Alejandro Magallanes revive tomos obsoletos con sus “Libros fósiles”

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Originalmente publicado en The Associated Press, marzo 2018 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Como un cirujano que salva una vida, Alejandro Magallanes se cubrió las manos con guantes y tomó cien libros de economía con la punta de los dedos para sumergirlos uno a uno en una pecera rebosante de pintura blanca. Los tomos se publicaron entre 1953 y 1971 pero nunca habían sido abiertos. Aunque su diseño y materiales eran casi artesanales, nadie se había interesado por sus temas. Eran libros olvidados, libros sin lectores.

Magallanes inició este proyecto en 2015 para completar una serie que exhibió en la exposición “La delgada línea que divide el lado derecho del izquierdo” en la galería Myl Arte Contemporáneo en Ciudad de México. Tras aplicar la pintura que los transformó en lienzos, el artista usó acrílico, tinta china, lápiz y pluma para dibujar sobre ellos. La modificación a sus portadas, lomos y contraportadas transformó su razón de ser. Ahora el registro fotográfico del resultado se publica en “Libros fósiles”, que la editorial Almadía acaba de lanzar en México.

El volumen de Almadía también es blanco y su carátula invita al lector ser Magallanes por un día. “Dibuje usted la portada de este libro. Gracias”, dice una leyenda en la parte inferior.

El mensaje resulta intimidante porque deposita en nuestras manos un poder inesperado: interpretar el trabajo de alguien más, sintetizarlo en una imagen propia, ofrecer su atractivo a quien no sabe lo que oculta en su interior.

Esa responsabilidad podría parecer abrumadora para un aspirante a dibujante, pero para Magallanes es algo cotidiano. Hace más de una década que trabaja para la editorial que ahora publica “Libros Fósiles” diseñando interiores y exteriores y justamente lo que crea —esa amalgama de tonos, trazos y tipografías, y no los manuscritos de los escritores— es lo que adquiere el potencial de atrapar nuestra mirada o volverse invisible al toparse nuestros ojos en una librería.

“Una portada es una interpretación subjetiva del texto de alguien más. Siempre digo esto pero es cierto: los textos que recibo son como partituras y soy un violista”, asegura con una voz suave. “Yo me lo planteo así: ¿cómo me gustaría encontrar un libro en un estante?”.

Aunque Magallanes sabe de sobra que el atractivo de un libro reside en el conjunto que teje su forma y contenido, él suele sentirse seducido únicamente por su portada y dice que podría comprar un libro en ruso aunque no entienda el idioma si su imagen lo seduce. El diseño, piensa, también comunica. Es discurso en sí mismo.

“Libros fósiles” traduce estas ideas en una obra tangible. Al clausurar la primera vida de los tomos que intervino —y que fueron vendidos a coleccionistas tras ser exhibidos— impide que alguien pueda leer lo que hay entre sus páginas, pero les permite resurgir como un libro-objeto: piezas que hablan por sí solas y también generan lecturas.

Para articular este mensaje, Magallanes se aseguró de reutilizar libros condenados a ser destruidos u olvidados para siempre. Le pidió a Selva Hernández —diseñadora, editora y bibliófila con quien tiene una librería de viejo en Ciudad de México— que los tomos fueran de economía porque le interesaba reflexionar sobre la obsolescencia de ese tema y que a pesar de sus materiales, impresiones y papel no despertaran interés.

“Eran libros que ni por cinco pesos la gente quería. Ni aunque prácticamente estuvieran regalados. Quería pensar en el destino de un libro que no tiene quien lo lea”, explica, y por eso decidió jugar con los elementos fundamentales de los ejemplares hasta reducirlos al mínimo y crear algo desde cero. Un libro fósil es el cascarón de un libro, algo que parece un libro pero no lo es.

“Un fósil es una sustancia que fue alguna vez orgánica, y que ya muerta, permanece en el interior de un material solidificado. Ya no es la sustancia viva, sino su huella la que queda dentro del sedimento”, escribe Selva Hernández en un texto breve que cierra el volumen. “Su huella es una crítica al libro. En un momento en el que el espacio y la economía son precarios, ante la pregunta de qué vale la pena convertir en una obra publicada y qué se deja en otros formatos menos perecederos que el libro impreso en desuso, mejor convertirlo en otra cosa, en arte contemporáneo”.

Cada pieza de esta serie que tardó unos tres meses en completarse es presente y pasado. Lo que vemos y lo que oculta nos interpela y lanza una pregunta: ¿qué es lo que hace que un libro sea un libro?

En los 25 años que Magallanes ha trabajado entre enunciados, páginas e ilustraciones ajenas y propias, la pregunta ha sido constante. Los libros han acompañado a los hombres desde la invención de la escritura y a él todos le encantan. Los compra, los colecciona, los reinventa y entiende que su trabajo se completa con la mirada de alguien más.

Al preguntarle si no le entristece que los libros fósiles ya no le pertenezcan y que lo único que le quedará de ellos son estas fotografías, sonríe y dice que no.

“Me gusta que existan en otro lugar. Incluso cuando trabajo en algo como un cartel, me gusta que dure lo que sea necesario aunque sea breve. A lo que aspiro es a que una imagen sea tan poderosa para que incluso en su brevedad pueda permanecer en la memoria de alguien más”.

En la pieza número veinte de “Libros fósiles”, la parte trasera del cuerpo de un hombre aparece dibujada en la parte inferior de la contraportada. Aunque las proporciones de sus piernas, brazos y tronco son normales, el cuello del hombre se estira y se estira y se estira hasta que sale de la página por la parte superior, luego baja por el lomo y se curva hasta reaparecer en la portada como el cuerpo de una boa que se desdobla. A su lado hay una sola palabra: “PERSPECTIVA”.

Sería maravilloso saber cuál fue el libro de economía que Magallanes sumergió en pintura blanca para ocultar una historia con otra y reescribir su biografía.

(Foto: Abraham Bonilla)

 

El último testigo de la peor inundación de México

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Originalmente publicado en The Associated Press, marzo 2018 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Donde hoy se pasean hombres y automóviles, alguna vez flotaron canoas.

El 21 de septiembre de 1629 empezó a llover y la tormenta no paró durante 36 horas. El agua barrió animales y sepultó carretas. En menos de dos días, se tragó las calles de la capital de México.

Algunas crónicas novohispanas y posteriores conservan esbozos de la tragedia, pero quizá el único sobreviviente es un mascarón en la esquina de un edificio en las calles de Motolinia y Madero. Aunque se ha deteriorado, la figura de piedra aún define la cabeza de un león. Su cara felina se alza más de dos metros porque según el escritor y periodista mexicano, Héctor de Mauleón, marca el nivel que alcanzó la inundación.

