El último testigo de la peor inundación de México

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Originalmente publicado en The Associated Press, marzo 2018 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Donde hoy se pasean hombres y automóviles, alguna vez flotaron canoas.

El 21 de septiembre de 1629 empezó a llover y la tormenta no paró durante 36 horas. El agua barrió animales y sepultó carretas. En menos de dos días, se tragó las calles de la capital de México.

Algunas crónicas novohispanas y posteriores conservan esbozos de la tragedia, pero quizá el único sobreviviente es un mascarón en la esquina de un edificio en las calles de Motolinia y Madero. Aunque se ha deteriorado, la figura de piedra aún define la cabeza de un león. Su cara felina se alza más de dos metros porque según el escritor y periodista mexicano, Héctor de Mauleón, marca el nivel que alcanzó la inundación.

Hoy no hay nada que cuente esta historia a quienes pasan por ahí, pero pronto lo habrá. Junto con su amigo y colega, Rafael Pérez Gay, De Mauleón encabeza un proyecto apoyado por el gobierno local para colocar 200 placas artesanales que recuperan la memoria de algunas calles de la ciudad.

La geografía de esta metrópoli es su condena. Hace seis meses un terremoto dejó más de 200 muertos y 32 años atrás otra sacudida de la Tierra robó miles de vidas. La ciencia lo ha confirmado: la ciudad que nos trazaron recubre el lecho de un lago y sobre él se asentaron las construcciones. Por eso aquí una catástrofe aumenta su fuerza destructiva y el golpe de la naturaleza es más letal.

A De Mauleón le entusiasma su proyecto porque a veces nos falla la memoria. Los citadinos solemos creer que en nuestra historia no ha habido nada peor que los sismos, pero la tromba de 1629 -asegura el escritor- ha sido la tragedia más grande que ha vivido la ciudad.

El paso del agua —cuya ferocidad creció debido al desborde de los lagos circundantes—mató a 30.000 y provocó el abandono de la ciudad durante cinco años, según los recuentos de la época. Aunque casi todos los habitantes se fueron o murieron, unos 400 se quedaron y aprendieron a vivir como personajes de un filme apocalíptico.

Como no había drenaje ni alcantarillas, la gente se transportaba en balsas, habitaba los segundos pisos de sus casas —a los que accedía por los balcones— y escuchaba misas desde las azoteas donde los sacerdotes ofrecían consuelo. Sin embargo, a veces el alivio era insuficiente y los sobrevivientes saciaban su sed en las mismas aguas que sacaban a flote cadáveres de bestias y personas. Cuando las epidemias llegaron, la cifra de víctimas aumentó.

Se dice que en 1633 no hubo más lluvia y el agua se evaporó. La gente volvió para darse cuenta de que la mayor parte de los edificios estaban arruinados y debían reconstruirse. Por ello casi no hay ejemplos de arquitectura anterior al siglo XVII y lo que vemos pertenece a una época posterior.

“Todo lo previo desapareció y lo único que queda de ese mundo es este mascarón”, dice De Mauleón.

¿Por qué sobrevivió? Nadie lo sabe; es uno de los enigmas de la ciudad. “Lleva ahí muchos siglos y nadie se explica. Estuvo en una casa que fue derrumbada pero después alguien lo encontró y lo volvió a colocar”.

Hoy la casa es una óptica. Frente a ella un hombre limpia zapatos y un McDonalds despacha hamburguesas. Miles pasan a diario sin saber que existe, pero el león pareciera observarlo todo como un fantasma de la ciudad.

(AP Foto/Bernardino Hernández)

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Ciudad de México recupera su historia a través de sus calles

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Originalmente publicado en The Associated Press, marzo 2018 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Lo que podría decir una calle. Lo que han visto sus banquetas. Lo que ha sentido su asfalto. Podría contarnos una historia y quizá elegiría la de un abuelo y su nieto, un par de cómplices nostálgicos que salían a perderse por los rincones de México para dibujar en el aire un tiempo que se ha ido y deseaban revivir.

“Le gustaba mucho salir a caminar y acordarse de cosas que había. Yo lo acompañaba y era como realizar dos viajes: el que hacíamos en ese momento y el de la referencia de algo que ya no estaba, que había ocurrido. Me parecía fascinante”, recuerda el escritor mexicano Héctor de Mauleón, quien ahora dedica su pluma, su andar y su entusiasmo a describir para otros los espacios de los que se enamoró gracias al padre de su padre. Su más reciente proyecto —que ya está en marcha y fue ideado del brazo de su amigo y colega, Rafael Pérez Gay— justamente consiste en rescatar la memoria de la ciudad.

En medio de un evento público con el alcalde capitalino Miguel Ángel Mancera hace unos tres años, De Mauleón tomó el micrófono para denunciar la “destrucción” de la urbe y sugirió encabezar un proyecto para preservar su pasado. Sería fácil y barato, dijo entonces, confeccionar placas pequeñas y rectangulares que narraran la historia de algunas calles icónicas y al colocarlas sobre sus fachadas dejaran a la vista por qué son sitios especiales cuya arquitectura merece cuidado y preservación. Miembros del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) verificarían los relatos y expertos en restauración supervisarían la colocación para evitar dañar las estructuras.

La respuesta fue “sí”. Se acordó iniciar con 200 —que serían elaboradas en un tipo de cerámica llamada talavera— y para decidir su ubicación él y Pérez Gay hicieron una división imaginaria del Centro Histórico en cuatro partes. De este modo comenzaron a planear la distribución de las placas según cada cuadrante, acordaron que cada uno investigaría y redactaría los textos para cien fichas y De Mauleón volvió a las aceras para escuchar los relatos que aún tenía por contarle su ciudad.

