Una lección de vida

A Fault In Our Stars

Publicado en la revista Esquire no. 69 (PDF aquí)

The Fault in our Stars, filme basado en el bestseller del mismo nombre, propone que es posible disfrutar la vida pese a tener una sentencia de muerte. Conversamos con Laura Dern, quien protagoniza la cinta junto a Shailene Woodley y Ansel Elgort.

Hazel (Shailene Woodley) es una chica de 16 años que va a morir de cáncer. Es hija única y, para lidiar con el dolor, su madre (Laura Dern) le sugiere unirse a un grupo de apoyo, donde podría sentirse mejor y conocer a otros adolescentes en la misma situación. Hazel accede y ahí conoce a Gus Waters (Ansel Elgort), un paciente en remisión. Luego sucede lo obvio: se enamoran. Lo inesperado de la trama es que la pareja no sufre a causa de su enfermedad, sino que celebra la vida y realiza un viaje a Ámsterdam en compañía de la mamá de Hazel. A simple vista esto parece el drama de los dramas, pero Dern cuenta que la cinta le maravilló porque no es sentimental, sino un filme con momentos muy cómicos y que celebra las experiencias humanas. Platicamos con la actriz estadounidense —nominada al Óscar por su actuación en Rambling Rose (1991)— sobre la película.

ESQUIRE: ¿Qué fue lo que más te atrajo de la adaptación de The Fault in our Stars?

LAURA DERN: Me encantó la historia. Trata sobre disfrutar cada momento y encontrar la belleza en las cosas más pequeñas. Creo que eso es universal. Cuando recibí la oferta para el papel, leí el libro y me enamoré del estilo de escritura de John Green [el autor de la novela homónima que inspiró la película]. Además me fascinó el personaje de Hazel. La gente se enamorará de ella como lo hizo de Holden Caulfield [de la novela El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger]. The Fault in our Stars es un clásico en el sentido en el que explora la angustia de los adolescentes. Ellos se enamoran del libro porque John trata al personaje de Hazel con mucho respeto. Define un tono sobre cómo los niños, adolescentes y adultos jóvenes se sienten cuando se les escucha.

ESQ: En la película interpretas a Frannie, la mamá de Hazel. ¿Qué tipo de mujer es?

LD: Es un personaje con el que todos los adultos podrán identificarse, porque es fácil comprender lo que está experimentando. El papel de Frannie está muy bien escrito. Solía ser una hippie y ahora es progresiva y liberal. Se parece mucho a mí. Quizá por eso me consideraron para el papel. Es muy abierta: su hija tiene cáncer y trata de lidiar con lo inmanejable. Lo que todos compartimos como padres es que hemos tenido que enfrentarnos a momentos difíciles, no importa si es un corazón roto o una enfermedad terminal. Hay diversas circunstancias que pueden crear el amor o la tristeza, lo que es un hecho es que no podemos escapar de ellas. Cualquiera podrá relacionarse con la historia porque todos hemos estado en una relación donde amamos a alguien más que a nada en el mundo, pero somos incapaces de arreglar un problema por el que atraviesa.

ESQ: Shailene es maravillosa como Hazel. ¿Qué crees que fue lo mejor de su actuación?

LD: Shailene es una actriz increíble. Es auténtica y pura. Pero además de su talento, creo que a la gente le gusta su trabajo porque su inocencia natural incita una respuesta. Shai realmente cree en la bondad de las personas. Por eso creo que puede interpretar a Hazel, quien tiene 16 años en la película, a pesar de que ella es más grande. Esto es poco común en una actriz joven. Es sorprendente que muchas niñas de su generación sólo se preocupen por sus seguidores en Twitter. Las chicas de hoy se enfocan mucho en eso, pero Shai aún tiene una visión positiva del mundo, lo cual es maravilloso. A ella le importa proteger el planeta. No utiliza productos que se hayan probado en animales, por ejemplo, porque no le parece adecuado. No lo hace porque esté tratando de demostrar algo o le interese quedar bien, sino porque es algo en lo que ella cree.