Hoy no hay nada que cuente esta historia a quienes pasan por ahí, pero pronto lo habrá. Junto con su amigo y colega, Rafael Pérez Gay, De Mauleón encabeza un proyecto apoyado por el gobierno local para colocar 200 placas artesanales que recuperan la memoria de algunas calles de la ciudad.

La geografía de esta metrópoli es su condena. Hace seis meses un terremoto dejó más de 200 muertos y 32 años atrás otra sacudida de la Tierra robó miles de vidas. La ciencia lo ha confirmado: la ciudad que nos trazaron recubre el lecho de un lago y sobre él se asentaron las construcciones. Por eso aquí una catástrofe aumenta su fuerza destructiva y el golpe de la naturaleza es más letal.

A De Mauleón le entusiasma su proyecto porque a veces nos falla la memoria. Los citadinos solemos creer que en nuestra historia no ha habido nada peor que los sismos, pero la tromba de 1629 -asegura el escritor- ha sido la tragedia más grande que ha vivido la ciudad.

El paso del agua —cuya ferocidad creció debido al desborde de los lagos circundantes—mató a 30.000 y provocó el abandono de la ciudad durante cinco años, según los recuentos de la época. Aunque casi todos los habitantes se fueron o murieron, unos 400 se quedaron y aprendieron a vivir como personajes de un filme apocalíptico.

Como no había drenaje ni alcantarillas, la gente se transportaba en balsas, habitaba los segundos pisos de sus casas —a los que accedía por los balcones— y escuchaba misas desde las azoteas donde los sacerdotes ofrecían consuelo. Sin embargo, a veces el alivio era insuficiente y los sobrevivientes saciaban su sed en las mismas aguas que sacaban a flote cadáveres de bestias y personas. Cuando las epidemias llegaron, la cifra de víctimas aumentó.

Se dice que en 1633 no hubo más lluvia y el agua se evaporó. La gente volvió para darse cuenta de que la mayor parte de los edificios estaban arruinados y debían reconstruirse. Por ello casi no hay ejemplos de arquitectura anterior al siglo XVII y lo que vemos pertenece a una época posterior.

“Todo lo previo desapareció y lo único que queda de ese mundo es este mascarón”, dice De Mauleón.

¿Por qué sobrevivió? Nadie lo sabe; es uno de los enigmas de la ciudad. “Lleva ahí muchos siglos y nadie se explica. Estuvo en una casa que fue derrumbada pero después alguien lo encontró y lo volvió a colocar”.

Hoy la casa es una óptica. Frente a ella un hombre limpia zapatos y un McDonalds despacha hamburguesas. Miles pasan a diario sin saber que existe, pero el león pareciera observarlo todo como un fantasma de la ciudad.

(AP Foto/Bernardino Hernández)

Ciudad de México recupera su historia a través de sus calles

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Originalmente publicado en The Associated Press, marzo 2018 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Lo que podría decir una calle. Lo que han visto sus banquetas. Lo que ha sentido su asfalto. Podría contarnos una historia y quizá elegiría la de un abuelo y su nieto, un par de cómplices nostálgicos que salían a perderse por los rincones de México para dibujar en el aire un tiempo que se ha ido y deseaban revivir.

“Le gustaba mucho salir a caminar y acordarse de cosas que había. Yo lo acompañaba y era como realizar dos viajes: el que hacíamos en ese momento y el de la referencia de algo que ya no estaba, que había ocurrido. Me parecía fascinante”, recuerda el escritor mexicano Héctor de Mauleón, quien ahora dedica su pluma, su andar y su entusiasmo a describir para otros los espacios de los que se enamoró gracias al padre de su padre. Su más reciente proyecto —que ya está en marcha y fue ideado del brazo de su amigo y colega, Rafael Pérez Gay— justamente consiste en rescatar la memoria de la ciudad.

En medio de un evento público con el alcalde capitalino Miguel Ángel Mancera hace unos tres años, De Mauleón tomó el micrófono para denunciar la “destrucción” de la urbe y sugirió encabezar un proyecto para preservar su pasado. Sería fácil y barato, dijo entonces, confeccionar placas pequeñas y rectangulares que narraran la historia de algunas calles icónicas y al colocarlas sobre sus fachadas dejaran a la vista por qué son sitios especiales cuya arquitectura merece cuidado y preservación. Miembros del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) verificarían los relatos y expertos en restauración supervisarían la colocación para evitar dañar las estructuras.

La respuesta fue “sí”. Se acordó iniciar con 200 —que serían elaboradas en un tipo de cerámica llamada talavera— y para decidir su ubicación él y Pérez Gay hicieron una división imaginaria del Centro Histórico en cuatro partes. De este modo comenzaron a planear la distribución de las placas según cada cuadrante, acordaron que cada uno investigaría y redactaría los textos para cien fichas y De Mauleón volvió a las aceras para escuchar los relatos que aún tenía por contarle su ciudad.

Intelectuales y periodistas locales coinciden: pocos conocen la capital de México como él. De Mauleón se sabe de memoria los secretos de un relieve que ante unos ojos inexpertos parecería un defecto, la vida oculta de una esquina que hace siglos se colmó de invasores estadounidenses y el año en el que las narices mexicanas cayeron rendidas ante el primer pan que se horneó. En cada caminata que hace por su tierra —desde que su abuelo le enseñó a explorarla— la ciudad le habla y él responde. La conoce y la reconoce. La escribe.

Primero estuvieron las crónicas y esas crónicas llenaron libros. En “La ciudad que nos inventa” (2015), por ejemplo, describe la casa más antigua del país, el cuento de espantos más viejo y la carta que inauguró el servicio postal. Ahora, además, están las placas.

Hoy es viernes y me ha llevado hasta una esquina antiquísima. Aquí México palpita: la gente se mueve de un lado a otro en grupos grandes como cardúmenes y nosotros paramos al inicio de una franja de portales que albergan negocios joyeros y rodean cual brazos abiertos la plaza principal. Frente a nosotros, el Palacio Nacional y la Catedral parecen dos titanes tumbados al sol.

Antes la historia de México no se escribía en las enciclopedias, sino en los nombres de sus callejones y avenidas. “Cada calle recibía su nombre por tres cosas”, explica De Mauleón. “Porque ahí había un edificio que le daba nombre, como un convento o iglesia; porque vivía un vecino ilustre que había hecho algo destacado o porque había ocurrido algo que merecía ser recordado, como una leyenda”.

La ciudad, entonces, se narraba a sí misma. Era cómplice, hogar y recuerdo.

“En esos tiempos caminabas y de inmediato te dabas cuenta de que la ciudad te estaba hablando, que te estaba diciendo su pasado”, dice con cierta nostalgia el escritor.