Intelectuales y periodistas locales coinciden: pocos conocen la capital de México como él. De Mauleón se sabe de memoria los secretos de un relieve que ante unos ojos inexpertos parecería un defecto, la vida oculta de una esquina que hace siglos se colmó de invasores estadounidenses y el año en el que las narices mexicanas cayeron rendidas ante el primer pan que se horneó. En cada caminata que hace por su tierra —desde que su abuelo le enseñó a explorarla— la ciudad le habla y él responde. La conoce y la reconoce. La escribe.

Primero estuvieron las crónicas y esas crónicas llenaron libros. En “La ciudad que nos inventa” (2015), por ejemplo, describe la casa más antigua del país, el cuento de espantos más viejo y la carta que inauguró el servicio postal. Ahora, además, están las placas.

Hoy es viernes y me ha llevado hasta una esquina antiquísima. Aquí México palpita: la gente se mueve de un lado a otro en grupos grandes como cardúmenes y nosotros paramos al inicio de una franja de portales que albergan negocios joyeros y rodean cual brazos abiertos la plaza principal. Frente a nosotros, el Palacio Nacional y la Catedral parecen dos titanes tumbados al sol.

Antes la historia de México no se escribía en las enciclopedias, sino en los nombres de sus callejones y avenidas. “Cada calle recibía su nombre por tres cosas”, explica De Mauleón. “Porque ahí había un edificio que le daba nombre, como un convento o iglesia; porque vivía un vecino ilustre que había hecho algo destacado o porque había ocurrido algo que merecía ser recordado, como una leyenda”.

La ciudad, entonces, se narraba a sí misma. Era cómplice, hogar y recuerdo.

“En esos tiempos caminabas y de inmediato te dabas cuenta de que la ciudad te estaba hablando, que te estaba diciendo su pasado”, dice con cierta nostalgia el escritor.

Las cosas cambiaron a principios del siglo pasado, cuando se celebraba el centenario de la Independencia y al festejo acudieron representantes de países latinoamericanos. Como un gesto de agradecimiento por reconocer a su gobierno en un ambiente cimbrado por conflictos políticos y sociales, el entonces presidente Álvaro Obregón pidió cambiar los nombres de calles que tenían más de tres siglos de antigüedad y las renombró como algunos de los países asistentes. De este modo, entre otras, nacieron República de Cuba, de Argentina y de El Salvador.

“Cuando hicieron eso cercenaron la memoria”, dice De Mauleón.

“República de Brasil, por ejemplo, se llamaba Los Sepulcros de Santo Domingo. Era un nombre bellísimo”. Y entonces, para intentar contener la situación, un grupo de intelectuales se acercó al gobierno en 1928 y pidió disponer una primera serie de placas —algunas de las cuales aún permanecen exhibidas— para rememorar lo que ahí ocurrió.

Aunque aquel esfuerzo valió la pena, se puso en marcha hace noventa años y desde entonces el proceso de renombramiento y olvido ha persistido. “La gente se separó de la memoria de la ciudad para empezar a construir una nueva”, agrega De Mauleón. “Por eso hicimos el proyecto, para volver a rescatar lugares antiguos de valor histórico y que las personas pudieran verlos al pasar”.

Nuestra esquina nos invita a reanudar el paso rumbo a una recta con mucho que decir. “Francisco I. Madero” hace honor al presidente que detonó la Revolución y a pocos metros encontramos una tienda de autoservicio que solía ser el Bar de Peter Gay, un sitio concurrido a finales del siglo XIX por mexicanos tan ilustres como curiosos. Ahí, cuenta De Mauleón, estuvo el hombre que intentó asesinar al presidente Porfirio Díaz en 1897 y antes de lanzar la puñalada recorrió los mismos pasos que nosotros.

Sus anécdotas son hipnóticas. Varias personas lo reconocen mientras caminamos y se detienen a saludarlo, pedirle autógrafos y selfies. Muchos le dan las gracias por contar su historia y lo invitan a comer, a charlar, a volver. Él me explica luego que a veces recorre estas calles con cámara y micrófono en mano y así la ciudad le habla a sus mexicanos por televisión.

De Mauleón dice que ésta era la calle más importante de su época. Estaba llena de palacios y después se hizo un decreto para establecer gremios. “La nuestra era una ciudad gremial. Zapateros, mecateros, tlapaleros y todos tenían un sitio propio. Por eso aquí hay tantas joyerías: originalmente había plateros. Estás ante la reminiscencia de una ciudad de hace tres siglos”.

Seguimos, seguimos, seguimos. De pronto mi guía señala una tienda de ropa de mujer que fue el primer hotel de México, luego apunta a otra que vio pasar al primer automóvil la madrugada de un sábado y se detiene unos segundos ante un restaurante que en 1896 albergó la droguería donde un empleado de los hermanos Lumière presentó el cinematógrafo por primera vez.

Algunas ventanas, paredes y puertas de la calle parecieran intactas al paso del tiempo gracias a una legislación que desde 1933 impide intervenir o remodelar edificios de la zona, pero eso no salva su pasado del olvido.

“Esta ciudad va a cumplir 500 años y prácticamente en cada esquina hay algo”, dice De Mauleón.

La colocación de placas apenas inicia. No existe fecha para finalizar el proceso, pero sí hay planes y un deseo en la voz a veces melancólica de este escritor: imprimir otras 200 y luego otras 200 o mil más; salir del centro y llegar a más colonias —Roma, Tacubaya, Santa María la Ribera, Coyoacán, todas icónicas para los capitalinos— para darle resonancia a lo que tengan que contar.

Aquella historia de un abuelo y su nieto continúa escribiéndose, pero ahora es la de un cronista que necesita la voz de su ciudad tanto como ella la de él.

(AP Foto/Bernardino Hernández)