ESQ: Tu padre, Bruce Dern, y tu madre, Diane Ladd, son grandes actores. ¿La actuación fue algo que siempre te interesó o ellos te impulsaron?

LD: Nunca desalentaron mi interés por la actuación, pero sí la posibilidad de que actuara siendo niña. Mi madre me instó a que estudiara actuación durante dos años, y tuve que renunciar a todo lo demás, lo que nunca consideré un sacrificio. Así que nunca fui una chica que tomó clases de equitación, fue a campamentos de verano ni hizo muchas otras cosas. Ella pensaba que si elegía la actuación por encima de cualquier otra cosa, realmente tenía que amarla. Y así fue. Fue grandioso que lo hiciera. Mi madre estaba 100 por ciento segura de que podría lograr cualquier cosa. Por eso siempre me apoyó.

ESQ: Adquiriste fama desde muy joven y trabajaste con directores como David Lynch, en Blue Velvet, y Steven Spielberg, en Jurassic Park. ¿Qué piensas cuando recuerdas los primeros papeles de tu carrera?

LD: Creo que consigues una reputación cuando demuestras no tener miedo, y los directores que tampoco tienen miedo te llaman. Eso es increíble. Desde joven esperas mantener esa fama siempre que tomas una nueva oportunidad. La gente con la que he trabajado exige mucho esfuerzo de tu parte y eso provoca que te sientas muy afortunado. Te inspira e intimida a la vez, lo que también es maravilloso.

ESQ: Has trabajado en cine con tu madre. ¿Te gustaría hacerlo con tu padre, quien este año recibió una nominación al Óscar por su papel en Nebraska?

LD: Sí, mi sueño es actuar con mi papá. Justo ahora, estamos trabajando mucho y estamos cerca de definir un proyecto. Rezo para trabajar con él. Tuve la oportunidad de acompañarlo en el set de Nebraska durante un par de semanas, lo que fue un sueño hecho realidad para mí. También me gustaría volver a trabajar con mi mamá. Me encanta trabajar con ella.

Foto: cortesía de la distribuidora

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El rey de los monstruos

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Publicado en la revista Esquire no. 68 (PDF aquí)

     Godzilla es tan célebre como King Kong. Uno puede imaginarlo arrasando Tokio a pesar de no haber visto ninguna de las películas inspiradas en él. Lleva más de seis décadas instalado en el imaginario colectivo como la criatura furiosa que surge del mar para reducir una ciudad a escombros. 

     Cuando fue concebido, este monstruo no era un monstruo sino una metáfora: debutó en una película de 1954 de Ishiro Honda y representaba la destrucción que ocasionaron las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial. La criatura, como la bomba, nunca se olvidó. Su imagen (muy similar a la de un stegosaurus) y su carácter demoledor fueron retomados en cómics y series animadas. A la fecha, Godzilla ha combatido esperpentos míticos de tres cabezas, robots, aliens y al mismo King Kong en una treintena de filmes. Hoy uno puede googlear “Godzilla games” y la búsqueda arroja tanto juegos de Nintendo como apps para smartphones.

     La imagen que se tiene de él es la de un ente violento y destructivo, pero la realidad es distinta. En primer lugar, su nacimiento fue culpa de los humanos: desde la versión de Honda, la bestia de 50 metros y aliento radioactivo fue producto de experimentos con energía nuclear. Es un recordatorio de que abusar de la ciencia y la tecnología puede llevarnos a nuestra propia aniquilación.

     En segundo lugar, la bestia no es malvada. Como un huracán o un tsunami, no puede controlar su poder. Además, en varias películas no destruye Japón: lo salva. La devastación de calles y rascacielos es un efecto colateral de sus enfrentamientos con otras criaturas que amenazan la ciudad. En Godzilla Raids Again (1955), por ejemplo, combate a un ser llamado Ankylosaur (también producto de la radiación) y destruye Osaka por enfrentarlo; en Godzilla vs. Gigan (1972) pelea con seres del espacio; y en Godzilla 2000 (1999) evita que un platillo volador destruya Tokio.