Las cosas cambiaron a principios del siglo pasado, cuando se celebraba el centenario de la Independencia y al festejo acudieron representantes de países latinoamericanos. Como un gesto de agradecimiento por reconocer a su gobierno en un ambiente cimbrado por conflictos políticos y sociales, el entonces presidente Álvaro Obregón pidió cambiar los nombres de calles que tenían más de tres siglos de antigüedad y las renombró como algunos de los países asistentes. De este modo, entre otras, nacieron República de Cuba, de Argentina y de El Salvador.

“Cuando hicieron eso cercenaron la memoria”, dice De Mauleón.

“República de Brasil, por ejemplo, se llamaba Los Sepulcros de Santo Domingo. Era un nombre bellísimo”. Y entonces, para intentar contener la situación, un grupo de intelectuales se acercó al gobierno en 1928 y pidió disponer una primera serie de placas —algunas de las cuales aún permanecen exhibidas— para rememorar lo que ahí ocurrió.

Aunque aquel esfuerzo valió la pena, se puso en marcha hace noventa años y desde entonces el proceso de renombramiento y olvido ha persistido. “La gente se separó de la memoria de la ciudad para empezar a construir una nueva”, agrega De Mauleón. “Por eso hicimos el proyecto, para volver a rescatar lugares antiguos de valor histórico y que las personas pudieran verlos al pasar”.

Nuestra esquina nos invita a reanudar el paso rumbo a una recta con mucho que decir. “Francisco I. Madero” hace honor al presidente que detonó la Revolución y a pocos metros encontramos una tienda de autoservicio que solía ser el Bar de Peter Gay, un sitio concurrido a finales del siglo XIX por mexicanos tan ilustres como curiosos. Ahí, cuenta De Mauleón, estuvo el hombre que intentó asesinar al presidente Porfirio Díaz en 1897 y antes de lanzar la puñalada recorrió los mismos pasos que nosotros.

Sus anécdotas son hipnóticas. Varias personas lo reconocen mientras caminamos y se detienen a saludarlo, pedirle autógrafos y selfies. Muchos le dan las gracias por contar su historia y lo invitan a comer, a charlar, a volver. Él me explica luego que a veces recorre estas calles con cámara y micrófono en mano y así la ciudad le habla a sus mexicanos por televisión.

De Mauleón dice que ésta era la calle más importante de su época. Estaba llena de palacios y después se hizo un decreto para establecer gremios. “La nuestra era una ciudad gremial. Zapateros, mecateros, tlapaleros y todos tenían un sitio propio. Por eso aquí hay tantas joyerías: originalmente había plateros. Estás ante la reminiscencia de una ciudad de hace tres siglos”.

Seguimos, seguimos, seguimos. De pronto mi guía señala una tienda de ropa de mujer que fue el primer hotel de México, luego apunta a otra que vio pasar al primer automóvil la madrugada de un sábado y se detiene unos segundos ante un restaurante que en 1896 albergó la droguería donde un empleado de los hermanos Lumière presentó el cinematógrafo por primera vez.

Algunas ventanas, paredes y puertas de la calle parecieran intactas al paso del tiempo gracias a una legislación que desde 1933 impide intervenir o remodelar edificios de la zona, pero eso no salva su pasado del olvido.

“Esta ciudad va a cumplir 500 años y prácticamente en cada esquina hay algo”, dice De Mauleón.

La colocación de placas apenas inicia. No existe fecha para finalizar el proceso, pero sí hay planes y un deseo en la voz a veces melancólica de este escritor: imprimir otras 200 y luego otras 200 o mil más; salir del centro y llegar a más colonias —Roma, Tacubaya, Santa María la Ribera, Coyoacán, todas icónicas para los capitalinos— para darle resonancia a lo que tengan que contar.

Aquella historia de un abuelo y su nieto continúa escribiéndose, pero ahora es la de un cronista que necesita la voz de su ciudad tanto como ella la de él.

(AP Foto/Bernardino Hernández)

Fridas

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Semanas después del terremoto del 19 de septiembre de 2017, Diego Fonseca contactó a 35 autores para escribir un texto que nos permitiera pensar el sismo desde distintos puntos de vista. El resultado fue “Tiembla”, que publica editorial Almadía y donará las ganancias por las ventas del libro a la campaña Tejamos Oaxaca, para ayudar a víctimas de los sismos recientes.

¿Qué hay en un nombre? En México, “Frida” remite a nuestros vacíos y a nuestra manera de llenarlos: una perrita rescatista que se volvió heroína nacional aunque no rescató a nadie, una niña inexistente que nos inventamos con el deseo de encontrar vida bajo los escombros y, en el pasado, una pintora surrealista que era bella y exitosa aunque por dentro estuviera rota. Las “Fridas” no cuentan su propia historia, sino la nuestra. Éste es un primer apartado del texto. El libro puede comprarse en Almadía

Vi a Frida una sola vez.

Habían pasado nueve días del terremoto y los fotógrafos trataban de enfocarla mientras ella daba saltitos despreocupados sobre el pasto sin detenerse a mirarnos. Era la estrella de la tarde, la nota del momento. Aquella golden retriever tenía un magnetismo irresistible. Bajo las manos morenas de su amo fingía obediencia, pero sin previo aviso podía estrellar su nariz contra la mía o sacudirse hasta que sus orejas volaran como pañuelos. Era la mascota de película que de niña soñaba recibir como sorpresa de cumpleaños.

Frida nació a los ocho años de edad. Ya tenía una carrera y pesaba treinta kilos. Ya se uniformaba con chaleco, botitas de neopreno y goggles para perderse entre pilas de escombros en busca de cadáveres y sobrevivientes. Ya presumía viajes como rescatista del Ejército en Ecuador y Haití. Se llamaba Frida pero no era Frida. Sólo un sabueso con un nombre familiar.

De pronto, un tuit. “Ella es Frida”. El soplo de vida del demiurgo no fue un soplo sino Palabra. Once caracteres y un video con su imagen presentaban al mundo a la heroína de México, una especie de rescatista inmaculada que se mostraba desinteresada y amorosa.

En segundos, la adoración. El mensaje de la Secretaría de Marina salpicó miel por todas partes y nosotros paladeamos el jarabe agradecidos. A minutos de su primer ladrido en Twitter, una mujer sugería vender perros de peluche con la imagen de Frida y otra pedía a Dios que la cuidara en su labor. Dos horas después, alguien recurrió a las mayúsculas:

“ELLA ES PERFECTA”.

Frida nació del sismo, de los mexicanos renacidos por el cisma de la Tierra. La concebimos con paciencia, la nombramos. Hebra por hebra tejimos el mito, la fantasía. La esculpimos a la medida y fue nuestro regalo. Fuimos Pigmalión.

