematográfico cumple la función de actualizar la construcción imaginaria de estos muertos vivientes cuyo aspecto ha variado de una década a otra. Lo mismo sucede con la televisión. Ésta, como el cine, crea patrones que cada persona asimila e interpreta de acuerdo al momento histórico en el que se encuentra. Por eso el primer Drácula negro de la historia apareció nueve años después de que Martin Luther King pronunciara su discurso de I Have a Dream y The Munsters (1964) demostró que el gusto por parodiar el vampirismo es efímero: dos años después de su estreno, la serie televisiva fue cancelada porque la presentación de Batman aniquiló sus ratings y el dueño del Batimóvil resultó ser más atractivo que Grandpa Munster, un vampiro anciano de adorable sonrisa y espíritu de laboratorista cuya transformación en murciélago era más cómica que épica.

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La línea que antes separaba al vampiro del ángel se ha desdibujado. El Nosferatu de Murnau era aterrador por su carácter ominoso: aunque se le tuviera frente a frente y exhibiera un aspecto físico similar al de los humanos, no tenía sombra ni se reflejaba en el espejo. Era una criatura que ostentaba la amenaza de condenar a su víctima al infierno de soportar la vida eterna a costa del asesinato. Por el contrario, el vampiro que Stephenie Meyer ideó para Twilight es objeto de deseo de las adolescentes contemporáneas. El poder de Edward Cullen no surge del miedo, sino de lo anhelable que resulta su mordida. Para él, la luz de sol no representa su aniquilación, sino la posibilidad de exhibir la textura de diamante que esconde bajo su piel. Es un héroe que apareció como herencia de la literatura creada por la mujer que lo cambió todo: Anne Rice.

El vampiro contemporáneo nació del ateísmo. Durante años, Rice declaró que no creía en Dios y a su escepticismo debemos la invención de un ser que, aunque hematófago, manifestaba una personalidad humana. Interview with the Vampire (1976) narra la historia de Louis, un ser débil y afectivo que se lamenta por la inmortalidad con la que fue condenado y confiesa su historia a un reportero que termina por rogarle que lo muerda para transformarse en uno de su clase. Como es evidente, la novela de Rice asesinó al vampiro como antihéroe y, con la presencia de Brad Pitt y Tom Cruise al frente de la adaptación cinematográfica de los años noventa, se estableció que los vampiros debían ser guapos, cursis y mártires que –si bien serían una vergüenza para los ambientalistas– estarían dispuestos a convertirse en ‘vegetarianos’.

Los muertos vivientes de nuestros días no encarnan una maldición, sino la virtud de escapar de lo ordinario. Son hombres y mujeres que, por sus habilidades corporales y mentales, evidencian el poder que tienen sobre otros y se elevan por encima del resto de la masa que, aunque no asesine para sobrevivir, tampoco conoce de telepatía, supervelocidad o predicción del futuro. En una cultura Occidental hambrienta de engimas y héroes a seguir, el vampiro es el agente que nos gratifica exhibiendo las ventajas de lidiar con una vida alternativa.

Hoy exoneramos al vampiro del ridículo. Le permitimos materializarse en féminas tan curvilíneas como Salma Hayek (en From Dusk Till Dawn, el churro noventero de Robert Rodríguez), enseñar a matemáticas a los niños (recordemos al Conde Contar, de Plaza Sésamo) y hasta tener sexo. Antes el vampiro era un muerto que, como la lógica básica indicaría, sólo aprovechaba la sangre que robaba de otros para alimentarse. Ahora, según Stephenie Meyer, los vampiros incluso pueden procrear. Hoy, como espectadores de películas y series de vampiros, no sólo perdonamos el artificio, sino que lo pedimos a gritos.