     Este mes podremos ver la cinta del director Gareth Edwards (Monsters, 2010), quien replantea la historia. Su película —a diferencia de la que el apocalíptico Roland Emmerich dirigió en 1998— no retrata a una lagartija mutante que destruye casas y gente porque sí, sino que retoma la mitología original, lo que hará felices a los fanáticos que han seguido la evolución de Godzilla y, a la vez, impactará a quien simplemente busca divertirse con una buena película de acción. Durante su visita a México, Edwards nos habló del proyecto.

ESQUIRE: ¿Cómo enfrentaste el reto de retomar una metáfora que surgió hace 60 años y transformarla en un fenómeno atractivo para las audiencias de hoy?

GARETH EDWARDS: La película está basada en el accidente nuclear que ocurrió en Fukushima en 2011. Tiene lugar 15 años antes, pero las preguntas que plantea respecto a ese tipo de incidentes son muy relevantes. Tenemos la capacidad de usar la naturaleza en nuestro beneficio, pero con la forma en que usamos la energía y las armas hemos contaminado el mundo. Y de pronto, sabernos dueños de este poder deja de ser tan buena idea y nos tenemos que deshacer de él. En la cinta se toca el tema del desarrollo de la bomba nuclear, pero sobre todo de las consecuencias de abusar de la naturaleza. Godzilla es la representación de una pesadilla: si la naturaleza tuviera una forma física, vendría tras nosotros y nos diría que deberíamos ser más respetuosos con ella.

ESQ: ¿Cómo planteas la naturaleza de Godzilla? ¿Es bueno o malo?

GE: Ésa es la gran pregunta: ¿es un villano o no? Creo que la descripción más atinada es la de un antihéroe. No tiene interés en ser un héroe que potencialmente podría ser un villano, pero que a través de sus acciones nos conquista. En realidad, Godzilla es una fuerza de la naturaleza. ¿Un huracán es bueno o malo? No puede ser ninguna de las dos, simplemente es así.

ESQ: ¿Fue difícil trabajar con un icono que, al menos visualmente, todo el mundo conoce?

GE: Esta es una película que puedes ir a ver incluso si no estás familiarizado con las anteriores. Es para fans —yo soy uno de ellos—, pero también quise despertar interés en quien no conoce a Godzilla o, incluso, a los protagonistas como Bryan Cranston, a quien todo el mundo conoce por la serie Breaking Bad. El truco verdadero fue encontrar una manera de explicar sus orígenes para que cuando la gente salga del cine pueda saber de dónde proviene y cómo llegó hasta aquí. Incorporamos elementos que hacen único el filme, pero tratamos de hacerlo de un modo que permitiera entender el escenario tan extraño en el que se desarrolla. Es difícil hacer este tipo de cosas y que se sientan reales y verdaderas, porque sería muy fácil ir demasiado lejos y que la película se vuelva tonta. Había una línea delgada para llevar de manera correcta la historia y los diálogos, y tratamos de no cruzarla nunca para que no se vieran ridículos.

ESQ: ¿Por qué aunque no hayamos visto las películas anteriores, todos conocemos a Godzilla y nos interesa?

GE: Hay muchas razones. Siempre le hemos tenido cierto temor a los animales e instintivamente reaccionamos a determinadas criaturas. Los dinosaurios siempre capturan la imaginación y Godzilla es como un dinosaurio que todo el mundo identifica. Por ejemplo, si dibujaras un monstruo gigante, lo más probable es que el resultado sería casi una versión de él. Si fuera una criatura poco identificable, quizá no estaríamos teniendo esta conversación. Godzilla tuvo suerte y adquirió un look que se ha perpetuado a través de generaciones. Por eso cuando trabajamos su imagen para la película fue muy difícil encontrar el aspecto ideal, que no fuera gracioso. No podíamos usar un traje de goma. Tratamos de encontrar más realismo pero sin dejar de sentir lo que nos inspiró. Esto nos tomó meses. Hicimos más de cien diseños. Me quedé con uno de esos modelos. Lo tengo en mi oficina para recordarme que todo lo que hago siempre puede ser mejor.

