La otra cara de Michael Peña

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Originalmente publicado en Esquire no. 76 (PDF aquí)

Si hacerse camino en Hollywood es complicado, lidiar con el estigma de tener ascendencia latina requiere aún más talento y convicción. Por eso el mérito de Michael Peña es grande: ha logrado hacerse de un nombre reconocido en la industria y compartir créditos con las mentes más brillantes del cine. Este mes lo veremos en Fury, un drama de la Segunda Guerra Mundial donde también actúan Brad Pitt y
Shia LaBoeuf.

    Hay algo que siempre hace sufrir a Michael Peña: hablar en español. Él no es mexicano, ni migrante, ni extranjero. Sus padres sí son latinos pero él nació, creció y vivió en Chicago como un estadounidense más. Cuando uno platica con él, escucha las mismas muletillas y modismos que usaría Brad Pitt. Sin embargo, el precio que paga el hijo de un matrimonio de migrantes para trabajar en Hollywood es fingir un acento latino en casi todos sus papeles. “El único acento que tengo es el de Chicago”, le dijo a Jimmy Kimmel cuando presentó la película Cesar Chavez (2014), antes de que el público estallara en risas.

     Para que le abrieran la puerta al mundo del cine hollywoodense, Peña no sólo tuvo que aprender a hablar como latino, sino a actuar como algunas personas creen que un latino debe actuar. Sus primeros papeles fueron “pandillero número cuatro” y “pandillero número cinco”. Dice que esa situación se volvió tan común que repetidamente le prometía a su madre que ya llegaría el día en que no sería un rufián cualquiera, sino el líder de una banda de mafiosos. Con el tiempo lo logró: fue un papel “sin nombre”, en el que su diálogo no tenía más de cuatro líneas, pero para él fue más que suficiente.

     El personaje que lo lanzó al estrellato se llamaba Daniel Ruíz. Era un cerrajero de Los Ángeles en Crash —ganadora al Óscar en la categoría de Mejor Película en 2006— y Peña dice que cuando el director Paul Haggis le ofreció el papel, lo primero que le preguntó fue: “¿Mi personaje tiene nombre?”. Hasta ese momento, casi todos los personajes a los que había interpretado eran anónimos, y obtener papeles clave en las películas en las que trabajaba le tomó tiempo y paciencia. A pesar de ello, dice que nunca se desilusionó y que su trabajo aún le emociona: “Cuando consigo un papel nuevo me pongo tan nervioso que casi se me olvida cómo actuar. Para mí, cada personaje es totalmente nuevo, así que siento que siempre empiezo de cero”.

     El protagonista de Crash puede presumir que ya enterró a sus pandilleros. Tras la cinta de Paul Haggis trabajó en Million Dollar Baby (2004) con Hilary Swank y Clint Eastwood; en Babel (2006) con Gael García Bernal y Adriana Barraza; en Shooter (2006) con Mark Wahlberg; en Lions for Lambs (2007) con Robert Redford, y en 26 películas más.

*

    Fury, película que retrata a cinco soldados a cargo de un tanque Sherman en la Segunda Guerra Mundial, cumplió uno de los sueños de Peña: convertirse en militar. “Mientras estudiaba la preparatoria formé parte de la Junior Reserve Officers’ Training Corps y el ambiente me encantó. De hecho, por alguna razón, siempre me han gustado las películas de guerra.” En aquel entonces tenía 17 años y de un día para otro decidió enlistarse en la Marina. Sin embargo, la madre de un amigo lo convenció de que aquel no era el camino a seguir: como era muy bueno para imitar gente le sugirió que, en lugar de entrenarse como soldado, probara suerte en la actuación. Peña accedió a regañadientes, pero en su primera audición consiguió el papel. “En un inicio lo vi como un trabajo temporal porque acababa de salir de la escuela, pero mientras más lo hacía, más pensaba: ‘Esto es genial’.”

     Por más pequeños que fueran sus papeles, Peña se desvivía por ellos. Buscó estrategias para relatar con fidelidad la historia que correspondía a cada personaje y experimentó con varios métodos de actuación. Inventarse un acento latino fue parte del proceso de una lucha que entabló contra una industria que discrimina tanto como el país que la auspicia. “Me costó mucho obtener un rol que no fuera el de un delincuente. Pero bueno, creo que todo se trata de abrirse camino.” Peña piensa que las mentalidades han cambiado y que hoy los latinos pueden tener oportunidades geniales. Para probarlo no sólo menciona a directores como Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu, sino a Oscar Isaac, el actor guatemalteco que dio una de las mejores interpretaciones de 2013 como un cantante de folk en Inside Llewyn Davis.