El vampiro sintetiza las obsesiones del hombre porque personifica un coqueteo entre lo ventajoso y lo maldito de la inmortalidad. En el libro The Blood is the Life, Leonard G. Heldreth y Mary Pharr afirman que todo vampiro es una especie de oxímoron: una contradicción que denuncia a un ser tan admirable como subversivo. Por ello, incluso el hematófago contemporáneo despierta, de manera simultánea, terror y fascinación. Si bien es prácticamente imposible apreciar la maldad demoniaca del Drácula de Bran Stoker en Edward Cullen o Bill Compton, el protagoista de True Blood, el vampiro sigue siendo una figura siniestra que puede permanecer oculta durante siglos y renacer cuando el imaginario social lo requiera. Si algo es un hecho, y así lo ha comprado la historia, es que, como seres humanos, siempre viviremos a la sombra del vampiro.

Las poseídas, de Betina González

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[Esquire no. 60]

Más vale conservar el estigma de la puta que el de la virgen, piensa la narradora de Las poseídas. En la tercera novela de Betina González, María comparte la rabia de su creadora, quien a través de su voz ironiza el cosmos –caldo de cultivo del estereotipo de la mujer abnegada– de las niñas bien. María coquetea con la diferencia (o rebeldía, acusaría la institución religiosa), desde el principio de la historia, pero no sucumbe por completo a la subversión. Para eso, define la pluma de la autora, está Felisa.

En el colegio de las Hijas de la Inmaculada Concepción, Felisa es la diferencia. Es ‘la nueva’, la que llegó de Londres, la que hipnotiza con su melódica lectura de un poema de Shelley, la que en voz alta dice que se matará sin temer pasar la eternidad al fondo del Infierno dantesco. Felisa no teme la diferencia. No baja la cabeza cuando transgrede las normas. No es indisciplinada por pura presunción. Es, simplemente, Felisa.

Su llegada al instituto –y la consecuente ruptura que ocasiona– detona la historia. Sin embargo, aparece de manera intermitente. María revela los detalles que fascinan de su personalidad a cuentagotas. De este modo, Felisa se mantiene como una figura enigmática y la narradora da cuenta de una diversidad de anécdotas que abordan, casi de manera cómica, los presupuestos en torno a la femineidad, las arbitrariedades del mundo adulto y la tipificación de la familia como sinónimo de perfección. Detrás de Las poseídas, está la lectura que Betina González realizó de Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy, autora suiza que si bien no inspiró la escritura de la novela, sí convenció a González de la urgencia de reflexionar sobre el tema. Durante su última visita a México, con un café de por medio, la escritora argentina nos habló de su obra y pasión por la literatura.

ESQUIRE: ¿Qué impacto esperas que tenga Las poseídas en países latinoamericanos, que suelen tener mayor interés en las instituciones religiosas?

BETINA GONZÁLEZ: Espero que permita pensar mucho en aquello que damos por sentado. La iglesia católica preescribe ciertos roles para la mujer y el hombre. Sin embargo, éstos van más allá de la religión. Es decir, aunque uno no sea católico, se crió permeado por esas ideas. Eso discurre frontalmente en la novela; desmonta y desarma esos roles de género. Por ejemplo, la adolescente es un personaje tan trivializado y cliché, que es muy difícil trabajarlo en la literatura. Sin embargo, valió la pena romper esos parámetros y burlarme de las miradas de ese mundo, que son masculinas.

ESQ: ¿Cómo escapa Felisa al estereotipo?

BG: Es el único personaje de la novela que se mantiene estable. Ella resulta indefinible para todas. Eso le fascina a la narradora. Es abismal porque no es igual a nadie. Mantener su singularidad hasta el final fue un esfuerzo narrativo. La adolescencia es un momento supremo de originalidad. El adolescente se siente único y capaz de todo. Después perdemos eso. Cuando ingresamos al mundo adulto, tenemos que domesticarnos y ser uno más. La novela no claudica en ese personaje. Ese fue el desafío.

ESQ: ¿Cuál es el reto de escribir una novela cuando tantos lectores están acostumbrados a leer textos breves en formato digital?

