No eres quien creías: el camino de los bebés robados en Argentina para reconstruir su identidad

Originalmente publicado en The Associated Press, marzo de 2024 (link aquí)

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BUENOS AIRES (AP) – Cuando ella se presenta, dice su nombre completo: Claudia Victoria Poblete Hlaczik.

Nombrarse en su totalidad es una bandera. Es como decir: la dictadura desapareció a mis padres y a otras 30.000 personas, pero ahora ellos habitan mi nombre; por ellos y los que faltan salimos a marchar cada 24 de marzo; nombramos cómo, entre 1976 y 1983, la represión nos secuestró pensando que así silenciaría la disidencia.  

Ella se llama Claudia, pero no siempre fue Claudia. Antes era Mercedes —“Merceditas” Landa— y pasó 20 años pensando que era la hija de un militar —cuando no lo era— y el círculo en el que se movía su “padre” —que no era su padre— la secuestró cuando tenía ocho meses junto a sus verdaderos padres. Y entonces ella, como si fuera una mascota y no una bebé que debió ser criada por su familia, fue apropiada por una pareja de desconocidos y pasó dos décadas bebiendo un agua hecha de mentiras.

Mercedes no se convirtió en Claudia de un momento a otro, pero el domo de ficción que la cubría sí que se rompió en un instante.

En febrero del 2000, durante su hora del almuerzo y pensando que asistiría al juzgado que la citó para cumplir con un trámite, un juez le dijo que no era quien creía y ahí Merceditas Landa cayó por la madriguera como Alicia en el País de las Maravillas.

“Recuerdo esa sensación”, dice Claudia. “Que yo iba preparada para no creérmelo, como pensando, ‘esto que me van a decir no me va a importar’”.

Entre las hojas que el juez le entregó, una de ellas decía que había más de 99% de probabilidad de que fuera hija de desaparecidos. Y, junto a los exámenes, la foto de una bebé.

La bebé era ella. Lo sabía porque el teniente coronel Ceferino Landa y su mujer le tomaron fotos cuando la llevaron a casa después de registrarla como su hija biológica. Como si las fotos nuevas borraran las viejas y una partida de nacimiento falsa la desapareciera a ella.

“Las primeras fotos que yo había visto de mí misma eran iguales”, dice Claudia.

El problema, entonces, no fue dudar que el juez decía la verdad, sino lo que implicaba. Si ella ya no era quien creía, ¿quién era?

LAS ABUELAS DE PLAZA DE MAYO

En abril de 1977, un grupo de mujeres empezó a reunirse en la plaza más simbólica de Argentina y el tiempo les puso un nombre: Madres de Plaza de Mayo.

A todas les faltaban sus hijos. Jóvenes militantes a los que la dictadura capturó y torturó en centros clandestinos desde donde muchos fueron transportados en aviones que los arrojaron vivos al mar.  

En los últimos 40 años, los testimonios de los sobrevivientes han permitido reconstruir trozos del rompecabezas más siniestro de la historia argentina.

“Yo compartí celda con tu hijo”. “Escuché sus gritos bajo tortura”. “Vi a tu hija, embarazada, ser arrastrada por los suelos”.

No todas las madres de los desaparecidos sabían que sus hijas o nueras estaban embarazadas, pero los testimonios las pusieron en acción. Ahí decidieron que no sólo pelearían por saber qué pasó con sus hijos, sino también con sus nietos. 

Y así, la dictadura las convirtió en las Abuelas de Plaza de Mayo.

LOS NIETOS RECUPERADOS

Pedro Alejandro Sandoval no lo supo de boca de un juez.

La mañana en que vio la foto del que creía que era su padre, todavía se llamaba Alejandro Rei y aquella noticia en el diario parecía un sinsentido. ¿Excomandante Víctor Rei detenido por falsificación y ocultamiento? ¿Por el robo de un menor? ¿Cuál menor?

Él, como Claudia, también estaba en sus veintes. Para 2004 ya habían pasado dos décadas del retorno a la democracia y las Abuelas se habían articulado como un organismo de derechos humanos que buscaba a sus nietos de la mano del Estado.

Ese respaldo es lo que hoy permite que se judicialicen los casos. Que una vez que un examen de ADN confirma que se trata de un bebé robado en dictadura, se inicien juicios y sus “apropiadores” —quienes fingieron ser sus padres— sean encarcelados.

Cada nieto enfrenta la verdad a su manera. Algunos exigen que los dejen tranquilos. Varios piden tiempo. Otros vuelan a abrazar la vida que ignoraban que existía.

Pedro no cayó de la madriguera como Claudia, pero ilustra su proceso con otra referencia literaria: “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, novela que retrata a un personaje con dos identidades.

“Era la misma persona, pero me desdoblaba todo el tiempo”, cuenta Pedro.

Aún lleva ese desdoblamiento en el nombre. Él, a diferencia de Claudia, nació en un centro de detención clandestino y no fue registrado por sus padres, así que, tras su restitución, tuvo que elegir cómo llamarse.

Se decidió por Pedro, como su madre quería nombrarlo en honor a su abuelo, y conservó Alejandro porque, a fin de cuentas, por más de 26 años también fue él. A su papá lo recuperó en el Sandoval.

Alejandro tuvo una infancia feliz y escuchó al que creía que era su padre decir que nunca hubo dictadura, que los militares “resociabilizaron” el país. Años después, cuando lo fue a visitar a prisión, vio a ese mismo hombre reventado de ira gritar: “¡Hijo de puta, por tu culpa estoy aquí!”.

Pedro lleva 20 años tallando los recuerdos de sus padres en su nombre. Les dice “mis viejos” como si pasara con ellos los fines de semana. Como si cada tarde fuera a encontrarlos al bar donde tuvieron su primera cita y él bebió café tantas veces sin saber que compartían la sangre.

“Esto de estar hablando y moviendo las manos es de mi viejo”, cuenta. O “qué leona que era mi vieja. Una mina chiquita físicamente, que tenía 20 años cuando la secuestraron y aunque le hicieron lo que le hicieron, tuvo la fuerza y el coraje de tenerme”.

“Yo te puedo contar historias de mis viejos”, dice Pedro. “Hay algo mágico. El ADN es mucho más grande de lo que todos creemos”.

¿CÓMO SE RECUPERA A UN BEBÉ ROBADO?

Entre 1978 y 2023, las Abuelas de Plaza de Mayo han recuperado a 133 nietos y nietas.

Cada restitución llena al colectivo de esperanza, pero también de urgencia, pues se calcula, según denuncias y testimonios de exdetenidos, que hay otros 300 bebés que aun no han sido identificados.

Claudia y Pedro dan testimonio porque la suya es una búsqueda viva como vivos están esos bebés robados que ya son adultos y en su andar por el mundo —sin desearlo, sin saberlo— perpetúan la apropiación. Esto es, si tú desconoces tu verdadera identidad, el engaño renace en tus hijos y los hijos de tus hijos. Las lesiones que infringió la dictadura se reabren de una generación a otra.

Manuel Goncalves Granada, nieto recuperado en 1997, trabaja en uno de los dos organismos estatales que echa a andar el andamiaje de Abuelas: la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI). El otro es el Banco Nacional de Datos Genéticos.

La historia de Manuel y sus padres también sacude los huesos. A su papá lo secuestraron el día del golpe militar —24 de marzo de 1976— y fue asesinado una semana después. Su mamá se ocultó durante ocho meses —Manuel no sabe dónde nació—, hasta que hombres armados rodearon la casa en la que se escondía y lanzaron tiros, granadas y bombas lacrimógenas.

Manuel sobrevivió porque su mamá lo cubrió con mantas en un hueco del armario donde fue hallado antes de ser entregado en adopción ilegal.

Su abuela fue una de muchas que se separaron de Madres de Plaza de Mayo porque su búsqueda implicaba tareas específicas. Empezaron por lo más desesperado, pararse afuera de los jardines de infantes para ver si en los nenes reconocían los rasgos de sus hijos, y terminaron impulsando un sistema que garantizará que la búsqueda se mantenga cuando ya no estén.

Desde la CONADI, Manuel trabaja en la identificación de casos de posibles bebés robados. Al recibir una denuncia, el equipo realiza una investigación y, si localiza documentos que verifiquen una apropiación —digamos, una partida de nacimiento irregular— citan a la persona y se lo informan. Si ésta accede a continuar el proceso, se toma una muestra de ADN de manera voluntaria. Si no, se repite el procedimiento con la orden de un juez.

Abuelas recibe unas mil solicitudes por año, dice Manuel. “Ahora ya está viniendo la generación de los bisnietos. Dicen: ‘Mi mamá no se anima a venir, pero sabemos que mi abuelo no es mi abuelo’”.

Cuando una muestra de ADN confirma que Abuelas ha encontrado a un nieto, Manuel y la hija de la actual presidenta de Abuelas lo informan a la persona. Luego avisan a su familia y se llama a una conferencia de prensa que difunde la restitución.

“Para mí tiene que ver con mi propia identidad”, dice Manuel. “Si yo hago esto, es porque mi historia es ésta. Lo que hago o pienso es porque soy una persona a la que robaron primero y recuperé mi identidad después”.

UNA HISTORIA PROPIA Y CIERTA

A Claudia le tomó varios años compartir su testimonio.

Ahora que milita en Abuelas dice que, claro, no es fácil. Que saberse un nieto restituido trae consigo una historia muy triste y compleja, pero también una historia que es propia y que es cierta.

Cuando salió del juzgado y detuvieron a sus “apropiadores”, lo primero que sintió fue culpa. ¿Y si les pasa algo? Tienen más de 70 y no están bien de salud. 

Le mintieron durante 20 años, sí, pero en ese momento ella tenía pocos minutos de haberse estrellado contra la verdad y se había pasado la vida llamándolos “papá” y “mamá”.

Para sostener la mentira de que era su hija biológica, Ceferino Landa y su mujer la metieron a un capullo. Merceditas no andaba sola por la calle. No leía ni miraba en televisión nada que no aprobara el coronel. Iba a una escuela de monjas. Creció —como Pedro— creyendo que en Argentina nunca hubo una dictadura, sino un proceso de reorganización nacional. Que las Madres de Plaza de Mayo eran locas que querían vengarse de los militares.  

“No sabía que había niños robados”, dice Claudia. “Era algo que había sido ocultado y yo vivía bastante cuidadita, como una especie de recipiente hermético”.

Lo que más le costó, cuenta, no fue reconocerse como Claudia —nombrarse— sino salir de ese contenedor taponado por la culpa.

“Me sentía responsable porque pensaba que era decisión mía la que desencadenó eso, pero después me di cuenta de que no, que había sido decisión de mis apropiadores”.

La claridad llegó cuando se convirtió en madre. Ver a su hija le hizo dimensionar cómo, durante 20 años, esa gente que decía quererla le mintió cada mañana, cada noche. Que lo habría seguido haciendo por el resto de su vida.

