Su Tierra los conecta y los hizo corredores: bienvenido al mundo de los maratonistas rarámuri

Originalmente publicado en The Associated Press, junio de 2024 (link aquí)

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CHIHUAHUA, México (AP) – Miguel Lara es hijo de la montaña. Lo lleva en la zancada, la sangre y la historia.

“Tarahumara significa ‘el de los pies ligeros’”, dice el ultramaratonista indígena de 34 años.

A él las carreras de cinco, diez o quince kilómetros no le hacen ni cosquillas. Miguel —ligero— corre cincuenta, cien, ciento sesenta.

Durante cinco, doce o veinte horas, Miguel corre. Despega en soledad, en equipo o con sus hijos. Surca polvo, pendientes y rocas. 

Corre aunque la mente titubee y los calambres fastidien. Resiste como las barrancas al sol en esta tierra escarpada que 56.000 tarahumaras o rarámuris habitan al norte de México.

“Eso es lo que hacemos”, cuenta con cierta timidez. “Mucho antes de que existieran los maratones, los tarahumaras ya venían corriendo”.

En el pueblo de Porochi, donde vive en el estado de Chihuahua, las casitas de madera son tan escasas que parece que cayeron salpicadas desde el cielo. No hay caminos, señal telefónica ni un censo que precise el número de habitantes. Unos 200 o 300, estima la gente de los alrededores. 

“Cuando recién nos casamos, íbamos hasta Urique por la comida”, dice la esposa de Miguel, Maribel Estrada, en la pequeña cabaña que comparte con sus hijos de 3 y 11 años. “Se hacen unas cuatro o cinco horas caminando, pero corriendo un poquito menos, como tres”.

En sus montañas la distancia, la escasez y el aislamiento se combaten trotando. A pie se va de un rancho a otro, a la iglesia, a la escuela y a las contadas tiendas que el progreso ha dejado por aquí y por allá.

“Cuando uno corre, anda a gusto”, dice Maribel, con el pelo negro acomodado en una trenza y los pies sobre sandalias de hule que amarra con tiras de cuero blanco.

Como Miguel y el resto de los corredores rarámuri, corre como le dicta el cuerpo. Sin entrenador, sin calzado deportivo de última generación y sin relojes inteligentes. 

“Correr es parte de la cultura”, dice Miguel. “Yo empecé a ver correr a las personas más grandes. Miraba que aguantaban muchas horas y decía: ‘¿Cómo es que aguantan tantos kilómetros corriendo? ¿A poco yo no podría hacer lo mismo?’”.  

Entre los suyos, correr también es sagrado. Los tarahumaras organizan competencias durante sus ceremonias religiosas. Se agrupan por categorías —hombres, mujeres y niños—, y apuestan ropa, dinero y ganado, lo que despierta en los corredores la responsabilidad de no correr por sí mismos, sino por todos.  

“A eso va uno”, dice Miguel. “Te echas el compromiso de ganar para toda la comunidad”.

En una de estas fiestas —que los tarahumaras llaman Yúmari y se realizó recientemente en el diminuto pueblo de Cuiteco— Evelyn Rascón —13 años, pelo azabache, falda brillante en violeta y verde— era la esperanza de su equipo.

“Empecé a correr desde que entré a la primaria, cuando tenía seis años”, dice con una sonrisa recatada. “Le echaba ganas con mi tía. Ella corría mucho, le gustaba y aprendí a correr con ella”.

Casi con vergüenza, cuenta que en el plano más profesional “sólo” ha corrido medios maratones —21 kilómetros— en “no menos” de hora y media —el promedio difícilmente baja de dos horas— pero añora romper su marca y trabaja duro para lograrlo.

“Si nos mandan por algo, vamos corriendo”, añade. “O camino de aquí a mi casa y, en las subidas, subo corriendo”.

Aunque ella trota con zapatillas de deporte, su madrastra —la corredora más veloz del Yúmari de Cuiteco— aún prefiere el hule y las tiras de cuero.

“Siempre corro con sandalias”, dice Teresa Sánchez, de 31 años. “Me duran tres años. O dos. Depende, pero tienen más solución que los tenis”.  

Teresa recuerda que su madre —corredora, ¿qué más?— fue su primera inspiración, pero ella se hizo de velocidad y resistencia en su convivencia con la sierra. Recorriendo montes, cuidando cosechas, vigilando cabras.  

“La Tierra es nuestra madre porque nos da todo”, dice Candelaria Lechuga, otra indígena presente en el Yúmari. “Todo lo que nos rodea nos conecta con ella: el aire, el sol, los árboles, las plantas. Con eso nos identificamos como rarámuris”.

Ese hilado invisible que entrelaza su vida con su entorno atrae cada vez más atención fuera de México.

Hace un par de décadas, el maratonista estadounidense Michael Randall Hickman —a quien la comunidad llama “Micah”— conoció a algunos atletas rarámuri en una carrera en su país y, tras enamorarse de la cultura, se mudó a la sierra, compartió el resto de su vida con ellos e impulsó a corredores locales a través del Ultramaratón Caballo Blanco.  

“La vida simple, el compartir, son inherentes a la cultura rarámuri”, dice Michael Miller, otro maratonista estadounidense que cayó rendido ante la Tarahumara y trabaja en True Messages, organización que apoya a corredores como Miguel desde el fallecimiento de Micah en 2012.

“Han enfrentado siglos de desafíos —violencia de los cárteles, tala ilegal, sequía— pero siguen aquí y mantienen su conexión con la Tierra”, añade. “Ésa es la sabiduría que los extranjeros tenemos que comprender y apreciar”.

Los hijos de la montaña nunca renunciarán a ella. Cuando Miguel no bate récords en Caballo Blanco o se lleva de calle a corredores extranjeros en pistas pavimentadas lejos de la sierra, trabaja como albañil en construcciones cercanas y se dedica a la siembra de maíz o frijol.

Él no acepta patrocinios ni quiere mudarse. Guarda sus medallas para colocarlas en una segunda habitación que pronto espera añadir a su cabaña y sólo cambia sus sandalias por tenis porque cuando corre grandes distancias —digamos, 100 kilómetros— las correas de cuero se truenan y repararlas lo retrasa en la contienda por la meta.

“Nunca he pensado en irme”, dice. “Los tarahumaras no son de hacer dinero y no estamos acostumbrados a la ciudad. Corremos por gusto, por la emoción de correr”.

Esa primera emoción la sintió a los ocho años —durante unas carreras locales llamadas Rarajípari— y creció con el tiempo, cuando prestó atención al correr de su madre.

“Pienso que de ahí viene, porque mi mamá, desde que era jovencita, corría”, recuerda. “Siempre ganaba y ahí es cuando me empezó a gustar más”.

Ella, cuenta Miguel, fue una suerte de entrenadora que no le indicaba cuánto o cómo correr, sino lo que sentiría. Al principio, le decía, vas a estar bien, pero cuando tengas dos o tres horas corriendo, vas a empezar a tener hambre y sed. Después de unas ocho o nueve horas, te van a empezar a pegar los calambres, pero no les hagas caso, porque si te enfrías, te van a pegar más fuerte.

“Lo que se trata es de aguantar, de terminar, no importa cuántas horas hagas”, dice Miguel.

Los hijos de la montaña se inspiran entre sí. Mario Pérez —25, piel ocre, voz bajita— no tiene padres corredores, pero entrena en las barrancas porque algún día le gustaría ser como Miguel.   

“De hecho, hace poco corrí con él”, dice desde un parque de diversiones en el que trabaja guiando a turistas que escalan la Tarahumara. “Íbamos iguales en la parte de abajo, pero luego él empezó a ir recio y en la subida me dejó atrás”.

Los admiradores más aguerridos de Miguel viven con él y Maribel en su pequeña cabaña de Porochi. Aunque el corredor le dice a sus hijos de 3 y 11 que sean pacientes, que no corran tan chicos para evitar lastimarse, ellos lo ignoran y ponen los pies en polvorosa.

De un tiempo para acá, cuando compite, sus niños lo esperan cerca de la meta. Tan pronto lo ven, se lanzan al galope y la emoción se contagia. Tras ellos despegan sus compañeros de escuela y así, como si fueran un mismo corredor, libran los kilómetros finales con Miguel.

“Les decimos ‘los caballitos’”, dice sonriente. “A veces llegamos a la meta hasta con 20 niños”.

“Me dicen que sienten la emoción y yo les digo que eso está bien», añade. «A lo mejor algún día, si les gusta, ellos podrán ser campeones también”.    

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AP Foto: Eduardo Verdugo

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¿Y nuestro dolor? Sacerdotes y víctimas de violencia en México mantienen reclamo de paz y justicia

Originalmente publicado en The Associated Press, mayo de 2024 (link aquí)

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Una vez que “El Chueco” bajó el arma y la sangre hizo un charco bajo el altar, el sacerdote Jesús Reyes se volvió al asesino de sus dos hermanos jesuitas: “por favor, no te los lleves, déjanos darles sepultura”.

“Yo ya sentía que las balas atravesaban mi cuerpo”, contó desde el mismo templo en el que el estruendo de los tiros le hizo perder un oído.

A casi dos años de los asesinatos de los padres Javier Campos, de 79 años, y Joaquín Mora, de 80, los retratos de sus compañeros acompañan las misas, bautizos y bodas que aún oficia en Cerocahui, un pueblo de un millar de personas abrazadas por la Sierra Tarahumara en el noroeste de México.

El religioso no tiene claro por qué José Portillo Gil, alias “El Chueco”, no lo mató, pero sí sabe por qué ordenó a sus sicarios arrastrar los cadáveres hasta los vehículos que los transportaron a un cerro adonde los abandonaron días después.

Sin cuerpo no hay delito, sugirió el narcotraficante vinculado al Cártel de Sinaloa antes de decirle —como si fuera cualquier domingo de misa— “padre, me quiero confesar”.

El presidente Andrés Manuel López Obrador se ha sacudido las críticas a sus estrategias de seguridad como si fueran un insecto que le zumba en el hombro, pero víctimas, organizaciones de derechos humanos y líderes religiosos han plantado cara insistiendo en que la violencia sigue quebrando a comunidades que se sienten ignoradas por el Estado.

“Javier y Joaquín prendieron los reflectores, pero ya es momento de ampliarlos”, dijo el también jesuita Javier Ávila desde Creel, una localidad cercana a Cerocahui que también ha escrito su historia a sangre y plomo. “Veamos a los miles de muertos por los que nadie grita”.

“El Chueco” no asesinó a los sacerdotes por venganza ni para cobrar una deuda. Entró al templo y descargó su arma sobre los curas que lo conocían desde niño porque pudo y porque quiso. Porque el día previo —furioso ante la derrota del equipo de béisbol que financiaba— acribilló al beisbolista Paul Berrelleza y quemó su casa sin que nada pasara.

Porque minutos antes de que sus balas encontraran a los jesuitas —cuando el guía de turistas Pedro Palma se lo topó en un hotel y le pidió ser prudente ante los extranjeros— también lo asesinó sin que una sola autoridad metiera las manos. Porque cuando sus sicarios tuvieron la ocurrencia de llevar el cuerpo de Palma hasta la iglesia no toleró que el padre Javier lo ungiera y el padre Joaquín le preguntara “¿por qué haces esto, José?”.

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Ahí en lo profundo de la Tarahumara, adonde no llega el pavimento ni la señal telefónica, el jesuita Javier Campos llevaba bendiciones y bailaba como un gallo.

El “padre gallo” bautizó a mi hijo, a mi hija, cuentan muchos. Confirmó a mi sobrina, a mi nieto. Me arregló la lavadora. Sabía de carpintería y me enseñó a fabricar un violín.

“Yo con él aprendí a tocar la guitarra”, recordó el indígena rarámuri Jesús Vega durante una ceremonia sagrada llamada Yúmari que recientemente fue celebrada en el pueblo de Cuiteco.

“Cuando murió me sentí muy triste, muy dolorido”, añadió. “Eran padres muy conocidos que hablaban nuestro idioma”.