Imaginación a la deriva

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[Esquire no. 51]

India es sólo un punto de tierra lejana y distante que la familia de Piscine Militor Patel ha dejado atrás para rehacer su vida en América. A bordo del barco que se dirije a Canadá, también viajan los animales del zoológico en el que Pi se crió. Una noche inquieta, un naufragio, un joven que es arrojado a una lancha en la se esconde un tigre de bengala llamado Richard Parker y la piel erizada del espectador ante el lazo que Pi busca en la mirada del animal que le acompaña por los más de 200 días que se mantiene a la deriva. La nueva cinta del director Ang Lee formula más preguntas que respuestas y el viaje que emprende el protagonista es también un deleite visual: Life of Pi está repleta de imágenes que invitan a involucrarse en el mundo de los personajes y, a través del 3D, aproximarse al esplendor de la naturaleza que retrata la cinta. Desde Los Ángeles, California, platicamos con Claudio Miranda, director de fotografía del filme, y nos habló de su trabajo junto al director taiwanés.

ESQUIRE: ¿Qué define un buen trabajo de fotografía en cine?

CLAUDIO MIRANDA: Una buena fotografía es aquella que se siente real. Es decir, que involucra al espectador en la historia. Se debe leer el guión y comprender las palabras. Se puede jugar con la luz para ofrecer algo que nadie más puede lograr y eso transmite vida. Es casi como lo que hace un pintor con una brocha: añade trucos de luz y crea movimiento. Una buena película necesita de todos aquellos que están detrás de cámaras. Life of Pi, por ejemplo, tiene unos efectos visuales increíbles que rodean a la audiencia y el diseñador de producción es formidable. Estos fueron algunos de los elementos que me atrajeron para formar parte del proyecto.

ESQ: ¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Ang Lee?

CM: Ang Lee es muy diferente a otros directores con los que he trabajado. Su historia parte de un punto emocional muy importante y me hizo sentir algo grandioso al trabajar en determinadas escenas. Constantemente me daba referencias visuales y me decía qué apariencia quería que se le diera a uno u otro día. Es decir, si quería luz, sombra, lluvia o cualquier otro ambiente y, dependiendo de eso, se creó la iluminación.

ESQ: De las escenas que tuviste a cargo ¿cuál fue tu favorita?

CM: Hay una que filmamos en el agua, durante una celebración nocturna. Fue hermosa porque colocamos 50,000 velas y amé la iluminación que obtuvimos. La filmamos en una alberca inmensa y, mientras estábamos ahí, nos decíamos: ¡wow! ¡mira lo que logramos! Todo lo que hicimos en India fue increíble. Fue el mejor lugar para para filmar y que una pequeña parte de la historia tuviera lugar.

ESQ: ¿Hay alguna circunstancia específica en la que disfrutes trabajar?

CM: Amo iluminar con velas. Realmente me gusta cuando la luz parece ser invisible. Es decir, cuando se siente natural y los actores se pueden mover sin problemas a través de un set.

ESQ: De las cintas en las que has trabajado ¿cuál te enorgullece más?

CM: Todas son diferentes. Ninguna de mis películas se parece pero me gustan todas por una u otra razón. Por ejemplo, The Curious Case of Benjamin Button fue muy especial, muestra muchas situaciones paralelas por las que atraviesa un hombre que vive a la inversa. Tron: Legacy, en cambio, parece electrónica y sintética porque transcurre en un mundo que no conocemos. Pero, si tuviera que elegir, diría que Benjamin y Life of Pi son las más especiales para mí.

Blancanieves: el cuento reinventado.