Desdecir las mentiras empezó por lo más simple. Andar sola por la ciudad sin que le pasara nada. Aprender a manejar, a andar en bicicleta, a cocinar.  

Y, luego, el mundo. “Lo que me encontré del otro lado no fue una banda de terroristas, sino a mi abuela, mis tíos, mis primos, una familia”.

De a poco empezó a poblar su nombre. La historia de sus padres sumada a nuevas certezas y creencias.

“La identidad es una construcción”, dice Claudia. “Yo no dejo de ser la Merceditas Landa que fui, pero eso se nutre de toda una cosa que viene después”.

Uno no es realmente libre cuando hay una mentira, dice. La libertad empieza cuando sabes la verdad y, frente a ella, puedes elegir.

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AP Foto: Natacha Pisarenko

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

Historia de un pañuelo: la lucha de las Madres Plaza de Mayo por los desaparecidos argentinos

Originalmente publicado en The Associated Press, marzo de 2024 (link aquí)

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BUENOS AIRES (AP) – Todo en ella es blanco. El pelo, la ropa. El pañuelo sobre la cabeza. Los dedos finos que apoya en su bastón.

“Ahí va una Madre de Plaza de Mayo”, diría todo argentino que aviste su pañuelo.

Jueves tras jueves, desde hace 47 años, Nora Cortiñas se desplaza hasta el corazón de Buenos Aires y recorre la plaza más simbólica de Argentina.

“¡Norita! ¡Norita!”, le gritan jóvenes y viejos que besan su mano y rodearán con ella la Plaza de Mayo.

Jueves tras jueves, sin falta y puntual a las 3:30 de la tarde, la ronda de las Madres mueve un mensaje que trasciende a esta Madre, a todas las Madres, y ya es más bien argentino: acá nos faltan hijos, nietos, padres, hermanos.

Memoria, verdad y justicia piden miles que cada 24 de marzo salen a recordar el golpe de Estado que dio pie a la última dictadura militar (1976-1983). Sus preguntas son las mismas de las Madres: ¿Qué hicieron con nuestros desaparecidos? ¿Dónde están los 30.000?

En abril de 1977, cuando Nora ignoraba que pasaría la mitad de su vida con la foto de su hijo colgada del cuello, el puño en alto y la cabeza cubierta con su pañuelo blanco, era como cualquier ama de casa. Atendía a su marido, había criado a dos hijos de veintipocos y daba clases de costura. Se había casado a los 19 y su vida era eso, su hogar, hasta que Gustavo desapareció. 

El mayor de sus hijos tenía 24, admiraba a Evita y era militante de Montoneros, una de las organizaciones guerrilleras que fueron blanco de las fuerzas estatales en los años 70.

“Desde jovencito Gustavo decidió luchar para que el pueblo tuviera buen trato”, dice Nora. “Junto con muchos compañeros, luchaba para lograr ese mundo ideal”.

Nora no se involucraba en política pero tampoco era ajena a la represión. Escuchaba que hombres vestidos de civiles entraban a casas, colegios, hospitales y fábricas y se llevaban a militantes como Gustavo.

Cuando supo que mataron a varios de sus compañeros y apresaron al hermano de su nuera, Nora y su marido plantearon a su hijo que saliera de Argentina, pero él y su mujer se negaron. ¿Dejar su país por sus ideas? Por favor.

La última vez que vio a Gustavo fue un domingo de Pascua. Nora lo despidió en la parada del autobús y a los pocos días, tras salir de casa rumbo al trabajo, desapareció.

“Cuando se llevaron a mi hijo, el 15 de abril de 1977, salgo a la calle a buscarlo y me voy encontrando con otras madres que también les habían secuestrado a los hijos”, dice la Madre que recién cumplió 94.

“Todavía nos encontramos en la Plaza de Mayo. Caminamos media hora y recibimos denuncias de otras cosas que van pasando, de otros secuestros y otras torturas. Vamos compartiendo con otras madres todo este dolor que sigue en cada casa”.

DE MADRES A MADRES DE PLAZA DE MAYO

Desde el 30 de abril de 1977, la Madres se han reunido en la Plaza de Mayo casi 2.400 veces.

Su primer encuentro no fue un jueves ni concluyó en una ronda. Tampoco eran las Madres, así en mayúscula, sino madres. Mujeres rotas que se sentían igual de atravesadas por la ausencia de sus hijos.

Cada Madre tuvo su historia. A varias la despertó el teléfono y lo escucharon en boca de sus nueras, yernos y otros familiares. Un puñado estaba en casa. Atendieron el timbre o sintieron el crujir de una puerta que caía. Algunas, amordazadas en otro cuarto, percibieron gritos. Otras observaron —los ojos en pasmo o hinchados de llanto— forcejeos, golpes, insultos. Pocas vieron a sus hijos salir de casa sin violencia. No pasa nada, señora, mañana regresa. 

Y, luego, vacío. En la comisaría escuchaban: “aquí no está, señora”. En la iglesia: “rece, señora”. En las oficinas de gobierno: “váyase, señora”.

Ninguno, claro, tendría por qué estar de su lado. Si bien el puño de los militares era el que apretaba con más fuerza, los juicios, comisiones de verdad e investigaciones posteriores al retorno a la democracia comprobaron que sectores políticos, civiles y religiosos ligados a los intereses de la clase dominante fueron cómplices. 

La opacidad era calculada. Los desaparecidos no son muertos y sin muertos no hay crimen. Sin crimen no hay culpables y sin culpables los delincuentes se mueven a sus anchas. Ya está.

Hebe de Bonafini, lideresa casi legendaria de una de las dos organizaciones de Madres que se formaron en los años ochenta, decía que bastaba mirarse los ojos para saber que les faltaban los hijos. 

De a poco entendieron que sería inútil llevar un cepillo de dientes a las comisarías donde creían que estaban. Mientras buscaban sus nombres en los diarios que daban cuenta de los muertos, asumieron que las instituciones les darían la espalda y que la búsqueda dependería de ellas. Se entrenaron para redactar habeas corpus y tomarse del codo para ganar fuerza colectiva.

Tras varios encuentros en una iglesia donde el obispo no les ofreció más que desidia, una de las madres dijo: basta, nos vamos. Aquí solas y sin que nadie nos vea, no lograremos nada. Tenemos que juntar más madres —ser cien, ser mil— y entrar todas de golpe a la casa de gobierno.

La casa de gobierno, claro, es la Casa Rosada, y la Casa Rosada está en la Plaza de Mayo.

Su primera reunión fue un sábado del 77′ y hubo 14 madres en una plaza vacía. Mejor vengamos el viernes, dijo una, porque así nos ve la gente, pero otra dijo no, mujer, el viernes no, que es día de brujas. Mejor el jueves, y el jueves fue. 

Su ronda fue casi un accidente que provocó la policía. Durante un día de reunión en que las madres estaban concentradas en una curva de la plaza, comenzaron los gritos. “¿Qué no saben que no se pueden reunir, señoras? Hay estado de sitio. Circulen, circulen, ¡CIRCULEN!”.

Y las madres circularon. Una mano en el brazo de su compañera y la otra limpiándose las lágrimas, circularon. En silencio, circularon. Sin saber que volverían cada jueves por el resto de sus vidas, las Madres de Plaza de Mayo circularon.

¿A VOS QUIÉN TE FALTA?

Taty Almeida siente que una parte de sí misma desapareció con Alejandro. Que la Taty actual nació cuando su hijo se esfumó.

“Alejandro me parió a mí”, dice la mujer de 93. “Yo estoy feliz de haber parido a mis tres hijos, pero Ale me parió”.

El 17 de junio de 1975, cuando su hijo de 20 años se despidió de ella en la casa en la que aún vive y nunca más volvió, Taty ignoraba muchas cosas. No sabía, por ejemplo, que escribía poesía en paralelo a su carrera de Medicina. Que la mantenía al margen de su militancia para protegerla y que la esfera militar que ella conocía tan bien estaría detrás de su desaparición.

En aquel entonces no había dictadura ni Madres de Plaza de Mayo. Sólo una Taty muy católica, hija de un militar que se movía en un entorno de derecha y detestaba al peronismo.

“Fueron los peronistas, señora”, le dijo un general al que acudió para pedir noticias de Alejandro. “Por supuesto, los peronistas”, respondió la misma Taty que —mirá vos, de no creerse— el día del golpe de Estado pensó: “Por fin vienen mis conocidos y yo voy a recuperar a Alejandro”.

“No podía pensar que mis conocidos eran los culpables”, dice con su voz ronca y profunda.

Las Madres ya llevaban casi dos años de ronda y Taty más de cuatro de no saber nada de Alejandro cuando se acercó a ellas. Sabía que se reunían en la plaza, pero pensaba: “Por mi currículum, van a decir que soy espía”.

A fines de 1979, tocó la puerta de una casa que servía a las Madres de oficina y en una pared vio las fotos de sus hijos desaparecidos. “No soy la única”, pensó.

Cuando la recibió María Adela Garde de Antokoletz —la Madre con mayúscula, cuenta Taty— le preguntó lo único que se preguntaba en esos casos: ¿A vos quién te falta?

Así, sin importar afiliación política, religión, ideología, nada. ¿A vos quién te falta?

“Y ahí yo por fin hice mi catarsis”, dice Taty. “Hablé, lloré, conté. En un momento le dije: ‘Ay, María Adela, qué estúpida que he sido’. Y ella me dijo: ‘No mijita, no digas eso. Cada una se acercó cuando fue su momento y éste es el tuyo’”.

HISTORIA DE UN PAÑUELO

Sobre uno de los antebrazos de Graciela Franco hay una fila de pañuelos. No son blancos, como los de Nora o Taty, porque ella los lleva tatuados y la tinta es oscura.

Graciela no tiene familiares desaparecidos, pero cuando su hija le dijo “mamá, hagámonos un tatuaje”, ella pensó: “Tiene que ser algo que me signifique algo”. Y recordó a las Madres de Plaza de Mayo.

Desde 2017, Graciela y su colega Carolina Umansky cubren Buenos Aires con pañuelos. En su taller de cerámica —Terra Fértil— han confeccionado más de 400 mosaicos como parte del proyecto 30 Mil Pañuelos por la Memoria, que rinde homenaje a los 30.000 desaparecidos durante la dictadura.

Para preservar su fuerza simbólica, los pañuelos que formen parte del proyecto deben producirse en materiales no perecederos —cerámica o vidrio— y colocarse a la vista, digamos, en la entrada de un hogar.

“La idea es que permanentemente generen una pregunta”, dice Carolina. “Que cualquiera que los mire diga: ‘¿Por qué está este pañuelo en esta casa?’”.

La historia del pañuelo más simbólico de Argentina inició 40 años antes de que Graciela y otros argentinos se los tatuaran en el cuerpo. Siempre fueron blancos, pero la prenda original no fue un pañuelo, sino un pañal.