Ya no están y, sin embargo, están. Durante el Yúmari para el que Vega marcaba el ritmo de la danza, la comunidad colocó los retratos de ambos curas junto a la imagen de un santo y la Virgen de Guadalupe, patrona de unos 100 millones de católicos.

“Nos reunimos para pedirle a Dios que nos mire porque estamos necesitados”, dijo la hermana Silvina Salmerón de la Diócesis de Tarahumara, a la que también servían los padres asesinados.

“Tenemos a San Isidro para que nos envíe el agua y las fotos del ‘padre gallo’ y Joaquín para que nos ayuden a pedirle a Dios que nos dé la paz a estas comunidades que estamos tristes por las situaciones de violencia”.

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En la Tarahumara hay días en que los sacerdotes van a las comunidades y otros en que las comunidades van a ellos.

Oiga, “padre Pato”, divórcieme. Cáseme. Celébreme una misa. Ayúdeme a encontrar a mi hijo que desapareció ayer.

“La gente cree en nosotros todavía”, dijo el padre Javier Ávila, a quien cariñosamente apodan con el nombre de un plumífero. 

Cuenta que el otro día, por ejemplo, alguien le llamó y pasó más o menos esto:

—¿Eres el Pato?

— Sí.

—Hola, soy fulano. Soy rarámuri. Oye, me subí a un cerro para hablar. Estoy hablando de tal lugar. ¿Qué hacemos? Se metieron unas gentes armadas a mi rancho, nos corrieron a todos y a todo lo que se mueve se le tiran. Oye los balazos: pum, pum. Nos están disparando y ya llevamos tres días aquí. No tengo comida. Mis hijos están aquí. ¿Qué hacemos?

Urgencias como aquella no ameritan un padrenuestro sino contactos. De esos que sólo un puñado como el “padre Pato” tienen a mano.

—Sí, con el fiscal general. Oye, me está llegando esta llamada.

—Sí, padre, ahorita vamos.

Y entonces van, pero no se quedan.

“Llega el toallazo para espantar a las moscas, pero cuando se van las moscas, se va el operativo y resulta peor”, dijo el jesuita.

“Tienen que tener presencia constante en esas regiones donde hay tanta delincuencia”, añadió. “Que no sean operativos circunstanciales. Yo se los exijo en público, en privado y personalmente a las autoridades”.

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Aquella noche de 2008, Yuriana Armendáriz salió de su casa como si la persiguiera el diablo. Diluviaba. Estaba a dos horas de Creel y pensaba: seguro que la policía no me dejará pasar.  

Cuando llegó al sitio de la masacre en la que su hermano y otras 12 personas murieron —entre ellas un bebé—, ni un uniformado.

“En la mañana ya tenían acordonado todo y le dije a los soldados ‘¿qué cuidan? ¡Ya están muertos! ¡No los van a venir a matar otra vez!’”.  

En ese pueblo que el gobierno promociona como un destino turístico “lleno de historia y tradición”, un comando armado abrió fuego contra una veintena de personas que convivían en una plaza pública en un aparente ajuste de cuentas que derramó sangre indiscriminadamente.

Era una escena dantesca, cuenta el «padre Pato». “Masas encefálicas, cerebros en el suelo. Espaldas abiertas. Costillas, pulmones. Horrible. Horrible, horrible”.

“Parece ser que el papá del bebé, el maestro, le dio la espalda a los balazos para proteger a su bebé, porque estaba boca abajo con toda la espalda abierta, llena de balas, y aquí (frente al pecho) la cara del bebé. El bebé con dos lágrimas y un balazo en la frente. Los ojos abiertos. Llegué, lo vi, le limpié las lágrimas, le cerré los ojos y lo dejé ahí con su papá”.

“¿Una masacre? Qué barbaridad, padre”, respondió a su llamada un funcionario de gobierno. “Ahorita vamos, padre. Es que está lloviendo mucho, padre”.

Algunos parientes de los masacrados, como muchas otras víctimas del crimen organizado en México, terminaron por abandonar su pueblo. Otros, la vida.

“La hermana de mi mamá, que también en la masacre perdió a uno de sus hijos, no pudo salir de esta situación y terminó suicidándose”, dijo Armendáriz.

Aunque a la fecha vive en Creel, exigir justicia también le cobró factura en un país en el que el presidente López Obrador ha pedido “con mucho respeto” que quienes se sientan violentados no protesten vandalizando los monumentos de la nación.

Un día Armendáriz recibió la lengua de una vaca en una caja de regalo. Otro, una corona rancia que parecía robada de un panteón y decía “Descanse en paz”.

Su reclamos se activaron tras enterrar a sus muertos. Colgó una manta gigantesca del atrio de la iglesia, escribió la leyenda “Exigimos Justicia” y pidió que la gente sumergiera las manos en pintura roja y plasmara sus huellas para simbolizar que México tenía las manos manchadas de sangre.

Luego le gritó a fiscales y policías. Y al gobernador y al expresidente Felipe Calderón, quien durante su mandato (2006-2012) lideró una guerra frontal contra el narcotráfico que para muchos empeoró la violencia en el país. Lideró marchas, paró trenes y tomó casetas de peajes.

“Hicimos todo porque eran gritos de desesperación”, dijo. “Una situación de violencia deja marcado a un pueblo, no solamente a una familia”.

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No hace falta que un capo apriete un gatillo para fracturar una vida. “El Chueco”, por ejemplo, también empleaba el terror.

“No se podía tener seguridad, paz”, contó desde Cerocahui el padre Jesús. “Uno estaba siempre con miedo porque llegaba hasta las fiestas, a las bodas”.

Tras los asesinatos de los jesuitas, el gobierno estableció una base de la Guardia Nacional a pocos pasos de su iglesia, pero hasta aquel lunes de junio de 2022, el crimen operaba a sus anchas.

Los vecinos sabían que “El Chueco” distribuía la cerveza del municipio. Que financiaba lo mismo bares que deportistas. Que influía en las elecciones de funcionarios y el nombramiento de policías.

“Él ponía y quitaba todo”, contó el padre Jesús.

A casi un año de los crímenes que cometió en la iglesia, “El Chueco” también apareció muerto, pero ni su asesinato ni el establecimiento permanente de los militares en Cerocahui han impedido que muchos migren y, con ello, que las ramificaciones de la violencia se expandan.

“Tenemos a muchas familias donde matan al esposo y la esposa ya no se va a quedar ahí”, dijo Azucena González, una maestra de Creel que apoya a mujeres en situación de vulnerabilidad. 

En otros casos, dijo la defensora de los derechos de las mujeres rarámuri Todos Los Santos Dolores Villalobos, el contexto de la Tarahumara empeora el panorama: para evitar que sus mujeres los denuncien por violencia doméstica muchos maridos las amenazan con “echarles a los sicarios”.

Villalobos dice que el “padre Pato” le enseñó cómo dirigirse a fiscalías, registros civiles, hospitales y oficinas de derechos humanos. “Yo pensaba que levantar la denuncia es todo lo que tenía que hacer. Ni siquiera sabía qué era una carpeta de investigación”.

Ella no estuvo en el altar ensangrentado, pero cuando recuerda el asesinato de los jesuitas, su voz se apaga como la del padre Jesús.

Los sacerdotes de la Tarahumara, dijo, son las personas que han entendido a los rarámuri. Que han reconocido y valorado su manera de vivir. Que han aplaudido sus Yúmari, su lengua, sus danzas y su vestir.

“Ellos nos acompañan y nos orientan», dijo Villalobos. «Podemos ir a decirles: ‘tumbaron un pino, nos agarraron las vacas, nos encerraron, hicieron destrozos, vinieron unos uniformados’”.

“Si los padres están en riesgo o están siendo violentados, ¿quién nos va a acompañar?”.

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AP Foto/Eduardo Verdugo

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

Si una mujer gana la presidencia de México, ¿qué implicaría para el aborto y los derechos LGBTQ?

Originalmente publicado en The Associated Press, abril de 2024 (link aquí)

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CIUDAD DE MÉXICO (AP) – Si una mujer gana la presidencia de México, ¿habría un gobierno con perspectiva de género?

La pregunta ha acompañado las campañas electorales a pocos meses de unos comicios que casi con certeza arrojarán a una presidenta para el periodo 2024-2030.

De los tres candidatos la puntera es Claudia Sheinbaum, que ha prometido continuar el proyecto del presidente Andrés Manuel López Obrador. Le sigue Xóchitl Gálvez, representante de varios partidos opositores, uno de ellos conservador.

El triunfo de una u otra, sin embargo, no garantizaría un avance en políticas de género. En este país mayoritariamente católico ninguna de las dos candidatas ha compartido propuestas concretas sobre aborto, aunque sí han planteado medidas de protección a la mujer en un país que anualmente registra decenas de feminicidios.

¿Cuáles son algunos de los desafíos que el siguiente gobierno enfrentará con respecto a la agenda feminista y los derechos de la comunidad LGBTQ?

¿CUÁL ES PANORAMA ACTUAL DEL ABORTO?

México es una república federal, lo que implica que cada estado tiene sus propios códigos penales para regular sus delitos.

El aborto se ha despenalizado en 11 de 32 estados: Ciudad de México, Oaxaca, Hidalgo, Veracruz, Baja California, Colima, Sinaloa, Guerrero, Baja California Sur, Quintana Roo y Aguascalientes. Además, un fallo de la Suprema Corte prohíbe que se criminalice a quienes aborten en Coahuila y, tras el reciente fallo de otro tribunal, a esta lista pronto se sumará Jalisco. 

Otros estados contemplan algunas causales y se permite en todo el territorio si el embarazo es producto de una violación.

Una resolución de la Corte allanó el camino a la despenalización a nivel federal en 2023, pero ordenar que se deroguen las normas que criminalizan el aborto en el Código Penal Federal no modifica las legislaciones estatales ni elimina el estigma social.

En estados donde ya es legal hay activistas que denuncian falta de insumos y capacitación en clínicas, así como hostigamiento a las solicitantes.

Para encarar esa problemática y facilitar el acceso donde aún no se permite, una red de voluntarias llamadas “acompañantes” acercan información, medicamentos o contactos a quien desee interrumpir su embarazo.

¿EL ABORTO EN MÉXICO PODRÍA RETROCEDER COMO EN ESTADOS UNIDOS?

Gane quien gane, el Ejecutivo no afectaría directamente su avance o retroceso porque cada estado tiene autonomía sobre su código penal.

Sin embargo, dice Ninde Molina, abogada en Abortistas MX, organización especializada en estrategias de litigio sobre aborto, quien llegue al poder sí podría incidir como una suerte de autoridad moral.

“El peso del presidente es que es el representante del pueblo mexicano y se esperaría que se manifieste expresamente a favor de los derechos humanos”, dice. “En el contexto en el que estamos es muy peligroso que haya propuestas tan tibias porque el mensaje que manda es que entonces estos no son derechos fundamentales”.

Y si bien de momento no preocupa pensar en un retroceso, el escenario cambiaría si López Obrador o Sheinbaum lograran alterar la composición del Poder Judicial. 

Tras varias tensiones entre jueces, magistrados y el presidente, éste envió al Congreso una reforma para reemplazar a los actuales integrantes de la judicatura federal por otros elegidos por el voto popular, lo que preocupa a varios analistas, entre ellos, Molina.

“La Corte también está en peligro”, dice. “A la gente le podrá parecer atractivo, pero no se dan cuenta de lo que implica”.

“Por ejemplo, podría llegar un caso de aborto y que lo que está ya escrito se vaya para atrás”.

¿QUÉ PIENSA EL SECTOR CONSERVADOR?

Isaac Alonso, del Movimiento Viva México, que respaldó las aspiraciones presidenciales de Eduardo Verástegui, piensa que ninguna de las candidatas representa la visión o intereses conservadores. 

Desde sus filas también se percibe falta de contundencia sobre el tema y Alonso explica que para los conservadores la consigna no ha cambiado: aunque dicen no estar a favor de que se criminalice a las mujeres, el aborto es injustificable, por lo que esperarían políticas gubernamentales que alienten los nacimientos, por ejemplo, a través de mejoras en el sistema de adopciones.

