El doctor jazz

Hugh-Laurie-cumplir-convertirse-House_LRZIMA20120619_0048_4

Originalmente publicado en Esquire no. 63 (PDF aquí)

Hugh Laurie está sentado frente a un piano de cola. Lleva las mangas de la camisa remangadas y el nudo de la corbata flojo. No se adivina su metro ochenta y nueve de estatura cuando se encorva sobre el banco para empezar a tocar. El intérprete británico cierra los ojos, arruga la frente, apoya las manos sobre el conjunto de teclas bicolor y se contornea como si el mundo hubiera desaparecido a su alrededor.

No hay rastro de la arrogancia del doctor Gregory House en el Hugh Laurie que se derrite interpretando “Unchain My Heart”, tema que Ray Charles hiciera célebre en los años sesenta. Aunque en 2010 fue la estrella mejor pagada de la televisión, lo que Laurie ama de su trabajo no es tanto actuar, sino cantar. Tras 32 años de carrera como actor, logró transformarse en el cantante de jazz que soñó ser desde que descubrió el blues, en 1968.

Cuando en México se gestaba el movimiento estudiantil, en Oxford —ante la extrañeza de unos padres a quienes no les interesaba la música— un niño de ocho años escuchaba a los legendarios Muddy Waters y Professor Longhair. Laurie era el único miembro de la familia que gastaba su dinero en discos y pasaba las tardes memorizando canciones como “Tipitina”, cuyo ritmo le resultaba hipnótico aunque no entendía nada de la letra. Hoy, tras haberla escuchado más de mil veces, sigue pensando que el jazz no seduce por lo que dice, sino por cómo suena.

Hugh Laurie lanzó su primer álbum, Let Them Talk, en 2011. Tenía 51 años y la serie House, M.D. llevaba siete temporadas al aire. Durante el día, en televisión, Laurie era el Sherlock Holmes de los hospitales: un tipo ególatra que mostraba brotes de genialidad y resolvía casos que la gente a su alrededor era incapaz de descifrar sin él. En la noche, en su casa, se transformaba en músico y pasaba las madrugadas frente al piano sin imaginar que años después grabaría su primer disco.

El hombre detrás del médico que diagnosticaba enfermedades exóticas en los últimos cinco minutos del programa de televisión es un manojo de nervios cuando se trata de cantar en público. Teme que la gente piense que su show no vale la pena. La primera vez que Laurie se presentó en vivo, en Hamburgo, Alemania, estuvo tentado a encender la alarma contra incendios y huir.

No lo hizo. En cuanto se sentó frente al piano y empezó a cantar, olvidó que el mundo existía.

ESQUIRE: Tu primer disco apareció en 2011, pero siempre habías soñado cantar. ¿Qué tan sorprendente fue este lanzamiento cuando tu carrera ya era un éxito?

HUGH LAURIE: Fue una experiencia absolutamente impresionante. Todo sucedió tan rápido que fue casi como estar en un accidente automovilístico. No estaba preparado para ello. Quizá eso fue bueno y algunas veces sólo debas dar un salto de fe. Aún me emociona que tengo la posibilidad de interpretar música. No te lo puedo explicar. Es la mejor de las emociones. Espero que para la audiencia también lo sea.

ESQ: ¿Cuáles son las diferencias entre tu primer y segundo álbum?

HL: Pienso que Didn’t It Rain (2013) es más romántico que Let Them Talk (2011). El primero fue muy masculino. Estoy orgulloso de él y me encanta como álbum, pero al segundo quise darle una voz más femenina. Por ello, intenté añadir sonidos que se asimilaran a una conversación entre un hombre y una mujer. Incluye un tango argentino, temas de áreas geográficas más amplias y unas cantantes maravillosas.

ESQ: ¿Qué es lo que más disfrutas del proceso de grabar un nuevo disco?

