Música, disfraces y el gozo de recordar a los difuntos: bienvenidos a las «muerteadas» mexicanas

Originalmente publicado en The Associated Press, noviembre de 2023 (link aquí)

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SAN AGUSTÍN ETLA, MÉXICO (AP) – Daniel Dávila pega saltitos para meterse en su papel y repetir su parlamento: “Yo soy el diablo chiquito, pariente de Satanás. Si con mi padre no te fuiste, ¡conmigo sí te irás!”.

El mexicano de San Agustín Etla dice que quiso ser diablo desde que cumplió 12 y participó en sus primeras “muerteadas”. En el estado de Oaxaca, donde vive, las comunidades celebran estas festividades de Día de Muertos desde niños y continúan emocionándoles por el resto de su vida.

Los detalles de cada muerteada varían de un pueblo a otro, pero la mayoría inicia con una visita a la iglesia local, donde los músicos tocan sus primeras piezas y los participantes piden la bendición a sus santos. Después inicia una puesta en escena y le sigue una procesión llena de bailes, brindis y visitas a las casas vecinas.

Daniel, que ahora tiene 33, confeccionó su disfraz de diablo semanas antes de la muerteada del 1 de noviembre. No recuerda cuántos cascabeles cosió a la tela roja, pero cuando se mueve con el traje puesto, parece una sonaja. Sus brincos no carecen de esfuerzo: entre pantalón y chaleco, su traje pesa unos 30 kilos.

“Me gusta el diablo por la forma en que se baila, brincando, y por el sonido”, dice.

En la puesta en escena, el humor nunca falta. La trama es la siguiente: tras la muerte de su marido, una mujer acude a su padre –un hacendado—- para pedirle que le ayude a revivirlo. El viejo manda traer a varios personajes, como un sacerdote y un doctor, pero todos fracasan. Quien lo resucita es el espiritista y por eso algunos dicen que las muerteadas festejan el triunfo de la vida sobre la muerte. 

“Nosotros tenemos la creencia de que nos vienen a visitar nuestros difuntos y ésta es una manera de recordarlos en vida”, explica Daniel, cuyo personaje juguetón se dedica a jalar los pies al muerto. “No sólo es ir a bailar, saltar y emborracharse”.

De acuerdo con Víctor Cata, secretario de Cultura de Oaxaca, las primeras muerteadas fueron procesiones en las que las familias se ponían máscaras de jaguar. En tiempos prehispánicos, la gente temía que no brotara el sol y se extinguiera la vida. Se pensaba que con el fin del mundo habría mujeres que se convertirían en monstruos y devorarían a los humanos. En consecuencia, los pobladores se ocultaban bajo sus máscaras y pasaban la noche en vela.

“San Agustín Etla es una comunidad de orígenes zapotecos”, dice el secretario. “Pero las culturas viven y obedecen a sus tiempos. El culto a sus muertos ha ido cambiando y por eso ahora vemos una fiesta donde hay mucha alegría”.

Las muerteadas tienen un guion de base para algunos personajes como el de Daniel, pero la mayoría de los actores improvisa. Sus líneas se declaman en verso y se aprovecha la ocasión para ventilar chismes locales y burlarse de los políticos. Algunos se incomodan o molestan, dice Daniel, pero la mayoría pasa un buen rato.  

Efraín García es otro oaxaqueño que pasó años disfrazándose de diablo, pero para estas muerteadas decidió ser espiritista. Desde su casa en el pueblo de San José Etla, dedicó una semana a pegar casi 900 espejos a la capa de su traje. Y, aunque sabe que moverse con esos 35 kilos de disfraz sobre la espalda será exhaustivo, está contento con el resultado.

El hombre de 57 dice que el gusto por las muerteadas se hereda. Sus hijos confeccionan trajes como él —incluso para ponerlos a la venta— y sobre una percha de su patio cuelga el disfraz de diablo de su nieta, un traje morado y diminuto con pocos cascabeles para que la pequeña pueda bailar sin esfuerzo.

“Esta fiesta la celebramos porque a nuestros difuntos les gustaba”, dice Efraín. 

