“Tiembla”, 35 miradas al sismo que sacudió a México en 2017

IMG_0814

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2018 (link aquí)     

Hay una voz que de tanto en tanto estremece las calles de la Ciudad de México y al propagarse nos recuerda que el peor de nuestros miedos se oculta paciente en el seno de la Tierra.

Hace un año, el 19 de septiembre de 2017, la alerta sísmica se activó en las bocinas de la capital mexicana a la 1:14 de la tarde. La voz masculina que anunciaba el terremoto de 7,1 grados se ahogó en los gritos de quienes corrían despavoridos y a los pocos minutos esos gritos se convirtieron en silencio.

Enmudecer no es inusual después de un trauma. Aquel martes en que los mexicanos recordaban otro sismo de 8,1 grados que destruyó la ciudad exactamente 32 años atrás, en 1985, miles pedían al mismo tiempo que el movimiento cesara, pero la estabilidad del suelo no nos devolvió la calma.

Diez días después, el escritor y editor argentino Diego Fonseca visitó la Ciudad de México y recuerda haberla encontrado en una pausa, “como si el terremoto hubiera acabado con la voz de su multitud bochinchera y encogido los ánimos hasta convertir al Monstruo en un animalito tímido”. La cena que organizó con amigos en el barrio Roma —uno de los más afectados por el desastre que dejó más de 200 muertos— se transformó en catarsis. Al expresar nuestros pesares la tristeza se matiza. La turbación revive, pero uno se siente menos solo al escuchar que el horror fue compartido. Narrar no repara el daño, mas sí ayuda a sanar.

Aquella cena fue el preámbulo de un libro que se publicó en marzo y se relanzó este mes por el aniversario del sismo. El origen de “Tiembla” estuvo en la necesidad de confrontar el vacío que tras la sacudida dejaron los muertos, las fallas del gobierno y el arrebato de la naturaleza. Después de aquel viaje a esta ciudad rota pero ansiosa de volver a levantarse, Fonseca pidió a 35 autores mexicanos y extranjeros que escribieran qué ocurrió. El resultado no es sólo una antología de publicaciones breves que abarcan crónica, ensayo, reportaje, poesía y fotografía, sino una mirilla a la que cualquier lector podría asomarse para tratar de comprender la intimidad de una catástrofe.

El libro atrapa aquello que rebasa titulares de periódicos y estadísticas gubernamentales. Al inicio del volumen, después de que Fonseca describe ese silencio lastimoso que halló en México durante su viaje, el escritor Luigi Amara se sirve de un juego tipográfico en el que las letras se desordenan para representar el desconcierto que abruma al tratar de comunicarse luego de un terremoto. Sin embargo, la experiencia no es exclusiva de aquel que sobrevive a un sismo: la dificultad de hablar después de un evento traumático que paraliza es tan común y humana como respirar.

Los textos de “Tiembla” se mueven entre lo general y lo particular. Daniela Rea es una madre con dos hijas que tiene a la más pequeña en una carriola cuando la violencia del vaivén inicia y debe recorrer una ciudad destruida con ella en brazos para buscar a la mayor en el kínder. Carlos Bravo Regidor es un académico que se pregunta cómo una calamidad es digerida por los medios, la política y la opinión pública hasta articular un relato propio a posteriori. Yaiza Santos es una española que vino a “echar raíces en arenas movedizas” y transmite cómo el sentido de pertenencia no se limita a una nacionalidad o certificado de residencia, sino a las alegrías, angustias y memorias que construyes en el sitio que llamas hogar.

“Tiembla” también recoge nuestros símbolos. Ante unas autoridades que demoran en dar respuesta a la desgracia, la sociedad transforma en heroína a una golden retriever rescatista aunque en los días posteriores al sismo no logró salvar a nadie. Bajo el mismo escenario, las teorías de conspiración afloran: según las entrevistas que recoge una periodista en otro de los relatos, alguien tendría que estar detrás del sufrimiento, saber soluciones que ignoramos, dificultarnos la recuperación de los cuerpos.