HL: No hay placer que se compare al de sentarse con una banda a interpretar una canción por primera vez. Me refiero al momento en que ésta cobra vida. Uno puede escuchar otras versiones del mismo tema y leer la letra que alguien más escribió. Sin embargo, cuando tu propio grupo empieza a tocar y la canción cobra vida como un espíritu en el cuarto, es una experiencia estremecedora.

ESQ: ¿Cómo seleccionas los temas?

HL: Con mucha dificultad. Es muy doloroso. Intercambio listas de temas con el productor, Joe Henry, y poco a poco reducimos las opciones. Una de las canciones que más me gusta es de Bessie Smith —“Send Me to the ‘lectric Chair”— que Jean McClain interpretó en Didn’t It Rain. Cuando escuché la versión original, en medio del proceso de selección, me imaginé a Jean cantándola así que le pedí que participara en mi tour del año pasado. Y tan pronto la escuchamos en vivo, supimos que ese tema tendría que estar en el disco.

ESQ: Has dicho que la música es un arte elevado, ¿piensas lo mismo de la televisión?

HL: Claro. A lo que me refería con eso es a que algunos describen el folk, blues o jazz como música pop; es decir, como algo que no puede ser arte. No estoy de acuerdo. Pienso que sí pueden ser arte. Si se hace con sinceridad y pasión, casi cualquier cosa puede conmover al público.

ESQ: Cuando cantas y cierras los ojos, ¿qué pasa por tu mente?

HL: Siento un placer absoluto. Estoy dentro de la canción. Me siento parte de ella. Es como si me abrazara, como si estuviera alrededor de mí. A veces hay que conectarse con el público, pero también hay que saber perderse en un tema.

ESQ: ¿Cómo se compara el placer que sientes como músico con el que experimentas al actuar?

HL: Cada disciplina representa un problema distinto. Como actor buscas un modo de ocultarte, de esconder lo que eres detrás de una identidad que no es tuya. Como músico sucede lo contrario: se trata de revelarte y revelar al personaje de la canción. Es una situación de exposición y vulnerabilidad. Tocar es un verdadero placer y he tenido la suerte de hacerlo con grandes músicos.

ESQ: Al estar en casa y sentarte frente al piano, ¿qué te gusta interpretar? ¿Practicas los temas de tus discos o te concentras en otras cosas?

HL: Toco muchas cosas distintas, pero tengo un gran problema: suelo interpretar la primera mitad de miles de canciones y sólo concluyo dos o tres. Es, decir, brinco demasiado. Quizá debería de concentrarme en menos canciones para tocarlas completas. Lo que sucede es que a la mitad de una me enamoro de otra y así. Anoche, a las dos de la mañana, estuve intentando tocar “Night Train”, de Oscar Peterson. Fue lo último de lo que me enamoré.

ESQ: Eres una estrella de televisión y, ahora, de jazz. ¿Qué sueños te falta perseguir?

HL: No estoy seguro de tener sueños que vayan más allá de lo que estoy haciendo ahora. Si tuviera que tocar música y actuar para siempre y que la gente me aceptara, me sentiría increíblemente feliz. No necesito escalar el Monte Everest, aunque no me importaría hacerlo si planearas un viaje y me invitaras.

En medio de extrañas mentes

Imagen

Originalmente publicado en Esquire no. 63 (PDF aquí)

En el librero de Daniel Saldaña París hay un diccionario de temas náuticos de los años cuarenta. El mexicano de 29 años dice que le gusta porque compila la terminología del viejo lobo de mar. Antes, en ese mismo espacio, había uno de ciencias forestales —que describía 80 tipos de maderas distintas— pero “en un momento de entusiasmo” se lo regaló a un amigo. Daniel colecciona diccionarios porque piensa que las entradas de algunos de éstos pueden leerse como si fueran cuentos. Uno de sus favoritos es el Tesoro de la lengua castellana, volumen de Sebastián de Covarrubias que describe al cazador de tigres como un hombre que debe proveerse de una bola de cristal. Es como leer a Borges en un diccionario del siglo XVII, dice el autor.