Los organizadores del evento también se preparan con mucha anticipación. Horacio Dávila, primo de Daniel y uno de los encargados de la seguridad de las muerteadas, cuenta que la banda musical se agenda con un año de antelación. 

Las muerteadas no son baratas, explica. Los pobladores de algunas comunidades deben pagar una cuota para participar en la puesta en escena y se espera que los vecinos contribuyan con el pago de la banda. Los disfraces son aparte. Uno de diablo o espiritista, como los de Daniel y Efraín, puede costar hasta 15.000 pesos (unos 800 dólares).

La gente paga con gusto porque las muerteadas forman parte de nuestra identidad, asegura Horacio, y para muchos como él es la época más esperada del año.

“A los mexicanos algunas cosas nos duelen, pero luego las agarramos con risa, con burla”, dice. “Cuando yo me muera, no quiero que me lloren. Quiero que estén cantando, que traigan la música y se pongan a bailar”.

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AP Foto: María Alférez

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

Narcissus Quagliata, el maestro italiano que pinta con luz

Originalmente publicado en The Associated Press, octubre de 2023 (link aquí)

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VALLE DE BRAVO, México (AP) – Narcissus Quagliata no pinta con óleo, sino con vidrio. 

Apoya una mano sobre una mesa blanca y con la otra espolvorea partículas que parecen confeti de cristal. Para el vitralista italiano que desde 1995 vive en México, el arte más poderoso nace de la luz.

“La luz, con el vidrio, te mueve hasta el fondo, como cuando uno ve un vitral en una iglesia y tiene la luz precisa”, dice el artista de 81 años.

El maestro no es maestro porque lleve más de medio siglo creando vitrales por encargo. O sí, pero no sólo. Su legado más preciado es una técnica que permite amalgamar colores en un mismo panel.

Los alcances de su invento, el vitral de vidrio de fusión, pueden verse en “Holy Frit”, un documental que se estrena en noviembre en Estados Unidos. El filme viaja hasta 2015 y retrata cómo Narcissus le salvó el pellejo a Tim Carey, un colega que se vio en el aprieto de la doncella que debía convertir la paja en oro.

—¿Hola? ¿Tim? Dime algo: ¿Cuál es el vitral más grande que podrías hacer? —le dijo el arquitecto a cargo de un nuevo templo metodista en Kansas.

El artista mordió el anzuelo y así empezó el proyecto más ambicioso de su carrera: 161 paneles que, al juntarse, formarían un vitral de 30 metros de largo. 

Tim no sólo se mordía las uñas por el tamaño de la obra, sino por su contenido. Aceptar el proyecto implicaba ponerse al servicio del Señor.

El pastor Adam Hamilton, fundador de la congregación cristiana que hizo el encargo, dijo en “Holy Frit” que visualizaba el vitral como un medio a través del cual se expresaría la gracia de Dios para decir a sus hijos: “Aquí estoy”.

Tim realizó 76 bocetos antes de obtener su visto bueno. En el diseño final, Cristo está en el centro y a su alrededor conviven motivos tan diversos como el Espíritu Santo y Martin Luther King.

Lo que Tim ocultó al pastor es que su bosquejo combinaba más de un color en una misma hoja de vidrio y en el vitralismo tradicional esa hazaña era un sueño guajiro.

Atemorizado, hizo lo que le dictó la tripa: llamó a Narcissus y le dijo: “¿podrías venir?”.

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Piensa en la última vez que pisaste una catedral y la luz te hizo girar la cabeza hacia un vitral.

El origen del vidrio es muy antiguo, pero el vitralismo se popularizó en los templos románicos hace unos mil años. En palabras simples, los vitrales son piezas compuestas por hojas de vidrio que se ensamblan con varillas de plomo.

La técnica para colorear vitrales ha sido variable, pero por siglos mantuvo una limitación: un color por lámina y no más. ¿Y eso cómo se ve? Imagina una mariposa cuyas alas son azules, verdes y amarillas. ¿Cuántas placas de vidrio tendrá? Seis (o tres por lado). Dos azules, dos verdes, y dos amarillas. Todas unidas por plomo.

