¿Y nuestro dolor? Sacerdotes y víctimas de violencia en México mantienen reclamo de paz y justicia

Originalmente publicado en The Associated Press, mayo de 2024 (link aquí)

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Una vez que “El Chueco” bajó el arma y la sangre hizo un charco bajo el altar, el sacerdote Jesús Reyes se volvió al asesino de sus dos hermanos jesuitas: “por favor, no te los lleves, déjanos darles sepultura”.

“Yo ya sentía que las balas atravesaban mi cuerpo”, contó desde el mismo templo en el que el estruendo de los tiros le hizo perder un oído.

A casi dos años de los asesinatos de los padres Javier Campos, de 79 años, y Joaquín Mora, de 80, los retratos de sus compañeros acompañan las misas, bautizos y bodas que aún oficia en Cerocahui, un pueblo de un millar de personas abrazadas por la Sierra Tarahumara en el noroeste de México.

El religioso no tiene claro por qué José Portillo Gil, alias “El Chueco”, no lo mató, pero sí sabe por qué ordenó a sus sicarios arrastrar los cadáveres hasta los vehículos que los transportaron a un cerro adonde los abandonaron días después.

Sin cuerpo no hay delito, sugirió el narcotraficante vinculado al Cártel de Sinaloa antes de decirle —como si fuera cualquier domingo de misa— “padre, me quiero confesar”.

El presidente Andrés Manuel López Obrador se ha sacudido las críticas a sus estrategias de seguridad como si fueran un insecto que le zumba en el hombro, pero víctimas, organizaciones de derechos humanos y líderes religiosos han plantado cara insistiendo en que la violencia sigue quebrando a comunidades que se sienten ignoradas por el Estado.

“Javier y Joaquín prendieron los reflectores, pero ya es momento de ampliarlos”, dijo el también jesuita Javier Ávila desde Creel, una localidad cercana a Cerocahui que también ha escrito su historia a sangre y plomo. “Veamos a los miles de muertos por los que nadie grita”.

“El Chueco” no asesinó a los sacerdotes por venganza ni para cobrar una deuda. Entró al templo y descargó su arma sobre los curas que lo conocían desde niño porque pudo y porque quiso. Porque el día previo —furioso ante la derrota del equipo de béisbol que financiaba— acribilló al beisbolista Paul Berrelleza y quemó su casa sin que nada pasara.

Porque minutos antes de que sus balas encontraran a los jesuitas —cuando el guía de turistas Pedro Palma se lo topó en un hotel y le pidió ser prudente ante los extranjeros— también lo asesinó sin que una sola autoridad metiera las manos. Porque cuando sus sicarios tuvieron la ocurrencia de llevar el cuerpo de Palma hasta la iglesia no toleró que el padre Javier lo ungiera y el padre Joaquín le preguntara “¿por qué haces esto, José?”.

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Ahí en lo profundo de la Tarahumara, adonde no llega el pavimento ni la señal telefónica, el jesuita Javier Campos llevaba bendiciones y bailaba como un gallo.

El “padre gallo” bautizó a mi hijo, a mi hija, cuentan muchos. Confirmó a mi sobrina, a mi nieto. Me arregló la lavadora. Sabía de carpintería y me enseñó a fabricar un violín.

“Yo con él aprendí a tocar la guitarra”, recordó el indígena rarámuri Jesús Vega durante una ceremonia sagrada llamada Yúmari que recientemente fue celebrada en el pueblo de Cuiteco.

“Cuando murió me sentí muy triste, muy dolorido”, añadió. “Eran padres muy conocidos que hablaban nuestro idioma”.

Ya no están y, sin embargo, están. Durante el Yúmari para el que Vega marcaba el ritmo de la danza, la comunidad colocó los retratos de ambos curas junto a la imagen de un santo y la Virgen de Guadalupe, patrona de unos 100 millones de católicos.

“Nos reunimos para pedirle a Dios que nos mire porque estamos necesitados”, dijo la hermana Silvina Salmerón de la Diócesis de Tarahumara, a la que también servían los padres asesinados.