Daniel le da un cierto aire a Harry Potter: complexión delgada, pequeños ojos claros detrás de unos anteojos de micas redondas, rebelde cabello oscuro y bufanda. Si acaso, su aspecto físico se diferencia por la barba rala. Daniel estudió Filosofía, trabajó en la revista Letras Libres y posteriormente incursionó en la poesía. En medio de extrañas víctimas es la primera novela de un escritor que no encaja en el cliché del escritor: no asegura estar siempre insatisfecho con sus textos ni se sienta “románticamente en cafés a emborronar cuadernos”, sino que escribe en el estudio de su casa, cerca de los libros que puede consultar. Además, se come las uñas cuando un crítico lo destroza. No puede aparentar que nada le afecta.

Su libro se lee en un suspiro. Quien se pierde en él es el tipo de lector que atrae miradas de sospecha cuando suelta una carcajada en público porque la prosa lo atrapó y se olvidó del mundo. La obra relata la historia de Rodrigo, un burócrata que se siente asqueado por el entusiasmo de lo cotidiano y acepta casarse con una colega del trabajo —una exaltación de la normalidad que tanto rechaza— por mera inercia. Es un retrato caricaturesco del estado de reposo en el que sumimos nuestras vidas. Daniel Saldaña París nos dice más al respecto.

ESQUIRE: La poesía implica una síntesis de imagen y conceptos. ¿Escribir En medio de extrañas víctimas, e incursionar en la novela, se dio con naturalidad?

DANIEL SALDAÑA PARÍS: Fue una liberación en el sentido en que me apetecía escribir algo de largo aliento. La poesía en general, además de esta característica sintética que tiene, me exige un cierto estado de ánimo, una cierta disposición de la tensión que no se da con mucha frecuencia. Por eso escribo muy poca poesía y en muy pocas ocasiones. En cambio la novela me permitió redactar de una manera más sistemática y disciplinada. Si no escribo poesía porque estoy esperando a que se me ocurra algún poema, me pongo muy ansioso.

ESQ: Tu novela es casi como una caricatura: está llena de humor y exageraciones. ¿Así concibes la vida en general?

DSP: En general soy burlón, pero en la novela traté de manejar un tono exagerado. Como lector me gustan los textos que rayan en lo caricaturesco, donde los personajes surgen de prototipos esbozados en tres o cuatro líneas. Aunque también es verdad que practico el sentido del humor en la vida cotidiana. Me parece que es un modo de conocimiento y una herramienta de acercamiento al mundo.

ESQ: El uso del vocabulario es muy notable en la novela. En general, en la vida diaria, ¿lo desaprovechamos?

DSP: Sí, completamente. Creo que en el día a día nos restringimos a un vocabulario mínimo. También yo lo hago, porque acudimos a las palabras del registro cotidiano. Por eso me parece importante tener presente ese mundo con matices precisos, que ayudan a decir algo puntual y sin necesidad de recurrir a una palabra dominguera que no exprese justo lo que necesitas. A la hora de escribir, vale la pena tratar de incorporar todo aquello que proviene de lecturas de diccionarios.

ESQ: En medio de extrañas víctimas inicia en primera persona. Luego cambia a tercera. ¿Por qué elegiste esta estructura?

DSP: El registro de la voz del personaje que habla en primera persona es muy fuerte. Son monólogos interiores de una estructura específica que me apetecía romper por cuestiones de ritmo, para que éstos no se volvieran tediosos o densos. Por otro lado, me interesan los juegos verbales de la primera parte de la novela, que se titula “La terca persona”, pero está escrita en primera. Es decir, es un juego que también está presente en mi poesía: se trata de dislocar los tiempos y las personas narrativas.

ESQ: Rodrigo, el protagonista, rechaza el entusiasmo de la gente promedio. ¿Esto le sucede a los escritores en general?

DSP: No estoy seguro de que a todos, pero a los que más me interesan, sí. Hay una incomodidad frente al mundo, una especie de hartazgo que te lleva a imaginar otras cosas o a tratar de comunicar las ya existentes, pero tampoco creo que sea una condición de todos los escritores. Hay muchos a los que veo muy contentos. Supongo que dejas de estar torturado cuando te empieza a ir mucho mejor. Por ejemplo, si ganas el Nobel es más difícil estar así.

