El viaje que no ha sido

paris-in-winter-bigTendrían que ser las dos de la tarde a las afueras de un café en esa ciudad que nunca has visto. Los techos en forma de trapecio se verían más azules bajo el manto plomizo del cielo y tus labios se congelarían al tocar los míos. El viento atravesaría el tejido de tu abrigo y sólo entonces, cuando te sintiera cerca de arrepentirte de haber cruzado un océano conmigo, te pediría un poco de fe: “No hay nada más hermoso que París en invierno, ya verás”.

Reirías como en mis sueños —como siempre— y me tomarías de la mano antes de dar la vuelta y volver a caminar. Escucharías mi risa tras de ti. Harías una pausa para quitarte la bufanda de la cara y decir cuánto me quieres besar.    

Tendrías que disculparme. Ya ha pasado más de medio día pero para nosotros apenas inicia. Diez horas de vuelo, dos de trayecto al hotel en Avenue George V y una madrugada bajo las sábanas blancas. Por la mañana, la luz fría y una cortina transparente. París es una postal perfecta desde nuestro balcón a dos cuadras de Champs-Élysées. ¿Para qué salir?

Por fin tú y yo; por fin París. ¿Ahora lo ves? Algo tiene esta ciudad. Parece que ha existido desde siempre —inmensa y elegante— y aún sin haberla visto antes uno siente que ya ha estado aquí. Por eso —pensaría mientras duermes sin que sientas mis caricias— no hay prisa. Como siempre entre tus brazos el reloj se ha detenido. Afuera seguiría el arte, las fuentes, los adoquines y los árboles que ya han perdido sus hojas. Adentro estaríamos nosotros y no haría falta nada más.

Tendrías que preguntarme la historia del café y yo te la contaría minutos antes de llegar, abrazada a ti, frente a extraños despeinados y gruñones en un vagón bajo la tierra. ¿No sería maravilloso? Tú y yo en el metro de París. Línea amarilla, estación George V, y siete paradas hasta Chatelet. Cambio a línea magenta y cuatro pausas más hasta Saint-Germain-des-Prés. A la salida, la tarde gélida y el Café de Flore.

Mira las paredes amarillas, los sillones rojos, los ventanales bajo la carpa con su nombre y la mesita donde apenas cabríamos uno frente al otro. ¿No amas el art decó? Mira esa esquina. Ahí, dicen algunos, estuvo André Bretón. Dadaísmo, surrealismo y más. Mira hacia acá. Dicen que aquí venía Picasso, pero a mí —que soy romántica— me emociona más pensar en Sartre y Simone de Beauvoir.

¿Ya te enamoraste? Hace más de un siglo que abrió sus puertas desde la esquina del boulevard y ahora estamos aquí: yo abriendo el menú con angustia para saber si ofrecen té —nunca he pedido más que chocolate y café— y tú escuchándome hablar muy rápido sin dejar de mirarme y sonreír.

Tendrías que confiar en mí. De vuelta a la calle habría opciones infinitas —¿Montparnasse, Montmartre, Le Marais?— pero lo que estarías por conocer sería el París de mis ojos: lo que he visto, lo que he amado, lo que me ha hecho feliz.

A pie desde el café alcanzaríamos el Sena. He cruzado esas calles muchas veces y sin embargo no podría decirte el tiempo que nos tomaría llegar. Cuando camino por París estoy como dormida; sin planes, sin pensar, sin tiempo y —hasta ahora— sin ti. Tomados de la mano te diría que me gusta bordear el río porque su cauce —grisáceo en invierno y turquesa en verano— abraza museos, jardines y casas y así me hace pensar que el abrazo también pasa por mí.

De pronto, el fin de una avenida. Ahí está. ¿Lo ves? El Sena es un titán de agua color plata frente al Louvre, donde alguna vez vivió un rey. Lo sé. Es tan bello, tan fascinante, tan perfecto que el aire no alcanza en los pulmones y se eriza la piel. Yo siento lo mismo una y otra vez cuando lo vuelvo a encontrar.

Tendrías que besarme. De pie en medio del Pont des Arts —donde nunca he dejado un candado— tendrías que sentir tu cuerpo junto al mío; saber que no miento cuando digo que te quiero. Besos y fotos. Silencios. Luego hablaríamos de Rayuela. ¿Recuerdas? La Maga y Oliveira se encontraban aquí. Cortázar otra vez; ahora con nosotros en París.

La Torre a la izquierda y Notre Dame a la derecha. ¿Adónde querrías ir? Adónde sea; juntos adónde sea. Giraríamos a contrarreloj porque me crees: la catedral es más hermosa de noche y faltarían varias horas para que la luz se extinguiera por completo del cielo.

Pont du Carrousel. Pont Royale. Pont de la Concorde.

