Fridas

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Semanas después del terremoto del 19 de septiembre de 2017, Diego Fonseca contactó a 35 autores para escribir un texto que nos permitiera pensar el sismo desde distintos puntos de vista. El resultado fue “Tiembla”, que publica editorial Almadía y donará las ganancias por las ventas del libro a la campaña Tejamos Oaxaca, para ayudar a víctimas de los sismos recientes.

¿Qué hay en un nombre? En México, “Frida” remite a nuestros vacíos y a nuestra manera de llenarlos: una perrita rescatista que se volvió heroína nacional aunque no rescató a nadie, una niña inexistente que nos inventamos con el deseo de encontrar vida bajo los escombros y, en el pasado, una pintora surrealista que era bella y exitosa aunque por dentro estuviera rota. Las “Fridas” no cuentan su propia historia, sino la nuestra. Éste es un primer apartado del texto. El libro puede comprarse en Almadía

Vi a Frida una sola vez.

Habían pasado nueve días del terremoto y los fotógrafos trataban de enfocarla mientras ella daba saltitos despreocupados sobre el pasto sin detenerse a mirarnos. Era la estrella de la tarde, la nota del momento. Aquella golden retriever tenía un magnetismo irresistible. Bajo las manos morenas de su amo fingía obediencia, pero sin previo aviso podía estrellar su nariz contra la mía o sacudirse hasta que sus orejas volaran como pañuelos. Era la mascota de película que de niña soñaba recibir como sorpresa de cumpleaños.

Frida nació a los ocho años de edad. Ya tenía una carrera y pesaba treinta kilos. Ya se uniformaba con chaleco, botitas de neopreno y goggles para perderse entre pilas de escombros en busca de cadáveres y sobrevivientes. Ya presumía viajes como rescatista del Ejército en Ecuador y Haití. Se llamaba Frida pero no era Frida. Sólo un sabueso con un nombre familiar.

De pronto, un tuit. “Ella es Frida”. El soplo de vida del demiurgo no fue un soplo sino Palabra. Once caracteres y un video con su imagen presentaban al mundo a la heroína de México, una especie de rescatista inmaculada que se mostraba desinteresada y amorosa.

En segundos, la adoración. El mensaje de la Secretaría de Marina salpicó miel por todas partes y nosotros paladeamos el jarabe agradecidos. A minutos de su primer ladrido en Twitter, una mujer sugería vender perros de peluche con la imagen de Frida y otra pedía a Dios que la cuidara en su labor. Dos horas después, alguien recurrió a las mayúsculas:

“ELLA ES PERFECTA”.

Frida nació del sismo, de los mexicanos renacidos por el cisma de la Tierra. La concebimos con paciencia, la nombramos. Hebra por hebra tejimos el mito, la fantasía. La esculpimos a la medida y fue nuestro regalo. Fuimos Pigmalión.

El mito es un habla, escribía Roland Barthes. Es el andamiaje de un discurso, una manera de significar. Hablamos y desplazamos objetos, conceptos, ideas. Así, un perro es un perro, pero un perro narrado por un país que llora a sus muertos bajo edificios caídos deja de ser estrictamente un perro. Se ha reinventado, satisface una carencia.

En el abrazo convulso de la Tierra no sólo se agrietaron edificios. Al centro de México se abrió una cavidad; se fracturó la vida y sumidos en ese hueco hubo que nombrar todo de nuevo.

Al juntar todos los trozos nos armamos otro mundo y lo llamamos Frida.

19 de septiembre

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Han pasado algunos días y lo único que recuerdo con claridad es el parpadeo frenético que me entorpecía la vista pero era incontrolable, como un acto reflejo de mi cuerpo para tratar de entender.

No sé si alguien podría describir con precisión lo que siente durante un terremoto. Yo creo que desde afuera, a la distancia, debí de parecer un animal insulso; una bestia cuyo instinto le sugiere paralizarse con la esperanza de pasar desapercibida ante las fauces que amenazan con tragarla.