“Tenemos a San Isidro para que nos envíe el agua y las fotos del ‘padre gallo’ y Joaquín para que nos ayuden a pedirle a Dios que nos dé la paz a estas comunidades que estamos tristes por las situaciones de violencia”.

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En la Tarahumara hay días en que los sacerdotes van a las comunidades y otros en que las comunidades van a ellos.

Oiga, “padre Pato”, divórcieme. Cáseme. Celébreme una misa. Ayúdeme a encontrar a mi hijo que desapareció ayer.

“La gente cree en nosotros todavía”, dijo el padre Javier Ávila, a quien cariñosamente apodan con el nombre de un plumífero. 

Cuenta que el otro día, por ejemplo, alguien le llamó y pasó más o menos esto:

—¿Eres el Pato?

— Sí.

—Hola, soy fulano. Soy rarámuri. Oye, me subí a un cerro para hablar. Estoy hablando de tal lugar. ¿Qué hacemos? Se metieron unas gentes armadas a mi rancho, nos corrieron a todos y a todo lo que se mueve se le tiran. Oye los balazos: pum, pum. Nos están disparando y ya llevamos tres días aquí. No tengo comida. Mis hijos están aquí. ¿Qué hacemos?

Urgencias como aquella no ameritan un padrenuestro sino contactos. De esos que sólo un puñado como el “padre Pato” tienen a mano.

—Sí, con el fiscal general. Oye, me está llegando esta llamada.

—Sí, padre, ahorita vamos.

Y entonces van, pero no se quedan.

“Llega el toallazo para espantar a las moscas, pero cuando se van las moscas, se va el operativo y resulta peor”, dijo el jesuita.

“Tienen que tener presencia constante en esas regiones donde hay tanta delincuencia”, añadió. “Que no sean operativos circunstanciales. Yo se los exijo en público, en privado y personalmente a las autoridades”.

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Aquella noche de 2008, Yuriana Armendáriz salió de su casa como si la persiguiera el diablo. Diluviaba. Estaba a dos horas de Creel y pensaba: seguro que la policía no me dejará pasar.  

Cuando llegó al sitio de la masacre en la que su hermano y otras 12 personas murieron —entre ellas un bebé—, ni un uniformado.

“En la mañana ya tenían acordonado todo y le dije a los soldados ‘¿qué cuidan? ¡Ya están muertos! ¡No los van a venir a matar otra vez!’”.  

En ese pueblo que el gobierno promociona como un destino turístico “lleno de historia y tradición”, un comando armado abrió fuego contra una veintena de personas que convivían en una plaza pública en un aparente ajuste de cuentas que derramó sangre indiscriminadamente.

Era una escena dantesca, cuenta el «padre Pato». “Masas encefálicas, cerebros en el suelo. Espaldas abiertas. Costillas, pulmones. Horrible. Horrible, horrible”.

“Parece ser que el papá del bebé, el maestro, le dio la espalda a los balazos para proteger a su bebé, porque estaba boca abajo con toda la espalda abierta, llena de balas, y aquí (frente al pecho) la cara del bebé. El bebé con dos lágrimas y un balazo en la frente. Los ojos abiertos. Llegué, lo vi, le limpié las lágrimas, le cerré los ojos y lo dejé ahí con su papá”.

“¿Una masacre? Qué barbaridad, padre”, respondió a su llamada un funcionario de gobierno. “Ahorita vamos, padre. Es que está lloviendo mucho, padre”.

Algunos parientes de los masacrados, como muchas otras víctimas del crimen organizado en México, terminaron por abandonar su pueblo. Otros, la vida.

“La hermana de mi mamá, que también en la masacre perdió a uno de sus hijos, no pudo salir de esta situación y terminó suicidándose”, dijo Armendáriz.

Aunque a la fecha vive en Creel, exigir justicia también le cobró factura en un país en el que el presidente López Obrador ha pedido “con mucho respeto” que quienes se sientan violentados no protesten vandalizando los monumentos de la nación.

Un día Armendáriz recibió la lengua de una vaca en una caja de regalo. Otro, una corona rancia que parecía robada de un panteón y decía “Descanse en paz”.