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[esquirelat.com]

Silente y en escala de grises se estrena Blancanieves. En tiempos de cinéfilos cautivos de Transformers y bandas sonoras 100% electrónicas, Pablo Berger dirige un filme mudo que reinterpreta el cuento clásico de los hermanos Grimm en 90 minutos de imágenes en blanco y negro. La producción española aparece en escena ante el auge que ha creado el resurgimiento de las princesas, brujas malvadas y bosques encantados.

En 1937, la casa productora que catapultó a Mickey Mouse como emblema infantil y corporativo anunció el lanzamiento de su primera película: dos millones de ilustraciones compiladas bajo el nombre de Snow White and the Seven Dwarfs. El filme animado, como todas las creaciones del sello de Walt Disney, era un producto para niños. Casi 70 años después renació el interés por la fantasía. Guionistas de cine y televisión desempolvaron sus libros viejos para probar que la magia ya no era asunto de niños, sino de negocios. Blancanieves dejó de ser el tierno dibujo animado de una niña que ecualizaba su voz con el canto de pajarillos para ser suplantada por la insipidez de Kirsten Stewart; la bruja mala perdió sus verrugas y se transformó en Charlize Theron.

Si la ciencia ficción fue la materia prima del éxito del cine comercial de los ochenta, en la literatura fantástica está el gérmen de la gloria del cine de nuestros días. Si bien los cuentos clásicos no han generado el mismo impacto que los héroes nacidos de los cómics de Marvel, sí han demostrado que hay un mercado hambriento de la reinterpretación de las narraciones infantiles. A la tendencia obedeció el lanzamiento de Once Upon a Time (2011), serie que sitúa a Blancanieves, Rumpelstiltskin y el Capitán Garfio en un pueblo mágico cerca de Massachussetts; Mirror, Mirror (2012), cinta en la que no importó Lily Collins, sino la ridícula participación de Julia Roberts como la bruja mala y Snow White and the Huntsman (2012), donde Kirsten Stewart se olvidó de los vampiros y Chris Hemsworth cambió el martillo del dios del rayo por el hacha del leñador.

Blancanieves, de Pablo Berger, es una apuesta distinta al resto de las adaptaciones de la historia de la princesa que, junto con Eva y Steve Jobs, inmortalizó a la manzana como el fruto más famoso del cine. Aunque la heroína (Macarena García) se mantiene como un personaje socialmente maltratado y la bruja (Maribel Verdú) sigue siendo tan seductora como infame, la esencia de la cinta es única de principio a fin.

El relato no inicia en una tierra lejana, sino en la España de los años veinte. Desde la compilación de imágenes estáticas que introducen a la trama hasta la delicada lágrima que finaliza la narración, es una cinta que privilegia la ceremonia. El filme rescata la teatralidad del cine mudo de principios del siglo XX y reimagina el contexto de la protagonista para ambientar su vida y los conflictos que le ocasionará su madrastra en medio de una de las más profundas y arraigadas tradiciones del mundo: el toreo.

La Blancanieves de Berger en realidad se llama Carmen –su nombre y belleza remiten a la estrella de la ópera de Bizet– y tiene un padre torero (Daniel Giménez Cacho) que además de la mirada, le hereda su fascinación por los astados de piel de noche. Carmen –Blancanieves– no seduce acariciando avecillas desde su ventana, sino a través de la solemnidad que transmite mientras se detiene frente al toro. En esta cinta, la protagonista no canta, pero sí conquista con la danza que inicia mientras torea a la belleza salvaje que enfrenta en el ruedo. Ahí surge la gloria que fácilmente permite imaginar el sonido de los aplausos que el público no escucha. Ahí también aparece la manzana envenenada que pondrá al espectador a temblar. Como siempre, en la plaza se crea una perfecta armonía entre el arte y la tragedia.

Hay una fascinación que invariablemente surge del galanteo entre la vida y la muerte. Pablo Berger lo aprehende en blanco y negro con una extraordinaria guitarra española como único elemento sonoro y la sobresaliente actuación de los intérpretes que no tienen más que su cuerpo para hablar. Blancanieves es una cinta imperdible y se estrena en México este 23 de agosto.