Poco después del sismo, un arquitecto me dijo que una torre de oficinas como la mía —nueva, metálica, de más de quince pisos— suele pendular entre tres y cinco metros mientras el suelo se agita. Esto previene un derrumbe pero la sacudida es tan violenta que la gente al interior tiene la sensación de que el edificio se desplomará como un árbol al tumbarse de costado exhibiendo sus raíces.

Dudo que haya un desconcierto más súbito que aquel que turba nuestro cuerpo cuando la Tierra se mueve. Por alguna razón, recordarlo me avergüenza: vuelvo a ese martes a la una y cuarto de la tarde y ahí estoy otra vez, inclinada hacia adelante y con las piernas medio abiertas —torpe como patinadora que nunca se ha deslizado por el hielo— para tratar de mantener el equilibrio y no caer. Los dientes apretados, las manos aferradas a la mesa, el maldito parpadeo.

Tampoco sé si todos reaccionamos del mismo modo cuando algún impulso inexplicable nos atiza con la certeza de que la vida se extingue. Yo, en mi parálisis, buscaba las miradas de los otros.

“¿Me voy a morir?”. Así, en singular.

Nadie llama a un familiar para preguntar cómo se encuentra mientras el suelo convulsiona. Eso viene después. Durante un terremoto pasan muchas cosas —nuestras lámparas se mecen con furia, se quiebran ventanas, caen con ruido seco algunos muebles sobre el piso— pero cuando esos segundos dilatados se dispersan y se estiran y no acaban —“está temblando”, “está temblando”, “está temblando”— lo que nos desborda es el desamparo de sabernos vulnerables y solos.

Desde que dejó de temblar me he preguntado una y otra vez por qué me quedé inmóvil pero aún no lo sé. Cada piel se estremece a su manera. Unos corren y otros lloran o se abrazan; yo me petrifiqué. Por algún motivo, el horror de no poder frenar ese maldito balanceo fue tan inmenso, tan opresivo, que no pude mover más que los párpados. “¿Así se acaba todo?”, pensaba asaltada por el vértigo.

A la 1:13pm tenía un nombre. Era escritora. De lunes a viernes, editora en una agencia internacional de noticias. Dos días a la semana, de siete a nueve, maestra de prepa. Tenía un marido y un perro. Amigos. Había un café sobre el escritorio, un auto en el estacionamiento, un iPhone en mi mano. Tenía todo y un minuto después, nada. Era carne tambaleante y enferma.

Quienes estuvimos aquí, en México, nunca vamos a olvidar. Recordarlo —hablarlo— es casi una terapia. Un alivio. La Tierra nos rompió.

Nuestros edificios siguen caídos. Nuestros amigos y familiares, temerosos y tristes. Muchos —demasiados— lo perdieron todo.

El dolor ya no está en los ojos de todos, pero algunos todavía salimos a la calle con angustia. A veces aún miramos hacia arriba —los edificios siguen agrietados— y a veces hacia abajo, tal vez en busca de lo que fuimos y que ese mismo suelo dislocó.

A veces no hay nada, pero otros días, como hoy, nos levantamos más tarde que de costumbre. Cantamos en la regadera, reímos y salimos a comprar comida china. Tenemos tiempo libre y escribimos. Nos abrazamos más fuerte por las noches. Recordamos. Sanamos.

Para algunos la Tierra no ha dejado de moverse, pero estamos vivos. Seguimos aquí.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

 

¿A quién salvó Frida, la heroína de los perros rescatistas?

Mexico Quake Rescue Dog

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Podría ser un miércoles cualquiera para la treintena de periodistas que esperan fotografiar a una celebridad bajo el cielo nublado, pero la estrella del momento no se dedica al cine sino a meter sus narices húmedas bajo edificios derrumbados y ladrar cuando su instinto le dicta que está cerca de un cuerpo que aún respira.