Para fusionar más de un color por lámina, algunos vitralistas intentaron fundir vidrios de distintos tonos, pero la química los venció. Dado que cada color posee distintos minerales y éstos determinan su temperatura de enfriamiento, puede que una placa con azul y rojo se funda en el horno pero luego se quebrará.

En la mezcla se da un combate de colores, explica Narcissus. Uno quiere expandirse, el otro contraerse y ¡crack!

A finales de los años 70, una proveedora de vidrio estadounidense llamada Bullseye retó la ciencia. Su logro fue el vidrio de fusión, o ese confeti cristalino que Narcissus espolvorea como un pastelero sobre vidrieras que, una vez expuestas a 800ºC durante 18 horas, formarán figuras.

“Eso quiere decir que puedes crear una imagen en vidrio sin plomo”, explica. “Puedes meter al horno una hoja del tamaño de un libro, ponerle 80 colores ¡y no se truena!”.

Entre la invención del vidrio de fusión y la llamada de Tim pasaron décadas, pero cuando Narcissus emprendió el viaje para ayudarlo a crear la “Ventana de la Resurrección”, el maestro iba contento y seguro: había pasado los últimos 40 años perfeccionando el arte de pintar con vidrio.

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Narcissus es como el Steven Spielberg de los vitrales, dice Tim en “Holy Frit”.

Trabajar codo a codo con un genio tiene su precio. Primero Narcissus le sugirió modificar el diseño. Luego, cuando sacaron su primer panel del horno —una pieza en verde que retrata a Noé— le dijo que no le convencían los colores. Y, durante una noche en que sentían que los devoraba el tiempo, le aconsejó cortar la comunicación con su familia y mudarse a su estudio.

—Si apesta, apesta. Es sólo una obra de arte —balbuceó Tim.

—Si apesta, toda la gente de una comunidad verá algo que hiciste, así que es tu responsabilidad que eso no suceda —respondió serio su sensei.

Aunque no lo confesó, él también tenía algo que perder. Podría ser el Yoda de los vitrales, pero hasta ese momento Narcissus nunca había empleado su técnica de fusión en 161 paneles de 1,2 x 1,5 metros para retratar 90 figuras.

A sus 73 años, aún le quedaban monstruos por domar.

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El maestro es lo que se esperaría de un artista que nació en Roma a mediados de la guerra. La melena blanca. Los lentes de pasta. El acento que patina sobre su español perfecto.

Antes de mudarse a México, pasó tres décadas en Estados Unidos. A los 19 dejó Roma rumbo a Nápoles y de ahí viajó en barco a Nueva York.

Sólo pasó un mes en la Gran Manzana, pero la casualidad lo arrojó al espacio que marcaría el rumbo de su vida: una exposición en la que el Museo de Arte Moderno presentaba vitrales de Marc Chagall.

“Había uno o dos vitrales por sala, iluminados desde atrás artificialmente”, cuenta mientras mueve las manos como director de orquesta. “Eran bellísimos, bellísimos, bellísimos”.

“Me acuerdo de quedarme muy emocionado y con el síngulo (único) pensamiento de que, si yo comparaba las pinturas de Chagall con los vitrales, los vitrales eran mucho más fuertes. ¿Y por qué? ¡Por el vidrio!”.

Al poco tiempo se mudó a California, donde estudió Bellas Artes y empezó a encontrarse a Janis Joplin en las fiestas, pero la impresión de las vidrieras siguió latente en él.

Aunque para entonces quería pintar como Matisse o Picasso, cuando surgió el Movimiento Arts and Crafts —y se difuminó la línea entre lo artesanal y lo artístico— recordó la fuerza del vitral.

Eran finales de los años 60 y aquel Narcissus en sus 20’s pensaba: lo que podría hacer con vidrio rojo, con vidrio azul. Wow.

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Narcissus Quagliata y Tim Carey pintan de pie frente a una mesa blanca. Apoyan una mano sobre ella y con la otra espolvorean trocitos de vidrio de color.

“La diferencia entre pintar y trabajar con vidrio es que lo que nosotros hacemos pasa por un volcán”, dice Narcissus en “Holy Frit”.