En octubre del 77’, cuando aún no se llamaban Madres de Plaza Mayo, las madres fueron a una peregrinación en la ciudad de Luján. Al ser un evento masivo —pensaron— ganarían visibilidad, pero ¿cómo se reconocerían?

Una propuso llevar un bastón; otra, un trapo. ¿Rojo? ¿Azul? No, mujer, nadie nos va a ver. Blanco, mejor. Entonces un pañal, dijo una. ¿Aún guardan un pañal de gasa de los hijos? Y todas dijeron que sí.

En aquellas peregrinaciones se rezaba por los curas, los obispos y los enfermos. Las Madres, en cambio, rezaron bien fuerte por los desaparecidos.

Así la gente empezó a distinguirlas. Mirá, esas son las señoras del pañuelo blanco que gritan buscando a sus hijos.

LAS LOCAS DE LA PLAZA

Uno camina por Buenos Aires y los pañuelos brotan.

Ondean en murales, baldosas, pines y carteles de protesta. “Sembramos memoria”, se lee sobre un poste en el que los pañuelos tienen tallos. “La Banda del Pañuelo”, reza el nombre de un colectivo cultural de jóvenes que cada jueves acompaña a Nora y otras Madres en la ronda.

“Yo los veo y siento esperanza”, dice Luz Solvez, de 36 y quien recientemente salió a protestar contra el presidente Javier Milei. “Es un símbolo que resume parte de nuestra historia. Toda la crueldad, lo horrible que fue, pero también cómo lo tomaron para el lado de la justicia y no de la venganza”.

La potencia simbólica de las Madres tardó en enraizarse. ¿Su hija no andará de paseo por Europa, señora? Si los detuvieron, por algo habrá sido, señora. Quizá no educó muy bien a su hijo, señora.

En 47 años, las Madres no sólo han enfrentado a la dictadura que desapareció a sus hijos, sino el rechazo e indiferencia de políticos, periodistas y gente de a pie.

Nos miraban como si tuviéramos lepra, contó una Madre un día. La gente trataba de no pasar cerca de nosotras en la plaza, dijo otra. A muchas les llovieron insultos desde los colectivos. Notaron a quien, de sólo mirarlas, abandonaba la fila de la carnicería. 

Esas mujeres no son nada, decían los militares. Son locas. Y las Madres respondían: es cierto, somos locas. De rabia, de angustia, de dolor.

El desdén no terminó con la dictadura ni la democracia les trajo justicia inmediata. Si bien el presidente Raúl Alfonsín (1983-1989) impulsó el primer juicio civil contra juntas militares en el mundo, terminó por ceder ante algunas sublevaciones y promulgó una ley que libraba de castigo a rangos menores argumentando que sólo obedecieron órdenes.

La impunidad empeoró con Carlos Menem (1989-1999), quien repartió indultos para “reconciliar” y “pacificar al país”. No fue sino hasta la llegada de Néstor Kirchner (2003-2007) que arrancaron los juicios contra los responsables por delitos de lesa humanidad y se promulgaron medidas de memoria y reparación.

Las Madres nunca se asociaron a partidos políticos pero muchas se politizaron y tanto su perspectiva social como su sentir con respecto a la desaparición de sus hijos terminó por dividirlas. Madres Plaza de Mayo Línea Fundadora —a la que Nora y Taty pertenecen— aceptó que sus hijos murieron. Asociación Madres Plaza de Mayo reclama a todos los desaparecidos con vida.

Todas, sin embargo, mantuvieron la consigna de su origen: seguir sacando sus pañuelos blancos a las calles para exigir memoria, verdad y justicia.

LA LUCHA NO TERMINA

Hebe de Bonafini contaba que, según testigos que estuvieron con sus hijos —porque a ella no le secuestraron a uno, sino a dos hijos—, ambos dijeron: mi mamá va a dar la vuelta al mundo para encontrarnos.

“Y yo los encontré”, decía Hebe. “En otros que luchan y pelean. Mis hijos son todos”.

De ahí la fuerza, el empuje. El reclamo de una sola madre quizá se habría diluido, pero al juntarse se abrieron paso como un caudal incontenible. Juntas lloraron, se abrazaron y asumieron las causas de sus hijos. Juntas hablaron con presidentes y pontífices. Resistieron que las llamaran locas, terroristas. Pagaron multas y compartieron celdas.

Ninguna pensó sólo en su hijo. Todas buscaron a todos. 

“Las madres sostenemos las luchas de los pueblos”, dice Sara Mrad, a quien la dictadura le desapareció una hermana pero tomó el relevo de su madre cuando ésta falleció. “Y no sólo en Argentina. En todos los países, los sufrimientos de una manera u otra, son los mismos”.

No hay una cifra exacta de cuántas Madres viven, pero entre las que siguen activas como Taty o Nora, sus hijos son oxígeno.

Nora aún se suma a las organizaciones que exigen abrir los archivos que registraron la represión entre 1974 y 1983. Sea con bastón o en silla de ruedas, denuncia a los negacionistas de la dictadura, pide que sigan los juicios para condenar a los responsables e insiste en saber qué fue de Gustavo.

“Es un compromiso que yo tomé desde que desapareció”, dice. “Un compromiso de seguirlo buscando hasta que me quede un hálito de vida”.

Aún guarda el primer pañuelo de su lucha. Se lo bordó su nuera para la peregrinación de Luján y desde entonces ha tenido otros cuatro o cinco que siempre carga en el bolso cuando sale de casa. Como todos los pañuelos de Madres Línea Fundadora, lleva el nombre de su hijo en hilo azul.

Taty guarda el suyo, doblado con el nombre de Alejandro, en una bolsita de plástico transparente. También tiene otro, pequeño y de color plata, que a modo de dije cuelga siempre de su cuello.

Ella tampoco deja de marchar, posicionarse o dar entrevistas. Todo suma, es memoria. Afianza la estafeta que ya toman los jóvenes dispuestos a postergar su lucha.

“Estoy segura de que Alejandro está muy orgulloso de mí”, dice Taty. “A mí me da fuerza eso”.

¿Cómo sería Alejandro ahora?, piensa de tanto en tanto. ¿Sería canoso? ¿Usaría anteojos? ¿Le habría dado nietos?

“Siempre me digo lo mismo, ¿cómo sería? Yo digo siempre que Alejandro está presente, pero no. No está”.

Aun así, dice, mantiene la esperanza. Los antropólogos forenses identifican cada vez más restos de desaparecidos y, si encontraran los de Alejandro, ella podría hacer su duelo, llevarle flores, rezarle.

“Yo no me quiero ir sin antes, por lo menos, poder tocar los huesos de Alejandro”.

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AP Foto: Natacha Pisarenko

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

Ante violencia en México, candidatos presidenciales se comprometen por la paz con líderes religiosos

Originalmente publicado en The Associated Press, marzo de 2024 (link aquí)

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CIUDAD DE MÉXICO (AP) – Claro que es indispensable trazar una hoja de ruta común para pacificar a México, dijo el lunes la candidata oficialista Claudia Sheinbaum en una reunión con líderes religiosos del país. Sin embargo, dejó claro que su visión respecto al escenario de violencia difiere de la que expresaron las comunidades de fe.

Sheinbaum, y los opositores Xóchitl Gálvez y Jorge Álvarez Maýnez, todos aspirantes a suceder al presidente Andrés Manuel López Obrador en las elecciones del 2 de junio, se reunieron el lunes en Ciudad de México atendiendo a una convocatoria liderada por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) para encaminar al país hacia la paz.

El evento arrancó abordando lo que la Iglesia católica considera una “profunda crisis de violencia y descomposición social” y, posteriormente, cada aspirante dio su punto de vista sobre un listado de propuestas que los religiosos les entregaron. 

El documento compartido con los candidatos —que se titula “Compromiso Nacional por la Paz”— reúne estrategias de política pública enfocadas en la erradicación de la violencia. Las propuestas fueron producto de un diálogo que se llevó a cabo a nivel nacional en los últimos meses entre instituciones religiosas, empresariales y civiles.

Desde el asesinato de dos jesuitas en el norte del país en 2022, la Iglesia católica ha sido enfática en la necesidad de repensar la estrategia de seguridad, lo que le valió una tensa relación con el presidente López Obrador.

En el evento del lunes, Sheinbaum —quien representa la continuidad del proyecto de nación del presidente— se mostró dispuesta a dialogar y firmó el compromiso por la paz, pero tan pronto arrancó su participación enlistó los puntos que no comparte con respecto a las problemáticas de violencia.

Dijo, por ejemplo, que no coincide con la “evaluación pesimista del momento actual” —que establece que el tejido social sufre una degradación acelerada— ni considera que en México prevalezcan el miedo, la impotencia, la desconfianza y la incertidumbre.

Primero defendió la estrategia de seguridad actual citando la reducción en el número de homicidios dolosos y, como suele hacer el presidente López Obrador, Sheinbaum comparó la actual gestión con la del expresidente Felipe Calderón (2006-2012), cuya denominada “guerra contra el narco” fue “desastrosa” para México.

También negó que exista una supuesta militarización del país y, por el contrario, dijo que entre los ejes de seguridad de su gestión seguiría el fortalecimiento de la Guardia Nacional. Añadió que entre sus propuestas hay programas para alejar a la juventud de la delincuencia, el fortalecimiento de la inteligencia e investigación de las policías estatales y una reforma al Poder Judicial.

Previamente, la candidata opositora Xóchitl Gálvez dijo que haría suyas las propuestas de los líderes religiosos y la sociedad civil y se dijo convencida de que las iglesias —particularmente la Católica, a la cual pertenece— juegan un rol crucial en la construcción de paz.

Durante su intervención recordó a los ocho sacerdotes que han sido asesinados en distintos estados del país en lo que va del gobierno actual y describió los crímenes como un “hito” que han marcado a la sociedad. 

“El desafío más grande que tenemos por delante es cómo reconstruir el tejido social”, dijo Gálvez, cuya candidatura aglutina a varios partidos de oposición.

Agregó que, de ganar en los comicios, se reuniría con los mismos líderes religiosos que convocaron al evento el 2 de octubre, un día después de asumir el poder, para tener una primera sesión de trabajo, diálogo y escucha de compromiso por la paz.

“Un problema de esa magnitud necesita de la participación de todos”, dijo Gálvez, quien destacó entre sus propuestas la “desmilitarización de la administración pública” y una mejora en las condiciones de trabajo de policías, ministerios públicos y jueces.

Por su parte, Jorge Álvarez Máynez, candidato por Movimiento Ciudadano, dijo que ante el panorama de violencia actual, “los mexicanos tienen toda la razón para ser pesimistas al respecto”.

“Nos dijeron que no había que preocuparnos porque sólo se iban a matar entre ellos”, dijo Álvarez Máynez en referencia al presidente López Obrador, quien durante su gestión ha recibido críticas por su estrategia de “abrazos, no balazos” para combatir la violencia.

Pero se equivocaron, añadió Álvarez Máynez, porque la violencia y la estrategia de seguridad fallida de los últimos gobiernos han cobrado la vida de mexicanos inocentes.