El mito es un habla, escribía Roland Barthes. Es el andamiaje de un discurso, una manera de significar. Hablamos y desplazamos objetos, conceptos, ideas. Así, un perro es un perro, pero un perro narrado por un país que llora a sus muertos bajo edificios caídos deja de ser estrictamente un perro. Se ha reinventado, satisface una carencia.

En el abrazo convulso de la Tierra no sólo se agrietaron edificios. Al centro de México se abrió una cavidad; se fracturó la vida y sumidos en ese hueco hubo que nombrar todo de nuevo.

Al juntar todos los trozos nos armamos otro mundo y lo llamamos Frida.

En su nuevo libro, Andrés Neuman enseña a “Vivir de oído”

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Originalmente publicado en The Associated Press, noviembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Siempre que Andrés Neuman sostiene una taza vacía bajo el dispensador de una máquina de café, la observa llenarse de espuma y sabe que dará el primer sorbo al borde de las lágrimas. Con la voz apagada dice que se ha bebido miles de espressos y cada uno le ha hecho pensar en su madre: lo que ella más disfrutaba, además de tocar el violín, era un café espumoso, como orilla de mar.

Es casi paradójico. En los 35 poemas que integran “Vivir de oído”, el escritor argentino teje retratos cotidianos de lo que hay en su vida, pero lo hace a través de ausencias, silencios e hipótesis. “Inventos a los que llegamos tarde”, por ejemplo, es un modo de decirle a su difunta madre que la extraña y que le hubiera encantado prepararle un café con espuma en una de esas máquinas que no aparecieron a tiempo en su cocina.

“Vivir de oído” es un coqueteo entre lo que existe, lo que falta y lo que podría ser. En el noveno poema de ésta, la segunda antología que el autor publica con la editorial mexicana Almadía, Neuman le habla a Neuman. “Conversación en tres tiempos” dedica su primera estrofa al niño que fue, la segunda al joven que casi deja y la tercera al viejo que será. Unas páginas después, un texto se concentra en el cómo olvidamos la voz de la gente que amamos y otro en las sutilezas entre el desierto y lo desierto.

“La poesía tiene algo de recuperación de voces perdidas”, explicó el escritor de 40 años hace unos días durante la presentación de su libro en la Ciudad de México. “Muchas veces esa recuperación es imaginaria. Son voces que nunca hubo y ese acto de recuperarlas también es un acto de reinvención: el oído es el órgano central de nuestra sensibilidad”.

Por lo anterior, la estructura del libro es casi intuitiva, una consecuencia involuntaria de haber escrito motivado por atender lo que apenas se escucha bajo el ruido de la cotidianidad.

Donde algunos solo encuentran vacío, Neuman descubre materia prima. Para él lo vacuo es un punto de partida que le permite crear y crearse, y por eso “Vivir de oído” es una obra autobiográfica que se divide en tres apartados: familia, amor y metapoesía, es decir, una sección dedicada a la relación entre escritura y autor.

Su manera de trabajar se transforma de género en género —sigue procesos distintos en cuento, novela y poesía— pero dice que su obra más reciente surgió después de cinco años de redacción intermitente y dispersa. Cuando empezó a seleccionar los textos para la antología, que estará a la venta en México a partir de esta semana, tenía entre manos más de 80 poemas, pero al final conservó menos de la mitad. Todos son brevísimos y parecen dialogar entre sí.

Según Neuman, la estructura de “Vivir de oído” obedece a que hay dos momentos por los que atraviesa un poeta: el primero es inconsciente —se escribe casi sin pensar— y el segundo permite visualizar un orden que llena los huecos de todo aquello que falta. “Los poemas van suscitándose unos a otros y ese pequeño milagro de ordenamiento sucede muy al final del proceso. Nuestro inconsciente tiene un plan y uno trabaja durante años para descubrirlo”, dice.

Al autor, en ocasiones, su inconsciente le pide borrar. Como el mago que accede a revelar su mejor truco, confiesa que sus poemas rara vez superan media cuartilla al publicarse, pero cuando nacieron todos fueron extensos. Dominar la brevedad, asegura, es algo que le fascina: los libros breves implican una reducción de cinismos hasta que el recorte permite llegar a lo que realmente debe decirse. “Todo poema va construyendo ruido a su alrededor pero en el núcleo hay una nota y hay que tratar de despejarla”.

Por eso Neuman corta, corta y corta. A veces, incluso, difumina el final. “En ocasiones el primer borrador de un poema sale demasiado redondo y lo que uno hace es desdibujar un poquito el contorno, la silueta, hasta que no queda tan nítido”. Y, después, con su mirada, el lector salda la deuda que él dejó abierta al escribir.

“Le regalé una lupa a mi maestro” es de los últimos poemas en “Vivir de oído”. En él, Neuman recuerda a un hombre que admiraba y ya no está pero antes de morir dejó sobre su escritorio una lupa que en sus últimos años le permitió leer. Cuando él la descubre, observa la lupa “dormida”, pero luego se da cuenta de que ese lente sobre la mesa aumenta el silencio de una hoja en blanco.

La escena es triste y melancólica, pero logra lo que Roberto Juarroz, uno de sus poetas favoritos, solía decir: la poesía sirve para detener el relámpago, para impedir que algunas cosas se nos escapen para siempre de manera fulgurante, como cuando el silencio extingue una voz.

Y entonces Neuman lo logra. Deja que sus ausencias hablen por él.

El viaje que no ha sido

paris-in-winter-bigTendrían que ser las dos de la tarde a las afueras de un café en esa ciudad que nunca has visto. Los techos en forma de trapecio se verían más azules bajo el manto plomizo del cielo y tus labios se congelarían al tocar los míos. El viento atravesaría el tejido de tu abrigo y sólo entonces, cuando te sintiera cerca de arrepentirte de haber cruzado un océano conmigo, te pediría un poco de fe: “No hay nada más hermoso que París en invierno, ya verás”.

Reirías como en mis sueños —como siempre— y me tomarías de la mano antes de dar la vuelta y volver a caminar. Escucharías mi risa tras de ti. Harías una pausa para quitarte la bufanda de la cara y decir cuánto me quieres besar.    

Tendrías que disculparme. Ya ha pasado más de medio día pero para nosotros apenas inicia. Diez horas de vuelo, dos de trayecto al hotel en Avenue George V y una madrugada bajo las sábanas blancas. Por la mañana, la luz fría y una cortina transparente. París es una postal perfecta desde nuestro balcón a dos cuadras de Champs-Élysées. ¿Para qué salir?