Uno más y estaríamos ahí. El Pont Alexandre III es el más lindo de París y bajo sus columnas y estatuas doradas hay un punto en el que suelo detenerme y girar para tratar de verlo todo y sentir que en el planeta no hay sitio más hermoso que éste. Atrás, a la izquierda, el Musée d’Orsay y los óleos de Renoir, Monet, Manet. A un costado, el Grand Palais; su fachada labrada, sus vidrieras monumentales, la Belle Époque. Al frente, a lo lejos, Eiffel. ¿A cuántos enamorados como nosotros habrá visto sonreír?

Faltaría mucho por ver, pero al tratar de decidir hacia dónde continuar encontraría tus ojos y dejaría de pensar. Como hace unos instantes, como siempre, no habría más mundo que el que encuentro en ti.

¿Y el invierno? Te tengo tan cerca que ya no siento frío.

De puntillas, mis brazos alrededor de tu cuello, dejaría de estar en París y el mundo sólo existiría en tus besos.

19 de septiembre

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Han pasado algunos días y lo único que recuerdo con claridad es el parpadeo frenético que me entorpecía la vista pero era incontrolable, como un acto reflejo de mi cuerpo para tratar de entender.

No sé si alguien podría describir con precisión lo que siente durante un terremoto. Yo creo que desde afuera, a la distancia, debí de parecer un animal insulso; una bestia cuyo instinto le sugiere paralizarse con la esperanza de pasar desapercibida ante las fauces que amenazan con tragarla.

Poco después del sismo, un arquitecto me dijo que una torre de oficinas como la mía —nueva, metálica, de más de quince pisos— suele pendular entre tres y cinco metros mientras el suelo se agita. Esto previene un derrumbe pero la sacudida es tan violenta que la gente al interior tiene la sensación de que el edificio se desplomará como un árbol al tumbarse de costado exhibiendo sus raíces.

Dudo que haya un desconcierto más súbito que aquel que turba nuestro cuerpo cuando la Tierra se mueve. Por alguna razón, recordarlo me avergüenza: vuelvo a ese martes a la una y cuarto de la tarde y ahí estoy otra vez, inclinada hacia adelante y con las piernas medio abiertas —torpe como patinadora que nunca se ha deslizado por el hielo— para tratar de mantener el equilibrio y no caer. Los dientes apretados, las manos aferradas a la mesa, el maldito parpadeo.

Tampoco sé si todos reaccionamos del mismo modo cuando algún impulso inexplicable nos atiza con la certeza de que la vida se extingue. Yo, en mi parálisis, buscaba las miradas de los otros.

“¿Me voy a morir?”. Así, en singular.

Nadie llama a un familiar para preguntar cómo se encuentra mientras el suelo convulsiona. Eso viene después. Durante un terremoto pasan muchas cosas —nuestras lámparas se mecen con furia, se quiebran ventanas, caen con ruido seco algunos muebles sobre el piso— pero cuando esos segundos dilatados se dispersan y se estiran y no acaban —“está temblando”, “está temblando”, “está temblando”— lo que nos desborda es el desamparo de sabernos vulnerables y solos.

Desde que dejó de temblar me he preguntado una y otra vez por qué me quedé inmóvil pero aún no lo sé. Cada piel se estremece a su manera. Unos corren y otros lloran o se abrazan; yo me petrifiqué. Por algún motivo, el horror de no poder frenar ese maldito balanceo fue tan inmenso, tan opresivo, que no pude mover más que los párpados. “¿Así se acaba todo?”, pensaba asaltada por el vértigo.

A la 1:13pm tenía un nombre. Era escritora. De lunes a viernes, editora en una agencia internacional de noticias. Dos días a la semana, de siete a nueve, maestra de prepa. Tenía un marido y un perro. Amigos. Había un café sobre el escritorio, un auto en el estacionamiento, un iPhone en mi mano. Tenía todo y un minuto después, nada. Era carne tambaleante y enferma.

Quienes estuvimos aquí, en México, nunca vamos a olvidar. Recordarlo —hablarlo— es casi una terapia. Un alivio. La Tierra nos rompió.

Nuestros edificios siguen caídos. Nuestros amigos y familiares, temerosos y tristes. Muchos —demasiados— lo perdieron todo.

El dolor ya no está en los ojos de todos, pero algunos todavía salimos a la calle con angustia. A veces aún miramos hacia arriba —los edificios siguen agrietados— y a veces hacia abajo, tal vez en busca de lo que fuimos y que ese mismo suelo dislocó.

A veces no hay nada, pero otros días, como hoy, nos levantamos más tarde que de costumbre. Cantamos en la regadera, reímos y salimos a comprar comida china. Tenemos tiempo libre y escribimos. Nos abrazamos más fuerte por las noches. Recordamos. Sanamos.