“Creemos en impulsar políticas públicas con perspectiva de familia y que exista un ecosistema para que un bebé pueda vivir en condiciones de seguridad favorables”.

Rodrigo Iván Cortés, presidente del Frente Nacional por la Familia, tampoco ve un panorama alentador. “Antes de 2018 sólo se había aprobado el aborto en Ciudad de México”, recuerda.

“Es muy relevante decir cómo la Suprema Corte, en la presidencia de Arturo Saldívar, tuvo un sesgo ideológico”, dice sobre el juez que ahora forma parte del equipo cercano a Sheinbaum y también mantiene rencillas con la judicatura actual. 

Según Cortés, los conservadores no ven en el gobierno un aliado para proteger la vida, también entendida desde la falta de combate a la violencia y, llegue quien llegue al gobierno, continuarán pidiendo acercamientos “para cuidar el primero y fundamental de los derechos”.

¿UNA PRESIDENTA CON PERSPECTIVA FEMINISTA?

“Que gane una mujer no garantiza para nada la perspectiva de género”, dice Pauline Capdevielle, Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). “De hecho, lo que estamos viendo cada vez más son estrategias de los sectores conservadores para que haya una fachada de feminismo que se opone a la tradición feminista”.

Un cambio verdadero, indica, arrancaría integrando verdaderas feministas al gobierno. “No es meter mujeres donde no había, sino politizar estos temas y realmente impulsar una transformación”.

Algunas feministas han mostrado su respaldo a Sheinbaum, pero tanto ella como López Obrador han recibido críticas por su falta de empatía ante las manifestantes que protestan contra la violencia de género. Aunado a esto, organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado uso excesivo de la fuerza contra mujeres en las marchas del 8 de marzo y consideran que su derecho a protestar se estigmatiza.

Para Capdevielle, entre los temas que falta afianzar en la agenda de género de México destacan la participación de las mujeres en los procesos políticos y la justicia reproductiva.

“Consolidar el derecho al aborto, que está lejos de ser una realidad para todas las mujeres” y garantizar educación sexual integral, acceso a anticonceptivos, el derecho a la identidad autopercibida y los derechos de las personas LGBTQ.

¿CUÁL ES EL PANORAMA PARA LA COMUNIDAD LGBTQ?

“No es probable que las necesidades de esta población figuren prominentemente en las elecciones presidenciales”, dice Cristian González Cabrera, investigador senior de Human Rights Watch.

“Esta desconsideración ignora la realidad de muchas personas LGBT en México, que siguen viviendo en contextos de violencia y discriminación”.

En México la comunidad LGBTQ ha sido blanco de violencia desde hace tiempo. La organización civil Letra S documentó más de 500 homicidios en los últimos seis años, 58 de ellos en 2023, y 2024 arrancó con el asesinato de tres miembros de la comunidad trans, grupo que, junto con los migrantes, son particularmente vulnerables, considera González Cabrera.

“Los migrantes LGBT siguen sufriendo abusos de parte de grupos delictivos y funcionarios mexicanos debido a su doble vulnerabilidad”, explica. “Con demasiada frecuencia, estas violaciones de los derechos humanos no se investigan de forma efectiva ni se castigan”.

Sheinbaum defendió en 2023 que como alcaldesa capitalina creó una Unidad de Salud Integral para las Personas Trans y dijo que su sueño sería seguir luchando en favor de las personas de la diversidad sexual, pero no precisó más.

Por su parte, Gálvez escribió que en su gobierno las mujeres de la diversidad sexual vivirían con respeto a su orientación e identidad, mas tampoco ahondó en propuestas concretas, lo que sigue despertando suspicacia entre miembros de la comunidad LGBTQ conscientes de que uno de los partidos que la respalda es históricamente conservador.

González Cabrera destaca que desde 2022 todos los estados reconocen el matrimonio igualitario, pero hay derechos que aún no se garantizan en algunas entidades. “Por ejemplo, hay 11 estados en donde el reconocimiento legal de la identidad de género para personas trans no es posible por vía administrativa, a pesar de sentencias de la Suprema Corte reconociendo este derecho”.

Para que haya una agenda a favor de la población LGBTQ, añade, un gobierno debería consultar a sus representantes sobre sus necesidades, destinar recursos para abordar la violencia basada en la orientación sexual y la identidad de género, apoyar a migrantes LGBTQ y animar a los gobiernos estatales a armonizar su legislación con las sentencias de la Corte a favor de sus derechos.

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AP Foto: Rebecca Blackwell

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

México podría tener su primera presidenta de ascendencia judía. ¿Eso importa en este país católico?

Originalmente publicado en The Associated Press, abril de 2024 (link aquí)

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Si el viento electoral sigue soplando a su favor, Claudia Sheinbaum podría convertirse en la primera presidenta de ascendencia judía en la historia de México.

¿Qué implica eso en un país mayoritariamente católico? Aquí un vistazo al contexto religioso mexicano en medio de un proceso electoral que arrojará al sucesor del presidente Andrés Manuel López Obrador en los comicios del próximo 2 de junio. 

¿SHEINBAUM SE IDENTIFICA COMO JUDÍA?

Cuando se le pregunta, Sheinbaum cuida su respuesta: su origen es judío, mas no su religión.

Sus cuatro abuelos fueron judíos que migraron de Lituania y Bulgaria, pero ella nació en Ciudad de México y no fue criada bajo ninguna religión. Su equipo de campaña dice que se considera una mujer de fe pero no es religiosa.

La precisión que hace Sheinbaum con respecto a su identidad no es inusual. La pregunta de qué es un judío se discute periódicamente entre los mismos judíos y la respuesta varía, explica Tessy Schlosser, directora del Centro de Documentación e Investigación Judío de México.

El judaísmo puede existir como identidad, sí, pero no necesariamente religiosa. Pueblo, territorio, idioma y religión estuvieron alineados en algún punto de la historia, pero a partir de la destrucción del primer templo en el año 586 a.C. hubo un quiebre, así que reducir el judaísmo a una religión sería inexacto, dice Schlosser.

El “ser judío”, entonces, es poroso. La identidad judía puede alinearse —de manera simultánea o fragmentada— con lo histórico, lo social, lo espiritual, lo territorial o lo ideológico.

Así como los rasgos físicos y las lenguas de los judíos cambian con la geografía, dentro de una comunidad puede haber posicionamientos antagónicos sobre —por ejemplo— el sionismo, como se conoce al movimiento que defiende el establecimiento de un Estado judío, o la genealogía.

“Para algunos, si naces de madre judía, eres judío”, dice Schlosser. “Para otros, si naces de padre. Para otros, con que tengas un abuelo. Entonces, hasta en términos de linaje o racialización hay muchos debates”.

¿CÓMO SE CONFORMA LA COMUNIDAD JUDÍA DE MÉXICO Y CUÁL ES SU RELACIÓN CON SHEINBAUM?

Los primeros judíos llegaron en 1519 con la colonización española, pero la comunidad actual comenzó a crecer a principios del siglo XX cuando miles de judíos huyeron de la inestabilidad y el antisemitismo en la zona del Imperio Otomano.

A la fecha hay judíos askenazi, de Europa Central y del Este, y judíos sefardí, principalmente de Turquía, Grecia, Italia, España y Siria.

Según Renee Dayan —directora de Tribuna Israelita, que sirve de vinculación al Comité Central de la comunidad judía de México— la población actual es de unos 50.000 judíos. La mayoría se asienta en la capital y la zona metropolitana, con pequeñas comunidades en Monterrey, Guadalajara, Tijuana, Cancún, San Miguel de Allende y Los Cabos.

Dayan explica que la comunidad mantiene relación con cualquier autoridad mexicana y no apoya ni avala a un candidato o partido en particular. Sin embargo, sí abre espacios de acercamiento y en el marco de estas elecciones ha conversado con Sheinbaum y los otros candidatos, Xóchitl Gálvez y Jorge Álvarez Máynez.

Fuera de esta vinculación, la comunidad no percibe a Sheinbaum como parte de sí porque ella misma ha rechazado cualquier nexo.

“Creo que Claudia activamente ha tratado de decir ‘ésta no soy yo’”, dice Schlosser. “Se debe respetar cuando una persona no quiere ser identificada de tal o cual forma y también creo que el escenario político de México no permite la diversidad identitaria en puestos políticos tan representativos”.

¿LA IDENTIDAD JUDÍA DE SHEINBAUM HA INCIDIDO EN LA CONTIENDA?

A mediados de 2023, el expresidente Vicente Fox escribió en su cuenta de X que Sheinbaum era “judía y extranjera a la vez”.

La descalificación le valió críticas de “antisemita”, “racista” y “xenófobo”, y no fue aislada. Respondía a un reproche que otra usuaria hizo porque Sheinbaum usó un rosario en público y, según ella, eso la volvía “falsa”. En paralelo, el publicista judío Carlos Alazraki dijo que Sheinbaum era una “farsante” por llevar una falda con la imagen de la Virgen de Guadalupe con el único fin de agradar a un electorado católico.

Las recriminaciones se suman a otros cuestionamientos que se han hecho contra Sheinbaum y Gálvez en un país en el que, por los prejuicios machistas, aún se polemiza si una mujer está preparada para gobernar la segunda economía más grande de América Latina.

ENTONCES ¿QUÉ PAPEL JUEGA LA RELIGIÓN EN EL PANORAMA ELECTORAL?

Si bien Sheinbaum ha repetido que no practica ninguna religión, difundió con orgullo un encuentro que mantuvo en febrero con el papa Francisco y efectivamente ha portado símbolos católicos como el rosario y la imagen de la Virgen en sus mítines.

La laicidad en México comenzó a construirse a mediados del siglo XIX y ahora el país cuenta con un robusto marco legal que establece la separación del Estado de la iglesia, pero la presencia católica se desborda de las misas y los templos. 

Según las últimas cifras oficiales (2020), de los más de 126 millones de mexicanos, casi 98 millones son católicos. Le siguen 14 millones de protestantes o cristianos evangélicos y en tercer lugar están los judaicos. Más de 10 millones dicen no tener religión y otros tres millones se identifican como creyentes sin adscripción religiosa.

“Estamos en un momento donde los políticos están buscando cierta validación de las autoridades religiosas”, dice Pauline Capdevielle, académica del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). “Esto lo vimos antes del inicio formal de las campañas, cuando las dos candidatas se fueron a presentar ante el papa”.

La relación entre la Iglesia católica y López Obrador se enfrió desde 2022, cuando algunos obispos empezaron a reprochar los alarmantes niveles de violencia. No está claro si la brecha se cerraría con Sheinbaum como presidenta, pero como candidata ha aceptado reunirse con los líderes católicos y, aunque reticente, firmó un compromiso nacional por la paz.

En México el crimen organizado lleva años controlando distintas zonas del país a través de actos violentos y corrupción. Se ha diversificado más allá del tráfico de drogas, extorsionando a empresas para que les paguen por protección. Bajo la política de “abrazos, no balazos” de López Obrador, el gobierno ha evitado confrontarse con los cárteles, lo que esencialmente les ha permitido tomar el control de al menos una docena de ciudades. 

Nadie podría dudar que el cese de la violencia es urgente y necesario, dice Capdevielle. Pero incluso si la Iglesia ha tenido una tradición histórica de actuar como interlocutora para la construcción de paz en América Latina, su posición en tiempos electorales también podría tomarse como una señal de que intenta recuperar parte del terreno que perdió durante el sexenio de López Obrador.

Que los candidatos busquen o no capitalizar la religión para buscar votos es debatible pero los tres se cuidan de no perder sufragios por contrariar al sector conservador de México. Ninguno, por ejemplo, ha compartido propuestas concretas sobre el aborto o derechos de la comunidad LGBTI.

“Están jugando sobre estas ambigüedades”, dice Capdevielle. “Dejan de lado la parte más ideológica y tienen muchísimo cuidado con estos temas porque hemos visto que en México puede tener cierto costo electoral”.