Frida se pasea ante las cámaras con gracia y ligereza. Hoy es su día libre y está de vuelta en casa para descansar y continuar con sus entrenamientos, pero la semana pasada tuvo tiempo de sobra para ganar miles de admiradores en redes sociales y apoyar a cuerpos de rescate especializados en estructuras colapsadas.

La coqueta labradora retriever es, junto con dos pastores belga malinois, parte de la unidad canina de la Secretaría de Marina de México y desde el 19 de septiembre los tres han buscado sobrevivientes del terremoto de 7,1 grados que sacudió el centro del país y dejó más de 340 fallecidos.

En su carrera de más de seis años ha ayudado a encontrar 53 personas en medio de construcciones derruidas dentro y fuera de México, 12 de ellas con vida. Y aunque no halló ningún cuerpo tras el reciente sismo, eso es lo de menos.

En medio de una de las peores tragedias en la historia reciente de México, Frida —ocho años, treinta kilos, “trending topic” mundial— pasó de ser sólo un perro rescatista de las fuerzas armadas mexicanas a un símbolo de esperanza nacional.

“En términos sociales, esta perrita funcionó como un objeto transicional”, dijo a The Associated Press Fátima Laborda, psicoanalista y directora de Casa Grana, una clínica privada de atención psicológica en la capital mexicana. “Quizá no nos ayudó en nada real o concreto —es decir, no rescató a nadie— pero nos dio la posibilidad de sentir que había esperanza y que había cosas en las que nos podía ayudar”.

Las miradas dentro y fuera del país se posaron en la labradora casi al mismo tiempo que los mexicanos veían cómo se derrumbaba otro símbolo de ilusión, con el mismo nombre, pero que nunca existió: dos días después de que las autoridades dijeran que buscaban bajo los escombros de una escuela a una niña, “Frida Sofía”, la Secretaría de Marina anunció que no había ninguna menor ahí.

Según Laborda, ante situaciones extremas como un terremoto o una guerra, los afectados suelen buscar refugio y contención en algo real o simbólico para tratar de recuperar la confianza y seguridad.

“Yo me puedo sentir contenida por un rescatista que efectivamente está quitando piedras y por ende me va a ayudar a resolver mi problema de manera real”, dijo. “Pero también me puedo sentir apoyada por el mero hecho de ver gente en la calle, porque así siento la solidaridad de los demás y eso es simbólico, así que también me puede proveer alivio psicológico”.

Frida no necesita mucho para seducir. Posa ante las cámaras de iPhone, te pasa la lengua por la cara si tienes la suerte de acercarte a ella y zigzaguea entre pilas de escombros como si fuera la heroica mascota de Indiana Jones.

Frida ha participado en operaciones de rescate tras desastres naturales como los terremotos de Haití en 2010 y Ecuador en 2016, pero su fama se disparó dos días después del 19 de septiembre, cuando la Marina publicó un video en su cuenta de Twitter y que a la fecha tiene más de mil comentarios, 35.000 retuits y 67.000 likes.

“Mírale sus zapatitos” y “Quiero una #Frida en mi vida”, se lee en algunas reacciones.

Poco después, Los Simpson la homenajearon con un dibujo animado, estrellas hollywoodenses como Chris Evans —Capitán América— posteaban “¿Qué hicimos para merecer a los perros?” y grupos de mujeres tejedoras en Facebook se ofrecieron a crear diseños inspirados en ella para apoyar con las ganancias a los afectados por el sismo.

“Pareciera que (Frida) nos llevó a todos a un mismo camino, porque representa una figura de bondad absoluta, de cuidado del otro y un lugar de dónde asirnos para pensar que podemos salir de esta situación”, explicó Laborda acerca del fenómeno mediático que esta labradora desató.

Nadie se resiste al encanto de Frida. Sus dos manejadores, como la Marina se refiere a los encargados de su entrenamiento y cuidado, sonríen cuando la miran y premian las respuestas a sus indicaciones con caricias.