Su reclamos se activaron tras enterrar a sus muertos. Colgó una manta gigantesca del atrio de la iglesia, escribió la leyenda “Exigimos Justicia” y pidió que la gente sumergiera las manos en pintura roja y plasmara sus huellas para simbolizar que México tenía las manos manchadas de sangre.

Luego le gritó a fiscales y policías. Y al gobernador y al expresidente Felipe Calderón, quien durante su mandato (2006-2012) lideró una guerra frontal contra el narcotráfico que para muchos empeoró la violencia en el país. Lideró marchas, paró trenes y tomó casetas de peajes.

“Hicimos todo porque eran gritos de desesperación”, dijo. “Una situación de violencia deja marcado a un pueblo, no solamente a una familia”.

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No hace falta que un capo apriete un gatillo para fracturar una vida. “El Chueco”, por ejemplo, también empleaba el terror.

“No se podía tener seguridad, paz”, contó desde Cerocahui el padre Jesús. “Uno estaba siempre con miedo porque llegaba hasta las fiestas, a las bodas”.

Tras los asesinatos de los jesuitas, el gobierno estableció una base de la Guardia Nacional a pocos pasos de su iglesia, pero hasta aquel lunes de junio de 2022, el crimen operaba a sus anchas.

Los vecinos sabían que “El Chueco” distribuía la cerveza del municipio. Que financiaba lo mismo bares que deportistas. Que influía en las elecciones de funcionarios y el nombramiento de policías.

“Él ponía y quitaba todo”, contó el padre Jesús.

A casi un año de los crímenes que cometió en la iglesia, “El Chueco” también apareció muerto, pero ni su asesinato ni el establecimiento permanente de los militares en Cerocahui han impedido que muchos migren y, con ello, que las ramificaciones de la violencia se expandan.

“Tenemos a muchas familias donde matan al esposo y la esposa ya no se va a quedar ahí”, dijo Azucena González, una maestra de Creel que apoya a mujeres en situación de vulnerabilidad. 

En otros casos, dijo la defensora de los derechos de las mujeres rarámuri Todos Los Santos Dolores Villalobos, el contexto de la Tarahumara empeora el panorama: para evitar que sus mujeres los denuncien por violencia doméstica muchos maridos las amenazan con “echarles a los sicarios”.

Villalobos dice que el “padre Pato” le enseñó cómo dirigirse a fiscalías, registros civiles, hospitales y oficinas de derechos humanos. “Yo pensaba que levantar la denuncia es todo lo que tenía que hacer. Ni siquiera sabía qué era una carpeta de investigación”.

Ella no estuvo en el altar ensangrentado, pero cuando recuerda el asesinato de los jesuitas, su voz se apaga como la del padre Jesús.

Los sacerdotes de la Tarahumara, dijo, son las personas que han entendido a los rarámuri. Que han reconocido y valorado su manera de vivir. Que han aplaudido sus Yúmari, su lengua, sus danzas y su vestir.

“Ellos nos acompañan y nos orientan», dijo Villalobos. «Podemos ir a decirles: ‘tumbaron un pino, nos agarraron las vacas, nos encerraron, hicieron destrozos, vinieron unos uniformados’”.

“Si los padres están en riesgo o están siendo violentados, ¿quién nos va a acompañar?”.

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AP Foto/Eduardo Verdugo

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Si una mujer gana la presidencia de México, ¿qué implicaría para el aborto y los derechos LGBTQ?

Originalmente publicado en The Associated Press, abril de 2024 (link aquí)

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CIUDAD DE MÉXICO (AP) – Si una mujer gana la presidencia de México, ¿habría un gobierno con perspectiva de género?

La pregunta ha acompañado las campañas electorales a pocos meses de unos comicios que casi con certeza arrojarán a una presidenta para el periodo 2024-2030.

De los tres candidatos la puntera es Claudia Sheinbaum, que ha prometido continuar el proyecto del presidente Andrés Manuel López Obrador. Le sigue Xóchitl Gálvez, representante de varios partidos opositores, uno de ellos conservador.