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AP Foto: Marco Ugarte

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No eres quien creías: el camino de los bebés robados en Argentina para reconstruir su identidad

Originalmente publicado en The Associated Press, marzo de 2024 (link aquí)

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BUENOS AIRES (AP) – Cuando ella se presenta, dice su nombre completo: Claudia Victoria Poblete Hlaczik.

Nombrarse en su totalidad es una bandera. Es como decir: la dictadura desapareció a mis padres y a otras 30.000 personas, pero ahora ellos habitan mi nombre; por ellos y los que faltan salimos a marchar cada 24 de marzo; nombramos cómo, entre 1976 y 1983, la represión nos secuestró pensando que así silenciaría la disidencia.  

Ella se llama Claudia, pero no siempre fue Claudia. Antes era Mercedes —“Merceditas” Landa— y pasó 20 años pensando que era la hija de un militar —cuando no lo era— y el círculo en el que se movía su “padre” —que no era su padre— la secuestró cuando tenía ocho meses junto a sus verdaderos padres. Y entonces ella, como si fuera una mascota y no una bebé que debió ser criada por su familia, fue apropiada por una pareja de desconocidos y pasó dos décadas bebiendo un agua hecha de mentiras.

Mercedes no se convirtió en Claudia de un momento a otro, pero el domo de ficción que la cubría sí que se rompió en un instante.

En febrero del 2000, durante su hora del almuerzo y pensando que asistiría al juzgado que la citó para cumplir con un trámite, un juez le dijo que no era quien creía y ahí Merceditas Landa cayó por la madriguera como Alicia en el País de las Maravillas.

“Recuerdo esa sensación”, dice Claudia. “Que yo iba preparada para no creérmelo, como pensando, ‘esto que me van a decir no me va a importar’”.

Entre las hojas que el juez le entregó, una de ellas decía que había más de 99% de probabilidad de que fuera hija de desaparecidos. Y, junto a los exámenes, la foto de una bebé.

La bebé era ella. Lo sabía porque el teniente coronel Ceferino Landa y su mujer le tomaron fotos cuando la llevaron a casa después de registrarla como su hija biológica. Como si las fotos nuevas borraran las viejas y una partida de nacimiento falsa la desapareciera a ella.

“Las primeras fotos que yo había visto de mí misma eran iguales”, dice Claudia.

El problema, entonces, no fue dudar que el juez decía la verdad, sino lo que implicaba. Si ella ya no era quien creía, ¿quién era?

LAS ABUELAS DE PLAZA DE MAYO

En abril de 1977, un grupo de mujeres empezó a reunirse en la plaza más simbólica de Argentina y el tiempo les puso un nombre: Madres de Plaza de Mayo.

A todas les faltaban sus hijos. Jóvenes militantes a los que la dictadura capturó y torturó en centros clandestinos desde donde muchos fueron transportados en aviones que los arrojaron vivos al mar.  

En los últimos 40 años, los testimonios de los sobrevivientes han permitido reconstruir trozos del rompecabezas más siniestro de la historia argentina.

“Yo compartí celda con tu hijo”. “Escuché sus gritos bajo tortura”. “Vi a tu hija, embarazada, ser arrastrada por los suelos”.

No todas las madres de los desaparecidos sabían que sus hijas o nueras estaban embarazadas, pero los testimonios las pusieron en acción. Ahí decidieron que no sólo pelearían por saber qué pasó con sus hijos, sino también con sus nietos. 

Y así, la dictadura las convirtió en las Abuelas de Plaza de Mayo.

LOS NIETOS RECUPERADOS

Pedro Alejandro Sandoval no lo supo de boca de un juez.

La mañana en que vio la foto del que creía que era su padre, todavía se llamaba Alejandro Rei y aquella noticia en el diario parecía un sinsentido. ¿Excomandante Víctor Rei detenido por falsificación y ocultamiento? ¿Por el robo de un menor? ¿Cuál menor?

Él, como Claudia, también estaba en sus veintes. Para 2004 ya habían pasado dos décadas del retorno a la democracia y las Abuelas se habían articulado como un organismo de derechos humanos que buscaba a sus nietos de la mano del Estado.

Ese respaldo es lo que hoy permite que se judicialicen los casos. Que una vez que un examen de ADN confirma que se trata de un bebé robado en dictadura, se inicien juicios y sus “apropiadores” —quienes fingieron ser sus padres— sean encarcelados.

Cada nieto enfrenta la verdad a su manera. Algunos exigen que los dejen tranquilos. Varios piden tiempo. Otros vuelan a abrazar la vida que ignoraban que existía.

Pedro no cayó de la madriguera como Claudia, pero ilustra su proceso con otra referencia literaria: “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, novela que retrata a un personaje con dos identidades.

“Era la misma persona, pero me desdoblaba todo el tiempo”, cuenta Pedro.

Aún lleva ese desdoblamiento en el nombre. Él, a diferencia de Claudia, nació en un centro de detención clandestino y no fue registrado por sus padres, así que, tras su restitución, tuvo que elegir cómo llamarse.

Se decidió por Pedro, como su madre quería nombrarlo en honor a su abuelo, y conservó Alejandro porque, a fin de cuentas, por más de 26 años también fue él. A su papá lo recuperó en el Sandoval.

Alejandro tuvo una infancia feliz y escuchó al que creía que era su padre decir que nunca hubo dictadura, que los militares “resociabilizaron” el país. Años después, cuando lo fue a visitar a prisión, vio a ese mismo hombre reventado de ira gritar: “¡Hijo de puta, por tu culpa estoy aquí!”.

Pedro lleva 20 años tallando los recuerdos de sus padres en su nombre. Les dice “mis viejos” como si pasara con ellos los fines de semana. Como si cada tarde fuera a encontrarlos al bar donde tuvieron su primera cita y él bebió café tantas veces sin saber que compartían la sangre.

“Esto de estar hablando y moviendo las manos es de mi viejo”, cuenta. O “qué leona que era mi vieja. Una mina chiquita físicamente, que tenía 20 años cuando la secuestraron y aunque le hicieron lo que le hicieron, tuvo la fuerza y el coraje de tenerme”.

“Yo te puedo contar historias de mis viejos”, dice Pedro. “Hay algo mágico. El ADN es mucho más grande de lo que todos creemos”.

¿CÓMO SE RECUPERA A UN BEBÉ ROBADO?

Entre 1978 y 2023, las Abuelas de Plaza de Mayo han recuperado a 133 nietos y nietas.

Cada restitución llena al colectivo de esperanza, pero también de urgencia, pues se calcula, según denuncias y testimonios de exdetenidos, que hay otros 300 bebés que aun no han sido identificados.

Claudia y Pedro dan testimonio porque la suya es una búsqueda viva como vivos están esos bebés robados que ya son adultos y en su andar por el mundo —sin desearlo, sin saberlo— perpetúan la apropiación. Esto es, si tú desconoces tu verdadera identidad, el engaño renace en tus hijos y los hijos de tus hijos. Las lesiones que infringió la dictadura se reabren de una generación a otra.

Manuel Goncalves Granada, nieto recuperado en 1997, trabaja en uno de los dos organismos estatales que echa a andar el andamiaje de Abuelas: la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI). El otro es el Banco Nacional de Datos Genéticos.

La historia de Manuel y sus padres también sacude los huesos. A su papá lo secuestraron el día del golpe militar —24 de marzo de 1976— y fue asesinado una semana después. Su mamá se ocultó durante ocho meses —Manuel no sabe dónde nació—, hasta que hombres armados rodearon la casa en la que se escondía y lanzaron tiros, granadas y bombas lacrimógenas.

Manuel sobrevivió porque su mamá lo cubrió con mantas en un hueco del armario donde fue hallado antes de ser entregado en adopción ilegal.

Su abuela fue una de muchas que se separaron de Madres de Plaza de Mayo porque su búsqueda implicaba tareas específicas. Empezaron por lo más desesperado, pararse afuera de los jardines de infantes para ver si en los nenes reconocían los rasgos de sus hijos, y terminaron impulsando un sistema que garantizará que la búsqueda se mantenga cuando ya no estén.

Desde la CONADI, Manuel trabaja en la identificación de casos de posibles bebés robados. Al recibir una denuncia, el equipo realiza una investigación y, si localiza documentos que verifiquen una apropiación —digamos, una partida de nacimiento irregular— citan a la persona y se lo informan. Si ésta accede a continuar el proceso, se toma una muestra de ADN de manera voluntaria. Si no, se repite el procedimiento con la orden de un juez.

Abuelas recibe unas mil solicitudes por año, dice Manuel. “Ahora ya está viniendo la generación de los bisnietos. Dicen: ‘Mi mamá no se anima a venir, pero sabemos que mi abuelo no es mi abuelo’”.

Cuando una muestra de ADN confirma que Abuelas ha encontrado a un nieto, Manuel y la hija de la actual presidenta de Abuelas lo informan a la persona. Luego avisan a su familia y se llama a una conferencia de prensa que difunde la restitución.

“Para mí tiene que ver con mi propia identidad”, dice Manuel. “Si yo hago esto, es porque mi historia es ésta. Lo que hago o pienso es porque soy una persona a la que robaron primero y recuperé mi identidad después”.

UNA HISTORIA PROPIA Y CIERTA

A Claudia le tomó varios años compartir su testimonio.

Ahora que milita en Abuelas dice que, claro, no es fácil. Que saberse un nieto restituido trae consigo una historia muy triste y compleja, pero también una historia que es propia y que es cierta.

Cuando salió del juzgado y detuvieron a sus “apropiadores”, lo primero que sintió fue culpa. ¿Y si les pasa algo? Tienen más de 70 y no están bien de salud. 

Le mintieron durante 20 años, sí, pero en ese momento ella tenía pocos minutos de haberse estrellado contra la verdad y se había pasado la vida llamándolos “papá” y “mamá”.

Para sostener la mentira de que era su hija biológica, Ceferino Landa y su mujer la metieron a un capullo. Merceditas no andaba sola por la calle. No leía ni miraba en televisión nada que no aprobara el coronel. Iba a una escuela de monjas. Creció —como Pedro— creyendo que en Argentina nunca hubo una dictadura, sino un proceso de reorganización nacional. Que las Madres de Plaza de Mayo eran locas que querían vengarse de los militares.  

“No sabía que había niños robados”, dice Claudia. “Era algo que había sido ocultado y yo vivía bastante cuidadita, como una especie de recipiente hermético”.

Lo que más le costó, cuenta, no fue reconocerse como Claudia —nombrarse— sino salir de ese contenedor taponado por la culpa.

“Me sentía responsable porque pensaba que era decisión mía la que desencadenó eso, pero después me di cuenta de que no, que había sido decisión de mis apropiadores”.

La claridad llegó cuando se convirtió en madre. Ver a su hija le hizo dimensionar cómo, durante 20 años, esa gente que decía quererla le mintió cada mañana, cada noche. Que lo habría seguido haciendo por el resto de su vida.

Desdecir las mentiras empezó por lo más simple. Andar sola por la ciudad sin que le pasara nada. Aprender a manejar, a andar en bicicleta, a cocinar.  

Y, luego, el mundo. “Lo que me encontré del otro lado no fue una banda de terroristas, sino a mi abuela, mis tíos, mis primos, una familia”.

De a poco empezó a poblar su nombre. La historia de sus padres sumada a nuevas certezas y creencias.

“La identidad es una construcción”, dice Claudia. “Yo no dejo de ser la Merceditas Landa que fui, pero eso se nutre de toda una cosa que viene después”.

Uno no es realmente libre cuando hay una mentira, dice. La libertad empieza cuando sabes la verdad y, frente a ella, puedes elegir.

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AP Foto: Natacha Pisarenko

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

Historia de un pañuelo: la lucha de las Madres Plaza de Mayo por los desaparecidos argentinos

Originalmente publicado en The Associated Press, marzo de 2024 (link aquí)

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BUENOS AIRES (AP) – Todo en ella es blanco. El pelo, la ropa. El pañuelo sobre la cabeza. Los dedos finos que apoya en su bastón.