BG: No pienso mucho en eso cuando escribo, pero creo que hay que relativizar. El libro y la ficción siempre van a tener lectores, aunque cambien de formato. Y esta situación también puede ser una ganancia. Entregarnos esas lecturas –yo también leo textos en línea– es un entrenamiento que puedes aprovechar en tu favor: la brevedad y lo conciso. La novela corta me fascina. Antes sólo eras escritor profesional si creabas una gran novela, pero eso también hay que relativizarlo. Basta mirar a [Juan] Rulfo, que era bastante breve.

ESQ: ¿Cuáles son las ventajas de la novela corta?

BG: Es un género que privilegio. Tiene las ventajas del cuento y de la novela, pero posee un equilibrio difícil de lograr. No digo que no hay que leer las novelas de 500 o 600 páginas pero, en muchos casos, representan un acto de narcisismo del autor. A mí me interesa más el desafío de escribir una novela corta –para entender su arquitectura, que es casi perfecta– que el hecho de tener un libro de 500 páginas donde puede tener cabida cualquier digresión.

ESQ: ¿Cómo cambia tu experiencia cuando escribes cuentos y cuando trabajas en novela?

BG: Me considero más novelista que cuentista porque las historias que se me ocurren necesitan espacio para desarrollarse. Para mí, la novela surge de una secuencia, de una escena que en sí misma tiene el germen de una narración más extensa. Se me ocurren a partir de imágenes. Por ejemplo, Arte Menor [su primera novela] es la historia de un artista que le regalaba la misma estatua a todas sus amantes. Es posible resumir esaa idea en un cuento, pero en una novela gana complejidad y, por tanto, interés. Por eso coincido con [Julio] Cortázar, que lo comparaba con la poesía, y [Ricardo] Piglia, que decían que el cuento tiene la inmediatez del poema y su momento de revelación.

ESQ: ¿Qué tanto se transforman tus novelas desde que las concibes y hasta que las ves impresas?

BG: ¡Fatal! Una de las primeras cosas que uno debe aprender como escritor, es que la frase real nunca será como la que tenías en la cabeza. Ese paso es abismal. En tus mejores momentos, achicas esa brecha, pero siempre es muy grande. Hay muchos jóvenes que quieren escribir, vienen a mis talleres, se paralizan y frustran por eso. Pero es parte del oficio. Escribir, como decía [Juan Carlos] Onetti, siempre es insobornable.

ESQ: ¿Cómo vives la experiencia de terminar de escribir una novela?

BG: El final de un libro siempre es un momento de luto. Hay una pequeña tristeza porque vas a dejar de entrar al mundo en el que estabas. Y, cuando lo hagas, releerás un mundo estático, que para ti ya no está vivo. A mí no me cuesta empezar los libros, me cuesta terminarlos. Hasta ahora, no he vivido el síndrome de la página en blanco, de no saber qué escribir. Escribes un libro y pasas todos los días con él, pero no sabes cómo terminarlo.

ESQ: Tardaste años en dedicarte por completo a la literatura. ¿Qué es lo que más disfrutas ahora?

BG: La escritura como tal. Nunca he comprendido la idea del escritor torturado. Eso es un cliché que nació en el siglo XIX. Escribir es un momento de suprema felicidad que es inaccesible para cualquier otro. En ese instante, tú eres Dios. Por eso [Friedrich] Nietzsche decía que la creación era el gozo absurdo, porque el ser humano es el único que crea desde la nada. Eso que la gente llama don o talento, es casi la última conexión que tenemos con lo divino en esta época en que nadie cree en nada.

Blancanieves: el cuento reinventado.

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[esquirelat.com]

Silente y en escala de grises se estrena Blancanieves. En tiempos de cinéfilos cautivos de Transformers y bandas sonoras 100% electrónicas, Pablo Berger dirige un filme mudo que reinterpreta el cuento clásico de los hermanos Grimm en 90 minutos de imágenes en blanco y negro. La producción española aparece en escena ante el auge que ha creado el resurgimiento de las princesas, brujas malvadas y bosques encantados.