Para algunos la Tierra no ha dejado de moverse, pero estamos vivos. Seguimos aquí.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

 

¿A quién salvó Frida, la heroína de los perros rescatistas?

Mexico Quake Rescue Dog

Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Podría ser un miércoles cualquiera para la treintena de periodistas que esperan fotografiar a una celebridad bajo el cielo nublado, pero la estrella del momento no se dedica al cine sino a meter sus narices húmedas bajo edificios derrumbados y ladrar cuando su instinto le dicta que está cerca de un cuerpo que aún respira.

Frida se pasea ante las cámaras con gracia y ligereza. Hoy es su día libre y está de vuelta en casa para descansar y continuar con sus entrenamientos, pero la semana pasada tuvo tiempo de sobra para ganar miles de admiradores en redes sociales y apoyar a cuerpos de rescate especializados en estructuras colapsadas.

La coqueta labradora retriever es, junto con dos pastores belga malinois, parte de la unidad canina de la Secretaría de Marina de México y desde el 19 de septiembre los tres han buscado sobrevivientes del terremoto de 7,1 grados que sacudió el centro del país y dejó más de 340 fallecidos.

En su carrera de más de seis años ha ayudado a encontrar 53 personas en medio de construcciones derruidas dentro y fuera de México, 12 de ellas con vida. Y aunque no halló ningún cuerpo tras el reciente sismo, eso es lo de menos.

En medio de una de las peores tragedias en la historia reciente de México, Frida —ocho años, treinta kilos, “trending topic” mundial— pasó de ser sólo un perro rescatista de las fuerzas armadas mexicanas a un símbolo de esperanza nacional.

“En términos sociales, esta perrita funcionó como un objeto transicional”, dijo a The Associated Press Fátima Laborda, psicoanalista y directora de Casa Grana, una clínica privada de atención psicológica en la capital mexicana. “Quizá no nos ayudó en nada real o concreto —es decir, no rescató a nadie— pero nos dio la posibilidad de sentir que había esperanza y que había cosas en las que nos podía ayudar”.

Las miradas dentro y fuera del país se posaron en la labradora casi al mismo tiempo que los mexicanos veían cómo se derrumbaba otro símbolo de ilusión, con el mismo nombre, pero que nunca existió: dos días después de que las autoridades dijeran que buscaban bajo los escombros de una escuela a una niña, “Frida Sofía”, la Secretaría de Marina anunció que no había ninguna menor ahí.

Según Laborda, ante situaciones extremas como un terremoto o una guerra, los afectados suelen buscar refugio y contención en algo real o simbólico para tratar de recuperar la confianza y seguridad.

“Yo me puedo sentir contenida por un rescatista que efectivamente está quitando piedras y por ende me va a ayudar a resolver mi problema de manera real”, dijo. “Pero también me puedo sentir apoyada por el mero hecho de ver gente en la calle, porque así siento la solidaridad de los demás y eso es simbólico, así que también me puede proveer alivio psicológico”.

Frida no necesita mucho para seducir. Posa ante las cámaras de iPhone, te pasa la lengua por la cara si tienes la suerte de acercarte a ella y zigzaguea entre pilas de escombros como si fuera la heroica mascota de Indiana Jones.

Frida ha participado en operaciones de rescate tras desastres naturales como los terremotos de Haití en 2010 y Ecuador en 2016, pero su fama se disparó dos días después del 19 de septiembre, cuando la Marina publicó un video en su cuenta de Twitter y que a la fecha tiene más de mil comentarios, 35.000 retuits y 67.000 likes.

“Mírale sus zapatitos” y “Quiero una #Frida en mi vida”, se lee en algunas reacciones.

Poco después, Los Simpson la homenajearon con un dibujo animado, estrellas hollywoodenses como Chris Evans —Capitán América— posteaban “¿Qué hicimos para merecer a los perros?” y grupos de mujeres tejedoras en Facebook se ofrecieron a crear diseños inspirados en ella para apoyar con las ganancias a los afectados por el sismo.

“Pareciera que (Frida) nos llevó a todos a un mismo camino, porque representa una figura de bondad absoluta, de cuidado del otro y un lugar de dónde asirnos para pensar que podemos salir de esta situación”, explicó Laborda acerca del fenómeno mediático que esta labradora desató.

Nadie se resiste al encanto de Frida. Sus dos manejadores, como la Marina se refiere a los encargados de su entrenamiento y cuidado, sonríen cuando la miran y premian las respuestas a sus indicaciones con caricias.

Emmanuel Hernández, cabo de infantería que ha trabajado con ella desde hace más de dos años, dijo que desde pequeña fue elegida como rescatista por sus cualidades. Como todo can dedicado a la búsqueda bajo derrumbes, debe ser dócil, tener instinto de rastreo y olfatear todo.