“Ahí va una Madre de Plaza de Mayo”, diría todo argentino que aviste su pañuelo.

Jueves tras jueves, desde hace 47 años, Nora Cortiñas se desplaza hasta el corazón de Buenos Aires y recorre la plaza más simbólica de Argentina.

“¡Norita! ¡Norita!”, le gritan jóvenes y viejos que besan su mano y rodearán con ella la Plaza de Mayo.

Jueves tras jueves, sin falta y puntual a las 3:30 de la tarde, la ronda de las Madres mueve un mensaje que trasciende a esta Madre, a todas las Madres, y ya es más bien argentino: acá nos faltan hijos, nietos, padres, hermanos.

Memoria, verdad y justicia piden miles que cada 24 de marzo salen a recordar el golpe de Estado que dio pie a la última dictadura militar (1976-1983). Sus preguntas son las mismas de las Madres: ¿Qué hicieron con nuestros desaparecidos? ¿Dónde están los 30.000?

En abril de 1977, cuando Nora ignoraba que pasaría la mitad de su vida con la foto de su hijo colgada del cuello, el puño en alto y la cabeza cubierta con su pañuelo blanco, era como cualquier ama de casa. Atendía a su marido, había criado a dos hijos de veintipocos y daba clases de costura. Se había casado a los 19 y su vida era eso, su hogar, hasta que Gustavo desapareció. 

El mayor de sus hijos tenía 24, admiraba a Evita y era militante de Montoneros, una de las organizaciones guerrilleras que fueron blanco de las fuerzas estatales en los años 70.

“Desde jovencito Gustavo decidió luchar para que el pueblo tuviera buen trato”, dice Nora. “Junto con muchos compañeros, luchaba para lograr ese mundo ideal”.

Nora no se involucraba en política pero tampoco era ajena a la represión. Escuchaba que hombres vestidos de civiles entraban a casas, colegios, hospitales y fábricas y se llevaban a militantes como Gustavo.

Cuando supo que mataron a varios de sus compañeros y apresaron al hermano de su nuera, Nora y su marido plantearon a su hijo que saliera de Argentina, pero él y su mujer se negaron. ¿Dejar su país por sus ideas? Por favor.

La última vez que vio a Gustavo fue un domingo de Pascua. Nora lo despidió en la parada del autobús y a los pocos días, tras salir de casa rumbo al trabajo, desapareció.

“Cuando se llevaron a mi hijo, el 15 de abril de 1977, salgo a la calle a buscarlo y me voy encontrando con otras madres que también les habían secuestrado a los hijos”, dice la Madre que recién cumplió 94.

“Todavía nos encontramos en la Plaza de Mayo. Caminamos media hora y recibimos denuncias de otras cosas que van pasando, de otros secuestros y otras torturas. Vamos compartiendo con otras madres todo este dolor que sigue en cada casa”.

DE MADRES A MADRES DE PLAZA DE MAYO

Desde el 30 de abril de 1977, la Madres se han reunido en la Plaza de Mayo casi 2.400 veces.

Su primer encuentro no fue un jueves ni concluyó en una ronda. Tampoco eran las Madres, así en mayúscula, sino madres. Mujeres rotas que se sentían igual de atravesadas por la ausencia de sus hijos.

Cada Madre tuvo su historia. A varias la despertó el teléfono y lo escucharon en boca de sus nueras, yernos y otros familiares. Un puñado estaba en casa. Atendieron el timbre o sintieron el crujir de una puerta que caía. Algunas, amordazadas en otro cuarto, percibieron gritos. Otras observaron —los ojos en pasmo o hinchados de llanto— forcejeos, golpes, insultos. Pocas vieron a sus hijos salir de casa sin violencia. No pasa nada, señora, mañana regresa. 

Y, luego, vacío. En la comisaría escuchaban: “aquí no está, señora”. En la iglesia: “rece, señora”. En las oficinas de gobierno: “váyase, señora”.

Ninguno, claro, tendría por qué estar de su lado. Si bien el puño de los militares era el que apretaba con más fuerza, los juicios, comisiones de verdad e investigaciones posteriores al retorno a la democracia comprobaron que sectores políticos, civiles y religiosos ligados a los intereses de la clase dominante fueron cómplices. 

La opacidad era calculada. Los desaparecidos no son muertos y sin muertos no hay crimen. Sin crimen no hay culpables y sin culpables los delincuentes se mueven a sus anchas. Ya está.

Hebe de Bonafini, lideresa casi legendaria de una de las dos organizaciones de Madres que se formaron en los años ochenta, decía que bastaba mirarse los ojos para saber que les faltaban los hijos. 

De a poco entendieron que sería inútil llevar un cepillo de dientes a las comisarías donde creían que estaban. Mientras buscaban sus nombres en los diarios que daban cuenta de los muertos, asumieron que las instituciones les darían la espalda y que la búsqueda dependería de ellas. Se entrenaron para redactar habeas corpus y tomarse del codo para ganar fuerza colectiva.

Tras varios encuentros en una iglesia donde el obispo no les ofreció más que desidia, una de las madres dijo: basta, nos vamos. Aquí solas y sin que nadie nos vea, no lograremos nada. Tenemos que juntar más madres —ser cien, ser mil— y entrar todas de golpe a la casa de gobierno.

La casa de gobierno, claro, es la Casa Rosada, y la Casa Rosada está en la Plaza de Mayo.

Su primera reunión fue un sábado del 77′ y hubo 14 madres en una plaza vacía. Mejor vengamos el viernes, dijo una, porque así nos ve la gente, pero otra dijo no, mujer, el viernes no, que es día de brujas. Mejor el jueves, y el jueves fue. 

Su ronda fue casi un accidente que provocó la policía. Durante un día de reunión en que las madres estaban concentradas en una curva de la plaza, comenzaron los gritos. “¿Qué no saben que no se pueden reunir, señoras? Hay estado de sitio. Circulen, circulen, ¡CIRCULEN!”.

Y las madres circularon. Una mano en el brazo de su compañera y la otra limpiándose las lágrimas, circularon. En silencio, circularon. Sin saber que volverían cada jueves por el resto de sus vidas, las Madres de Plaza de Mayo circularon.

¿A VOS QUIÉN TE FALTA?

Taty Almeida siente que una parte de sí misma desapareció con Alejandro. Que la Taty actual nació cuando su hijo se esfumó.

“Alejandro me parió a mí”, dice la mujer de 93. “Yo estoy feliz de haber parido a mis tres hijos, pero Ale me parió”.

El 17 de junio de 1975, cuando su hijo de 20 años se despidió de ella en la casa en la que aún vive y nunca más volvió, Taty ignoraba muchas cosas. No sabía, por ejemplo, que escribía poesía en paralelo a su carrera de Medicina. Que la mantenía al margen de su militancia para protegerla y que la esfera militar que ella conocía tan bien estaría detrás de su desaparición.

En aquel entonces no había dictadura ni Madres de Plaza de Mayo. Sólo una Taty muy católica, hija de un militar que se movía en un entorno de derecha y detestaba al peronismo.

“Fueron los peronistas, señora”, le dijo un general al que acudió para pedir noticias de Alejandro. “Por supuesto, los peronistas”, respondió la misma Taty que —mirá vos, de no creerse— el día del golpe de Estado pensó: “Por fin vienen mis conocidos y yo voy a recuperar a Alejandro”.

“No podía pensar que mis conocidos eran los culpables”, dice con su voz ronca y profunda.

Las Madres ya llevaban casi dos años de ronda y Taty más de cuatro de no saber nada de Alejandro cuando se acercó a ellas. Sabía que se reunían en la plaza, pero pensaba: “Por mi currículum, van a decir que soy espía”.

A fines de 1979, tocó la puerta de una casa que servía a las Madres de oficina y en una pared vio las fotos de sus hijos desaparecidos. “No soy la única”, pensó.

Cuando la recibió María Adela Garde de Antokoletz —la Madre con mayúscula, cuenta Taty— le preguntó lo único que se preguntaba en esos casos: ¿A vos quién te falta?

Así, sin importar afiliación política, religión, ideología, nada. ¿A vos quién te falta?

“Y ahí yo por fin hice mi catarsis”, dice Taty. “Hablé, lloré, conté. En un momento le dije: ‘Ay, María Adela, qué estúpida que he sido’. Y ella me dijo: ‘No mijita, no digas eso. Cada una se acercó cuando fue su momento y éste es el tuyo’”.

HISTORIA DE UN PAÑUELO

Sobre uno de los antebrazos de Graciela Franco hay una fila de pañuelos. No son blancos, como los de Nora o Taty, porque ella los lleva tatuados y la tinta es oscura.

Graciela no tiene familiares desaparecidos, pero cuando su hija le dijo “mamá, hagámonos un tatuaje”, ella pensó: “Tiene que ser algo que me signifique algo”. Y recordó a las Madres de Plaza de Mayo.

Desde 2017, Graciela y su colega Carolina Umansky cubren Buenos Aires con pañuelos. En su taller de cerámica —Terra Fértil— han confeccionado más de 400 mosaicos como parte del proyecto 30 Mil Pañuelos por la Memoria, que rinde homenaje a los 30.000 desaparecidos durante la dictadura.

Para preservar su fuerza simbólica, los pañuelos que formen parte del proyecto deben producirse en materiales no perecederos —cerámica o vidrio— y colocarse a la vista, digamos, en la entrada de un hogar.

“La idea es que permanentemente generen una pregunta”, dice Carolina. “Que cualquiera que los mire diga: ‘¿Por qué está este pañuelo en esta casa?’”.

La historia del pañuelo más simbólico de Argentina inició 40 años antes de que Graciela y otros argentinos se los tatuaran en el cuerpo. Siempre fueron blancos, pero la prenda original no fue un pañuelo, sino un pañal.

En octubre del 77’, cuando aún no se llamaban Madres de Plaza Mayo, las madres fueron a una peregrinación en la ciudad de Luján. Al ser un evento masivo —pensaron— ganarían visibilidad, pero ¿cómo se reconocerían?

Una propuso llevar un bastón; otra, un trapo. ¿Rojo? ¿Azul? No, mujer, nadie nos va a ver. Blanco, mejor. Entonces un pañal, dijo una. ¿Aún guardan un pañal de gasa de los hijos? Y todas dijeron que sí.

En aquellas peregrinaciones se rezaba por los curas, los obispos y los enfermos. Las Madres, en cambio, rezaron bien fuerte por los desaparecidos.

Así la gente empezó a distinguirlas. Mirá, esas son las señoras del pañuelo blanco que gritan buscando a sus hijos.

LAS LOCAS DE LA PLAZA

Uno camina por Buenos Aires y los pañuelos brotan.

Ondean en murales, baldosas, pines y carteles de protesta. “Sembramos memoria”, se lee sobre un poste en el que los pañuelos tienen tallos. “La Banda del Pañuelo”, reza el nombre de un colectivo cultural de jóvenes que cada jueves acompaña a Nora y otras Madres en la ronda.

“Yo los veo y siento esperanza”, dice Luz Solvez, de 36 y quien recientemente salió a protestar contra el presidente Javier Milei. “Es un símbolo que resume parte de nuestra historia. Toda la crueldad, lo horrible que fue, pero también cómo lo tomaron para el lado de la justicia y no de la venganza”.

La potencia simbólica de las Madres tardó en enraizarse. ¿Su hija no andará de paseo por Europa, señora? Si los detuvieron, por algo habrá sido, señora. Quizá no educó muy bien a su hijo, señora.

En 47 años, las Madres no sólo han enfrentado a la dictadura que desapareció a sus hijos, sino el rechazo e indiferencia de políticos, periodistas y gente de a pie.

Nos miraban como si tuviéramos lepra, contó una Madre un día. La gente trataba de no pasar cerca de nosotras en la plaza, dijo otra. A muchas les llovieron insultos desde los colectivos. Notaron a quien, de sólo mirarlas, abandonaba la fila de la carnicería. 