El hombre de adamantio

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[Esquire no. 58]

Una mañana de los años noventa, Coco el Payaso salió de casa para amenizar la fiesta de un niño que cumplía seis años. Sin embargo, durante aquella jornada laboral, el histrión se las vió negras. Tras implementar uno de sus mejores actos, escuchó que el festejado acudió a su madre para formular una devastadora acusación: “El payaso que contrataste es terrible”. Coco, apenado hasta el alma, improvisó unos cuantos malabares e hizo hasta lo imposible para que los presentes ignoraran su torpeza.“¿A quién le importan tus trucos?”, cuestionó el inquisidor. Habiendo fallado en el malabarismo, y negándose a aceptar la derrota ante su público, Coco apeló al ridículo y comenzó a darse coscorrones hasta que su trabajo fue aprobado con una ovación.

A pesar de haber sacado su actuación adelante, Coco salió de la fiesta convencido de su fracaso como payaso. Al poco tiempo, dejó los escenarios. Bajo el maquillaje, la nariz roja y los zapatotes, quedó Hugh Jackman. En aquel entonces, el australiano cobraba 50 dólares por show e ignoraba que una década más tarde volvería a disfrazarse. En el año 2000, aceptó interpretar a Wolverine en X-Men y, a través del mutante de esqueleto de adamantio, hizo historia: además de protagonizar la cinta que transformó al cómic en el mayor objeto de deseo de la industria cinematográfica contemporánea, logró inmortalizarse como un superhéroe que, en vez de despertar desaprobación y burla, se convertiría en el ídolo de millones de seguidores en el mundo.

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Hugh Jackman es implacable. Es un hombre que trabajará como payaso, modificará su apariencia física y sobrellevará la presión de escuchar críticas inclementes si eso es lo que requiere para alcanzar sus metas. Y, lo que es más, asimilará y admitirá públicamente sus tropiezos personales y profesionales hasta demostrar que su espíritu de lucha posee la misma capacidad de recuperación que el cuerpo del personaje que interpretará por quinta ocasión en The Wolverine, filme de James Mangold que se estrena este mes.

El temple de acero de Jackman no se forjó en los escenarios, sino en el hogar. En un país en el que lo socialmente aceptado es que los hombres beban cerveza y las mujeres se dediquen a la danza, el hijo de una pareja de ingleses radicados en Austalia soñaba con ser bailarín. A los 12 años, después de que un profesor reconociera su talento en la pista y le sugiriera tomar clases profesionales, corrió a casa para darle la buena noticia a su familia. Sin embargo, su hermano lo llamó “maldito marica” y Jackman terminó con el ánimo por los suelos y la firme decisión de olvidarse de bailar.

Durante sus primeros años, el australiano no sólo compartió el destino de Billy Elliot (bailarín estrella de la comedia musical) porque tuvo que aprender a lidiar con las connotaciones negativas en torno al baile y la masculinidad, sino porque, al igual que Billy, sufrió la ausencia de su madre. Cuando tenía ocho años, la observó partir de Sídney y dejar a su padre a cargo de su cuidado y el de de sus cuatro hermanos mayores. Desde entonces, Jackman aprendió una lección que le acompañaría hasta el momento de formar su propio hogar: en la vida no hay nada más importante que mantener a la familia unida.

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Todo ídolo posee un héroe personal. Mientras que miles de personas admiran a Wolverine, el hombre detrás de esta criatura inmortal adora al sujeto de carne y hueso que le ha legado mucho más que su apellido. “Mi padre es una roca, es mi roca”, reveló el actor a Scott Pelley, con los ojos llorosos, durante una entrevista para CBS News. Al igual que su hijo, Christopher Jackman posee una tenacidad inagotable. A pesar de haber sufrido el abandono de su esposa, y un intento fallido por reconciliarse con ella, se las arregló para sacar a su familia adelante. Si hoy Hugh Jackman sabe que puede lograrlo todo, es porque así se lo enseñó su papá.