“No se me ocurre otra forma de arte que tarde un día en revelarse a sí misma”, sigue Tim, en referencia a las horas que el fuego tarda en fundir el vidrio y soplar vida en la obra.

En la “Ventana de la Resurrección”, la piel de Cristo es amarilla. Tiene retazos rojos. Su mirada mezcla naranja, rosa y morado. Es irreal y, a la vez, real.

“El vidrio de fusión es espontáneo. Despierta un sentimiento genuino que es raro en la pintura religiosa, que siempre hace clichés”, dice el maestro.

Cuando los primeros feligreses vieron el rostro divino colgado en su templo, lloraron. Lo fotografiaron con sus teléfonos. Cada uno de ellos donó lo que pudo para reunir los 3,4 millones de dólares que costó el vitral.

Un puñado se acercó a Narcissus y él, sonriente, dijo: es la técnica que inventé.

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En más de seis décadas ha hecho de todo. Vitrales para residencias, oficinas y templos. Obras arquitectónicas y artísticas. Sus vidrieras destellan lo mismo en Italia que en Taiwán.

En México armó las piezas de un domo romano que Miguel Ángel reconstruyó y hoy puede visitarse en la Basílica de Santa María degli Angeli, en Italia. En Alemania completó la tarea más titánica de todas: un domo con 1.152 paneles y 30 metros de diámetro que le tomó más de cinco años de desvelo y fue inaugurado por el presidente taiwanés.

Hoy piensa que lo más particular de su trabajado ha sido la perspectiva de su obra: el vidrio visto desde los ojos de un pintor. “Mi carrera está definida por tres cosas: una es la luz, la otra es el amor por la figura —muy bella o muy distorsionada— y la obra que tiene algo de social”.

En general no le cuesta despedirse de sus obras pero concluir el domo de Taiwán fue distinto. “Cuando terminé, regresé aquí y me deprimí varios meses. Fue más que una tristeza, fue como haber ganado las olimpiadas y después correr una carrera local”.

Salió adelante tras responderse una pregunta: ¿Cuándo fui más feliz como artista? Y entonces recordó: era joven y a duras penas juntaba la renta pero la energía y la esperanza que sentía fue suficiente para renunciar a la pintura y volcarse por completo al vidrio.

“Y entonces me dije: ¿por qué no hacer lo mismo? En vez de pensar todo lo que has hecho en el pasado, piensa lo que quieres hacer en el futuro y hazlo con el mismo espíritu de aventura que tenías cuando eras joven”.

Así aprendió a dar clases remotas, encarar la tecnología y —con ayuda de su hija, quien es artista de video experimental— preparar una masterclass.  

También amplió su estudio. Ahora, dice, tiene más de 80 años y ya no le gusta viajar pero le ilusiona recibir a estudiantes que deseen aprender a pintar con luz.

“En vez de salir al mundo a enseñar, quiero que el mundo venga a mí”.

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AP Foto: Ginnette Riquelme

La cobertura de noticias religiosas de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.

Mexicanos de Oaxaca iluminan con velas y altares el camino para reencontrarse con sus muertos

Originalmente publicado en The Associated Press, octubre de 2023 (link aquí)

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SANTA MARÍA ATZOMPA, MÉXICOA (AP) – Las manos de Ana Martínez se mueven con calma, como si danzaran a través del altar que construye flor a flor, vela por vela, para honrar a sus muertos.

Desde la terraza de su taller de cerámica en Santa María de Atzompa, en el estado de Oaxaca, la mexicana de 41 años continúa una tradición legada por sus antepasados. Cada 31 de octubre inicia su día montando este espacio y continúa por la noche, cuando acude al panteón para poner velas que iluminen el camino de sus difuntos.

Miles de mexicanos esperan la temporada anual de Día de Muertos porque, según sus creencias, los seres queridos que se han ido vuelven unas horas a compartir alimentos y dicha con ellos.

“Atzompa es un pueblo muy ancestral, guardamos la cultura de nuestros ancestros y por eso elaboramos nuestro altar”, dice Ana.