Esas mujeres no son nada, decían los militares. Son locas. Y las Madres respondían: es cierto, somos locas. De rabia, de angustia, de dolor.

El desdén no terminó con la dictadura ni la democracia les trajo justicia inmediata. Si bien el presidente Raúl Alfonsín (1983-1989) impulsó el primer juicio civil contra juntas militares en el mundo, terminó por ceder ante algunas sublevaciones y promulgó una ley que libraba de castigo a rangos menores argumentando que sólo obedecieron órdenes.

La impunidad empeoró con Carlos Menem (1989-1999), quien repartió indultos para “reconciliar” y “pacificar al país”. No fue sino hasta la llegada de Néstor Kirchner (2003-2007) que arrancaron los juicios contra los responsables por delitos de lesa humanidad y se promulgaron medidas de memoria y reparación.

Las Madres nunca se asociaron a partidos políticos pero muchas se politizaron y tanto su perspectiva social como su sentir con respecto a la desaparición de sus hijos terminó por dividirlas. Madres Plaza de Mayo Línea Fundadora —a la que Nora y Taty pertenecen— aceptó que sus hijos murieron. Asociación Madres Plaza de Mayo reclama a todos los desaparecidos con vida.

Todas, sin embargo, mantuvieron la consigna de su origen: seguir sacando sus pañuelos blancos a las calles para exigir memoria, verdad y justicia.

LA LUCHA NO TERMINA

Hebe de Bonafini contaba que, según testigos que estuvieron con sus hijos —porque a ella no le secuestraron a uno, sino a dos hijos—, ambos dijeron: mi mamá va a dar la vuelta al mundo para encontrarnos.

“Y yo los encontré”, decía Hebe. “En otros que luchan y pelean. Mis hijos son todos”.

De ahí la fuerza, el empuje. El reclamo de una sola madre quizá se habría diluido, pero al juntarse se abrieron paso como un caudal incontenible. Juntas lloraron, se abrazaron y asumieron las causas de sus hijos. Juntas hablaron con presidentes y pontífices. Resistieron que las llamaran locas, terroristas. Pagaron multas y compartieron celdas.

Ninguna pensó sólo en su hijo. Todas buscaron a todos. 

“Las madres sostenemos las luchas de los pueblos”, dice Sara Mrad, a quien la dictadura le desapareció una hermana pero tomó el relevo de su madre cuando ésta falleció. “Y no sólo en Argentina. En todos los países, los sufrimientos de una manera u otra, son los mismos”.

No hay una cifra exacta de cuántas Madres viven, pero entre las que siguen activas como Taty o Nora, sus hijos son oxígeno.

Nora aún se suma a las organizaciones que exigen abrir los archivos que registraron la represión entre 1974 y 1983. Sea con bastón o en silla de ruedas, denuncia a los negacionistas de la dictadura, pide que sigan los juicios para condenar a los responsables e insiste en saber qué fue de Gustavo.

“Es un compromiso que yo tomé desde que desapareció”, dice. “Un compromiso de seguirlo buscando hasta que me quede un hálito de vida”.

Aún guarda el primer pañuelo de su lucha. Se lo bordó su nuera para la peregrinación de Luján y desde entonces ha tenido otros cuatro o cinco que siempre carga en el bolso cuando sale de casa. Como todos los pañuelos de Madres Línea Fundadora, lleva el nombre de su hijo en hilo azul.

Taty guarda el suyo, doblado con el nombre de Alejandro, en una bolsita de plástico transparente. También tiene otro, pequeño y de color plata, que a modo de dije cuelga siempre de su cuello.

Ella tampoco deja de marchar, posicionarse o dar entrevistas. Todo suma, es memoria. Afianza la estafeta que ya toman los jóvenes dispuestos a postergar su lucha.

“Estoy segura de que Alejandro está muy orgulloso de mí”, dice Taty. “A mí me da fuerza eso”.

¿Cómo sería Alejandro ahora?, piensa de tanto en tanto. ¿Sería canoso? ¿Usaría anteojos? ¿Le habría dado nietos?

“Siempre me digo lo mismo, ¿cómo sería? Yo digo siempre que Alejandro está presente, pero no. No está”.

Aun así, dice, mantiene la esperanza. Los antropólogos forenses identifican cada vez más restos de desaparecidos y, si encontraran los de Alejandro, ella podría hacer su duelo, llevarle flores, rezarle.

“Yo no me quiero ir sin antes, por lo menos, poder tocar los huesos de Alejandro”.

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AP Foto: Natacha Pisarenko

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

Ante violencia en México, candidatos presidenciales se comprometen por la paz con líderes religiosos

Originalmente publicado en The Associated Press, marzo de 2024 (link aquí)

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CIUDAD DE MÉXICO (AP) – Claro que es indispensable trazar una hoja de ruta común para pacificar a México, dijo el lunes la candidata oficialista Claudia Sheinbaum en una reunión con líderes religiosos del país. Sin embargo, dejó claro que su visión respecto al escenario de violencia difiere de la que expresaron las comunidades de fe.

Sheinbaum, y los opositores Xóchitl Gálvez y Jorge Álvarez Maýnez, todos aspirantes a suceder al presidente Andrés Manuel López Obrador en las elecciones del 2 de junio, se reunieron el lunes en Ciudad de México atendiendo a una convocatoria liderada por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) para encaminar al país hacia la paz.

El evento arrancó abordando lo que la Iglesia católica considera una “profunda crisis de violencia y descomposición social” y, posteriormente, cada aspirante dio su punto de vista sobre un listado de propuestas que los religiosos les entregaron. 

El documento compartido con los candidatos —que se titula “Compromiso Nacional por la Paz”— reúne estrategias de política pública enfocadas en la erradicación de la violencia. Las propuestas fueron producto de un diálogo que se llevó a cabo a nivel nacional en los últimos meses entre instituciones religiosas, empresariales y civiles.

Desde el asesinato de dos jesuitas en el norte del país en 2022, la Iglesia católica ha sido enfática en la necesidad de repensar la estrategia de seguridad, lo que le valió una tensa relación con el presidente López Obrador.

En el evento del lunes, Sheinbaum —quien representa la continuidad del proyecto de nación del presidente— se mostró dispuesta a dialogar y firmó el compromiso por la paz, pero tan pronto arrancó su participación enlistó los puntos que no comparte con respecto a las problemáticas de violencia.

Dijo, por ejemplo, que no coincide con la “evaluación pesimista del momento actual” —que establece que el tejido social sufre una degradación acelerada— ni considera que en México prevalezcan el miedo, la impotencia, la desconfianza y la incertidumbre.

Primero defendió la estrategia de seguridad actual citando la reducción en el número de homicidios dolosos y, como suele hacer el presidente López Obrador, Sheinbaum comparó la actual gestión con la del expresidente Felipe Calderón (2006-2012), cuya denominada “guerra contra el narco” fue “desastrosa” para México.

También negó que exista una supuesta militarización del país y, por el contrario, dijo que entre los ejes de seguridad de su gestión seguiría el fortalecimiento de la Guardia Nacional. Añadió que entre sus propuestas hay programas para alejar a la juventud de la delincuencia, el fortalecimiento de la inteligencia e investigación de las policías estatales y una reforma al Poder Judicial.

Previamente, la candidata opositora Xóchitl Gálvez dijo que haría suyas las propuestas de los líderes religiosos y la sociedad civil y se dijo convencida de que las iglesias —particularmente la Católica, a la cual pertenece— juegan un rol crucial en la construcción de paz.

Durante su intervención recordó a los ocho sacerdotes que han sido asesinados en distintos estados del país en lo que va del gobierno actual y describió los crímenes como un “hito” que han marcado a la sociedad. 

“El desafío más grande que tenemos por delante es cómo reconstruir el tejido social”, dijo Gálvez, cuya candidatura aglutina a varios partidos de oposición.

Agregó que, de ganar en los comicios, se reuniría con los mismos líderes religiosos que convocaron al evento el 2 de octubre, un día después de asumir el poder, para tener una primera sesión de trabajo, diálogo y escucha de compromiso por la paz.

“Un problema de esa magnitud necesita de la participación de todos”, dijo Gálvez, quien destacó entre sus propuestas la “desmilitarización de la administración pública” y una mejora en las condiciones de trabajo de policías, ministerios públicos y jueces.

Por su parte, Jorge Álvarez Máynez, candidato por Movimiento Ciudadano, dijo que ante el panorama de violencia actual, “los mexicanos tienen toda la razón para ser pesimistas al respecto”.

“Nos dijeron que no había que preocuparnos porque sólo se iban a matar entre ellos”, dijo Álvarez Máynez en referencia al presidente López Obrador, quien durante su gestión ha recibido críticas por su estrategia de “abrazos, no balazos” para combatir la violencia.

Pero se equivocaron, añadió Álvarez Máynez, porque la violencia y la estrategia de seguridad fallida de los últimos gobiernos han cobrado la vida de mexicanos inocentes.

El candidato añadió que, como eventual gobernante, priorizaría la defensa de los derechos humanos de los migrantes y un nuevo modelo que justicia que, por ejemplo, proveería suficiente personal para atender las denuncias ciudadanas.

También propuso mejorar la formación de policías, revisar el sistema penitenciario y que las víctimas estén en el centro de los procesos de paz para lograr una justicia transicional.

Entre las medidas que las iglesias mexicanas han tomado de cara a la violencia han destacado varias jornadas de oración y un diálogo nacional que convocó a organizaciones de la sociedad civil, académicos, víctimas, empresarios y otras voces que conversaron sobre justicia, seguridad y paz. 

En febrero pasado trascendió que obispos de Guerrero, uno de los estados más violentos de México, negociaron con grupos delictivos en un intento por frenar la ola de violencia que aqueja a la población. 

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AP Foto: Marco Ugarte

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La guerra contra Hamas aviva el dolor de la comunidad judía argentina a 30 años del ataque a la AMIA

Originalmente publicado en The Associated Press, febrero de 2024 (link aquí)

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BUENOS AIRES (AP) – Aquella mañana de octubre en que combatientes de Hamas irrumpieron en 22 localidades israelíes para asesinar a decenas de judíos, Marina Degtiar volvió al 18 de julio de 1994.

De pronto —de nuevo— tuvo 26 años. Sintió el frío del invierno en Buenos Aires. Pisó los escombros del edificio que una explosión demolió sobre el cuerpo de su hermano.

Han pasado casi tres décadas del peor atentado en la historia de Argentina y la zozobra no merma. Aunque las autoridades señalan a Irán y Hezbollah como responsables de los 85 fallecidos y más de 300 heridos, a la fecha nadie ha sido condenado.

La falta de justicia y las noticias de Medio Oriente no han hecho sino agudizar la pena en la comunidad judía argentina. 

“Me preguntás ‘¿tú cómo estás?’ Y yo me emociono”, dice Marina. “Estoy muy triste porque esto que está pasando en Israel a partir del atentado terrorista del 7 de octubre nos atraviesa como humanidad, nos atraviesa como judíos y a mí me atraviesa en lo personal”.

Ella tenía una vida antes de que aquel coche bomba estallara en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), donde su hermano de Cristian trabajaba, y otra que comenzó con su ausencia. 

Antes había inocencia, dice. Sentir que quizá nada muy maravilloso o demasiado trágico podría ocurrir a su familia. Que ella y su clan —sus dos hermanos y sus padres— vivían lejos de las bombas que caían en televisión.

“Hace 30 años no era natural, al menos acá en la Argentina, hablar de terrorismo. Las bombas no explotaban en casa como nos explotaron primero en la embajada y en mi caso en particular con el atentado a la AMIA”.

Los familiares de los fallecidos no sabían cómo nombrar lo ocurrido porque no murieron en un accidente. No los mató una enfermedad ni un desastre natural.

“A mi hermano lo mató una bomba terrorista y eso nos implicó aprender a hablar un lenguaje distinto”, dice Marina. “Hablar, entender, sufrir y llorar en un lenguaje distinto”.