El triunfo de una u otra, sin embargo, no garantizaría un avance en políticas de género. En este país mayoritariamente católico ninguna de las dos candidatas ha compartido propuestas concretas sobre aborto, aunque sí han planteado medidas de protección a la mujer en un país que anualmente registra decenas de feminicidios.

¿Cuáles son algunos de los desafíos que el siguiente gobierno enfrentará con respecto a la agenda feminista y los derechos de la comunidad LGBTQ?

¿CUÁL ES PANORAMA ACTUAL DEL ABORTO?

México es una república federal, lo que implica que cada estado tiene sus propios códigos penales para regular sus delitos.

El aborto se ha despenalizado en 11 de 32 estados: Ciudad de México, Oaxaca, Hidalgo, Veracruz, Baja California, Colima, Sinaloa, Guerrero, Baja California Sur, Quintana Roo y Aguascalientes. Además, un fallo de la Suprema Corte prohíbe que se criminalice a quienes aborten en Coahuila y, tras el reciente fallo de otro tribunal, a esta lista pronto se sumará Jalisco. 

Otros estados contemplan algunas causales y se permite en todo el territorio si el embarazo es producto de una violación.

Una resolución de la Corte allanó el camino a la despenalización a nivel federal en 2023, pero ordenar que se deroguen las normas que criminalizan el aborto en el Código Penal Federal no modifica las legislaciones estatales ni elimina el estigma social.

En estados donde ya es legal hay activistas que denuncian falta de insumos y capacitación en clínicas, así como hostigamiento a las solicitantes.

Para encarar esa problemática y facilitar el acceso donde aún no se permite, una red de voluntarias llamadas “acompañantes” acercan información, medicamentos o contactos a quien desee interrumpir su embarazo.

¿EL ABORTO EN MÉXICO PODRÍA RETROCEDER COMO EN ESTADOS UNIDOS?

Gane quien gane, el Ejecutivo no afectaría directamente su avance o retroceso porque cada estado tiene autonomía sobre su código penal.

Sin embargo, dice Ninde Molina, abogada en Abortistas MX, organización especializada en estrategias de litigio sobre aborto, quien llegue al poder sí podría incidir como una suerte de autoridad moral.

“El peso del presidente es que es el representante del pueblo mexicano y se esperaría que se manifieste expresamente a favor de los derechos humanos”, dice. “En el contexto en el que estamos es muy peligroso que haya propuestas tan tibias porque el mensaje que manda es que entonces estos no son derechos fundamentales”.

Y si bien de momento no preocupa pensar en un retroceso, el escenario cambiaría si López Obrador o Sheinbaum lograran alterar la composición del Poder Judicial. 

Tras varias tensiones entre jueces, magistrados y el presidente, éste envió al Congreso una reforma para reemplazar a los actuales integrantes de la judicatura federal por otros elegidos por el voto popular, lo que preocupa a varios analistas, entre ellos, Molina.

“La Corte también está en peligro”, dice. “A la gente le podrá parecer atractivo, pero no se dan cuenta de lo que implica”.

“Por ejemplo, podría llegar un caso de aborto y que lo que está ya escrito se vaya para atrás”.

¿QUÉ PIENSA EL SECTOR CONSERVADOR?

Isaac Alonso, del Movimiento Viva México, que respaldó las aspiraciones presidenciales de Eduardo Verástegui, piensa que ninguna de las candidatas representa la visión o intereses conservadores. 

Desde sus filas también se percibe falta de contundencia sobre el tema y Alonso explica que para los conservadores la consigna no ha cambiado: aunque dicen no estar a favor de que se criminalice a las mujeres, el aborto es injustificable, por lo que esperarían políticas gubernamentales que alienten los nacimientos, por ejemplo, a través de mejoras en el sistema de adopciones.

“Creemos en impulsar políticas públicas con perspectiva de familia y que exista un ecosistema para que un bebé pueda vivir en condiciones de seguridad favorables”.

Rodrigo Iván Cortés, presidente del Frente Nacional por la Familia, tampoco ve un panorama alentador. “Antes de 2018 sólo se había aprobado el aborto en Ciudad de México”, recuerda.