La antología no es únicamente el testimonio de los habitantes de una zona sísmica, sino de quienes han sentido miedo y se han unido a otros para compartirlo y encararlo. Es el registro de la frustración que puede despertar un gobierno y del orgullo nacional de quienes son capaces de rescatarse a sí mismos. Es la voz de quien tuvo la suerte de no haber perdido nada y de quien lo perdió todo.

En uno de los textos centrales, Laura García Arroyo escribe que el terremoto casi destruyó su apartamento y las autoridades le dieron 20 minutos para sacar sus pertenencias antes de demoler el edificio. A leer, uno se sume con tristeza en sus zapatos. ¿Veinte minutos? ¿Cómo elegir lo que conservarás para volver a empezar y lo que perderás para siempre? ¿Cuánta vida cabe en bolsas de plástico negro?

Tampoco hay páginas suficientes para acomodar las cicatrices de una ciudad que carga con el recuerdo de dos terremotos en una misma fecha, pero “Tiembla” —cuyas ganancias por las ventas serán donadas a víctimas del sismo— no es sólo registro sino recordatorio: en México tiembla y volverá a temblar, pero siempre quedará una voz que pueda romper el silencio después de la tragedia.

Anuncios

19 de septiembre

AP_17268711604050.jpg

Han pasado algunos días y lo único que recuerdo con claridad es el parpadeo frenético que me entorpecía la vista pero era incontrolable, como un acto reflejo de mi cuerpo para tratar de entender.

No sé si alguien podría describir con precisión lo que siente durante un terremoto. Yo creo que desde afuera, a la distancia, debí de parecer un animal insulso; una bestia cuyo instinto le sugiere paralizarse con la esperanza de pasar desapercibida ante las fauces que amenazan con tragarla.

Poco después del sismo, un arquitecto me dijo que una torre de oficinas como la mía —nueva, metálica, de más de quince pisos— suele pendular entre tres y cinco metros mientras el suelo se agita. Esto previene un derrumbe pero la sacudida es tan violenta que la gente al interior tiene la sensación de que el edificio se desplomará como un árbol al tumbarse de costado exhibiendo sus raíces.

Dudo que haya un desconcierto más súbito que aquel que turba nuestro cuerpo cuando la Tierra se mueve. Por alguna razón, recordarlo me avergüenza: vuelvo a ese martes a la una y cuarto de la tarde y ahí estoy otra vez, inclinada hacia adelante y con las piernas medio abiertas —torpe como patinadora que nunca se ha deslizado por el hielo— para tratar de mantener el equilibrio y no caer. Los dientes apretados, las manos aferradas a la mesa, el maldito parpadeo.

Tampoco sé si todos reaccionamos del mismo modo cuando algún impulso inexplicable nos atiza con la certeza de que la vida se extingue. Yo, en mi parálisis, buscaba las miradas de los otros.

“¿Me voy a morir?”. Así, en singular.

Nadie llama a un familiar para preguntar cómo se encuentra mientras el suelo convulsiona. Eso viene después. Durante un terremoto pasan muchas cosas —nuestras lámparas se mecen con furia, se quiebran ventanas, caen con ruido seco algunos muebles sobre el piso— pero cuando esos segundos dilatados se dispersan y se estiran y no acaban —“está temblando”, “está temblando”, “está temblando”— lo que nos desborda es el desamparo de sabernos vulnerables y solos.

Desde que dejó de temblar me he preguntado una y otra vez por qué me quedé inmóvil pero aún no lo sé. Cada piel se estremece a su manera. Unos corren y otros lloran o se abrazan; yo me petrifiqué. Por algún motivo, el horror de no poder frenar ese maldito balanceo fue tan inmenso, tan opresivo, que no pude mover más que los párpados. “¿Así se acaba todo?”, pensaba asaltada por el vértigo.