En 1937, la casa productora que catapultó a Mickey Mouse como emblema infantil y corporativo anunció el lanzamiento de su primera película: dos millones de ilustraciones compiladas bajo el nombre de Snow White and the Seven Dwarfs. El filme animado, como todas las creaciones del sello de Walt Disney, era un producto para niños. Casi 70 años después renació el interés por la fantasía. Guionistas de cine y televisión desempolvaron sus libros viejos para probar que la magia ya no era asunto de niños, sino de negocios. Blancanieves dejó de ser el tierno dibujo animado de una niña que ecualizaba su voz con el canto de pajarillos para ser suplantada por la insipidez de Kirsten Stewart; la bruja mala perdió sus verrugas y se transformó en Charlize Theron.

Si la ciencia ficción fue la materia prima del éxito del cine comercial de los ochenta, en la literatura fantástica está el gérmen de la gloria del cine de nuestros días. Si bien los cuentos clásicos no han generado el mismo impacto que los héroes nacidos de los cómics de Marvel, sí han demostrado que hay un mercado hambriento de la reinterpretación de las narraciones infantiles. A la tendencia obedeció el lanzamiento de Once Upon a Time (2011), serie que sitúa a Blancanieves, Rumpelstiltskin y el Capitán Garfio en un pueblo mágico cerca de Massachussetts; Mirror, Mirror (2012), cinta en la que no importó Lily Collins, sino la ridícula participación de Julia Roberts como la bruja mala y Snow White and the Huntsman (2012), donde Kirsten Stewart se olvidó de los vampiros y Chris Hemsworth cambió el martillo del dios del rayo por el hacha del leñador.

Blancanieves, de Pablo Berger, es una apuesta distinta al resto de las adaptaciones de la historia de la princesa que, junto con Eva y Steve Jobs, inmortalizó a la manzana como el fruto más famoso del cine. Aunque la heroína (Macarena García) se mantiene como un personaje socialmente maltratado y la bruja (Maribel Verdú) sigue siendo tan seductora como infame, la esencia de la cinta es única de principio a fin.

El relato no inicia en una tierra lejana, sino en la España de los años veinte. Desde la compilación de imágenes estáticas que introducen a la trama hasta la delicada lágrima que finaliza la narración, es una cinta que privilegia la ceremonia. El filme rescata la teatralidad del cine mudo de principios del siglo XX y reimagina el contexto de la protagonista para ambientar su vida y los conflictos que le ocasionará su madrastra en medio de una de las más profundas y arraigadas tradiciones del mundo: el toreo.

La Blancanieves de Berger en realidad se llama Carmen –su nombre y belleza remiten a la estrella de la ópera de Bizet– y tiene un padre torero (Daniel Giménez Cacho) que además de la mirada, le hereda su fascinación por los astados de piel de noche. Carmen –Blancanieves– no seduce acariciando avecillas desde su ventana, sino a través de la solemnidad que transmite mientras se detiene frente al toro. En esta cinta, la protagonista no canta, pero sí conquista con la danza que inicia mientras torea a la belleza salvaje que enfrenta en el ruedo. Ahí surge la gloria que fácilmente permite imaginar el sonido de los aplausos que el público no escucha. Ahí también aparece la manzana envenenada que pondrá al espectador a temblar. Como siempre, en la plaza se crea una perfecta armonía entre el arte y la tragedia.

Hay una fascinación que invariablemente surge del galanteo entre la vida y la muerte. Pablo Berger lo aprehende en blanco y negro con una extraordinaria guitarra española como único elemento sonoro y la sobresaliente actuación de los intérpretes que no tienen más que su cuerpo para hablar. Blancanieves es una cinta imperdible y se estrena en México este 23 de agosto.