El candidato añadió que, como eventual gobernante, priorizaría la defensa de los derechos humanos de los migrantes y un nuevo modelo que justicia que, por ejemplo, proveería suficiente personal para atender las denuncias ciudadanas.

También propuso mejorar la formación de policías, revisar el sistema penitenciario y que las víctimas estén en el centro de los procesos de paz para lograr una justicia transicional.

Entre las medidas que las iglesias mexicanas han tomado de cara a la violencia han destacado varias jornadas de oración y un diálogo nacional que convocó a organizaciones de la sociedad civil, académicos, víctimas, empresarios y otras voces que conversaron sobre justicia, seguridad y paz. 

En febrero pasado trascendió que obispos de Guerrero, uno de los estados más violentos de México, negociaron con grupos delictivos en un intento por frenar la ola de violencia que aqueja a la población. 

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AP Foto: Marco Ugarte

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La guerra contra Hamas aviva el dolor de la comunidad judía argentina a 30 años del ataque a la AMIA

Originalmente publicado en The Associated Press, febrero de 2024 (link aquí)

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BUENOS AIRES (AP) – Aquella mañana de octubre en que combatientes de Hamas irrumpieron en 22 localidades israelíes para asesinar a decenas de judíos, Marina Degtiar volvió al 18 de julio de 1994.

De pronto —de nuevo— tuvo 26 años. Sintió el frío del invierno en Buenos Aires. Pisó los escombros del edificio que una explosión demolió sobre el cuerpo de su hermano.

Han pasado casi tres décadas del peor atentado en la historia de Argentina y la zozobra no merma. Aunque las autoridades señalan a Irán y Hezbollah como responsables de los 85 fallecidos y más de 300 heridos, a la fecha nadie ha sido condenado.

La falta de justicia y las noticias de Medio Oriente no han hecho sino agudizar la pena en la comunidad judía argentina. 

“Me preguntás ‘¿tú cómo estás?’ Y yo me emociono”, dice Marina. “Estoy muy triste porque esto que está pasando en Israel a partir del atentado terrorista del 7 de octubre nos atraviesa como humanidad, nos atraviesa como judíos y a mí me atraviesa en lo personal”.

Ella tenía una vida antes de que aquel coche bomba estallara en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), donde su hermano de Cristian trabajaba, y otra que comenzó con su ausencia. 

Antes había inocencia, dice. Sentir que quizá nada muy maravilloso o demasiado trágico podría ocurrir a su familia. Que ella y su clan —sus dos hermanos y sus padres— vivían lejos de las bombas que caían en televisión.

“Hace 30 años no era natural, al menos acá en la Argentina, hablar de terrorismo. Las bombas no explotaban en casa como nos explotaron primero en la embajada y en mi caso en particular con el atentado a la AMIA”.

Los familiares de los fallecidos no sabían cómo nombrar lo ocurrido porque no murieron en un accidente. No los mató una enfermedad ni un desastre natural.

“A mi hermano lo mató una bomba terrorista y eso nos implicó aprender a hablar un lenguaje distinto”, dice Marina. “Hablar, entender, sufrir y llorar en un lenguaje distinto”.

El desconsuelo no se ha ido, pero sí se ha transformado. Tras meses de sentir el cuerpo extraviado en la tristeza, concluyó que vivir así, paralizada, sería una falta de respeto a Cristian, así que decidió reconstruirse.

Empezó por compartir su historia en grupos de autoayuda, luego coordinó espacios de duelo en la comunidad y más tarde estudió Psicología. A la fecha conforta a quienes la pérdida también les quebró la vida.

Al conocer a sus pacientes trae al presente su pasado. Yo me dedico a esto, les dice, porque perdí a mi hermano de 21 años y no te hablo desde afuera. Yo te puedo acompañar porque ocupé —ocupo— tu lugar.

“Me armé una vida que justifica que yo hable de Cristian todos los días”, dice. “Yo nombro a mi hermano todos los días de mi vida”.

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Sandra Miasnik no se enteró como el resto.

Aquel 7 de octubre no prendió la televisión y escuchó “hay hombres armados acribillando a civiles israelíes en sus kibutz cerca de Gaza”. El horror reptó hasta su casa en Buenos Aires a través del grupo familiar de WhatsApp: una captura de pantalla donde aparecía su prima Shiri abrazando a sus dos pequeños y debajo un mensaje. “Se los llevaron”.

¿Que se llevaron a quién? ¿Adónde? ¿Por qué?

“Recuerdo muy bien ese momento”, dice. “Dije: No, no es ella. Mirá el mecanismo de defensa psicológico de no ver lo que estás viendo, de no reconocer esa cara, el gesto dentro en esa cara”.

Y, luego, el infierno. Caminar por toda la casa sin saber qué hacer. Esperar la información a cuentagotas. Leer que mataron al tío que migró de Argentina en los 70 para buscar una vida de paz lejos de la dictadura. Que tu prima, su marido y sus hijos están en manos de Hamas. Más de mil muertos y 250 secuestrados. No entender cómo es que tu familia se esconde en esa cifra.

Esta vez las bombas no explotaron en casa, pero para muchos en la comunidad judía más grande de América Latina se sintió como si el terror penetrara el patio trasero.

“¿Qué argentino puede decir que el terrorismo está en Medio Oriente?”, dice Sandra. “No está a miles de kilómetros. Lo tenemos adentro, están acá con nosotros.”

La AMIA contactó rápidamente a los familiares argentinos de las víctimas de Hamas para ofrecer apoyo y contención psicológica, pero ella tardó en aceptar. 

“Yo creía tener estabilidad y de repente aprendí que no, que esta situación nunca antes la había vivido”, recuerda. “¿A quién le pasa que le secuestran un familiar en manos de asesinos violadores?”.

Conoció a Marina Degtiar una tarde reciente, durante el festejo simbólico de su sobrino Kfir Bibas, que cumpliría un año y es el más pequeño de los rehenes de Hamas.

Cuenta que después del acto sintió una sensación nueva. Un acompañamiento. Un abrazo colectivo.

“Yo no tengo nada que ver con la cuestión religiosa del judaísmo pero en este caso conecté nuevamente con mi identidad, con sentirme parte de un pueblo, de una comunidad”, dice. “No es solamente a mi familia a la que le pasó esto. Es a la comunidad, al pueblo, a la identidad”.

Muchos la abrazaron y entre ellos estuvo Marina. “Me dijo que era familiar de una de las víctimas del atentado de AMIA”. Y a los pocos días se sentaron a conversar.

“Te das cuenta de que las maneras de transitar del dolor son tan diversas que te vas a encontrar con personas que les tocó muy de cerca esto”, dice Sandra.

“Un duelo, una pérdida, no necesariamente tiene que ser por una muerte. Hay un duelo por perder la paz, la tranquilidad, por saber que los que vos querés no están bien”.

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Cada 18 de julio, las familias de las víctimas del atentado a la AMIA vuelven a la calle Pasteur. Uno a uno nombran a sus muertos y cuando recuerdan sus vidas no hablan de ellos en pasado, sino en presente.

El edificio que se reconstruyó en el hueco que dejó la explosión no es igual a su predecesor sino más grande. La reconstrucción fue simbólica, explica Amos Linetzky, presidente de la asociación.

“No por un tema religioso, sino porque quisieron destruirnos, pero no lo lograron. Nos reforzaron aún más y seguimos aquí, en este mismo lugar”.

Desde su fundación hace 130 años, la AMIA cobija a la comunidad judía más grande de América Latina y la quinta más importante del mundo. El grupo comenzó a asentarse a finales del S. XIX con la llegada de migrantes europeos y de algunos países árabes. Juntos atendieron una necesidad básica del judaísmo: ¿dónde enterramos a nuestros fallecidos?

La asociación se transformó de a poco y hoy se ocupa de asuntos que engloban la totalidad de la vida judía, explica su presidente. Entre otras cosas, administra 60 hectáreas de cementerios, realiza actividades culturales, agrupa más 40 instituciones educativas y tiene una bolsa de trabajo que en 2023 ofreció empleo a 14.000 personas.

Además construye memoria. Año tras año, lanza campañas que recuerdan el atentado, realiza homenajes y narra el ataque a las nuevas generaciones.

“El paso del tiempo no puede ser motivo de olvido”, dice el presidente. “Tenemos un historial de persecuciones que se transforma en esta fuerza de resiliencia que nos caracteriza”.

Cuando él tenía unos diez años, recuerda, acompañaba a su padre —un psicoanalista— a conversar con sobrevivientes del Holocausto. “Crecimos con este historial de sufrimientos y la importancia de llevar con nosotros la memoria, de no olvidar”.

Un mes después de la irrupción de Hamas en Israel, la AMIA cubrió una de sus paredes con los 1.400 nombres de las víctimas. Los pintó la comunidad, mano a mano, nombre por nombre.

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En los alrededores del edificio de la calle Pasteur hay un árbol en honor de cada víctima del atentado y Patricia Strier visita a su hermana tanto como puede.

“Cuando voy a hacer alguna compra paso por el arbolito. Le doy un beso, lo toco, hablo con Mirta”, dice. “Está hermoso el árbol, está lleno de hojas”.

Todo en ella se aflige cuando habla de Mirta. Los ojos en pena como el canto más triste.

Fue la mayor de tres hermanas y cumplía un rol protector, cuenta Patricia. Siendo niñas no compartieron juegos, pero cuando entró a la universidad comenzó a quedarse a dormir en su casa y charlaban por horas. Antes de casarse, Patricia habló con su pareja para buscar un hogar cerca de su hermana y él aceptó.

Mirta trabajaba muchísimo, dice Patricia. Su vida no siempre fue agobiante pero cuando su marido la abandonó para irse con otra mujer, Mirta tuvo que hacerse cargo de sus hijos adolescentes y entró a trabajar a la AMIA, donde fue secretaria y ejercía otras funciones que apenas le permitían costear sus gastos. 

Aquel 18 de julio Mirta no tendría que haber estado en el edificio de la calle Pasteur, pero su jefa le pidió fotocopiar unos documentos y ahí la sorprendió el coche bomba a las 9:53.

Patricia estaba fuera de Buenos Aires y tardó en enterarse. Sin redes sociales, sin celulares, las noticias escurrían de a poco. Por casualidad entró en casa de una conocida y vio el televisor.

“Sentí que en el mundo se armó un pozo enorme y me chupó”.

Al volver supo que Mirta estaba enlistada como “sobreviviente ilesa”, pero nadie la había visto. Ni una llamada, ni una señal, nada.

Patricia fue de sanatorio en sanatorio. Recorrió morgues. Vio a los muertos de otros. Leyó sobre los cadáveres etiquetas que los marcaban como “NN”. Preguntó a la policía por posibles efectos personales. Pasó más de una semana y, en el séptimo día, la soñó.