ESQ: En la novela reflexionas en torno a la conversación como intercambio. ¿Ésta se establece entre autor y lector?

DSP: Sí, yo no sabía que existían los lectores porque sólo había publicado poesía y nadie me leía a menos de que yo lo conociera. Eso es lo que suele pasar con los poetas. Yo conocía la dirección y el teléfono de todos mis lectores. Así que ahora, con la novela, ha sido muy grato descubrir gente que no conozco pero que leyó algunas cosas que yo dejé en el texto por si alguien se las encontraba. Descubrir esa posibilidad de diálogo es quizás una de las cosas más ricas de escribir una novela.

ESQ: Cuando publicas un texto, ¿es difícil enfrentar las críticas?

DSP: Sí, es horrible. No sé hacerme el cool. Me encantaría ser de esos escritores que reciben malas reseñas y dicen: “No me importa, mi trabajo ya está hecho, yo no leo las reseñas”. Yo me muerdo las uñas, compro todas las revistas, leo todos los blogs y googleo mi nombre masoquistamente para ver dónde me están destrozando. Me arruino el día y llamo por teléfono a medio mundo para decirle: “¿¡Ya viste cómo me destrozan!?”. Es horrible. La paso muy mal y tendría que dejar de hacerlo, pero no sé cómo.

ESQ: Como lectores, cada vez somos más exigentes. Hoy día, ¿qué textos te interesan?

DSP: Ahora me interesa la novela, pero en otros momentos de mi vida los géneros predominantes fueron poesía y ensayo. Como estudié Filosofía, mi vocación lectora se vuelca hacia lo ensayístico. Sin embargo, ahora estoy clavado con novelas de la posguerra en Estados Unidos: Saul Bellow y William Gaddis forman parte de mis predilecciones personales, que no se agotan. También me gustan mucho los autores de entreguerras en Europa. Elias Canetti y toda la tradición del centro de Europa provocan que me sienta extrañamente identificado.

Foto: Valentina Siniego

Vivir el presente

Imagen

Originalmente publicado en Esquire no. 63 (PDF aquí)

Una de las actividades favoritas de Bill Nighy es caminar con su familia por las calles de Londres. Es un amante de los detalles simples de la vida. Por eso se asemeja a Dad -su personaje en About Time, la nueva película de Richard Curtis-, quien disfruta la literatura, el té a media tarde y el cine a la intemperie. El verdadero reto de la existencia, piensa este inglés, es poner atención al presente sin preocuparse por los errores del pasado o las dificultades que pueda acarrear el futuro.

En la cinta, Nighy es un papá con dos retos: enseñar a su hijo de 21 años (Domhnall Gleeson) a viajar al pasado y, a la vez, convencerlo de que el trayecto es innecesario si uno sabe construir una vida que se pueda disfrutar a cada instante, con sus altas y sus bajas. En el mundo real, Nighy -quien dio vida a Davy Jones en Pirates of the Caribbean: Dead Man’s Chest (2006)- es un hombre de 63 años que ha decidido que vivir para perseguir el éxito es una pérdida de tiempo. Ahora lo que más disfruta no sólo es pasear por la ciudad a pie, sino prestar atención a todo lo que acontece mientras camina.

Ésta es la segunda ocasión en que el intérprete trabaja bajo la dirección de Curtis. Antes colaboraron en Love Actually (2003), donde Nighy interpretó a una estrella de rock que canta «Christmas Is All Around». El guión de About Time llegó a manos del ex rockstar acompañado de una nota donde Curtis explicaba que ésta sería la última cinta que dirigiría en su vida (esperamos que esto no sea cierto por la felicidad de quien disfruta de un filme con una estructura narrativa no lineal, personajes profundos, diálogos divertidos e inteligentes, y grandes actores). Nighy aceptó de inmediato.