Por fin tú y yo; por fin París. ¿Ahora lo ves? Algo tiene esta ciudad. Parece que ha existido desde siempre —inmensa y elegante— y aún sin haberla visto antes uno siente que ya ha estado aquí. Por eso —pensaría mientras duermes sin que sientas mis caricias— no hay prisa. Como siempre entre tus brazos el reloj se ha detenido. Afuera seguiría el arte, las fuentes, los adoquines y los árboles que ya han perdido sus hojas. Adentro estaríamos nosotros y no haría falta nada más.

Tendrías que preguntarme la historia del café y yo te la contaría minutos antes de llegar, abrazada a ti, frente a extraños despeinados y gruñones en un vagón bajo la tierra. ¿No sería maravilloso? Tú y yo en el metro de París. Línea amarilla, estación George V, y siete paradas hasta Chatelet. Cambio a línea magenta y cuatro pausas más hasta Saint-Germain-des-Prés. A la salida, la tarde gélida y el Café de Flore.

Mira las paredes amarillas, los sillones rojos, los ventanales bajo la carpa con su nombre y la mesita donde apenas cabríamos uno frente al otro. ¿No amas el art decó? Mira esa esquina. Ahí, dicen algunos, estuvo André Bretón. Dadaísmo, surrealismo y más. Mira hacia acá. Dicen que aquí venía Picasso, pero a mí —que soy romántica— me emociona más pensar en Sartre y Simone de Beauvoir.

¿Ya te enamoraste? Hace más de un siglo que abrió sus puertas desde la esquina del boulevard y ahora estamos aquí: yo abriendo el menú con angustia para saber si ofrecen té —nunca he pedido más que chocolate y café— y tú escuchándome hablar muy rápido sin dejar de mirarme y sonreír.

Tendrías que confiar en mí. De vuelta a la calle habría opciones infinitas —¿Montparnasse, Montmartre, Le Marais?— pero lo que estarías por conocer sería el París de mis ojos: lo que he visto, lo que he amado, lo que me ha hecho feliz.

A pie desde el café alcanzaríamos el Sena. He cruzado esas calles muchas veces y sin embargo no podría decirte el tiempo que nos tomaría llegar. Cuando camino por París estoy como dormida; sin planes, sin pensar, sin tiempo y —hasta ahora— sin ti. Tomados de la mano te diría que me gusta bordear el río porque su cauce —grisáceo en invierno y turquesa en verano— abraza museos, jardines y casas y así me hace pensar que el abrazo también pasa por mí.

De pronto, el fin de una avenida. Ahí está. ¿Lo ves? El Sena es un titán de agua color plata frente al Louvre, donde alguna vez vivió un rey. Lo sé. Es tan bello, tan fascinante, tan perfecto que el aire no alcanza en los pulmones y se eriza la piel. Yo siento lo mismo una y otra vez cuando lo vuelvo a encontrar.

Tendrías que besarme. De pie en medio del Pont des Arts —donde nunca he dejado un candado— tendrías que sentir tu cuerpo junto al mío; saber que no miento cuando digo que te quiero. Besos y fotos. Silencios. Luego hablaríamos de Rayuela. ¿Recuerdas? La Maga y Oliveira se encontraban aquí. Cortázar otra vez; ahora con nosotros en París.

La Torre a la izquierda y Notre Dame a la derecha. ¿Adónde querrías ir? Adónde sea; juntos adónde sea. Giraríamos a contrarreloj porque me crees: la catedral es más hermosa de noche y faltarían varias horas para que la luz se extinguiera por completo del cielo.

Pont du Carrousel. Pont Royale. Pont de la Concorde.

Uno más y estaríamos ahí. El Pont Alexandre III es el más lindo de París y bajo sus columnas y estatuas doradas hay un punto en el que suelo detenerme y girar para tratar de verlo todo y sentir que en el planeta no hay sitio más hermoso que éste. Atrás, a la izquierda, el Musée d’Orsay y los óleos de Renoir, Monet, Manet. A un costado, el Grand Palais; su fachada labrada, sus vidrieras monumentales, la Belle Époque. Al frente, a lo lejos, Eiffel. ¿A cuántos enamorados como nosotros habrá visto sonreír?

Faltaría mucho por ver, pero al tratar de decidir hacia dónde continuar encontraría tus ojos y dejaría de pensar. Como hace unos instantes, como siempre, no habría más mundo que el que encuentro en ti.

¿Y el invierno? Te tengo tan cerca que ya no siento frío.

De puntillas, mis brazos alrededor de tu cuello, dejaría de estar en París y el mundo sólo existiría en tus besos.

19 de septiembre

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Han pasado algunos días y lo único que recuerdo con claridad es el parpadeo frenético que me entorpecía la vista pero era incontrolable, como un acto reflejo de mi cuerpo para tratar de entender.

No sé si alguien podría describir con precisión lo que siente durante un terremoto. Yo creo que desde afuera, a la distancia, debí de parecer un animal insulso; una bestia cuyo instinto le sugiere paralizarse con la esperanza de pasar desapercibida ante las fauces que amenazan con tragarla.

Poco después del sismo, un arquitecto me dijo que una torre de oficinas como la mía —nueva, metálica, de más de quince pisos— suele pendular entre tres y cinco metros mientras el suelo se agita. Esto previene un derrumbe pero la sacudida es tan violenta que la gente al interior tiene la sensación de que el edificio se desplomará como un árbol al tumbarse de costado exhibiendo sus raíces.

Dudo que haya un desconcierto más súbito que aquel que turba nuestro cuerpo cuando la Tierra se mueve. Por alguna razón, recordarlo me avergüenza: vuelvo a ese martes a la una y cuarto de la tarde y ahí estoy otra vez, inclinada hacia adelante y con las piernas medio abiertas —torpe como patinadora que nunca se ha deslizado por el hielo— para tratar de mantener el equilibrio y no caer. Los dientes apretados, las manos aferradas a la mesa, el maldito parpadeo.

Tampoco sé si todos reaccionamos del mismo modo cuando algún impulso inexplicable nos atiza con la certeza de que la vida se extingue. Yo, en mi parálisis, buscaba las miradas de los otros.

“¿Me voy a morir?”. Así, en singular.

Nadie llama a un familiar para preguntar cómo se encuentra mientras el suelo convulsiona. Eso viene después. Durante un terremoto pasan muchas cosas —nuestras lámparas se mecen con furia, se quiebran ventanas, caen con ruido seco algunos muebles sobre el piso— pero cuando esos segundos dilatados se dispersan y se estiran y no acaban —“está temblando”, “está temblando”, “está temblando”— lo que nos desborda es el desamparo de sabernos vulnerables y solos.