A la 1:13pm tenía un nombre. Era escritora. De lunes a viernes, editora en una agencia internacional de noticias. Dos días a la semana, de siete a nueve, maestra de prepa. Tenía un marido y un perro. Amigos. Había un café sobre el escritorio, un auto en el estacionamiento, un iPhone en mi mano. Tenía todo y un minuto después, nada. Era carne tambaleante y enferma.

Quienes estuvimos aquí, en México, nunca vamos a olvidar. Recordarlo —hablarlo— es casi una terapia. Un alivio. La Tierra nos rompió.

Nuestros edificios siguen caídos. Nuestros amigos y familiares, temerosos y tristes. Muchos —demasiados— lo perdieron todo.

El dolor ya no está en los ojos de todos, pero algunos todavía salimos a la calle con angustia. A veces aún miramos hacia arriba —los edificios siguen agrietados— y a veces hacia abajo, tal vez en busca de lo que fuimos y que ese mismo suelo dislocó.

A veces no hay nada, pero otros días, como hoy, nos levantamos más tarde que de costumbre. Cantamos en la regadera, reímos y salimos a comprar comida china. Tenemos tiempo libre y escribimos. Nos abrazamos más fuerte por las noches. Recordamos. Sanamos.

Para algunos la Tierra no ha dejado de moverse, pero estamos vivos. Seguimos aquí.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

 

Voluntarios a la caza de daños tras sismo en México

AP_17265796123285.jpg

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — El arquitecto es comprensivo y paciente. Más que un experto en construcciones parece un médico en una consulta a domicilio: inspeccionar un edificio, dice, es como diagnosticar un cuerpo humano.

Doce inquilinos lo escuchan con zozobra como si fueran familiares de un enfermo a las afueras de un quirófano. Es viernes y aún no se reponen del pánico que sintieron tres días atrás, cuando el sismo más letal que ha golpeado a México en los últimos treinta años cimbró la tierra y dejó grietas, vidrios rotos y sus pertenencias regadas por el suelo en las oficinas a las que solían ir a trabajar todos los días.

Un sismo es como un cuchillo, les explica el arquitecto mexicano Víctor Márquez, y dictaminar el daño que hace a un edificio es como identificar qué tan profundo penetró el filo en la piel.

A simple vista, el deterioro parece grave. Aunque la fachada no muestra signos de fragilidad, en algunos de los 28 departamentos se observan grietas profundas en el aplanado de las escaleras, vitrinas quebradas y muebles fuera de lugar.

Márquez es uno de varios expertos que ofrecen sus servicios de manera gratuita para evaluar estructuras resentidas por el temblor de 7,1 grados que el 19 de septiembre sacudió el centro del país. Autoridades ofrecen la misma ayuda, pero el número de peticiones para la revisión de inmuebles se ha desbordado y el voluntariado se ha convertido en una solución eficaz.

Apenas inicia su segundo día de trabajo y va acompañado de Gabriel Martínez. Ambos forman parte de “Salva tu casa”, una plataforma colaborativa creada un día después del sismo para enlazar a un grupo de arquitectos e ingenieros con ciudadanos temerosos de que su vivienda u oficina se haya vuelto inhabitable a causa del terremoto.

Mientras ellos y otros especialistas recorren calles y edificios de la capital mexicana, los fundadores del proyecto permanecen en el centro de control: una casa de dos pisos en la colonia Roma Norte —una de las más afectadas por el terremoto que hasta el momento ha dejado 305 muertos y más de 2.000 heridos— donde cuatro amigos de distintas profesiones coordinan a cientos de voluntarios que han puesto en pausa sus vidas para ayudar.

Las autoridades locales han informado que desde el sismo se han derrumbado al menos 38 estructuras, pero el movimiento telúrico del martes dejó otras miles de viviendas vulnerables. El gobierno capitalino refirió el viernes que desde el temblor ha recibido casi 4.000 reportes de personas que solicitan la inspección de sus inmuebles, pero no hay brigadistas ni horas en el día que alcancen para responder a la velocidad esperada: a pesar de contar con 3.600 expertos, sólo han logrado revisar poco más de dos mil.