Su segundo modelo a seguir es su personaje más célebre. “Aunque tiene sus fallas y hasta mi hijo ha dicho que es muy rudo, Wolverine encarna todas las cualidades que me gustaría poseer: verdadera fuerza, lealtad y la capacidad de enfrentar a sus rivales”, reveló el actor a Esquire desde un set de filmación en Australia. En Logan –como también se conoce al superhéroe de X-Men– el intérprete reconoce una mezcla de carácter que le resulta fascinante. “Si hay alquien a quien quieres en tu equipo, ése es Wolverine. Y, si hay alguien a quien no quieres molestar, también es él”.

Para algunos fanáticos de los Hombres X, Hugh Jackman es un héroe. Sin embargo, como Wolverine, es imperfecto y se ha hecho de una posición privilegiada en el imaginario social gracias a su carácter y determinación. En los cómics de Marvel, las garras metálicas de Wolverine no son equiparables a la telepatía del Professor X o el poder metamórfico de la siempre escultural Mystique. Por ello, si Wolverine es temido y adorado a la vez, no es porque ostente superpoderes que surgieron a partir de una mutación genética, sino porque es un individuo que, como el sujeto que le da vida en el cine, no se rendirá jamás.

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Una mañana de 2012, Hugh Jackman se presentó a trabajar en el set de Les Misérables tras haberse sometido a 36 horas de deshidratación. El intérprete exhibía un rostro demacrado, las ojeras de quien no domina el oficio de velador y la esperanza de capturar la expresión cadavérica de un reo que ha pasado 19 años de su vida en la cárcel. Tras sorber un líquido endulzado que le permitió recuperar la energía, se sumergió en agua helada y comenzó a personificar a uno de los héroes predilectos del romanticismo francés.

Para Hugh Jackman, obtener el papel de Jean Valjean fue como haber encontrado el Santo Grial. Era el personaje principal de una obra en la que siempre había querido actuar. Incluso cuando audicionó para el rol de Gastón –diez años atrás, en The Beauty and the Beast–cometió la osadía de cantar un tema de Javert, antagonista de Les Misérables. Quien lo escuchó entonces, no sólo reprobó el atrevimiento, sino que le aconsejó dejar de fantasear. Según él, Jackman jamás lograría interpretar a Javert. El crítico tuvo razón: cuando el actor se enteró de que Tom Hooper llevaría el musical de Cameron Mackintosh al cine, no persiguió al director para fungir como actor secundario en la película, sino para obtener el papel principal y conseguir su primera nominación al Óscar.

Aunque hace cinco años que la revista People lo calificó como el hombre más guapo del mundo, para Jackman lo más importante no es su apariencia física, sino su profesionalismo. Dado que no hay límites que le impidan lograr una caracterización digna de lo que sus directores le soliciten, hubo una ocasión en la que se orinó en los pantalones. Estaba en pleno escenario de The Beauty and the Beast y, antes de aquella función, creía estar deshidratado (ese día no era intencional). En consecuencia, bebió dos litros de agua antes de entrar en escena y, sin suficiente tiempo para ir al baño, una crisis de ansiedad se apoderó de él. “Intentaba cantar y bailar. La última nota requería que relajara ciertos músculos para alcanzarla. Pensé: mierda, si canto esta nota, mojaré mis pantalones. Si no lo hago, terminaré humillado. El actor en mí salió a flote”.

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El actor más atractivo de la Tierra lleva casi 20 años enamorado de la misma mujer. Hugh Jackman conoció a Deborra Lee Furness en 1995, durante el rodaje de una serie australiana llamada Corelli. En ese entonces, el actor acababa de obtener su primer trabajo en televisión y Deborra era una estrella que Mick Jagger invitaba a sus fiestas cuando estaba en la ciudad. Poco después de su primera cita –en la que la actriz aceptó ir a cenar con él en lugar de salir a divertirse con el vocalista de The Rolling Stones– confesaron sentirse atraídos. Al año siguiente, se casaron.“Cuando conocí a Deb no tuve ninguna duda. Fue lo más claro de mi vida”, reveló a Jeff Probst cuando el conductor estadounidense lo invitó a su programa de televisión.