Al viajar al pasado, Tim -hijo de Nighy en el filme- no puede matar a Hitler o evitar la construcción de la bomba atómica, pero sí tiene la habilidad de revisitar su propia vida y corregir pequeños errores. Y así, en medio de secuencias hilarantes, conoce a Mary (Rachel McAdams), con quien descubre que la felicidad genuina no requiere de una máquina del tiempo para convertirse en realidad.

El último viaje que padre e hijo realizan en la cinta es para revivir un instante cotidiano. La oportunidad de repensar su propia vida es lo que provocó que Nighy no sintiera que About Time fue un trabajo, sino una oportunidad para apreciar la importancia de atesorar los recuerdos más simples del pasado. Quizá la lección de esta historia sea que no hay instantes banales, que caminar a pies descalzos por la arena podría ser el momento que valga la pena recordar antes de morir.

ESQUIRE: ¿Cómo resumiría el argumento de About Time

BILL NIGHY: El principio filosófico de esta película es maravilloso. Sé que la gente ya lo ha escuchado antes, pero en esta cinta es en verdad profundo: se trata de luchar por prestar atención al momento que estás viviendo, en lugar de mortificarte por lo que ya pasó o sentirte amenazado por lo que podría ocurrir mañana. No hay que inventar vacíos en la vida y sentir que falta algo. Las cosas cotidianas son las más importantes, las que hay que atesorar.

ESQ: ¿Usted realmente vive así?

BN: Lo he intentado durante años. De verdad trato de poner atención cuando voy por la calle. Camino mucho. Me encanta hacerlo. Me gusta acostarme bajo los árboles y mirar el cielo; pensar que estoy vivo y soy un hombre con mucha suerte. Vivo en un lugar hermoso. En Londres estoy rodeado de belleza y trato de disfrutarla cada día. Creo que justo de eso trata la película de Richard [Curtis]. Vivir de este modo te da energía y esperanza. Es mucho mejor que la otra forma de vida, donde te permites experimentar un nivel de ansiedad que tiene efectos corrosivos y se roba tu día. Cuando vives así, llegas al final de una jornada y te das cuenta de que realmente te perdiste de mucho, que estabas tan concentrado en algo en particular que difícilmente puedes recordar otras cosas. Sin embargo, cuando llegas a mi edad, tomas conciencia del tiempo y dices: «Oye, esto es precioso». Y no permites que tu tiempo se oscurezca por algo estático.

ESQ: ¿La actuación no se trata de eso en general? ¿De atesorar cada momento?

BN: Sí, ésa es la idea. Lo intentas, pero a veces es muy difícil de lograr. La gente tiene muchos sistemas y técnicas, como meditación, cosa que yo jamás he hecho. Yo escucho música. Es mi nuevo método para iniciar el día. Lo recomiendo muchísimo. Lo que hago es crear un playlist de temas de artistas que van de John Lee Hooker a Van Morrison. Todos ellos son brillantes y tienen algunas de las grabaciones más hermosas que se han hecho. En esa lista tengo temas como «Wasted Years», «Don?t Look Back», «I Cover the Waterfront», «It Serves You Right to Suffer» y «Travellin? Man». La escucho en la mañana. Me siento, cierro los ojos y me concentro en la canción. No es una mala manera de iniciar el día.

ESQ: ¿Qué piensa de Domhnall Gleeson, que interpretó a su hijo en la cinta?

BN: Domhnall es un hombre adorable, de verdad adorable. La pasamos muy bien durante el rodaje de About Time. Trabaja arduamente y sin quejarse. No quiero que parezca que lo estoy recomendando, pero en verdad es divino trabajar con él. Fue muy sencillo y cómodo interpretar nuestras escenas juntos.