Primero son las flores. La oaxaqueña toma ramitos de cempasúchil que teje alrededor de un arco que se alza sobre los tres pisos de su ofrenda.

“Para nosotros ese arco significa el portal para que ellos (los difuntos) puedan llegar hasta nuestra casa”, explica. “También ponemos un caminito de flores hasta la puerta porque es una señal de que son bienvenidos”.

Después sigue el copal, un incienso compuesto de resinas que al encenderse desprende un aroma que, según se piensa, guía a los muertos hacia su hogar. Luego dispone alimentos como manzanas, maní y dulces de azúcar.

Cerca del pan de yema —un bollo del tamaño de un plato que tiene una figurita humana en el centro—, Ana coloca un cuenco redondo y especial: los chocolates que a su abuela le gustaba comer.

“Ella fue como mi madre, entonces todo lo que voy a ofrecer es esperando que ella pueda acompañarme en el altar”.

Para los oaxaqueños como Ana, en esta fecha no se honra a la muerte sino a los antepasados, explica el secretario de cultura estatal, Víctor Cata. “Es un culto a nuestros seres queridos, con quienes vivimos un tiempo y compartimos un techo, una casa, una comida; que fueron de carne y hueso al igual que nosotros”.

Las tradiciones de Atzompa se aprenden desde la niñez y se transmiten de padres a hijos. En el hogar de Ana, su pequeña de ocho años pregunta emocionada si puede ayudar a acomodar la fruta del altar y su madre le asigna otra tarea importante: cuidar que las velas se mantengan encendidas por la tarde para que sus difuntos no pierdan el camino.

El valor de los cirios es trascendental en esta comunidad en la que el cementerio local se cubre de fuego sobre las tumbas con la partida del sol. Siguiendo esta tradición, localmente conocida como “vela” o “alumbramiento”, decenas de familias pasan la noche junto a sus difuntos.

“Ellos van a venir a nuestras casas con esa luz que les vamos a ir a poner toda la noche”, dice Ana.

Algunos oaxaqueños llegan al panteón desde temprano. María Martínez, de 58 años, empezó a colocar flores de cempasúchil sobre las tumbas de sus suegros y su marido desde el mediodía. “Yo sí siento que hoy regresan pero creo que están con uno diario, no sólo en esta fecha”, dice.

Cuenta que su marido falleció hace tres años y todos los días extraña aquel tiempo en el que estaban juntos. “A él le gusta el mole y el caldo de res. Todo se lo preparo”.

A sólo unos pasos está Juan Manuel Gutiérrez, quien visita la tumba que en 2011 cavó para su papá. Él llegó temprano para colocar algunas flores y velas, pero sus siete hermanos vendrán más tarde hasta cubrir la tierra, dice el oaxaqueño de 49.

Las tradiciones que los distintos pueblos oaxaqueños preservan para recordar a sus muertos varían porque en el estado conviven 16 grupos indígenas y el pueblo afro, pero según el secretario Cata se comparte una noción relacionada con la tierra.

“En octubre y noviembre es la época de sequía, donde la tierra va languideciendo”, explica. “Pero es algo que vuelve a nacer, entonces hay este pensamiento de que los muertos vuelven, que están aquí con nosotros en nuestros altares, donde colocamos todo lo que les gustó”.

Felipe Juárez suelta una carcajada cuando recuerda el rincón del altar que puso en honor a su hermano. A él le gustaba el mezcalito y la cervecita, dice, así que le dejó unas botellas antes de salir al panteón.

“Son ocho tumbas que vengo a visitar. La de mi papá, mi mamá y de mis hermanos. Todos mis hermanos ya se fueron”, dice el oaxaqueño de 67 años.

Él y su familia pasarán la noche en el cementerio, con buen ánimo y platos típicos —mole y tamales— esperando en casa para desayunar cuando vuelvan a las seis de la mañana. No será una vigilia triste, sino feliz, dice Felipe.

“El día que nosotros vayamos a morir, vamos a encontrarnos con ellos, vamos a llegar a ese lugar a donde ellos han llegado a descansar”.

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AP Foto: María Alférez

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