     A pesar de todo, interpretar latinos también le ha dejado satisfacciones. Dice que gracias a su caracterización en Crash —ropa holgada, cadenas sobre el pecho y cabeza a rape— mucha gente lo felicitó, pues con ello modificó el estereotipo del migrante en Estados Unidos. Cuenta que, cuando se estrenó la cinta, algunas personas lo detenían en la calle para agradecerle que sus personajes dejaban claro que ni su aspecto ni su forma de vestir eran sinónimo de vandalismo. “Me dijeron que estaban orgullosos de que representara a su comunidad en el cine. Eso es algo que aun ahora asumo como una gran responsabilidad y me encanta.”

*

     Michael Peña es muy distinto a los personajes que interpreta, pero hay mucho de su historia familiar en los filmes que protagoniza. Su madre nació en San Luis Potosí y su padre en Jalisco, México, y ambos dejaron su hogar en los años 70 para mudarse a Estados Unidos. “Se conocieron en Chicago, nos tuvieron y tiempo después los deportaron. A mi hermano y a mí las autoridades no nos dejaron ir con ellos, así que vivimos en un hogar adoptivo durante varios meses.”

     Con la deportación, la situación de su familia se volvió crítica: sus padres tardaron casi un año en reunir dinero para volver a cruzar la frontera y poder reunirse con Michael y a su hermano. Peña habla de sus padres como un niño que presume al superhéroe que más admira: “Mi madre cursó hasta sexto de primaria, pero era muy emprendedora. Cuando llegó aquí aprendió a hablar inglés y entró a trabajar a una fábrica. Pero después continuó estudiando y cuando llegó a la preparatoria fue verdaderamente emocionante para ella. Mi padre tampoco terminó la primaria, pero tenía dos trabajos; todo para que pudiéramos tener una vida mejor”.

     Cuando decidió convertirse en actor, su familia nunca dudó de él. Al contrario: “Da lo mejor de ti”, le aconsejó su mamá. Ella le dejó claro que al principio sería duro —ganaría poco dinero y tendría que aceptar papeles fatales—, pero que no le quedaría de otra si quería ser exitoso y al final todo valdría la pena. Peña la escuchó; aceptó cuanto personaje le ofrecieron para darse a conocer en el medio y ahora ya puede trabajar con los mejores directores y memorizar los mejores guiones, incluso en películas que no sean un éxito comercial. “A mucha gente no le gusta luchar. Muchos prefieren pasar toda su vida en un trabajo que no les gusta. Creo que no podría hacer algo así. Me sentiría miserable todo el tiempo”, dice el actor.

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     Hay otra cosa fundamental que los padres de Michael Peña le enseñaron a sus hijos: el valor de una buena historia. “Sé que no suena como algo genial, pero cuando mi hermano y yo éramos pequeños, mi familia tenía poco dinero y por las noches mi madre nos contaba historias mientras bebíamos una taza de chocolate con leche. A veces le ponía avena y sabía muy rico… No lo había pensado sino hasta ahora, pero es justo lo que hago con mi hijo: le leo todas las noches cuando estoy en la ciudad y a él le gusta mucho.”

     Peña podría inspirar las historias que le cuenta a su hijo en varios de los guiones de las películas que ha interpretado y sería conmovedor. En Crash es memorable porque su personaje le regala a su hija pequeña una capa invisible que en apariencia la salva de un musulmán fúrico que le dispara a causa de un malentendido. En World Trade Center (2006) es un oficial de policía que se queda atrapado bajo los escombros de una de las Torres Gemelas —durante los atentados del 9/11— mientras rescata heridos. En Cesar Chavez (2014) es el líder campesino que en la década de 1960 luchó a favor de los derechos de los trabajadores del campo migrantes en Estados Unidos.

     El actor de Fury ha trabajado con algunos de los mejores directores de la industria —Oliver Stone y Clint Eastwood, por mencionar un par— y dice que siempre disfruta el proceso porque es como tener un entrenador durante una pelea. La dificultad de su último papel no fue sólo aprender a manejar un tanque de guerra, sino hablar como los pachucos y chicanos de la época. Para conseguirlo, dice Peña, el director David Ayer fue fundamental. “Como no hablo así, no sé arrastrar las palabras, así que me tomó un buen tiempo imitarlos. Sin embargo, David habla muy buen español, y me habló en ese idioma mientras duró el rodaje para ayudarme. Fue grandioso.”

     Michael Peña sabe cómo engañarnos. Finge cambiar de nacionalidad cuando sale de casa rumbo al trabajo para contar la historia de quienes no pueden hablar más que a través del disfraz de su voz. Tan sólo en Fury, su personaje es una representación de los 350 mil mexicanoestadounidenses que pelearon contra la Alemania nazi en 1945. “De alguna manera es un reconocimiento para ellos. No recuerdo haber visto tantos latinos en ninguna película de la Segunda Guerra Mundial. Quizá David fue uno de los primeros directores en hacerlo y quizá también yo he sido uno de los pocos en aparecer en una película del estilo.” Peña no es un chicano que triunfó en Hollywood, sino un estadounidense que nos permite escuchar a Latinoamérica en medio del ruido del cine comercial.

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