A su lado, Frida —ahora uniformada— se deja acariciar y fotografiar por la prensa. Luce botitas de neopreno para evitar resbalarse y sortear escombros sin cortarse las patas, un arnés para sujetarse en caso de que entre a un espacio confinado y gogles que protegen sus ojos de agentes químicos e infecciones.

Algunos periodistas y redes sociales han publicado que la pequeña rescatista podría retirarse el año entrante, pero su manejador desmiente el rumor: aunque Frida es un perro maduro, aún es hábil y puede trabajar. Si acaso, modificará sus actividades y en vez de encabezar las búsquedas se convertirá en “perro de confirmación”, es decir, una especie de mentora de los más recientes integrantes del equipo: Eco y Evil, dos pastores belgas de año y medio que ya trabajaron con ella en Juchitán, Oaxaca, tras el sismo de 8,1 grados del 7 de septiembre.

¿Y después? “Cuando cumplen su tiempo de trabajo, los perros se dan en adopción a personal de la armada”, dice Hernández. “Y si alguien me preguntara si quisiera llevarme a Frida diría que sí, pero tendremos Frida para mucho tiempo todavía”.

(AP Foto/Rebecca Blackwell)

Voluntarios a la caza de daños tras sismo en México

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Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — El arquitecto es comprensivo y paciente. Más que un experto en construcciones parece un médico en una consulta a domicilio: inspeccionar un edificio, dice, es como diagnosticar un cuerpo humano.

Doce inquilinos lo escuchan con zozobra como si fueran familiares de un enfermo a las afueras de un quirófano. Es viernes y aún no se reponen del pánico que sintieron tres días atrás, cuando el sismo más letal que ha golpeado a México en los últimos treinta años cimbró la tierra y dejó grietas, vidrios rotos y sus pertenencias regadas por el suelo en las oficinas a las que solían ir a trabajar todos los días.

Un sismo es como un cuchillo, les explica el arquitecto mexicano Víctor Márquez, y dictaminar el daño que hace a un edificio es como identificar qué tan profundo penetró el filo en la piel.

A simple vista, el deterioro parece grave. Aunque la fachada no muestra signos de fragilidad, en algunos de los 28 departamentos se observan grietas profundas en el aplanado de las escaleras, vitrinas quebradas y muebles fuera de lugar.

Márquez es uno de varios expertos que ofrecen sus servicios de manera gratuita para evaluar estructuras resentidas por el temblor de 7,1 grados que el 19 de septiembre sacudió el centro del país. Autoridades ofrecen la misma ayuda, pero el número de peticiones para la revisión de inmuebles se ha desbordado y el voluntariado se ha convertido en una solución eficaz.

Apenas inicia su segundo día de trabajo y va acompañado de Gabriel Martínez. Ambos forman parte de “Salva tu casa”, una plataforma colaborativa creada un día después del sismo para enlazar a un grupo de arquitectos e ingenieros con ciudadanos temerosos de que su vivienda u oficina se haya vuelto inhabitable a causa del terremoto.

Mientras ellos y otros especialistas recorren calles y edificios de la capital mexicana, los fundadores del proyecto permanecen en el centro de control: una casa de dos pisos en la colonia Roma Norte —una de las más afectadas por el terremoto que hasta el momento ha dejado 305 muertos y más de 2.000 heridos— donde cuatro amigos de distintas profesiones coordinan a cientos de voluntarios que han puesto en pausa sus vidas para ayudar.

Las autoridades locales han informado que desde el sismo se han derrumbado al menos 38 estructuras, pero el movimiento telúrico del martes dejó otras miles de viviendas vulnerables. El gobierno capitalino refirió el viernes que desde el temblor ha recibido casi 4.000 reportes de personas que solicitan la inspección de sus inmuebles, pero no hay brigadistas ni horas en el día que alcancen para responder a la velocidad esperada: a pesar de contar con 3.600 expertos, sólo han logrado revisar poco más de dos mil.

“Salva tu casa” se volvió operacional la noche del miércoles y hasta ahora ha registrado unos 400 voluntarios y casi 1.400 viviendas que requieren supervisión, de las cuales han tenido oportunidad de evaluar una veintena.

Antonio Aldana es un arquitecto de 28 años que se enteró de la existencia de la plataforma a través de Facebook. Dice que intentó apoyar a las víctimas del terremoto desde la mañana posterior al sismo como brigadista en la colonia Narvarte, pero la tarea de remover escombros con picos y palas rápidamente se saturó. “Igual ayudo más con la cédula que con las manos”, se dijo, y empezó a buscar alternativas que le permitieran brindar apoyo desde su especialidad.

“En una situación de crisis como ésta no hay profesión inútil”, asegura.