“No fue a la edad de ella. La sueño como a los 22 años. Se reía y se reía. Yo le decía: ‘hija de puta, ¿de qué te reís si estamos todos desesperados de que no aparecés?’ ‘Estoy bien’, decía ella”.

Minutos después de despertarse sonó el teléfono. Su marido le dijo “ya sufriste demasiado, yo voy”. Y él reconoció el cuerpo. 

Sobre un pequeño altar en el que viernes a viernes prende su vela del Sabbat, Patricia conserva algunas fotografías de sus padres y su hermana. Mirta nunca reía, recuerda, y su madre dejó de hacerlo cuando el atentado la mató. Por eso, en esas imágenes que atesora, todos sonríen.

“Así los visualizo a todos”, dice. “Viene la luz de arriba, de mis seres queridos, de mis ángeles. Los tengo a todos ubicados, cada uno en su lugar, para no olvidarme de ninguno”.

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AP Foto: Natacha Pisarenko

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Una oración para Evita. ¿Por qué a 71 años de su muerte aún hay argentinos que añoran a Eva Perón?

Originalmente publicado en The Associated Press, febrero de 204 (link aquí)

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BUENOS AIRES (AP) – Todas las mañanas, desde la capilla del sindicato en el que trabaja en la capital de Argentina, Ángeles Celerier saluda a sus santos y eleva una oración. Buenos días, San Cayetano. Buenos días, Santa Teresa. Buenos días, Eva Perón.

Esta última no ha sido canonizada por el Vaticano —aunque el pedido existe— pero para Celerier eso no importa.

“Para mí es la santa del pueblo, la santa de todos nosotros”, dice la mujer de 56 años.

Lejos de Argentina hay quienes conocen poco o nada de esta ex primera dama que murió hace 71 años, pero en la cuna de ídolos como Messi y Maradona, Evita circula de mano en mano en los billetes de 100 pesos, habla al micrófono sobre el mural que adorna un edificio emblemático y planta rostro junto a los manifestantes que la imprimen en sus carteles de protesta.

“Tengo su estampita en mi billetera y la tengo en mi casa en un portarretrato chiquitito con una velita”, dice Celerier. “Le pido que nos ampare, que nos proteja”.

Otros trabajadores como ella la consideran su patrona o miran sus fotos con añoranza porque piensan que en tiempos de su marido, el tres veces presidente Juan Domingo Perón, todo marchaba mejor. 

“Para nosotros es la reserva espiritual del pueblo argentino”, dice Julio Piumato, director de Derechos Humanos de la central sindical más grande de Argentina y cuya firma figura en un documento de 2019 que solicita la beatificación de Eva.

“No hay otra figura que signifique tanto. Los sectores humildes se sintetizan en Evita”.

Según Piumato, entre 1946 y 1952, cuando un cáncer la mató a los 33 años y Perón concluyó su primer mandato, la pareja dignificó a la clase trabajadora y priorizó la justicia social.

El documento que ampara el pedido de beatificación menciona, por ejemplo, que mientras algunos países padecían el escozor que dejó la Segunda Guerra Mundial Perón gestaba una revolución cuyos protagonistas eran los trabajadores y los sectores más desprotegidos.

“Los santos nos muestran los caminos para llegar a Cristo e interceden ante Dios por nosotros”, afirma el texto entregado al Arzobispado. “En nuestra patria, generación tras generación se sigue convirtiendo por el mensaje humanista y cristiano de la abanderada de los humildes”. 

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El nombre importa.

María Eva fue la chica que dejó su pequeño pueblo de Los Toldos para salir a probar suerte como actriz en Buenos Aires. Eva Duarte es la estrella que posa en afiches. Eva Perón es la mujer del presidente. Y luego llegó Evita.

Evita fue quien trascendió la bandera albiceleste y escaló los peldaños de la industria cultural internacional. Fue a quien el británico Andrew Lloyd Weber compuso un musical en 1978. A quien Madonna copió el peinado en una película noventera. A quien los turistas buscan en el Cementerio de Recoleta cuando vacacionan por Argentina.

Es Evita a quien algunas feministas imprimen sobre sus pañuelos verdes y a quien obedece la denominación del movimiento que grita por transformación social.

“La representación de Evita en nuestra bandera representa estar con los de abajo y tratar de reivindicar su nombre a través del tiempo porque han pasado más de 70 años del nacimiento del peronismo, pero sigue más vigente que nunca”, dice Iván Tchorek, uno de los integrantes del Movimiento Evita, que tiene más de 150.000 integrantes y nació tras la crisis económica de 2001.

Evita es también quien decora algunos altares caseros, como si fuera un ser querido al cual se quiere recordar. 

“Evita es la figura cercana al pueblo”, dice Santiago Regolo, investigador del museo que lleva las tres sílabas de su nombre en la puerta.

“La gente empezó a llamarla así y esa construcción está vinculada al trabajo político y social que la distinguió de las mujeres que la precedieron y la toman como ejemplo hasta el día de hoy”.

Fue Evita —no María Eva, no Eva Duarte, ni siquiera Eva Perón— la que visitó fábricas y barrios. La que regaló su primer juguete a cientos de niños y pan dulces a las familias en Navidad. La que estableció espacios de vacación para los obreros que nunca se habían costeado un descanso. La que dio el empujón final a la causa feminista que en 1947 consiguió el voto para la mujer.

“Ahí se van ligando ciertas cuestiones que trascienden lo político para entablar cuestiones de orden sentimental, sacralizado”, dice Regolo. “Empieza a ser la compañera, la hermana, la madre de los humildes”.

El nombre importa y ella misma lo anotó en su autobiografía: “Prefiero ser Evita a ser la mujer del presidente si eso sirve a los descamisados de mi patria”.

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Rita Cantero tiene 71 años, surcos finos a un costado de los labios y el timbre suave de a quien le cuesta creer que la suya es una voz con algo por narrar.

“Mi mamá contaba que Evita era muy solidaria, que gustaba mucho a la gente por el servicio que hacía”.

Su madre, que como ella vivía en un pueblo al que la prosperidad le soltó la mano, conoció a la primera dama en una plaza frente a la catedral. Había un acto público, cuenta Cantero, y de pronto, Evita.

Embarazada de Cantero y sabiéndose madre soltera, doña Rafaela hizo lo único que le pareció sensato: pedir ayuda a Evita.

“A los 15 o 20 días le mandó el moisés, el ajuar completo para mí”, dice Cantero. “Por eso digo que yo soy peronista desde la cuna y a mí eso nadie me lo va a quitar”.

Según el sindicalista Piumato, Evita tenía todo un sistema que garantizaba que la fundación que llevaba su nombre funcionara como relojería suiza. Esto es, Rita Cantero ocupaba un moisés y Evita entregaba un moisés.

“Mi mamá siguió mandándole cartas porque después siguió estudiando de modista y dice que ella le mandaba sobres con dinero”, cuenta Cantero.

En su casa no hay velas ni altares con su imagen, pero no por eso es menos entrañable.

“Para uno es como una santa”, dice. “Por su condición de mujer muchos la juzgaron pero fue una chica honesta, trabajadora”.

“Luchó por la nación y fue la fuerza de Perón”.

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Perón murió dos décadas después de Evita y dos años antes de que la última dictadura militar tatuara su tinta macabra en la piel de Argentina (1976-1983), pero su nombre sigue dinamitando los ánimos del país donde la política despierta tantos amores y odios como el fútbol.

Tras las elecciones de noviembre de 2023, mientras la mitad de los argentinos apretaba los puños de pensar que el ultraderechista Javier Milei sería su próximo presidente, la otra mitad sonreía con sorna: el peronismo —el exmandatario Alberto Fernández— dejaría la Casa Rosada. 

El peronismo no es un partido, sino un movimiento. Va más allá de Perón mismo porque es doctrina, filosofía, un modo de vivir. No hay uno, sino varios peronismos —revolucionarios, progresistas y hasta neoliberales— y cada argentino defiende el suyo con la daga en la mano.

Lo que lo define se matiza según a quien se le pregunte. Santiago Regolo, del Museo Evita, explica que se fundamenta en la idea de justicia social.

“Se basa en los principios de independencia económica y soberanía política, de poder lograr una verdadera cultura y pensamiento nacional asociados a la idea de igualdad, de equidad”.

Si bien hay excepciones, es común que los sectores populares lo añoren y los acomodados lo rechacen.

Entre los argumentos de sus críticos —los antiperonistas, como el diputado Fernando Iglesias, quien en 2019 publicó un libro de 600 páginas que sostiene que fue la ruina del país— destacan que surgió de un gobierno autoritario, que es populista, que su asistencia social disfraza el clientelismo y que genera una dependencia excesiva del Estado. 

De la detracción no se salva ni Eva. Su fundación presionaba para obtener recursos, dicen. No era una santa, sino una arribista. Por un lado decía defender a los pobres y por el otro gastaba fortunas en vestidos Dior.

“¿Sería la santa de los vagos?”, tuiteó un usuario cuando el sindicato pidió canonizarla. “Santa patrona de los delincuentes y el choripán”, escribió alguien más.

Borrarla del mapa es también una bandera. Luego del golpe que derrocó a Perón en 1955 se prohibió nombrarla, desplegar su imagen, conservar los juguetes que obsequió. Los militares tomaron su cuerpo embalsamado del segundo piso de la central sindical donde ahora trabaja Piumato y, tras esconderlo un tiempo en Buenos Aires, optaron por enviarlo a Europa, donde pasó 14 años en una tumba con otro nombre. 

Poco después de que el cuerpo regresara —golpeado y deteriorado— el ejército volvió a custodiarlo tras el golpe de 1976 y sólo aceptó devolverlo a la familia con una condición: se enterraría ocho metros bajo tierra, sellado en una cripta de mármol para que nunca nadie más la vuelva a ver. 

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Un rumor cuenta que la tumba de Evita siempre tiene flores frescas.

Rojos son los pétalos que captura la lente de Catalina Castro en una tarde reciente. “Evita es lo mejor que le pudo haber pasado a este país”, asegura la joven de 22 antes de que el llanto le corte las palabras. “Incluyó a todo el pueblo argentino y los de arriba siempre repudiando eso”.

Su madre, que se llama Andrea Vellesi y la abraza, cuenta que hablar de Evita les afecta porque su familia vive un momento complicado. “Nunca estuve con tanta angustia”, dice sobre un paquete de medidas económicas que recientemente aplicó Milei.

De la puerta metálica del mausoleo que se tragó la tumba cuelgan cartas, fotos personales, una bandera, varios rosarios. En un papel trozado a mano se lee “gracias”.

“Para mí representó muchísimo porque fue la defensora del pueblo en los momentos más duros”, dice Manuel Cordero, un argentino de 68 años que vive en España y pasó a visitar la tumba con su familia. “Por más que la hayan criticado porque usaba joyas, fue muy defensora de la clase obrera y para mí eso es fundamental”.