El desconsuelo no se ha ido, pero sí se ha transformado. Tras meses de sentir el cuerpo extraviado en la tristeza, concluyó que vivir así, paralizada, sería una falta de respeto a Cristian, así que decidió reconstruirse.

Empezó por compartir su historia en grupos de autoayuda, luego coordinó espacios de duelo en la comunidad y más tarde estudió Psicología. A la fecha conforta a quienes la pérdida también les quebró la vida.

Al conocer a sus pacientes trae al presente su pasado. Yo me dedico a esto, les dice, porque perdí a mi hermano de 21 años y no te hablo desde afuera. Yo te puedo acompañar porque ocupé —ocupo— tu lugar.

“Me armé una vida que justifica que yo hable de Cristian todos los días”, dice. “Yo nombro a mi hermano todos los días de mi vida”.

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Sandra Miasnik no se enteró como el resto.

Aquel 7 de octubre no prendió la televisión y escuchó “hay hombres armados acribillando a civiles israelíes en sus kibutz cerca de Gaza”. El horror reptó hasta su casa en Buenos Aires a través del grupo familiar de WhatsApp: una captura de pantalla donde aparecía su prima Shiri abrazando a sus dos pequeños y debajo un mensaje. “Se los llevaron”.

¿Que se llevaron a quién? ¿Adónde? ¿Por qué?

“Recuerdo muy bien ese momento”, dice. “Dije: No, no es ella. Mirá el mecanismo de defensa psicológico de no ver lo que estás viendo, de no reconocer esa cara, el gesto dentro en esa cara”.

Y, luego, el infierno. Caminar por toda la casa sin saber qué hacer. Esperar la información a cuentagotas. Leer que mataron al tío que migró de Argentina en los 70 para buscar una vida de paz lejos de la dictadura. Que tu prima, su marido y sus hijos están en manos de Hamas. Más de mil muertos y 250 secuestrados. No entender cómo es que tu familia se esconde en esa cifra.

Esta vez las bombas no explotaron en casa, pero para muchos en la comunidad judía más grande de América Latina se sintió como si el terror penetrara el patio trasero.

“¿Qué argentino puede decir que el terrorismo está en Medio Oriente?”, dice Sandra. “No está a miles de kilómetros. Lo tenemos adentro, están acá con nosotros.”

La AMIA contactó rápidamente a los familiares argentinos de las víctimas de Hamas para ofrecer apoyo y contención psicológica, pero ella tardó en aceptar. 

“Yo creía tener estabilidad y de repente aprendí que no, que esta situación nunca antes la había vivido”, recuerda. “¿A quién le pasa que le secuestran un familiar en manos de asesinos violadores?”.

Conoció a Marina Degtiar una tarde reciente, durante el festejo simbólico de su sobrino Kfir Bibas, que cumpliría un año y es el más pequeño de los rehenes de Hamas.

Cuenta que después del acto sintió una sensación nueva. Un acompañamiento. Un abrazo colectivo.

“Yo no tengo nada que ver con la cuestión religiosa del judaísmo pero en este caso conecté nuevamente con mi identidad, con sentirme parte de un pueblo, de una comunidad”, dice. “No es solamente a mi familia a la que le pasó esto. Es a la comunidad, al pueblo, a la identidad”.

Muchos la abrazaron y entre ellos estuvo Marina. “Me dijo que era familiar de una de las víctimas del atentado de AMIA”. Y a los pocos días se sentaron a conversar.

“Te das cuenta de que las maneras de transitar del dolor son tan diversas que te vas a encontrar con personas que les tocó muy de cerca esto”, dice Sandra.

“Un duelo, una pérdida, no necesariamente tiene que ser por una muerte. Hay un duelo por perder la paz, la tranquilidad, por saber que los que vos querés no están bien”.

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Cada 18 de julio, las familias de las víctimas del atentado a la AMIA vuelven a la calle Pasteur. Uno a uno nombran a sus muertos y cuando recuerdan sus vidas no hablan de ellos en pasado, sino en presente.

El edificio que se reconstruyó en el hueco que dejó la explosión no es igual a su predecesor sino más grande. La reconstrucción fue simbólica, explica Amos Linetzky, presidente de la asociación.

“No por un tema religioso, sino porque quisieron destruirnos, pero no lo lograron. Nos reforzaron aún más y seguimos aquí, en este mismo lugar”.

Desde su fundación hace 130 años, la AMIA cobija a la comunidad judía más grande de América Latina y la quinta más importante del mundo. El grupo comenzó a asentarse a finales del S. XIX con la llegada de migrantes europeos y de algunos países árabes. Juntos atendieron una necesidad básica del judaísmo: ¿dónde enterramos a nuestros fallecidos?

La asociación se transformó de a poco y hoy se ocupa de asuntos que engloban la totalidad de la vida judía, explica su presidente. Entre otras cosas, administra 60 hectáreas de cementerios, realiza actividades culturales, agrupa más 40 instituciones educativas y tiene una bolsa de trabajo que en 2023 ofreció empleo a 14.000 personas.

Además construye memoria. Año tras año, lanza campañas que recuerdan el atentado, realiza homenajes y narra el ataque a las nuevas generaciones.

“El paso del tiempo no puede ser motivo de olvido”, dice el presidente. “Tenemos un historial de persecuciones que se transforma en esta fuerza de resiliencia que nos caracteriza”.

Cuando él tenía unos diez años, recuerda, acompañaba a su padre —un psicoanalista— a conversar con sobrevivientes del Holocausto. “Crecimos con este historial de sufrimientos y la importancia de llevar con nosotros la memoria, de no olvidar”.

Un mes después de la irrupción de Hamas en Israel, la AMIA cubrió una de sus paredes con los 1.400 nombres de las víctimas. Los pintó la comunidad, mano a mano, nombre por nombre.

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En los alrededores del edificio de la calle Pasteur hay un árbol en honor de cada víctima del atentado y Patricia Strier visita a su hermana tanto como puede.

“Cuando voy a hacer alguna compra paso por el arbolito. Le doy un beso, lo toco, hablo con Mirta”, dice. “Está hermoso el árbol, está lleno de hojas”.

Todo en ella se aflige cuando habla de Mirta. Los ojos en pena como el canto más triste.

Fue la mayor de tres hermanas y cumplía un rol protector, cuenta Patricia. Siendo niñas no compartieron juegos, pero cuando entró a la universidad comenzó a quedarse a dormir en su casa y charlaban por horas. Antes de casarse, Patricia habló con su pareja para buscar un hogar cerca de su hermana y él aceptó.

Mirta trabajaba muchísimo, dice Patricia. Su vida no siempre fue agobiante pero cuando su marido la abandonó para irse con otra mujer, Mirta tuvo que hacerse cargo de sus hijos adolescentes y entró a trabajar a la AMIA, donde fue secretaria y ejercía otras funciones que apenas le permitían costear sus gastos. 

Aquel 18 de julio Mirta no tendría que haber estado en el edificio de la calle Pasteur, pero su jefa le pidió fotocopiar unos documentos y ahí la sorprendió el coche bomba a las 9:53.

Patricia estaba fuera de Buenos Aires y tardó en enterarse. Sin redes sociales, sin celulares, las noticias escurrían de a poco. Por casualidad entró en casa de una conocida y vio el televisor.

“Sentí que en el mundo se armó un pozo enorme y me chupó”.

Al volver supo que Mirta estaba enlistada como “sobreviviente ilesa”, pero nadie la había visto. Ni una llamada, ni una señal, nada.

Patricia fue de sanatorio en sanatorio. Recorrió morgues. Vio a los muertos de otros. Leyó sobre los cadáveres etiquetas que los marcaban como “NN”. Preguntó a la policía por posibles efectos personales. Pasó más de una semana y, en el séptimo día, la soñó.

“No fue a la edad de ella. La sueño como a los 22 años. Se reía y se reía. Yo le decía: ‘hija de puta, ¿de qué te reís si estamos todos desesperados de que no aparecés?’ ‘Estoy bien’, decía ella”.

Minutos después de despertarse sonó el teléfono. Su marido le dijo “ya sufriste demasiado, yo voy”. Y él reconoció el cuerpo. 

Sobre un pequeño altar en el que viernes a viernes prende su vela del Sabbat, Patricia conserva algunas fotografías de sus padres y su hermana. Mirta nunca reía, recuerda, y su madre dejó de hacerlo cuando el atentado la mató. Por eso, en esas imágenes que atesora, todos sonríen.

“Así los visualizo a todos”, dice. “Viene la luz de arriba, de mis seres queridos, de mis ángeles. Los tengo a todos ubicados, cada uno en su lugar, para no olvidarme de ninguno”.

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AP Foto: Natacha Pisarenko

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Una oración para Evita. ¿Por qué a 71 años de su muerte aún hay argentinos que añoran a Eva Perón?

Originalmente publicado en The Associated Press, febrero de 204 (link aquí)

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BUENOS AIRES (AP) – Todas las mañanas, desde la capilla del sindicato en el que trabaja en la capital de Argentina, Ángeles Celerier saluda a sus santos y eleva una oración. Buenos días, San Cayetano. Buenos días, Santa Teresa. Buenos días, Eva Perón.

Esta última no ha sido canonizada por el Vaticano —aunque el pedido existe— pero para Celerier eso no importa.

“Para mí es la santa del pueblo, la santa de todos nosotros”, dice la mujer de 56 años.

Lejos de Argentina hay quienes conocen poco o nada de esta ex primera dama que murió hace 71 años, pero en la cuna de ídolos como Messi y Maradona, Evita circula de mano en mano en los billetes de 100 pesos, habla al micrófono sobre el mural que adorna un edificio emblemático y planta rostro junto a los manifestantes que la imprimen en sus carteles de protesta.

“Tengo su estampita en mi billetera y la tengo en mi casa en un portarretrato chiquitito con una velita”, dice Celerier. “Le pido que nos ampare, que nos proteja”.

Otros trabajadores como ella la consideran su patrona o miran sus fotos con añoranza porque piensan que en tiempos de su marido, el tres veces presidente Juan Domingo Perón, todo marchaba mejor. 

“Para nosotros es la reserva espiritual del pueblo argentino”, dice Julio Piumato, director de Derechos Humanos de la central sindical más grande de Argentina y cuya firma figura en un documento de 2019 que solicita la beatificación de Eva.

“No hay otra figura que signifique tanto. Los sectores humildes se sintetizan en Evita”.

Según Piumato, entre 1946 y 1952, cuando un cáncer la mató a los 33 años y Perón concluyó su primer mandato, la pareja dignificó a la clase trabajadora y priorizó la justicia social.

El documento que ampara el pedido de beatificación menciona, por ejemplo, que mientras algunos países padecían el escozor que dejó la Segunda Guerra Mundial Perón gestaba una revolución cuyos protagonistas eran los trabajadores y los sectores más desprotegidos.

“Los santos nos muestran los caminos para llegar a Cristo e interceden ante Dios por nosotros”, afirma el texto entregado al Arzobispado. “En nuestra patria, generación tras generación se sigue convirtiendo por el mensaje humanista y cristiano de la abanderada de los humildes”. 

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El nombre importa.

María Eva fue la chica que dejó su pequeño pueblo de Los Toldos para salir a probar suerte como actriz en Buenos Aires. Eva Duarte es la estrella que posa en afiches. Eva Perón es la mujer del presidente. Y luego llegó Evita.

Evita fue quien trascendió la bandera albiceleste y escaló los peldaños de la industria cultural internacional. Fue a quien el británico Andrew Lloyd Weber compuso un musical en 1978. A quien Madonna copió el peinado en una película noventera. A quien los turistas buscan en el Cementerio de Recoleta cuando vacacionan por Argentina.

Es Evita a quien algunas feministas imprimen sobre sus pañuelos verdes y a quien obedece la denominación del movimiento que grita por transformación social.

“La representación de Evita en nuestra bandera representa estar con los de abajo y tratar de reivindicar su nombre a través del tiempo porque han pasado más de 70 años del nacimiento del peronismo, pero sigue más vigente que nunca”, dice Iván Tchorek, uno de los integrantes del Movimiento Evita, que tiene más de 150.000 integrantes y nació tras la crisis económica de 2001.