“Salva tu casa” se volvió operacional la noche del miércoles y hasta ahora ha registrado unos 400 voluntarios y casi 1.400 viviendas que requieren supervisión, de las cuales han tenido oportunidad de evaluar una veintena.

Antonio Aldana es un arquitecto de 28 años que se enteró de la existencia de la plataforma a través de Facebook. Dice que intentó apoyar a las víctimas del terremoto desde la mañana posterior al sismo como brigadista en la colonia Narvarte, pero la tarea de remover escombros con picos y palas rápidamente se saturó. “Igual ayudo más con la cédula que con las manos”, se dijo, y empezó a buscar alternativas que le permitieran brindar apoyo desde su especialidad.

“En una situación de crisis como ésta no hay profesión inútil”, asegura.

Antes de iniciar su primer día de inspecciones como voluntario, recibirá media hora de capacitación. Al frente del grupo de unos nueve especialistas que no parecen rebasar los 30 años les espera Márquez, el arquitecto que disecciona edificios como cuerpos humanos, para instruirles en los aspectos fundamentales que no pueden pasar por alto durante su evaluación.

Un edificio se divide por tercios de abajo hacia arriba, les explica, y los daños estructurales en la planta baja son los que representan mayor riesgo. De este modo, sostiene, sabrán calificar la estructura de acuerdo a un semáforo —verde para riesgo bajo, amarillo para medio y rojo para alto— y sugerir a la gente si puede continuar habitando el lugar o si debería desalojar.

Sus nuevos discípulos lo miran con admiración, toman nota, preguntan inquietudes y luego salen en grupos de tres o cuatro a trabajar.

Márquez y su colega son dos de los arquitectos con mayor experiencia en “Salva tu casa”. Ellos, junto a un grupo reducido de especialistas, serán quienes al final de la jornada retomarán los informes de los voluntarios más jóvenes para realizar una evaluación final, emitir una sugerencia a quienes hayan solicitado sus servicios y dejar la información a disposición del gobierno para actuar a su consideración.

Los doce inquilinos del edificio que revisan el viernes en la calle de Manzanillo, en la misma colonia Roma, esperan a Márquez con ojos de angustia desde la acera. Aunque varios de ellos buscaron otras opiniones expertas, incluso en el gobierno, “Salva tu casa” fue el primero en responder.

Hay grietas profundas al interior y al exterior —explican después de saludarlo— y les preocupa que su patrimonio se derrumbe.

Calma, dice el arquitecto, vamos a ver.

Márquez palpa los muros, trepa a una reja, espía por debajo de los techos y después de unos minutos sonríe casi con ternura. “Esto era de esperarse”, asegura mientras desprende un trozo ancho de aplanado de una pared.

“El yeso es muy escandaloso, es el falso síntoma”, dice aún sonriente y su auditorio respira con alivio.

La visita a este edificio de siete plantas debería durar unos veinte o treinta minutos, pero se prolonga por casi una hora. Aunque Márquez asegura que no hay de qué preocuparse porque el daño es superficial —los efectos del terremoto se quedaron en la piel, sin llegar al hueso— atiende a toda preocupación. Asegura, una y otra vez, que las grietas que los inquilinos le muestran son “escandalosas”, pero no estructurales; que las columnas podrían resistir otro embate de la tierra y que tras una reparación de acabados y superficies no hay por qué temer.

“Consultar a un experto después de un sismo es indispensable porque sabe buscar lo que la gente no especializada no puede ver”, dice a los inquilinos que ahora respiran sin agobio. “El arquitecto identifica al enemigo silencioso, los daños no aparentes”.

Agradecidos y sonrientes, todos le dan la mano antes de volver a entrar.

Un edificio presenta síntomas, dice Márquez al despedirse, y para evaluarlos un arquitecto necesita de sus habitantes como un médico de sus pacientes.

(AP Foto/Marco Ugarte)