Emmanuel Hernández, cabo de infantería que ha trabajado con ella desde hace más de dos años, dijo que desde pequeña fue elegida como rescatista por sus cualidades. Como todo can dedicado a la búsqueda bajo derrumbes, debe ser dócil, tener instinto de rastreo y olfatear todo.

A su lado, Frida —ahora uniformada— se deja acariciar y fotografiar por la prensa. Luce botitas de neopreno para evitar resbalarse y sortear escombros sin cortarse las patas, un arnés para sujetarse en caso de que entre a un espacio confinado y gogles que protegen sus ojos de agentes químicos e infecciones.

Algunos periodistas y redes sociales han publicado que la pequeña rescatista podría retirarse el año entrante, pero su manejador desmiente el rumor: aunque Frida es un perro maduro, aún es hábil y puede trabajar. Si acaso, modificará sus actividades y en vez de encabezar las búsquedas se convertirá en “perro de confirmación”, es decir, una especie de mentora de los más recientes integrantes del equipo: Eco y Evil, dos pastores belgas de año y medio que ya trabajaron con ella en Juchitán, Oaxaca, tras el sismo de 8,1 grados del 7 de septiembre.

¿Y después? “Cuando cumplen su tiempo de trabajo, los perros se dan en adopción a personal de la armada”, dice Hernández. “Y si alguien me preguntara si quisiera llevarme a Frida diría que sí, pero tendremos Frida para mucho tiempo todavía”.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

Voluntarios a la caza de daños tras sismo en México

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Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — El arquitecto es comprensivo y paciente. Más que un experto en construcciones parece un médico en una consulta a domicilio: inspeccionar un edificio, dice, es como diagnosticar un cuerpo humano.

Doce inquilinos lo escuchan con zozobra como si fueran familiares de un enfermo a las afueras de un quirófano. Es viernes y aún no se reponen del pánico que sintieron tres días atrás, cuando el sismo más letal que ha golpeado a México en los últimos treinta años cimbró la tierra y dejó grietas, vidrios rotos y sus pertenencias regadas por el suelo en las oficinas a las que solían ir a trabajar todos los días.

Un sismo es como un cuchillo, les explica el arquitecto mexicano Víctor Márquez, y dictaminar el daño que hace a un edificio es como identificar qué tan profundo penetró el filo en la piel.

A simple vista, el deterioro parece grave. Aunque la fachada no muestra signos de fragilidad, en algunos de los 28 departamentos se observan grietas profundas en el aplanado de las escaleras, vitrinas quebradas y muebles fuera de lugar.

Márquez es uno de varios expertos que ofrecen sus servicios de manera gratuita para evaluar estructuras resentidas por el temblor de 7,1 grados que el 19 de septiembre sacudió el centro del país. Autoridades ofrecen la misma ayuda, pero el número de peticiones para la revisión de inmuebles se ha desbordado y el voluntariado se ha convertido en una solución eficaz.

Apenas inicia su segundo día de trabajo y va acompañado de Gabriel Martínez. Ambos forman parte de “Salva tu casa”, una plataforma colaborativa creada un día después del sismo para enlazar a un grupo de arquitectos e ingenieros con ciudadanos temerosos de que su vivienda u oficina se haya vuelto inhabitable a causa del terremoto.

Mientras ellos y otros especialistas recorren calles y edificios de la capital mexicana, los fundadores del proyecto permanecen en el centro de control: una casa de dos pisos en la colonia Roma Norte —una de las más afectadas por el terremoto que hasta el momento ha dejado 305 muertos y más de 2.000 heridos— donde cuatro amigos de distintas profesiones coordinan a cientos de voluntarios que han puesto en pausa sus vidas para ayudar.

Las autoridades locales han informado que desde el sismo se han derrumbado al menos 38 estructuras, pero el movimiento telúrico del martes dejó otras miles de viviendas vulnerables. El gobierno capitalino refirió el viernes que desde el temblor ha recibido casi 4.000 reportes de personas que solicitan la inspección de sus inmuebles, pero no hay brigadistas ni horas en el día que alcancen para responder a la velocidad esperada: a pesar de contar con 3.600 expertos, sólo han logrado revisar poco más de dos mil.