Evita es también quien decora algunos altares caseros, como si fuera un ser querido al cual se quiere recordar. 

“Evita es la figura cercana al pueblo”, dice Santiago Regolo, investigador del museo que lleva las tres sílabas de su nombre en la puerta.

“La gente empezó a llamarla así y esa construcción está vinculada al trabajo político y social que la distinguió de las mujeres que la precedieron y la toman como ejemplo hasta el día de hoy”.

Fue Evita —no María Eva, no Eva Duarte, ni siquiera Eva Perón— la que visitó fábricas y barrios. La que regaló su primer juguete a cientos de niños y pan dulces a las familias en Navidad. La que estableció espacios de vacación para los obreros que nunca se habían costeado un descanso. La que dio el empujón final a la causa feminista que en 1947 consiguió el voto para la mujer.

“Ahí se van ligando ciertas cuestiones que trascienden lo político para entablar cuestiones de orden sentimental, sacralizado”, dice Regolo. “Empieza a ser la compañera, la hermana, la madre de los humildes”.

El nombre importa y ella misma lo anotó en su autobiografía: “Prefiero ser Evita a ser la mujer del presidente si eso sirve a los descamisados de mi patria”.

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Rita Cantero tiene 71 años, surcos finos a un costado de los labios y el timbre suave de a quien le cuesta creer que la suya es una voz con algo por narrar.

“Mi mamá contaba que Evita era muy solidaria, que gustaba mucho a la gente por el servicio que hacía”.

Su madre, que como ella vivía en un pueblo al que la prosperidad le soltó la mano, conoció a la primera dama en una plaza frente a la catedral. Había un acto público, cuenta Cantero, y de pronto, Evita.

Embarazada de Cantero y sabiéndose madre soltera, doña Rafaela hizo lo único que le pareció sensato: pedir ayuda a Evita.

“A los 15 o 20 días le mandó el moisés, el ajuar completo para mí”, dice Cantero. “Por eso digo que yo soy peronista desde la cuna y a mí eso nadie me lo va a quitar”.

Según el sindicalista Piumato, Evita tenía todo un sistema que garantizaba que la fundación que llevaba su nombre funcionara como relojería suiza. Esto es, Rita Cantero ocupaba un moisés y Evita entregaba un moisés.

“Mi mamá siguió mandándole cartas porque después siguió estudiando de modista y dice que ella le mandaba sobres con dinero”, cuenta Cantero.

En su casa no hay velas ni altares con su imagen, pero no por eso es menos entrañable.

“Para uno es como una santa”, dice. “Por su condición de mujer muchos la juzgaron pero fue una chica honesta, trabajadora”.

“Luchó por la nación y fue la fuerza de Perón”.

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Perón murió dos décadas después de Evita y dos años antes de que la última dictadura militar tatuara su tinta macabra en la piel de Argentina (1976-1983), pero su nombre sigue dinamitando los ánimos del país donde la política despierta tantos amores y odios como el fútbol.

Tras las elecciones de noviembre de 2023, mientras la mitad de los argentinos apretaba los puños de pensar que el ultraderechista Javier Milei sería su próximo presidente, la otra mitad sonreía con sorna: el peronismo —el exmandatario Alberto Fernández— dejaría la Casa Rosada. 

El peronismo no es un partido, sino un movimiento. Va más allá de Perón mismo porque es doctrina, filosofía, un modo de vivir. No hay uno, sino varios peronismos —revolucionarios, progresistas y hasta neoliberales— y cada argentino defiende el suyo con la daga en la mano.

Lo que lo define se matiza según a quien se le pregunte. Santiago Regolo, del Museo Evita, explica que se fundamenta en la idea de justicia social.

“Se basa en los principios de independencia económica y soberanía política, de poder lograr una verdadera cultura y pensamiento nacional asociados a la idea de igualdad, de equidad”.

Si bien hay excepciones, es común que los sectores populares lo añoren y los acomodados lo rechacen.

Entre los argumentos de sus críticos —los antiperonistas, como el diputado Fernando Iglesias, quien en 2019 publicó un libro de 600 páginas que sostiene que fue la ruina del país— destacan que surgió de un gobierno autoritario, que es populista, que su asistencia social disfraza el clientelismo y que genera una dependencia excesiva del Estado. 

De la detracción no se salva ni Eva. Su fundación presionaba para obtener recursos, dicen. No era una santa, sino una arribista. Por un lado decía defender a los pobres y por el otro gastaba fortunas en vestidos Dior.

“¿Sería la santa de los vagos?”, tuiteó un usuario cuando el sindicato pidió canonizarla. “Santa patrona de los delincuentes y el choripán”, escribió alguien más.

Borrarla del mapa es también una bandera. Luego del golpe que derrocó a Perón en 1955 se prohibió nombrarla, desplegar su imagen, conservar los juguetes que obsequió. Los militares tomaron su cuerpo embalsamado del segundo piso de la central sindical donde ahora trabaja Piumato y, tras esconderlo un tiempo en Buenos Aires, optaron por enviarlo a Europa, donde pasó 14 años en una tumba con otro nombre. 

Poco después de que el cuerpo regresara —golpeado y deteriorado— el ejército volvió a custodiarlo tras el golpe de 1976 y sólo aceptó devolverlo a la familia con una condición: se enterraría ocho metros bajo tierra, sellado en una cripta de mármol para que nunca nadie más la vuelva a ver. 

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Un rumor cuenta que la tumba de Evita siempre tiene flores frescas.

Rojos son los pétalos que captura la lente de Catalina Castro en una tarde reciente. “Evita es lo mejor que le pudo haber pasado a este país”, asegura la joven de 22 antes de que el llanto le corte las palabras. “Incluyó a todo el pueblo argentino y los de arriba siempre repudiando eso”.

Su madre, que se llama Andrea Vellesi y la abraza, cuenta que hablar de Evita les afecta porque su familia vive un momento complicado. “Nunca estuve con tanta angustia”, dice sobre un paquete de medidas económicas que recientemente aplicó Milei.

De la puerta metálica del mausoleo que se tragó la tumba cuelgan cartas, fotos personales, una bandera, varios rosarios. En un papel trozado a mano se lee “gracias”.

“Para mí representó muchísimo porque fue la defensora del pueblo en los momentos más duros”, dice Manuel Cordero, un argentino de 68 años que vive en España y pasó a visitar la tumba con su familia. “Por más que la hayan criticado porque usaba joyas, fue muy defensora de la clase obrera y para mí eso es fundamental”.

Víctor Biscia, de 36, dice que en casa no tiene imágenes de Evita pero sí del fallecido expresidente Néstor Kirchner (2003-2007) y su mujer y sucesora Cristina Fernández (2007-2015), la segunda pareja peronista que más pasiones despierta en Argentina.

“Ellos representan el sentimiento popular”, dice Biscia. “Fueron claves en nuestra historia para conseguir derechos que se están acortando con el gobierno actual”. Hoy nadie convoca gente como Cristina, asegura, y la percibe como una Evita contemporánea.

El verdadero poder de Eva, dice la historiadora Sandra Gayol, reside en su capacidad de ser tantas Evitas como la gente quiera. Una suerte de Hidra con muchas cabezas.

La hija ilegítima. La muchacha de pueblo. La actriz que hizo su lucha. La esposa del presidente. La que criticó a la Iglesia por su caridad a medias. La que abrazó madres solteras. La que confortó ancianos. La de los zapatos caros. La que muerta recibió mensajes de “Viva el cáncer”.

“Ella refleja mucho de lo que somos como argentinos”, dice Gimena Villagra, de 27, detenida junto a la tumba. “No creo que haya alguien a quien no le signifique algo”.

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AP Foto: Natacha Pisarenko

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Que la poesía transforme al mundo en belleza, la apuesta del más reciente premio Ernesto Cardenal

Originalmente publicado en The Associated Press, febrero de 2024 (link aquí)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) – Aquella tarde de invierno en que Alejandro Roemmers se despidió de su caballo, el aire fresco y las caminatas a la orilla del río, la tristeza le obsequió la poesía.

El poeta y empresario argentino nacido en 1958 apenas tenía 8 años, pero la melancolía de dejar atrás unos días felices en la sierra provocaron que al volver a Buenos Aires tomara un papel para poner en palabras su sentir. 

“Ese fue mi primer poema y de ahí en más me di cuenta de que tenía una forma de transmitir emociones que no podía o no quería decir de una forma común”, dijo horas después de haber sido galardonado con el Premio Ernesto Cardenal de la Concordia y los Derechos Humanos.

El reconocimiento entregado anualmente por la fundación que preserva y difunde el legado de uno de los poetas y pensadores más admirados de Nicaragua y América Latina celebra la dimensión humana, literaria, intelectual y teológica de sus premiados. Además de Roemmers fue homenajeada la escritora mexicana Elena Poniatowska por sus aportes al mundo literario.

Roemmers, quien también ha publicado novelas, realiza en paralelo obras filantrópicas de seguridad alimentaria, proyectos agropecuarios y restauración de templos, entre otros.

El argentino ha recibido otros reconocimientos como el Premio San Francisco, pero dice que éste es especial por lo que Cardenal representa. “La fundación hace honor a un poeta que viene del ámbito literario, pero que tuvo una trayectoria de influencia social, incluso política”.

Cardenal apoyó la revolución sandinista y trabajó un tiempo en el gobierno del actual presidente Daniel Ortega, pero terminó por distanciarse cuando el mandatario comenzó a concentrar el poder. El también sacerdote nicaragüense denunció el inicio de una “dictadura familiar”, lo que lo volvió blanco de críticas y hostigamiento.

Roemmers celebra que otros escritores defiendan los derechos y libertades humanas a través de las letras, pero dice que él se decanta por textos que aborden temas universales, que cualquier persona puede leer y disfrutar sin importar su edad o lugar de origen.

“El regreso del joven príncipe”, por ejemplo, fue publicado en 2008 y plasma la importancia que la evolución espiritual puede tener en la vida. Además, reflexiona si es posible preservar la inocencia mientras se enfrentan injusticias y maldades.

Roemmers no sólo piensa que este libro fue una suerte de camino espiritual para su propia vida, sino que ahora su aproximación a la realidad y las emociones desde la escritura también es espiritual. 

“La poesía te hace observar la realidad y luego tratar de expresarla”, dice. “Me obliga a estar atento no solo al momento presente, sino también a la naturaleza, porque la naturaleza es lo que más me inspiró al principio”.

¿Y cómo transformar esa naturaleza —ese árbol, ese jardín, ese atardecer que cualquiera se topa— en algo distinto? Con belleza.

“Un poeta dijo que la poesía era bordar con oro de nuestra fantasía los harapos tristes de la realidad y eso para mí ha sido lo que ha guiado mi camino espiritual, es decir, siempre tratar de transformar todas las situaciones hacia la belleza”.

Roemmers piensa que ésta se asocia a la generosidad y la compasión, por lo que parte de su trabajo se ha concentrado en estudiar y difundir el legado de San Francisco de Asís, quien nació en Italia y tuvo una primera vida privilegiada pero renunció a su herencia para priorizar los bienes espirituales a los materiales. De hecho, hace unos años lanzó la obra musical “Franciscus”, basada en la vida del santo y que se presentó en el teatro Broadway de Buenos Aires.

En este tiempo no ha abandonado los negocios ni la filantropía pero insiste en que la escritura es lo más íntimo y propio de su vida. “Es donde realmente puedo expresar mi interioridad”.

En abril, presentará una continuación de su libro más querido —se titulará “El joven príncipe señala el camino”— y se dice emocionado de llegar a más lectores.

Recuerda que para la primera entrega hubo una persona que le sugirió agregar su propia definición de Dios y hacer esa modificación al texto le hizo ver la manera en la que las miradas ajenas puede incidir en letras que ya parecían fijadas al papel.

“Siempre digo que los sucesivos lectores pueden sugerir continuaciones”, dice Roemmers. Y, con ellos, completar sus obras.

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