En tiempos de escándalos por infidelidades, diferencias irreconciliables y divorcios exprés, el protagonista de The Wolverine asegura estar con la mujer de su vida. Con ella acordó la regla que les impide aceptar que el trabajo los separe por más de dos semanas y superó la imposibilidad de tener hijos biológicos. Tras numerosas visitas al doctor, procedimientos de fertilización in vitro, dos abortos y meses de dolor, Jackman convenció a su esposa de iniciar un proceso de adopción. Al poco tiempo, la pareja recibió en casa a dos niños (Oscar y Ava) y, una vez más, el superhéroe del cine demostró que la perseverancia humana es un superpoder en la vida real: si se le aprehende con suficiente convicción, incluso puede vencer los retos impuestos por la naturaleza.

Deborra Lee Furness sabe que está casada con un superhombre. En una ocasión, decidió sorprender a su esposo durante un rodaje. Para su mala suerte, apareció en el set justo cuando su marido filmaba una escena de sexo oral con una actriz que se hallaba oculta bajo un escritorio. Cuando la coestrella de tan comprometedora escena notó la presencia de la visitante, se sonrojó y pidió una disculpa, a lo que la señora Jackman contestó: “Oh, relájate. Te están pagando por darle un blow job a mi marido. Disfrútalo”. Años después, tras el estreno de Australia (2008), Nicole Kidman aseguró que Hugh Jackman es el tipo de sujeto por el que todas las mujeres dejarían caer su quijada con sólo verlo entrar en la habitación. Sin embargo, desde hace casi dos décadas, él sólo tiene ojos para Deb.

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Cuando Hugh Jackman aceptó interpretar a Wolverine, no era fanático de los cómics de Stan Lee. Tampoco imaginaba que formaría parte de una franquicia que generaría ganacias equivalentes a lo que Barack Obama –el hombre más poderoso del mundo, según Forbes– cobraría de salario tras 2,300 años de trabajo. Una noche después del estreno de X-Men, el actor salió de su trailer para iniciar un día de filmación de Kate&Leopold (2001). Tras haber sido cegado por las cámaras de unos 20 paparazzis que esperaban afuera de su vehículo, el australiano comenzó a mirar detrás de sí para buscar a la celebridad que –según él– pretendían fotografiar. Tras unos segundos, comprendió que las cámaras estaban ahí por él.

A pesar de que su fama se ha detonado, Hugh Jackman sigue siendo un tipo humilde. A diferencia de otros famosos que defienden su privacidad a sangre y fuego, el mutante más famoso de Oceanía permite que le tomen fotografías cuando está con su familia y atiende con amabilidad a los reporteros que le hacen las mismas preguntas una y otra vez. Si alguien se lo pide, el actor hablará, una vez más, del día en que su madre abandonó su hogar, del momento en el que un niño de seis años avergonzó a Coco el Payaso y de la función de teatro en la que prefirió mojar sus pantalones a dejar de cantar. No le importará evocar estos momento porque, como aprendió de su padre, no hay nada que no pueda superar.

La tenacidad de Hugh Jackman es tan sólida como el esqueleto de adamantio de Wolverine. Si Coco dejó los escenarios hace más de dos décadas, no fue por la fragilidad de quien se escondía bajo el disfraz del animador de fiestas infantiles, sino porque un soñador perpetuo no se permite fracasar. En 2014, el actor reaparecerá como uno de los mutantes más célebres del universo de Marvel en X-Men: Days of Future Past. En la cinta de Bryan Singer, Jackman llevará, una vez más, la piel del individuo con el que comparte una característica vital: una historia de fracasos y éxitos que contribuyó a fojar el temple de acero que sólo poseen los hombres dispuestos a triunfar.