ESQ: ¿Y qué hay del aspecto mágico de la historia? Lo de los viajes en el tiempo…

BN: Me gusta que no es ciencia ficción tradicional. No tienes que usar ropa chistosa, subirte a una máquina ni decir cosas extrañas. Para viajar al pasado sólo debes estar en un lugar oscuro -en una alacena o clóset- y cerrar los ojos. También me gusta que sólo puedes ir a lugares en los que ya has estado, sin alterar el resto de la historia. Creo que eso es muy inteligente. Al mismo tiempo es importante que Tim [su hijo en la cinta] sólo utiliza esta herramienta para ayudar a la gente que ama. Todo esto se trata de aprender a poner atención a lo que te rodea; a tu familia, por ejemplo. Y, bueno, a la larga, comprender que no necesitas viajar en el tiempo para lograrlo.

ESQ: ¿Es cierto que no le gusta ver las películas en las que trabaja?

BN: Sí, es cierto. Ni siquiera planeo ver About Time en un futuro. Lo que sucede es que no trabajo en cine para mí, sino para otras personas. Es una estrategia que me hace sentir muy contento. En algún otro momento de mi vida sí las veía, pero no me sentía cómodo atestiguando mis actuaciones. 

ESQ: Si pudiera viajar en el tiempo sólo una vez, ¿a dónde iría?

BN: Me hubiera gustado estar en primera fila en el Apollo Theatre, en Nueva York, en 1962 cuando James Brown dio ese legendario concierto que ahora conmemoramos en el álbum Live at the Apollo. No tengo la menor duda de que debió de haber sido maravilloso. Dicen que Elvis Presley veía a James Brown todas las noches y que Michael Jackson inspiró su carrera en él. Sus movimientos desafiaban la física y te llevaban a pensar cómo era posible que alguien se pudiera mover en el escenario de esa manera.

ESQ: Richard Curtis parece ser un hombre muy amable, pero ¿cómo es durante un rodaje? 

BN: Richard es un director capaz de crear un ambiente agradable porque, claro, él es un hombre muy amable. Es sumamente cortés y jamás, jamás, pierde el temperamento. De hecho, por eso pienso que todo sale bien en sus películas. Creo que quien levanta la voz en un set de filmación entra en un plano amateur y deja de ser un pro?fesional. Ésa es mi visión. No considero que la mala conducta y el arte puedan convivir. Richard es un hombre con clase porque eso es lo que se necesita para ser un director: tener tacto y ser respetuoso con la gente en todo momento. Si eres así, todo saldrá bien. Los días en que la mala con?ducta podía confundirse con talento han quedado atrás.

ESQ: About Time es una gran película. ¿No intentó convencer a Richard Curtis de que no dejara el cine?

BN: Para ser honesto, no creo que vaya a ser su última película. Pero tienes razón, el guión es tan maravilloso que, tan pronto empecé a leerlo, quise aceptar el papel. Y eso no lo debes hacer hasta que terminas de leer [ríe].  Sin embargo, en este caso supe que el papel era grandioso y durante la producción la pasamos de maravilla. Lindsay Duncan, quien interpreta a mi esposa, y Rachel [McAdams] son extraordinarias. Además me encantó estar en Cornwall. La casa en la que filmamos es real: alguien vive en ese acantilado con vista a la playa. Imagino que durante el invierno debe ser fría, pero yo podría vivir ahí.

ESQ: Parece que últimamente ha tenido mucho trabajo. ¿Ya terminó las secuelas de Page Eight, con David Hare?

BN: Sí, hicimos dos: Turks and Caicos y Payne and Redemption. Johnny Worricker ha sido un gran papel para mí y he trabajado con David varias veces. Él es otro director ejemplar. Es brillante y cuando estás en un set con él convives con un hombre cortés, entusiasta y capaz de impulsarte.

ESQ: ¿Se planeó como una trilogía desde el principio o se hicieron estas cintas tras el éxito de la primera, que apareció en televisión?

BN: No lo sé. Cuando recibí el guión de Page Eight fue una situación casi cómica para mí. Había trabajado con David durante toda mi vida adulta como director de teatro y como escritor y, de pronto, decidió escribir el tratamiento de una película en la que no sólo me ofrecía el papel principal, sino que él mismo dirigiría. Recuerdo que le mandé un mensaje para decirle: «¡Hagamos tres!». Lo planteé como una broma porque me parecía un muy buen proyecto y quería extenderlo tanto como fuera posible, pero no imaginé que al final se haría realidad.