“Salva tu casa” se volvió operacional la noche del miércoles y hasta ahora ha registrado unos 400 voluntarios y casi 1.400 viviendas que requieren supervisión, de las cuales han tenido oportunidad de evaluar una veintena.

Antonio Aldana es un arquitecto de 28 años que se enteró de la existencia de la plataforma a través de Facebook. Dice que intentó apoyar a las víctimas del terremoto desde la mañana posterior al sismo como brigadista en la colonia Narvarte, pero la tarea de remover escombros con picos y palas rápidamente se saturó. “Igual ayudo más con la cédula que con las manos”, se dijo, y empezó a buscar alternativas que le permitieran brindar apoyo desde su especialidad.

“En una situación de crisis como ésta no hay profesión inútil”, asegura.

Antes de iniciar su primer día de inspecciones como voluntario, recibirá media hora de capacitación. Al frente del grupo de unos nueve especialistas que no parecen rebasar los 30 años les espera Márquez, el arquitecto que disecciona edificios como cuerpos humanos, para instruirles en los aspectos fundamentales que no pueden pasar por alto durante su evaluación.

Un edificio se divide por tercios de abajo hacia arriba, les explica, y los daños estructurales en la planta baja son los que representan mayor riesgo. De este modo, sostiene, sabrán calificar la estructura de acuerdo a un semáforo —verde para riesgo bajo, amarillo para medio y rojo para alto— y sugerir a la gente si puede continuar habitando el lugar o si debería desalojar.

Sus nuevos discípulos lo miran con admiración, toman nota, preguntan inquietudes y luego salen en grupos de tres o cuatro a trabajar.

Márquez y su colega son dos de los arquitectos con mayor experiencia en “Salva tu casa”. Ellos, junto a un grupo reducido de especialistas, serán quienes al final de la jornada retomarán los informes de los voluntarios más jóvenes para realizar una evaluación final, emitir una sugerencia a quienes hayan solicitado sus servicios y dejar la información a disposición del gobierno para actuar a su consideración.

Los doce inquilinos del edificio que revisan el viernes en la calle de Manzanillo, en la misma colonia Roma, esperan a Márquez con ojos de angustia desde la acera. Aunque varios de ellos buscaron otras opiniones expertas, incluso en el gobierno, “Salva tu casa” fue el primero en responder.

Hay grietas profundas al interior y al exterior —explican después de saludarlo— y les preocupa que su patrimonio se derrumbe.

Calma, dice el arquitecto, vamos a ver.

Márquez palpa los muros, trepa a una reja, espía por debajo de los techos y después de unos minutos sonríe casi con ternura. “Esto era de esperarse”, asegura mientras desprende un trozo ancho de aplanado de una pared.

“El yeso es muy escandaloso, es el falso síntoma”, dice aún sonriente y su auditorio respira con alivio.

La visita a este edificio de siete plantas debería durar unos veinte o treinta minutos, pero se prolonga por casi una hora. Aunque Márquez asegura que no hay de qué preocuparse porque el daño es superficial —los efectos del terremoto se quedaron en la piel, sin llegar al hueso— atiende a toda preocupación. Asegura, una y otra vez, que las grietas que los inquilinos le muestran son “escandalosas”, pero no estructurales; que las columnas podrían resistir otro embate de la tierra y que tras una reparación de acabados y superficies no hay por qué temer.

“Consultar a un experto después de un sismo es indispensable porque sabe buscar lo que la gente no especializada no puede ver”, dice a los inquilinos que ahora respiran sin agobio. “El arquitecto identifica al enemigo silencioso, los daños no aparentes”.

Agradecidos y sonrientes, todos le dan la mano antes de volver a entrar.

Un edificio presenta síntomas, dice Márquez al despedirse, y para evaluarlos un arquitecto necesita de sus habitantes como un médico de sus pacientes.

(AP Foto/Marco Ugarte)