Antes de iniciar su primer día de inspecciones como voluntario, recibirá media hora de capacitación. Al frente del grupo de unos nueve especialistas que no parecen rebasar los 30 años les espera Márquez, el arquitecto que disecciona edificios como cuerpos humanos, para instruirles en los aspectos fundamentales que no pueden pasar por alto durante su evaluación.

Un edificio se divide por tercios de abajo hacia arriba, les explica, y los daños estructurales en la planta baja son los que representan mayor riesgo. De este modo, sostiene, sabrán calificar la estructura de acuerdo a un semáforo —verde para riesgo bajo, amarillo para medio y rojo para alto— y sugerir a la gente si puede continuar habitando el lugar o si debería desalojar.

Sus nuevos discípulos lo miran con admiración, toman nota, preguntan inquietudes y luego salen en grupos de tres o cuatro a trabajar.

Márquez y su colega son dos de los arquitectos con mayor experiencia en “Salva tu casa”. Ellos, junto a un grupo reducido de especialistas, serán quienes al final de la jornada retomarán los informes de los voluntarios más jóvenes para realizar una evaluación final, emitir una sugerencia a quienes hayan solicitado sus servicios y dejar la información a disposición del gobierno para actuar a su consideración.

Los doce inquilinos del edificio que revisan el viernes en la calle de Manzanillo, en la misma colonia Roma, esperan a Márquez con ojos de angustia desde la acera. Aunque varios de ellos buscaron otras opiniones expertas, incluso en el gobierno, “Salva tu casa” fue el primero en responder.

Hay grietas profundas al interior y al exterior —explican después de saludarlo— y les preocupa que su patrimonio se derrumbe.

Calma, dice el arquitecto, vamos a ver.

Márquez palpa los muros, trepa a una reja, espía por debajo de los techos y después de unos minutos sonríe casi con ternura. “Esto era de esperarse”, asegura mientras desprende un trozo ancho de aplanado de una pared.

“El yeso es muy escandaloso, es el falso síntoma”, dice aún sonriente y su auditorio respira con alivio.

La visita a este edificio de siete plantas debería durar unos veinte o treinta minutos, pero se prolonga por casi una hora. Aunque Márquez asegura que no hay de qué preocuparse porque el daño es superficial —los efectos del terremoto se quedaron en la piel, sin llegar al hueso— atiende a toda preocupación. Asegura, una y otra vez, que las grietas que los inquilinos le muestran son “escandalosas”, pero no estructurales; que las columnas podrían resistir otro embate de la tierra y que tras una reparación de acabados y superficies no hay por qué temer.

“Consultar a un experto después de un sismo es indispensable porque sabe buscar lo que la gente no especializada no puede ver”, dice a los inquilinos que ahora respiran sin agobio. “El arquitecto identifica al enemigo silencioso, los daños no aparentes”.

Agradecidos y sonrientes, todos le dan la mano antes de volver a entrar.

Un edificio presenta síntomas, dice Márquez al despedirse, y para evaluarlos un arquitecto necesita de sus habitantes como un médico de sus pacientes.

(AP Foto/Marco Ugarte)

La arquitectura no es inocente: la Casa O’Gorman en México

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Originalmente publicado en The Associated Press, septiembre 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Decían que el diablo habitaba esta casa, a solo unos pasos del estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo en la Ciudad de México.

Exenta de ornamentos y materiales de construcción utilizados a principios del siglo XX, sus dos pisos de vidrio, metal y concreto provocaban desprecio entre los vecinos. Frente a la valla de cactáceas que aún la rodean no parecía una casa, sino el esqueleto de un cubo: al dejar sus columnas y tuberías expuestas a la vista de cualquiera era como si Juan O’Gorman, el arquitecto mexicano que la construyó entre 1929 y 1931, la hubiera concebido desnuda para manifestar que la belleza de sus partes residía en su sencillez.

La casa está a espaldas del Museo Casa Estudio de Rivera y Kahlo, otra obra de O’Gorman con frecuencia visitada por turistas y locales. Sin embargo, por años fue propiedad de un particular, estaba deteriorada y tenía poca visibilidad. No fue sino hasta el 2012, tras ser adquirida y restaurada por el gobierno, que abrió sus puertas al público para permitir su análisis y reinterpretación.

Ahora, por primera vez, tres arquitectos mexicanos explican las ideas detrás de su estructura con una exposición inaugurada recientemente que estará abierta hasta finales de octubre.

“Casa Manifiesto”, la exhibición de Lucía Villers, Juan José Kochen y Alberto Odériz, nació de una investigación cuya finalidad era indagar en los orígenes del movimiento moderno en México y los argumentos que fundamentaron los proyectos arquitectónicos de aquella corriente.

“Nuestro eslogan es ‘La arquitectura no es inocente’ porque aquí nada es fortuito; hay un contenido ideológico detrás de cada forma”, dice Villers sobre la muestra.