Víctor Biscia, de 36, dice que en casa no tiene imágenes de Evita pero sí del fallecido expresidente Néstor Kirchner (2003-2007) y su mujer y sucesora Cristina Fernández (2007-2015), la segunda pareja peronista que más pasiones despierta en Argentina.

“Ellos representan el sentimiento popular”, dice Biscia. “Fueron claves en nuestra historia para conseguir derechos que se están acortando con el gobierno actual”. Hoy nadie convoca gente como Cristina, asegura, y la percibe como una Evita contemporánea.

El verdadero poder de Eva, dice la historiadora Sandra Gayol, reside en su capacidad de ser tantas Evitas como la gente quiera. Una suerte de Hidra con muchas cabezas.

La hija ilegítima. La muchacha de pueblo. La actriz que hizo su lucha. La esposa del presidente. La que criticó a la Iglesia por su caridad a medias. La que abrazó madres solteras. La que confortó ancianos. La de los zapatos caros. La que muerta recibió mensajes de “Viva el cáncer”.

“Ella refleja mucho de lo que somos como argentinos”, dice Gimena Villagra, de 27, detenida junto a la tumba. “No creo que haya alguien a quien no le signifique algo”.

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AP Foto: Natacha Pisarenko

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Que la poesía transforme al mundo en belleza, la apuesta del más reciente premio Ernesto Cardenal

Originalmente publicado en The Associated Press, febrero de 2024 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) – Aquella tarde de invierno en que Alejandro Roemmers se despidió de su caballo, el aire fresco y las caminatas a la orilla del río, la tristeza le obsequió la poesía.

El poeta y empresario argentino nacido en 1958 apenas tenía 8 años, pero la melancolía de dejar atrás unos días felices en la sierra provocaron que al volver a Buenos Aires tomara un papel para poner en palabras su sentir. 

“Ese fue mi primer poema y de ahí en más me di cuenta de que tenía una forma de transmitir emociones que no podía o no quería decir de una forma común”, dijo horas después de haber sido galardonado con el Premio Ernesto Cardenal de la Concordia y los Derechos Humanos.

El reconocimiento entregado anualmente por la fundación que preserva y difunde el legado de uno de los poetas y pensadores más admirados de Nicaragua y América Latina celebra la dimensión humana, literaria, intelectual y teológica de sus premiados. Además de Roemmers fue homenajeada la escritora mexicana Elena Poniatowska por sus aportes al mundo literario.

Roemmers, quien también ha publicado novelas, realiza en paralelo obras filantrópicas de seguridad alimentaria, proyectos agropecuarios y restauración de templos, entre otros.

El argentino ha recibido otros reconocimientos como el Premio San Francisco, pero dice que éste es especial por lo que Cardenal representa. “La fundación hace honor a un poeta que viene del ámbito literario, pero que tuvo una trayectoria de influencia social, incluso política”.

Cardenal apoyó la revolución sandinista y trabajó un tiempo en el gobierno del actual presidente Daniel Ortega, pero terminó por distanciarse cuando el mandatario comenzó a concentrar el poder. El también sacerdote nicaragüense denunció el inicio de una “dictadura familiar”, lo que lo volvió blanco de críticas y hostigamiento.

Roemmers celebra que otros escritores defiendan los derechos y libertades humanas a través de las letras, pero dice que él se decanta por textos que aborden temas universales, que cualquier persona puede leer y disfrutar sin importar su edad o lugar de origen.

“El regreso del joven príncipe”, por ejemplo, fue publicado en 2008 y plasma la importancia que la evolución espiritual puede tener en la vida. Además, reflexiona si es posible preservar la inocencia mientras se enfrentan injusticias y maldades.

Roemmers no sólo piensa que este libro fue una suerte de camino espiritual para su propia vida, sino que ahora su aproximación a la realidad y las emociones desde la escritura también es espiritual. 

“La poesía te hace observar la realidad y luego tratar de expresarla”, dice. “Me obliga a estar atento no solo al momento presente, sino también a la naturaleza, porque la naturaleza es lo que más me inspiró al principio”.

¿Y cómo transformar esa naturaleza —ese árbol, ese jardín, ese atardecer que cualquiera se topa— en algo distinto? Con belleza.

“Un poeta dijo que la poesía era bordar con oro de nuestra fantasía los harapos tristes de la realidad y eso para mí ha sido lo que ha guiado mi camino espiritual, es decir, siempre tratar de transformar todas las situaciones hacia la belleza”.

Roemmers piensa que ésta se asocia a la generosidad y la compasión, por lo que parte de su trabajo se ha concentrado en estudiar y difundir el legado de San Francisco de Asís, quien nació en Italia y tuvo una primera vida privilegiada pero renunció a su herencia para priorizar los bienes espirituales a los materiales. De hecho, hace unos años lanzó la obra musical “Franciscus”, basada en la vida del santo y que se presentó en el teatro Broadway de Buenos Aires.

En este tiempo no ha abandonado los negocios ni la filantropía pero insiste en que la escritura es lo más íntimo y propio de su vida. “Es donde realmente puedo expresar mi interioridad”.

En abril, presentará una continuación de su libro más querido —se titulará “El joven príncipe señala el camino”— y se dice emocionado de llegar a más lectores.

Recuerda que para la primera entrega hubo una persona que le sugirió agregar su propia definición de Dios y hacer esa modificación al texto le hizo ver la manera en la que las miradas ajenas puede incidir en letras que ya parecían fijadas al papel.

“Siempre digo que los sucesivos lectores pueden sugerir continuaciones”, dice Roemmers. Y, con ellos, completar sus obras.

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Dominicanas luchan contra embarazo adolescente y matrimonio infantil en un país que prohíbe abortar

Originalmente publicado en The Associated Press, enero de 2024 (link aquí)

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AZUA, República Dominicana (AP) – Es sábado por la mañana y Marcia González debería estar en la iglesia, pero dejó a su marido a cargo de sus compromisos eclesiales. Libro en mano y voz de Caribe, ríe con las adolescentes que instruye en un colegio al sur de República Dominicana. 

“Órganos sexuales internos de la mujer”, dicen las letras de colores sobre un póster pegado al pizarrón.

Que su esposo sea diácono y ella coordine las actividades del templo no le impide nombrar las partes del cuerpo femenino libre de prejuicios y tabúes. “Él siempre ha tenido una mente muy abierta y dice que la educación sexual hay que traerla a las escuelas”.

La isla caribeña es una de las cuatro naciones que aún penaliza el aborto sin excepciones en América Latina, pero la imposibilidad de interrumpir de un embarazo es sólo un eslabón de la cadena que vulnera los derechos de la mujer.

Aquí, denuncian activistas, la pobreza lleva a algunas madres a casar a sus hijas de 14 o 15 años con hombres de 50 o 60. El estigma dificulta que los jóvenes accedan a métodos anticonceptivos y a información sobre su uso. La tolerancia al incesto silencia el abuso sexual.

De cada 1.000 jóvenes de entre 15 y 19 años, 42 fueron madres en 2023, dice el Fondo de Población de las Naciones Unidas, y hasta 2019, cuando UNICEF publicó su último informe sobre el matrimonio infantil en el país, más de un tercio de las dominicanas establecieron uniones antes de cumplir 18.

La ley prohíbe los matrimonios de menores desde 2021, pero activistas y líderes comunitarias aseguran que las uniones continúan porque se han normalizado o se desconoce la legislación.

“En el curso de Melanie, que es mi nieta de 14 años, dos amiguitas menores que ella ya están casadas”, dice Marcia. “Muchas madres le damos la responsabilidad de nuestros hijos a las hijas más grandes, entonces, en vez de cuidar muchachitos, mejor te vas con el marido”.

Para evitar que más niñas padezcan lo mismo, Marcia y otras dominicanas arman a las nuevas generaciones con educación. A través de agrupaciones locales o internacionales, forman “clubes de adolescentes” que abordan temas como educación financiera, autoestima y derechos reproductivos.

Así enseñan, por ejemplo, que organizar cajas de ahorro puede potenciar sus proyectos de vida y que conocer mejor sus cuerpos genera autocuidado. 

“Hay mitos que te dicen cuando uno tiene el periodo”, cuenta Gabriela Díaz, de 16 años, durante una visita reciente que el Women’s Equality Center organizó en su escuela. “Que estamos sucias o que tenemos la sangre sucia; pero eso es falso, porque estamos ayudando a nuestro cuerpo a limpiarse y a tener un mejor funcionamiento”.

Para ella y otras jóvenes, Marcia es lo que Plan International denomina “madrina”, una lideresa comunitaria que imparte los programas de esta organización que promueve los derechos de la niñez en comunidades vulnerables.

Según sus monitoreos, San Cristóbal y Azua, donde vive Marcia, son las ciudades dominicanas con mayores índices de embarazo adolescente y matrimonio infantil.

Para contrarrestarlo, sus programas gratuitos acogen a chicas de entre 13 y 17 años. Cada club se reúne un par de horas por semana, tiene hasta 25 participantes y cuenta con dos madrinas.

El modelo se replica en otras regiones como San Cristóbal, también al sur, donde la Confederación Nacional de Mujeres del Campo (Conamuca) lleva casi 40 años defendiendo los derechos de las dominicanas.

“Decimos que Conamuca nació con la lucha de la tenencia de la tierra, pero las coyunturas han ido cambiando y hemos integrado temáticas como soberanía alimentaria, reforma agraria y derechos sexuales y reproductivos”, explica Lidia Ferrer, una de sus líderes.

Sus clubes alcanzan a unas 1.600 niñas y adolescentes en 60 comunidades y su incidencia política y social aglutina a unas 10.000 mujeres en 15 federaciones.

Los módulos que abordan con las chicas cambian según las necesidades de cada región, pero entre los recurrentes destacan embarazo adolescente, uniones tempranas, feminicidio y sexualidad.

“Nosotras partimos de la realidad porque la vivimos, la padecemos y la sufrimos”, dice Kathy Cabrera, quien ingresó a los clubes de Conamuca a los nueve años y ahora, a sus 29, acompaña a las nuevas generaciones.

Según explica, la migración es cada vez más notoria en las zonas rurales, donde las mujeres caminan kilómetros para estudiar o conseguir algo tan básico como un galón de agua, y los servicios de salud no garantizan los derechos sexuales y reproductivos. “Tenemos un Estado que te dice no abortes, pero tampoco te brinda los métodos anticonceptivos necesarios para evitar el aborto”.

En las comunidades, asegura, hay niñas de 13 años viviendo con hombres sesenta y tantos y cuando se convierten en madres nadie cuestiona sus embarazos.

“Se ve como que el embarazo adolescente es de la adolescente, pero no se ve quién embarazó a esa niña y por qué ese hombre está libre”, asegura. “No se ve como una violación, sino como algo normal porque si mi abuela se embarazó y se unió a temprana edad y mi bisabuela también y mi mamá también, la norma dice que yo también”.

En otras ocasiones, refieren Kathy y otras activistas, hay padres que “entregan” a sus hijas a sus parejas porque no pueden mantenerlas o descubren que no son vírgenes.