Desde que dejó de temblar me he preguntado una y otra vez por qué me quedé inmóvil pero aún no lo sé. Cada piel se estremece a su manera. Unos corren y otros lloran o se abrazan; yo me petrifiqué. Por algún motivo, el horror de no poder frenar ese maldito balanceo fue tan inmenso, tan opresivo, que no pude mover más que los párpados. “¿Así se acaba todo?”, pensaba asaltada por el vértigo.

A la 1:13pm tenía un nombre. Era escritora. De lunes a viernes, editora en una agencia internacional de noticias. Dos días a la semana, de siete a nueve, maestra de prepa. Tenía un marido y un perro. Amigos. Había un café sobre el escritorio, un auto en el estacionamiento, un iPhone en mi mano. Tenía todo y un minuto después, nada. Era carne tambaleante y enferma.

Quienes estuvimos aquí, en México, nunca vamos a olvidar. Recordarlo —hablarlo— es casi una terapia. Un alivio. La Tierra nos rompió.

Nuestros edificios siguen caídos. Nuestros amigos y familiares, temerosos y tristes. Muchos —demasiados— lo perdieron todo.

El dolor ya no está en los ojos de todos, pero algunos todavía salimos a la calle con angustia. A veces aún miramos hacia arriba —los edificios siguen agrietados— y a veces hacia abajo, tal vez en busca de lo que fuimos y que ese mismo suelo dislocó.

A veces no hay nada, pero otros días, como hoy, nos levantamos más tarde que de costumbre. Cantamos en la regadera, reímos y salimos a comprar comida china. Tenemos tiempo libre y escribimos. Nos abrazamos más fuerte por las noches. Recordamos. Sanamos.

Para algunos la Tierra no ha dejado de moverse, pero estamos vivos. Seguimos aquí.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

 

¿A quién salvó Frida, la heroína de los perros rescatistas?

Mexico Quake Rescue Dog

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Podría ser un miércoles cualquiera para la treintena de periodistas que esperan fotografiar a una celebridad bajo el cielo nublado, pero la estrella del momento no se dedica al cine sino a meter sus narices húmedas bajo edificios derrumbados y ladrar cuando su instinto le dicta que está cerca de un cuerpo que aún respira.

Frida se pasea ante las cámaras con gracia y ligereza. Hoy es su día libre y está de vuelta en casa para descansar y continuar con sus entrenamientos, pero la semana pasada tuvo tiempo de sobra para ganar miles de admiradores en redes sociales y apoyar a cuerpos de rescate especializados en estructuras colapsadas.

La coqueta labradora retriever es, junto con dos pastores belga malinois, parte de la unidad canina de la Secretaría de Marina de México y desde el 19 de septiembre los tres han buscado sobrevivientes del terremoto de 7,1 grados que sacudió el centro del país y dejó más de 340 fallecidos.

En su carrera de más de seis años ha ayudado a encontrar 53 personas en medio de construcciones derruidas dentro y fuera de México, 12 de ellas con vida. Y aunque no halló ningún cuerpo tras el reciente sismo, eso es lo de menos.

En medio de una de las peores tragedias en la historia reciente de México, Frida —ocho años, treinta kilos, “trending topic” mundial— pasó de ser sólo un perro rescatista de las fuerzas armadas mexicanas a un símbolo de esperanza nacional.

“En términos sociales, esta perrita funcionó como un objeto transicional”, dijo a The Associated Press Fátima Laborda, psicoanalista y directora de Casa Grana, una clínica privada de atención psicológica en la capital mexicana. “Quizá no nos ayudó en nada real o concreto —es decir, no rescató a nadie— pero nos dio la posibilidad de sentir que había esperanza y que había cosas en las que nos podía ayudar”.

Las miradas dentro y fuera del país se posaron en la labradora casi al mismo tiempo que los mexicanos veían cómo se derrumbaba otro símbolo de ilusión, con el mismo nombre, pero que nunca existió: dos días después de que las autoridades dijeran que buscaban bajo los escombros de una escuela a una niña, “Frida Sofía”, la Secretaría de Marina anunció que no había ninguna menor ahí.

Según Laborda, ante situaciones extremas como un terremoto o una guerra, los afectados suelen buscar refugio y contención en algo real o simbólico para tratar de recuperar la confianza y seguridad.

“Yo me puedo sentir contenida por un rescatista que efectivamente está quitando piedras y por ende me va a ayudar a resolver mi problema de manera real”, dijo. “Pero también me puedo sentir apoyada por el mero hecho de ver gente en la calle, porque así siento la solidaridad de los demás y eso es simbólico, así que también me puede proveer alivio psicológico”.

Frida no necesita mucho para seducir. Posa ante las cámaras de iPhone, te pasa la lengua por la cara si tienes la suerte de acercarte a ella y zigzaguea entre pilas de escombros como si fuera la heroica mascota de Indiana Jones.

Frida ha participado en operaciones de rescate tras desastres naturales como los terremotos de Haití en 2010 y Ecuador en 2016, pero su fama se disparó dos días después del 19 de septiembre, cuando la Marina publicó un video en su cuenta de Twitter y que a la fecha tiene más de mil comentarios, 35.000 retuits y 67.000 likes.

“Mírale sus zapatitos” y “Quiero una #Frida en mi vida”, se lee en algunas reacciones.

Poco después, Los Simpson la homenajearon con un dibujo animado, estrellas hollywoodenses como Chris Evans —Capitán América— posteaban “¿Qué hicimos para merecer a los perros?” y grupos de mujeres tejedoras en Facebook se ofrecieron a crear diseños inspirados en ella para apoyar con las ganancias a los afectados por el sismo.

“Pareciera que (Frida) nos llevó a todos a un mismo camino, porque representa una figura de bondad absoluta, de cuidado del otro y un lugar de dónde asirnos para pensar que podemos salir de esta situación”, explicó Laborda acerca del fenómeno mediático que esta labradora desató.

Nadie se resiste al encanto de Frida. Sus dos manejadores, como la Marina se refiere a los encargados de su entrenamiento y cuidado, sonríen cuando la miran y premian las respuestas a sus indicaciones con caricias.

Emmanuel Hernández, cabo de infantería que ha trabajado con ella desde hace más de dos años, dijo que desde pequeña fue elegida como rescatista por sus cualidades. Como todo can dedicado a la búsqueda bajo derrumbes, debe ser dócil, tener instinto de rastreo y olfatear todo.

A su lado, Frida —ahora uniformada— se deja acariciar y fotografiar por la prensa. Luce botitas de neopreno para evitar resbalarse y sortear escombros sin cortarse las patas, un arnés para sujetarse en caso de que entre a un espacio confinado y gogles que protegen sus ojos de agentes químicos e infecciones.