La casa se visita con un mapa en la mano. El documento repara en ventanas, muros, macetas y focos. Todos los objetos tienen una etiqueta que profundiza en su significado y corresponde a una de las ocho categorías que —según Villers, Koche y Odériz— identifican a la arquitectura moderna. Para crear este catálogo revisaron archivos y definieron los factores que transformaron el modo de entender algo tan simple como el marco de una puerta o un jardín.

“Esta arquitectura buscaba hacer una sociedad; era la búsqueda de lograr un cambio total”, explica Villers.

La casa se ubica en San Ángel, un barrio sureño de la capital mexicana donde proliferan mansiones con bardas de piedra, herrería artesanal y otros elementos de estilo neoclásico. La obra de O’Gorman, en cambio, parece un edificio en carne viva: tres columnas delgadísimas emergen del suelo —obra del demonio, pensaba la gente que caminaba por ahí— y para revestirla no hay columnas dóricas, aplanados rugosos ni escaleras con barandales.

Mientras otros arquitectos daban por sentada la decoración, para O’Gorman era un disfraz innecesario. “La vivienda para el mínimo nivel de vida”, reflexionaba el arquitecto, y por eso no cimentó una casa sino una ideología.

La casa no es una casa: es un manifiesto.

¿Qué reclama una vivienda? ¿Qué la define como un espacio eficiente y útil? Según el funcionalismo, si las necesidades cambian los métodos constructivos también deben hacerlo. Las primeras chozas y cabañas cumplían la finalidad de proteger al hombre de la naturaleza o sus enemigos, pero nuestra manera de vivir ha cambiado: hoy nadie ocuparía una muralla de roca afuera de su hogar para protegerse de una invasión.

La casa que O’Gorman construyó cuando apenas tenía 24 años materializa las ideas de Le Corbusier, el teórico moderno y arquitecto francosuizo cuya obra es considerada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Según estableció, la revolución industrial reclamaba la muerte de la artesanía para dar paso a lo racional. Las viviendas, en consecuencia, debían transformarse en objetos meramente útiles cuyas piezas pudieran prefabricarse para facilitar su construcción.

Las casas, decía Le Corbusier, debían ser “máquinas para habitar”.

Para aterrizar estos conceptos y edificar la que se considera la primera muestra de arquitectura funcionalista en México, O’Gorman usó su casa como un laboratorio para experimentar. Aunque no era la costumbre en aquellos años, se atrevió a ignorar el bronce, mármol y los cristales biselados para inclinarse por la losa sin labrar, trabes y apagadores que exhiben su cableado. Trazó habitaciones de uno por dos, porque para dormir solo se necesita una cama. Montó clósets empotrados, porque los muebles son caros, estorban y requieren limpieza. Y para el estudio diseñó ventanales que se abren y cierran como un biombo para crear un vínculo entre el interior y el exterior.

Su audacia no fue bien recibida. Algunos dicen que O’Gorman le ofreció la casa a su padre, pero alegando su similitud con una vivienda obrera, éste la rechazó. Luego, cuando trató de rentarla, los inquilinos potenciales la encontraron siniestra y desagradable, por lo que pasaron años antes de que alguien aceptara ocuparla. Más tarde, un vecino mandó tallar unas nalgas de piedra en su fachada, con vista a la construcción, para expresar abiertamente su desdén.

La vivienda como discurso, no obstante, sí sedujo a Diego Rivera, quien transmitía pronunciamientos sociales a través de sus murales. Solo después de ver la casa de O’Gorman aceptó que el hogar que compartiría con Frida Kahlo fuera construido bajo los mismos principios.

La empatía surgió porque Rivera era comunista y la obra de O’Gorman apelaba a una arquitectura internacional: el concreto sin pintar, las ventanas metálicas y los muros de tabique no son lujos ni elementos excluyentes, sino materiales funcionales al servicio de cualquiera.

Paradójicamente, la historia de la casa era poco conocida —casi un secreto entre arquitectos—, y por eso los tres mexicanos detrás de “Casa Manifiesto” decidieron contarla a través de su exposición.

A 90 años de haber sido edificada, la Casa O’Gorman sigue en pie —un cubo solitario rodeado por cactus en una esquina de San Ángel— y mantiene vigente la pregunta que hacía reflexionar a su creador: ¿No es acaso la arquitectura un problema de todos los hombres?

(AP Foto/Marco Ugarte)

Maestra japonesa de danza butoh se inspira en García Márquez

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Originalmente publicado en The Associated Press, julio 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Cuando el cuerpo está inmóvil, encogido sobre el escenario, parece un pájaro herido: las extremidades son finas, la piel casi traslúcida, la cara oculta bajo una máscara de malla. Podría estar congelado en el tiempo y el espacio, pero entonces la maestra Yumiko Yoshioka levanta el torso, se lleva las manos a la cabeza y el cuerpo crece frente a su sombra, se hincha de músculos y estalla junto con la música que simula lluvia.