“Mi hermana salió embarazada a los 16 y fue algo muy perturbante”, dice Laura Pérez, de 14 años e integrante de uno de los clubes de Conamuca. “Se unió a una persona mucho mayor que ella y ya tienen un bebé de un año. Yo digo que no fue lo mejor”.

Las dinámicas de los clubes cambian constantemente para que las adolescentes compartan sus experiencias en un ambiente seguro y amoroso. A veces inician con sesiones de relajación y otros días organizan juegos, como sopas de letras con palabras como “feminismo” y “sexo” o verdadero y falso. Por ejemplo, ¿es cierto que la educación sexual integral puede proporcionarte mejores habilidades para la vida?

Las huellas de los avances son semillas que germinan. Si un padre le dice a su hija que no corte limones cuando está menstruando, ella responde que eso no tiene sentido. Si un grupo de niñas va una fiesta y los baños no tienen pestillo, se acompañan para protegerse. Si una adolescente acude a una clínica de salud para pedir un implante anticonceptivo subdérmico y la enfermera amenaza con acusarla con su madre, sabe que cuenta con su madrina.

“Ellas me llaman para confiar cualquier cosa”, dice Marcia. “A mí me emociona que, de mi grupo de Plan, ninguna ha salido embarazada”.

Cada día es más común que en los salones de Plan y Conamuca retumben las voces de jóvenes que planean su futuro. Francesca Montero tiene 16 años y quiere ser pediatra. Perla Infante, de 15, psicóloga. Lomelí Arias, de 18, enfermera.

“¡Yo quiero ser militar!”, grita Laura Pérez, la chica de 14 que dice cuidarse para no seguir los pasos de su hermana.

“Estaba indecisa pero cuando entré a Conamuca dije ‘quiero ser militar’. Aquí vemos a todas estas mujeres que te dan fuerza, que son como tú, pero como una guía, como cuando un niño ve a alguien mayor y dice: ‘De grande quiero ser así’”. 

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La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

¿De qué hablamos cuando hablamos de aborto? Así se ve la penalización total en República Dominicana

Originalmente publicado en The Associated Press, enero de 2024 (link aquí)

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SANTO DOMINGO (AP) – República Dominicana es uno de los cuatro países latinoamericanos que aún prohíbe el aborto sin excepción. 

Mientras los sectores conservadores y religiosos cierran filas para evitar la despenalización, activistas en favor de tres causales que permitan interrumpir embarazos en circunstancias extremas tampoco se rinden. Según explican, las leyes que criminalizan el aborto no sólo restringen el derecho a decidir, sino también vulneran las vidas de las dominicanas.

Aquí un panorama que sintetiza las aristas legales, religiosas y sociales en torno a la prohibición total del aborto en el país caribeño.

¿QUÉ DICE LA LEY?

El aborto se penaliza sin excepción y, según el Código Penal, cualquier persona que aborte enfrenta hasta dos años de cárcel. Para médicos, parteras o enfermeras, la pena va de cinco a 20 años de prisión.

¿QUÉ PAPEL JUEGA LA RELIGIÓN?

No hay otro país con una Biblia en su bandera.

El lema del Estado dominicano es “Dios, Patria, Libertad” y desde 1954 el gobierno tiene un concordato con el Vaticano, lo que implica que la religión oficial es el catolicismo, aunque la Constitución permita la libertad de culto.

Las escuelas imparten educación sexual, pero el espectro religioso incide. El programa “Aprendiendo a querer”, implementado por el Ministerio de Educación, nació de un acuerdo con la jerarquía eclesiástica para reforzar valores en las aulas.

La afiliación religiosa también pesa en el Legislativo. “Nosotros hemos orado por los congresistas y algunos congresistas se unen a nosotros en oración”, dice Martharís Rivas, directora de campaña de la organización 40 Días por la Vida, que realiza diversas acciones para poner fin al aborto en el mundo.

“Hemos ganado una mayoría provida en el Congreso y cada vez que intentan hacer cualquier cosa, nos damos cuenta”, añade. “Siempre hemos aportado a los debates que se han hecho internamente y los obispos se han acercado a los congresistas para conversar”.

¿ENTONCES, ABORTAR ES IMPOSIBLE?

No. En el campo se usan conocimientos ancestrales para interrumpir embarazos con brebajes y en las ciudades hay personal médico que se las ingenia para facilitar abortos con medicamentos como misoprostol.

“Legalmente no existe, pero si a mí me llaman, yo sé cómo encauzar esa situación”, dice una persona que trabaja en una clínica y pidió no revelar su identidad para no poner en riesgo su seguridad. “Lo que hacemos es hacerle indicaciones, porque eso (el misoprostol) se utiliza para úlceras, entonces tú indicas un complejo B, un antiácido y te lo venden”.

Además, hay redes de acompañantes como en México, dice la reconocida activista Sergia Galván.

“En 1995, teníamos tres centros de interrupción voluntaria del embarazo de manera clandestina, pero llegó un momento en que el riesgo fue muy alto”, recuerda. “Históricamente hemos tenido mecanismos pero no son suficientes, porque se dan en medio de procesos muy restringidos”.

¿QUÉ PASA CUANDO UNA MUJER SUFRE UN ABORTO ESPONTÁNEO?

La situación en los hospitales públicos es sumamente delicada, cuenta la enfermera Francisca Peguero, del Colegio Médico Dominicano. “Vemos inclusive muertes de adolescentes en las emergencias porque el médico se encuentra con una disyuntiva: si le presta atención, puede ser penalizado”.

Para las mujeres adultas, el panorama es aún más crítico. En los hospitales públicos, añade Peguero, hay policías que al ver a una paciente sangrando pueden denunciarla. “Tenemos mucha experiencia con mujeres que se han llevado presas, muchachas que se les saca el producto y, cuando salen de la sala de parto, ahí están esperándolas”.

Las pacientes suelen ser campesinas o mujeres de pocos recursos que buscan todo a su alcance para interrumpir su embarazo. “Recuerdo una adolescente que llegó con un pedazo de plátano en el útero”, dice Peguero. “Se introducen cosas porque está penalizado legalmente y por los padres”.

Narra que una vez atendió a una joven de 15 años que llegó desmayada y cubierta en sangre. Tras internarla, un policía subió a buscarla porque su propia madre la denunció. Aunque el embarazo fue producto de la violación de un tío, la mujer insistía en que su hija debía parir.

¿QUÉ OTROS ALCANCES TIENE LA PENALIZACIÓN?

Diversas organizaciones refieren que médicos y hospitales titubean al tratar a mujeres embarazadas si el remedio arriesga al feto o, en caso de que haya un aborto en curso, evitan internarlas para que no se registre el caso en su hospital. 

“Después de Dios, están los médicos”, pensó Rosa Hernández cuando confió la salud de su hija Rosaura al personal de una clínica en Santo Domingo.

Aunque no ignoraba que el aborto se penaliza en su país, sí desconocía que Rosaura estaba embarazada y eso le jugaría en contra. Según explica, la joven de 16 años tenía leucemia y los médicos retrasaron su tratamiento para no afectar al feto que no rebasaba el mes de gestación. A las pocas semanas, en agosto de 2012, murió. 

“A mi hija me la destruyeron”, dijo durante un encuentro reciente que organizó el Women’s Equality Center. “Llegaron a ponerle el tratamiento cuando ya no tenía vida. Un mes de embarazo fue más importante que sus 16 años”.

¿QUÉ EXIGEN LAS ACTIVISTAS EN FAVOR DEL ABORTO?

Lo primero sería despenalizar el aborto bajo tres causales: cuando esté en riesgo la vida de la mujer, cuando el embarazo sea producto de violación o incesto y cuando existan malformaciones fetales incompatibles con la vida.

Según Sergia Galván, la despenalización no sólo es necesaria porque la ley actual niega derechos sexuales y reproductivos, sino porque las dominicanas enfrentan problemáticas que van más allá de las decisiones sobre sus cuerpos.

Alrededor de un 30% de las adolescentes carece de acceso a métodos anticonceptivos, no existe la educación sexual integral laica, siete de cada 10 mujeres sufre violencia de género —como incesto, matrimonio infantil y explotación sexual— y los niveles de pobreza incrementan los riesgos de enfrentar un embarazo no deseado, afirma la activista.

“Todas esas situaciones son un riesgo que una mujer no busca”, dice. “Nuestro marco constitucional debería proteger en estos casos que no son aborto por elección, sino circunstancias extremas, para preservar la vida, dignidad e integridad de una mujer”.

¿EL ESCENARIO PODRÍA CAMBIAR?

A corto plazo parece improbable. Aunque el presidente dominicano, Luis Abinader, se comprometió con las tres causales como candidato, su gobierno no ha dado el paso y todo indica que se reelegirá en 2024.

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AP Foto: Ricardo Hernández

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Con sus buñuelos, pasteles y cervezas, conventos del mundo reparten alegría y bendiciones en Navidad

Escrito con Giovanna dell’Orto y publicado en The Associated Press, diciembre de 2023 (link aquí)

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CIUDAD DE MÉXICO (AP) – La masa está lista, los guisos esperan calientitos en las ollas y los hábitos de las madres Adoratrices vuelan veloces por la cocina de su convento en Ciudad de México.

Las ventas de las delicias que salen de sus fogones aumentan con la temporada navideña, por lo que las monjas aprietan el acelerador para ir al día con pedidos que les permitan reunir algunos ingresos y fortalecer los lazos con su comunidad.

“Nuestra cocina es un testimonio del amor de Dios”, dice la hermana Abigail, una de las diez religiosas de clausura que pertenece a las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, orden italiana fundada hace casi 200 años.

“Mientras cocinamos, estamos orando. Estamos en presencia del Señor pensando que a lo mejor una persona se lo va a comer o lo va a regalar y alguien lo va a recibir con alegría”.

Las hermanas cocinan galletas, pasteles y rompope que la comunidad compra en persona o por teléfono. Los fines de semana además preparan banquetes para celebrar confirmaciones o bautizos.

Entre sus productos más demandados suelen esta los tamales —que se cocinan al vapor con masa de maíz rellena de guisos salados o dulces— y sus buñuelos, manjares crujientes que se preparan con harina, canela, agua y azúcar.

“En México, somos muy sociables y nos gusta comer bien”, dice la Madre Rosa, quien es la superiora. “Entonces, la comida de los conventos tiene mucha fama de ser muy sabrosa”.

Algunos de sus clientes les han sido fieles por décadas. En una casa cercana, cuenta la hermana Abigail, recién murió una vecina cuyos hijos y nietos aún les piden tamales. 

A más de 9.000 kilómetros de distancia, en la ciudad española de Granada, una mujer de 90 años también lleva en la memoria los dulces que su padre compraba en un convento como regalo navideño. “He nacido con las monjas haciendo dulces”, relata Pipa Algarra en una llamada telefónica.