ESQ: ¿En qué otro proyecto estará trabajando?

BN: Lo siguiente será Pride, una cinta escrita por Stephen Beresford. La película retrata la increíble historia de un grupo de gays que, en 1984, se dan cuenta de que los mineros la están pasando mal así que, durante los primeros días del Gay Pride, salen a recolectar dinero. Y como en el grupo hay una lesbiana llamada Steff, deciden llamarse The Gay and Lesbian Miners? Support Group. Sin embargo, aunque juntan una buena cantidad de donaciones, cuando el National Union of Miners se entera de sus preferencias, rechaza la ayuda. Lo increíble de la historia es que estas personas se convirtieron en unos de los mejores recaudadores de su época. Pride relata cómo se involucraron con otras personas, se aceptaron y colaboraron en beneficio de ambas partes.

ESQ: Hay rumores de que habrá una secuela de The Best Exotic Marigold Hotel. ¿Son ciertos?

BN: Sí, regresaremos a la India. Nadie pensó que sucedería [ríe]. Pero sí, ése es el plan. Creo que hicimos una buena película que atrapó la atención del público y por eso haremos una segunda parte. Ya leí el primer borrador del guión y es muy, muy bueno. John Madden volverá a dirigirla. Judi [Dench] y Maggie [Smith] también estarán de vuelta. Con un poco de suerte, comenzaremos a filmar a fin de año.

Mario Bellatin: el libro como vacío

Imagen

[esquirelat.com]

Mientras aún hay quien alimenta el cliché del literato que escribe con papel y pluma en parques y cafés, Mario Bellatin redacta novelas en su iPhone. El argumento de su próxima obra le vino a la mente durante un viaje a Bangladesh. La aventura de Antonioni fue producto de 50 horas que el mexicano -a quien de nacimiento le falta el antebrazo derecho- dedicó a teclear en el aparato que protege con una funda rígida de Mickey Mouse.

Mario Bellatin no escribe apoyando las yemas de los dedos sobre la pantalla del iPhone, sino con un lápiz especial. Con el brazo izquierdo lo recupera de la bolsa de su camisa para enseñárselo a Valeria Luiselli, escritora que recién publicó La historia de mis dientes y le acompaña en el encuentro con sus lectores durante la FIL Guadalajara.

Valeria dice que leer las novelas de Mario es como respirar en medio de un mundo literario lleno de ruido. La prosa del autor es simple y precisa; libre de distracciones. El hombre dinero, su libro más reciente -y el cuarto que publica con Sexto Piso-, narra la historia de un individuo que vive torturado por dificultades económicas. En la vida real, el novelista ha confesado tener conflictos con el dinero: se resiste a la idea de vivir sometido por cualquier convención social.

Mario Bellatin escribe una novela tras otra porque la literatura le plantea conflictos que sólo puede resolver escribiendo. Es como un círculo vicioso: escribe para intentar responder aquello que la escritura misma le cuestiona. Por eso a veces las técnicas de redacción tradicionales dejan de bastarle. El mexicano aprovecha las funciones su iPhone -o registra sus ideas con una cámara de video- porque el lápiz y papel le quedan cortos. Quien escribe -dice no debe preocuparse sólo por concluir un texto, sino por el proceso detrás de éste.

El autor de Gallinas de Madera y El libro uruguayo de los muertos no trabaja con un plan de por medio. No concibe personajes ni define el lenguaje con premeditación. No se sienta a escribir pensando en concluir una novela, sino que redacta ideas aisladas que terminan por entretejerse hasta confluir en un gran texto. Para Mario Bellatin, un libro no es un producto final, sino vacío. Es la huella de un proceso; el recordatorio de que nunca hallará respuestas suficientes y por ello no le quedará más que seguir escribiendo.