“Es muy relevante decir cómo la Suprema Corte, en la presidencia de Arturo Saldívar, tuvo un sesgo ideológico”, dice sobre el juez que ahora forma parte del equipo cercano a Sheinbaum y también mantiene rencillas con la judicatura actual. 

Según Cortés, los conservadores no ven en el gobierno un aliado para proteger la vida, también entendida desde la falta de combate a la violencia y, llegue quien llegue al gobierno, continuarán pidiendo acercamientos “para cuidar el primero y fundamental de los derechos”.

¿UNA PRESIDENTA CON PERSPECTIVA FEMINISTA?

“Que gane una mujer no garantiza para nada la perspectiva de género”, dice Pauline Capdevielle, Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). “De hecho, lo que estamos viendo cada vez más son estrategias de los sectores conservadores para que haya una fachada de feminismo que se opone a la tradición feminista”.

Un cambio verdadero, indica, arrancaría integrando verdaderas feministas al gobierno. “No es meter mujeres donde no había, sino politizar estos temas y realmente impulsar una transformación”.

Algunas feministas han mostrado su respaldo a Sheinbaum, pero tanto ella como López Obrador han recibido críticas por su falta de empatía ante las manifestantes que protestan contra la violencia de género. Aunado a esto, organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado uso excesivo de la fuerza contra mujeres en las marchas del 8 de marzo y consideran que su derecho a protestar se estigmatiza.

Para Capdevielle, entre los temas que falta afianzar en la agenda de género de México destacan la participación de las mujeres en los procesos políticos y la justicia reproductiva.

“Consolidar el derecho al aborto, que está lejos de ser una realidad para todas las mujeres” y garantizar educación sexual integral, acceso a anticonceptivos, el derecho a la identidad autopercibida y los derechos de las personas LGBTQ.

¿CUÁL ES EL PANORAMA PARA LA COMUNIDAD LGBTQ?

“No es probable que las necesidades de esta población figuren prominentemente en las elecciones presidenciales”, dice Cristian González Cabrera, investigador senior de Human Rights Watch.

“Esta desconsideración ignora la realidad de muchas personas LGBT en México, que siguen viviendo en contextos de violencia y discriminación”.

En México la comunidad LGBTQ ha sido blanco de violencia desde hace tiempo. La organización civil Letra S documentó más de 500 homicidios en los últimos seis años, 58 de ellos en 2023, y 2024 arrancó con el asesinato de tres miembros de la comunidad trans, grupo que, junto con los migrantes, son particularmente vulnerables, considera González Cabrera.

“Los migrantes LGBT siguen sufriendo abusos de parte de grupos delictivos y funcionarios mexicanos debido a su doble vulnerabilidad”, explica. “Con demasiada frecuencia, estas violaciones de los derechos humanos no se investigan de forma efectiva ni se castigan”.

Sheinbaum defendió en 2023 que como alcaldesa capitalina creó una Unidad de Salud Integral para las Personas Trans y dijo que su sueño sería seguir luchando en favor de las personas de la diversidad sexual, pero no precisó más.

Por su parte, Gálvez escribió que en su gobierno las mujeres de la diversidad sexual vivirían con respeto a su orientación e identidad, mas tampoco ahondó en propuestas concretas, lo que sigue despertando suspicacia entre miembros de la comunidad LGBTQ conscientes de que uno de los partidos que la respalda es históricamente conservador.

González Cabrera destaca que desde 2022 todos los estados reconocen el matrimonio igualitario, pero hay derechos que aún no se garantizan en algunas entidades. “Por ejemplo, hay 11 estados en donde el reconocimiento legal de la identidad de género para personas trans no es posible por vía administrativa, a pesar de sentencias de la Suprema Corte reconociendo este derecho”.

Para que haya una agenda a favor de la población LGBTQ, añade, un gobierno debería consultar a sus representantes sobre sus necesidades, destinar recursos para abordar la violencia basada en la orientación sexual y la identidad de género, apoyar a migrantes LGBTQ y animar a los gobiernos estatales a armonizar su legislación con las sentencias de la Corte a favor de sus derechos.

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AP Foto: Rebecca Blackwell

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