Algunos periodistas y redes sociales han publicado que la pequeña rescatista podría retirarse el año entrante, pero su manejador desmiente el rumor: aunque Frida es un perro maduro, aún es hábil y puede trabajar. Si acaso, modificará sus actividades y en vez de encabezar las búsquedas se convertirá en “perro de confirmación”, es decir, una especie de mentora de los más recientes integrantes del equipo: Eco y Evil, dos pastores belgas de año y medio que ya trabajaron con ella en Juchitán, Oaxaca, tras el sismo de 8,1 grados del 7 de septiembre.

¿Y después? “Cuando cumplen su tiempo de trabajo, los perros se dan en adopción a personal de la armada”, dice Hernández. “Y si alguien me preguntara si quisiera llevarme a Frida diría que sí, pero tendremos Frida para mucho tiempo todavía”.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

Voluntarios a la caza de daños tras sismo en México

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Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — El arquitecto es comprensivo y paciente. Más que un experto en construcciones parece un médico en una consulta a domicilio: inspeccionar un edificio, dice, es como diagnosticar un cuerpo humano.

Doce inquilinos lo escuchan con zozobra como si fueran familiares de un enfermo a las afueras de un quirófano. Es viernes y aún no se reponen del pánico que sintieron tres días atrás, cuando el sismo más letal que ha golpeado a México en los últimos treinta años cimbró la tierra y dejó grietas, vidrios rotos y sus pertenencias regadas por el suelo en las oficinas a las que solían ir a trabajar todos los días.

Un sismo es como un cuchillo, les explica el arquitecto mexicano Víctor Márquez, y dictaminar el daño que hace a un edificio es como identificar qué tan profundo penetró el filo en la piel.

A simple vista, el deterioro parece grave. Aunque la fachada no muestra signos de fragilidad, en algunos de los 28 departamentos se observan grietas profundas en el aplanado de las escaleras, vitrinas quebradas y muebles fuera de lugar.

Márquez es uno de varios expertos que ofrecen sus servicios de manera gratuita para evaluar estructuras resentidas por el temblor de 7,1 grados que el 19 de septiembre sacudió el centro del país. Autoridades ofrecen la misma ayuda, pero el número de peticiones para la revisión de inmuebles se ha desbordado y el voluntariado se ha convertido en una solución eficaz.

Apenas inicia su segundo día de trabajo y va acompañado de Gabriel Martínez. Ambos forman parte de “Salva tu casa”, una plataforma colaborativa creada un día después del sismo para enlazar a un grupo de arquitectos e ingenieros con ciudadanos temerosos de que su vivienda u oficina se haya vuelto inhabitable a causa del terremoto.

Mientras ellos y otros especialistas recorren calles y edificios de la capital mexicana, los fundadores del proyecto permanecen en el centro de control: una casa de dos pisos en la colonia Roma Norte —una de las más afectadas por el terremoto que hasta el momento ha dejado 305 muertos y más de 2.000 heridos— donde cuatro amigos de distintas profesiones coordinan a cientos de voluntarios que han puesto en pausa sus vidas para ayudar.

Las autoridades locales han informado que desde el sismo se han derrumbado al menos 38 estructuras, pero el movimiento telúrico del martes dejó otras miles de viviendas vulnerables. El gobierno capitalino refirió el viernes que desde el temblor ha recibido casi 4.000 reportes de personas que solicitan la inspección de sus inmuebles, pero no hay brigadistas ni horas en el día que alcancen para responder a la velocidad esperada: a pesar de contar con 3.600 expertos, sólo han logrado revisar poco más de dos mil.

“Salva tu casa” se volvió operacional la noche del miércoles y hasta ahora ha registrado unos 400 voluntarios y casi 1.400 viviendas que requieren supervisión, de las cuales han tenido oportunidad de evaluar una veintena.

Antonio Aldana es un arquitecto de 28 años que se enteró de la existencia de la plataforma a través de Facebook. Dice que intentó apoyar a las víctimas del terremoto desde la mañana posterior al sismo como brigadista en la colonia Narvarte, pero la tarea de remover escombros con picos y palas rápidamente se saturó. “Igual ayudo más con la cédula que con las manos”, se dijo, y empezó a buscar alternativas que le permitieran brindar apoyo desde su especialidad.

“En una situación de crisis como ésta no hay profesión inútil”, asegura.

Antes de iniciar su primer día de inspecciones como voluntario, recibirá media hora de capacitación. Al frente del grupo de unos nueve especialistas que no parecen rebasar los 30 años les espera Márquez, el arquitecto que disecciona edificios como cuerpos humanos, para instruirles en los aspectos fundamentales que no pueden pasar por alto durante su evaluación.

Un edificio se divide por tercios de abajo hacia arriba, les explica, y los daños estructurales en la planta baja son los que representan mayor riesgo. De este modo, sostiene, sabrán calificar la estructura de acuerdo a un semáforo —verde para riesgo bajo, amarillo para medio y rojo para alto— y sugerir a la gente si puede continuar habitando el lugar o si debería desalojar.

Sus nuevos discípulos lo miran con admiración, toman nota, preguntan inquietudes y luego salen en grupos de tres o cuatro a trabajar.

Márquez y su colega son dos de los arquitectos con mayor experiencia en “Salva tu casa”. Ellos, junto a un grupo reducido de especialistas, serán quienes al final de la jornada retomarán los informes de los voluntarios más jóvenes para realizar una evaluación final, emitir una sugerencia a quienes hayan solicitado sus servicios y dejar la información a disposición del gobierno para actuar a su consideración.

Los doce inquilinos del edificio que revisan el viernes en la calle de Manzanillo, en la misma colonia Roma, esperan a Márquez con ojos de angustia desde la acera. Aunque varios de ellos buscaron otras opiniones expertas, incluso en el gobierno, “Salva tu casa” fue el primero en responder.

Hay grietas profundas al interior y al exterior —explican después de saludarlo— y les preocupa que su patrimonio se derrumbe.

Calma, dice el arquitecto, vamos a ver.

Márquez palpa los muros, trepa a una reja, espía por debajo de los techos y después de unos minutos sonríe casi con ternura. “Esto era de esperarse”, asegura mientras desprende un trozo ancho de aplanado de una pared.

“El yeso es muy escandaloso, es el falso síntoma”, dice aún sonriente y su auditorio respira con alivio.

La visita a este edificio de siete plantas debería durar unos veinte o treinta minutos, pero se prolonga por casi una hora. Aunque Márquez asegura que no hay de qué preocuparse porque el daño es superficial —los efectos del terremoto se quedaron en la piel, sin llegar al hueso— atiende a toda preocupación. Asegura, una y otra vez, que las grietas que los inquilinos le muestran son “escandalosas”, pero no estructurales; que las columnas podrían resistir otro embate de la tierra y que tras una reparación de acabados y superficies no hay por qué temer.