Haciendo eco de las religiosas mexicanas, para ella no se trata solo del sabor de alfajores, almendras garapiñadas y roscas, sino de la espiritualidad. “La oración que está en medio no se paga”.

Fermín Labarga, profesor de Historia de la Iglesia de la Universidad española de Navarra, explica que hay generaciones de familias que compran los mismos productos apelando a ese sabor inigualable de las preparaciones caseras, lo que ayuda a los monasterios a reunir un poco de dinero aunque la producción no alcance niveles industriales. 

Para diversos monasterios alrededor del mundo, mantener las cocinas andando no es tarea sencilla porque las mismas órdenes enfrentan retos a gran escala. La afiliación a los conventos ha disminuido en América y Europa y los religiosos deben buscar el modo de costear sus necesidades diarias y la preservación de los edificios históricos en los que habitan.

Desde Santiago de Compostela, la abadesa Sor Almudena Vilariño reconoce que la primera motivación de la cocina conventual es económica, pero por debajo subyace el trabajo de oración. “Que estas pastas sean mediación de unión y paz a donde lleguen”.

En el Monasterio de San Paio de Antealtares, en Santiago de Compostela, Vilariño y otras religiosas mantienen vivo el legado de sus predecesoras: una tarta hecha con almendras que data del siglo XVIII. Las religiosas la preparan como hacían hace 50 años en un horno de madera con los ingredientes que les proveían las mujeres de la comunidad. 

La producción varía de un convento a otro. Las religiosas de Santiago de Compostela hornean hasta 44 tartas del almendra por jornada, la madre Rosa y sus hermanas en México fríen unos 500 buñuelos por semana y Sor Veronicah Nzula, abadesa de las Clarisas de Carmona, en Sevilla, cuenta que ella y otras 13 hermanas cocinan mensualmente hasta 300 tortas inglesas, como se conoce a los esponjosos hojaldres que espolvorean con azúcar glas y canela.

La tradición culinaria conventual no es exclusiva de las monjas. En algunas órdenes, también hay religiosos que se amarran el mandil a la cintura en sus respectivos recintos sagrados.

En Estados Unidos, el hermano Paul Quenon hornea pastel de frutas y dulces con bourbon desde los años 50 en la Abadía de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky. “Nos mantenemos con estos productos”, dice en una llamada. 

Monjes trapenses como él deben vivir sólo de su trabajo y donaciones, sin recibir recurso alguno de la arquidiócesis. Órdenes como la suya, explica, dependieron de la agricultura durante cientos de años, pero con el colapso de las pequeñas granjas a mediados del siglo pasado los monasterios viraron hacia la pequeña industria. Hoy los productos que él y otros 30 monjes preparan les han valido premios y sus pedidos aumentan alrededor del Día de Acción de Gracias y Navidad.

El hermano Joris, que responde al teléfono desde Bélgica, también tiene una historia sobre tradiciones, pero no de comida sino de bebida. El monje trapense elabora cerveza desde la Abadía de San Sixto, en Westvleteren.

Quizá un cervecero no es lo primero que viene a la mente cuando uno piensa en hombres que decidieron entregarse a la vida contemplativa, pero el religioso europeo explica que la tradición cervecera de su orden surgió en el siglo XIX, cuando los trabajadores laicos que construían la abadía tenían derecho a una pinta de cerveza al día.

El producto empezó a comercializarse alrededor de 1840 y desde entonces ha sido una fuente constante de ingresos. No obstante, no todos los monjes que habitan la abadía se dedican de lleno a la producción y la tarea suele estar encabezada por maestros cerveceros profesionales que ellos supervisan. 

Cada lote tarda siete semanas en estar listo y consta de unas 90.000 cajas, pero el hermano Joris asegura que su objetivo no es ampliar la producción. 

“Preparamos cerveza para vivir, no vivimos para elaborar cerveza… Es necesario que haya equilibrio entre la vida monástica y la vida económica”.

Como en los conventos de México y España, el trabajo de la Abadía de San Sixto también se guía por la oración. Su labor culinaria es mayormente espiritual y los monjes la mantienen, con ayuda de la memoria del paladar, para preservar una tradición que comparten con el mundo.

“Con el simple hecho de existir, recordamos a la gente: todavía están aquí”.

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Dell’Orto reportó desde Miami.

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AP Foto: Ginnette Riquelme

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¿Se puede abrazar la fe católica y defender el derecho al aborto? Activistas en México dicen que sí

Originalmente publicado en The Associated Press, diciembre de 2023 (link aquí)

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CIUDAD DE MÉXICO (AP) – Lo que hay es una mesa, una Virgen y un pañuelo. “María fue consultada para ser madre de Dios”, dicen letras blancas sobre la tela verde.

Las activistas de Católicas Por el Derecho a Decidir no piensan que la Biblia se contradiga con los ensayos feministas. Se puede rezar por la mañana y defender el acceso al aborto por las tardes; celebrar a la Virgen de Guadalupe cada 12 de diciembre y abrazar las causas de la comunidad LGBTQ+.

“Podríamos pensar que no se puede ser feminista y católica, pero aquí reivindicamos que ser mujeres de fe no es estar en contra de la progresividad, de los derechos humanos, de las personas con capacidad de gestar y de la diversidad sexual”, dice Cinthya Ramírez, quien forma parte de la organización.

La consigna del grupo ha sido clara desde sus inicios. Cuando se fundó en 1994, siguiendo los pasos de Catholic for a Free Choice en Estados Unidos, un grupo de teólogas y activistas empezó a denunciar la invisibilización de la mujer en entornos religiosos, a diferenciar las posturas de la jerarquía eclesiástica de las opiniones de la feligresía y a reinterpretar los textos sagrados con una mirada feminista.

“En la tradición católica hay argumentos como la libertad de conciencia y el derecho a decidir que nos dan opciones a las personas católicas, que practicamos nuestra fe, para tomar decisiones en libertad y decidir nuestro proyecto de vida”, dice Maribel Luna, otra integrante de Católicas.

Afirmar que la Virgen María decidió sobre su maternidad en vez de cumplir ciegamente el encargo de un arcángel es poco usual en un país que, con frecuencia, ve a sus sectores conservadores vestir de celeste para exigir dar marcha atrás a la despenalización del aborto.

Aquí no extraña que un arzobispo invite a los fieles a respaldar a un aspirante presidencial que rechaza el matrimonio igualitario ni que algunos grupos religiosos recen fuera de las clínicas de interrupción legal del embarazo. “Abortar es un crimen”, piensan muchos, y es un mensaje que permea entre algunas mujeres que reciben el cobijo de Católicas por el Derecho a Decidir.

Conscientes de que la decisión de abortar es compleja en esta nación mayoritariamente católica, la organización cuenta con un grupo de acompañamiento espiritual. El equipo se integra por teólogas y líderes de distintas religiones —como una pastora presbiteriana y un pastor luterano— que escuchan y confortan a mujeres que encuentran dificultades para conciliar su fe con la interrupción de un embarazo.

“Se fue formando una guía con base en el fundamento bíblico o teológico pero en un sentido de libertad”, explica la pastora bautista Rebeca Montemayor.

La mayoría de las mujeres entra en contacto vía telefónica o redes sociales y su situación es diversa. Algunas se comunican poco después de un aborto. Otras llaman porque se sienten indecisas ante la decisión y algunas más, tras décadas de haber abortado.

“Me han tocado mujeres con 30 años de estarlo cargando”, cuenta el fraile dominico Julián Cruzalta, quien forma parte del grupo y refiere que la jerarquía eclesiástica no ve con buenos ojos el trabajo de Católicas. 

“Nunca se han sentido libres porque se han sentido culpables desde el día que lo hicieron”, añade. “Es muy difícil quitar esa culpa de años, ver sus ojos de angustia y las pesadillas que tienen”.

El grupo no comparte la identidad de las mujeres o los detalles de sus situaciones por cuestiones éticas y de confidencialidad, pero sí discute las circunstancias generales para actualizar sus estrategias de acompañamiento y monitorear el contexto social.

La mayoría se siente abrumada por la culpa y la duda. ¿Cometí un asesinato? ¿Me iré al infierno? Otras piensan que no sólo ellas, sino sus familias, se condenarán. Algunas más sufren por las reprimendas de sacerdotes o pastores en los que confiaron y sólo empeoraron su remordimiento.

“Toma muchas sesiones de trabajo que se perdonen a sí mismas, que se comprendan”, dice el fraile. 

El acompañamiento del grupo implica más que charlas. Si una persona requiere atención psicológica, es derivada con un especialista. Si su inquietud es espiritual, las herramientas van desde la revisión de folletos electrónicos sobre la culpa hasta la lectura de textos bíblicos, meditaciones y rituales de sanación. 

“Yo les pido que escriban en un cuaderno quiénes eran. No quiénes son ahora, sino quiénes eran cuando tomaron la decisión. ¿Cuál era su situación? Porque siempre hacemos el juicio desde hoy, pero ayuda mucho regresar para que se reconcilien, para entender que hicieron lo mejor en ese momento”, explica Cruzalta.

Contextualizar la decisión de abortar también amplía la perspectiva política y social porque, según los teólogos y activistas de Católicas, la Biblia no tendría por qué penalizar lo que no se considera un delito ante la ley. 

“Ya hay leyes que se encargan de que no se pueda criminalizar a ninguna mujer”, añade la pastora Montemayor. “Entonces es importante que las comunidades religiosas hablemos de esto”.

Fuera del grupo de acompañamiento, la organización dialoga con jóvenes en ferias de sexualidad, capacita a personal médico —que con frecuencia alega objeción de conciencia para no practicar abortos— y produce “Catolicadas”, una serie animada que aborda temáticas que entrelazan lo religioso y social. 

Según Cinthya Ramírez, varias personas han compartido con la organización cómo ha cambiado su vida tras hallar nuevos modos de relacionarse con su fe. 

Cuenta que un joven de la comunidad LGBTQ+ dijo que releer la Biblia bajo una nueva mirada le permitió reivindicar su identidad sin sentir que se condenaría. En otra ocasión, una mujer que abortó agradeció al grupo que, tras algunas sesiones de acompañamiento espiritual, pudo comulgar y dormir en paz por primera vez en décadas. 

“Son experiencias que te llenan el corazón porque sabes que estos prejuicios y estigmas pesan en la vida de las mujeres. Por eso apostamos también por la despenalización social, que se debe de dar desde distintos ámbitos”, añade la activista.

De ahí los esfuerzos de ir más allá de la propia identidad católica y colaborar con líderes de otras confesiones.

“No se trata de que un discurso de odio diga lo que es pecado o no”, dice la pastora Montemayor. “Eso no checa con el discurso de Jesús en el Evangelio”. 

“Me preguntan mucho cómo una pastora evangélica puede estar con Católicas por el Derecho a Decidir y yo lo que les digo es que mi colaboración, más que católica, es por las mujeres. Estamos acompañando a las mujeres”.

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AP Foto: Eduardo Verdugo

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