La última nota se apaga y el ruido de la lluvia real se filtra hasta el auditorio donde Yoshioka presenta ante periodistas su nueva pieza de danza butoh, una puesta en escena inspirada en “Cien años de soledad”, la obra magna de Gabriel García Márquez que recientemente cumplió medio siglo de publicada.

El butoh y “Cien años luz de soledad”, la coreografía que Yoshioka estrena el martes en el Teatro de la Danza en la Ciudad de México, tienen un origen común: la representación de un cuerpo nuevo.

El butoh nació de la guerra. A fines de los años 50, los japoneses Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata crearon una serie de coreografías inspiradas en el dolor de su país. A través del baile, pensaban, quizá sería posible recuperar un poco de esos cuerpos que las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki redujeron a cenizas.

El fin de la violencia no es el fin de la memoria. Para 1959, cuando el butoh de Ohno y Hijikata cobró vida bajo sus primeros reflectores, habían pasado casi 15 años desde los bombardeos, pero Japón seguía fracturado. El butoh, en consecuencia, es una danza que conduce a bailarines y espectadores a través de las tinieblas.

“No es una terapia, pero sí puede rescatarnos”, dice la maestra Yoshioka, quien actualmente vive en Alemania pero con frecuencia viaja por otros países de Europa y América Latina para presentar coreografías y ofrecer clases magistrales. “Puede levantarnos o permitirnos descender hacia la oscuridad. Para mí es como atravesar un túnel muy largo y oscuro hasta que logro ver una luz”.

La belleza del butoh no es tradicional. Los artistas suelen salir a escena con la cabeza rasurada, garras en lugar de manos y un vestuario que emula un cuerpo deforme o lacerado. Con frecuencia sus ojos están desorbitados y la boca descompuesta en muecas. La experiencia puede ser grotesca y cruda. Como todo lo monstruoso, oscila entre lo desconcertante y lo conmovedor.

La nueva coreografía de Yumiko Yoshioka nos cuestiona. ¿Podemos vivir solos? ¿Cómo sabemos que estamos vivos si no hay nadie que sea testigo de nuestra existencia?

Tomando “Cien años de soledad” como punto de partida, la artista originaria de Tokio concibió a una criatura solitaria. Su pieza no reinterpreta la trama de la novela que entreteje fantasía y realidad en las historias de la familia Buendía, en el pueblo ficticio de Macondo, sino el impacto que generaron en ella aquellos personajes “extraños”, capaces de desarrollar sus propias vidas y singularidad. “En ese mundo tan peculiar que describe García Márquez, todos son aceptados tal y como son”, dice.

Aunque sus piezas no tienen un mensaje político —a diferencia de las puestas en escena de otros bailarines de butoh en naciones como Chile o Argentina, según refiere—, sí alumbran malestares y tristezas: nuestro mundo es frágil, violento y con frecuencia olvidamos que se nutre de las diferencias entre individuos. “Para unirnos es importante sentirnos solos y encontrar lo que nos hace únicos. Es una especie de juego. La soledad nos unifica y desde ese lugar podemos aceptar la unicidad de los demás incluso viviendo en sociedad”, explica.

Yoshioka habla muy bajo y sin prisa. De pronto calla y su mirada cae al piso como una luz que se suaviza; el espacio sin su voz surte el mismo efecto que su cuerpo inmóvil bajo el marco del telón. “El silencio también es música; la falta de movimiento es movimiento. Cuando la gente lo nota”, dice, “siente algo ante esa carencia”.

A Yoshioka le cuesta definir el butoh y el modo en que esta danza ha transformado su vida. Sin embargo, tiene claro que la seduce por su capacidad de tocar algo dentro de nosotros: “Es algo hermoso para mí. No solo se trata de la belleza del movimiento, sino de que pueda mover algo en nuestro corazón”.

El butoh sigue vigente porque renace en cada cuerpo que danza y articula una coreografía. Es metamorfosis, cambio, movimiento. “Es una danza de la transformación”, señala la maestra. “No solo transforma lo físico, sino también nuestro punto de vista y nuestra manera de pensar”.

Para Yumiko Yoshioka también es un misterio. “Hay presentaciones memorables en las que dejo de pensar y no necesito saber cuál es el siguiente paso”. Y entonces, dice, el butoh vuelve a ser ese viaje que nunca termina y su cuerpo es libre de moverse bajo la guía de algo que no logra comprender.