“Consultar a un experto después de un sismo es indispensable porque sabe buscar lo que la gente no especializada no puede ver”, dice a los inquilinos que ahora respiran sin agobio. “El arquitecto identifica al enemigo silencioso, los daños no aparentes”.

Agradecidos y sonrientes, todos le dan la mano antes de volver a entrar.

Un edificio presenta síntomas, dice Márquez al despedirse, y para evaluarlos un arquitecto necesita de sus habitantes como un médico de sus pacientes.

(AP Foto/Marco Ugarte)

La arquitectura no es inocente: la Casa O’Gorman en México

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Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Decían que el diablo habitaba esta casa, a solo unos pasos del estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo en la Ciudad de México.

Exenta de ornamentos y materiales de construcción utilizados a principios del siglo XX, sus dos pisos de vidrio, metal y concreto provocaban desprecio entre los vecinos. Frente a la valla de cactáceas que aún la rodean no parecía una casa, sino el esqueleto de un cubo: al dejar sus columnas y tuberías expuestas a la vista de cualquiera era como si Juan O’Gorman, el arquitecto mexicano que la construyó entre 1929 y 1931, la hubiera concebido desnuda para manifestar que la belleza de sus partes residía en su sencillez.

La casa está a espaldas del Museo Casa Estudio de Rivera y Kahlo, otra obra de O’Gorman con frecuencia visitada por turistas y locales. Sin embargo, por años fue propiedad de un particular, estaba deteriorada y tenía poca visibilidad. No fue sino hasta el 2012, tras ser adquirida y restaurada por el gobierno, que abrió sus puertas al público para permitir su análisis y reinterpretación.

Ahora, por primera vez, tres arquitectos mexicanos explican las ideas detrás de su estructura con una exposición inaugurada recientemente que estará abierta hasta finales de octubre.

“Casa Manifiesto”, la exhibición de Lucía Villers, Juan José Kochen y Alberto Odériz, nació de una investigación cuya finalidad era indagar en los orígenes del movimiento moderno en México y los argumentos que fundamentaron los proyectos arquitectónicos de aquella corriente.

“Nuestro eslogan es ‘La arquitectura no es inocente’ porque aquí nada es fortuito; hay un contenido ideológico detrás de cada forma”, dice Villers sobre la muestra.

La casa se visita con un mapa en la mano. El documento repara en ventanas, muros, macetas y focos. Todos los objetos tienen una etiqueta que profundiza en su significado y corresponde a una de las ocho categorías que —según Villers, Koche y Odériz— identifican a la arquitectura moderna. Para crear este catálogo revisaron archivos y definieron los factores que transformaron el modo de entender algo tan simple como el marco de una puerta o un jardín.

“Esta arquitectura buscaba hacer una sociedad; era la búsqueda de lograr un cambio total”, explica Villers.

La casa se ubica en San Ángel, un barrio sureño de la capital mexicana donde proliferan mansiones con bardas de piedra, herrería artesanal y otros elementos de estilo neoclásico. La obra de O’Gorman, en cambio, parece un edificio en carne viva: tres columnas delgadísimas emergen del suelo —obra del demonio, pensaba la gente que caminaba por ahí— y para revestirla no hay columnas dóricas, aplanados rugosos ni escaleras con barandales.

Mientras otros arquitectos daban por sentada la decoración, para O’Gorman era un disfraz innecesario. “La vivienda para el mínimo nivel de vida”, reflexionaba el arquitecto, y por eso no cimentó una casa sino una ideología.

La casa no es una casa: es un manifiesto.

¿Qué reclama una vivienda? ¿Qué la define como un espacio eficiente y útil? Según el funcionalismo, si las necesidades cambian los métodos constructivos también deben hacerlo. Las primeras chozas y cabañas cumplían la finalidad de proteger al hombre de la naturaleza o sus enemigos, pero nuestra manera de vivir ha cambiado: hoy nadie ocuparía una muralla de roca afuera de su hogar para protegerse de una invasión.

La casa que O’Gorman construyó cuando apenas tenía 24 años materializa las ideas de Le Corbusier, el teórico moderno y arquitecto francosuizo cuya obra es considerada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Según estableció, la revolución industrial reclamaba la muerte de la artesanía para dar paso a lo racional. Las viviendas, en consecuencia, debían transformarse en objetos meramente útiles cuyas piezas pudieran prefabricarse para facilitar su construcción.

Las casas, decía Le Corbusier, debían ser “máquinas para habitar”.

Para aterrizar estos conceptos y edificar la que se considera la primera muestra de arquitectura funcionalista en México, O’Gorman usó su casa como un laboratorio para experimentar. Aunque no era la costumbre en aquellos años, se atrevió a ignorar el bronce, mármol y los cristales biselados para inclinarse por la losa sin labrar, trabes y apagadores que exhiben su cableado. Trazó habitaciones de uno por dos, porque para dormir solo se necesita una cama. Montó clósets empotrados, porque los muebles son caros, estorban y requieren limpieza. Y para el estudio diseñó ventanales que se abren y cierran como un biombo para crear un vínculo entre el interior y el exterior.

Su audacia no fue bien recibida. Algunos dicen que O’Gorman le ofreció la casa a su padre, pero alegando su similitud con una vivienda obrera, éste la rechazó. Luego, cuando trató de rentarla, los inquilinos potenciales la encontraron siniestra y desagradable, por lo que pasaron años antes de que alguien aceptara ocuparla. Más tarde, un vecino mandó tallar unas nalgas de piedra en su fachada, con vista a la construcción, para expresar abiertamente su desdén.

La vivienda como discurso, no obstante, sí sedujo a Diego Rivera, quien transmitía pronunciamientos sociales a través de sus murales. Solo después de ver la casa de O’Gorman aceptó que el hogar que compartiría con Frida Kahlo fuera construido bajo los mismos principios.

La empatía surgió porque Rivera era comunista y la obra de O’Gorman apelaba a una arquitectura internacional: el concreto sin pintar, las ventanas metálicas y los muros de tabique no son lujos ni elementos excluyentes, sino materiales funcionales al servicio de cualquiera.

Paradójicamente, la historia de la casa era poco conocida —casi un secreto entre arquitectos—, y por eso los tres mexicanos detrás de “Casa Manifiesto” decidieron contarla a través de su exposición.

A 90 años de haber sido edificada, la Casa O’Gorman sigue en pie —un cubo solitario rodeado por cactus en una esquina de San Ángel— y mantiene vigente la pregunta que hacía reflexionar a su creador: ¿No es acaso la arquitectura un problema de todos los hombres?

(AP Foto/Marco Ugarte)