La tribu: retratos de la Cuba cotidiana de un joven cronista

Originalmente publicado en The Associated Press, junio 2017 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Carlos Manuel Álvarez echa sus delgadísimos brazos al frente —como haría un pescador— para explicar la estructura de su segundo libro. Antes de elegir a los personajes que perfila en “La tribu”, dice, se imaginó a sí mismo lanzando un anzuelo al agua para preguntarse qué es lo que cada uno le permitiría iluminar sobre su país.

“Diecisiete textos pueden parecer mucho, pero son 25 años de mi vida en Cuba. Eso es como una bota perdida en medio del mar”, explica el cronista de 27 años en la Ciudad de México, a donde viajó hace unos días para presentar la obra editada y distribuida por Sexto Piso.

A pocos meses de la muerte de Fidel Castro y varios giros en la relación de la isla con Estados Unidos, la Cuba de “La Tribu” no es la que diseccionan los analistas ni las columnas de opinión. “(El libro) es el retrato de una sociedad poco accesible a través de perfiles. (Carlos Manuel) es ese alguien que llegó para contarnos qué pasó con Cuba”, ha dicho el escritor mexicano Emiliano Monge.

El lector reconoce dos nombres en “La tribu”: Fidel y Raúl. El resto es la Cuba anónima: Yorgelis, Idalmis, Amaury, Yurién, Ibelys. Por sí solos no dicen mucho, pero Álvarez les da voz.

“La tribu” tiene un subtítulo: “Retratos de Cuba”. Cada historia y cada personaje dan un pulso particular a los latidos de la isla. En la página 29, el texto sobre José Contreras —pitcher y jugador de los Yankees— traza mucho en muy poco: el aterrizaje del avión de Contreras en La Habana sirve a Álvarez para hablar de leyes migratorias, de béisbol y del contraste entre el cubano que deja a los suyos para buscarse otra vida y el que regresa años después.

“El Contreras de los Yankees es un portento íntegro, una pieza de ébano sin figuras, un cuerpo sin articulaciones ni embates visibles… El Contreras de Cuba, en cambio, muestra la definición de sus partes, es como un juguete ensamblado. Fuerte, sí, pero todavía un boceto. Le faltan luces, glamour, pesas. Uno nota los amarres de los hombros con los brazos, de los brazos con los antebrazos, de los dedos con las uñas, el zurcido de las fibras”.

En la página 85, los habitantes de un basurero bailan en la oscuridad. En la 115, un boxeador que sube a una lancha con destino a Florida termina detenido en Bahamas. En la 131, el hambre feroz y el desconcierto tocan el hombro de los viajeros que no llegan a Estados Unidos por mar, sino por tierra, y pasan por Colombia, Panamá y México. En la 229 hay un poeta.

En “La tribu”, Álvarez no alecciona ni especula. No escribe si la Revolución triunfó o fracasó. No sentencia si el líder fue un héroe o un tirano. Su libro no es una explicación: es un mosaico de ambientes —el aeropuerto, una calle, la orilla del mar—y la historia de un país a través de su gente y lo cotidiano. Es el lado del mundo de un periodista cuyo reporteo inicia en sí mismo.

Un verano de agosto, Álvarez —con su cabello negro, lentes de pasta, cuerpo de alfiler— fue hasta el Malecón “para combatir la melaza romanticona que los malos poetas, los cronistas del noticiero y los trovadores deprimidos han vertido sobre este largo muro que ciñe las carnes de la ciudad”. Y entonces él, cubano, que durante cinco años vivió frente a ese Malecón, deja de ser él —o lo intenta— y sale de sí —o lo intenta— para escribir. Camina, se detiene, se sienta en un borde y escucha a locales y extranjeros. Toma notas. Piensa.

Nosotros, los lectores, espiamos por encima de su hombro. Un italiano critica el comunismo. Una mujer cincuentona se pasa seis horas vendiendo caramelos, palomitas y otras cosas para ganarse “cuatro míseros pesos”. Unos tipos juegan dominó y un grupo de veinteañeros se divierte con un videojuego. Un poco más adelante, alguien habla de béisbol. Luego está la zona de travestis.

La crónica del Malecón inicia a la mitad del libro y quizá es el corazón del mismo. En estas páginas el cemento, la piedra picada, el acero y las vigas del terraplén no solo defienden a la ciudad del agua: son aquello que sostiene “las frustraciones, el ocio, las nostalgias y lo que sea que los habaneros vengan a dirimir al borde del mar”.

Nada en “La tribu” puede interpretarse desde un punto de vista único. Álvarez dice que escribió con la nariz, con los ojos, con el tacto y con todos los sentidos. Lo hizo desde una choza putrefacta cerca de Marianao, desde el Teatro Nacional de La Habana y echado bocarriba sobre el Malecón. Y ahora, desde esos vértices, lanza sus crónicas y perfiles al aire para que cada quién decida qué leer, qué sentir, qué mirar.